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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1318 - ver ahora
Transcripción completa

Antoñito...

-Lola...

¡Eh, eh, eh, eh, eh! ¡Lola!

¡Natalia, ve a buscar ayuda, corre!

-Estoy medio desnuda, no puedo salir así.

-Pues ¡vístete y trae un poco de agua, corre!

-¿Me visto o traigo agua?

-Vístete, ya traigo yo el agua. ¡Lola, por favor!

Natalia, vístete.

(Sintonía de "Acacias 38")

Lola, Lola, por favor, despierta.

Lola, prometo que, si te despiertas,

me voy de romería a tu pueblo de rodillas si hace falta...

Cariño, por favor...

Lola, despierta, por favor.

-¿Qué pasa? ¿Qué ha pasado?

-No lo sé, se ha desmayado y no se despierta.

-Lolita, pero ¿cómo ha pasado? ¿Por qué?

-No, no... ¿Se ha llevado algún disgusto?

¿O alguna impresión? ¿Se ha mareado?

-No lo sé, Carmen, se ha desmayado, y no sé más.

-Ay, Dios...

Venga, va...

Lo mejor es que la lleves a la habitación

y avisar a un médico.

-Sí, ya le he dicho a Natalia que vaya a buscar un médico.

Lola... -¿Puedes cogerla en brazos?

Yo te ayudo, vamos. -Sí, vamos.

Va, va, mi amor, va.

Vamos.

A ver, dele la vuelta. Ya, ya la cojo...

¿Por qué ha venido a avisarme Natalia Quesada?

¿Por qué está ella llamando a un médico?

-Carmen, por favor...

-¿Qué estaba haciendo ella aquí? -Déjeme pasar.

Vamos.

Vamos, mi amor.

Vamos.

Ya está, ya está, ya está.

Ya está.

No quieres oírme, ¿verdad?

¿Ese es el hombre que has metido en nuestra casa?

¿Un matón de barrio? -No saques las cosas de quicio.

Es Felipe, nuestro amigo.

-¡No! ¡De eso, nada!

El hombre que hemos visto vociferando en la calle

no es el Felipe Álvarez-Hermoso que yo conozco desde hace 20 años

y estaba casado con la difunta Celia.

El hombre... era educado, este es un matasiete, Liberto.

-Pasa por un mal momento. Y esperemos que se recupere.

Ramón y yo ya hemos hablado con él.

-¿Hablar? ¿Crees que ese hombre entiende de palabras?

Cada vez que salgamos a la calle,

¿vamos a tener que presenciar cómo calumnia a Genoveva?

-¿"Calumnia"?

-Te recuerdo que la ha llamado "asesina".

¡Y ha sido absuelta!

-Esa decisión ha sido muy injusta.

-¡Ahora resulta que los jueces no saben hacer su trabajo!

¡La única verdad que vale es la que se inventé Felipe!

-Rosina, que sepas que estás muy equivocada,

pero no pienso discutir.

¿Qué se supone que debemos hacer con Felipe

si hablar no sirve de nada?

-¡Un ultimátum!

Exigirle que se comporte como debe ser o que se vaya de aquí.

Si sigue comportándose así,

no solo abandonará nuestra casa,

también el barrio. Todos van a darle la espalda.

-¿Te estás escuchando?

No hables así de alguien que es tu amigo desde hace 20 años.

-No, confundida desde hace 20 años.

No conocía su verdadera personalidad.

Me arrepiento de haber transigido.

Debería haberme negado cuando me propusiste alojarlo aquí.

Estoy muy mal con este asunto, estoy muy nerviosa.

Estoy tan nerviosa que yo misma me voy a hacer una tila.

(RESOPLA)

-Señor...

No sé qué le ha hecho a la señora, pero está que trina.

-Y yo no sé si tiene razón, Casilda.

-Es por don Felipe, ¿verdad?

-Sí.

Oye, Casilda,

¿tú te acuerdas que en una ocasión me dijiste

que a Marcia le hubiera gustado que Felipe rehiciera su vida?

-Me acuerdo, sí. Pero no sé si lo dije a tontas y a locas.

Nadie puede saber lo que quiere el otro

si este no se lo dice.

Y mucho menos si ya no está en este mundo.

-Ya.

-A Marcia la conocías muy bien,

sabes que no era una persona de odios.

-Pachasco que no.

Era una mujer más buena que las croquetas de jamón.

-Tal vez, si tú hablaras con Felipe...

y le dijeras lo que me estás diciendo a mí...

-¿Esto de las croquetas?

-No.

Que no era una persona de odios, que quería que fuera feliz.

-Señor, yo soy una criada,

no creo que don Felipe quiera hablar conmigo.

-Mira, te aseguro que Felipe estaría más dispuesto

a hablar con una criada que con sus amigos de toda la vida.

Si yo lo único que te pido es que le convenzas

para que olvide a Genoveva.

Es que yo no quiero que la olvide.

Yo quiero que se acuerde de ella...

para que vengue la muerte de Marcia.

Para que haga que su asesina pague por lo que hizo.

Antoñito, ¿sabes si Lolita se ha llevado alguna impresión

o algo? Desmayarse así es raro.

O tiene alguna enfermedad o algo le ha quitado la sangre del cuerpo.

No lo sé, padre, entró en el salón... y se derrumbó.

Menos mal que estaba yo para poder socorrerla.

-Menos mal. ¿Y qué hacías tú aquí?

-Vine... Vine a coger unos documentos.

Pero Lolita lo sabía,

yo no sé si vino a hacer las paces conmigo.

