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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1314 - ver ahora
Transcripción completa

Este hombre está a punto de estallar.

-Liberto, haz algo.

No sea que tengamos que lamentar una desgracia.

-Sí, no podemos permitir que se pone en evidencia.

Don Felipe...

Suba a casa, aquí ya no tiene... En un momento, ¿de acuerdo?

Ahora preciso quedarme en la calle.

Me alegra ver a todos los conocidos del barrio reunidos.

Parece una bienvenida.

Felipe, me alegra verte de nuevo en el barrio,

después del incidente que tuviste con ese funcionario.

Espero que todo haya quedado en agua de borrajas.

Ahora se tus buenas maneras. No seas tan cínica.

Es evidente que lo que me pase a mí te importa un comino.

Te equivocas.

Me quedé muy preocupada después de lo sucedido.

-Genoveva, súbase al principal. Debe estar muy agotada.

No, no se crea. Me encuentro perfectamente.

Diría que estoy hasta animada. Hágame caso.

Retírese, antes de que la cosa se ponga peor.

Doña Susana, no hay nada que me impida estar tan ricamente

en la calle.

No tengo de lo que avergonzarme.

La justicia ha vuelto a probar que soy inocente.

Déjate de patrañas, ¿de acuerdo?

Aquí todos te conocen. Sabe perfectamente lo que hiciste.

¡Eres una asesina!

Felipe, te agradecería que no me hablarás así.

No me gustaría tener que denunciarte por manchar mi buen nombre.

La justicia ha dado su veredicto, y todos deben aceptarlo.

Así es la ley.

Tú, más que nadie, deberías saberlo..., abogado.

¡Maldita ramera! ¡Felipe, quieto!

¡Te juro que vas a pagar por todo lo que has hecho!

¡Bruja! De nada le va a servir.

-Felipe, Felipe, ya está bien.

Pórtese como un caballero y sosiéguese.

(SUSPIRA)

Discúlpenme.

Pero no puedo evitar sentir la rabia que siento.

-Le comprendo,

pero tiene que aprender a reprimirla.

Vamos a dar un paseo, le va a venir bien tomar el aire.

Menuda se ha liado, casi se lían a mamporros.

Don Felipe ha vuelto a perder la cabeza.

Y no me extraña, esa mujer es de la piel del diablo.

-Pobre del abogado.

Dios quiera que no cometa un disparate en una de estas.

Ea, cada mochuelo a su olivo.

(Sintonía de "Acacias 38")

Virgencita de Cabrahígo...

Tú que eres nuestra patrona, haz que la cosa no vaya a peor.

Y, si no puede mejorar,

pues que se quede como está.

Si puede ser, mejor hoy que mañana.

(Puerta)

Qué vergüenza tan grande hemos pasado

y qué mal arreglo va a tener este asunto.

-Ha sido de lo más desagradable.

Pero Felipe debe acostumbrarse a lidiar con ella.

-¿Le ha pasado alguna desgracia?

-Pues, nada, que Genoveva ha vuelto al barrio.

Se ha encontrado con Felipe

y Felipe ha montado un expolio en plena calle.

-Ya está esa otra vez amargando la vida a todo el barrio.

-Nada podemos hacer para impedir que pasee por dónde le plazca.

-Al menos, cuando Felipe la ha perdido de vista,

ha conseguido recuperarse del disgusto. Por lo menos un poco.

-Sí, el paseo le ha sentado fetén.

-¿Dónde está ahora?

-Se lo han llevado Rosina y Liberto a pasar una temporada con ellos.

-Qué pena me da verlo así. Él siempre me ha tratado muy bien.

Es una lástima que se ponga en evidencia de esa manera.

-Ay, Dios, esperemos que no vuelva otra vez a la vida.

Porque una recaída así tendría funestas consecuencias,

para su salud y para su buen nombre.

-No diga eso, Carmen.

Seguro que ha aprendido de los errores del pasado.

(TOSE) (CARRASPEA)

Don Felipe es un hombre muy listo.

Y...

Va a saber salir de esta, ya verán.

-¿Te encuentras bien, Lolita? Parece que te falta el aliento.

-Es que me he atragantado, suegro. Se me ha ido por el otro lado.

Voy a ver cómo está Monchito, me ha parecido escucharlo.

(SUSPIRA)

-¿Tú sabes lo que le pasa a Lolita? Parece como descompuesta.

-Sí, hace tiempo que no parece la misma.

Supongo que sus males, todos,

tiene que ver con la preocupación que siente por Antoñito.

-Voy a tener que hablar muy seriamente con mi hijo.

Esto no puede seguir así.

-(SUSPIRA)

Sería lo más acertado, porque, a este paso,

Lolita va a terminar enfermando.

Ah, ¿que estás leyendo todavía?

¿No vas a venir a la cama? Es tarde.

-No, no me voy a ir a dormir de momento.

-Ya sabes que no me gusta

que el otro lado de la cama esté vacío.

-Pues, como no te pongas la jaula del canario en el otro lado,

vas apañado.

Lo mismo duermo en el sofá.

-¿Se puede saber qué te pasa ahora? ¿A qué viene este enfado?

-¿Y tú me lo preguntas? (RESOPLA)

En bendita hora le ofreciste la casa a Felipe.

-Era mi obligación como amigo.

-Ya, pues menudo problema.

¿No ves el humor que se gasta nuestra visita?

-Y no es para menos, ¿no te parece?

Lo de Genoveva hubiera sacado de quicio al más pintado.

