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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1280 - ver ahora
Transcripción completa

¿Va a permitir usted que solucione este problema con Felipe?

Así es, por respeto a la gran amistad que les une,

hablaré con él y le prepararé para un reencuentro.

Me ha hecho un favor enorme.

No sé cómo voy a poder pagárselo.

No. Con Dios, doña Genoveva.

No se preocupe.

Yo sí que sabré cómo cobrármelo.

Me va a venir muy bien tenerle de mi lado.

(JOSÉ) ¿Vas a actuar? -Claro que sí.

Vais a ver cómo me pongo buena para la actuación.

He estado otras veces ronca y nunca he tenido que suspender.

No va a ser esta la primera. -Pues claro.

Todavía nos sobra tiempo.

-Tengo que dedicarle este recital a mi nieta.

Va a ser un concierto de órdago a la grande.

Felicidades, es bienvenida a esta casa.

-Gracias, Anabel, eres muy amable.

-¿Cómo ha sido tener una boda de aquí te pillo, aquí te mato?

-Como te ha dicho tu padre, nos ha ido muy bien.

-Me alegro de que lo hayan pasado tan bien.

¿Cómo prefiere que la llame, Felicia o madre?

-Felicia. En estas circunstancias, creo que es lo mejor.

Genoveva me ha puesto al tanto de nuestra situación.

¿Es cierto que se pasó 10 años encerrado en una cárcel

acusado injustamente de la muerte de Celia?

Así fue. También me ha contado

que solo tras salir de la cárcel

pudo aclarar conmigo todo lo que había ocurrido.

Y que recuperamos la amistad.

Eso es exactamente lo que sucedió.

Deme un abrazo, amigo.

Les dejo solos.

Tendrán muchas cosas de las que hablar.

Pues aquí tiene.

Ya tiene su dinero, Maite.

Ahora le pido que me conteste a una pregunta.

¿Qué hace aquí? -He venido a llevarme a Camino.

-No me queda más remedio que informar a Felicia.

-Corra a decírselo.

No le servirá de nada.

Nadie impedirá que nos vayamos a París.

No sabía que teníamos visita.

-Felicia Pasamar de Bacigalupe no es una visita, es mi esposa.

Y desde ahora, la señora de la casa.

-A sus pies, señora.

Cuente con mi ayuda para lo que precise.

-La necesitará. Unos mozos traerán sus pertenencias

y usted se encargará de colocarlas.

Acabo de hablar con Eduardo Dato.

-¿Ha estado en casa? No quité el polvo.

-No, me ha llamado.

Me ha dado la enhorabuena por entrar en el Congreso

siendo tan joven y dice que tiene muchas esperanzas puestas en mí.

-Ha tardado muy poco en darse cuenta de lo mucho que vale.

-Como que me ha hecho el primer encargo.

Quiere que conceda una entrevista

a uno de los periódicos más importantes.

Le ruego que recapacite y haga las paces con su hija.

-Anabel, no insistas más.

Sé perfectamente lo que tengo que hacer.

Así que te pido que no te metas en mis asuntos personales.

¿Entendido?

Me gustaría preguntarles algo que llevo días dándole vueltas.

¿Qué quiere saber? Me gustaría saber

que opinan ustedes de mi relación con Genoveva.

¿También piensan que somos una pareja maravillosa?

¿No contestan ustedes?

¿Acaso hay algo que debería saber?

Don Felipe, yo...

He dudado mucho en los últimos días, dudado y padecido.

Y he llegado a la conclusión de que es mi deber...

-Yo también sufría la misma angustia que Liberto.

No me atrevía a indagar sobre su falta de recuerdos.

Hasta dónde llegaba, quiero decir.

-Yo no quería decir eso.

-También Liberto y yo desconocíamos

qué es lo que Genoveva le había contado

y cuánto había asimilado de ello.

No me mires así, Felipe.

Yo solo te he ido dando la información

con la prudencia que los doctores me recomendaron.

