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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1313 - ver ahora
Transcripción completa

¿Cree usted que me darán una maleta si la pido?

No me gustaría que me dejaran ir con el hatillo,

parecería una mendiga.

No te precipites ni te alteres. Ten calma.

Todavía no ha llegado la orden para tu liberación.

Pero debe de estar al caer.

Soy inocente y, como tal, lo reconocen los jueces.

No me pueden dejar aquí ni un minuto más.

Lleva en su propio ritmo. De nada sirve trastornarse.

El juez ya ha dictado sentencia.

Ahora, el acto judicial

se tiene que remitir al director de la prisión.

Está usted en lo cierto, arcipreste.

Su consejo ha sido de tanta ayuda para mí en estos últimos tiempos...

Y espero seguir prestándotelos.

Le aseguro que le devolveré todos sus desvelos con creces.

Me conformaré con que seas una buena cristiana.

Que prestes tu ayuda a los más desfavorecidos.

No he hecho otra cosa en la vida, arcipreste.

Me consta.

Ahora no olvides.

Solo puedo darte tres consejos,

tanto para hoy como para los días venideros.

Ten paciencia...

Paciencia...

Y paciencia.

Es una virtud que no me es ajena. Lo sé.

Has pasado por duras pruebas.

Otro en tu lugar habría desfallecido.

¿Quieres que avise a alguien de cara a tu salida de prisión?

No.

No será necesario.

Yo misma conseguí mi libertad... y yo la disfrutaré en soledad.

(Sintonía de "Acacias 38")

-¿Por qué no vamos al parque hoy?

-Cada día te cuesta más decidirte a venir a la iglesia.

Ni que fueras protestante.

-Es que ahora estará el confesor a solas.

No tengo pecados nuevos desde ayer. -Siempre hay pecados nuevos.

Y, si no los hay, te los inventas.

-¿No es pecado inventarse los pecados?

-Pues claro que no.

No puedes inventarte un asesinato, pero una cosa venial sí.

He tenido envidia, he pecado de ira, he sentido gula...

Eso pasa todos los días.

Y, si no, ya tienes el perdón para cuando te suceda.

-El pobre hombre debe estar cansada de nosotras.

Él querrá buenos pecados, de los de verdad.

Pecados de los buenos.

-Que se aguante, que es su trabajo.

Y no te preocupes, en el barrio oirá de los gordos,

pecados mortales como catedrales.

-¿De quién?

-De Genoveva.

Y antes de Cayetana.

Madre mía.

Dos pecadoras de marca mayor.

Estoy segura de que tuvieron sus episodios de lujuria

día sí, día también.

Y no te olvidas de Úrsula.

Esa mujer cometió pecados para condenar a un pueblo.

-Sí, esas tres sí, pero una está en la cárcel

y las otras dos, muertas.

-¿Y los mexicanos? Los Quesada.

-¿Qué pasa con ellos?

-A mí me da que no son trigo limpio.

Deben tener sus buenos pecados.

-Para ti, el que no haya nacido en España, no es trigo limpio.

-Y suelo tener razón.

-Yo no he oído de más problema que el que tuvo Aurelio Quesada

con Miguel Olmedo. Además, son cosas de hombres.

-De hombres de pocos rezos. Anda, vamos.

-Venga, vamos al parque,

por un día sin rezos no nos va a pasar nada.

-Voy a pensar que te has hecho hereje.

¡Vamos!

-Ay, Elodia, -Alodia.

Alodia.

-¿Está hoy bien el señor?

-Bien, el señor está bien.

-¿Ya no le invade la pena negra por la falta de su esposa?

-Bien, aparte de eso, claro está.

¿Saben por qué está hoy cerrada la mantequería?

-Ni idea. Y ya son horas de que hubiera abierto.

¿Habrá algún enfermo en casa de los Palacios?

-Bueno, ya nos enteraremos. Vamos, a la iglesia, Susana.

-No hay quien te entienda,

tan pronto no quieres ir como tienes prisas.

-Es que le preguntas a Alodia por la pena

y bastante dolor tienen con lo que tienen

como para recordárselo a cada paso.

-Hoy estás muy rara, Rosina.

-Bueno, doña Susana, yo me voy.

-Un momento, Elodia... -Alodia.

Alodia. Entonces ¿va todo bien por casa?

-Claro, ¿por qué iba a ir algo mal?

-Porque falta de doña Bellita. -Bellita está en casa.

Quiero decir, que Bellita... nunca abandonará ese hogar,

porque Bellita siempre estará presente

en nuestros corazones,

en espíritu...

Su recuerdo siempre acompañará a todos los que vivimos en Acacias.

-Sí, claro. Y, si me perdonan, me tengo que marchar.

Con permiso.

-Aquí está pasando algo.

-Es que para ti siempre pasa algo.

-Es que siempre pasa algo.

¿Seguro que no me estás engañando?

Si es así, ya tienes de lo que confesarte.

-Y, si no, me lo invento. ¡Vamos!

(TOSE)

-¿Qué haces aquí?

-¿Es hora ya de bajar?

-Hace más de una hora que tendrías que haber abierto.

¿Es que te encuentras mal?

Si quieres, voy yo. -No, no, no, no. Bajo ya.

