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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1301 - ver ahora
Transcripción completa

Les decía que no les creo porque tengo la teoría

de que fueron cómplices en el asesinato de Marcia.

Rotundamente falso.

Como no hay confesiones voluntarias,

las conseguiré contra su voluntad.

¿A qué se arriesgaría usted en caso de no pactar?

-Al descrédito,

a la infelicidad, a la ruina.

Y puede que hasta a una muerte violenta.

-Entonces, pacte.

Me voy al pueblo con Moncho.

-¿Y qué se te ha perdido en Cabrahígo?

-Quiero ir para que Moncho pueda ver las carreras de sacos.

¿Quiénes son esos dos menesterosos que hay en la pérgola?

Estamos buscando novio a la señora Fabiana.

¡Pero si son muy feos!

Un tal Solano. -El de los regalos.

-El mismo.

Es el portavoz de una comisión de empresas del sector minero.

Quiere que la comisión que presido

acepte y propulse una ley a favor de sus intereses.

Mozos.

-Uno.

-Si ese mozo le quiere tanto y usted quiere a ese mozo,

arrejúntense y afronten juntos lo que les tenga que venir,

que la vida son dos días.

¿Se cree que es el primer político que hace favores a los amigos?

No lo es usted.

Y tampoco será el último.

-Deje de acosarme, es la última vez que se lo digo.

¿Qué le parece si vamos este domingo al río?

-Bueno, que iríamos todos.

Aquí, mi compañero portero

no ha tenido tiempo de contar ni la mitad de chistes que se sabe.

-Id vosotros, que yo tengo mucho que hacer.

Ya nos veremos.

He sido una estúpida. Estúpida y cobarde.

-No tenemos que hacerlo público, si no queremos.

Nuestras familias pueden esperar.

Yo solo quiero saber que me quieres

y que estoy y estaré contigo.

(FELICIA) O sea, que el chico de los Olmedo es algo serio.

-Muy serio. -¿Ves futuro con él?

-Es pronto todavía.

Pero así, en conjunto, querría que así fuera.

-Me alegro.

Hay una banda en la que me gustaría entrar. Me harán una prueba.

Espero que al director le guste. -¿Cómo no le va a gustar?

Tiene el don de hacer sentir bien a la gente con su música.

(CARMEN) Lo que sí sé es que deberías

contarle a tu esposo tus síntomas.

Tiene derecho a saberlo.

-No quiero que lo deje toco cuando ni los médicos saben qué es.

Yo me voy y vengo curada. No tiene por qué enterarse.

Mira en lo que te has convertido,

una jovenzuela desvergonzada e insolente.

-¿Quiere decir que la buena de Felicia no se escandalizará

cuando sepa que fue admirador de cierta cantante de pocos años?

-Le he escrito una carta a su padre.

-Me alegra que haya entrado en razón.

Tampoco le quedaba otra salida, también es verdad.

Sin embargo, debo comunicarle que hay una nueva condición

que me ha llegado de casa hoy mismo.

-¿Qué condición?

¡Felipe no recuerda!

Pues yo le haré recordar. No.

(RESPIRA AGITADAMENTE)

(GRITA)

¡Detente, te lo ruego, no le golpees más!

¡No!

¡Maldito seas, no!

¡Por favor!

No.

Ya no grita.

Ha perdido el conocimiento por el dolor.

Pararemos aquí. Bájalo.

Gracias.

Gracias.

No las merece.

Entienda que no sudaré golpeándolo si no puede sentir nada.

Ahora vamos a reponerle para seguir con la tortura.

No.

No, por favor, no.

Por favor, no.

¿Adónde lo llevas?

¿Adónde lo llevas? ¡Ya se lo he dicho!

A espabilarle para seguir divirtiéndonos.

¡No, por favor, no!

No.

No.

Genoveva.

Está en su mano detener este infierno.

Confiese.

No tenga ninguna duda de que seguiré martirizándolo

hasta que uno de los dos diga la verdad.

No. Muy bien.

Usted lo ha querido.

Espero que los gritos de su esposo

resuenen en su celda. Vamos.

Por favor.

No, por favor, Santiago, no te lo lleves.

Por favor, no le hagas más daño.

¡No, no!

(LLORA)

Le exijo que me diga de una vez

qué nueva condición ha impuesto su padre.

-Usted no está en condiciones de exigir nada.

-¡Mi paciencia tiene un límite, contésteme!

-Está bien, temple.

Mi padre solo tiene una cosa más que pedirle.

Debe usted viajar lo antes posible a Méjico

para firmar en persona y no por poderes

el contrato de su nueva sociedad.

-¿Que don Salustiano me quiere en Méjico?

-Cree que estos asuntos hay que tratarlos cara a cara.

-Pues dígale que lo vaya olvidando.

