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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1299 - ver ahora
Transcripción completa

Tiene tres días.

-¿Y si no pago? -Deberá asumir las consecuencias.

Vamos a negociar.

Tengo dinero, mucho.

Podemos pagar un rescate.

No denunciaremos, pagaremos y lo olvidaremos todo.

¡Déjanos, por favor!

¡Silencio!

(ANABEL) "Lo mejor será que hables claro".

-Tu padre ha recibido una carta del mío y espera respuesta.

Si es afirmativa, seremos amigas.

Si no, me deberé a mi familia y le contaré a tu querido Miguel

cómo fueron tus amoríos con mi hermano Aurelio.

-Eso es... despreciable.

-También le contaré cómo acabaron

esas relaciones tan idílicas y románticas.

-Tu hermano es el primero que no puede querer que eso se sepa.

-Tú tienes mucho más que defender.

-Hemos ido al especialista para ver qué tenías.

Siempre es mucho mejor decir la verdad que la mentira.

-No quiero decir nada hasta que no sepan qué me pasa.

-Mira, Lolita, tanto tu marido como el mío estarán muy contentos

si saben que has ido al doctor. -Que no lo quiero decir.

La voz del encapuchado, ¿no te ha parecido conocida?

A mí no.

¿Y a ti?

No sabría decir quién, pero... me ha resultado muy familiar.

He tenido la suerte de no solo vivir en esos lugares,

sino también de conocer muchos otros.

-No hay nada que abra más los ojos y la mente.

Y sus ojos son tan bonitos que deberían estar bien abiertos.

-¿Qué quiere tomar?

-Un té.

-Yo casi mejor una manzanilla.

¡Abra! ¡Abra! ¡Felipe, tranquilízate!

Tú mismo lo has dicho, saldremos de esta.

Aquí nos tienen que escuchar.

¿Crees que nos encerrarían donde pudieran oírnos?

¿Fabiana piensa en novios? -Claro que no, como que no tiene.

Hay que buscarle uno. -Y ya de paso...

otro para mí también.

-Soledad, no sé si podría ayudarme.

¿Puede enterarse de qué les ocurre a ambos?

-No sé si puedo... -Anabel confía mucho en usted.

Seguro que le cuenta más cosas que a mí.

Intente enterarse, así podemos ayudarla.

Veo que se rodea usted de amigos poderosos.

No hay puros más caros que estos.

Vienen desde Cuba.

La gente paga una fortuna por ellos.

-No tengo ni idea de quién ha podido mandarlos.

El mozo no me ha dicho nada.

(SUSANA) ¿Y tu regalo?

-Unos días en el hotel donde iban a estar Genoveva y Felipe.

-¿Iban? ¿Es que, acaso, no han ido?

-Habrán cambiado de opinión.

He llamado al hotel y me han dicho que no han llegado.

-No sé por qué, pero esto me parece muy extraño.

El señor Enríquez es el director del banco,

con el que estuve ayer. -Oh, perdone.

-¿Desea tomar algo? -No.

En realidad, esto es una visita profesional.

Venía a hablar con ustedes del préstamo solicitado.

Quiero presentarte oficialmente como mi novia.

Y que tú me presentes a tu padre. -No vamos a formalizar nada.

Vamos a dejar de vernos. -¿Qué?

-Nuestra relación no tiene ningún futuro.

Lo mejor será que la abandonemos ya,

sin esperar más.

-¿Aún no sabe quién soy?

Misterio resuelto.

Tenías que ser tú, malnacido.

No pensaría que la iba a dejar en paz,

que se iba a escapar de rositas.

¿Eras tú quien me mandaba esos absurdos anónimos?

Así es. Oh...

Debería haberlo adivinado.

Solo un miserable como tú

sería capaz de hacer una felonía así.

¿Qué pretendes con todo esto? ¿Sacar dinero?

No, lo único que quiero es vengarme por lo que me hizo a mí y a Marcia.

No te creo.

Dime qué cifra quieres por liberarnos.

¿Cuál es tu precio?

Todo el oro del mundo sería poco

para que les dejara salir bien librados de este brete.

Entonces ¿qué es lo que pretendes con esta mascarada?

¿Que qué pretendo?

¡Exijo que deje a mi esposa!

¿Quieren saber qué pretendemos?

Dígalo de una vez... y déjenos libres.

Quiero la verdad,

quiero una confesión de su puño y letra.

Quiero que confiesen que asesinaron a la pobre Marcia a sangre fría.

¿Qué dice este hombre?

No le hagas caso, todo son sandeces de un perturbado.

¡Yo no pienso firmar nada!

Eso ya se verá.

No puede obligarnos a firmar esa mentira.

No puedo creer que pienses de esta manera.

¿Cómo vamos a romper con lo nuestro?

Yo te adoro y tú sientes lo mismo por mí.

-Eso es indiferente.

Tú eres un buen hombre...

y lo mejor que puedes hacer es mantenerte alejado de mí.

-No te comprendo, ¿por qué tratas de alejarme de ti?

-No puede ser de otra forma.

-Querías, hasta hace un momento, que te diera una señal de mi amor,

una demostración de que mis intenciones eran serias,

y yo lo he hecho dos veces.

-Se bien lo que hemos hablado... y lo que tú has hecho.

-¿Entonces?

¿Por qué tratas de apartarme como un apestado?

Anabel, me estás haciendo daño.