-¿Y qué van a decir nuestros vecinos

después del número que montó en plena calle delante de todos?

-Que digan misa, no me importa. -Pero a mí sí.

¿Cómo vamos a salir de casa?

-Con la cabeza bien alta, como hemos hecho siempre.

No tenemos nada de que avergonzarnos.

Solo estamos dando asilo a alguien que pasa por un mal momento.

-Liberto, una cosa es pasar por un mal momento

y otra, montar en plena calle un drama

digno de Calderón de la Barca.

-Rosina, no exageres. -No, ni una pizza exagero.

¿No te das cuenta? Ya lo has visto. Feliz no sabe controlarse.

-Es cierto. Felipe no actúo de forma correcta en la calle.

Vale, pero seguro que no lo va a volver a hacer más.

Es más, estoy convencido de que, a partir de ahora,

se va a comportar como es debido.

-¿Cómo puedes decir eso?

Vivir con Felipe será cómo hacerlo con una bomba de relojería.

Va a explotar en cualquier momento, ya lo verás.

-Baja la voz, nos puede oír.

-No me da la gana tener que morderme la lengua

en mi propia casa.

Buenas noches.

-Buenas noches, don Felipe.

¿Va todo bien? ¿Está la habitación a su gusto?

Sí, sí, está todo bien.

Les agradezco su hospitalidad.

En especial a usted, doña Rosina.

De nada.

Voy a la cocina a por un vaso de leche.

Me da la sensación de que a su señora

no le agrada mi presencia en su casa.

No se preocupe por ella.

Ya sabe cómo es Rosina, tiene sus rarezas.

Amigo, no quiero causarle ningún problema.

Mañana mismo me marcharé.

No, de ninguna manera voy a consentir algo así.

Usted se va a quedar aquí el tiempo que necesite, ¿oye?

A ver, es cierto que Rosina está un poco tensa

por lo que pasó en la calle,

pero, de verdad, no se preocupe por ella,

se le pasará.

En cualquier caso, me gustaría hablar con ella,

si le parece bien. No me gustaría que mi presencia

le pase factura a la buena relación que tiene con su mujer.

Lo cierto es que no sé si me parece buena idea, está revirada.

Déjelo en mis manos, hágame caso.

¿Qué piensa hacer?

(SUSPIRA) Estoy agotado.

Llevo toda la noche cavando.

-Te exiges demasiado.

Ya no tienes edad para meterte estas palizas.

(Puerta)

-¿Quién será tan temprano? -Quita ese pico de ahí, anda.

No sé ni para qué lo has subido. Ya abro yo. ¡Vamos!

¡Oh! Buenos días, don Ramón.

-Buenos días. -¿Cómo está?

¿Qué hace aquí tan temprano? -Vengo a traerles noticias.

Espero no interrumpir nada.

-No, no, solo estábamos comentando la escena que hubo ayer.

-Nos han contado que don Felipe dio un espectáculo bochornoso.

-Es cierto que se comportó como un basilisco.

Pero no tengan ninguna duda de que, ante todo, es un caballero.

Y no volverá a suceder un espectáculo tan lamentable

teniéndole a él como protagonista.

-Pero siéntese.

Siéntese, don Ramón. -Gracias.

-Siéntese.

Bueno, ¿y cuáles son esas noticias que nos trae?

-Tiene que ver con la ampliación del crédito

que pidieron en la entidad.

-Vengo de hablar con el señor Enríquez.

-¿Y qué le ha dicho el director de la sucursal?

-En principio, no es muy partidario de ampliar la deuda

que contrajeron ustedes con el banco.

-Oh, es una lástima.

No vamos a poder culminar nuestros proyectos.

-Nada nos sale bien, Sabina.

-Aguarden antes de empezar con los lamentos,

que no he terminado de hablar.

El señor Enríquez me ha puesto muchos inconvenientes.

Pero, a la postre, ha tenido a bien estudiar su petición.

En parte, por la amistad que nos une.

Así que en breve tendrán noticias suyas.

-Muchísimas gracias, Don Ramón. ¿Qué sería de nosotros sin usted?

-Quiero regalarle una botella. -No me haga usted ningún obsequio.

Solo lo hago por ayudarles.

Ya lo celebraremos cuando acaben las obras.

-Téngalo por seguro.

-Por cierto, ¿y los obreros?

-Aún no han venido.

-¿Ha visto usted alguna vez tamaña informalidad?

-Sí, les va a caer una buena reprimenda

cuando tengan a bien aparecer.

-Harían ustedes muy bien en llamarles la atención.

-Ya. -Si no se cumple con los horarios,

no van a acabar ustedes nunca está dicho esa obra.

-Sí. -Bueno, les dejo.

No les molesto más. Con Dios. -Con Dios. Buenos días.

-Adiós.

¡Esto va sobre ruedas, Sabina!

-Sí.

Si Enríquez afloja el dinero,

estaremos entrando en la recta final.

-Ahora ya solo hace falta hablar con el Bala.

¡Maldita sea mi estampa!

-Casilda, tirando tu trabajo por tierra,

lo único que vas a conseguir es tener que hacerlo dos veces.

-Sí tiene razón, doña Fabiana, pero es que me hierve la sangre.

-Y lo de Genoveva no podría haber salido

de forma más siniestra.

-Y tanto, como que esos jueces son unos vendidos.

Unas miserables,

capaces de dejar libre a semejante arpía.

Cogía yo esta plancha y les atizaba en sus partes pudendas.