Que no creo, porque no quería verme ni en pintura.

-Tenéis un hijo en común.

Malo es que no os podáis ni ver para evitar un conflicto.

Ya lo sé, padre, pero las cosas no son siempre tan fáciles.

¿Qué? ¿Qué ha dicho el médico?

Todavía está con ella. Tiene buen pulso...

y respira sin dificultad,

pero aún no se ha despertado.

-¿Y qué va a hacer?

-Dice que hay que trasladarla a un hospital.

Me ha pedido que llamemos a una ambulancia.

-Yo mismo me encargo.

-Carmen...

Carmen...

Carmen...

¿Se va a salvar?

-Esperemos que sí.

Antoñito...

¿Qué hacías con esa joven, Natalia,

aquí, en esta casa?

-Ahora no es momento de hablar de eso, Carmen.

Lo único importante ahora es que mi Lolita se recupere.

Y pronto.

Esperaba encontrarte más feliz y brindando por tu éxito.

-No estoy segura de que lo sucedido pueda considerarse un éxito.

Esa pobre mujer...

-Vamos...

Ni que lo vieras dado tú un porrazo en la cabeza

para que se desmayara.

-Creo que he hecho algo mucho peor.

-¿Tú te acuerdas de lo que decía nuestro padre?

¿Que nunca había que mostrar debilidad?

-Y que, entre hacer daño y que nos lo hicieran,

debíamos escoger lo primero.

-Exactamente, veo que te acuerdas.

Entonces, no entiendo a qué viene esta tristeza.

-Pues que no creo que Lolita quisiera hacerme ningún daño.

Ni siquiera la considero capaz.

-No te fíes, esas son las peores,

las que parece que no han roto un plato en su vida.

Cuando se revuelven,

lo hacen pensando que tienen toda la razón de su parte.

-Ella no tenía la culpa de nada. -Sí.

De meterse en nuestro camino, aunque no voluntariamente.

Pero vamos a dejar de hablar de ella.

Creo que ya se la han llevado al hospital.

-¿Y si se muere?

-Si se muere,

será por el enorme disgusto que le ha dado su marido,

no tú.

De ti, ella no esperaba nada.

Tú no le juraste fidelidad delante de un sacerdote.

-Aurelio, ¿tú nunca te arrepientes?

-Sí.

Pero no de lo que hago, sino de no hacer lo que debo.

Y tú has hecho lo que debías.

Has dejado Antoñito Palacios en una situación muy frágil.

Seguro que ahora se aviene a colaborar con nosotros.

Y, no nos engañemos,

te has quitado una rival de en medio.

-¿Una rival?

-No me mires con esos ojos.

¿Te piensas que no veo que a ti te gusta el diputado

mucho más de lo que demuestras?

-Después de lo sucedido hoy, no creo que quiera ni mirarme.

Quizás he arruinado su vida.

No quiero pensar ni en las habladurías del barrio.

Tienen a una asesina suelta... y solo hablarán de mí

y de mi indumentaria al salir de casa de los Palacios

para pedir ayuda.

-Natalia...

Hoy hablarán de ti... y mañana se olvidarán.

Y Antoñito Palacios hoy no querrá verte,

pero, mañana, se dará cuenta

de que eres mucho mejor que esa tal Lolita.

Ya verás, dentro de poco

serás tú quien tenga que quitárselo de encima.

-Puede ser.

¿Y tus asuntos?

-¿Mis asuntos?

-Pues...

No van ni bien ni mal.

O, mejor dicho, van bien y mal al mismo tiempo.

-Si me lo explicas... -Sí, claro.

Los negocios van bien.

Pero no consigo hacerme con el 100 % de la sociedad.

Marcos Bacigalupe no me deja actuar a mi antojo.

Se defiende como gato panza arriba.

-¿Y no consigues vencer su resistencia?

-No, pero lo lograré.

Lo malo es que ahora tiene al abogado de su parte,

a Miguel Olmedo, al que yo contraté y ahora se revuelve contra mí.

-¿Y no piensas hacer nada?

-Por supuesto que sí.

Le voy a demostrar que no se muerde la mano

del que te da de comer.

Voy a asearme.

Y tú alegra esa cara.

Ha sido un día redondo... aunque no te lo creas.

-(SUSPIRA)

Nada, cerrado.

-Bueno, no esperarías a que abrieran con Lolita en el hospital.

-Otras veces ha abierto Carmen.

Pero, claro, otras veces no ha pasado lo que ha pasado ayer.

-Pero ¿tú estás segura de eso?

-Como que estoy aquí y me llamo Susana.

A ver qué te crees que he estado haciendo

toda la mañana: investigar.

-Susana, es que lo que dices es algo muy grave.

No se trata de un desmayo ni de una discusión...

Se trata de adulterio.

Es muy grave.

-Grave es hacerlo, no decirlo.

Que las palabras se las lleva el viento.

Antoñito y Natalia estaban en la casa.

No sé qué estaban haciendo, pero me lo imagino.

-¡Chis! No digas eso, se trata de un hombre casado.

-¿Qué te crees?

¿Que los hombres casados no sacan los pies en plato?

Que sepas que son los peores. Y no me interrumpas.

El caso es que Lolita encontró a Antoñito con Natalia.

¿Y para qué queremos más?

-Pero ¿cómo lo sabes?

-Porque tengo mis informadores y me los han contado.

Dicen que fue Natalia la que salió a la calle

a pedir auxilio.

Y salió a medio vestir. -¡Ah! ¿De verdad?

Siendo así, qué descaro. -Así fue.