No voy a ir a ninguna parte.

-No me ha comprendido.

No se lo está pidiendo.

Él lo considera un requisito indispensable

para firmar el acuerdo.

Y él sí está en condiciones de exigirle.

-Y...

¿Quién me dice a mí que este viaje no sea una trampa

ni una manera de alejarme de España

para poder hacer daño a los míos?

-Tiene mi palabra de que no será así.

-Aurelio, sabe perfectamente que su palabra no vale nada.

-De acuerdo.

Entonces, quizá esto sí le sea suficiente.

Los Bacigalupe y los Quesada nos necesitamos

para que este negocio salga adelante.

Al menos, de momento.

Mire, don Marcos.

Si no viaja a Méjico inmediatamente,

se rompe el trato. No hay nada más que hablar.

-Está bien.

Dígale a su padre que acepto.

Que partiré rumbo a Méjico.

-Ha tomado la decisión correcta.

-Pero todavía no he terminado.

Si durante mi ausencia a mi mujer o a mi hija les ocurriera algo,

usted y su hermana lo pagarían con la vida.

¿Le ha quedado claro?

-Descuide. Tenga por seguro que no tocaré

a su hija ni con el pétalo de una flore.

Tenemos un acuerdo.

Sigue dormida.

¡Ah!

¿Le he lastimado? Lo lamento.

No te preocupes. Me temo que es inevitable.

Puedes quitarte el pañuelo.

Genoveva no puede verte.

Es la costumbre.

Ya ni me acuerdo de que lo llevo puesto.

Mejor.

(GIME)

-Traigo más agua limpia.

¿Cómo se encuentra?

Bien. Aunque me duele todo el cuerpo.

Lamento en el alma tener que maltratarlo así.

Y yo lamento que se le dé tan bien la tarea.

He tratado de que el látigo sonara sin llegar a rozar la piel.

Pero no siempre lo he conseguido. No se preocupe.

Lo importante es que esta tragando el anzuelo.

-Eso, seguro. Temblaba como un flan.

Tenemos que seguir así hasta que confiese.

-Lamento decirlo.

Pero empiezo a pensar que esto nunca pasará.

-Yo estoy de acuerdo.

No podemos sostener más esto. ¿Por qué?

¿Acaso desconoce la respuesta? Su cuerpo quizá no lo soporte.

Maldita sea.

Por Marcia estoy dispuesto a soportar lo que sea.

¿De acuerdo?

-¿Y si se sigue resistiendo? Le obligaremos a claudicar.

Dejaremos pasar esta noche.

Y mañana empezaremos con el tercer acto de la función.

El guiso de Soledad estaba para chuparse los dedos.

¿Verdad que sí?

-Al parecer, no. Tu padre no ha probado bocado.

-Disculpadme, estaba distraído.

-No hace falta que lo digas. Me he dado cuenta por mí misma.

Lo que no consigo adivinar es qué te tiene en ese estado.

-¿Qué le ocurre, padre?

-Y no digas que nada, Marcos.

Estás alicaído y tienes mala cara.

Me resistía a preguntarte,

pero cuanto más tiempo pasa, más nerviosa me pongo.

-Está bien, reconozco que estoy preocupado.

No os he dicho nada,

pero voy a tener que dejaros solas por unos días.

-Eh... ¿Cómo?

¿Acaso sale de viaje?

-¿Adónde vas a ir, Marcos? -A Méjico.

-¿A Méjico? -Padre, ¿ha perdido el juicio?

No puede volver allí.

-Es preciso, Anabel.

Debo firmar una nueva alianza con los Quesada.

-¿Y tiene que ser en persona?

Bueno, en ese caso, deja que te acompañemos.

Me encantará conocer esa tierra maravillosa

que te ha dado cosas tan buenas.

-No, Felicia, ya iremos tú y yo en otro momento.

Con la actual situación política, en plena revolución,

con los peligros que eso conlleva, es preferible que viaje solo.

-Tus palabras están muy lejos de tranquilizarme.

En tal caso, estando la situación así,

lo mejor es que pospongas ese viaje.

-Y no solo por la revolución.

Sabemos de qué pueden ser capaces los Quesada.

-No, pero por eso no temas, Anabel.

Mi muerte privaría de mucho dinero por ganar

al avaro de don Salustiano.

No hay mejor garantía que esa para mi vida.

-De verdad, Marcos, ¿no puedes evitar ese viaje?

-Tiene que encontrar la manera.

-Ya os he dicho que no es posible.

Tengo que ir e iré.

He dado mi palabra. No puedo faltar a ella.

Sí, si yo entiendo que quieras volver a tu pueblo

y ver a los tuyos, solo digo que este tipo de decisiones

podrías antes comentarlas conmigo.

-Mi hijo tiene razón, Lolita.