-Siento mucho que estés así.

Pero solo puedo decirte que no era mi intención

jugar con tus sentimientos.

-Pues bien que te has lucido.

A mi parecer, es lo único que has hecho.

-Me gustaría poder contarte otra cosa,

pero no me es posible.

Esto es lo mejor para los dos.

No tiene sentido que prolonguemos una relación

que luego nos perjudicará a ambos.

-Como quieras, pero al menos podrías darme una explicación.

-Me encantaría poder contarte toda la verdad.

-¿Y por qué no lo haces?

¿No me consideras lo suficientemente maduro?

¿No confías en mí?

-No, no es eso...

Simplemente, no puedo.

-No voy a insistirte más.

Esta conversación no nos va a llevar a ningún sitio.

Si quieres distancia, no dudes que la tendrás.

Van a sufrir como perros.

No cesaré hasta que cuenten si fue usted sola, Genoveva,

o si, en realidad, fueron cómplices.

Eres un hijo de perra, no vas a sacarnos ni una palabra.

Pagarás por todo esto, bastardo.

Te lo juro. Eso, siga insultándome.

Los improperios de una mujerzuela de su calaña

no hacen más que animarme a iniciar mi tarea.

Me parece que voy a disfrutar mucho con usted.

Eres un malnacido.

Les recomiendo que admitan su culpabilidad cuanto antes.

Solo así podrán librarse de este tormento.

Y quizá...

hasta recuperarán su libertad.

Quién sabe si mutilados de por vida,

pero vivos, al fin y al cabo.

Vaya, señorita...

¿Qué tiene usted?

¿A qué vienen esos lagrimones?

-No, no, nada, tan solo un pequeño disgusto.

Gracias por preguntar.

-Servando.

¿Sabes usted qué le pasa a esa buena moza?

Una discusión de enamorados.

A juzgar por su cara, no ha debido de terminar muy bien.

¿Lo habrá dejado el novio?

Por lo que he oído, que no he cotilleado... (CARRASPEA)

Más bien ha sido al revés.

Le ha dado calabazas ella a él.

Ha debido dolerle mucho hacerlo.

Ya sabe usted, amores de juventud.

Ingenuidad, pasión,

arrebatos incontrolados. Bueno, un infierno.

Porque usted lo diga...

Nuestro paso por este mundo sin amor es un erial.

Todo eso que critica es la sal de la vida,

ya sea cuando uno es joven

o cuando ya se está viendo cómo se viene acercando la parca.

Llevas muy callada toda la tarde.

-Será que tengo nada que decir.

-Andas revuelta con lo del médico, ¿no?

-La verdad es que sí.

Me han hecho la mar de perrerías,

y no han dado con la causa de mis desmayos.

¿Es o no es para preocuparse?

-Mujer, los resultados de las pruebas

dicen que no tienes nada.

-No, dicen que no saben lo que tengo,

que es bien distinto.

-Tal vez deberías buscar una tercera opinión

para quedarte más tranquila.

-Un médico cura; dos, dudan; tres, muerte segura.

-Mira, Lolita,

no me vengas con refranes de abuelas de Cabrahígo.

Si dos no aciertan, probablemente lo haga un tercero.

-No lo creo, Carmen, además, estoy cansada de ellos.

Y de engordar sus cuentas corrientes con visitas que no valen pa na.

-Estás viendo el vaso medio vacío.

Las pruebas dicen que estás bien.

No hay nada por lo que inquietarte.

-Entonces ¿qué es lo que me ocurre?

-Nada... Lolita, nada.

Tan solo que ahora sabemos que no hay ninguna dolencia grave

detrás de tus vahídos, y punto redondo.

-Pues yo estaría más contenta

si no me encontrara tan rara como me encuentro.

No hemos avanzado.

-¿La flojera esa que sentías no se te has pasado ni un poco?

-No.

Va a más, y los médicos solo me dicen que son nervios,

lo que me saca más de quicio todavía.

-Vas a tener que echarle mucha paciencia, Lolita.

-Eso dicen, que repose, como si una no tuviera nada que hacer

o un hijo que atender.

-La tienda, ya sabes, la puedo llevar yo.

-Que no.

Además, si me quedo en casa, me subo a la lámpara.

-También te han dado un reconstituyente.

-Que no me hace na.

Y que, por cierto, me suelta la tripa.

A saber qué tendré por dentro.

-Has de ver como a la postre no será nada.

Ahora que, no sé, yo se lo diría a Antoñito.

-No.

¿Para qué le voy a decir na?

Con todos los problemas que tiene ya.

-Pero ¿cómo que no?

Esto es un asunto principal.

Y, si tan preocupada estás, debes contárselo a él.

-Él no me va a curar.

-Pero te puede animar.

Y te puede ayudar a averiguar

todas las dudas que tienes sobre tu salud.

-Que no, ¿para qué le voy a decir na?

Ya ha escuchao al médico, son nervios.

-Nada, hija, tú sabrás lo que te haces.

Yo se lo diría.

-Yo creo que me voy a acoger

al remedio de toa la vida de Cabrahígo.

-Miedo me da preguntarte qué es.

-Ajo y agua.

-Ay, Lolita.

-¿Qué tendrá mamá, Monchito?

-Padre, ¿tiene un momento?

-Para ti todos los que quieras.

¿Qué te ocurre?

-Padre, soy muy desgraciada.