-Templa, que te va a dar un soponcio, mujer.

-Me he cruzado con Indalecia y la tía Benigna, que iban a misa.

Hay que ver qué peculiares esa mujer.

-Eso no es lo peor que hay en este barrio.

Iba a preguntarte qué tal después de ver a doña Genoveva,

pero ya me hago una idea.

-Estoy mal, muy mal. Negra como el tizón.

-Según he oído, el pobre Felipe estaba como loco.

¿Cómo ha pasado la noche en casa de tus señores?

-Malamente, la verdad.

No probó bocao durante la cena.

Y le oí decir a don Liberto que, de dormir, nanay.

-Normal, que esa mujer siga libre y la pobre Marcia criando malvas,

le revuelve las tripas a cualquiera.

-También es mala suerte,

nada más llegar al barrio, darse de bruces con ella.

-Así le pasó, que perdió las formas

delante de todo el que pasaba por allí.

-Es tremendo.

Ahora don Felipe es un lunático

a ojos de todos los vecinos del barrio.

Y ella, otra vez, la víctima.

Esa diabla es lo peor que ha pisado esta tierra.

-A ver, puede que no sea muy buena,

pero, si hombres de tanto conocimiento como los jueces,

la han dejado en libertad dos veces, pues a una le da que pensar.

-Alodia, eres más simple que el asa de un cubo.

-Na, seña Fabiana, es que no se da cuenta.

A Genoveva la han liberado porque tiene cuartos

y muy buenas amistades.

-Pa chasco que sí.

Si hubiera sido otra con menos posibles,

le hubieran dado garrote hace meses.

Y eso que os quede clarito a todas.

-Bueno, si las dos lo dicen, puede que sea verdad.

Pero no creo que sea tan fácil escapar de la justicia.

-Para los ricos sí que lo es. De eso, que no te quepa duda.

-Pues a mí me aterra cruzarme con ella

y no ser capaz de mantener la boca cerrada.

-Pues has de poner mucho celo en hacerlo, Casilda.

Don Felipe es un señor y puede enfrentarse a su señora.

Tú eres una mísera criada que, enfrentándote a Genoveva,

lo único que vas a encontrar es tu perdición.

Lo hemos hablado muchas veces.

-Mira, lo mejor que puedes hacer es no salir en mucho tiempo de casa.

Que quien quita la ocasión, quita el peligro, ¿no?

-Ahí le has dado.

Y eso es lo que tú vas a hacer:

procurar de todas las formas no echártela a la cara.

-Lo que faltaba ahora.

Soy yo la que tiene que esconderse.

Cómo me gustaría cantarle las cuarenta a esa maldita asesina.

-"¿Qué hace usted aquí?".

¿No se da cuenta de que pueden verlo?

-No se altere, está todo controlado. -Eso decían de la guerra de Cuba,

y mire cómo terminó.

Será mejor que se marche. -No, no va a pasar nada.

He visto cómo su esposa y don Felipe salían hace un rato.

-Razón de más para que se vaya, pueden volver.

-Me voy enseguida.

Pero antes debo pedirle un favor.

-Está bien, pero no se entretenga, va.

-Necesito que vaya a la calle del Junco

y que recoja un paquete a mi nombre.

-Ay, no sé qué decirle.

Me está viniendo grande esto de involucrarme

en el secreto que se traen entre manos.

-Pamplinas, se mueve usted cómo pez en el agua.

Écheme una mano, ¿eh? Lo está haciendo fetén.

-No es por no ayudarle, que yo lo hago encantada,

pero es que no puedo seguir ocultando su asunto.

Es una carga muy grande.

-Usted el peso lo lleva con mucha gracias.

-¿No me estará llamando gorda? -¡Dios me libre!

Es usted una sílfide.

Lo que quiero decir es que, de momento, nadie sospecha nada.

-Ya, pero no sé lo que voy a aguantar sin contárselo a nadie.

Si por lo menos pudiera sincerarme con mi esposo o con Susana...

-No, no, no, eso no es oportuno. -Pues le aviso,

doña Susana está empezando a sospechar que hay gato encerrado.

Déjeme que se lo diga a ella. -No.

Cuanta menos gente lo sepa, mejor.

-¡Ay, José, esto me está quemando por dentro!

Lo tengo que echar. -Aguántese un poquitito más.

Hágalo por la amistad que nos tenemos.

(Puerta)

-No me queda otra que abrir, saben que estoy.

-Tranquila.

-(SUSPIRA) -(CARRASPEA)

-Qué sorpresa, don Jose. ¿Qué hace usted aquí?

-No viene a pedirme nada de enjundia ni ningún favor.

Viene por cortesía.

-Lo que quiere decir doña Rosina

es que he venido a interesarme por don Felipe.

Se ve que hablar sobre ese asunto le altera sobremanera.

-Sí, estoy fuera de mí desde lo que ocurrió ayer.

-Bueno, con su permiso, las dejo.

Ya tengo la respuesta que he venido a buscar.

-¿Es verdad lo que ha dicho ese hombre?

-¿Qué insinúas?

¿Que Jose oculta un secreto en su casa?

-¿Quién ha hablado de secretos?

-Yo, desde luego, no. Estás tan rara...

Voy a arreglarme, Genoveva estará esperándonos.

Buenos días, Jacinto. -Buenos días.

-¿Hay correspondencia para mí o para mi esposa?

-Na de na. No ha pasao ni una paloma mensajera.

-Pareces un poco cansado.

-Perdone mi incorrección. Es que ando más muerto que vivo.