Una decisión como esta no se toma de la noche a la mañana.

Seguro que llevabas rumiándola hace algún tiempo.

-Pues no sé, suegro, me entraron las ganas de repente.

Me dolía en el alma que los míos no conocieran a Monchito.

-Y ya has avisado de que vas.

-Sí, y nos reciben con los brazos abiertos.

Si hasta han preparado pancartas para recibir al niño.

-Conociendo a tus paisanos,

no es difícil imaginar el recibimiento que os aguarda.

¿Y tú qué piensas, Carmen?

-¿Eh?

-¿Estás bien?

-Sí, solo me preocupa lo fatigoso

que pueda resultarle el viaje a Lolita.

Y más, en su estado.

-¿Cómo en su estado?

-Templa, que lo que la Carmen quiere decir

es en mi estado de madre abnegada.

Que como voy a estar tan pendiente de Monchito,

no voy a poder descansar. -Por eso.

Debería acompañarte y te ayudaría a cuidar al niño.

-Que no, Carmen. ¿Y quién cuida de nuestros esposos?

No hace falta.

Además, que todo va a salir a las mil maravillas.

Ea.

Estaré aquí en un abrir y cerrar de ojos.

Voy a avisar a Soledad para que traiga los postres.

Hija mía.

No quería alarmar más a Felicia.

Pero supongo que no hace falta que te diga que durante mi ausencia

estés muy alerta con los hermanos Quesada.

-Descuide, padre. Le prometo que así lo haré.

Perdone que insista.

¿De verdad que no hay manera de evitar tan peligroso viaje?

-No es posible, Anabel.

El conflicto entre las dos familias

solo se puede solucionar

con un acuerdo cara a cara entre don Salustiano y yo.

-No me fío nada de esa familia.

-Yo tampoco, pero vale la pena correr el riesgo

si consigo pacificar la situación.

No olvides que los Quesada

pueden atentar contra nuestros intereses

a un lado y a otro del charco.

-Malditos sean los Quesada.

Y maldito sea tan repentino viaje.

Hola. -¿Qué quiere tomar?

-Té y unas pastas. -Enseguida.

(TARAREA)

Fabiana. ¿Quiere dejar la tonadilla esa de una vez,

que me está levantando dolor de cabeza?

¡Lo que hay que oír, hombre!

Más dolores de cabeza me producen a mí sus continuos quejidos.

Está claro que se ha levantado con el pie izquierdo.

Que hombre tan gruñón.

¿Sabe lo que le digo, Servandito mío?

Que me voy a hacer las habitaciones,

así descanso un poquito de sus malas pulgas.

(TARAREA)

Se le ve contenta a Fabiana.

¿Usted no sabrá de un músico que anda por el barrio,

uno que toca un instrumento muy raro?

Es como una trompeta curvada de abajo.

Se refiere al saxofonista del que habla Fabiana.

No, no, no es ese, no.

El pollo se llama Melchor... Baltasar.

No "Safonista". Es que el otro día le vi,

ayer, dándole palique a Fabiana y Fabiana parecía encantada.

Ya es mayorcita para saber a quién se arrima.

Aunque espero que tenga mejor ojo escogiendo amistades

que el que tuvo escogiendo socio.

No me parece bien esas confianzas con desconocidos.

¿Y cómo sabe que es un desconocido y no lo conocía de antes?

Porque se lo pregunté. Apenas sabe su nombre.

Es un músico, viene de Barcelona y está de paso por la ciudad.

-A los buenos días.

Serán para ti. ¿Qué tienen de buenos?

-¡Pero bueno, Servando, vaya humos se gasta!

En fin, que mi primo y yo veníamos charlando

que hay que encontrarle nuevos pretendientes a Fabiana.

-Casilda, no va a ser necesario.

Ya se ha encargado ella sola de buscárselo.

-¿Qué me dice, Cesáreo?

-Sí, parece que bebe los vientos por un músico.

Un saxofonista, se llama... Baltasar.

De eso nada.

Yo solo he dicho que la he visto hablando con él.

Sí, pero muy animada. Eso sí es cierto.

Igual no se ha enterado de que los músicos no son de fiar.

-Oiga, cuide esos palabros,

que como cantante, soy prácticamente músico.

¿Ha visto? A la muestra me remito.

-Bueno, ¿y si es músico, qué? Si a ella le agrada...

¡Pues que le vaya desagradando!

¡Leche! Además, es muy joven para ella.

Y que no es un buen partido. ¡Y que ya está bien

de hablar del puñetero Baltasar! ¡Aparta, niña!

¿Y quién me pone café ahora?

Estaba deseando verte, amor mío.

Tú no pareces muy satisfecha.

¿Acaso no sentías la misma necesidad de estar conmigo?

-Te equivocas, Miguel.

