www.rtve.es /pages/rtve-player-app/2.17.1/js/
5652080
No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1316 - ver ahora
Transcripción completa

Creo que he identificado una línea de investigación

que podría condenarla. La desaparición de Javier Velasco.

Tenemos que preocuparnos de que nuestra sociedad

salga adelante. -Muy bien.

Pero nos mantendremos siempre en los términos legales.

Quédese usted las vueltas, posadero.

Olé las mujeres rumbosas.

Prepara pronto el almuerzo y luego bajas

a casa de doña Genoveva para poneos de acuerdo

en cómo le vas a servir. -Señora, no me haga eso.

Lo único que tienes que conseguir es que Servando

le haga caso a Benigna y así te la quitas de encima.

Voy a sufragar una misa en recuerdo de Marcia.

¿Cómo?

Yo no te he engañado, maritornes. -Vete sin rogar, por favor.

No quiero pasar una noche más contigo.

Cuéntamelo de inmediato, o por tu bien,

tendré que hacérselo saber a mi sobrino.

-¿Qué es eso que tengo que saber?

Tenemos asuntos que tratar. Pasa, por favor.

Pero no como marido y mujer,

sino digamos como...

socios.

¿No vas a sentarte?

No.

Como comprenderás, no se trata de una visita de cortesía,

así que no tardaré en marcharme.

Eso ya lo veo.

Lo que no alcanzo a entender es por qué insistes

en hablarme en ese tono. ¿De verdad te sorprende?

Genoveva, por favor,

quitémonos las máscaras.

Aquí no hay testigos.

No tienes que fingir que eres una pobre mujer

injustamente tratada. Es lo que soy, Felipe,

por más que te empeñes en negarlo, y así ha sido probado de nuevo.

¿Con quién crees que estás hablando?

Podrás haber engañado al más alto tribunal de España

con tus malas artes, pero no a mí. Sé perfectamente lo que has hecho.

Tu empeño raya lo enfermizo. No, aquí lo único enfermizo

son tus celos, ¿de acuerdo?

Y esa obsesión hacia mi persona que te llevó a matar a Marcia.

¿Cuántos jueces más tendrán que probar lo contrario

para que me creas? Nadie, ¿me oyes?

Nadie me va a hacer renunciar a la verdad.

Sé que tengo delante a la persona que me arrebató lo que más quería

en este mundo, y jamás te voy a perdonar,

¿me oyes? ¡Jamás!

No puedes tratarme así.

¿Es que no lo entiendes?

Yo te amo, Felipe.

Esto no es amor,

es obsesión,

y solo te voy a responder con odio y el más absoluto

de los desprecios. ¿Vas a tratar así a tu esposa,

a la mujer que llevó en su vientre a tu hijo?

¿De verdad te atreves a pronunciar a esa pobre criatura,

que no era más que una trampa para casarte conmigo?

No, era fruto de nuestro amor.

Deja de mentir.

Sé perfectamente que esa criatura no era mi hijo.

(Sintonía "Acacias 38")

Tu insistencia te lleva a pronunciar

los mayores disparates.

Por supuesto que el hijo que esperábamos

era tuyo.

¿De dónde te has sacado semejante tontería?

Del verdadero padre en persona,

de Santiago Becerra.

Él mismo me lo contó.

¿Y vas a creerle a él antes que a tu esposa?

Daría más pábulo a las palabras de una víbora que a las tuyas.

Deja de fingir.

Los dos sabemos que no mentía.

Está bien.

Quizás él fuese el verdadero padre, pero tú sigues siendo mi esposo.

Felipe, todavía no es tarde para nosotros.

Tenemos otra oportunidad.

Podemos tener hijos, si es lo que deseas.

No me puedo creer lo que escucho.

¿De verdad piensas que no es tarde para nosotros?

Estás más loca de lo que pensaba. No.

Solo soy una mujer enamorada. No, eres una demente, ¿de acuerdo?

Una demente y una asesina

capaz de cualquier cosa para salirse con la suya.

Tú me reprochas mil mentiras.

Tú, que me engañaste desde el primer momento

fingiéndote mi enamorado cuando aún estaba casada

con Alfredo. Era necesario

para desbaratar vuestros perversos planes.

Ya, ¿también era necesario que me engañaras después

con la piojosa de Marcia? Ni se te ocurra pronunciar

su nombre, ¿de acuerdo? Felipe,

te hiciste pasar por amnésico fingiendo tu amor por mí

con el único objetivo de buscarme la ruina.

Sí, eso fue lo más duro,

tener que soportar tu presencia y tus besos.

Siempre has jugado con mis sentimientos

manejándome como si fuera una marioneta,

pero a pesar de todo, sigo siendo tu mujer,

ante Dios y ante los hombres.

No será por mucho tiempo.

He solicitado la nulidad matrimonial.

Ya no queda nada entre nosotros,

tan solo...

odio. No.

Nuestros caminos se separan para siempre.

Adiós,

cariño.

No.

Felipe...

Aurelio, por favor, escúchame. -¡No tengo nada que escuchar!

Has deshonrado a nuestra familia. -¡Eso no es cierto!