-Las vecinas tienen que estar muy preocupadas.

Ya me extraña que doña Susana no haya venido a ver si ocurre algo.

-Voy ya. -Espera, espera.

De verdad...

Que bajo yo.

Si ya sabes que me gusta estar en la mantequería

y saludar al vecindario.

¿Estás mal por lo de Antoñito?

-¿Lo de Antoñito? No...

No sé de qué me habla.

-Lolita, no me vengas con disimulos,

que hace muchos años que nos conocemos.

Y para mí eres más clara que el caldo de un asilo.

-Pues sí.

Si es por Antoñito, Carmen.

-Pero él te ha dado explicaciones.

¿Qué pasa? ¿No le tienes confianza?

-A veces me las creo...

y a veces no.

Y, cuando me las creo, sigo preocupada.

¿Se da cuenta de que hay alguien que le sigue

y le hace retratos para perjudicarle?

-Pero eso son cosas que ocurren en el mundo de la política.

-Ya. Si son capaces de eso, son capaces de cualquier cosa.

¿Tengo que estar preocupada por mi hijo?

-¿Qué?

A Moncho lo defendemos tú y yo como leonas.

Y el abuelo, lo mismo. Así que no te inquietes,

que nadie se va a atrever a acercarse a tu hijo.

-Lo sé.

-Entonces vuelve a pensar en tu enfado con tu marido

y no temas por tu hijo.

-Es que yo sé que me oculta algo.

Ya vio ayer cómo discutimos aquí,

está mu arisco.

-¿Y por qué no hablas con él como estás hablando conmigo ahora?

Sin enfados, sin gritos...

-Lo intento, Carmen. Lo intento.

Pero, en cuanto estamos frente a frente, me enciendo

y salen los reproches y las malas caras.

-Mal asunto.

¿Tú nos has visto gritar a Ramón y a mí?

Discutimos, claro que lo hacemos, pero como personas civilizadas.

-Usted no es de Cabrahígo.

-Lolita, eso no es excusa.

A menos que quieras perder a tu marido.

-Lo que no quiero es que me engañe.

Y parecer una pazguata.

Yo seré muy bruta, pero soy buena.

Piensa si no deberías cambiar.

O igual es que ya no le quieres.

-No, eso no, Carmen.

Lo quiero como a nada en el mundo.

-Pues habla con él.

Templa y habla con él, sin estridencias.

Bueno, bajo a abrir,

que Acacias sin la mantequería no es lo mismo.

-Yo bajo en diez minutos.

-No tengas prisa.

Baja cuando puedas.

-"Ustedes me han contratado como abogado"

y es mi obligación velar para que la empresa

se mantenga dentro de la legalidad.

-Sí, claro, esa es la finalidad de contratar a un abogado.

-Y que nos defienda en caso de cometer una ilegalidad.

-O que les advierta antes de cometerla.

-Esto es una ilegal. ¿Tráfico de armas?

-Va a estallar una guerra en Europa. ¿Quiere que se tiren piedras?

-Se rumorea que, en caso de guerra,

el monarca declarará la neutralidad en el conflicto.

No puede vender armas a uno de los bandos.

-Pero la neutralidad de España

nos permitiría vender a los dos bandos.

Y sin perjudicar a ninguno de ellos. -Sí.

-Hoy vendemos a los alemanes, mañana a los ingleses, franceses...

A todo el que entre en el conflicto.

Al mejor postor. -Eso es inmoral.

-No, señor, esto es una empresa y no hay cabida para la moralidad.

Si da beneficios, es moral.

Y de su buen empeño depende

que, además de ser moral, sea lícito.

O, al menos, lo parezca.

-¿Usted qué opina, don Marcos?

-Tengo muy claro que nuestra empresa debe obtener beneficios,

pero, si estallara la guerra,

yo preferiría vender alimentos y otros suministros.

-Venderemos todo lo que nos quieran comprar

y nos deje un mayor margen de beneficios.

-Podríamos explorar otros productos.

-Le recuerdo que mi familia es el sustento de esta empresa.

Y que nuestra opinión debe ser muy tenida en cuenta.

Y yo solo trato de sugerirle

que, tras argumentar nuestros reparos,

su postura sea otra.

-Vamos a ver, se lo voy a explicar para el futuro.

Si lo que da beneficios son las armas, vendemos armas.

Si mañana Europa necesita ladrillos,

vendemos ladrillos. ¿Lo entiende?

-Perfectamente.

-Y su obligación como abogado

es ahorrarnos todos los conflictos legales,

que los habrá.

Si no, no le habríamos contratado. ¿Le ha quedado claro?

-Meridianamente.

-Pues sigamos por donde íbamos:

fusiles.

Hay que hacer llegar un cargamento de fusiles a un barco alemán

que está atracado en el puerto de Bilbao.

-Las autoridades no permitirán subir.

-Correcto; si se enteran que en las cajas hay armas.

Pero, si piensan que lo que hay son componentes de motores

o, no sé, enaguas para damas, entonces, no habrá ningún problema.

Tenemos que hablar con la fábrica

para que meta los fusiles en cajas de radiadores...

y cosas así.

-¿Y eso sería suficiente?

-Si no lo es, tendremos algún gasto extra.

-¿Habla de sobornos?