Quizá ha llegado el momento de ser un poco imprudentes.

Está bien, como tú quieras.

Es cierto que ha habido algunos hechos,

algunos detalles que por tu bien te he ocultado.

No te he contado,

por ejemplo, que...

Que el día de nuestra boda tardaste más de la cuenta en bajar.

Supongo que pensarías que...

Que no me presentaría.

Por un momento estuve convencida de ello.

Usted y el resto de los invitados.

-Incluso alguno de nosotros llegó a temer lo peor.

Tengo que reconocer que tu tardanza me inquietó mucho.

Pero por fortuna, mis peores temores no se confirmaron.

Y nos dimos el sí, quiero.

No soy yo quién para opinar sobre la profundidad

de los sentimientos de doña Genoveva.

Sería temerario, pero sí doy fe

de que estaban ustedes sinceramente enamorados.

Estaba deseando llevarte al altar.

Todo el mundo lo notaba.

Es más, me atrevería a decir

que una vez casados, parecían ustedes un matrimonio perfecto.

Desde luego, eran la envidia de muchos.

Y lo sabíamos.

Aunque por prudencia no lo comentáramos, lo sabíamos.

Paseábamos orgullosos cogidos del brazo.

Fueron buenos tiempos, amigo Felipe.

Fueron muy buenos tiempos.

Aquí tiene. -Muchas gracias.

-Venga.

-Enhorabuena, doña Felicia. -Dele la enhorabuena a don Marcos.

-Gracias, se lo transmitiré a mi marido.

-Con Dios. -Con Dios.

Anabel. Ta ha faltado tiempo

para decir a todo el mundo que nos hemos casado.

-¿Yo? Se lo dije a Camino, claro.

Poco más.

-¿Estás dando a entender que mi hija ha corrido la voz?

-No, desde luego que no. -¡Hombre, doña Felicia!

Parabienes.

No sabe la alegría que nos ha dado cuando Anabel nos contó...

Pues eso, cuando la señorita Anabel nos contó

que don Marcos la había raptado a usted.

-Bueno, no fue exactamente así,

fue más bien un rapto simbólico.

-Ah. Bueno, simbólico o no,

a todas las criadas nos pareció la mar de romántico.

Ahí es nada, casarse en una ermita,

en medio de unos bosques.

-Y encima, con detalles.

-Sepa que es una pena que no lo hayamos sabido antes.

Le habríamos hecho un buen regalo, pero ha sido visto y no visto.

-No pasa nada, gracias.

-¿No te estará esperando doña Rosina, Casilda?

-¡La madre que me parió! Sí que me está esperando.

¿Se quieren creer que a estas horas

le ha entrado antojo de morcilla de Burgos?

-Ah.

-Esta mujer, siempre esperándome, siempre con antojos.

Con Dios. -Con Dios.

Le prometo que no se lo dije a más de tres.

A cuatro, quizá.

No se lo dije a más de cuatro personas.

Habrán sido ellas las indiscretas.

No se puede decir nada sin que corra como la pólvora.

-Sé de sobra que la discreción no es una de tus virtudes.

-De todos modos, ¿qué tenía pensado usted?

¿No contarle a nadie que es una mujer casada?

¿Le avergüenza ser la esposa de mi padre?

-Estoy muy orgullosa de haberme casado con tu padre.

Espero también estar orgullosa de su hija.

-Y lo estará, ya lo verá.

-No me lo pongas muy difícil.

-Dijo usted que tenía muchas cosas que hacer.

-Sí, tengo que terminar con la mudanza.

Y me gustaría visitar a Camino. Pues vaya.

No pierda más el tiempo,

que hablando en la calle es como se extienden los bulos.

Con Dios.

-Con Dios.

No hubiera desnudado mi alma como lo he hecho

delante de Ramón y Liberto.

Ha sido embarazoso.

Pero...

Te debo la verdad.