Ahora te necesito más que nunca.

-¿Entonces, qué te tiene tan angustiada?

Dudas si contestarme.

¿No sabes que puedes confiar en mí?

-Claro que confío en ti.

Es solo que estoy muy preocupada por mi padre.

-¿Qué ha sucedido que justifique tal inquietud?

-Va a viajar hasta Méjico para tratar de solucionar

de una vez por todas la vieja querella que enfrenta

a nuestra familia con los Quesada.

-¿Y temes por su seguridad allí?

¿Entonces, los resquemores hacia los Quesada y el tal Aurelio

provienen de viejas rencillas familiares?

-No te confundas, Miguel.

Aurelio y Natalia no son más que aprendices.

Es su padre, don Salustiano, el auténtico peligro.

Se trata de hombre despiadado y sin escrúpulos.

-¿Y es con él con quien se va a encontrar tu padre?

-Y, para colmo de males, en su propio terreno.

Don Salustiano tiene al actual gobierno mejicano en el bolsillo.

Puede actuar impunemente. -Templa.

Tu padre no es ingenuo. Si ha accedido a ese viaje,

es porque está seguro de poder sortear todos los peligros.

Y en cuanto a los Quesada, no te preocupes.

Mientras no esté tu padre, no les pienso perder el ojo.

Puedes contar conmigo para lo que precises.

¿Dónde está Felipe? ¡Exijo verle!

¿Exige verle?

Aún no ha comprendido cuál es su situación.

Tráigalo de inmediato. Felipe.

¡Felipe! Silencio.

¿Quiere ver a Felipe?

¿Quién es este hombre, dónde está Felipe?

Descansando.

Ha pasado la noche agitada.

Lo sé, le he oído.

Es lo que le dije que iba a pasar.

Y acostumbro a cumplir mi palabra.

Santiago, te lo ruego, ten piedad.

Felipe no sabe nada ni recuerda lo que pasó con Marcia.

¡No puedes seguir torturándole, vas a acabar matándole!

¿Por qué te ríes?

Porque eso es precisamente lo que me propongo.

Arrebatarle la vida.

Hubiese preferido una confesión por parte de cualquiera de los dos.

Pero en vista de que ni los peores golpes se la arrancan,

no me queda otra forma de vengar la muerte de Marcia.

¿Vas a ajusticiarle?

De hecho, ya está medio muerto.

Su cuerpo ya no puede soportar más golpes.

Y luego llegará su turno, Genoveva.

La voy a torturar hasta quebrar su cuerpo.

Y luego la mataré.

Juro que vas a pagar por todo esto.

No jure lo que nunca podrá cumplir.

Encerradla.

¿Quiere salvar la vida de su esposo?

Confiese.

Antoñito.

Qué agradable sorpresa encontrarle.

-Señorita.

-Precisamente, esta mañana comentaba con mi hermano

lo ilusionada que estaba por haberle conocido.

-Bueno, tampoco exagere, soy un simple servidor

de todos mis compatriotas.

-Por favor, no sea modesto.

Los dos sabemos que gracias a hombres como usted,

esta gran nación sigue adelante.

Debe ser emocionante sentir tanta responsabilidad.

Trabajar en un sitio tan grande

y representativo como es el Congreso.

-Bueno, precisamente allí me dirijo.

-Debe ser precioso por dentro.

Me encantaría asistir a una sesión del Parlamento.

Pero imagino que eso no será posible.

-No se crea, para mí sería un placer poder enseñárselo.

-¿Lo dice de verdad? -Sí.

-¿O son promesas de político? No, no.

Siempre cumplo con mi palabra.

-Le advierto que nunca olvido una promesa.

-¿Qué mira?

-¡Jacinto, que me da un infarto!

No miro nada, estoy reflexionando.

-Disculpe, le he visto desde la pensión.

-¿Qué querías?

-Me han dado una carta para usted.

-¿En el 38, para mí?

Qué raro. -Sí, sí, es raro.

No he visto quién la ha dejado. Si me espera, se la traigo.

-Sí, pero rápido, que me tengo que ir al Congreso.

-Voy corriendo.

Anabel.

¿No me has visto? Vengo detrás de ti.

-Te he visto perfectamente.

Por eso he acelerado el paso.

-¿Cómo, es esta forma de tratar a un viejo amigo

que solo pretende charlar un rato?

-Tú y yo no tenemos nada de qué hablar.

Déjame en paz.

-Nuestros padres no opinan lo mismo.

Pronto van a firmar un trato que entierre para siempre

el hacha de guerra entre las dos familias.

-¿A quién intentas engañar?

Sé que nunca olvidarás lo que sucedió.

-Sí, la verdad es que tengo buena memoria, sí.

Pero debes saber que estoy dispuesto a hacer un esfuerzo.