-¡Basta de mentiras! No voy a consentir

que nuestro buen nombre vaya de boca en boca.

¡Antes te ingreso en un convento! -¡No!

-¡Que me dejes!

Natalia, ¿qué...?

¿Qué ha pasado?

-Ya lo ha visto.

Usted no es el único que está en dificultades.

-Las dichosas fotografías...

-Así es.

Mi hermano las ha recibido con la amenaza

de que se harán públicas si no pago una fuerte cantidad.

-Maldita chantajista.

-He intentado convencerle de que no era lo que parecía,

de que no pasó nada entre nosotros. -Pero no le ha creído.

-No.

Estoy desesperada.

Si las fotografías se hacen públicas

y estalla el escándalo,

mi hermano es capaz de cualquier cosa.

Y lo peor de todo no es eso, es... -No, por favor. Natalia, no siga.

No siga, por favor, y...

séquese.

No es momento de venirnos abajo.

Lo que tenemos que hacer es unir fuerzas

y acabar con esta vil extorsión,

así podremos seguir con nuestras vidas, no hay otra.

-Pero ¿cómo podemos hacerlo?

A las buenas. -Buenas.

-¿Habéis visto a mi prima, la Casilda?

-Pues no. Lo único que te puedo decir

es que aquí no está.

Aunque nos resulta raro, porque siempre a esta hora

está preparando la cena con nosotras.

-¿Y dónde se habrá metido esta mujer?

¿Qué estáis preparando, una tortilla de patatas para cenar?

-Sí. -Con su cebollita frita

ahí bien poco cuajada...

-Jacinto, deja de babear, ¿eh? Que esto no lo vas a catar.

Esto es de las criadas.

-Mujer, donde cenan cinco, cenan seis, ¿eh?

Que mira que desde que está la tía Benigna,

me está matando de hambre.

-Arrea, al final estabas en tu cuarto.

-¿Dónde vas, prima?

¿Qué llevas en la maleta?

-Las pocas cosas que tiene una.

Lo bueno de ser pobre es que tardas en empacar

un suspiro.

-¿Y por qué te ha dado el capricho de guardarlas?

-Porque me las llevo conmigo.

Me marcho de Acacias para siempre. -¿Qué estás diciendo?

-¿Tú has perdido el oremus? -No.

Nunca había estado tan cuerda.

-¿Acaso tu señora te ha despedido? -Todavía no lo ha hecho,

pero yo quiero ahorrarle ese mal trago.

Después del enfrentamiento con doña Genoveva,

de seguro que le va a exigir a mi señora que a mí me ponga

de patitas en la calle. -Bueno, pero a lo mejor

eso tiene otra solución.

-Ojalá la hubiera, Alodia, pero no la hay.

Y yo prefiero marcharme de aquí con la cabeza bien alta

a tener que pedirle disculpas a ese demonio de mujer.

-¡Quieta ahí parada, desgraciada! Siéntate ahí. ¡Siéntate ahí!

Tú de aquí no te mueves.

-Pero, Jacinto, vamos a ver, ¿tú no me has escuchado?

Yo tengo que marcharme. -Sí que te he escuchado

y no voy a dejar que te alejes de aquellos que bien te quieren

ni por orgullo ni por miedo.

Acacias es tu hogar y punto redondo.

¿Te has parado a pensar qué iba a ser del altillo sin ti?

¿Qué va a ser de tu señora Rosina?

¿Y de mí?

-Jacinto,

¿qué te crees, que no me duele en el alma

tener que marcharme?

¡Pachascos que me duele!

Pero no me puedo quedar aquí. Doña Genoveva no lo permitirá.

-Eso no se sabe. -Sí que se sabe.

Me va a hacer la vida imposible,

si no, algo peor.

Ya sabemos de qué es capaz.

Lo mismo me da matarile como hizo con la pobre Marcia.

-Déjate de enormidades, ¿eh? Eso ni mentarlo.

Va, para la habitación y desempaca la maleta.

Mañana será otro día. Y la almohada es buena consejera.

-Jacinto tiene razón. Esperemos a mañana,

y a lo mejor, entre todos encontramos una solución.

-Tenlo por seguro. No voy a permitir

que arruines tu vida. -Deberíamos hablarlo con Fabiana.

Ella siempre tiene una solución para todo.

(SUSPIRA)

Qué tarde tan estupenda se ha quedado, padre.

Daba gusto pasear por los Jardines del Príncipe.

No le hubiese venido mal darse usted también un paseo.

Quizás así estaría de mejor humor esta noche.

-¿Se encuentra usted bien, señor?

Apenas ha probado bocado.

-Gracias.

Gracias, Soledad, es que...

hoy no tengo apetito.

-Quizás se anime con el postre que preparé, señor.

-Nos mima demasiado, Soledad.

Voy a acabar hecha una mesa camilla si sigo comiendo tanto.

Tendré que sacrificarme sin el postre.

Si me da usted permiso, me retiraré a mi cuarto.

-El postre es solo para usted entonces.

-Se lo agradezco mucho, Soledad, pero creo que haré como mi hija.

Lo dejaré para desayunar mañana. -Como prefiera.