Después de sufrir todo lo que sufrí con Samuel,

más tarde, con Alfredo,

había perdido toda esperanza de volver a enamorarme.

Estaba dispuesta a dejar mi vida correr entre estas cuatro paredes.

En soledad.

Pero cuando te conocí,

mejor aún, cuando descubrí que me correspondías,

volví a ser la persona más feliz del mundo.

Cada gesto tuyo, cada palabra,

me transformaba.

Me querías.

Y eso me renovó por dentro.

¿Pasó algo más?

Felipe, nuestra vida era un sueño.

Más sosegados, no con el ímpetu del principio, pero felices.

Y hoy se me encoge el estómago de la dicha.

Haberte recuperado es como si el Señor estuviera mimándome.

(SUSPIRA)

No estoy recuperado.

Físicamente, es un hecho.

Pero no mi cabeza.

Tengo que...

Que llenar lagunas que se vaciaron, necesito llenarlas.

Ya has visto a tus amigos.

Lo dispuestos que están a ayudarte.

Lograremos que te recuperes.

¿Contestarás a todas las preguntas que te haga?

Naturalmente.

Pero he de reconocer que estoy algo molesta contigo.

No creo haberte ofendido.

En cierto modo, sí que lo has hecho.

Preguntaste a tus amigos cómo era nuestro matrimonio

y yo ya te lo había contado.

No te fías de mí.

Cariño.

Claro que sí.

Era para corroborar que hemos sido felices.

Tenía la sensación de que había sido así.

Y ellos lo han confirmado.

Lo seguimos siendo.

Te diré más.

Si aun sabiendo todo lo que sé de ti,

todo no fuera más que una sarta de mentiras,...

te seguiría queriendo igual.

¿Me echas una mano, cariño?

-Hombre, claro.

-Ay.

Ea, allí, los quiero poner donde las habichuelas.

-Bueno, este lo dejo por aquí y ahora lo coges tú.

-Qué flojeras, ¿no?

Pero si no pesa nada. -Que no me quiero manchar.

No solo voy en representación de Antoñito Palacios,

sino del Partido Conservador. Debo ir impecable.

-Menudo tiquismiquis. Ya lo pongo yo.

-Espera, mujer, ahora te ayudo, con calma y sin que nos manchemos.

-Déjalo, déjalo.

No vaya a ser que te despeines.

-Buenos días. -Buenas.

-¿Preparado, hijo?

-¿Preparado, suegro?

Preparado y como los chorros del oro.

-Estaba leyendo el periódico. -Haces muy bien.

Hay que estar al tanto de lo que se cuece.

En esas entrevistas, las preguntas suelen ser muy punzantes.

Y te salen por donde menos te lo esperas.

-Sí, pero no me van a pillar en ningún renuncio.

-Así me gusta, con convicción, como un auténtico Palacios.

-¿Quería algo? -No.

Simplemente, decirle al señor diputado

que me siento lleno de orgullo y satisfacción

porque le hayan elegido para esta entrevista.

Suerte, valor y al toro.

Buenos días, Lolita.

-Buenos días, suegro.

Mira, Lola, es que esto es lo que yo te comentaba.

Es un liberalucho, pero mírale, qué porte.

Qué elegancia, impoluto, mira la pose.

-Un poco relamido, ¿no?

-A los votantes les gusta vernos como modelos de conducta.

-Como modelos, sí, como maniquíes, no.

-Fíjate que no solo cuida la pose.

También la sonrisa. Es como...

-A mí me recuerda a cuando te vas de vareta.

-¿Así mejor?

-A mí me gusta como siempre, como me sonríes a mí.

-Ya, pero una esposa es una esposa y un votante es un votante.

No puedo sonreír a los dos igual.

-Pues eso, que sonrías como te lo pida el cuerpo.

-Yo te quiero mucho, pero de política no tienes ni idea.

Me gustaría verte con don Alfonso Baeza,

que no deja pasar ni el más mínimo detalle.