-De verdad, un matrimonio tan bien avenido,

con una criatura pequeña..., pobre Lolita.

-Cuando una robamaridos se mete por medio,

nada importan los niños pequeños.

-Buenos días, señoras. -(AMBAS) Buenos días.

-Ay, está cerrada la mantequería.

-Sí, no creo que abra hoy. Y quién sabe si los próximos días.

-Pues mi gozo en un pozo.

Venía yo a encargarle a Lolita

dos botellitas de manzanilla de Sanlúcar,

lo mejor para abrir el apetito.

-Es que usted no sabe lo que ha pasado, ¿no?

-No.

¿Algo grave?

-Que Lolita ha pillado a su esposo con otra;

Natalia Quesada, para ser más exactos.

Pues verlos y desmayarse.

Se la tuvieron que llevar al hospital.

-No entiendo. ¿Cómo que los pillaron?

-Porque estaban haciendo... José, lo que hacen los amantes,

según cuentan las novelas francesas,

porque las mujeres españolas no hacen esas cosas.

-¿El Antoñito y la señorita Natalia, amantes?

Vivir para ver.

(CARRASPEA) ¿Y dónde estaban cuando los descubrieron?

-En su casa. -Ah, en su propia casa.

Don Antoñito no tiene perdón con esto.

En fin...

Espero que Lolita se recupere, es una mujer maravillosa.

-Sí, sí, eso esperamos todas.

¿Y usted y su...? -¡Chis, chis, chis!

Me ha dicho que les comunique... que le gustaría verlas.

Si se pudieran pasar por la casa esta mañana...

Dice que sois las personas con las que más a gusto se siente.

-Y las únicas.

Dígale que allí estaremos.

-Pero después de misa.

Por cierto, llegamos tarde. Vámonos. -Ah, sí.

-Con Dios, don José. -Con Dios.

Y que no se les olvide la contraseña para entrar en la casa.

Un nombre.

-Sí, para las cédulas de identificación falsas.

-Siempre me he querido llamar Marguerite Gautier.

Como la dama de las camelias.

-No te puedes poner un nombre francés, eres española.

Nos descubrirían de inmediato, Sabina.

-Pues no sé...

María Eugenia de Montijo.

Es un nombre con clase y muy español.

-Como que es el de una emperatriz.

Tiene que ser un nombre común y corriente.

Mira, nos apellidaremos Ortiz.

Que también empieza con "O", como Olmedo.

-Es un apellido muy feo y muy vulgar.

-Pero es lo que nos hace falta,

un apellido que no llame la atención.

A ver, ten en cuenta

que nos vamos a fugar con una fortuna

y que la policía intentará recogernos.

A ver, tenemos que cruzar fronteras

haciéndonos pasar por un matrimonio español acomodado

que solo quiere... pues conocer mundo.

-Está bien, señores de Ortiz.

¿Y eso quién te lo ha dicho?

-Don José. A él se lo ha contado doña Rosina y doña Susana

en la puerta de la mantequería cuando se las ha encontrado.

-Cualquiera sabe si eso es verdad.

Esas dos son capaces de inventar lo que sea

con tal de andar hablando mal de la gente.

-No sé. Por lo que han dicho,

alguien vio a doña Natalia salir de la casa de los Palacios...

a medio vestir y pidiendo ayuda.

-Ay, señor.

Yo no me puedo creer

que don Antoñito le haya hecho eso a Lolita.

Ni que tampoco ella se haya desmayado

y la hayan llevado al hospital.

-Si a mí me pasa, me muero.

Si tuviese marido, claro, que no lo tengo.

-En fin... Si no sabemos nada,

yo esta misma tarde me planto en el hospital

y de allí no me muevo hasta que no me enteré de algo.

-Iban a tirar estas revistas diciendo que eran viejas.

En mi pueblo, hasta tres años después

y hasta que no las han mirado todos, ninguna se considera vieja.

-¿Te gustan las revistas? -Sí.

Ver las fotografías de cine y de teatro.

-De eso no falta en mi casa, de retratos de artistas.

Hay algunos que no sé ni quiénes son.

Todo saludando a don José y doña Bellita.

Hasta el presidente.

-Ya me las enseñarás. -Sí, claro.

-Ah, Indalecia...

Escucha... Y tú, de Lolita, ¿no has escuchado nada en la calle?

-Claro que sí, si no se habla de otra cosa.

Dicen que ha pillado a su esposo con otra.

Y que los amantes le han dado un cachiporrazo.

-¡Jesús! ¡Qué disparate!

-Y otros dicen que ha muerto en el acto.

-¿De verdad?

Si hubiese muerto, no la hubiese mandado al hospital,

sino al depósito.

-¡Calla, niña, no digas enormidades!

Y cambiamos de tema, que esto trae mal fario.

-Una cosa que tenía ganas de preguntar.

¿Saben que se traen entre manos

el Jacinto, el señor Cesáreo y el señor Servando?

-(RÍE) -¿Esos tres?

Cualquier cosa, y ninguna buena.

Bueno, el sereno es más serio.

Pero los otros dos son de lo que no hay.

¿Y por qué lo pregunta?

-Me ha extrañado que, si Jacinto es el portero del edificio,

trabaje para Servando limpiando el porche en la pensión.

-Acabáramos.

¿Qué? ¿Lo ha limpiado Jacinto?

Ya me extrañaba a mí que estuviese tan relimpio.

-Aquí hay gato encerrado, sí.

Jacinto le deberá un favor a Servando.

Si no, esos dos no hacen nada que no les corresponda.