Con su permiso, recogeré la mesa, señor.

-Soledad.

-¿Ha cambiado usted de opinión con respecto al postre, señor?

-No, no es eso.

Creo que se le ha desabrochado el uniforme.

-Lo siento muchísimo, señor. No sé cómo ha podido pasar.

-Deja.

Yo te ayudo.

-Señor, no creo que sea lo más adecuado.

-Deja de pensar en lo que es adecuado o no.

Tú sola no puedes.

Don Marcos...

-Soledad.

-Lo siento.

Lo siento, me he quedado traspuesta, señor.

-Ha pasado la noche en el sofá.

-No sé cómo ha podido suceder algo así, señor.

Debí sentarme para descansar de la faena y...

y las fuerzas me han abandonado.

Le aseguro que no volverá a suceder nada tan inoportuno, señor.

-Tranquila, mujer, no tiene la menor importancia.

Lo que lamento es que la hagamos trabajar tanto.

Tiene que estar agotada por haberse quedado dormida

en un diván tan incómodo. -No se crea, señor.

Este diván es muchísimo más cómodo que el catre del altillo.

-Si quiere, suba...

a asearse y a descansar un poco. -No, no, de ninguna manera.

Mi deber es prepararle el desayuno.

Le había preparado capirotada, señor.

-Desde luego,

sabe cómo tentarme. Es mi dulce favorito.

Usted me conoce bien.

-Es mi trabajo, señor.

Si me permite, puede ir pasando.

Ahora mismo le preparo la mesa.

-Sí, sí. -Con permiso.

Mira que enfadaros por esa tontería...

-¿Tontería? -Sí, tontería, Susana.

¿No recuerdas que ambas nos encaprichamos

con el mismo tocado? Tendría que haber dejado

que lo comprara ella, y santas y muy buenas.

-Bueno, lo más importante, cariño, es que ya lo habéis aclarado

y que usted ha venido a desayunar con nosotros.

-Sí. Estaba deseando hablar con mi querida amiga Rosina.

-Claro que sí. Y ahora os dejo solas un rato.

Voy a comprar la prensa, que a Casilda

se le olvidó subírmela. -Sí. Esa muchacha

hoy no tiene la cabeza sobre los hombros. (RÍE)

-¿Crees que le ocurrirá algo? -No sabría decirte.

Solo sé que ayer fue a servir a casa de doña Genoveva,

y cuando volvió, ya no dijo esta boca es mía.

-Ya nos enteraremos qué le sucede. Ahora vuelvo.

-Deja de mirarme así. Me estás helando la sangre.

-Tiene fácil solución. Solo tienes que decirme la verdad

de una vez por todas.

Mira, Rosina, que si no lo haces, en cuanto suba mi sobrino

le explicaré que esa pelea por el tocado

es una milonga, que nuestras diferencias son otras.

-¡Ay, no hagas eso, te lo ruego!

-¿Qué te traes con don José Domínguez?

Cuéntamelo de inmediato, porque si no,

cumpliré mis amenazas, ¿eh? No te voy a seguir el juego.

-¡Está bien!

Hablaré con José para que él mismo te diga

lo que sucede, porque tienes razón, es bien gordo lo que está pasando.

-Lo que yo me temía...

Lo que no entiendo es por qué tiene que contármelo don José.

¿No me lo puedes contar tú en persona?

-No, hazme caso, mejor que sea él.

-El único motivo que encuentro para justificar tu silencio

es la vergüenza. ¡Ay, Dios mío, que mis temores son verdaderos!

¿Estás engañando a mi sobrino con ese malaje?

-¡Ay! ¿Otra vez con eso? ¡Por supuesto que no!

¿Cómo puedes pensar tal cosa? -Entonces cuéntame qué sucede.

-Susana, algo que no te puedes ni imaginar,

pero tendrás que verlo con tus propios ojos.

Ay, Señor...

Y bien, Fabiana, aún no me ha dicho qué le ha traído por aquí.

Tengo que tratar ciertas cuitas con usted, señora.

Supongo que serán de enjundia.

De no ser así, no habría venido a visitarme.

Sé que no soy santo de su devoción. Bueno, señora...

Descuide, no hace falta que lo niegue.

Dígame lo que quiere, y si está en mi mano,

no dudaré en ayudarla.

He venido a hablarle de Casilda.

Deseo pedirle perdón en su nombre por el comportamiento inadecuado

que tuvo con usted ayer.

Imploro su compasión, señora, y le ruego

que no se lo tenga en cuenta. Casilda no es mi criada.

¿Qué podría hacer yo en su contra? Doña Genoveva,

conozco a la perfección las normas entre señoras y criadas.

Y sé muy bien que una palabra suya bastaría

para que doña Rosina la tuviera que poner

de patitas en la calle.

Quizás sea lo que merezca por su insolencia.

Su falta fue grave, sí, pero comprenda usted a la muchacha.

Es joven, impulsiva y...

y apreciaba a la difunta Marcia con toda su alma.

No, eso no justifica sus palabras. ¡No, no!

Por supuesto que no.

Pero ha sido el dolor lo que hizo que ella se comportara

de esa forma tan injusta con usted.