Él se fija mucho en las solapas.

¿Tú te fijas en las solapas? -¡Qué me voy a fijar!

Pero desde mi ignorancia, yo también te quiero mucho,

es más importante lo que dice y hace un político

que lo que parece, por mucha tilde que se ponga.

-Y bigote o perilla me puedo dejar.

-Si no te sale.

¡Uy!

(RÍE)

Hombre, qué quiere que le diga.

Todos sabíamos que a Marcos se le iban los ojos detrás de ella.

Pero nos ha sorprendido que Felicia le diera el sí.

-Pues a mí no me ha pillado tan de sorpresa.

-¿Y eso? -Verá.

En su momento le di un par

de consejillos amorosos que han funcionado.

-Vaya, no sabía que era usted perito en amores.

-En amores y en muchas cosas más,

que para algo llevo muchos años a mis espaldas.

-Bueno es saberlo, por si necesito de su asesoramiento.

-Aquí estaré para lo que quiera. -Agradecido.

Con Dios.

-Venga, con Dios.

¿Y esa sonrisa que traes?

-He conseguido que Anabel almuerce conmigo.

-De algo tenía que servirte esa labia de picapleitos.

-Abuelo, necesito de su saber.

Durante el almuerzo quiero invitarle a salir conmigo.

-Pues poco puedo decir yo, hazlo y punto.

-Sí, bueno, pero podría decirme adónde llevarla.

No solo es una belleza, es de clase alta.

No quiero quedar como un pelagatos.

-Bah, yo no me preocuparía por eso.

A esas muchachas finas les suelen gustar

los chicos descarados como tú.

-No sea así, dígame algo más concreto.

-Sorpréndela.

Llévala a algún sitio donde no la llevaría otro pretendiente.

-A la Luna la llevaría.

-Bueno, tampoco hace falta exagerar.

Pero se me ocurre un sitio que podría valerte.

Acompáñame a la cocina y te lo cuento.

Gracias, Fabiana. -No hay de qué.

(CARRASPEA)

¿Y bien, cómo está don Felipe?

-Mejor, parece.

-Por mucho que se me antoje, no he querido ir a verlo.

-¿Y eso?

-Porque la mentira y una servidora no hacen muy buenas migas.

Y eso es precisamente lo que quiere Genoveva.

Que le mintamos al pobre hombre.

Bien claro que me lo dijo.

Tenía que dar aviso a las muchachas del altillo

para que se hicieran las tontas por si se topaban con Felipe.

-Genoveva pretende facilitar la recuperación de su esposo.

-Puede que una no esté allí para saber si eso es cierto o no.

Pero aun así, mentir nunca es la solución.

¿Y para nosotros, qué? Un trago.

Imagínese a Casilda, que siempre fue uña y carne

con la pobre Marcia, que Dios la tenga en su gloria.

-Me lo imagino, Fabiana.

Claro que me lo imagino.

-Fabiana, ¿me pones un café?

-Eh...

Mire, don Ramón, voy un momento a traer más del almacén

y enseguida se lo preparo.

Sé lo que me reprocha usted.

-¿No lo considera justo?

-Creo que hemos hecho lo mejor para nuestro amigo.

-¿Usted cree?

Pues cualquiera lo diría.

Lo mejor para Genoveva, seguro, eso no lo pongo en duda.

-Es posible que sea lo mejor para los dos.

-No, don Ramón, por ahí no pienso pasar.

Usted mintió a Felipe a conciencia.

Pero le voy a decir algo.

La mentira tiene las patas muy cortas.

-Hay mentiras piadosas.

-Desde luego que las hay, pero este no es el caso.

¿Qué le vamos a contar a Felipe cuando descubra la verdad?

Porque tarde o temprano la va a descubrir.

Y llevará razón cuando nos acuse de haberle tenido en el limbo.

-Liberto, déjeme que le hable sin tapujos.

