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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1317 - ver ahora
Transcripción completa

Yo te amo, Felipe. Solo te voy a responder con odio.

¿Vas a tratar así a tu esposa?

A la mujer que llevó en su vientre a tu hijo.

Deja de mentir.

Sé perfectamente que esa criatura no era mi hijo.

¿De dónde te has sacado semejante tontería?

De Santiago Becerra.

¿Y vas a creerle a él antes que a tu esposa?

Los dos sabemos que no mentía.

Está bien, quizás él fuese el verdadero padre,

pero tú sigues siendo mi esposo.

"No será por mucho tiempo".

"He solicitado la nulidad matrimonial".

"Ya no queda nada entre nosotros, tan solo odio".

(LEE) Estoy profundamente preocupado por la relación

que, al parecer, mi hermana ha entablado con su marido.

La espero esta tarde en el callejón de los jardines del príncipe.

"No he podido evitar enamorarme de usted como una colegiala".

-"Parece olvidar que yo soy un hombre casado".

-"Quiero saber toda la verdad".

-"Le aseguro que así será".

-¡Ay! ¡Ay, Jesús!

-Es muy posible que pronto tengáis que dar un escarmiento.

-"He dado con la manera de tirar del hilo

en la desaparición de Javier Velasco".

¿Qué ha averiguado? Se trata de Laura.

¿Laura?

¿Se refiere a Laura Alonso, la criada de Genoveva?

¿Quién si no?

No.

Se equivoca tirando de ese hilo.

Genoveva es la única responsable

de la desaparición de Javier Velasco,

nadie más.

¿Y quién le dice a usted

que Laura no fue testigo del asesinato del abogado?

Nos lo hubiera dicho.

Le recuerdo que fue mi cómplice contra Genoveva.

¿Para qué engañar para salvarla?

Por interés.

Comisario, ¿dónde quiere usted llegar?

Creo que Laura tuvo algo que ver

en el triste final del amante de Genoveva.

¿Está señalando a Laura Alonso

como cómplice del asesinato de Javier Velasco?

Cómplice o coautora, las dos opciones son factibles.

No.

No.

Esto no tiene ningún sentido.

Piense detenidamente los hechos.

Velasco obligó a Laura a terminar con su vida,

con la vida de usted, varias veces.

Una de ellas, intentando envenenarle.

Sí, sin éxito ninguno.

Efectivamente.

¿Cree usted que un hombre como él iba a quedarse tan tranquillo

viendo cómo Laura le fallaba una y otra vez?

Velasco estaba acostumbrado a salirse con la suya.

Jamás toleraría que una simple criada le tomara el pelo de esa manera.

Y por eso quería quitarse a Laura de en medio.

Tiene todo el sentido, ¿no cree?

Una lógica que no explica la implicación de Genoveva

en todo este asunto.

Laura se sentía amenazada por Velasco

y acudió a Genoveva en busca de protección.

No.

Laura no haría algo así.

He estado repasando las declaraciones

y hay varias personas que mencionan haber visto a Laura

entrando el principal del 38 por aquellas mismas fechas.

No, se habrán equivocado de persona.

Además, por esas fechas, Laura ya no trabajaba para Genoveva.

Las dos se odiaban mutuamente.

Le hacía más conocedor de las mujeres, Felipe.

Un hombre puede enfrentarlas, pero también unirlas.

Tan solo hay que buscar el motivo.

¿Me está queriendo decir que ese motivo

podría ser Javier Velasco?

Las dos tenían razones de sobra para despreciarle.

Su desaparición les beneficiaría a partes iguales.

¿Le habló alguna vez Laura sobre Velasco?

Lo cierto es que Laura odiaba al abogado.

La estuvo extorsionando durante años utilizando a su hermana enferma.

¿Ve como todo encaja?

Con la ayuda de Genoveva,

Laura, por fin, pudo quitarse de encima a ese enemigo.

¡Dios mío!

He estado rodeado de asesinas.

(Sintonía de "Acacias 38")

¡Ay!

Bueno, hijo...

¿Y alguna novedad con la hija de don Marcos?

-Anabel y yo estamos... como siempre.

-¿Y eso es bueno o malo?

-Ni bueno ni malo.

Normal.

-¿Y qué tal van los negocios de don Marcos con su socio mexicano?

¿Qué nos puedes contar?

-Poco, poco.

Un abogado es como un sacerdote, debe mantener el secreto profesional.

-Di que sí.

Que la honestidad es la marca de nuestra familia.

-Pero ¿estás a gusto o no?

-¿Se acuerdan de las cartas de solicitud

que envié a varios bufetes?

-Pues sí, pero eso fue hace tiempo y ahora ya tienes trabajo.

-Ya, pero aun así, me gustaría ir a las entrevistas.

No sé, es posible que ofrezcan un puesto más interesante.

Volviendo al tema de los ladrones,

¿saben que utilizan negocios sencillos como tapadera?

Y además, tiene la facultad de manipular a los que le rodea

sin que estos se den cuenta.

Son unos auténticos expertos del engaño.

-¿Quién lo diría, verdad?

Por eso me gusta Anabel.

Es una mujer que se muestra tal y como es, muy explosiva.

-¿Explosiva?

¡La madre que me parió!