-Hija, cuéntame, me estás asustando.

En esta vida, todo tiene arreglo.

-No, no lo creo.

-Siéntate.

Cuéntame lo que ha pasado.

-Estoy en manos de una desgraciada que intenta arruinarme la vida.

-¿Y?

-He tenido que pedirle a Miguel que deje de verme.

-¿Por qué lo has hecho?

-Natalia me obligó.

Me ha amenazado con contarle

lo que sucedió con Aurelio en México hace años.

-¿Y qué busca con eso?

-Presionarme.

Quiere que le convenza a usted a que dé su brazo a torcer

y acepte la oferta de don Salustiano.

-Menuda víbora.

-Esa familia es capaz de cualquier cosa,

por eso he dejado mi relación con Miguel,

para quitarle las armas que tiene contra nosotros.

Imagino que usted tendrá sus razones para no aceptar esa oferta.

-Sí, sí. Claro que sí.

Te advertí que no te relacionaras con esa chica.

-Créame, estoy pagando con creces no haberle hecho caso.

-No llores, que se me parte el corazón de verte.

-Estoy rota por lo que he hecho.

Compréndalo, padre.

-Eso tiene solución.

Tú no tienes por qué preocuparte por mis negocios con los Quesada.

Y no hay razón para que dejes de verte con Miguel.

-Pero la amenaza iba muy en serio.

-Eso no es suficiente para que rompas con ese muchacho,

al que tengo en muy buena estima.

-Miguel es muy buena persona.

Por eso no quiero que pague por los platos rotos

de mi relación frustrada con Aurelio.

-Lo que ocurrió con el primogénito de los Quesada

ya está olvido, ¿no?

Y, si te están acosado, es por un interés económico.

-¿Qué más dan los motivos?

El daño puede ser igual sin importar lo que empuja a Natalia

a comportarse de forma tan rastrera.

-Confía en tu padre y estate tranquila.

Sé muy bien cómo pararle los pies tanto a Aurelio como a Natalia.

-Tendrá que andarse con mucho cuidado, padre,

ya sabe de la calaña que son.

Felipe, ¿estás bien?

Sí.

Solo estoy algo aturdido.

Tenemos que conseguir escapar de este malnacido.

Y cuanto antes.

Maldita sea esa tal Marcia.

No sé qué papel juega en nuestras vidas,

pero estoy harto de que su nombre salga a relucir una y otra vez.

Ah...

¿Te duele mucho?

Un poco.

Pero nada que deba preocuparte.

Me duele mucho más la duda.

¿Fui yo quien mató a Marcia?

¿Hay... alguna posibilidad de que yo sea su asesino?

No, ninguna.

Destierra ese pensamiento de tu cabeza inmediatamente.

¿Estás segura de que es así?

No me importaría confesarlo si fuera así,

y poner fin a este calvario.

Confía en mí.

Es imposible que tú cometieras ese crimen.

Y, si confiesas en falso, no servirá de nada.

Él busca otra cosa.

Ya.

En ese caso, estamos perdidos... hagamos lo que hagamos.

He visto la mirada de ese tipo...

en muchos asesinos...

Él es uno de ellos.

Él es un asesino.

Felipe...

De lo único que puedes estar seguro

es de que nosotros no cometimos ese crimen.

Yo no sentía ningún aprecio por Marcia,

pero no la maté.

Qué importa eso ahora.

Estamos aquí encerrados y no podemos abrir.

Saldremos.

Si permanecemos unidos y no dejamos que ese hombre

se interponga entre nosotros, saldremos.

Conozco a ese tipejo. No.

Sé que, aunque ahora lo niegue, la codicia es lo que le mueve.

Dice que el dinero no es el motivo. Miente.

Luego cederá y pedirá dinero por nuestra libertad.

Ojalá fuera así.

Pero lo dudo muchísimo.

Confía en mí.

Lo haré.

Haré todo lo que esté en mi mano para sacarte de aquí viva.

Incluso estoy dispuesto a morir.

Sí.

Lo haré encantado... si tú logras escapar.

No tendrás que sacrificarte por mí.

Saldremos juntos de esta.

Nosotros superaremos esta prueba.

Carmen, ¿aún sigues con las tareas de la casa?

Ya está muy entrada la tarde.

-Sí, Ramón, pero aquí nunca se acaba el trabajo.

Quería pulir esta mesa, está llena de marcas

y nunca tengo tiempo de adecentarla.

-¿Y Lolita qué hace?

-Está descansando en el cuarto.

Moncho ha estado muy revoltoso esta tarde.

-Pero ¿ya está bien?

Se le pasaron los achaques. ¿No es así?

-Sí, más o menos. -¿Cómo que más o menos?

-Quiero decir que mucho más que menos.

La verdad es que está como una rosa, aunque...

Algo le queda, pero nada. Poca cosa.

(Timbre)

-Sí, sí, ya voy yo.

-Carmen, querida, céntrate un poco.

¿Está bien o no está bien?

-Que sí, Ramón, estupendamente.

-¿Quién era?

-Un mozo, ha traído esto para mí.

-Vaya.

Es una de las joyerías más caras de la ciudad.

Aquí no tienen nada que valga menos de 200 pesetas.

-Ábrelo, a ver qué es.

-Ya.

¡Puf!

Este reloj tiene que costar un potosí.

-Sí, parece de oro.