-Hablo de lo que sea necesario

para hacer que ese pedido llegue a su destino.

Esperemos que esos fusiles no maten muchos soldados enemigos.

Pero, si lo hacen, les vendemos las balas,

y también las vendas para los hospitales de campaña.

No es nada personal, son negocios.

-Deja esa cara de acelga, mujer. -¡Hombre!

-Veníamos a confesarnos,

y nos hemos tragado el sermón del funeral

de alguien que ni nos iba ni nos venía.

-Un cristiano que se va al otro barrio

es algo que siempre nos va y nos viene.

Y qué responso, qué profundidad, qué belleza.

¿No lo has escuchado?

-No, estaba pensando en mis cosas.

-Es que estás imposible, Rosina.

¿Cuándo me vas a contar las cosas? Cuéntamelo de una vez por todas.

Si hubieras visto a un muerto bailando,

no estarías tan entorpecida.

-Muertos bailando...

¡Se te ocurre cada cosa! ¡Qué enormidad!

-Ya, ya me imagino que no has visto un muerto que haya vuelto a la vida.

Pero algo has visto que te ha dejado pasmarote.

Más de lo habitual, que no es poco.

-Hoy estás muy desagradable, Susana.

-Porque no me gustan los misterios.

Pero te conozco, ya desembucharás.

Mira, ahí va don Jose.

Vamos a saludarlo. -No, déjalo tranquilo.

-Encima de que me intereso por su estado de ánimo. ¡Don Jose!

-Señora.

Qué sorpresa más grata.

-Venimos de la iglesia, de un responso.

-Vaya por Dios, lo lamento. ¿Quién se ha muerto ahora?

-No, nadie conocido.

Pero el párroco ha estado como en sus mejores días,

hablando de la muerte, de la vida eterna...

Cómo me hubiera gustado asistir a las honras fúnebres de Bellita.

Que sepa que he rezado mucho por su alma.

-Y yo se lo agradezco.

-¿Tuvo un entierro bonito?

-Primoroso.

-No podía ser de otra manera.

Era una mujer que se hizo querer por todo el que la conocía.

-Sin duda. Si me disculpan,

tengo asuntos que resolver en el ayuntamiento.

-Vaya, vaya. -Con mis respetos.

-Tiene andares de torero.

-Hace más de 20 años que no pisa una plaza,

no digas disparates, Susana.

-Te creerás que no me he dado cuenta

de que no has abierto la boca.

Don Jose se ha quedado viudo, pero tú no.

No se te ocurra encapricharte.

-¿Encapricharme yo? ¡No sabes ni lo que dices!

Me voy a casa, estás insoportable hoy.

-Hum.

Abra la puerta, por favor.

Déjenos a solas con el detenido.

No me voy a escapar.

Pase, don Ramón.

Antes quisieron esposarme para ir al baño.

Son las normas, Felipe. No se lo tome a mal.

-¿Cómo se encuentra?

Harto de estar aquí.

La multa ya está pagada, esta misma tarde saldrá.

¿Esta misma tarde?

(RÍE)

Esto es absurdo.

-Debería de darle las gracias a don Ramón,

ha sido él quien ha adelantado el dinero de la multa.

(SUSPIRA)

Tiene razón, discúlpeme.

El hecho de estar aquí encerrado

me ha hecho perder las buenas maneras de educación.

Gracias, amigo.

Mañana, en cuanto abran los bancos, le devolveré el dinero.

No se preocupe por el dinero, tampoco me corre prisa.

Y la cantidad no era tan grande como para asustar.

Gracias.

¿Ha presentado denuncia el funcionario?

-Hemos podido convencerle para que no lo haga,

teniendo en cuenta su nerviosismo del momento.

-Y sin la intervención de mi hijo.

Habría supuesto un problema para él,

podrían haberle acusado de abuso de su cargo

si llega a interceder por usted.

Habría sentido perjudicarle.

No tendría que haberme lanzado contra el funcionario,

Le pediré disculpas personalmente.

A la que tenía que haber dado una lección allí

es a esa bruja de Genoveva.

Felipe, por amor de Dios, temple. Don Ramón.

Voy a acabar con ella, ¿de acuerdo?

-Felipe...

Le pido que tenga mesura.

No voy a permitir que salga indemne. Va a pagar por la muerte de Marcia.

-Usted es el abogado.

Pero, ante esa sentencia, no cabe apelación posible.

Doña Genoveva ha sido declarada inocente

y eso seguirá siempre así.

-Es la ley, Felipe. Una ley mal hecha.

Una ley que nos rige a los españoles,

a la que debemos respeto.

Si la ley no sirve para castigar a los culpables,

habrá que apelar a otras armas.

-Felipe, como comisario, pero, sobre todo, como amigo,

le pido que no haga nada más,

que asuma la derrota... ¡Nunca!

¿Me oye? ¡Nunca!

Nunca dejaré de buscar justicia para Marcia.

Como me llamo Felipe Álvarez-Hermoso, ¿de acuerdo?

Señores, aquí tienen estos garbancitos de primera.

Que tengan buen provecho. Muchas gracias.

Fíjese, estoy seguro de que, si estallara la guerra,

las tropas del káiser Guillermo no pararían hasta llegar a Londres.