En eso estamos totalmente de acuerdo.

Ha sido extremadamente injusta.

De hecho, usted me está pidiendo una compasión por Casilda

que ella no ha tenido conmigo.

Fabiana, no sabe lo que duele seguir siendo señalada

aun después de haber sido declarada inocente

dos veces.

Señora, lamento de todo corazón lo que está pasando

y también todo lo que le ha dicho Casilda.

La creo. De lo que no estoy tan segura

es de que lo sienta Casilda.

De hecho, ni siquiera ha sido capaz de venir a disculparse en persona.

Eso ha sido porque está tan arrepentida,

que ni siquiera tiene valor para venir a pedirle perdón.

Sepa que su primo Jacinto la encontró en el altillo

marchándose para siempre,

y entre todos, la hemos convencido para que se quede,

seguros de que usted,

con su buen corazón,

la perdonaría.

Será así, ¿verdad, señora?

¿Será usted tan buena de no tenérselo en cuenta?

Estoy deslomándome con tanto escombro.

-Descuida, mujer, que ya no queda nada.

El túnel está prácticamente terminado.

Estamos a muy pocos metros de toparnos

con la bóveda del banco.

Sabina, qué bien hicimos al comprar el restaurante.

-Ya lo creo. Tenías toda la razón.

Ha resultado ser una mina de oro.

-Sí. Ya solo nos queda esperar el momento indicado

para desvalijar la sucursal de Enrique.

-Estoy segura de que merecerá la pena.

-No lo dudes ni un instante, querida.

¡Ay!

Al margen de la sustanciosa cantidad de nuestro crédito,

ese día la caja fuerte contendrá las reservas habituales.

¡Ah!

Este robo va a pasar a los anales, y si no, al tiempo.

-No quiero hacerme el cuento de la lechera,

pero yo creo que vamos a tener una jubilación dorada.

-Bueno, me voy para dentro. -¡Vamos!

Lolita, hija, ¿te ocurre algo?

-¿Acaso te encuentras mal?

-No se alarmen, es un poco de lavanda,

para quitar los nervios. -¿Estás segura?

Mira que nos habías preocupado.

Bueno, voy a ver si Monchito está dormido.

Carmen y yo nos ocupamos de él y así te vas a la mantequería.

-Se lo agradezco.

¿Qué pasa, Carmen? ¿Por qué me mira con esa cara tan avinagrada?

-Sencillo, porque no te he creído ni una sola palabra.

A ti te pasa algo más que unos simples nervios.

Pero ni siquiera los vahos huelen a lavanda.

-Me habré equivocado de hierba, mujer.

-Ay, Lolita, que nos conocemos.

¿Qué mejunje te has preparado? ¿Qué síntomas tienes?

-No tengo nada de nada. De verdad, ya se lo he dicho.

-Aún está medio dormido.

Lo pongo en el carro y nos vamos de paseo,

que hay que aprovechar este día soleado.

Así.

Vale.

-Guárdame el correo, luego lo reviso.

-¿Vienes, Carmen? -Voy.

Otra carta a mi nombre sin remitente.

Aurelio Quesada.

Soledad, ¿ha visto el bizcocho que nos subió Casilda?

Es que me ha entrado capricho de dulce.

-No. -¿No?

Mire, aquí está.

¿Quieres tú un poco?

Uy, pareces muy mohína.

¿Seguro que no quieres?

Mira que con los dulces, las penas son menos.

-No insistas, te lo ruego.

Oye, estoy haciendo ayuno.

-Bueno, pues en ese caso, no la tiento.

Por su indumentaria, deduzco que su penitencia

no es tan solo de ayuno. -¿Por qué lo dices?

-Mujer, pues porque con la calor que hace,

llevar ese jersey no puede ser por otro motivo.

¿Le sucede algo? -¿A ti qué te importa?

¿Me meto yo en tus cuitas? -Usted perdone.

No quería importunarla.

-Es que en ese caso, no seas tan curiosa.

Ya sabes lo que le pasó al gato.

Aquí cada una con sus problemas y sus culpas.

-Mire usted, que a mí solo me preocupaba

que cayese enferma con todo el abrigo

que lleva encima. -¡Pues no te preocupes por mí!

A veces es necesario sufrir un poco para aplacar los impulsos.

Sí, eso es lo que hay que hacer.

Eso.

(LEE) "Estimada señora de Palacios,

disculpe el atrevimiento de escribirle,

pero necesitaba urgentemente ponerme en contacto con usted".

"Supongo que imagina cuáles son las cuitas por las que le escribo".

"No me avergüenza reconocer que estoy profundamente preocupado

por la relación que, al parecer, mi hermana ha entablado

con su marido".

"Preciso hablar con usted".

"La espero esta tarde en el callejón

de los Jardines del Príncipe".

"Le ruego acuda a nuestra cita, es muy importante".

Que está tan preocupado como yo por las relaciones de su hermana

y mi Antoñito.

Pero ¿para qué quiere que vaya? ¿Para qué quiere que vaya yo

a los Jardines del Príncipe?

¿Qué tengo que hablar yo con este lechuguino?