-Me cuesta creerlo.

-No lo dudes, así será.

Siempre y cuando los Bacigalupe cumpláis.

Pero... -Suponía que había un pero.

-Pero si falláis,

por ejemplo, si tu padre se echara atrás

o si incumpliese el acuerdo

que tan generosamente le hemos brindado,

tendría que tomar mis propias medidas al respecto.

-¿Puedo preguntar qué medidas serían esas?

-Para empezar, le contaría al hidalguito ese

que bebe los vientos por ti

la clase de mujerzuela que es la señorita Bacigalupe.

-No te atreverás.

-¿Quieres ponerme a prueba?

Puedo contarle todo el pasado en común que tenemos.

-No pienso tolerar una amenaza más.

Y deja de seguirme.

Ya está.

¿Ve como ha sido un suspiro?

-Un suspiro un poco largo, estaba a punto de irme.

-Es que como no va dirigida a nadie del 38,

no la he puesto en el casillero y la he guardado bajo llave.

Marcelina me dice que las cosas importantes, bajo llave.

Ya que pregunta, su tío está mejorando.

He entrado en mi habitación... ¿No la ha visto?

-No, no. Jacinto, ¿me das la carta?

-¿Qué carta? -¡Mi carta!

-Ah, perdone, se me olvidaba. -Gracias.

-Si no desea nada más... -Nada más.

-Gracias, Jacinto. -Que...

-Gracias, Jacinto.

-Me voy, que tengo cosas que hacer.

-Con Dios.

-Ya me dará propina otro día. Casi mejor.

No tiene remite.

"Si sabe lo que le conviene, saque adelante la ley de minas.

Si no lo hace, prepárese para sufrir graves consecuencias".

Pues mucho se está retrasando la señora Fabiana.

¿Alguien sabe para qué nos ha citado aquí?

-No tengo ni la menor idea. Ahora nos explicará.

-Pues yo espero que no se retrase mucho.

Como mi señora me eche de menos, me va a caer la del pulpo.

-Casilda, ¿cómo van tus señores del catarro?

-Pues ahí van. Mal no, precisamente,

pero tienen un humor de perros.

Les ha sentado muy mal tener que aplazar su viaje de amor.

-Ahora, cuando venga la Fabiana, te bajas para casa.

-Por cierto.

¿No se han percatado ustedes de que últimamente,

la señora Fabiana está como más animada?

-Eh.

-A ver si el Cesáreo va a tener razón

y anda enamoriscada del músico.

-¡Oh!

Yo me bajo a la pensión, que estoy cansado de tanta tontuna.

Estará desatendido y está bien de perder el tiempo.

-Es la primera vez que le veo con prisas para ir a faenar.

-Ay, aquí estamos. Entre.

Aquí están todos, sí.

Permítanme que les presente a un buen amigo.

Se llama Baltasar y es un músico fetén.

-Encantado de conocerle. -Un placer.

-Hemos oído mucho hablar de usted.

-Aquí, donde me ve, yo también soy un músico reconocido.

Si quiere, le suelto un "iepa-ia" que le pone la piel de gallina.

-¿Un qué? -Un "iepa-ia".

-¿Iepa qué? -¡Iepa-ia!

(RÍE)

-¿Usted no se iba a la pensión? Sí.

-No, de eso nada.

Las cuitas de la pensión están al día.

Tiene usted que quedarse para escuchar a Baltasar.

Va a tocar para todos nosotros.

Cuando quiera.

-Espero que les guste.

(Saxofón)

(JACINTO) ¡Venga, prima!

¡Venga, Servando!

Muy bien.

(Puerta abriéndose)

¿Qué ha pasado?

¿Ha confesado?

Maldita sea.

No conseguimos doblegarla.

Y amenaza con terminar con su vida.

Le he hablado de la tortura a la que le estaba sometiendo

y he dicho que ya estaba moribundo.

¿Y nada?

Ni siquiera cuando le he dicho que seguiría el mismo camino.

¿Le has dicho que ibas a matarme?

Su corazón se ha roto, pero su espíritu no.

Maldita sea.

Nunca pensé que fuera tan difícil obtener su confesión.

Yo cada vez tengo más claro que nunca la obtendremos.

Temo que nuestro plan no funcionará.

Santiago.

Marcia se merece que lo sigamos intentando.

¿Aunque resulte inútil? Estanos muy cerca.

Está siendo muy optimista.

Nos ha derrotado. Santiago.

Nunca, ¿me oye? Nunca nos vamos a rendir.

Apresurémonos, que vais a perder el tren.

-Qué pena no poder acompañarte, cariño.

-Con todo lo que tienes que hacer, no vas a notar que no estamos.

-Yo sí puedo ir contigo,

a mí no me aguarda nadie en el Congreso.