La que se podría haber liado.

-¿Está usted bien, abuelo?

-Pero ¿a qué ha venido esa espantada?

-La próstata que no me da tregua.

-¿Y no podía haber ido al baño de la pensión que estaba ahí al lado?

-Entiéndelo, no es lo mismo un lavabo propio que uno ajeno.

Yo me voy al excusado, ¿eh?

-¡Ay, hijo, las cosas de tu abuelo!

Ya sabes.

Tómese esta tisana, que le dará cuerpo.

-Está usted viva.

-Vivita y coleando,

que tienen ustedes Bellita del Campo pa largo.

-Pero dele un buchito a la infusión, mujer.

Pa que le vuelva el color.

-Espero que haya una explicación,

a no ser que estemos en el Juicio Final

y esto sea la resurrección de los muertos.

-No diga usted eso, doña Susana, que trae mal fario.

-Eso ustedes jugando con la muerte como si fuera el mus.

-No me quito el susto del cuerpo.

-Pos tranquila, que esto ni es el apocalipsis,

ni yo soy un alma en pena.

La culpa de to esto la tiene un admirador majareta

que se encaprichó conmigo.

-¿Que se encaprichó con usted?

-Ya sabe cómo me gusta a mí agradar a mi público.

Y el gachón se entusiasmó tanto aplaudiendo, oye,

que al terminar la actuación le planté un beso.

-¿Le dio un beso a un desconocido?

-Una mijilla de na, visto y no visto.

-Así somos la gente del espectáculo. -Y luego pasa lo que pasa.

¡Ah, a ver si voy a tener yo la culpa de haber dado con un perturbao!

-¿Ha dicho un perturbado?

-¡Digo! Se puso a escribirme cartas diciendo que me quería,

que tenía que ser suya, y cuando le dije que no,

se puso agresivo.

-¡No me diga que la atacó! -Peor, la amenazó de muerte.

-¡Uh! ¿Eso hizo?

(SUSPIRA) -Los argentinos, que son mucho de extremos.

-No tuvimos más remedio que llamar a la policía.

-El tipo sabía to lo que yo hacía cada día,

no se le pasaba ni una.

-Y eso que Bellita no salía de la casa.

-¿Y entonces cómo se enteraba de lo que hacía?

-Eso es lo que más susto me dio,

porque yo estaba encerrada a cal y canto

y allí no entraba ni el Tato.

-Entonces la policía decidió darla por muerta,

a ver si ese hombre se cansaba y nos dejaba en paz.

-Es imaginarme a mí misma muerta y me entra una congoja.

¡Mi Leonor, mi Liberto, mis estrellitas, huérfanas de abuela!

-Yo lo que no entiendo es

por qué tiene que seguir escondiéndose

si ya está de vuelta en España.

-Mientras veníamos en el barco,

la policía argentina nos mandó un telegrama

para decirnos que sospechaban que el hombre seguía detrás nuestra.

-¿Hasta España?

-Y eso que solo le dio un beso en la mejilla.

-Rosina, por Dios.

-Señoras, no digan nada de todo esto por ahí, ¿eh?

Es muy importante que ese hombre siga pensando

que Bellita está muerta y nos deje en paz pa siempre.

-¿Harán ustedes eso por mí?

-Cuente conmigo para lo que quiera.

-Y yo soy una tumba.

-¡Uy, por Dios! -Ay, Dios mío.

(Música melancólica)

Ramón, ¿aún no te has terminado la sopa?

-No me apetece mucho.

-Anda, come un poco de pollo.

Lo he hecho al ajillo, que sé que os gusta a todos.

-¿No has preparado demasiado? Solo somos dos para cenar.

-Pues sí, se me ha ido la mano, será la costumbre.

-A mí también se me hace muy raro

que no estén Antoñito y Lolita en la mesa.

Por cierto, ¿te ha dicho por qué no ha venido a cenar?

-Se ha recogido en cuanto ha llegado, dice que estaba cansada,

pero yo sé que es más disgusto que fatiga.

-Sí, yo también me he encontrado antes con ella

y tenía el rostro desencajado.

Esta situación no es fácil para nadie.

-Dios quiera que las aguas vuelvan a su cauce cuanto antes.

(SUSPIRA)

Pues sí, he hecho demasiado pollo.

Mañana aprovecharé para hacer un estofado.

O podría también llevárselo a los mendigos,

esos que se ponen en la puerta de la iglesia.

Les vendrá bien.

-Echo de menos hasta discutir con mi hijo.

-Y las risas de Lolita.

-Hasta hace dos días tenía que poner orden en esta mesa

y ahora todo está más silencioso que en un camposanto.

-Lo peor de todo es la tristeza que hay en el ambiente.

Hasta Moncho está distinto, está como apagado.

-Para que luego digan que los niños no se enteran de nada.

¿Qué vamos a hacer, Carmen?

Sabes que me gusta mediar para resolver los problemas,

pero esta vez...

-Esta vez tenemos que esperar, amor.

No nos queda otra.

-Cuidado con el café, que está fuertecito.

Solo para hombres.

A ver, no será para tanto.

(RÍE)

Se lo dije, ¡se lo dije!

¡Si es usted un fanfarrón!

(TOSE) ¡Que no, hombre, que no!