(Puerta)

¡Iepaya! -¡Iepaya!

Ya veo que les ha puesto mi José al tanto de la contraseña.

-Sí, es una idea fantástica. Parecemos espías.

Por lo de los golpes, puede.

Pero dudo mucho que unos espías como Dios manda

utilicen un grito borreguero para comunicarse.

-Yo lo veo de lo más acertado.

¿Quién pensaría que semejante ordinariez

es una clave?

-Pero, por favor, pasen, no se queden aquí.

Perdonen que haya tardado tanto en abrirles la puerta.

Comprenderán ustedes que debo asegurarme bien

antes de abrirle a nadie.

-Nos hacemos cargo. -Sí.

Si alguien del barrio llama a su puerta y abre usted,

se queda en el sitio del susto.

-¿Tan mal peinada estoy?

-No, lo digo porque esa persona

pensaría que viene usted del más allá.

-Que ya lo sé, mujer, que solo me chanceaba.

-¡Ah! -(AMBAS RÍEN)

-La veo a usted de muy buen humor.

Es lo que tiene no estar al tanto de las noticias del barrio.

-Lo de Lolita, ¿no? -Pobre chica.

Vamos, yo encuentro a José con otra,

y no tiene campos España para que corres tapándose.

-A estos hombres hay que atarlos en corto.

Tenerlos siempre vigilados.

-Entonces, si ya está al tanto de todas las noticias del barrio,

¿qué es lo que quiere de nosotras?

Nos tiene en ascuas.

¿Alguna revelación importante?

-Uy, no, para nada.

¿Les ha dado mi José esa impresión?

-No, pero Susana y yo estamos preocupadas.

¿Y si su admirador secreto aparece, dispuesto a matarla o algo así?

Dios no lo quiera.

Ojalá se queda el otro lado del charco y no visite más España.

-Entonces... ¿qué quería?

-Un favor, de señora elegante a señoras elegantes.

Para estas cosas no me puedo fiar de una criada.

-Entonces, no ha podido escoger mejor.

-Muy bien. Aguarden un segundito, vuelvo enseguida.

Y así les puedo explicar bien lo que quiero.

-Esta mujer hace unas cosas muy raras.

-Bueno, ya me gustaría ver qué haces tú

si vuelves de la muerte.

-Es que ella no ha estado muerta, lo ha fingido.

-Casi lo mismo.

-¿Qué? ¿Qué les parece?

-Bueno, bonito.

-Es muy bonito... para ir a una ceremonia aburrida.

Lo veo un poco soso.

Falta un toque de color.

-Exacto. Lo mismo que pensaba yo.

Ay, si es que parece que somos hermanas.

¡Los mismos gustos! -Hermanas, hermanas...

Hermanastras, querrá decir.

Yo nunca hubiera sido artista ni me hubiera casado con un torero.

-Porque ninguno se te puso a tiro.

-Lo que quiero es que me lo llevaran a la sombrerería,

a ver si le pueden dar un poco más de gracia.

Para esto, no me puedo fiar de Alodia.

Seguro que me vuelve con el sombrero de un espantajo.

-Por eso no se preocupe, yo me encargo.

Además, allí me conocen de toda la vida,

y pueden hacer un trabajo fino fino.

-Pero no les diga que es para mí.

-No se lo van a creer.

En el barrio, usted está muerta y bien muerta,

-Ay, menos mal que es mentira.

¿Qué hubiéramos hecho nosotras sin usted en el barrio?

-¡Muchísimas gracias! Qué bueno es tener amigas.

-Sí.

¡Oiga, qué tortilla!

Ni muy seca ni muy líquida.

Una maravilla, de verdad.

Así las hacemos en el pueblo.

Por poner un pero, nada más, un pero, por decir algo.

Esto, con un poquito de pan, ya hubiera sido la perfección.

Pues le subiré una buena hogaza de pan

para que acompañe la tortilla que le he preparado para la cena.

Son de mi pueblo, por supuesto, de trigo y centeno.

Y guardado en zurrón,

para que no se ponga ni blando ni duro.

Eso es la sabiduría de los pueblos de España.

¡Sí, señor! El alma de España está ahí.

Y una preguntita...

¿Usted a la tortilla no le echa cebollita?

Claro que sí.

Lo que pasa es que, al ser usted de ciudad,

pensé que no le gustaría.

Como son tan tiquismiquis.

Quía, mujer. Sí.

Mi primo Miguel José, sin ir más lejos.

Fue mudarse a la ciudad

y dejar de querer cebolla en la tortilla.

La próxima vez, usted eche cebolla en la tortilla.

Que yo no tengo miedo.

Ni pestañeo, fíjese.

A la próxima, lo sé. Además, le voy a decir una cosita.

Aunque yo parezca de ciudad,

por mi porte, porque soy empresario,

yo también soy de pueblo, no se crea.

¿Sí? Sí, señora, sí.

De Naveros del Río, nada menos, la cuna de las castañas.

¡La cuna de la castaña! Como le digo.

-Tortilla.

Se huele la tortilla desde la escalera.

Ya no hay, me la he comido toda.

¿Y esa de ahí? Esa tortilla de ahí es para la cena.

Y me la ha hecho la tía Benigna.

No voy a ser tan grosero como para invitar a otra persona

a que se la coma.

¿Me hace usted eso a mí, Servando?

Sí, sin ningún remordimiento.

Esta mujer tiene unas manos de oro para las tortillas,

y es que quiero repetir.

Es usted un egoísta.

Claro. ¿Y usted lo va a consentir?

-Suya es la tortilla.