¿Qué se apuesta?

No estaría yo tan seguro, Servando.

Los ingleses saben apretar los dientes.

Lo han demostrado ya varias veces a lo largo de la historia.

Esa Armada Invencible, qué poca fortuna tuvimos ahí.

Una pena. Si no te importa, estoy intentando leer el periódico.

Quiero saber qué ha dicho Romanones a las palabras de Alfonso XIII.

Sí, sí, perdone, perdone.

Si estallara la guerra y llegara hasta los Alpes,

los italianos lo tendrían muy mal

con las tropas del ejército austríaco.

¿No lo cree usted?

Ningún imperio aguanta sin un buen ejército,

¿no crees tú eso, Servando?

Sí. Sí, es verdad.

Y, si estallara la guerra,

¿con quién cree que iríamos nosotros,

a quién cree usted que apoyaría el rey?

No tengo ni idea. Yo iré con quien apoye el monarca. Ya está.

Si no te importa... Es que solo me interesa Romanones.

-A las buenas.

Servando, póngame un café. Sí, señor.

Un café de primera con la mejor charla del barrio.

Eso sí, el amigo Antoñito no está de muy buen humor.

Ah, ¿sí? ¿Qué le pasa, don Antoñito?

-Nada. Intento leer el periódico, pero no hay forma.

Me voy a una mesa, Servando.

Qué carácter.

Mire, Cesáreo...

Si hubiera una guerra, ¿quién le gustaría que ganase?

A mí, Servando, lo que me gustaría

es que no entráramos en ningún conflicto.

Ya. Pero, de entrar en ese conflicto,

¿con quién cree usted que iríamos nosotros, los españoles?

-Me imagino que iríamos con quien dijese el monarca.

Eh, chis, don Antoñito.

Chis, don Antoñito.

Mire, mire, Cesáreo piensa lo mismito que usted.

-Y yo que me alegro. Servando, déjeme tranquilo, por favor.

-Don Antoñito, aprovechando que está leyendo las noticias,

¿sabe lo que dijo ayer Romanones?

-Pues no, no lo sé porque es imposible leer aquí.

Me voy a ir al río, al parque o adonde sea. Toma.

Muy rica la tarta. Gracias.

-¿Qué le pasa?

Yo qué sé.

Está de muy malas pulgas.

Yo creo que se le ha subido a la cabeza lo de ser diputado.

¿Y si tiene algún problema?

No sé. Él, cabreado.

Y, esta mañana, la mantequería la ha abierto doña Carmen.

Si mezclas las dos cosas, blanco y en botella, Servando.

Don Antoñito tiene problemas con Lolita.

-Esto da mucho calor.

-No queda más remedio.

Si nos ven con casco, nadie querrá entrar.

Nadie quiere que la caiga un cascote.

Anda, póntelo, venga.

-Está bien, me lo pongo.

-Buenas.

¿Qué hacen así?

-Son las normas, hijo.

-Si no tienes casco, debes marcharte.

-Si no hay nadie.

Ni cascotes ni sacos de cemento ni ladrillos.

-Los habrá, hijo, los habrá.

-Esto va a parecer una trinchera de las del frente, sí.

-¿Y los obreros?

¿Van a hacer una obra sin obreros?

-No van a tardar en llegar.

Les he dicho que no fueran muy madrugadores.

-Que no fueran muy madrugadores...

No entiendo nada.

-Ni falta que hace.

Tu abuelo y yo sabemos perfectamente lo que hacemos.

-Y tú tienes muchas ocupaciones.

A todo esto, ¿cómo ha ido la reunión

con Aurelio Quesada y Marcos Bacigalupe?

-No lo sé, lo cierto es que no estoy seguro

de que lo que quieren hacer sea legal.

-Claro, si lo fuera, no necesitarían contratar a un abogado.

-Bueno, tú a defenderlos, que para eso te pagan.

¿Qué tal tu noviazgo con Anabel?

Eso también es importante. -Bien.

-Bueno, el trabajo, bien; el noviazgo, bien.

¿Qué más quieres?

-Lo cierto es que me gustaría poder terminar mi tesis doctoral

sobre los ladrones de guante blanco.

-(RÍE) ¿Ladrones de guante blanco? ¡Qué ocurrencia, por Dios!

-Ahora, mejor, te vas a la biblioteca

y trabajas en tu tesis, ¿eh? -¿Cómo?

¿Me está echando?

-Es por el casco, no tienes casco, hijo.

-¿El casco? -Esta noche, en la cena,

nos lo cuentas.

-Están ustedes dos muy raros.

Muy raros.

Muy raros.

-Lo de los ladrones de guante blanco no lo ha dicho por azar.

-Es tu nieto, ya sabes cómo es, es un cándido.

No se daría cuenta de nada

aunque lo tuviera delante de sus narices.

-No sé.

Hay que dar un paso más en el plan.

Hay que hablar con don Ramón Palacios.

Aquí está.

¡Che! ¡Eh!

Ni se le ocurra meter el dedo, es usted como los niños, Servando.

Hay que saber cómo está de azúcar. Está perfecta.

A la tía Benigna le va a encantar.

-En mi vida he visto a nadie

que tenga un nombre peor puesto que la tía Benigna.