Que no es eso, que se me ha ido por el otro lado

y me ha entrado la tos.

Este Servando tiene excusa pa to.

-Por cierto,

¿han oído que van a bajar los impuestos municipales?

¡Hola! Hola, Amelia.

Sí, eso cuentan los señores, que no hablan de otra cosa.

Dicen que va a ser bueno pa tos.

Será bueno para todos los que tengan algo

porque si a mi don, por ejemplo, es empresario y tiene una pensión

pero tú, Jacinto, no tienes nada.

Pues ni falta que me hace.

Lo único que me importa está pueblo, y son mis ovejas.

-Yo espero que esa bajada

no nos afecte al sustento de los serenos.

-Pero ¿qué dice? ¿Y quién iba a cantar las horas?

Pues cada uno, uno mismo con su reloj.

Servando, ¡que hacemos más cosas!

-A mí con su presencia en la calle, me da sosiego.

A mí, con o sin sereno, todo lo que me cueste más barato

como que me alegra el día y me da buen humor.

Hablando de humor,

parece que doña Benigna lo ha recuperado.

-Yo no me fiaría de esa mujer, ¿eh? Que tiene dos caras.

Bueno, bueno, bueno...

Menudo paseo nos dimos por la orilla del río

la susodicha y yo.

¡Enamoraíta la tengo!

¿Es eso cierto?

-Es cierto que está más briosa.

Ahora, nada de decirle nada de todo esto a la hija, ¿eh?

No le vaya a ir con el cuento a Marcelina y vayamos a tenerla.

-Puedes contar con mi discreción.

Te recuerdo, Jacinto, que estás en deuda conmigo.

¿Cómo que en deuda?

Pero si ya le corté la leña, como quedamos.

Bueno, sí, pero todo lo que estoy haciendo

se merece algo más, no sé, por ejemplo, no sé...

Limpiarme el trastero de la pensión.

Servando, ¿no le da vergüenza aprovecharse del pobre Jacinto?

¿Aprovecharme yo?

No, no, perdóneme, es él el que se aprovecha de mí.

Se aprovecha de mi sapiencia y de mis encantos.

¡Es usted un aprovechao!

¿Yo, un aprovechado? ¡Vamos a ver!

¿Quién pidió ayuda a quién? ¡Tú a mí, yo no te la pedí a ti!

Sí, a cambio de que le cortara la leña,

¡no de ser su esclavo de por vida!

Pero ¿tú no querías un seductor de primera?

Bueno, sí, pero... Pero ¿qué?

Si quieres te hago un servicio normal,

¿quieres un servicio normal

o quieres unos servicios de primera con resultado garantizado?

Pues es lo que hay. Ese café os lo bebéis vosotros.

Adiós, muy buenas.

Que no, que no me cuadra, que a mí esto no me cuadra.

Que no puede ser, no puede ser.

¡Servando!

¡Servando, venga aquí ahora mismo! ¡Va!

Pero ¿qué son esos gritos tan mañaneros?

Que venga aquí ahora mismo. Que ya estoy aquí.

Pero ¿no ve que me estoy desperezando todavía?

Ya se me está activando que las cuentas no me cuadran.

Bueno, pues repáselas otra vez.

¡Pero si ya lo he hecho! Mire.

Aquí están las entradas y las salidas de los huéspedes.

Y las cantidades que han pagado.

Muy bien. Lo tiene usted todo muy controlado, muy bien.

Pero es que sumo el monís y me falta una peseta.

Bueno, pues súmelo otra vez.

Si ya lo he hecho y falta siempre lo mismo.

Ande. Venga, revíselo usted a ver si encuentra el fallo.

Estoy yo pa revisar...

No, no hay fallo ninguno, mujer.

Que cogí yo la peseta para comprarme un agua fresquita.

¿Un agua? ¿Por qué no la coge del grifo como to el mundo?

Porque pasó un hombre que vendía una de una marca nueva

y me dio pena no probarla.

¿Pena?

Pena de mí por haberme juntado con usted para montar un negocio.

¡Uy, qué poco lista estuve, Dios!

¿Qué has querido decir con eso? Mire, mejor no se lo digo, ¡eh!

Buenos días. Buenos días, don Antoñito.

Buenos días.

-Fabiana, ¿puedes ponerme un café bien cargado y una tostada?

-Sí. ¿Qué tal ha descansado usted?

-Bien. Bien, bien, gracias.

-Espero que la habitación haya sido de su agrado.

Don Antoñito, ¿va...?

¿Va a prolongar mucho la estancia aquí en la pensión?

Vamos, no me malinterprete, simplemente era por hacerle precio.

Te lo agradezco, Servando, pero todavía no...

No sé cuánto tiempo voy a estar aquí.

-Usted no se preocupe y esté aquí el tiempo que sea necesario.

Para nosotros es un lujo tenerlo alojado aquí.

-Gracias, Fabiana.

-Bueno, si me permite, espero que no sea por mucho tiempo.

Ya sabe que yo le tengo mucho cariño a usted y a Lolita.

Que nos dejara, sería la mejor de las señales.

-Le aseguro que nada me alegraría más que volver a la normalidad.

-Tiempo al tiempo.

Y mientras tanto, ya sabe que usted aquí siempre es bienvenido.