Comprendo su indignación, es más,

hace algún tiempo hubiera coincidido con usted,

pero no tal y como están las cosas ahora.

-Un engaño es un engaño.

Ahora y en la eternidad.

Y ese engaño es aún peor si viene de un amigo.

-Considero a Felipe uno de mis más íntimos amigos.

Como también lo considero a usted.

-Y a pesar de eso, quiere seguir manteniéndolo en el guindo.

-Quiero que sea feliz.

Cuando murió Celia, sufrió.

Qué digo sufrió, visitó los infiernos.

Y algo muy parecido le ha sucedido ahora con la muerte de Marcia.

Quizá merezca una tercera oportunidad.

-Sí, es posible que lo merezca.

Pero no somos Dios para decidirlo.

-No.

No somos Dios.

Pero déjeme serle sincero.

¿A quién culpó de la muerte de Celia?

-A usted. 10 años de cárcel fueron testigo de ese error.

-Exacto.

Felipe estaba equivocado.

Y dígame, ¿ahora a quién culpa

de la muerte de Marcia?

-¿A su esposa?

-¿Va usted atando cabos?

-¿Me está intentando decir

que también estaba errado en el caso de Marcia?

-Un tribunal ha considerado a Genoveva inocente.

-No hay nada de cierto en eso.

-Por lo cual, conviene llevarle por un camino

que conlleve el menor sufrimiento para él.

-Es posible que tenga razón.

Pero lo que necesita Felipe ahora de nosotros,

de sus amigos, es la verdad.

Yo no sé si Genoveva es culpable o inocente.

Pero estoy seguro de que Felipe

no hubiera querido vivir una mentira.

-Él hubiera querido ser feliz.

Quiere ser feliz, como cualquiera de nosotros.

La vida se lo ha negado.

¿Quiénes somos nosotros para condenarle a la infelicidad?

-Con su permiso, tengo que irme.

De verdad, abuelo, no sé para qué le pido consejo.

-Pero si sabes que no es malo, deberías arriesgarte.

-No, ni hablar, se ofendería, abuelo, se ofendería.

-Tú hazme caso, les gusta rozar lo prohibido.

-¿Usted cree?

-No me cabe la menor duda.

-Siempre me ha dado buenos consejos, no se lo niego.

-¿Y te he fallado alguna vez?

-Por supuesto que no, abuelo.

Gracias, abuelo, gracias.

¡Ah!

-Con todo el respeto, don José.

Si usted fuese mi marido y esta fuese mi cocina,

ya le habría dado con un cucharón en la coronilla.

-Ya, es que huele que alimenta, hija mía.

-Hombre, porque lleva de todo.

Le he puesto vaca, pollo, jamón también.

Y todo, para que la señora recupere su garra y su coraje.

-En ello está, ¿eh? En ello está.

Ha estado tan mala que ahora, un poquito de mejoría

y ya se ve en el escenario lloviéndole claveles.

-Pues mejor que mejor.

-No sé yo, no sé, no sé.

Creo que no llegará en plenitud.

El concierto es mañana, mal rayo me parta.

-¿Y qué van a hacer ustedes?

-¿Nosotros?

Suspender.

Pero a última hora, como el indulto a los condenados.

En el último minuto.

(SUSPIRA) -Ay.

(JOSÉ CARRASPEA)

-Vaca.

Jamón.

Pollo.

¿Qué me dejo?

-Nada, señora.

Había pensado en añadirle un cuartillo de liebre.

Pero a lo mejor enguarrinaba mucho el potaje.

-Has hecho bien.

Que es riesgoso mezclar la liebre

con otras carnes que no sean de caza.

Suele terminar amargando todo.

-No hables tanto.

Eres demasiado generosa con tu voz y la vas a necesitar.

-Llevas razón.

Bueno, ¿puedo decir una cosa más?

-Si es cortita...

-Que voy a necesitar que Alodia me ayude a preparar el vestuario.

Quiero romper la pana.