Me duermo hasta agarrado a la escoba.

-No tienes más trabajo, no sé a qué viene tanto agotamiento.

-El problema, básicamente, es que no pego ojo por las noches.

Desde que llegó la tía Benigna duermo en un jergón.

Se me clavan las pajas del relleno y las chiches me pican.

Lo de intentar dormir es un suplicio.

-Eso no puede ser.

El descanso es lo más importante para gozar de una buena salud.

-Si solo fuera eso, no iríamos tan mal.

Peor que la falta de sueño es el genio que se gasta la señora.

No hay quien la soporte más de 10 minutos seguidos.

Pues vas a tener que buscar una solución.

Así no vas a aguantar mucho tiempo.

-La solución es bien fácil:

meter a la señora en un tren y enviarla a la Conchinchina;

aun así, no sé si me quedaría tranquilo.

-Nada, Jacinto, lamento que te veas en este brete.

-No sabe lo que es aguantar a esa mujer día tras día...

y día tras día.

Es peor que comer brasas ardiendo. -Ya me contarás, Jacinto. Perdóname.

Buenos días, don Miguel.

Tenía ganas de hablar con usted. -Buenos días.

-¿Cómo le va al abogado de don Marcos?

-Bueno, haciendo lo que se puede, ¿no?

-No le veo muy convencido. ¿Hay algún problema?

-Lo cierto es que sí.

Apenas he empezado a trabajar para él...

y ya son bastantes los quebraderos de cabeza.

-¿Y eso? Me consta que usted tiene grandes conocimientos.

-Es posible. Pero mis problemas

vienen de lo enfrentados que están don Aurelio y don Marcos,

los socios de la empresa.

Antes o después voy a tener que tomar partido

por uno o por el otro.

-Si me lo permite, lo más sensato sería tomar partido por don Marcos.

Al final, es el padre de su novia.

-Pero no es tan fácil como parece.

A mí me gustaría ponerme de su parte,

y no solo por ser el padre de quien es,

también coincido con él en sus estrategias comerciales.

Pero quien me ha contratado es don Aurelio.

Por tanto, le debo mi lealtad.

-Si yo contratara sus servicios como abogado,

no me gustaría que me regalasen los oídos.

Querría que me dijera la verdad.

-Lo cierto es que no le falta razón.

La pregunta ahora es saber si podré hacer lo que me dice.

-Estoy seguro de que sí. Que tenga buen día.

-Igualmente, don Liberto.

-Eh... -Ahora no. Descansa, Jacinto.

Descansa.

-Pues sí que tarda en volver de la cocina.

A lo mejor le ha pasado algo. Tanta tensión no puede ser buena.

-No creo que me haya ocurrido nada.

La he encontrado mucho mejor de lo que esperaba,

después del encontronazo de ayer.

-Yo le agradezco que no haya sacado a relucir

que tenemos a Felipe en casa.

Es algo que no me gusta nada de nada.

Siento no poder ofrecerles nada más.

He estado mucho tiempo encerrada

y la casa no está acondicionada como a mí me gustaría.

-No se apure. Es normal que necesite tiempo para ponerla en orden.

-Sí, es horrible estar encerrada en una celda.

Llena de ratas y maleantes.

Ay, pobrecita, no le ha dado tiempo ni de comprar unas pastas

para acompañar el té.

Ha sido muy duro estar tanto tiempo en prisión.

Los días son allí largos y muy difíciles.

Sobre todo, cuando se está presa tan injustamente.

-Al menos ha podido salir bien librada de ese entuerto.

-Sin ninguna culpa. Eso me consuela.

A la postre, se ha hecho justicia.

Por eso ahora solo quiero vivir mi vida tranquila y en paz.

-Lástima que muchos se empeñan en no consentírselo.

Me ha costado mucho reposar esta noche,

después de ver cómo Felipe perdía la razón delante de todos,

en mitad de la calle.

-Sí, hay que reconocer

que se comportó de una forma deleznable.

No es de caballeros gritar así.

Lo que más me duele

es que siga llamándome "asesina" delante de todos.

Podría denunciarle por injurias y hacer que lo detuvieran.

No voy a hacerlo.

Sigue siendo mi esposo...

y no me gustaría verle en un penal, por mucho que a veces lo merezca.

-En vez de gritarle como lo hizo,

tenía que haberse puesto de rodillas y haberle pedido perdón, hombre.

Confío en que algún día Felipe se dé cuenta

de lo injusto que ha sido conmigo.

-Para eso, tendrá que esperar sentada.

Él sigue en sus trece.

Supongo que así será.

Usted lo debe de saber bien,

al tenerle alojado en su casa, claro.

Pero solo va a ser por unos días.

Por eso quizá le resulte inapropiado el favor que tengo que pedirle.

Entiendo perfectamente

que le resulte incómodo tenerlo cerca,

pero no puedo echarle antes de tiempo.

No, por Dios. Felipe y Liberto son muy buenos amigos.

Nunca le pediría de eso.

Pues me alegra que lo entienda.

El favor que preciso es otro.

Como ven, necesito ayuda para organizar la casa.

¿Cree que podría prestarme a Casilda unos días?

Hasta que encuentre una nueva criada.

Pues claro que sí, puede contar con Casilda el tiempo que precises.

Se la enviaré cuando me diga.

Qué bueno es tener amigas como ustedes.

Me siento mucho más reconfortada.

No entiendo cómo un señor abogado como don Felipe

ha podido perder los papeles de esa forma.