Ande, tómese el café que enseguida le traigo la tostada.

Venga, vamos.

-Aquí tienes la tila.

Aunque yo casi te ponía un café

porque no has pegado ojo en toda la noche.

-¿Cómo iba a dormir con la que se podía haber montado?

Todo el restaurante saltando por los aires por una negligencia.

-Cuanto antes lo olvides, antes templarás los nervios.

Además, un error lo tiene cualquiera.

-Sí, pero no fue un error cualquiera, ¿no te das cuenta?

-Que sí, que podía haber sido fatal, pero al final no pasó nada.

-Jamás he cometido un fallo en estos años.

¿No te das cuenta, Sabina? ¡Jamás!

Ni grande ni pequeño.

-Bueno, alguna vez tenía que ser la primera.

-Me estoy haciendo viejo.

-¿Y qué te creías?

¿Que ibas a ser un chaval toda la vida?

-Estoy perdiendo facultades, Sabina.

-No, de eso nada.

Has tenido un pequeño descuido, pero estás en plena forma.

-Me mientes para consolarme.

El tiempo no pasa en balde.

-Bueno, deja de quejarte.

Que sí, que has cometido un error,

que podía haber sido fatal, todo lo que tú quieras,

pero hay que tomar nota para que no se repita, ya está.

-Qué fácil ves tú las cosas.

-Bueno, lo que digo es que no te puedes estar quejando

como si fueras un niño pequeño.

-Un niño pequeño.

Si el restaurante llega a saltar por los aires...

Adiós, atraco.

¿Y qué decir de tu nieto?

Se iba a enterar de la peor forma posible

quiénes son realmente sus abuelos.

¡Un desastre!

-Bueno, pero nada de eso ha ocurrido.

Así que no sirve de nada seguir flagelándose.

Cariño, gracias a ti, la cosa no ha ido a mayores.

Así que quedémonos con eso, ¿sí?

-¿Nunca te he dicho que somos una gran pareja?

-Unas mil veces.

-Pues pocas me parecen.

Ahora voy a trabajar con más fuerza que nunca en el túnel.

-Bien.

-¿De qué túnel hablan?

-¿Túnel?

-¿Quién ha dicho túnel?

-No sé, acabo de escucharlo al entrar.

-No, tonel. He dicho tonel.

Le decía a tu abuela que...

quiero mover un tonel en la bodega.

-Ya.

Pues mire, es su día de suerte.

-Venga, que yo le echo una mano. -No, no, no te preocupes.

No es necesario.

Pensándolo bien, no hace falta ni moverlo.

-¿Seguro?

(ASIENTE)

-Siéntate aquí un poco con tu abuelo.

Anda, sí. Así lo calmas un poco.

-¿Qué le pasa?

-Que no he dormido muy bien.

Pesadillas de viejo, ya sabes.

Agradecida.

Si a tu señora le sabe muy salado el jamón,

pues me lo traes de vuelta.

(SUSPIRA)

Ay, Casilda.

Pensaba que ya te lo habías llevado to.

¿Qué? ¿Algún antojo de tu señora?

-Na, na. No te levantes.

Si es que bajaba a comprarle el periódico a mi señor

y de paso quería aprovechar pa pasarme por aquí

y preguntarte cómo estás.

-Pues como siempre.

Faenando desde primera hora.

-¿Y en casa?

¿To bien?

-Podría ir mejor.

Digo yo que to el mundo tiene una mala racha.

-Achaco que sí, Lola.

-Qué manera de estropearlo tanto, Antoñito mío.

-Buenos días.

-¿Qué haces aquí?

-Vengo a hablar contigo.

-Pues mala suerte porque no te quiero ver ni en pintura.

-Lola, yo me tengo que marchar que se me hace tarde.

-No, tú no te vas.

No me quiero quedar a solas con él.

-Casilda.

Gracias.

¿Cómo estás?

-Ni fuerza.

Además, qué te importa.

-Pues sí que me importa, Lola.

Claro que me importa, aunque no te lo creas.

He pasado una noche horrible.

No he podido dormir dándole vueltas a...

Bueno, a todo esto.

-Si no has venido a comprarme na, ya te puedes ir por donde has venido.

Tengo mucho que hacer. Venga, por favor.

-Tengo que pasar por casa a recoger unos documentos.

-¿Qué documentos?

-Unos que necesito para un discurso.

Tengo ahí apuntadas las notas.

-Dime cuáles son y te los acerco a la pensión.

-Es que no sé exactamente dónde están, Lola,

pero serán dos minutos.

-Está bien, pero vas cuando yo no esté.

-Iré esta tarde.

¿Te importa que aproveche y me dé un baño?

-En la pensión no hay bañera y... -Para.

Subes, coges los papeles y te vas con aire fresco.

-De acuerdo.

-Coge todo lo que necesites,

no me gusta que estés entrando y saliendo cada dos por tres.

-Descuida, intentaré que no se me olvide nada.

-Si por mí fuera, Antoñito mío...

-Jacinto, ¿se puede saber qué haces al frente del quiosco?

-Es provisional, la Indalecia, que ha tenido que hacer un recado

y me ha pedido que le riegue y atienda mientras tanto.