-Ahora mismo, señora.

Luego le echo las verduras al guiso.

-Tú no te preocupes, niña.

Vas a estar arrebatadora.

Te vas a comer al público.

-Los va a dejar turulatos.

-Anda, niña, vamos. ¡Ay!

No me imaginaba eso de don Ramón.

Un hombre tan honesto y apegado a la verdad.

-Pues le ha hecho el caldo gordo a Genoveva.

Pudo haberle quitado la venda de los ojos a Felipe

y ha preferido que continúe en la inopia.

Tu sobrino está que trina. Tendrá sus motivos.

Don Ramón es un ejemplo de sensatez.

-Vaya, muy comprensiva te veo.

Cuando a ti no se te escapa

que Ramón ha faltado al octavo mandamiento.

No levantarás falso testimonio ni mentirás.

-Soy comprensiva porque amo al prójimo como a mí misma.

-Eres comprensiva porque desde que se ha ido Armando,

le has visto las orejas al lobo.

Todos tenemos debilidades. -Buenos días, señoras.

¿Tomando un té? -Sí.

Sin picatostes, se les han acabado.

Esto no es lo que era sin usted.

Siéntese, querida. -Gracias.

-Que sepa, doña Felicia,

que estamos muy enfadadas con usted.

-¿Qué pasa? -Yo no estoy enfadada.

Me duele que haya dejado esto así, pero enfadada, no diría tanto.

-Ah, se refiere usted a mi boda.

-Ah.

-Ha sido muy poco cívico privarnos de una boda de alto copete.

Nos ha birlado usted la oportunidad de lucirnos.

-Mujer, es que fue todo tan repentino.

-Si esperaron no sé cuántos años,

podían haberse contenido los ímpetus unas semanas más.

Las suficientes para hacernos un vestido nuevo.

-Déjate de zarandajas.

Y usted no escatime detalles. ¿Es verdad lo que cuentan,

que Marcos se la cargó al hombro y se la llevó

como un hombre de las cavernas al río?

-Te recuerdo que los cavernícolas no celebraban el matrimonio.

-Ya, supongo que los cavernícolas eran más resolutivos y dinámicos.

(RÍEN)

-No, no me llevó al río así, por las buenas.

-Si casi todos los hombres hacen eso.

-Me llevó a una capillita y un curita rural nos casó.

-No, pero cuente más detalles, ¿no?

-Ya se lo contaré con más calma.

Creo que no soy la persona adecuada

para contarle esos detalles que usted reclama.

-Que yo reclamo y otras escuchan con la boca abierta.

¿Verdad, Susana?

-Cree que todas son de su condición.

-Ya tendrán ocasión de saber más en el convite que mi marido y yo

vamos a dar para celebrar nuestro enlace.

-¡Ah, allí estaremos!

-Y estrenaremos vestidos.

No será lo mismo que lucirlo en la iglesia,

con el reflejo de las velas, pero menos da una piedra.

(RÍE)

Hale, Monchito, ya no llores.

-Pues ahora le ha dado por parecer un currutaco.

-Lolita, creo que los señores lo llaman dandy.

-Me da igual cómo lo llamen, lechuguino me suena mejor.

-Pues como le llamen lechuguino, no le va a sentar bien.

-Ya, pues yo le llamaría al orden.

Porque le hace más caso a su figura que a su mujer.

-Hombre...

También te digo que don Antoñito

siempre ha sido un poco presumido.

Parece mentira que todavía no le conozcas del todo.

(SUSPIRA)

-Qué bonita cesta, qué apañada. ¿Es para don Felipe?

-Sí, por si no se acuerda de que soy la mantequera.

Monchito, que vas a ver a don Felipe.

Sí, sí, menuda vida social te voy a dar yo a ti.

-Acuérdate que no se le puede contar nada

que le pueda entristecer.

-Ya, ya sé que Genoveva ha dicho

que no se puede dar sobresaltos al enfermo.