Anda, deja ya ese puchero, que te estoy hablando.

-Señora Fabiana, ¿no ve que estoy ocupada?

-No, sí, y tú pareces olvidar que estás ocupada gracias a mí,

que si no, andarías por ahí despedida.

Una servidora se rebaja a arrastrarse

ante doña Genoveva para salvar tu pellejo

y así me lo agradeces. -Yo no le pedí que lo hiciera.

-¡Aunque no lo hubieras pedido, mastuerza!

Es de buenos cristianos ser agradecidos, y tú,

no solo no me has pedido perdón, encima tienes la poca vergüenza

de ponerte de morros conmigo. -No tendría que haberle dicho

a doña Genoveva que yo estaba arrepentida.

-¿No te amuela?

No llego a hacerlo y esta misma noche

la pasas tú a la intemperie. ¿Se puede saber qué te ronda

por esa cabeza hueca que tienes? Que tú no eres una niñata

para jugarte ni el puesto ni las habas de esa manera

y solo por orgullo. -No ha sido por orgullo.

Ha sido por justicia, por dignidad. -Casilda, esos son lujos

que no nos podemos permitir los pobres.

-¿Usted no se da cuenta de que yo no me estoy defendiendo

a mí misma, que todo esto lo estoy haciendo

por la memoria de Marcia?

Yo no quería bajar la cabeza delante de Genoveva,

pero muchísimo menos quería que usted se arrodillase,

que usted se humillase ante ella por mí.

-Bueno, por eso no te preocupes, muchacha,

que lo he hecho por puro egoísmo.

-¿Egoísmo? -Pachasco que sí.

Ninguno de tus amigos habíamos podido ser dichosos

teniéndote lejos de nosotros.

Tú querías mucho a Marcia, pero nosotros

también te queremos a ti.

Sí, está muy bien honrar a los muertos

y sacar la cara por ellos, pero también está muy bien

vivir la vida y salvar el pellejo.

-¿Cueste lo que cueste?

-Así es, Casilda.

Por desgracia, la dignidad no da de comer.

Si yo no hubiera ido a hablar con doña Genoveva,

ahora te tendríamos bien lejos.

-Usted se ha sacrificado por mí.

-Pero lo he hecho bien gustosa, hija.

(SUSPIRA)

-Se lo agradezco, señora Fabiana.

Debería tomar ejemplo de usted.

Siempre está velando por todos los demás.

Yo ni siquiera he ido a ver a la Lolita.

-Y ahora que lo dices, a mí también me tiene

muy preocupada, ¿para qué te lo voy a negar?

-¿Ha averiguado algo más?

-Nada de nada.

-Fabiana, no sabía que estuvieras en casa.

-Disculpe, he venido un momentito a hablar con Casilda, doña Rosina.

-Ah, muy bien. Me alegro mucho de que lo hayas hecho.

A ver si la animas, que hoy lleva un día

un poco torcido.

Por cierto, acabo de hablar con doña Genoveva.

Está muy satisfecha de cómo le has dejado la casa.

A ver si te esmeras tanto con la nuestra.

Hasta me ha dado una más que generosa propina

que se ve que dejaste olvidada.

Casilda, estás pasmada. ¿Por qué no coges el billete?

Pero... -Disculpe, doña Rosina.

Démelo a mí, que yo se lo guardo.

Esta muchacha el domingo me va a convidar en la feria, ¿eh?

Pues como le digo, ¿eh?

Si no llega a ser por la señora Fabiana,

la Casilda se habría tenido que largar

bien lejos de Acacias.

A la Casilda no le habría pasado nada, hombre.

Casilda es como mi hija.

Claro que si lo fuera, sería más alta y más apuesta...

Bueno, que yo no sé qué le dijo la señora Fabiana a doña Genoveva,

pero consiguió templarla, y para eso hay que tener más valor

que para ponerse delante de un miura.

Es que lo que no consiga mi socia, no lo consigue nadie.

Bueno, salvando un servidor si se lo propone, claro.

Que al final nos tendrás que pasar una asignación.

Sí, por sacarte los embrollos de los tuyos.

A la señora Fabiana por tu prima Casilda

y a mí por la tía Benigna.

La verdad que les estoy muy agradecido.

No, las gracias están bien recibidas,

pero si van acompañadas de algo más,

pues mejor que mejor. Si le voy a apañar la leña, ¿no?

Ya, pero... No, yo a lo que me refiero, no sé,

pues a un jamoncito, una botellica de vino... No sé.

Oiga, oiga. ¿Qué?

La verdad es que se ha puesto usted muy elegante.

Vamos, que se ha esforzado por ponerse guapo.

No te creas, que tampoco es un esfuerzo.

Ya sabes, el que nace bonito... Oiga, ¿ha pensado adónde llevar

a la tía de Marcelina? Sí, a un sitio

donde se merienda fantásticamente.

Tiene sus sillitas y sus mesas a la orilla del río.

¿Y dice que se come bien allí? Sí, hombre.

Depende de lo que traiga la tía Benigna, claro está.

Vamos, que la lleva al campo a ver si le da de merendar, ¿no?