-Pues ándate con ojo,

cómo te vean los señores del 38 se van a enfadar y con razón

por desatender la portería.

-No se preocupe,

si desde aquí he visto todos los movimientos del portal.

Ande, écheme una mano con esos periódicos viejos.

-Que te ayude la tía Benigna.

-Tampoco se ponga así, oiga, tengo que ponerlos en la banqueta

para que se los lleven los del reparto.

-Está bien.

Pero si esto no pesa nada, es voluminoso pero ligero.

-Pues a mí me pesa un quintal,

claro, es que estoy cascao de las tareas del Servando.

-¿Ya te ha vuelto a liar?

-Si no ha sido necesario,

solo limpiando el trastero he estado enfangado toda la noche,

no vea usted la porquería que tenía ahí metida.

-Si es que Servando aprovecha la mínima para abusar de los demás.

-Tengo agujetas hasta en las pestañas.

-Míralo por el lado bueno, así Benigna no te da la murga.

-Estoy pagando muy caro el favor.

-Como si fuera el poco el trabajo que tienes la portería.

-Hacía tiempo que no trabajaba tanto y no me compensa.

-Va a ser peor el remedio que la enfermedad.

-¿Quién está enfermo?

-Nadie, nadie, aquí estamos todos sanos y fuertes,

¿verdad, Cesáreo?

-Mira, mira cómo levanto esto sin ningún problema.

-He escuchado perfectamente que hablaban de una enfermedad.

-No, lo que habrás escuchado es que aquí no hay nadie enfermo,

eso es lo que habrás escuchado.

-No sé...

-Mira que fuertes estamos...

-Ustedes sabrán.

-Bueno, yo mejor voy marchando.

-¡Jacinto!

-¡Serás tonta!

No tenías por qué haberme traído nada.

-Ya, señora Fabiana, de bien nacida, ser agradecida.

-Pero si yo no he hecho na.

-¿Cómo que no?

Enfrentarse a doña Genoveva no es un plato de buen gusto

y mucho menos hacerlo por otra persona,

como ha hecho usted conmigo.

-Eso era de justicia para evitar que esa mujer se quejara

a doña Rosina de ti.

-De no ser por usted,

yo habría perdido mi empleo, señora Fabiana,

se merece to lo bueno que le ocurra en este mundo,

por buena persona y mejor amiga.

-Ay, Casilda, ¡qué finura! ¡Qué finura!

¿No me dirás que esto lo has hecho tú?

-Ya me gustaría,

na, se lo he encargado a una criada gallega

que vive en el 32,

y que en su altillo tiene tos los avíos necesarios

pa hacer encaje de bolillos.

-¿Sabes qué te digo?

Que me lo llevo de aquí,

que tener esto a la vista en una de estas dos mesas

es un peligro.

-Pues tiene usted razón, señora Fabiana,

que ese paño es bien goloso.

-Pero ya te digo

que no tenías por qué haberte gastado ningún dinero, de verdad.

-Y yo le digo que lo he hecho con mucho gusto.

-Por cierto, ¿tú te has vuelto a cruzar con doña Genoveva?

-Gracias a Dios, no,

pero me tiemblan las canillas solo de pensarlo.

-Y de Lolita, hija, ¿sabes algo?

-Estaba hace un rato en la mantequería.

La pobrecita mía sigue chafá, pa mí que lo suyo va pa largo.

-Pues don Antoñito también se ha levanto esta mañana

con muy mala cara, los dos lo están pasando muy mal.

-Ya.

En fin, señora Fabiana, voy a tener que marcharme,

me alegro mucho de que le haya gustado.

-Anda, hija, ve con Dios y gracias otra vez.

-Gracias a usted.

Fabiana, quería hablar con usted. Usted dirá, señora.

Voy a organizar una misa en recuerdo de Marcia

y me gustaría contar con su ayuda.

¿Con mi ayuda para qué?

Yo me encargaré de hablar con los señores,

pero necesito que usted convoque a las criadas,

como usted era una de ellas...

Así era, señora, sí.

No creo que usted tenga ningún inconveniente,

teniendo en cuenta la amistad que le unía a Marcia...

no puede usted negarse, ya sabe, favor por favor.

Cuando sepa usted la fecha de la misa,

ya me lo dice y yo hablaré con mis antiguas compañeras.

Perfecto, sabía que podía contar con usted.

Con Dios. A más ver.

¡Diablo de mujer!

-Pues sí, toda la mañana en el despacho del congreso...

mirando al vacío,

es que soy incapaz de concentrarme en nada.

-¿Tan grave es el asunto con su esposa?

-A ver, si no lo fuese no estaría durmiendo

en la pensión de Fabiana.

-Ya, bueno, espero que por lo menos

el establecimiento esté en buenas condiciones.

-Está limpio

y relativamente cómodo, dentro de su modestia, claro, pero...

-Pero no hay nada como la comodidad del hogar.

-Exacto.

Esta misma tarde me paso por casa a recoger unos papeles

que necesito para trabajar y con las prisas se me olvidaron.

-¿Ha quedado allí con Lolita?

-Que va, ojalá, todo lo contrario,

si es que ella no quiere verme ni en pintura,

voy de seis a siete,

que es justo cuando ella no va a estar.