-¿Y quién te ha hecho este regalo tan ostentoso?

-Ni idea, el mozo no ha dicho nada y no viene tarjeta.

-¡Qué cosa más extraña!

La gente no hace este tipo de regalos así como así.

-Pues estoy un poco mosca.

Ayer recibí unos puros habanos de la mejor calidad.

-¿También sin tarjeta?

-Yo no sé si tendrá o no que ver con la política,

lo que sí sé es que huele a chamusquina.

-Soy de la misma opinión.

Mucho me temo que este regalo tiene bastante más que ver

con el nuevo cargo que ocupas que con tu persona.

-¿Cree que alguien quiere conseguir algo de mí?

-No le encuentro otra explicación.

Nadie regala nada por nada, y este reloj no es cualquier cosa.

-¿Y qué cree que debo hacer?

-Andarte con pies de plomo,

tratar de devolver el reloj y los puros

y no aceptar ningún tipo de regalos.

-¿A quién se lo devuelvo?

No viene tarjeta ni remitente ni una nota, nada.

-El reloj lo puedes donar a la parroquia,

o depositarlo directamente en el Congreso.

-Me parece una muy buena idea.

Y los puros los puedes repartir a la puerta de la iglesia,

entre los más menesterosos, seguro que te lo agradecen

-Sí que es buena idea, sí.

-Mientras os lo pensáis, voy a ver cómo andan estos.

-Es una pena, mira que es bonito.

-¿Les apetece un barquillo? -No, gracias.

¿Qué haces mirando por la ventana?

¿Viendo cómo funciona tu antiguo restaurante?

-No. El restaurante va bien.

Estaba pensando en otra cosa.

-A ver, ¿puedo preguntarte qué?

-Estaba pensando en ti.

-No sé cómo tomarme eso.

¿Qué es lo que te preocupa?

-Desde hace un tiempo, te noto más inquieto.

Concretamente desde que los hermanos Quesada

llegaron a este barrio.

-Pues sí. Sí, admito que es cierto.

Últimamente, no ando muy sosegado, no.

-Así que estoy en lo cierto.

Es por ellos. -Sí, pero...

No debes preocuparte, está todo controlado.

-Marcos, no acabo de creerte.

Estás muy diferente.

-De verdad, está todo bien.

Como te conté,

el padre de Aurelio y Natalia, don Salustiano Quesada,

fue socio mío durante mucho tiempo

en el negocio de las explotaciones mineras.

-Y algo ocurrió entre vosotros, supongo.

-Eso es, tuvimos algunas disputas y la sociedad se rompió.

-¿De forma consensuada?

-En parte, y quedaron algunos flecos sueltos.

-Por eso, Aurelio vino a España, para solucionarlos, ¿no?

-Eso es. Ahora me ha traído una carta de su padre

con las condiciones para cerrar la cuestión.

-Condiciones que no te hacen muy feliz.

Si no, no estarías todo el día con el ceño fruncido.

-Sí, pero seguro que don Salustiano y yo

acabaremos llegando a un acuerdo.

Se trata solo de un tedioso asunto de negocios,

no hay más cera de la que arde, de verdad.

-Marcos.

Si todo es tan sencillo como me lo estás contando,

¿por qué los dos hermanos han venido a España?

-Verás, la situación en México es peliaguda.

Y mi exsocio siempre se ha significado

por el general Huerta y en contra de los revolucionarios.

-¿Tanto como para poner en peligro a sus hijos?

-Ellos ahora se han convertido en un objetivo claro de secuestro

o incluso asesinato para los hombres de Zapata, Villa o Carranza.

-Por eso don Salustiano ha querido sacar a sus hijos de ese país, ¿no?

-Sí, claro. Esa es la explicación lógica.

-Marcos, no sé.

Si todo es tan fácil como me lo estás contando,

¿por qué estás tan nervioso?

-¿No será porque tengo una esposa que se preocupa en exceso de todo?

-Puede ser.

Pero algo me dice que estos dos ha venido por algún asunto.

Y tú no me lo estás contando. -Deja de buscar pelo al huevo.

No se merecen que les prestemos tanta atención.

Voy a pedirle a Soledad que nos ponga unos cafés.

-La verdad, me extraña mucho que Genoveva y Felipe

no hayan llegado todavía a Salamanca.

-¿Cómo sabe que no llegaron allí?

-Rosina; se enteró por casualidad

de que no habían llegado al hotel donde iban a alojarse.

Reconozco que, desde entonces, estoy inquieto.

-No me extraña,

es un retraso excesivo para un viaje no tan largo.

-Más aún si tenemos en cuenta

que volví a ponerme en contacto con el hotel

y me dijeron que tampoco habían cancelado la reserva.

-¿Cree usted que pudieran haber tenido un incidente?

-Eso es obvio.

Seguro que les ha pasado algo durante el viaje.

Hasta he pensado dar parte al comisario Méndez.

-¿No le parece un poco precipitado?

-A mí me parece una situación alarmante.

-Coincido en que la situación es extraña,

pero también pudiera ser que, a última hora,

hayan cambiado los planes del viaje.

-En ese caso, habrían cancelado la reserva, ¿no?

-Pueden haberse olvidado.

-Conozco a nuestro amigo,

siempre ha sido muy ordenado para esas cosas.

-Liberto, las malas noticias son las primeras en llegar.

Si así hubiera sido, ya nos habíamos enterado.