Es usted un aprovechado. ¿Yo aprovechado?

Hombre, ¿dónde vas a encontrar a un galán con más categoría

que un servidor? Por lo menos, merendar de gorra.

Bueno, pues todo sea para cambiarle el humor

a la tía Benigna. Es que me tiene amargado.

Te la voy a traer más contenta que unas castañuelas.

(CHISTA) Cuidado.

Disculpe, Servando, ¿le he hecho esperar?

Cada segundo sin usted es un siglo para mí,

pero ahora al verla, se me ha olvidado todo.

Enhebre.

(CARRASPEA)

¿Qué, lleva buen vinico, choricicos ahí en el canasto?

Por supuesto. ¿Le he contado yo que en mi pueblo

hacen unos chorizos de castañas riquísimos?

¿Qué me dice? Hombre, lo que le digo yo.

Lo rellena, en vez de ponerle el magro,

lo mezclan con castañas. ¿Asadas?

(Puerta)

(Puerta)

(Puerta)

Les estaba esperando. -¿Pues quién lo diría?

Con el tiempo que se ha tomado para abrir.

-Yo le di aviso de nuestra visita. -Y también del asunto que les trae.

-Espero que mi amiga también le haya explicado

que quiero saber toda la verdad de una vez por todas.

No voy a consentir más engaños.

-Le aseguro que así será.

-Y espero que también me explique por qué se ha empeñado

en que nos viéramos en su casa.

-Por favor, Susana, ten paciencia. En un santiamén comprenderás todo.

Por favor, don José, termine con este suplicio.

-Bien. Supongo que ya va siendo hora

de que sepa toda la verdad. -Le aseguro que así es.

La situación es ya insostenible. No queda otra opción.

Será mejor que Susana lo vea todo con sus propios ojos.

Antoñito, al fin. -Le ruego que sea breve.

Si alguien nos ve juntos, se va a complicar todo mucho más.

-Por eso precisamente le he hecho venir.

He estado pensando en...

en nuestro problema en común.

-La esperanza de que tenga una solución

es lo que me ha hecho responder a su llamada, pero...

vamos un poco más para allá, por favor.

-Ante todo, quiero decirle que lamento mucho

la situación a la que le ha llevado mi mala cabeza.

-Ya. Bueno, lo que necesito ahora son soluciones, no disculpas.

-Debe de estar sufriendo mucho.

Irse de su casa,

separarse de su hijo...

-Sí. La verdad, me está...

me está costando mucho separarme de los míos.

-Lolita no sabe lo que hace, a lo que está renunciando.

Yo jamás renunciaría a usted.

Incluso estoy dispuesta a enfrentarme con mi propio hermano

para ayudarle.

-No le comprendo. -Quiero ofrecerle mi casa.

Puede mudarse allí el tiempo que precise.

Aurelio no podrá negarse. También es mi hogar.

-¿Esto era lo que me quería proponer?

-Sí. Quiero que sepa que estoy dispuesta a ayudarle

en lo que precise.

-Yo se lo agradezco, pero obviamente no creo que sea

muy prudente a estas alturas que me mude a su casa.

Sé que lo hace con la mejor de las intenciones,

pero eso solo echaría más leña al fuego.

-Antoñito, hay más.

Ayer no pude decirle la verdad, pero ya no puedo negarlo.

-¿El qué?

-¿Aún no lo adivina?

Le amo con todo mi alma.

-Natalia, por favor...

-Lo lamento.

No he podido...

evitar enamorarme de usted como una colegiala.

-Parece olvidar que yo soy un hombre casado.

-No lo he olvidado. Mi cabeza no deja de recordármelo,

pero mi corazón lo manda a callar una y otra vez.

-Yo me siento muy halagado.

Créame, usted es una mujer maravillosa

y preciosa, se lo aseguro.

Estoy convencido de que cualquier hombre

en su sano juicio estaría encantado de pretenderla.

-Pero yo no quiero a cualquier hombre, Antoñito,

yo le quiero a usted. -Ya. Pues a mí no puede tenerme.

Yo no soy un hombre libre.

Pero estoy convencido de que encontrará el amor

tarde o temprano.

-Antoñito,

ya lo he encontrado.

Lo lamento. Yo no he podido evitarlo.

Tan solo quiero reconfortarle y hacerle feliz.

-Ya, pues si quiere hacerme feliz, aléjese, por favor.

Le aseguro que esto solo...

solo va a complicar todo mucho más. Lo siento.

-¡Antoñito, aguarde!

¿Qué hace usted aquí?

-No lo sé. -¿Y su hermano Aurelio dónde está?

-Tampoco lo sé.

No sé qué juego se traen entre manos,

pero esto no me está gustando nada.

Mi paciencia se ha acabado. Será mejor que me marche.

-¡No, por favor! Aguarda.

Don José,

prometió que se lo contaría todo.

-Doña Susana, aguarde. Se lo ruego.

Haga el favor de acompañarme al salón.

¡Ay!

Mi José me dijo que vendrías. ¿Gusta un poquito de gazpacho?

(GRITA)

¡Ay, Jesús!

-¡Ay, ay! ¡Susana! ¡Susana!