A ver.

Pues eso. Hala.

Venga, tía Benigna.

Que nos tenemos que bajar a la tensión.

Y esa tortilla la quiero enterita para cuando suba, ¿eh?

No le metas ahí el dedo ni el bocao.

Tía Benigna... (CARRASPEA) Ahí estamos.

Chis, que la quiero ver entera, porque...

Porque, si no, ya sabes... (CARRASPEA)

Que no te ayudo yo en eso que tenemos tú y yo.

(RESOPLA) ¿Eh? Así que cuidadito.

Muchas gracias por venir, Fabiana.

Sé que está muy ocupada con la pensión.

No lo imagina usted bien, señora. Buenas, doña Susana.

-Buenas.

No nos llevará mucho tiempo. Tome asiento, por favor.

¿Desea tomar un té?

-Yo misma me serviré. No.

Yo le sirvo.

Hoy, aquí, es usted una invitada.

¿Ustedes desea más té, doña Susana? -No, gracias, estoy servida.

Supongo que se imaginarán que les he hecho venir

por el tema de la misa en memoria de la pobre Marcia.

También para pedirles perdón

por el lamentable espectáculo que dio ayer mi esposo.

Ese hombre ha perdido la cabeza por completo.

Lo sabemos. Una vida echada a perder.

También sabemos que usted

no tiene la culpa de nada, doña Genoveva.

Lo único que quise fue ser feliz a su lado.

Esa es mi culpa, si es que tengo alguna.

¿Usted qué opina, Fabiana?

-Pues opino que no opino nada, señora.

Y que lo que opino me lo callo.

Que nadie más que una misma

para saber lo que ocurre dentro de su escoba.

Toda la razón.

-Y yo opino lo mismo.

Nadie me verá meterme en la vida de los demás.

No soy de cotilleos y de corre, ve y diles.

En fin, a lo que íbamos, a la misa.

¿Ha podido usted hablar con todas las criadas, Fabiana?

-Con unas sí, con otras no.

Con el tema de Lolita, ha estado todo muy revuelto.

Qué pena.

¿Es cierto lo que se dice de Antoñito

y esa tal Natalia Quesada?

-Y tanto.

A saber lo que vio Lolita; una bacanal, seguro.

-Eso no se sabe.

Esos son nada más que maledicencias.

-Confirmado por tres fuentes, lo tengo.

Natalia Quesada salió de la casa para pedir auxilio.

Y salió a medio vestir.

No creo que estuviese probándose vestidos

en casa de los Palacios.

Hasta que Lolita no nos lo cuente, no sabremos la verdad.

De mi se han dicho muchas cosas sin fundamento.

Y nunca he tenido oportunidad de defenderme.

No pienso negarle eso a nadie;

ni a Antoñito ni a Lolita ni a esa joven, Natalia.

¿Lleva mucho tiempo aquí?

-Solo unas semanas, nada más.

-Su hermano es socio de Marcos Bacigalupe.

Debe ser que se conocieron en los tiempos de México.

¿Y han protagonizado algún escándalo en el pasado?

Esos no son de fiar, ya se lo digo yo.

Las malas lenguas dicen que Anabel, la hija de Marcos Bacigalupe,

estaba prometida con Aurelio Quesada.

Pero eso no lo tengo confirmado.

-Ni eso ni nada.

Si me disculpan, señoras,

creo que deberíamos volver a hablar

de la misa para la memoria de Marcia.

Que es a lo que habíamos venido.

Tiene usted toda la razón, Fabiana.

Hemos de tratar que venga el mayor número de gente posible.

Incluida mi esposo,

si es que al final decide presentarse.

Doña Susana, usted es la que mejor relación tiene con el párroco.

Podría preguntarle por sus horarios libres.

¿Para nosotras? Todos.

Pero le pregunto, le pregunto.

Gracias.

Y les pido encarecidamente

que intentemos que venga toda la gente posible.

Esa pobre chica, Marcia, tuvo una vida muy difícil.

Ahora merece todo el amor que podemos darle.

¿Qué pasa, Jacinto? -¿Que qué pasa?

Mire, mire, quite el trapo y mire. ¿Qué le parece?

-Tiene buena pinta.

Sí, esponjosa, como a mí me gusta.

-Pues es de Servando y no me la deja probar.

-Pues yo, porque me acabo de comer un bocadillo de chorizo,

que daba gloria verlo,

si no, le metía un tiento, y Servando que diga misa si quiere.

-Es que no puedo. Servando me tiene cogido de las...

De sálvese a las partes.

-¿Y eso?

-Pues...

Es el único que puede calmar a la tía Benigna.

Que anda enamoriscao de él.

-Y, por encargarse de ella, ¿tienes que hacer su trabajo

y puede obligarte a hacer lo que quiera?

-¿Cómo dicen?

Me van a explicar de una vez

qué es lo que pasa con Servando y mi madre.

Y no me digan que no pasa nada, que no me chupo el dedo.

Diga, diga.

¿Parar la investigación? (ASIENTE)

No, no es posible.

No me queda más remedio.

Son las órdenes que me han dado mis superiores.

No puede investigar la desaparición de Velasco

si es un caso de otro compañero.

Comisario, un compañero que no ha hecho nada

por esclarecer la verdad.

Eso no lo sabemos.

Es de mi mismo nivel; comisario.

Y no tiene por qué darme explicaciones

del estado de sus investigaciones.

¿Y qué pasa si usted desobedece una orden?

Eso es algo que no pienso hacer ni por asomo.

Me abrirían un expediente que me llevaría a ser sancionado.