-No hace falta, Carmen.

Estaré bien.

-Acuérdate y llama todos los días.

-Descuida, así lo haré.

No aproveches mi ausencia para tontear con tus admiradoras.

Que cuando vuelva, te vas a enterar.

-Qué dices, no digas tonterías.

-No te pongas como un palo, que es una broma.

-No estoy como un palo. -Un poquito.

Que confío en ti. Por la cuenta que te trae.

-Hija, dale recuerdos a tus paisanos.

Y diles que no me he olvidado de cuando fui el pregonero.

-Así lo haré.

-¡Lola!

Por poco no llego a despedirte.

Te he preparado esta tortilla

para que entretengas la tripa durante el viaje.

-Agradecida, Casilda. Tus tortillas son las mejores.

-Cuídate mucho. Y vuelve pronto.

-Les echaré de menos.

-Venga, hija, que el tren no espera.

¡Ay!

¿Había oído usted una música más bonita?

Es que Baltasar es un artistazo de tomo y lomo.

No cabe duda de que ha nacido para la música.

Sí, algún motivo tenía que tener, sí.

¿Cómo dice?

Que nada, me voy a hacer las camas.

¿Las camas? Un momento, un momento.

Pero ¿cuándo ha hecho usted las camas?

Además, las he hecho yo esta mañana.

Ya.

Bueno, pues las deshago y las vuelvo a hacer.

¡Bah!

(RÍE)

¡Ay!

¡Ah!

Baltasar.

Precisamente, estaba hablando de usted con Servando.

-Espero que bien.

-Bien, no, fetén.

Nos ha dejado maravillados con su música.

-Es muy amable.

Al parecer, ese tema está gustando.

Y no solo a ustedes.

He elegido la misma melodía para la prueba que tenía que hacer.

Les ha encantado al resto de músicos.

Me han aceptado en la banda. -¿No me diga?

¡Cuánto me alegro por usted, Baltasar!

Aunque no me extraña, esa música es una auténtica maravilla.

Dan ganas de vivir solo con oírla.

Con lo lánguida que era la primera vez que me la interpretó.

-Tal cambio solo se lo debo a usted.

Tuve en cuenta sus palabras

de que la música debía hacer sentir bien a la gente.

Ha sido usted mi inspiración.

Por eso quería agradecérselo.

Antes de despedirme.

-¿Despedirse, dice usted?

-Sí, me marcho esta misma noche con mi nueva banda.

-Le voy a echar de menos, Baltasar.

En este poco tiempo le he cogido sincero cariño.

Pero vaya y alegre a toda la gente que se encuentre

en su camino con su maravillosa música.

-Así lo espero.

Antes de irme, he de contarle algo más.

Quiero que sepa que le he llamado a la melodía "Fabianne".

-Pues muchísimas gracias por el homenaje.

Siempre la llevaré en mi corazón.

-He de marcharme.

Debo preparar el viaje.

Pero ¿qué diantres te está pasando, Servando?

Bueno, yo tengo que volver al Congreso.

-¿A estas horas? -Qué remedio.

Las reuniones están siendo interminables.

-Espero que también provechosas.

¿Qué te pasa, hijo?

Tienes un semblante muy serio.

-No, no estoy serio, estoy triste

por no poder acompañar a Lola y al pequeñajo.

-Lo comprendo, pero no te preocupes,

los tendrás de vuelta enseguida.

Y no te entretengo más, te espero en casa.

-Con Dios.

Antoñito.

-Natalia.

-Hoy, sin duda, es mi día de suerte.

Es la segunda vez que me lo encuentro por casualidad.

He visto que se marchaba su esposa.

¿Todo bien?

-Sí, sí, ha ido unos días a su pueblo

a visitar a los suyos.

-Lo lamento por usted, va a estar muy aburrido.

Tendremos que solucionarlo.

Puede empezar por cumplir su promesa y enseñarme el Congreso.

(Puerta abriéndose)

Soledad, ¿ha terminado ya con el equipaje?

-En un suspiro, señor, apenas me queda ropa por guardar.

-No, Soledad, no guarde esa chaqueta, por favor.

-Tenga.

-Es la que quiero llevar a Cádiz. -Lo siento.

¿Esto lo puedo coger? -Sí.

Por supuesto. -Permiso.

-Soledad.

Siempre la he considerado a usted una mujer muy resuelta

y alguien en quien confiar.

-Le agradezco el cumplido, señor. Eso intento.

-Quiero pedirle que cuide de mi hija y de mi esposa

el tiempo que esté fuera.

-Le doy mi palabra, señor, no se preocupe.

-Y quiero darle esto.

Es un número de teléfono.

Si ocurriera el más mínimo problema,

no tiene más que llamar y darles mi nombre. ¿De acuerdo?