-Lo sabía. Doña Susana. -¡Susana!

¡Susana! ¡Ay, ay!

Todavía no me puedo creer que nuestro plan haya fracasado

por tan poco.

-Pero ¿Antoñito se creyó nuestra pelea?

-Sin dudarlo un segundo.

Te creía furioso por mi reputación manchada.

-Casi me da pena el diputado.

-Lástima que al final no cayera en mis brazos.

Y mira que le costó resistirse. -Te creo.

Debe ser el primer hombre al que no consigues vencer

con tus artes, ¿no?

-Por unos segundos no le descubrió Lolita besándome.

-Pero ¿estás segura de que no os vio?

-No lo sé, Aurelio. Tal vez sí.

Pero como comprenderás, no me dijo nada.

Creo que no termino de resultarle simpática.

(RÍE) -¿Por qué será?

Fabiana. -¿Sí?

-¿Le puedo ayudar en algo? -No, no, no, señor.

Bueno, ya que me pregunta, pues nada, ¿les apetecería

alguna otra cosa más? -No, gracias.

No te preocupes, hermana. Tendremos otra oportunidad.

-Aurelio, no te reconozco. ¿No piensas hacer nada?

¿Acaso pretendes esperar? -¿De verdad crees

que me voy a quedar con los brazos cruzados?

(CARRASPEA) Fabiana. -¿Sí?

-¿Puedo usar su teléfono? -Ahí lo tiene.

Sí. ¿Operadora?

Sí. Con el 1407, por favor.

Soy yo.

Estad prevenidos.

Es muy posible que pronto tengáis que dar

un escarmiento.

Bueno...

Por hoy se acabó la faena.

-¡Uy! ¡Sí, por Dios!

A ver si llegamos a casa

y me aseo un poco. ¡Oh! -Descuida,

que cuando todo esto termine, podrás bañarte siempre que quieras.

Y en champán francés si te entra el capricho.

(RÍE) -Roberto, si te parece, también me puedo bañar

en leche de burra.

Tendría gracia.

(Puerta)

Diantres, ¿y ahora quién puede ser?

-¿Abuela?

¿Abuelo?

-Es nuestro nieto. -Va, esconde, esconde eso. ¡Rápido!

¡Busca un sitio, anda!

¡Miguel, hijo, qué sorpresa!

-Pasaba por aquí y me pareció ver movimiento.

-Sí. Estábamos preparando una cosa para la reforma.

-Muy bien. ¿Y cuándo la reanudan? -Pronto, muy pronto.

Ya hemos llegado a un acuerdo con la nueva cuadrilla de obreros.

-Me alegra escuchar eso. Mientras tanto,

podrían enseñarme la bodega. -¿La bodega?

¿Para qué?

-Bueno, el abuelo lleva tanto tiempo

trabajando en ella, que debe estar irreconocible.

-No lo sabes tú bien.

-¿Entonces bajamos?

-Bueno, verás, es que tu abuelo quiere que la veas ya terminada.

Quiere darte una sorpresa. -Eso mismo. Una sorpresa, sí.

-Bueno, vamos a lo que importa.

¿Qué tal tu novia? ¿Y el trabajo?

¿Todo bien, hijo? -Eso.

¿Nos lo cuentas mientras tomamos unos chatos de vino en la pensión?

Pago yo. -Yo prefiero que nos quedemos aquí.

-Uy, de ninguna manera. Si es que llevamos aquí

todo el día encerrados.

Necesitamos tomar un poco el fresco.

Hala, hijos, vamos. Coge el sombrero.

Va, que nos vamos.

Claro que sí, nos vendrá a todos muy bien

tomarnos un vinito, ¿verdad, Roberto?

-¡Qué descanso, por Dios! -Sí. Cierra. Ve cerrando, Roberto.

De no haber sido por la señora Fabiana,

yo estaría en la calle.

(SUSPIRA) Pero me siento como si estuviera traicionando

a Marcia.

Al final, ese demonio ha recibido una disculpa en mi nombre.

No sufras por eso.

Nada ganábamos con que perdieras tu empleo.

Además, estoy seguro de que Marcia estaría muy orgullosa de ti.

Eres una gran amiga, así que olvídalo. Ya pasó.

No, señor. Ahora me queda lo peor.

Ahora tengo que tragarme el sapo de disimular

cada vez que me cruce con doña Genoveva.

Pero tengo que hacer caso a la señora Fabiana,

fingir el arrepentimiento si no quiero

que me lo haga pagar con creces.

No lo dudes.

La maldad de esa mujer no deja de sorprenderme.

Ojalá pueda librarme pronto de...

de esa farsa de matrimonio.

Lo único que me une a ella es el odio más absoluto.

Solo podré librarme de mi rabia el día que pueda vengar

la muerte de Marcia.

Señor, siento decirle que ese momento

no llegará hasta el día del juicio final.

Te aseguro que será mucho antes, Casilda.

(Puerta)

De seguro que es mi señora que ya está de vuelta.

Señor,

me equivocaba. La visita es para usted.

Comisario. ¿Tiene usted un momento, Felipe?

Para usted siempre.