-La rabia que le tiene a doña Genoveva le ha cegado.

-Perfecto.

Precisamente él debería saber que la orden que dictamina un juez

hay que acatarla.

-Sí, supongo que así será.

Pero don Felipe Álvarez-Hermoso ha pasado las de Caín

por culpa de esa señora.

Él está convencido de que mató a su amada Marcia.

Compréndalo, Soledad.

Eso le hace perder el oremus a cualquiera.

-Soledad.

Venga un momento. -La dejo. Me reclaman, señora.

-¿Qué hace hablando en plena calle?

Debería estar en casa preparándolo todo

para mí reunión con Aurelio y Miguel.

-Señor, no se apure, está todo listo.

Tiene todos los documentos encima de la mesa.

-Pero eso no justifica que esté ahora en la calle.

Podríamos necesitar cualquier cosa.

-Señor, iba de camino.

He salido solo a comprar estos dulces que tanto le gustan.

Pensé servirlos con el café.

-Ya veo que es difícil pillarle en falta.

-Solo intento servirles lo mejor que puedo, señor.

-Y no quiero felicitarla por ello.

Es una suerte tener a alguien tan competente a mi servicio.

-Agradezco sus elogios.

-Entonces... vamos para casa.

Pronto llegarán mis visitas.

¿Qué hace?

¿Por qué no viene?

Si no le importa, prefiero que usted vaya primero, señor.

-No veo nada malo en que vayamos juntos.

-A mí no me parece muy apropiado.

Yo soy la criada, usted el señor...

Y para eso está la escalera de servicio.

-No sea tan anticuada, mujer.

Ni que estuviésemos en la Edad Media.

No nos va a detener por esto la Santa Inquisición.

-Solo porque usted lo manda, señor.

-Ya veo que siempre va a tener usted la última palabra.

-Me da a mí que el indiano

se está tomando muchas confianzas con su criada.

¿Es que no lo vas a abrir?

-Es que no me esperaba algo así.

-Si todavía no sabes lo que es. Ábrelo de una vez, mujer.

-¿Y este obsequio?

Es un detalle, en agradecimiento a su hospitalidad.

Pues es precioso. No tendría que haberse molestado.

Bueno, era lo mínimo que podía hacer

después de... la vergüenza que les hice pasar a todos ayer.

No fue plato de buen gusto para nadie, no.

Siento mucho que tuvieran que presenciar

semejante espectáculo.

Pero la rabia me pudo.

Ver a Genoveva regresar a su casa...

fue demasiado para mí.

-Ahora tienes que hacerte cargo, Rosina.

Por muy amiga que seas de Genoveva.

Quería decirle que, si mi presencia le incómoda,

me marcharé inmediatamente.

A ver, le reconozco que me molestó mucho su actitud.

Pero no quiero que se marche de nuestra casa.

Somos viejos amigos.

Sí.

Son muchos años viviendo en este barrio.

Muchas las cosas que hemos compartido.

Yo quería, usted lo sabe, mucho a Celia.

Y me consta que usted apreciaba a Maximiliano y ahora a Liberto.

Puede quedarse en nuestra casa el tiempo que precise.

Pero dime comprender que seguiré frecuentando a Genoveva.

Mi intención no es enemistarla con nadie.

Hoy mismo he estado con ella y con Susana

y pienso seguir visitándola.

Sé que ella ha sido juzgada dos veces,

pero las dos veces ha sido declarada inocente.

No puedo censurarla.

Yo siento mucho que usted la odie tanto,

pero yo creo que ella, en el fondo, es buena persona.

Ya sabe que no comparto su opinión.

Pero la respeto.

Mi intención no es que piense de otra manera.

Eso es lo que espero de usted en el tiempo que convivamos.

Bueno, ahora les dejo a solas para que hablen de sus cosas.

-No ha ido nada mal. Siéntese.

¿Usted cree que nos hemos reconciliado?

Estoy completamente seguro.

Por mucho que haya intentado disimular,

sé por el brillo de sus ojos que el abanico le ha gustado.

Pues algo hemos conseguido.

No lo dice muy animado.

No.

No lo estoy.

Me duele en el alma ver cómo Genoveva ha engañado

a todas las mujeres del barrio.

Es cierto.

Sus artimañas han surtido efecto,

y me temo que no tiene más remedio que aguantar, don Felipe.

Le guste o no, va a tener que seguir conviviendo con ella.

Amigo, no me he rendido.

No voy a permitir que esa bruja se salga con la suya.

Esto no ha terminado.

Siéntense, por favor.

Me gustaría que en esta reunión buscáramos llegar a un consenso

para poder seguir avanzando.

Es importante que nos esforcemos en no discutir.

-Por mí no va a haber ningún problema.

Siempre y cuando se respeten los términos del acuerdo

y se obedezca la voluntad de la familia Quesada.

Usted...

¿Se ha replanteado lo que se dijo en la última reunión?

-(CARRASPEA)

Bueno, son muchas las consideraciones

que hay que tener en cuenta, ¿no?

Las implicaciones morales, legales

y todas las posibilidades que se abren ante nosotros.

-Eso ya lo sabemos. Le estoy preguntando su opinión.

-Ya.

Tras estudiar todos los documentos hasta el más mínimo detalle,

me ratifico en lo que dije la última vez.

La posición de don Marcos debe prevalecer.

No se pueden vender armas

a los países que van a entrar en guerra.

Además de ser algo reprobable,

contraviene la normativa internacional.

-Me alegro de que piense así.