Pero, si se queda más tranquilo, hable con el comisario Méndez.

-Personalmente, creo que es lo más adecuado.

-En ese caso, mañana, le acompañaré para hablar con él.

-Gracias. Le estaré esperando.

-Con Dios. -Con Dios.

-¡Liberto!

(SUSPIRA) Te tengo que contar una cosa.

He cambiado de opinión.

Ya no vamos a ir al hotel donde íbamos a ir.

-He reservado un hostal precioso a las afueras, cerca del río.

-¿De qué río?

-¿De qué río va a ser? ¿Del que fuimos a pescar truchas?

Me va a sentar mal si no recuerdas lo que pasó en ese río.

-Sí, cariño, "el río".

-¿Lo recuerdas?

-El río, claro. Nuestro río, vamos. No hay otro río.

(RÍE) ¡Ay!

-Es el lugar perfecto para revivir nuestro amor.

-Amor mío, eres un sol, te agradezco que seas tan detallista.

Dame un besito. -(ESTORNUDA)

Ay, perdona, menos mal que no te he llenado de babas.

-No, no, pero poco ha faltado.

De todas formas,

¿estás en condiciones de salir de viaje?

-Estoy perfectamente.

(CONGESTIONADA) Estoy como una rosa.

En el río se me pasa. -Seguro.

(Música)

-Muy buenas noches, ¿ha vuelto para escucharme tocar?

-No, andaba por aquí, nada más.

-Pero es usted la que se marchó a escape el otro día.

-No, es que... tenía prisa.

Oiga...

-Es muy peculiar ese instrumento que usted toca.

No lo había visto nunca.

-Se llama saxofón.

Muchas orquestas lo incluyen entre sus instrumentos,

aunque tengo que reconocerle

que no es muy popular por estos lares.

-No debe de ser na fácil de tocar con tantas clavijas como tiene.

-Es como todo, con un poco de práctica se aprende,

aunque no todos lo llegan a dominar.

-Pues usted lo hace de dulce.

-Muchas gracias.

Llevo enganchado a él tantos años

que me resulta más sencillo tocarlo que hablar.

-Me gusta mucho cómo suena.

A veces parece como si llorara, es bonito y triste al mismo tiempo.

-También puede ser alegre y divertido, bailarín,

como una moza en una verbena.

Y dígame, ¿qué le trae a usted por estas tierras? ¿De dónde viene?

Vengo de Barcelona,

y trato de buscarme las lentejas por aquí, como todo el mundo.

-Sea usted muy bienvenido.

Estoy completamente segura de que le va a ir muy bien por aquí.

-Si todo el mundo es tan amable como usted,

seguro que me ira de perlas.

-¿Puede usted tocar otro poquito?

-Por supuesto que sí.

-¿Quién es ese músico

que hace tan buenas migas con Fabiana?

-(SUSPIRA) Dios quiera que me haya dejado aquí ese portafolios.

-(RESOPLA) Menos mal.

Ande que, si llego a perderlo, arruino mi carrera.

-¿Qué hace aquí, abuelo? -¡Miguel!

¡Jodó! ¡Qué susto me has dado!

Ten cuidado, ya no tengo edad para aguantar estos sustos.

-Perdóneme, pero me había dejado unos documentos

y he tenido que regresar a la carrera.

¿Qué lleva en ese saco?

-¿En qué saco?

-En el que iba arrastrando.

-Mira, prefiero no decirlo. -¿Es arena de esa reforma

que llevan haciendo desde que llegaron?

-Chis, habla más bajo, que no quiero que nos oiga tu abuela.

-Me está asustando. ¿Qué lleva ahí dentro?

-Son los embutidos y los quesos de Cabrahígo

que Lolita se empeñó en regalar a tu abuela.

-¿Y por qué los tira a sus espaldas?

-A tu abuela le da pena tirarlos

y yo no puedo soportar el olor que sueltan.

Hasta las ratas salen corriendo cuando dan con uno de esos quesos.

Mira, mira, huele.

-¡Uf! Sí, sí, sí que huele fuerte.

-Algún cliente con el olfato fino se ha marchado

porque le ha dado el olor.

Ya hasta sale del almacén.

-Sí, será mejor que los deje bien lejos.

Hasta que no tengan la bodega no pueden tenerlos.

Bueno, ¿y cómo va la obra?

-Ah, ¿no te hemos contado?

Ahora tu abuela quiere reformar el interior del local,

lo mismo tenemos para tres o cuatro meses.

-Pero ¿están seguro? Eso les va a salir muy caro.

-Bueno, es el acuerdo al que hemos llegado ella y yo.

-¿No les importa gastar y han llegado a un acuerdo?

Ya.

Eso no es propio de ustedes.

-Bueno, la gente cambia.

-Sí, pero no a su edad.

-Ya ves.

Bueno, espera aquí un momento, que enseguida vuelvo.

-Me da a mí que en esa bodega hay gato encerrado.

-Carmen, gracias por ayudarme a abrir la tienda hoy.

Necesito un buen empujón pa ponerme en marcha.

-¿Sigues estando debilucha? -Sí.

Esta mañana me cuesta hasta poner un pie delante del otro.

-Ay, Lolita, me tienes preocupada.

-No se apure, esto pasará.

Además, los médicos han dicho que no tengo na.