En última instancia, sería expulsado del Cuerpo.

¿Y está detrás de esta prohibición la mano de Genoveva?

Cualquiera sabe.

Yo le diría que no, que es imposible.

Pero ya se ha demostrado muchas veces

que, para Genoveva, hay muy pocas cosas imposibles.

Le pido, por favor, que investigue si se trata de ella.

Felipe, ya sé que lo que le estoy contando

le causa un grave disgusto.

Pero me han prohibido investigar cualquier caso

que tenga que ver con Genoveva. Y voy a respetarlo.

¿Ningún caso? Es comprensible.

He intentado encerrarla varias veces sin éxito.

Porque ella es culpable, comisario.

Esa mujer es culpable.

Podría pensarse que tengo animadversión contra ella.

(SUSPIRA) Esa mujer se ha metido hasta en el interior de la Policía.

No le digo que no.

Tampoco que sí.

Solo que yo no voy a poner en riesgo mi carrera

por ir en su contra.

Espero que lo entienda.

Claro que lo entiendo.

Pero alguien tiene que pararle los pies a esa bruja.

Alguien que no la tema.

Casilda.

Casilda.

-¿Qué quieres? Que me vas a borrar el nombre.

-Quería preguntarte antes de que entraras en el portal.

-¿Qué tal está Lolita, qué se sabe?

-Pues se sabe lo que la gente dice por ahí.

Pero yo no me lo termino de creer.

-¿Lo de Natalia Quesada y su esposo?

-Eso mismamente.

Ahora, lo que no sé es cómo está la Lolita.

Los Palacios se la han llevado al hospital,

pero entoavía no han dado señal de vida.

-Mal asunto.

-Pues bueno, mujer, ya sabes que las que tienen las patas ligeras

son las malas noticias

Mira, ahí va el sereno, vamos a preguntarle.

-Cesáreo.

-Sí. -Cesáreo, ¿se sabe algo de la Lola?

Nada. He pedido a los serenos que trabajan de aquí al hospital

que, en cuanto sepan algo, corran la voz.

-¿Se comunican? -Sí, claro, como una red.

Como los antiguos castillos, que se enviaban mensajes...

-Sí, una historia de lo más interesante,

ya nos la cuenta otro día.

Ahora mismo estamos muy preocupadas por la Lola.

Dígame, ¿usted cree que es cierto que encontró a su esposo con otra?

-Eso es lo que dicen los que la vieron salir.

Que no iba vestida de forma muy adecuada.

Pero ya sabemos cómo son las malas lenguas del barrio.

A saber si es verdad o mentira.

-Si es así, menuda faena.

-Pues sí.

La Lola ha querido y quiere mucho a su marido.

-Y con lo bien avenidos que parecían.

Les he visto de vez en cuando pasear con el niño por la calle.

-Se habrán llevado con ellos a Moncho al hospital, ¿no?

-Pues es de entender que sí.

No van a dejar al chiquillo abandonado en la casa.

Es un crío de pecho.

Además, si se hubiera quedado solico,

nos habríamos enterado. Menudos pulmones tiene la criatura.

Se le escucharía gritar hasta en los jardines del príncipe.

-Eso es verdad.

Por cierto, a la que no hemos visto es a Natalia,

Dicen que es la tercera pata del banco.

La conoces bien, ¿no, soledad?

-Sí, la he visto de vez en cuando,

pero, la verdad, no la conozco mucho.

El que si viene mucho es su hermano, don Aurelio Quesada,

ese sí es un hombre de armas tomar.

-Pues ella seguro que es igual.

Voy a ir a la iglesia,

a ponerle unas velitas a la Lola para que se ponga buena.

¿Te vienes conmigo, Soledad? -Sí.

Siempre será mejor dos que una.

Cesáreo, si se entera de algo nuevo por la red de serenos,

por favor, comuníquenoslo.

-Claro, descuida.

-Con Dios. -Con Dios.

Sabina, ¿qué haces aquí?

-Admirar nuestra obra.

Por fin hemos terminado el túnel.

-Sí, la verdad es que nos ha quedado de lo más apañado.

-Voy a subir a hacer la cena.

No estaría bien hacer un atraco con la tripa vacía.

-Menos mal que estás en todo. Eres la compañera perfecta.

-Y la compinche ideal.

¿Son las cédulas de identificación?

-Sí, así es.

Pero subamos arriba, que, con esta luz,

no se aprecia bien la calidad del trabajo.

Muy bien.

Doña Susana...

¿Ese es el sombrero de mi esposa?

-Me dijo que lo llevara a la tienda. -Sí, lo sé.

Me ofrecí yo misma a llevarlo...

-Buenas. -Buenas.

Pero no me dejó.

Y tampoco a Alodia. -No se preocupe.

Estoy encantadísima de ayudar a su esposa en este momento.

-Ya me dirá para qué quiere un sombrero,

si no puede salir a la calle.

-Una mujer es coqueta siempre, aunque esté encerrada en casa.

Además, con el sombrero es precioso. Se lo voy a enseñar.

-¡Ah!

Pruébeselo.

¿No es muy moderno?

-Un poco.

Pero es para Bellita del Campo.

Bellita siempre ha sido una mujer muy moderna.

-Me gusta. Cómo se nota que usted ha dedicado toda su vida a la moda.

Tiene ojo.

-Me retiré hace unos años,

pero todos los días leo las revistas para estar al día.

Esto es última moda en París.

-A las buenas. -Buenas.

-¿Ese sombrero no es muy atrevido para usted?