-Lo tiene complicado para acercar posiciones.

-Sí.

Esta mañana me he pasado por la mantequería

para intentar acercar un poco posturas

y prácticamente me ha echado.

-Si hay algo que pueda hacer por usted,

no dude en pedírmelo.

-Se lo agradezco,

aunque ahora mismo hay pocas soluciones, la verdad.

En fin, tampoco quiero resultar muy cargante.

-Con Dios. -Con Dios, Antoñito.

Deje usted de confiar, don Palacios.

¿Te has enterado de algo?

Ha sido una conversación muy esclarecedora, hermanita.

# Copa de manzanilla y olé y un bailecito.

# Vaya pareja, lo dicen los amigos,

# y olé, vaya pareja.

# No los hay más felices y olé, vienen todos a la feria. #

¡Ole!

-Con todo el respeto, señora,

¿no cree que debería ser más prudente y cantar un poquito más flojo?

Lo digo porque los vecinos la tienen que estar escuchando.

-Qué exagerada eres.

Qué me van a escuchar, si están todas las ventanas cerradas.

-Pero, niña, desde el rellano del entresuelo

se está escuchando el "Vámonos pa la feria".

-¿También tú con eso?

-Ahora mismo le estaba diciendo a la señora

que tuviese un poquito más de cuidado.

-Como el malaje esté cerca, poco le va a faltar para encontrarte.

Que parece que lo estás llamando a gritos.

-Qué fatiga de vida. To el día escondida, como un ratero.

-Escondida pero viva, que no es poco.

-¿Hasta cuándo, José? Que esto está acabando conmigo.

-Contigo y con to el mundo.

Pero hasta que no trinquen al desnortado ese con tan mala idea,

poco podemos hacer.

Al menos tenemos a Rosina y Susana de nuestra parte.

-¿No ves tú cómo no to es malo, reina mora?

-¿Tú sabes lo que me animaría de verdad?

-Venga, pide por esa boquita.

-Poder lucir el sombrero que me acabas de comprar.

Tráemelo, Alodia, por favor.

-Ahora mismo, señora. -Gracias.

-¿Te lo vas a poner aquí, dentro de la casa?

¿Y qué quieres que haga, si no puedo salir?

-Ah, mira, visto así...

-Aquí lo tiene, señora.

¿Qué le pasa?

-No sé, no... acaba de encajarme.

-¿Cómo que no acaba de encajarte?

-¿Ves aquí? Tiene un defectillo.

-Yo no veo na.

-Es muy chico, pero seguro que con un arreglo se apaña.

Llévalo a la sombrerería, anda.

O mejor aún: dile al sombrerero que venga a casa

y me lo ajusta aquí mismo.

-Pero, pero... ¿tú has perdido la chaveta?

¿Qué quieres, que lo vea el acosador?

Que seguro que está por ahí, esperando a ver si descubre

que tú estás vivita y coleando.

-¿Tú crees?

Con la ilusión que me hacía poder llevarlo.

¿Y por qué no le pedimos a Susana que haga un apaño?

A fin de cuentas, ella es sastra.

-Yo... yo no me arriesgaría.

-Ay, José, hijo,

por lo que más quieras, dame una alegría.

Que no aguanto más este encierro.

-¿Y ese paquete? -Un detalle de su prima Casilda.

Mire qué paño tan bonito.

-Pues sí que es bonito, sí. ¿Y a cuento de qué le ha agasajado?

-¿Se acuerda que usted me pidió que hablara con doña Genoveva?

Pues lo hice.

Mediar para que Casilda no perdiera su puesto de trabajo.

-Pues visto el regalo, se ve que la convenció.

-Sí, hubo suerte y entró en razón, sí.

¿Qué hay, Jacinto?

Pues una de esas no, pero un cafetito sí que me tomaba.

Tila es lo que tengo. Si le vale, bien, y si no...

Bueno, sea tila. Menos da una piedra.

Ahora precisamente le iba a comentar a Jacinto

el mal trago que pasé hablando con doña Genoveva.

¿Y a usted qué se le ha perdido con esa señora?

Entre poco y nada, que ya sabe usted que no es santo de mi devoción.

Eso sí, esta mañana se ha pasado para que la ayude a preparar...

una misa para la pobrecita Marcia.

Caray, pues eso sí que es raro,

que acuda a usted teniendo a las señoras de su parte.

Porque se ve que quiere que acuda todo el mundo.

Si no fuera porque es para Marcia, la mandaba a tomar viento.

-Bueno, una misa no le hace mal a nadie.

-Ya. Eso pienso yo también.

Pero dudo que Casilda vaya

para encontrarse con esa mujer cara a cara.

A ver qué excusa se inventa.

-Bueno, tarde o temprano tendrá que encontrarse con la señora.

Vamos a ver, vamos a ver si yo me entero.

O sea, que usted va a ayudar a Genoveva

para que limpie su conciencia con una misa.

Hombre, dicho así...

No, vamos a ver, pues corríjame si no es así.

¿Qué quiere que haga entonces, Servando?

¿Le digo que no y me arruino la vida?

Pero es que...

Yo solo espero que mi pobrecita Marcia

me perdone allá donde esté.

-Desde luego, veo el panorama de mi hijo muy oscuro.