-¿Nada más? -Nada más.

Ellos ya sabrían qué hacer al respecto.

-Permítame el atrevimiento. ¿Y de usted quién cuidará?

-No tema.

Son otros los que deben preocuparse.

Yo siempre he sabido cuidar de mí mismo.

No lo dude.

-Tenga muchísimo cuidado, señor.

-Gracias, Soledad.

-Permiso.

¿Dónde está mi esposo? ¿Qué habéis hecho con él?

Respóndeme, por favor.

¡Contestadme de una vez!

(Puerta abriéndose)

Felipe.

Te pudrirás en el infierno por todo lo que has hecho.

¡Vas a pagar uno a uno todos los golpes que le has dado!

¿Ah, sí? Mira que han sido muchos.

Maldito bastardo.

Le has arrastrado a las puertas de la muerte.

Y ahora mismo se las haré traspasar.

¿Qué es lo que pretendes? Nada que no haya avisado ya.

Felipe.

Felipe.

Acabemos con esto cuanto antes. ¡No, no!

Venga, mátalo.

¡No! ¡Corta su cuello!

¿Qué ganas con eso? ¡Corta su cuello!

¡Nada devolverá a Marcia, no! ¡Mátalo!

¡Esa perra merecía morir!

¡No me arrepiento de haber sido yo quien le quitara la vida!

Sí, yo la maté.

Le sesgué la vida clavándole el cuchillo que te había robado,

culpándote así de su muerte. ¿Por qué?

Porque Marcia no era capaz de alejarse de mi esposo.

¡Estaba dispuesta a cualquier cosa por estar junto a él!

Las dos no podíamos conservar el amor de Felipe.

Yo la maté.

Y la mataría una y mil veces si fuese necesario.

No, no me mires así.

Si supieras lo que es el amor

como yo lo sé, lo entenderías.

Sabrías que no tuve otro remedio.

Como tampoco lo he tenido ahora.

No he tenido otro remedio que confesar.

Haría cualquier cosa por Felipe.

Cualquier cosa.

Podría haberle ahorrado este tormento.

Nunca pensé que llegarías tan lejos.

Ya tienes lo que quieres.

Déjale libre.

(Pasos)

Señor, ya está todo listo para el viaje.

-Se lo agradezco, Soledad.

Vaya avisando a Jacinto para bajar el equipaje.

-Ahora mismo.

Señora. -Gracias.

Marcos.

Pensaba que partirías más tarde.

-Quería llegar con tiempo a la estación.

-Marcos, por Dios, estoy muy preocupada.

-Ya te he dicho que no hay motivos.

-No sigas mintiéndome.

Intuyo que estás ocultándome el verdadero motivo de tu viaje.

-Solo trato de cerrar un negocio, nada más.

-Nunca me has considerado tonta. No lo hagas ahora.

Creo saber lo que está pasando.

Eres un hombre que se ha hecho a sí mismo

en un país tan duro como Méjico.

No es de extrañar que hayas hecho enemigos muy poderosos.

Y el tal Salustiano tiene todo el aspecto de serlo.

-Por tal motivo, es importante negociar

un pacto apacible y duradero.

-¿Y tienes que negociarlo en persona y en su terreno?

-Siempre he afrontado mis problemas

cara a cara, sin esconderme.

Cariño.

No te miento cuando te digo que no debes preocuparte.

No es la primera vez que me enfrento

a una situación parecida.

No voy a correr ningún riesgo, te lo aseguro.

-Me gustaría creerte.

-Pues hazlo. -No puedo.

-Sí, sin dudarlo.

En cuanto a Anabel y a ti, he hecho todo lo posible

para que estéis protegidas de cualquier contratiempo.

-Marcos.

No puedo evitar angustiarme.

Acabo de encontrar el amor después de tanto tiempo.

Y no quiero perderte.

La simple idea de que te suceda algo

me destroza por dentro.

-Nada ni nadie

me impedirá disfrutar de este amor

que tanto tiempo nos fue negado.

-Te quiero.

-Te quiero.

-Padre, ¿ya se marcha?

-Sí. Sí, hija mía.

Cuídate mucho.

(LLORA)

¿Qué ocurre?

¿Por qué sonríes?

¿Qué pasa?

Comisario.

Laura.

¿Qué significa todo esto?

Felipe, mi amor.

Felipe, perdóname.

Felipe, mi amor, ¿estás bien?

Perdóname.

Perdóname, por favor, todo lo que he dicho es mentira.

Abrázame.

Todo lo que he dicho es mentira, lo he dicho para salvarte.

¡Felipe, todo era mentira!

Felipe, tienes que creerme, todo es mentira.

¡Por favor!

Felipe.

¡Felipe, dime algo, por favor!

Lo he dicho para salvarte.