-No es para mí, es para... -Para mí.

El sombrero es para mí.

-¿Para usted? Si es atrevido para mi tieta,

no le cuento para usted, don José.

-Es para la Alodia.

-Sí, es para Alodia.

Un regalo, es su cumpleaños dentro de poco.

He querido tener un detalle con ella.

Eh...

-El caso es que no sé si la criada va a tener oportunidad

de vestir un sombrero así. -Le hacía ilusión a la pobre.

-Bien.

Espero que le guste.

Con Dios.

-Con Dios.

Mira, mira, hechas por las manos de un artista.

Más auténticas que las auténticas.

Por cierto, ya no somos señores de Ortiz.

-Ah, ¿ya no somos señores de Ortiz? -No.

-Marco Antonio García...

y Cleopatra Pérez.

¿No habías dicho que teníamos que ponernos unos nombres vulgares?

-Bueno, García y Pérez no son raros, que digamos.

-Marco Antonio y Cleopatra.

Pues es que se van a reír hasta los agentes de Aduana

si decidimos irnos de España.

Son las únicas que me conseguía Manolo el Artista.

Está sobrepasado de trabajo y estas ya las tenía hechas.

En Constantinopla,

creo que no saben ni quiénes son Marco Antonio y Cleopatra.

-Hombre, más cerca de Egipto están. Y allí son famosos.

-Pues, a quien nos pregunte,

le convencemos de que aquí, en España,

esos nombres son tan comunes como Jesús y María, por ejemplo.

-A ver si nos creen.

-Sabina, siéntate conmigo, tenemos que cerrar el plan.

-No, no, dame unos minutos, que tengo que hacer los torreznos.

En Constantinopla, son musulmanes,

y no creo que haya torreznos.

Así que a ver si van a ser los últimos que te comas.

-Sí que es un contratiempo.

Sí, ve, ve, anda. -Ve poniendo los platos.

-Buenas tardes, don Roberto.

-Buenas tardes.

-Desde que han cerrado el restaurante,

usted y yo no hablamos.

-Ya queda menos para el retorno. Ya verás que reforma vamos a hacer.

De auténtico lujo.

-¿Le apetece un digestivo?

-Me muero de ganas.

Un digestivo y un buen rato con un amigo

es algo siempre muy agradable.

Veo aquí sus cédulas de identificación.

¿Acaso se van de viaje?

Mejor las guardo antes de que las vea Sabina.

Quiero llevarla de viaje a París.

-¿París? Qué maravilla. -Sí.

Allí estuvimos en nuestro viaje de bodas.

Y le estoy preparando una sorpresa: repetir aquel viaje.

-No me extraña, don Roberto, que su matrimonio haya durado tanto.

Es usted muy detallista.

-Hay que serlo. Las mujeres lo valoran mucho.

Salud.

-Salud, don Marcos.

Señor.

¿Quiere un té?

No.

Gracias, Casilda.

¿Un café?

Tampoco.

¿Y un poquito de agua fresca?

No.

No quiero nada.

Pero dime una cosa.

¿Quieres tú algo?

Menos mal que lo pregunta.

Porque no me atrevía a importunarle.

Suéltalo, muchacha.

Es por Marcia.

Ahora que está usted en casa de mis señores

y que doña Genoveva ha salido a la calle...

Y, bueno, la misa que se va a organizar...

No dejo de pensar en ella.

Te entiendo perfectamente.

A mí también me pasa lo mismo.

He estado pensando mucho en Marcia.

En lo que hablaba con ella cuando estaba viva.

Era una mujer muy alegre...

y con un corazón muy bueno.

Sí que lo era.

Marcia... era un ángel.

¿Sabe qué creo, señor?

Que, si ella, desde el cielo, nos está mirando por un agujerito,

seguro que no está contenta.

Yo tampoco lo estoy.

No puedo ver a Genoveva paseando libremente por la calle.

No por eso, que también.

Digo que no estaría contenta

de verle a usted así de triste y decaído.

Es que...

no es fácil estar de otra manera.

Sobre todo, cuando has perdido lo que más quieres en este mundo.

Primero, a Celia...

y luego, a Marcia.

Le entiendo.

No olvides que yo perdí a mi Martín.

No.

No lo olvido.

Aunque reconozco que a veces los señores

somos un poco insensibles al sufrimiento de los criados.

Señor, lo que yo quería pedirle a usted es que...

Es que olvide.

Tiene que continuar.

Y la única forma de dejar de sufrir es esa, olvidar.

Casilda, ¿me estás pidiendo que perdone a Genoveva?

No. Yo..., mire, jamás haría eso en mi nombre.

Pero si lo hago en el nombre de Marcia.

Yo no sería capaz.

Como usted, lo que quiero es venganza.

Casilda, si tú no crees que se pueda,

difícilmente me vas a convencer.

Mira, ya se ha echado mucho odio a este asunto.

Lo mejor es olvidar y continuar hacia delante.

Casilda...

Casilda...

Sé que...

Que lo dices de buena fe.

Pero...

La memoria de Marcia va a ser honrada.

Y no con una misa ofrecida por su asesina.

Que conste, que esto yo lo digo por usted.

No quiero que cometa una locura.

Le deseo suerte.

La voy a necesitar.

No vale la pena quedarse aquí, Fabiana.

Moncho está mejor aquí, en casa,

que no esperando en la sala de un hospital.

-El pobre no sabe ni lo que ha pasado.

-En el cuarto está, durmiendo como un bendito.

Ay, Fabiana, lo que siento es no haber podido escuchar

lo que decía el doctor antes de venirse.