-Sí, pues ayer estuve a puntito de contarles la verdad

a Antoñito y a Ramón sobre lo de tus mareos.

-Menos mal que no lo hizo y se quedó calladita.

No quiero que se enteren.

-Qué manía más rara te ha dado con cerrar la boca, hija.

-¿Para qué se lo iba a contar? ¿Ellos me van a arreglar algo? No.

Solo conseguiría preocuparlos.

-Mira, haz lo que quieras.

Como nuera, buena eres,

pero tozuda... eres un buen rato.

-A las buenas. -Buenas.

-Qué tarde han abierto.

-Se me han pegado las sábanas. Dime, ¿qué te pongo?

-Na, es que no he venido a comprar.

-¿Y entonces?

-He venido a charlar sobre la seña Fabiana.

-Sigue con su ataque de melancolía.

-¿No le ibas a buscar un novio?

-Claro, como si fuera tan fácil.

Tendrían que haberla visto esta mañana.

Me la he encontrado suspirando como una colegiala.

Pa mí que se puso peor

cuando se enteró de que la Pascuala, que es de su quinta,

se casa en breves.

-Pues eso sí que tiene mérito.

Digo yo, esa mujer... es más añosa que Fabiana...

o se conserva muy mal.

-Pues eso no lo sé.

El caso es que entoavía la seña Fabiana está más mohína.

Dice que es un trasto viejo,

que se va a quedar más sola que la una,

que ya no vale ni pa vestir santos...

Una pena escucharla.

-Algo tendremos que hacer por ella.

Fabiana es más buena que el pan blanco.

Oye...

¿Por qué no le preguntas a Jacinto?

En su gremio habrá algún portero casadero y de buen ver.

-Sí, seña Carmen. Esa no es mu mala idea.

Le preguntaré a Jacinto,

a ver si encuentra un buen pretendiente de enjundia.

-¿Lolita? ¿Y tú, qué? Que no has dicho ni chus ni mus.

-Yo... na.

-Hay que ver, hija mía.

Estás más aplataná que un clavel pisoteao.

¿No te encuentras mejor de lo tuyo?

-No estoy totalmente recuperada, pero es por Moncho,

le ha dado por berrear por la noche. No pego ojo.

-Na, a ver si te da una buena noche.

Y descansa, que se te ve aplataná.

Con Dios.

(CARMEN) Con Dios, Casilda.

-(SUSPIRA) -¿Qué? ¿Lo ves?

Hasta Casilda, que a veces no se percata de nada,

se ha dado cuenta de que no estás bien.

Algo tienes que hacer.

-Se me está viniendo una idea a la cabeza.

No sé cómo no se me ha ocurrido antes.

-¡Uf!

Ojito, que el remedio no sea peor que la enfermedad.

(Cerradura)

Cariño, ya vienen.

Despierta.

¿Qué hora es?

¿Cuánto llevamos aquí?

¿Es que no vas hablarnos?

Si tuvieras algo de seso, nos tratarías mejor,

podemos darte mucho dinero.

Veo que he despertado tu interés.

Si nos ayudas, no te arrepentirás.

¡Por favor, no la toques! ¡Por favor!

¡Dilo! ¡No, cariño! ¡Ya, ya, ya!

No lo provoques. ¿No ves que no va a decirte nada?

Querrás decir, que no la provoque.

¿No ves que es una mujer?

Espere, espere.

Deme un poco más de agua, apenas he bebido.

¡Serás perra!

Te aseguro que vas a pagar por cada gota de agua

que has derramado.

¡No, no, basta!

¡Basta!

¡Apártate! ¡Suéltale!

¡Quita, zorra! ¡Suéltale!

¡Suéltame si tienes redaños! Deja que te dé tu merecido.

¡Te juro que te arrepentirás de esto!

Ya, ya...

Ya.

Ya, ya.

Estate tranquila. Tranquila, tranquila.

Tranquila, ya está, ya está.

Ya está.

-No se ha dado nada mal todo lo del préstamo.

-Y tanto.

Ya tenemos todo el dinero en la cuenta.

-Gracias a ellos, vamos a poder financiar

el resto de la "reforma".

-Todo un detalle por su parte.

-Es irónico que sea el propio banco el que nos facilita las cosas.

-Ya.

-Oye, ¿te has fijado bien dónde está la cámara con el dinero?

-Por supuesto.

Puedo llevarte hasta ella con los ojos cerrados.

-Eso espero, no quiero dar ni una palada de más.

Tengo los huesos doloridos de tanto cavar

en ese puñetero túnel.

-No te apures, lo tengo todo mejor calculado

que los ingenieros esos que hacen los puentes colgantes.

Mira, el túnel nos llevará justo debajo de la cámara acorazada,

solo tendremos que cavar un poco hacia arriba y, "voilà",

el dinero nos caerá encima.

En unas semanas seremos ricos, Sabina.

-¿Cuánto crees que puede haber en la cámara acorazada?

-No te sé decir, pero, si elegimos el día adecuado,

puede que más de un millón de pesetas.

-Eso y lo que nos han prestado, todo un capital.

-Nunca hemos visto semejante cantidad de dinero junto.

-Será el mejor golpe de nuestra vida.

-Ya lo creo.

Cada saco de arena que hemos sacado

va a valer su peso en billetes de cien.

-No va a quedar ni una peseta en el banco,

lo dejaremos limpio como una patena.