Seguiremos sus consejos. -No, no, no.

No pienso consentir que tiren por tierra el nombre de mi familia.

Esto es una confabulación. No permaneceré aquí por más tiempo.

Usted, le advierto que sus actos tendrán consecuencias.

Se va a arrepentir de todo esto.

-¿Me está amenazando?

Muchacha.

A ti no te he visto por el barrio.

¿Te ha contratado Jacinto para que te encargues del quiosco?

-Nada más lejos.

Soy la Indalecia.

La prima de la Marcelina.

Ya que estoy en la ciudad, me ha pedido que la sustituya.

-Bueno... Soy Cesáreo, el sereno.

Si me permites un consejo, no cerraría el quiosco tan pronto.

Poco negocio le vas a dejar a tu prima.

-He quedado con mi madre para dar una vuelta por el centro.

Mi madre es la Benigna.

-Ya. No tengo el gusto de conocerla.

-Pues le va a caer muy bien.

¡Es to un encanto!

-No es lo que he oído por ahí.

Dicen que es un poco siesa.

-¿De dónde se ha sacado ese embuste?

Mi madre es más maja que las pesetas.

¿No habrá sido el Jacinto el que se lo ha dicho?

-No, no, lo he oído en la calle.

Rumores, ya sabes, la gente, que habla por no callar.

-Pues hacen muy requetemal.

Mi madre es un ángel caído del cielo.

No sé cómo pueden soltar esos infundios.

-A lo mejor lo he escuchado yo mal y se referían a otra.

-Tiene que ser eso por fuerza.

Si no, compruébelo usted mismo, por ahí se acerca.

Madre.

Permítame que le presente al Cesáreo.

Es el sereno del barrio.

-Encantada de conocerlo.

Un trabajo de mucha enjundia el suyo.

-Bueno, uno hace lo que puede.

-No se quite mérito.

La seguridad de todos los vecinos descansa sobre sus hombros.

Y eso no es moco de pavo.

-Dicho así, sí, es imprescindible.

Muchos hubieran dormido al raso si no fuera por nuestra labor.

Abriendo portales. (RÍE)

-Si me permite, le dejo un segundo con mi madre.

Es que voy a dejar la llave del quiosco en la portería.

Ea.

-¿Y, dígame, va a estar mucho por estos lares?

-Me quedaré lo que me salga de las pestañas.

Está usted un poco gordo para perseguir malhechores. ¡Uh!

-Creo que estoy en mi peso.

-Bueno, está en su peso y en el mío.

(RÍE)

Con ese barrigón...

Y la pila de años que debe de tener...

Ay, ay, ay, los cacos deben campar a sus anchas por este barrio.

-Bueno, uno hace lo que puede.

-Que debe de ser bien poco si está aquí de charla,

cuando debería estar patrullando.

-Ya estoy lista.

Ya podemos coger el tranvía que va pa el centro.

-Te voy a convidar a una merienda digna de una marquesa.

Todos los pasteles de nata que quieras...

te vas a poder comer.

-¿Ves?

¿No es un encanto?

¿Dónde se habrá metido este hombre? Se está haciendo tarde.

(Puerta)

¡Oh! Y encima no se ha llevado las llaves.

¡Voy!

¡Voy, despistao!

Disculpe, pensaba que era mi esposo. ¿Qué quería?

-Nada, venía a ver cómo va la obra.

-Divinamente.

-Si usted lo dice. Llevo todo el día dando vueltas

y no he visto a ningún obrero.

-¿Está segura de que va todo bien? -Del todo. Del todo.

Lo que pasa es que los obreros

tenían que terminar otra reforma en otro sitio.

-Qué informal es la gente, ¿verdad? -Pues sí.

-¿Les busco a otros que se la terminen?

-No, no, con estos nos apañamos.

Con Dios. -Disculpe.

¿Conoce usted a la tía Benigna?

Es que me ha dejado descompuesto.

No sé si es muy sincera o una bruja de tomo y lomo.

-Pues no, no tengo el gusto de conocerla.

-Hablar con ella, de gustoso, no tiene nada.

¿Sabe a quién me refiero?

Es una señora mayor que anda por aquí últimamente.

-Ya, pero no la he visto.

Lo siento, me va a tener que perdonar,

pero tengo trabajo en el almacén.

-Claro, uno sabe cuándo molesta.

-Con Dios. -Con Dios.

-Ay, qué pesado.

¡Dios!

¡Madre mía!

(Puerta)

(SUSPIRA)

Dios.

Qué pesado.

¿Qué...?

-¿Se puede saber de qué hablas? -Anda, pasa.

Pensé que era el sereno.

No deja de darme la murga.

¿Por qué has tardado tanto?

-No me ha sido fácil encontrar al Bala.

-¿Tenía lo que necesitamos?

-Míralo tú misma.

-Pero con esto no tenemos ni para volar un pedrusco.

-No te alteres, Sabina.

El Bala se ha comprometido a conseguirnos más dinamita.

Pero nos la dará poco a poco para que no nos descubran.

-Ah, eso es otra cosa.

Con 20 o 25 cartuchos más,

tenemos hasta para volar la caja fuerte del Banco de España.

¡Maño!

¿Tan importante es lo que tenemos que hablar

que no puede esperar a esta noche? -No, no. No puede esperar.

Este es el momento preciso.

-Antoñito, es menester que aprovechemos que no está Lolita

para tratar este asunto.

-Lolita se encuentra muy mal.