-No será tan fiero el león como lo pintan, hombre.

-No la conocen.

Nunca está contenta con na.

Pues aquí no la vamos a soportar.

-¿Cómo es que no ha ido a buscarla a la estación, Jacinto?

-Tenía mucha tarea pendiente.

Y la Casilda se ha ofrecido.

Además, to el rato que esté sin ella hasta que llegue

es tiempo de vida que llevo ganao.

-Por Dios, para mí que exagera usted.

-No, además, me va a tocar dormir en un jergón en el suelo,

como cuando iba con mis ovejas por los campos.

-Hola, buenos días, familia.

Aquí está la tía Benigna y compañía.

-¡Bienvenida, tía Benigna, y compañía!

-Soy su hija, la Indalecia.

Y usted debe ser la Fabiana.

-¡Oh! ¿Cómo lo ha sabido?

-Por to lo que me contó mi prima Marcelina en las cartas.

Y usted, el señor Servando.

Ahí le has dado, el mismo que viste y calza.

Me ha costao reconocerle, es más buen mozo de lo que esperaba.

-Estarán agotadas del viaje.

-¡Na, una miaja!

Pero na que no lo arregle algo fresco pa echarse al gaznate.

¿Ande tienen el baño? Si no es molestia.

-Ahí mismo, vaya usted tranquila,

que nosotros cuidamos de la tía Benigna.

(GRITANDO) ¿Quiere usted tomar algo fresco, tía Benigna?

-Y dale, que no soy su tía, ni sorda.

Aunque edad de ser primas tenemos,

que, si no somos de la misma quinta, poco nos falta.

Y tú... Podías haber venío a la estación a buscarme.

-No ha sido por falta de ganas,

pero uno tiene mucha tarea con los vecinos.

-No, si excusas no te faltan.

-Anda, no me diga que no ha venido conmigo

la mar de bien.

-Es que no esperaba encontrarme con una desconocida.

-Bueno, tía Benigna, mire.

La señora Fabiana ha hecho una tarta para usted.

-¿Con nata?

No. Loca estaría si me comiera algo así.

Ni que me quisieran mandar pal otro barrio.

Pues deje, que nos la comemos los demás.

¿Es pa mí o no es pa mí? -Sí, pa usted la he hecho.

-Pues pa mí la quiero.

Y ya veré si la como, la reparto o la tiro a la basura.

-¿Está usted de chanza?

-Chanza ninguna.

Casilda coge la tarta y llévame a casa, o al altillo ese,

que eres tan charlatana que ni sé dónde me quedo.

Y tú me llevas la maleta. (SUSPIRA)

Ay, que estoy cansada.

-¿Ya nos vamos? -Sí.

-¿No quiere usted tomar nada, madre?

-Prefiero descansar antes, si a ti no te importa.

-No, madre, faltaría más.

-Gracias por la tarta, han sido ustedes muy amables.

-Luego los veo.

Que pasen ustedes un buen día.

Pues sí que tenías razón. Menuda bruja.

-Y entoavía no ha enseñao la patita.

-Si lo llego a saber, le dejo que meta usted el dedo.

El dedo y hasta el pie...

-Voy para allá.

No te preocupes por la puerta, ya la cierro yo, anda.

Anda... Anda que no anda... Jo.

-¿Alguna novedad con Antoñito Palacios?

-Todavía no, pero no tardará en llegar.

-Tú, por si acaso, ten cuidado con su esposa.

Me han hablado de ella y de su pueblo: Cabrahígo.

Al parece son los más brutos de una región de brutos.

-A mí no me va a asustar una paleta.

-Te lo digo por si acaso.

-Lo tendré en cuenta.

Mira.

Ahí va el joven Olmedo.

-Voy a aprovechar que está solo

para intercambiar con él unas palabras.

-No seas muy duro con él.

Me da un poco de pena.

-¿Pena? Con los Quesada,

o se está a muerte o se está en contra de ellos.

No hay término medio. -Es un pánfilo.

-Pues que espabile.

Luego te veo.

Miguel.

-¿Algo se ha quedado pendiente en la reunión?

-Creo que sí, muchas cosas.

Me dio la sensación de que no aprobaba ciertos negocios

que vamos a emprender.

-No estoy de acuerdo con ciertas prácticas.

-Ya, ya, quedó claro.

Lo defendió con contundencia y brillantez.

Me gustaría que esa misma brillantez

que ha demostrado combatiendo mis ideas,

la utilice ahora para defenderlas.

-No sé si seré capaz.

-Yo creo que sí, para eso le pago.

No olvide que le he contratado.

Y que, de su buen desempeño, dependerá su carrera profesional.

Traicionar a quien le paga

puede significar que nadie más quiera contratarle.

-No sé si le entiendo.

-Si yo quiero vender armas,

usted debe encontrar la mejor forma de hacerlo.

Y, si alguien me da problemas, debe usar toda su inteligencia,

que es mucha, para resolvérmelos.

O atenerse a las consecuencias para su incipiente carrera.

-¿Es esto una amenaza?

-No, es un consejo profesional que me agradecerá en el futuro.

Ha sido un placer verle.

Salude a sus abuelos de mi parte.

-"Don Roberto, es un honor tenerle mi humilde hogar".