-Y luego, a darnos la gran vida,

a vivir como potentados, que ya va siendo hora.

-Va a ser un robo limpio,

sin pegar una voz, sin armas...

y sin víctimas por medio.

-Una víctima sí va a haber: el banco.

-Pero tienen sucursales, les sobra el dinero,

lo nuestro solo va a ser un pequeño roto.

-Sí.

Que nos va a venir de perlas a nosotros.

-Brindo por lo bien que están yendo las cosas.

-Por la gran vida que nos vamos a pegar.

-Y ahora tenemos que ser más cautelosos que nunca.

-Ya. -Anoche, sin ir más lejos,

Miguel me pilló con un saco de escombros

entre las manos.

-No creo que ni Miguel ni nadie sospechen nada.

Además, el otro día leí en la prensa

que la policía había dejado de investigar

el robo que hicimos en Edimburgo.

-No me fío del todo.

Puede ser un truco de la policía

para que nos relajemos y bajemos la guardia.

-Eso no va a pasar.

Llevamos toda la vida con esto, nunca han sospechado de nosotros.

Reconócelo, somos el sumun de la prudencia.

-Te doy la razón.

Ojalá nuestro hijo y nuestra nuera hubieran sido igual de prudentes,

no estarían pagando por sus delitos.

-Ya.

-Los pobres pecaron de soberbia y de temeridad

y dejaron solo a su hijo.

Me da tanta pena de Miguel y de ellos.

-No te aflijas, Sabina.

Lo mejor que podemos hacer por nuestro hijo

es cuidar de nuestro nietecito.

Y, con todo el dinero que vamos a conseguir,

lo vamos a tener fácil.

-Venga. Anímate, que tenemos que atender el local.

Venga, échame una mano.

-Perdóneme que le aborde de esta manera,

usted es el diputado Antonio Palacios, ¿verdad?

-El mismos, sí. ¿En qué puedo ayudarle?

-Mi nombre es Solano, encantado de conocerle.

-Me gustaría convidarle a un café y charlar con usted.

Hace días que busco el momento oportuno.

Si fuera tan amable de dedicarme unos minutos...

Le aseguro que es un asunto de sumo interés para usted.

-Está bien, de acuerdo,

tomemos un café rápido en la terraza.

-Pues usted dirá.

-Bueno, lo primero que quiero hacer

es felicitarle por su reciente nombramiento

como presidente de la comisión de reformas legislativas

de la industria.

-Se lo agradezco. Vaya al grano, tengo algo de prisa.

-Me gustaría hablarle como portavoz de varias empresas del sector minero

que están muy ilusionadas con su nombramiento.

-No veo por qué pueden alegrarse tanto

de la responsabilidad de mi cargo.

-Usted es un hombre joven...

y esperamos... que va a estar muy abierto

a las necesidades de todos los sectores.

-Mi intención como legislador

es ayudar desde las Cortes al desarrollo de la nación.

-No lo dudo ni un momento,

pero mis representados esperan...

que usted sea especialmente sensible hacia ellos.

-Lo siento, pero no termino de entenderle.

-Es muy sencillo.

Solo le pedimos que muestre cierto interés

hacia un nuevo proyecto de reforma de la ley de minas

que se está barajando.

-Ya. Pues siento decirle que el partido conservador

se opone a dicha reforma

y yo, como miembro del mismo, no voy a llevarles la contraria.

-Valoro la lealtad a sus correligionarios.

Eso le honra, pero permítame decirle...

que mis amigos... agradecerían en extremo

que usted, como presidente de la comisión,

impulsase la tramitación de dicha ley.

Después sería el pleno del parlamento

el que la aprobara o la rechazara,

usted no estaría incumpliendo la disciplina del partido.

No tiene nada que perder.

Y mis representados pueden llegar a ser muy generosos.

-Ya, ya. No hace falta que siga hablando.

Ya veo por dónde van los tiros.

Usted es quien me ha enviado unos puros y un reloj, ¿no?

-¿Han sido de su agrado?

-Le ruego que deje de hacerme regalos.

Y, por favor, deme una dirección donde pueda devolverlos.

-Pero ¿por qué se altera?

No debe preocuparse de nada.

Los regalos son una muestra de buena voluntad, nada más.

No está obligado a nada.

-Bueno, déjese de buenas voluntades.

Insisto, si me facilita la dirección, se lo devuelvo.

Si no, lo donaré todo a la parroquia.

-Por cierto, respecto a la propuesta de sus amistades,

le sugiero que sigan el cauce legal pertinente.

Es decir, que presenten las alegaciones del proyecto de ley

y la comisión lo estudiará detenidamente.

Adiós, muy buenas.

-(SUSPIRA)

Camarero.

Don Marcos.

Qué casualidad, no sabe cuánto me alegro de verle.

-¿Casualidad?

A mí me parece que estabas haciendo guardia

hasta que yo saliera. -Menudas cosas tiene...

¿No le parece que usted y yo tenemos una charla pendiente?

-Lo lamento, pero no tengo la misma opinión.

-Solo será un momento. -¡No!

-Bastante tengo con aguantar las presiones

de tu padre y de tu hermano.

-Lo tiene muy sencillo para zanjar todas esas presiones

de las que me habla.

Acepte el generoso trato que le propone mi padre.

-Créeme si te digo que estaba dispuesto a ceder...

-Lo celebro. -Pero déjame que termine.