¡Todo lo que he dicho ha sido para salvarte!

¡Felipe, por favor, créeme, créeme!

¡Por favor!

¡Yo lo he hecho por ti, porque tenía que salvarte!

¡No!

No.

(RESPIRA AGITADAMENTE)

Luego hemos quedado en el centro para comprarle ropita a Moncho.

-Que sí, Lola, me lo has repetido 45 500 veces.

Que no me olvido.

Faena no les va a faltar a don Roberto y doña Sabina.

-Nada que ver con cómo lo regentaba Felicia.

-Y anda que no la echamos nada de menos.

Eso ha sido una tragedia desde el primer día al último.

Mi cita con Antoñito no es para comprarle ropita a Moncho.

-¿Por qué le has mentido? -Para darle una sorpresa.

Es de José Domínguez.

Que ya han desembarcado y que se dirigen a Acacias.

Cada vez queda menos para ver la luz al final del túnel.

En nada habremos alcanzado nuestro objetivo.

-La zona de piedras nos va a dar mucho trabajo.

Venía por la renta de mi piso.

Aunque con lo que está pasando, no sé si habrán pagado.

No se le ha olvidado.

Hay algo que quería decirle de Santiago.

¿De Santiago Becerra?

Estaba pensando en que podríamos ir a tomar algo

y seguir disfrutando de su conversación.

-Siempre es un placer conversar con usted.

No entiendo cómo fue capaz de mantener tanto tiempo

la mascarada delante de su esposa.

No hubiese ocurrido sin mis aliados.

Empezando por usted.

(COMISARIO MÉNDEZ) Genoveva dará con sus huesos

en la cárcel para siempre. (RAMÓN) En el mejor de los casos.

Este tipo de delitos se castigan con la pena capital.

No puedes hacerme esto, Felipe.

No puedes abandonarme otra vez.

Don José, ha subido la maleta. Podía haberla subido yo.

-¿Y doña Bellita?

-Bellita ha fallecido.

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Acacias 38 - Capítulo 1301

05 ago 2020

Un tiempo después

Genoveva está en la cárcel después de confesar el crimen contra Marcia. La señora rumia su venganza contra Felipe. Mientras, los rumores en el barrio por la detención de Genoveva se extienden como la pólvora.
Lolita prepara una sorpresa para Antoñito mientras el joven diputado sigue inmerso en la política y atrayendo el interés de la joven Natalia.
El restaurante no pasa por su mejor momento, las obras de la bodega se dilatan y se están quedando sin ahorros. Sabina propone reducir la calidad del género, pero la clientela lo acusa.
Miguel y Anabel ya se pasean juntos a la vista del barrio, como una pareja consolidada. Marcos regresa por fin de su viaje de negocios en México y descubrimos que algo malo le ha ocurrido a Felicia en su ausencia…
Jose Domínguez avisa de su regreso a Acacias tras su viaje a Argentina, los criados se esfuerzan para poner a punto la casa. Pero cuando llega al barrio tiene una triste noticia: Bellita ha muerto.
 

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  1. Maria

    Excelente Felipe, Israel y Laura....no me imaginé que el encapuchado era Méndez! Soberbios!.. Que pena, el saxofonista al igual que el príncipe pretendiente de Casilda, pasaron por Acacias sin pena ni gloria. Fabiana y Casilda merecen un buen compañero!....otro que preocupa es la soledad de Jacinto! Y Soledad.....me desconcierta. Que pasó con Bellita???? Coincido con Victoria un capitulo como hace mucho tiempo no se veía, me atrevo a afirmar, desde Cayeta y Úrsula

    06 ago 2020
  2. Victoria

    ¡Qué capitulazo! A pesar que nunca creí en su amnesia, jamás imaginé que Felipe actuara con semejante astucia, compinchado con Santiago y con Laura ... cuando aparece en escena un hombre encapuchado y Genoveva pregunta quién es este hombre, supe que era el Comisario Méndez por su estatura, sus ojos en el primer plano largo y sus manos al atar a Genoveva. Han estado increíbles todos los involucrados en el pseudo secuestro, las escenas fantásticas y ... qué decir de Felipe? pues, que Marc ha estado extraordinario y que se nota muchísimo, para los que seguimos la serie desde el principio, como ha crecido y madurado como actor, me gusta. Por lo poco que hemos visto, mañana parece ser que hay "ciertos cambios". Solo comentar que la serie está en un momento muy bueno. Emocionante la despedida de Felicia a su marido. Antoñito preocupado por la carta recibida y "atontado" por la arpía de Natalia. Lo que me ha dejado de piedra es la ¿muerte de Bellita?.

    05 ago 2020
  3. carmela

    ¡¡¡Clara Garrido se lució en la escena de la confesión, excelente!!! Felicitaciones...

    05 ago 2020