Como siempre está usted tan atareado en el restaurante...

-El honor es mío al haberme abierto sus puertas.

-Ya pueden sentarse.

Casi que me da vergüenza

servir un café delante de un profesional

como usted.

-No dudo de que estará exquisito.

-Hombre, la calidad es buena,

lo que no sé es si lo habré preparado

con su maestría.

-Seguro que está a la altura

de las máquinas que importa su esposo.

He comprobado que muchos establecimientos

ya tienen una de esas.

-Sí, pero son máquinas profesionales,

cuyo uso no tiene mucho sentido en un hogar.

-Ya lo ve, mi esposo me tiene haciendo café

con el puchero de toda la vida.

-La duda de cuál es mejor se despeja catándolo.

(SABOREA)

-Perfecto, equilibrado y en su punto de amargor.

Doña Carmen...

Si un día decide trabajar fuera de casa,

tiene un empleo en mi restaurante.

-No le diga usted eso,

que bastante tenemos en esta casa

con que mi nuera trabaje en la mantequería de sol a sol.

-Me lo pensaré, don Roberto.

Seguro que es usted un jefe menos exigente que mi esposo.

-No se crea, estoy seguro de que Sabina no opina lo mismo.

Cuénteme lo que ha venido a decirme,

antes de que mi esposa acepte trabajar con usted

en el restaurante.

-Bueno, en realidad, vengo a abusar de su hospitalidad

y a pedirle un favor.

Me gustaría enseñarle estos bocetos.

-Pero ¡esto es precioso!

¿Es la reforma del restaurante?

-Pretendo que sea el resultado de dicha reforma.

-Desde luego, es un lugar que apetece visitar.

Pero dígame una cosa,

¿no sería un restaurante con demasiado lujo

para nuestro barrio?

Estoy seguro de que en el centro triunfaría,

pero, aquí, en Acacias...

-No, mire, lo he estudiado.

Los meses que llevamos con nuestro local abierto

me he dedicado a conocer el barrio y creo que va a mejorar día a día.

-Pero ¿tanto como para tener un restaurante de lujo?

-Esta zona va a ser la mejor de la ciudad antes de cinco años.

Hay muchas familias hartas del centro,

que cada día se llena más de coches,

y quieren trasladarse al entorno de la calle Acacias.

-Eso son buenas noticias.

Pero, dígame, ¿en qué le puedo yo ayudar?

Aparte de prometerle que mi esposa y yo

seremos asiduos visitantes de su local.

-Verá...

El señor Enríquez...

-¿El director del banco?

-Sí, la reforma que quiero hacer costará más de lo presupuestado,

y necesito un crédito mayor.

-¿Y ha ido ya usted a hablar con él?

-Estoy seguro de que contar con su apoyo, don Ramón,

hará que el señor Enríquez vea el proyecto con mejores ojos.

¿Felipe en nuestra casa?

¿A santo de qué se tiene que quedar Felipe aquí?

-Es mi amigo, ¿te parece poco?

-Y el mío, ya que estamos. Yo era íntima de la difunta Celia.

Si se queda aquí, seremos la comidilla de todo el barrio.

-Tranquila, el barrio no se va a preocupar de nosotros.

Tienen temas abundantes: Antoñito y Lolita han discutido.

Luego, la tía de Marcelina,

que es más siesa que un sargento de caballería,

Don Felipe y Genoveva, salen de prisión...

-Y lo de casa de los Domínguez. -Lo de la casa de los...

¿Qué ha pasado en la casa de los Domínguez?

-¿Ha pasado algo? Ah, pues no... -No sé, tú lo has sacado a colación.

-¿Yo? Qué dices. Qué preguntón.

Preguntas sin parar, y seré yo la cotilla.

-De verdad, Rosina, me vas a volver loco.

-De eso no me eches la culpa,

que ya no estabas muy cuerdo cuando te conocí.

¿Cuándo hay que decidir lo de Felipe?

-¿Decidir el qué?

-Si se queda en casa o no.

-Rosina, por Dios, está decidido, se queda en casa.

Es mi amigo y lo necesita.

-Entonces ¿mi opinión no cuenta?

-Jamás pensé que ibas a negarte.

-Ah, muy bien, tendré que comulgar con ruedas de molino.

Así no se hacen las cosas, Liberto.

-Perdóname, jamás haría nada que fuera en contra de tu opinión,

pero estás muy rara. -¿Cómo quieres que esté?

Acabas de poner a Genoveva en nuestra contra.

¿Quieres que esté contenta? -Yo no tengo a esa arpía.

-Harías bien en temerla. Esa mujer es un peligro.

-Señores, ya está preparada la habitación de invitaos

para don Felipe.

-¿Hasta Casilda lo sabía antes que yo?

No, no me respondas.

Ya me doy cuenta de lo que vale mi opinión en esta casa.

-Doña Rosina...

Yo quería preguntarle a usted si va a despedirme.

-¿Despedirte por qué?

¿Qué has hecho?

-Verá, en seguro

que, cuando doña Genoveva regrese al barrio,

le va a exigir a usted que me ponga de patitas en la calle.

-¿Por qué iba a querer eso? -No creo ni que sepa cómo te llamas.

-Es que... a lo mejor he hecho algo que no tenía que haber hecho.