Estaba dispuesto a ceder, pero el chantaje

que le estás haciendo a mi hija me lo impide.

-Menudo contratiempo.

-¿Cómo te atreves a plantarte delante de mí?

-No se lo tome tan a la tremenda y acepte,

de lo contrario, lleva a su familia a un auténtico desastre.

-Mide tus palabras, no te consiento esas bravuconerías.

-Temple y piénselo un segundo.

-No tengo nada que pensar. -Yo diría que sí.

Si le cuento a sus vecinos lo que sé sobre su familia,

Anabel tiene mucho que perder,

pero usted aún más; y no me refiero solo a lo económico.

-Hay ciertas cosas...

que sé sobre usted que arruinarían su buena fama en este barrio.

(Toses)

Felipe, ¿estás bien?

Sí. (CARRASPEA) Estoy bien.

Simplemente tengo la garganta seca. (CARRASPEA)

Esa desgraciada apenas nos ha dado de beber.

Han tenido que pasar muchas horas desde que se fue.

Pasos.

(TOSE)

Vamos a tener que empezar con nuestra labor.

No vas a sacarnos nada, ni una palabra.

Me parece que se equivoca.

Necesito una confesión.

Y no voy a parar hasta conseguirla.

No nos das miedo.

Estás a tiempo de soltarnos y huir.

O tarde o temprano pagarás por lo que estás haciendo.

Déjese de amenazas... y empiece a hablar.

No tengo nada que contarte.

Su silencio le va a costar mucha sangre.

Le voy a sacar la piel a tiras.

Como hacen los hacendados de mi tierra con sus esclavos.

Voy a gozar mucho dándole su merecido

a un miserable como usted.

-Me parece que, de todos los Quesada,

tú eres la peor.

Aunque no me sorprende, has tenido buenos maestros.

-Me lo tomaré como un cumplido.

-Eres una niña malcriada que necesita una buena azotaina.

-Pruebe usted. Quizá el tratamiento termine por gustarme.

-Mira en lo que te has convertido,

en una jovenzuela desvergonzada e insolente.

-Yo no iría por ahí.

No creo que usted quiera hablar

de su gusto por las mujeres muy muy jóvenes,

tanto como su hija o como yo.

-Pero ¿qué estás diciendo?

No te consiento que hables así.

-Si no quiere que hable con usted, lo haré con su esposa.

-Felicia no te haría ni caso.

-¿Quiere que probemos?

-Mi esposa no se alterará por mucho que le cuentes.

-¿Quiere usted decir que la buena de Felicia no se escandalizará

cuando sepa que usted fue admirador de cierta cantante

de muy pocos años?

-No serás capaz.

-No me ponga a prueba.

Con Dios.

Piense lo que debe de ser sentir ese golpe en la piel.

¡Basta ya!

¿Va a confesar tan pronto?

Qué desilusión. No.

No voy a hacer tal cosa.

Mi esposo y yo no tuvimos nada que ver

con la muerte de Marcia.

No somos responsables de esa atrocidad.

Mienten, los dos son unos asesinos.

No, no lo somos.

Yo misma fui absuelta de ese crimen por un tribunal.

¿Te juzgaron por la muerte de esa mujer...

y me lo has ocultado todo este tiempo?

Tengo la teoría de que ustedes dos

fueron cómplices en el asesinato de Marcia.

Se pusieron de acuerdo para terminar con su vida.

Falso. Rotundamente falso.

¿Tiene algo que alegar el señor letrado?

No hay concesiones voluntarias,

tendré que conseguirlas contra su voluntad.

¿Dónde se lo lleva? ¡Felipe! ¡No! No te preocupes.

¿Adónde lo llevas?

¡Por favor, no le hagas daño!

¿A qué se arriesgaría usted en caso de no pactar?

-Al descrédito.

A la infelicidad.

A la ruina.

Y puede que...

hasta a una muerte violenta.

-Bueno, no me miren así, solo quiero decir algo a la familia.

-Pero ¿tan urgente es?

Me voy al pueblo, con Moncho.

No debería preocuparme tanto por lo que podría pasar.

Si han de venir problemas,

estoy segura de que podremos solucionarlos juntos.

-¿Quieres decir que tu negativa...? -Chis...

No me creerá usted, pero al esperaba.

-Yo también me he dado un poco de prisa con las faenas para venir.

-Quiero que sepa que no trato de seducir.

-Lo sé, descuide.

Solo que veo en sus ojos que está sola.

Como yo.

(RAMÓN) ¿Qué te pasa?

-La cabeza, que me está matando.

-¿Y eso?

-Bueno, ha sido una reunión muy reñida.

-Hijo, tú estás acostumbrado a discutir.

-Seguro que hay algo más. -Pues sí.

Un tal Solano.

-Debo comunicarte que hay una nueva condición

que me ha llegado de casa hoy mismo.

-¿Qué condición?

¿Dónde está mi esposo? ¿Qué le habéis hecho?

¡Felipe!

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Acacias 38 - Capítulo 1299

03 ago 2020

La serie, ambientada a principios del siglo XX, está situada en una calle, Acacias, y nos muestra el devenir de sus habitantes.
 

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  1. ana fernandez

    La repeticion sucesiva de acacias y Servir y...hace imposible seguir viendo ambas series.Considerando esto como una falta de respeto hacia la audiencia.|||||Ana Fernandez

    04 ago 2020