Casilda, déjanos solos, por favor.

¿Y bien, me trae alguna novedad?

Unas que no dudo que serán de su agrado.

En ese caso, le pido por favor que no se las guarde

durante mucho tiempo.

Si algo no abunda en mi vida últimamente,

son las buena noticias.

He dado con la manera de tirar del hilo

en la desaparición de Javier Velasco.

Le aseguro que le resultará sorprendente.

Poco me importa con tal de que sea efectiva.

Dígame, ¿qué ha averiguado? Más bien quién, Felipe.

Se trata de Laura.

¿Laura?

Creo que Laura tuvo algo que ver en el triste final

del amante de Genoveva.

¿Estás señalando a Laura Alonso como cómplice del asesinato

de Javier Velasco? Cómplice o coautora.

Las dos opciones son factibles.

No se imagina la de patrones comunes que hay

entre los ladrones de guante blanco.

¿Sabían que todos aparentan ser ciudadanos ejemplares,

que utilizan negocios sencillos como tapadera?

Espero que haya una explicación, a no ser que estemos

en el juicio final, y esto sea la resurrección de los muertos.

No me quito el susto del cuerpo. -Pues tranquila,

que esto no es ni el apocalipsis ni yo soy un alma en pena.

Ahora voy a trabajar con más fuerza que nunca

en el túnel. -¿De qué túnel hablan?

Tengo que pasar por casa para recoger unos documentos.

-Está bien, pero vas cuando yo no esté.

Fabiana, voy a organizar una misa en recuerdo de Marcia

y me gustaría contar con su ayuda. ¿Con mi ayuda para qué?

Tengo un invitado y es un entusiasta

de esas chacinas.

¿De verdad no hay ninguna forma de llevarme un poco?

-Le digo que no me quedan en la tienda.

-¿Y no podría ir usted a su casa a buscarlo,

si no le es mucha molestia? -¿A mi casa?

¿Cómo te atreves a usar a Marcia de esta manera?

Es una misa para pedir por ella. ¡Eres una falsa y una hipócrita!

Me gustaría compensarle,

aliviarle,

sentir que puedo compensar su dolor.

Sé que me desea tanto como yo a usted.

  • A mi lista
  • A mis favoritos
  • Capítulo 1316

  • Compartir en Facebook Facebook
  • Compartir en Twitter Twitter

Acacias 38 - Capítulo 1316

26 ago 2020

Carmen indaga en la salud de Lolita. La de Cabrahigo recibe una carta de Aurelio Quesada y no se lo cuenta a nadie. Natalia intenta que Lolita la vea con Antoñito, pero Lolita llega tarde. ¿Los habrá visto? Natalia le cuenta a Aurelio que el plan ha salido mal y Aurelio planea dar un escarmiento a alguien. Finalmente, Aurelio cita a Lolita en el callejón…

Rosina consigue deshacerse de Liberto, pero accede a contarle la verdad a Susana, por lo que se presentan en el Principal para que la sastra conozca el secreto de los Domínguez. Susana se desmaya cuando se encuentra a Bellita tomando gazpacho, tan pancha.

Soledad sueña que besa a Marcos. Cuando despierta desea que su sueño se realice. La criada hace ayuno y se sacrifica, culpable por haber soñado que besaba a Marcos.

Servando está hecho un pincel y se dispone a pasear con la tía Benigna. Roberto y Sabina se las prometen felices: será el mejor atraco que han dado nunca. Pero tienen miedo a que Miguel les pille.

Felipe se niega a perdonar a Genoveva y le echa en cara engañarlo con el hijo que no era suyo. Genoveva y Felipe se llenan de reproches y él le niega cualquier posibilidad de reconciliación. Méndez explica que la vía tirar del hilo no es otra que Laura. Felipe se sorprende.

ver más sobre "Acacias 38 - Capítulo 1316" ver menos sobre "Acacias 38 - Capítulo 1316"
Programas completos (1377)

Los últimos 4.037 programas de Acacias 38

  • Ver Miniaturas Ver Miniaturas
  • Ver Listado Ver Listado
Buscar por:
Por fechas
Por tipo
Todos los vídeos y audios

Añadir comentario ↓

  1. Victoria

    Magnífica interpretación de Marc Parejo, cada día mejor. Muy bueno el diálogo entre Fabiana y Casilda, cada una con su punto de vista, Fabiana con más veteranía pero yo estoy más de acuerdo con Casilda la dignidad no se debe perder nunca, además, la asesina no va a olvidar todo lo que le ha dicho Casilda, así que ésta deberá andarse con cuidado. En cada capítulo creo que Antoñito no puede ser más tonto pero, es que cada día supera al anterior en estupidez, lo de hoy es que no se le ocurre ni "al que asó la manteca". Me pregunto, se merece Lolita tantísimo sufrimiento, era realmente necesario?. Hay una cosa que me gusta, ver con frecuencia al Comisario Méndez por Acacias, además es muy buen amigo de Felipe ... Sres. Guionistas: sería ideal que le encontraran una pareja, así podría convertirse en un vecino más de Acacias ... es sólo una idea porque David es muy buen actor.

    27 ago 2020