Tenéis que solventar vuestros problemas cuanto antes.

-Sí, porque, de seguir así, vete a saber cómo acaba todo esto.

-Yo he intentado reconciliarme con ella una y otra vez,

pero ella se pone.

-¿Qué quieres decir?

Hay algo que no saben

y a lo mejor sí que deberían saberlo.

-Algo muy malo, me temo.

-Ayer, Lolita me recomendó que abandonase esta casa.

Pues sí que se te compra a ti fácilmente.

Que solo vales lo que un abanico.

-Pero un abanico de mucho mérito.

Mira qué bonitos los dibujos. Y cómo suena, madera de peral.

-Poco me parece para que consientas acoger a Felipe.

-¡Chis! Es de buen cristiano acoger al que lo está pasando mal.

Tú, como buena beata, deberías saberlo.

-Una cosa es la caridad, Rosina,

y otra, ser más blanda que las natillas.

-No te olvides que Felipe ya se ha disculpado por lo que pasó

y me ha asegurado que no volverá a ocurrir nada igual.

-Es que no es contigo con quien debe disculparse.

A quien ha ofendido es a Genoveva.

Por cierto, ¿te has fijado en que la sintonía

entre el señor Bacigalupe y su criada es cada vez mayor?

¿Qué ha sido eso? -¿El qué?

-Acabo de ver entrar a una mujer a hurtadillas

en casa de los Domínguez.

-Yo no he visto nada.

-Es imposible, la tienes que haber visto a la fuerza.

Ha pasado delante de nuestras narices,

embozada en una capa.

-Para mí, que lees demasiadas novelas de espadachines.

¿No ves que no hay nadie? -Como que acaba de entrar.

Para mí, que es una ladrona.

Llamemos a la policía, para que registre esta casa.

-¿Cómo vas a hacer eso? ¿Cómo vas a llamar a la policía

para que entre en casa de los Domínguez?

-¿Por qué das esas voces? -No doy voces. Pero no es necesario,

seguro que está todo el mundo bien ahí dentro.

-¿Qué ocurre? ¿Por qué están discutiendo?

-De discusión, nada.

Hay que registrar esta casa inmediatamente.

Acabo de ver cómo se os colaba una encapuchada.

-No se moleste, la encapuchada era yo.

-¿Cómo?

-Es que me ha dao frío

y me he puesto una capa de mi difunta señora.

Para abrigarme un poco más.

-No, de ninguna manera.

La que yo he visto no era tan larguirucha.

-Es que me encojo con el frío.

-¡Ay! A mí me pasa igual cada invierno.

Encojo 10 centímetros.

Me compro tacones. -¡Que no!

Que no me cuadra de ninguna de las maneras. No eras tú.

-Pues ya me dirá usted,

en la casa no hay nadie, se lo aseguro.

-Venga, vamos, menos fantasías.

Para mí, lo que quieres...

es no invitarme al café que me debes.

Nos vamos. -Con Dios.

No me puedo creer que te haya dicho algo tan tremendo.

-Pues sí, es su intención.

-¿Tú qué piensas, cariño?

-Que a lo mejor no es tan mala idea

que Antoñito se marche unos días fuera de casa.

Una pequeña separación

puede hacer valorar más lo que se puede perder.

-Sí, puede que les venga bien a los dos.

A veces, conviene una cierta distancia

para ver con claridad lo que estamos haciendo.

-Que no, hombre, que yo quiero estar aquí,

en mi casa y con los míos.

-¿Aunque eso le cree desasosiego permanente a Lolita?

-Hijo, Lolita está en un sinvivir, apenas puede respirar.

-Tomar un tiempo de reflexión os ayudará a los dos.

-Que no, que no me da la gana.

Y menos por una tontería.

Juro por lo más sagrado que entre Natalia y yo

no ha pasado nada. Ya está.

-Las evidencias sí demuestran que ha habido cierto acercamiento

entre esa muchacha y tú.

Y lo peor: no has hecho nada para evitarlo.

-Una injusticia, padre.

Eso es lo que es esto, una injusticia.

-Antoñito, no te ofusques.

Será una separación breve, lo justo para que reflexionéis

y para que tú despejes cualquier duda sobre tu relación,

o posible relación, con Natalia.

-Sí, sí, puede que tengan parte de razón.

Con todo el dolor de mi corazón...

quizá lo mejor sea que abandone esta casa, al menos, unos días.

Le he mandado llamar porque me he quedado muy preocupado

por la forma en que ha abandonado la reunión.

No podía seguir allí por más tiempo.

-Entiendo su disgusto,

pero no podemos permitir que este asunto se enquiste.

Así que quiero solucionarlo cuanto antes.

-Va a ser muy difícil mientras Miguel y usted

sigan sin respetar las opiniones de mi familia.

Tenemos muy poco de lo que hablar.

-Sea razonable y escuche lo que le quiero ofrecer.

Le propongo que entre los dos escojamos una nueva inversión

para el dinero de nuestra empresa.

Una inversión que nos satisfaga a todos.

Dígame, ¿qué le parece?

-¿Que qué me parece?

Pues me parece que es usted un cobarde.

Que un empresario con redaños se dejaría de sentimentalismos

e invertiría en el comercio de armamento.

-Es asunto ya lo hemos tratado.

Quíteselo de la cabeza. -No, no pienso hacerlo.

Un emprendedor sabe aprovechar las oportunidades. Yo no sé...

Yo no sé cómo nos hemos podido asociar

con una familia de pusilánimes como los Bacigalupe.