-Estuve hablando con él y me dijo que Lolita no está muy receptiva.

-Lolita es una muchacha encantadora, pero de Cabrahígo, a fin de cuentas.

Lo poco que sé de esas mujeres es que son tercas y obstinadas.

Muy corto se queda usted.

-Pero ella le ama, don Ramón. Y es el padre de su hijo.

Dudo mucho que quiera tirar todo por la borda.

Los celos son terribles, señores. Lo digo por experiencia.

A mí estas cuitas me desarman.

-A usted y a cualquiera.

Cuéntenos, don Felipe.

Tengo entendido que el comisario Méndez

anda detrás de alguna pista.

Está convencido que la desaparición de Laura

está relacionada con la muerte de Javier Velasco.

El abogado de Genoveva.

Supongo que tendrá alguna evidencia para afirmar eso.

Al principio, yo también dudaba, pero...

Por eso intenté ponerme en contacto con Laura en Alemania.

¿Y? ¿Ha conseguido hablar con ella?

No.

Ni con ella, ni con nadie que sepa de ella.

Quizá no les entendió bien, ya sabe que el alemán, en ocasiones,

puede ser más una barrera que un puente para comunicarse.

No dejo de darle vueltas a la hipótesis de Méndez.

Está convencido que Laura es coautora del asesinato

junto con Genoveva.

Muy vago me parece todo.

Don Felipe, ¿no cree que ha llegado el momento

de hacer borrón y cuenta nueva y seguir adelante?

¿Y dejar la muerte de Marcia impune?

Hágame caso y pase página.

Lo que tiene que hacer es concentrarse en obtener

la nulidad matrimonial con doña Genoveva.

Cuanto más lejos esté, mejor.

-¿Dónde estarán?

Aquí.

Muy bien.

(Timbre)

-Hola, Antoñito.

-¡Natalia!

¿Qué hace?

-Perdone que me presente de esta manera,

pero tiene que escucharme.

-No, no, no, usted no puede estar aquí.

-Lamento mucho su situación, sé que lo está pasando mal.

Por eso, me gustaría compensarle.

Aliviarle.

Sentir que puedo compensar su dolor.

-Natalia, le pido por favor que se vaya de mi casa.

Natalia.

Natalia, por favor.

-Fabiana. -¿Sí?

-¿Dónde va con esas flores?

-Pues, son las últimas que quedaban ya en el quiosco.

Doña Genoveva ha soltado los cuartos para engalanar la iglesia.

-Bien bonitas que son.

-Como sabe que todo el mundo está pendiente de ella,

no ha escatimado.

-Anda, pase y le pegamos un rato a la hebra.

-Vale.

-Siéntese.

¿Qué? ¿Cómo va la pensión? ¿Mucha faena?

-Más por las mañanas que por las tardes.

Que, por eso, he podido ayudar con las flores.

-Aunque ahora, con las cenas de los huéspedes,

habrá más lío.

-No te creas, que ahora con el buen tiempo,

muchos prefieren salir y volver solo para acostarse.

-Pues, son ganas de cenar fuera, con lo bien que cocina usted.

-¿Tú qué quieres, Lolita? Saber de don Antoñito, ¿no?

-Qué cosas dices, Fabiana.

No.

-Tampoco sería raro

que tú preguntaras por el que es tu marido.

-Pues ya que saca el tema,

¿cómo está?

-Nosotros lo tratamos a cuerpo de rey,

hasta le limpiamos la habitación una vez al día y todo.

-Eso le gustará. -No sé qué decirte, hija.

Tampoco se le ve muy feliz, cosa que me parece muy normal.

Qué estas cuitas no son para bailar la jota.

-Ya.

-Le he dicho que pida lo que necesite,

que pa eso estamos Servando y yo, pa ayudarle.

-¿Y no les ha pedido na? -No.

-¿Sabe qué le puede animar? Un plato de membrillo con queso.

Luego le arrimo un poco, que tengo de Cabrahígo, que le pirra.

-Yo se lo daré, pero ya te he dicho que anda muy desganado.

-Y cámbiele la almohada por dos cojines bien blanditos.

Es que sin su almohada no puede dormir.

-Pues sí, porque pa mí que no ha dormido bien,

esta mañana tenía mu mala cara.

-Por la almohada, se lo digo yo.

-Hija mía.

Y, ¿no sería mejor que tú salieras de tu cabezonería

y hablaras con él, muchacha?

-No, Fabiana, no.

Yo no tengo na que hablar con él.

(Pasos)

-Buenas.

-¿En qué le puedo ayudar?

-Pues, venía a preguntarle,

porque me han hablado maravillas de los productos de Cabrahígo.

-Con razón.

No hay na malo que venga de ese pueblo.

Y se lo digo con conocimiento, que yo soy de allí.

-¿Y hay algo que me pueda recomendar?

-Cualquier cosa que se lleve usted es bueno, caballero.

Vino, aceite, queso, aceitunas...

-Chorizo picante, pero es que no me queda.

-Solo tengo un par en casa. -Vaya fastidio.

Tengo un invitado,

y es un entusiasta de esas chacinas,

¿de verdad no hay ninguna forma de llevarme un poco?

-Ya le digo que no me queda en la tienda.