-¿No sabe usted nada, entonces?

-No sé si Lolita está bien o no.

Ni siquiera sé lo que ha podido ocurrirle.

Verá, usted sabe que no soy amiga de cotilleos,

pero quiero que sepa...

que en el barrio se cuenta que Lolita descubrió Antoñito...

con Natalia Quesada.

-En el barrio, se cuentan muchas cosas que no son verdad.

Y también se dice

que, cuando ella salió para buscarla usted,

iba a medio vestir.

-Fabiana, que no sabemos lo que pasó,

que son todo elucubraciones.

-Ya, pero a mí me da que es mala mujer

la Natalia Quesada esa.

-Ella...

Si todo eso que se va diciendo por ahí es verdad,

tan mala es ella como Antoñito.

O peor él.

Que es el que está casado.

Ella es soltera y libre de hacer lo que quiera, ¿o no?

-Eso es verdad.

Siempre echamos la culpa a la mujer, como si el hombre fuera un santo.

Pero es que yo creo...

que los hermanos Quesada traman algo.

Yo los vi el otro día cuchicheando, y a mí me dio muy mala espina.

-Pero si da igual, Fabiana.

Si algo he aprendido de todo lo que he visto

desde que estoy en Acacias,

es que, pase lo que pase, ya nos enteraremos.

-De cabo a rabo.

(Puerta)

¿Se sabe algo de Lolita?

Estoy muy preocupado por mi nuera.

Los médicos no acaban de dar con la dolencia que padece.

La nulidad es un proceso muy largo.

Lo que quiero decir

es que ese documento podría extraviarse.

Retrasar todo unos años.

Oye, ¿se sabe ya lo que tiene Lolita?

-Pues supongo que un disgusto de bigotes.

-Cómo me gustaría poder ir a visitarla.

En estos momentos,

es cuando más se necesita el consuelo de nuestros conocidos.

-Ya, pero sabes que no puedes salir de esta casa.

-Buenas.

-Natalia es una vergüenza para su familia.

Para el barrio entero. -Espere un momento.

¿Qué ha dicho de mi hermana?

¿De Laura? ¿A qué se refiere? Temo por su seguridad.

Genoveva es muy manipuladora.

Podría darle la vuelta a la situación

y hacerle pagar a Laura por la muerte de Javier Velasco.

¿Qué me quieres decir, hija mía?

-¿Anda en amores con Servando?

-¿Cómo?

En breve, empezará una misa a la que acudirán muchos vecinos.

Sería bueno que la viera.

No la tratarían muy bien.

Bueno, no le hagas caso a tu abuelo. Vamos a misa.

-Vayan, vayan yendo, que me voy a quedar a ver

cómo está quedando el sótano.

(CARMEN) "Eso es que los médicos

no nos están dando muchas esperanzas".

Yo diría que nos van preparando...

para lo que pudiera venir.

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Acacias 38 - Capítulo 1318

28 ago 2020

Lolita llega a su casa justo en el momento en el que Antoñito sucumbe a la seducción de Natalia y cae al suelo sin conocimiento. Aurelio felicita a su hermana por haber destruido el matrimonio de Antoñito y Lolita. Pero Natalia no está nada orgullosa de sus actos.

Ramón y Liberto intentan convencer a Felipe que cese su guerra contra Genoveva después del escándalo que dio en la calle. Pero el abogado no les escucha.

Los Olmedo se las prometen felices y sueñan con su vida tras el robo de la sucursal bancaria.

Por la falta de prudencia de Bellita, Liberto está a punto de descubrir que sigue viva la folclórica.

Lolita es trasladada al hospital, su pronóstico es incierto.

Servando se deja agasajar por la tía Benigna y la prima Indalecia sospecha de sus intenciones.

Méndez comunica a Felipe que le ha llegado la orden de frenar las investigaciones por la muerte de Velasco. Y Casilda, animada por Liberto, habla con el abogado: quizás haya llegado el momento de pasar página.

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  1. M

    Jajajajaja esto es un sin parar de reir. Genoveva libre e inocentes en la cárcel, que dicen. Antoñito ahora infiel con la fulana que no tienen ni idea de actuar. De golpe y porrazo Felicia la hacen morir porque claro, como hay el virus pues tiene ganas de marcharse, al igual que la de Jacinto.

    31 ago 2020
  2. Mrs. C

    Lo de Rosina no tiene explicación, prefiere creer que Genoveva es inocente a pesar de todo lo que les ha hecho a todos ellos, incluido lo que hizo con Liberto, antes que ayudar a Felipe al que conoce desde siempre y que ahora está pasando por muy malos momentos, no puedo entender que Rosina haya cambiado tanto ... está dedicada únicamente al cotilleo. Sigo viendo a Liberto interesado por sus amigos, sincero, con ganas de ayudar, pero a ella la veo envejecida, andando de forma rara y a veces habla de forma extraña; casi nunca aparece con Liberto, resumiendo: cada día Rosina me gusta menos y es una pena porque me gustaba muchísimo. Es una tristeza enorme lo que le ha pasado a Lolita, me gustaría equivocarme pero me temo que va a desaparecer de la serie. De su marido sólo decir que además de estúpido es un gran cínico. Aurelio Quesada sería la pareja perfecta para la "asesina", son tal para cuál, además ella hoy ha estado indagando acerca de los "Quesada". Por último, ese diálogo entre Casilda y Felipe, la gran amiga y el gran Amor de Marcia ... maravillosos Marita y Marc ... ¡qué grandes sois!!!

    29 ago 2020