Debería haberse quedado con el restaurante de Felicia.

Yo creo que a usted le queda mejor el delantal que a su difunta esposa.

-¡No vuelva a nombrar a mi esposa!

Felipe, amigo mío, ¿te vas sintiendo más a gusto en casa?

Sí. Mucho mejor después de haberme reconciliado

con su esposa. Por eso me he tomado la libertad

de citarme aquí con el comisario Méndez.

¿Hay alguna novedad?

No.

Ninguna.

Pero no puedo quedarme de brazos cruzados

mientras esa mujer se sale con la suya.

Algo tendré que hacer.

Comprendo su desazón, Felipe,

pero no se me ocurre qué medidas puede tomar.

(Puerta)

No, no se mueva.

Iré yo.

Comisario. -Felipe.

Pase.

-Bienvenido, comisario.

Con su permiso, les dejo, para que traten sus asuntos.

No, por favor, no hace falta que se marche. Confío en usted.

Así que no me importa que escuche lo que tenemos que hablar.

Bien. En ese caso, siéntense. Les pondré una copa.

Verá, comisario,

He hecho venir para decirle... que no soporto ver a Genoveva

paseando libremente por estas calles.

Es una falta de respeto a la memoria de Marcia.

Por eso estoy dispuesto a hacer lo que sea,

¿me oye?, lo que sea,

para que esa mujer pague por su primer.

¿En qué está pensando?

Si la justicia nos da la espalda,

tenemos que ser nosotros los que castiguemos a esa malvada.

Aunque tenga que cometer una barbaridad.

Tranquilícese y no diga disparates.

No se puede tomar la justicia por su cuenta.

Liberto, por favor. No hay otra opción, ¿de acuerdo?

Comisario, ayúdame a que entre en razón.

-No será necesario que llegue usted a esos límites.

Tengo algo que podría llevar a Genoveva a la cárcel.

¿Ni un beso me vas a dar?

Quédese usted las vueltas.

Posadero.

Olé, las mujeres rumbosas.

"Si usted y yo tenemos algún desacuerdo",

ese abogadito se va a poner de su parte.

No velará por los intereses de la empresa.

-Muy bien. ¿Y qué es lo que propone?

-Buscar otro abogado.

-Sabina, ven, mira lo que tengo.

-"Lo único que tienes que conseguir

es que Servando haga caso a Benigna".

Tú quieres que la conquiste.

No le está pidiendo tanto, solo que le haga un poco de caso.

Depende de lo que saque yo a cambio, claro.

Prepara pronto el almuerzo y baja a casa de doña Genoveva

para poneros de acuerdo en cómo le vas a servir.

-Señora, por favor, no me haga eso.

-"Que no me entere yo".

-¿No ves que estoy llevando el quiosco? Ahí se oye de to.

-¿Y dicen algo de los Domínguez?

-De doña Bellita, más bien.

Voy a sufragar una misa en recuerdo de Marcia.

¿Cómo? ¿Por qué se sorprende usted, Carmen?

-Rosina y Jose.

-Yo no te he engañado, maritornes. -Vete sin rogar, por favor.

No quiero pasar una noche más contigo.

Aquí tienes una propina más qué generosa.

Puedes comprarte un bozal para seguir hablando mal de mí.

¿Qué está pasando aquí?

Felipe.

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Acacias 38 - Capítulo 1314

24 ago 2020

Antoñito cuenta a Ramón y a Carmen que Lolita le ha pedido que se marche de casa y que acepta a irse.
Rosina y Liberto discuten por la presencia de Felipe en casa, pero finalmente Felipe y Rosina aclaran sus diferencias. Susana ve a una extraña mujer entrar en el principal y Rosina y Alodia esgrimen una excusa absurda para que no pille a Bellita.
Miguel le pide consejo a Liberto sobre qué hacer con Anabel. Marcos felicita a su yerno por su intervención y le tranquiliza por las posibles represalias de Aurelio. Marcos amenaza a Aurelio
con un abrecartas y el Quesada más tarde amenaza a Miguel cuando éste toma partido por Marcos.
Para el gran atraco Roberto consigue un primer cargamento de dinamita. La tía Benigna pone a caldo a Cesáreo cuando Indalecia no está delante.
Genoveva finge bondad ante Susana y Rosina y se las mete en el bolsillo. Felipe arremete contra Genoveva en medio de la calle. Felipe está dispuesto a hacer lo que sea para acabar con Genoveva.

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  1. Aurélie Bredin

    Casilda me representa cuando habla acerca de la ex-mujer de Felipe; mientras más veo a Genoveva más echo de menos a Cayetana y a Ursula. Qué puedo decir de "Antoñito" pues nada positivo ni siquiera vale la pena nombrarle; ¿se puede ser tan estúpido como para no darse cuenta de que su mujer no está bien, de que está enferma?. No entiendo a Rosina últimamente, le molesta que Felipe se quede unos días en su casa, qué pronto olvida a sus "verdaderos amigos", sin embargo ahora manda a Casilda a casa de la asesina, solo espero que a la chica no le suceda nada grave. Hace mucho tiempo que comenté que a Rosina me la habían cambiado, me gustaba la anterior pero ésta no me hace gracia.

    25 ago 2020
  2. Carla

    A Lolita tmb la van a quitar de enmedio... Antoñito no tiene vergüenza ninguna, a él le tenía que entrar tuberculosis..... Genoveva es una cansina...A Bellita se la echa mucho de menos.¿¿¿¿

    24 ago 2020