-Ya, ¿y no podría ir usted a su casa a buscarlo?

Si no le es mucha molestia.

-¿A mi casa?

-A mí me haría un gran favor, y le estaría eternamente agradecido.

Fabiana, ¿le importa quedarse un momentico en la tienda?

-¿Y las flores?

-Pues las flores que las lleve este señor.

Digo yo que no le importará.

-No, no, encantado, por supuesto, faltaría más.

-Ea, vuelvo en diez minutos, Fabiana.

-Usted no se preocupe, ya las llevaré yo, no se preocupe.

Agradecida.

-Le gusta lo que ve.

Sabe que estoy enamorada de usted.

No se resista y déjese llevar.

-Le pido, por favor, que no siga.

-No quiero obligarle a hacer algo que no desee.

Pero le recuerdo, que fue su mujer quien le echó de casa.

Puede venirse a vivir conmigo a mi apartamento.

Sería algo provisional, aunque yo nunca le echaría.

Sé que me desea tanto como yo a usted.

(Cerradura)

Sé que Marcia era muy querida y apreciada en el barrio.

Por eso, no se me ocurre mejor manera de celebrar mi vuelta

que oficiando una misa por su descanso eterno.

Confío en que todos,

señores y criadas, asistan a la ceremonia.

para poder compartir juntos nuestra plegaria.

Sus buenas perras habrá tenido que pagarle al cura.

-Rosina, por Dios.

-Ahí viene Felipe. -Corre, por Dios, corre.

-Felipe, espere.

¿Cómo te atreves a utilizar a Marcia de esta manera?

Solo he organizado una misa para pedir por ella.

¡Eres una falsa y una hipócrita! Conténgase.

Intentas limpiar tu nombre con misas y novenas,

pero aquí todo el mundo sabe lo que eres, una asesina.

Felipe, te agradecería que dejaras de acusarme.

El Tribunal Supremo me ha exculpado. Soy inocente, ¿qué más quieres?

Quiero que digas la verdad.

Que mataste a Marcia para recuperarme de nuevo.

Pero ¿sabes algo? Antes muerto, que volver contigo.

Ya no te tengo miedo.

He sufrido tanto que ya nada me asusta.

Vas a pagar por lo que has hecho, te juro que vas a pagarlo.

Llévame otra vez a los tribunales si eres tan imbécil.

¡No me retes! ¿De acuerdo? ¡No me retes!

¿Ves? Toda la fuerza se te va por la boca.

¡Eres una zorra! ¡Asesina! ¡Voy a acabar contigo! ¡Asesina!

¡Asesina, voy a acabar contigo!

¡Que me sueltes!

¿Qué se supone qué tenemos que hacer con Felipe

si hablar no sirve de nada?

-Un ultimátum.

Exigirle que se comporte como debe ser o que se vaya de aquí.

-No creo que don Felipe quiera hablar conmigo.

-Si yo lo único que te pido es que le convenzas

para que olvide a Genoveva.

-Es que yo no quiero que la olvide.

-Lola, despierta, por favor.

-¿Qué pasa? ¿Qué ha pasado?

-No lo sé, Carmen. Se ha desmayado y no se despierta.

-Lolita, Lolita. Pero ¿cómo ha pasado?

-No lo sé, Carmen. Se ha desmayado y ya está, no sé más.

-¿Qué es lo que quiere de nosotras?

-Un favor, de señora elegante a señoras elegantes.

-¿Qué hacías con esa joven? Natalia, en esta casa.

-Entonces, no entiendo, a qué viene esta tristeza.

-Pues que yo no creo que Lolita quisiera hacerme ningún daño,

ni siquiera la considero capaz.

-Creo que ya se la han llevado al hospital.

-¿Y si se muere?

-Me van a explicar de una vez

qué es lo que pasa con Servando y mi madre.

-Me han prohibido expresamente

investigar cualquier caso que tenga que ver con Genoveva,

y voy a respetar esa orden. ¿Ningún caso?

Es comprensible, he intentado encerrarla varias veces,

sin éxito.

Esa mujer es culpable.

Podría pensarse que tengo animadversión contra ella.

-Lo malo es que ahora tiene al abogado de su parte.

A Miguel Olmedo, el cual yo contraté y ahora se revuelve contra mí.

-¿Y no piensas hacer nada? -Por supuesto que sí.

Le voy a demostrar

que no se muerde la mano del que te da de comer.

-No quiero que cometas una locura, le deseo suerte.

La voy a necesitar.

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Acacias 38 - Capítulo 1317

27 ago 2020

Genoveva continúa limpiando su imagen y pide ayuda a Fabiana para organizar una misa por el alma de Marcia. Felipe rabia y termina enfrentándose a su mujer.

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Bellita, vivita y coleando, explica las razones para fingir su deceso: en Argentina un fan maníaco amenazaba su vida y tuvo que huir. Jose observa impotente cómo el carácter de Bellita, todo menos discreto, compromete continuamente su plan.

Antoñito pasa su primera noche en la pensión y todos comentan la desgracia de la ruptura de la pareja. Pero los Quesada no se rinden: aprovechando que Antoñito ha ido a recoger sus cosas a su casa, Natalia se acerca seductora... Y están a punto de ser descubiertos por Lolita.

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