-¿El qué, insensata?

-Cuando la señora estaba en la cárcel,

yo me planté allí.

Pa decirle que todo lo que le pasa es porque se lo merece...

Y que espero que se haga justicia

y que pague por todo lo que ha hecho.

-¿Te des cuenta de lo que pasa en esta casa

cuando se decide sin consultarme?

¿Y qué hacemos? -Nada.

Vamos a ver en qué queda todo, pero no vamos a despedir a Casilda.

-Muchísimas gracias, señor.

-A Casilda y a ti, os tenía que despedir a los dos.

-Qué bien que nos hayan dejado sacar una mesa

y disfrutar de la brisa.

-Y eso que Servando nos quería cobrarnos un extra,

menos mal que está Fabiana para cuidar del negocio.

-Yo no lo habría visto mal del todo.

Al fin y al cabo, tienen que sacar dinero

de debajo de las piedras.

Quién sabe si con tanta tensión que hay en Europa

hace que la situación sea muy incierta.

-Pagamos por los cafés, por las limonadas

y hasta por los licores,

pero no estoy dispuesto a pagar

por poner mis posaderas en una silla vieja.

Y en lo que se refiere a Europa,

he oído que hay algunos desaprensivos

que están tratando de sacar provecho de la situación.

-¿De verdad?

-En el Ateneo, se comentaba que algunos empresarios

estaban vendiendo armas a unos y a otros,

y eso que, afortunadamente, la guerra no se ha declarado aún.

-Qué horror.

No sé cómo se permite traficar con armas.

-Ya ve usted, lo importante es el dinero.

A nadie le importan las miles de vidas diarias

que se perderán en las trincheras.

-Yo espero que nuestro rey, llegado el caso,

declaré la neutralidad del país.

No me gustaría ver a nuestros jóvenes ir a Europa.

-Y volviendo en cajas de pino, don Jose, que de eso se habla poco.

-Buenas tardes, señores. -Buenas tardes.

-¿Les importa si tomo asiento?

-Por supuesto, faltaría más.

-Estamos encantados con su compañía.

-Qué bien que se una a nuestra tertulia,

se hace usted muy caro de ver.

-Reconozco que me sumo

a sus entretenidas e interesantes charlas

mucho menos de lo que debería.

Pero intentaré ponerle remedio.

-Me alegro. ¿Y a qué se debe este cambio de actitud?

-Les voy a ser sincero. Anabel no deja de recomendarme

que me integre en la vida social del barrio

para superar la muerte de mi mujer.

-Su hija tiene razón.

Las generaciones jóvenes gestionan mejor que nosotros

la pena y el duelo. ¿No le parece, don Jose?

-Claro, pero no creo que don Marcos haya decidido sentarse con nosotros

para escuchar hablar del duelo.

Hablábamos de la guerra.

-El tema de conversación preferente en los próximos tiempos.

-He oído decir que se declarará más pronto que tarde.

-Precisamente, me estaba comentando don Ramón

que ha oído en el Ateneo decir que ya hay empresas

que están vendiendo armas a los países interesados.

-Una inmoralidad, si me permite decirlo.

-La guerra es una situación extraña e indeseable,

pero una empresa no la va a parar por no vender armas.

Quizá haya más inmoralidad en quienes las usan

que en quienes comercian con ellas.

¿No?

-¿Como el que vende un producto cualquiera?

¿Como el que vende castañuelas?

No puedo estar de acuerdo. -Yo tampoco.

No es lo mismo vender latas de conservas

que fusiles o granadas.

-Si los contendientes no compraran los fusiles en España

los comprarán en otros países.

Pero... no vamos a discutir por eso.

¿Hay noticias de don Felipe?

Buenas.

¿Esta es mi ropa?

-Sí, es tu ropa.

-Lola...

Lola, ¿esto significa que ya no estás tan enfadada conmigo?

-Nunca he estado enfadada.

Solo desilusionada.

No eres el hombre que creía que eras.

-Lolita, por favor, deja de sacar las cosas de quicio.

Creo que tenemos que hablar con calma.

-Yo creo que está to hablao.

Estoy planchando tu ropa pa que no se arrugue en la maleta.

-¿Qué maleta?

-Te la habría bajao, pero no alcanzaba.

-¿Qué dices, Lola? Que no necesito ninguna maleta.

-No puedes seguir viviendo en esta casa.

-No me puedo creer lo que estás diciendo.

-O te vas tú o cojo a Moncho y nos vamos los dos. Tú verás.

-Lola, espero que no sea otra cosa de Cabrahígo,

porque ya pasa de castaño oscuro. -No.

No es nada de Cabrahígo.

No quiero seguir casada contigo.

-Mira, me voy a ir... a dar una vuelta,

y luego vuelvo

porque no quiero decirte lo que estoy pensando ahora mismo.

Espero que, cuando vuelva, hayas cambiado de opinión.

¿Y tenemos que esperar aquí?

-Deja ya de protestar, Rosina.

Don Ramón ha ido a buscar a Felipe y llegarán en cualquier momento.

Solo quiero que vea que le estamos esperando

y que estamos orgullosos de que venga a vivir a casa.

-Genoveva se va a poner hecha un basilisco.

-Que se ponga como quiera.

Lo que me faltaba, que decidiera lo que se hace en mi casa.

-No, el único que decide en nuestra casa eres tú.

-Ya te lo he explicado, te he expuesto mis razones.

Si a Genoveva le molesta, es su problema.

-La han declarado inocente,

nadie debería tratarla como culpable.

-Por Dios, todo sabemos que es culpable,

digan lo que digan los jueces.

Y no trate de defenderla, que no tengo ganas de discutir.

-Muy buenas. ¿Viene ya don Felipe?

-Eso creemos.

Dicen que se va a quedar en su casa.

-¡Oh! Ya lo sabe todo el barrio.

-Las noticias tienen pies ligeros.

-¡Eh, eh, eh! Por ahí viene un coche.

-Debe de ser él.

¿Qué les parece si le aplaudimos cuando baje?

-Por una vez tienes una buena idea. Yo doy la señal.

Digo "uno, dos y tres", y ahí aplaudimos todos.

¡Uno, dos y tres!

-¡Iepaya!

-Bienvenida, Genoveva.

Gracias, doña Susana.

Esto sí que no lo esperaba.

-¿Cómo está? Bien.

Gracias, Rosina.

Sea usted bienvenida, señora.

Gracias.

-Buenas.

-Sí, bienvenida.

Gracias.

Buenas tardes.

La justicia ha vuelto a probar que soy inocente.

Aquí todos te conocen.

Saben lo que hiciste. ¡Eres una asesina!

Haz que la cosa no vaya a peor.

Y, si no puede mejorar, pues... que se quede como está.

Menuda se ha liado. Casi se lían a mamporros.

Don Felipe ha vuelto a perder la cabeza.

Vivir con Felipe será cómo vivir con una bomba de relojería.

Va a explotar en cualquier momento. -Baja la voz, que nos puede oír.

-Vengo de hablar con el señor Enríquez.

-¿Qué le ha dicho el director de la sucursal?

-No es muy partidario de ampliar la deuda

que contrajeron ustedes con el banco.

-Nos vamos a poder culminar nuestros proyectos.

-Tengo que pedirle un favor.

-Ay, no sé qué decirle.

Me está viniendo grande esto de involucrarme en su secreto.

-Me gustaría que en esta reunión buscáramos llegar a un consenso

para poder seguir avanzando.

-Por mí, no hay ningún problema.

Siempre y cuando se respeten los términos del acuerdo.

-Usted, ¿se ha replanteado lo que se dijo en la última reunión?

-"Lolita se encuentra muy mal".

Tenéis que solventar vuestros problemas cuanto antes.

-Hay algo que no saben, pero igual sí que deberían saberlo.

-Algo muy malo, me temo.

Quizá le resulte algo inapropiado el favor que tengo que pedirle.

Genoveva, entiendo que le resulte incómodo tenerlo cerca,

pero no puedo echarle antes de tiempo.

El favor que preciso es otro.

-Le guste o no, seguirá conviviendo con ella.

No permitiré que esa bruja se salga con la suya.

Esto no ha terminado.

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Acacias 38 - Capítulo 1313

21 ago 2020

Lolita está muy preocupada por su matrimonio y acaba pidiéndole a Antoñito que abandone el hogar familiar, mientras que Antoñito tiene un mal gesto con los más cercanos.
Los Olmedo se deshacen de su nieto Miguel. Sabina insta a Roberto a que hable con Ramón Palacios para pedirle ayuda. Miguel duda de las operaciones que pretende realizar la nueva empresa. Los criados dan la bienvenida a tía Benigna. Fabiana se apiada de Jacinto, la que le espera…
Liberto avisa a Rosina de que Felipe se quedará una temporada en su casa. Casilda se ve de patitas en la calle. Susana se empeña en hablar con Jose mientras que Rosina quiere evitar todo contacto con él tras enterarse de que Bellita sigue viva.
Ramón y el comisario se preocupan al ver que Felipe está decidido a no rendirse. Genoveva y Felipe llegan al mismo tiempo a Acacias y se ven frente a frente.

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  1. Victoria

    Hola Mariah, respecto a su pregunta de por qué el Comisario Méndez no aparece en los créditos, he de decirle que yo también me lo llegué a preguntar, hasta que me dí cuenta de que no está en los créditos pero sí cuando termina el capítulo y comienzan a poner el "avance" del siguiente, fíjese que pone: "Con la intervención de": DAVID GARCIA INTRIAGO, a veces también aparecen otros nombres junto al de él. Al parecer el motivo radica en que DAVID no es un personaje "Fijo". Recordarle que, en el pasado el Comisario fue Mauro San Emeterio (Gonzalo Trujillo). A mí me encantaría que el Comisario Méndez pudiera tener una pareja en Acacias, ya que así tendríamos asegurada su presencia como un vecino más, como fue el caso de Mauro con Teresa; además, así se convertiría en un personaje fijo, algo que a much@s nos gustaría. Espero haber contestado su pregunta. Saludos

    25 ago 2020
  2. Mariah Sells

    Porque en la presentacion nunca aparece el Comisario Mendez? A pesar de que este personaje existe desde el principio de la serie y nunca ha aparecido en los creditos. No creen que es hora de ponerlo?

    24 ago 2020