-Aunque si te digo la verdad,

tampoco creo que le hiciese mal que le habláramos de Marcia.

Pero bueno, mejor prevenir que curar.

-Ni de Marcia, ni del juicio ni de la pérdida de la criatura.

Uf, muchas cosas, no sé si voy a meter el zueco.

-¿Cómo está mi nieto?

-Más contento que unas castañuelas, nos vamos de picos pardos.

-Eso venía a decirte, ten cuidado...

-Ya, con mi lengua. Ya me ha avisado la Casilda.

-Pero don Ramón.

Yo no sé si hacemos bien manteniéndole en la ignorancia.

-Por el momento, es lo más juicioso, creedme.

-Está bien.

Te dejo el capazo, que voy al caño a coger agua.

-Yo te lo guardo, tranquila.

Buenas.

-Monchito, qué suerte, ha llegado tu padre.

-Hombre, suerte, volver a casa es lo mínimo

que puede hacer un padre y un marido, ¿no?

-Lo digo por llegar en el momento oportuno.

¿Te vienes a visitar a Felipe?

-Me encantaría, pero obviamente, no puedo.

-Y eso, Monchito, es lo que hace un padre y marido que se precie.

-No seas injusta. Tengo que preparar la entrevista

y ya que está mi padre, le consulto un par de extremos.

-Vaya con la entrevista.

Vámonos, que tu padre no te quiere acompañar a esta visita.

-Lola.

¿A que lo entiendes?

-¿No lo voy a entender? Queda tranquilo.

Y no camines por lo regado, no te ensucies los zapatos.

No te apures, hijo, acabará por comprenderlo.

-Sí, sí, se le pasará.

Mire lo que me ha regalado Servando.

-Malo. -No, no, no.

Yo le comenté que me gustaría dejarme bigote o perilla

para la entrevista de mañana

y anda que ha tardado en encontrar la solución.

-¿Bigote? -Sí.

Me gustaría, no sé, tener un aspecto más formal.

Como ceremonioso.

-Quizá sea conservador la palabra que buscas.

-Claro, sí, conservador.

No sé cómo no se me había ocurrido.

-Los chulos de verbena llevan mostacho.

-Gracias, Casilda, pero no es el caso.

-De cualquier manera, un bigote conservador

no crece de la noche a la mañana.

-Ahí es donde interviene el bueno de Servando.

Este crecepelo tiene efectos meteóricos.

Para mañana ya me habrá crecido. -Hay que ver, Antoñito.

Lo que sabe de política y lo poco que sabe de la vida.

¿No se ha enterado de que han trincado

a un pollo que vendía crecepelos falsos?

-Le han cogido, ¿no? Pues ya está.

-Voy a obviar que he escuchado en la misma frase

Servando, crecepelo y bigote.

¿Qué eran esos extremos que me querías consultar?

-Esto, lo del bigote.

Quería saber su opinión como experto en política.

-¿Estás hablando en serio?

-Claro.

-Yo les dejo con sus cuitas.

Y ten cuidado con ese mostacho, que viene muy bien para un cocido.

-Mira.

¿Les apetece un barquillo? -No, gracias.

¿Y se lo ha regalado al diputado?

-No tiene perdón de Dios.

Todo el mundo sabe que no sirve para nada.

Él quiere dejarse bigote.

Estaba como loco por buscar un remedio.

No voy a ser yo quien desaire a un candidato electo

o a un prócer de la nación.

Usted quiere tener al diputado comiendo de su mano.

¿Y qué hay de malo en ello?

Todos queremos tener amigos mandamases.

Unos les regalan un jamón y yo, un tónico para el pelo.

-A saber lo que lleva.

Que todo sea para bien y que don Antoñito

no se encierre como doña Bellita. -¿Eso qué tiene que ver?

-Pues que para mí que doña Bellita no se deja ver

por culpa del tónico del timador.

-¿Para qué va a querer doña Bellita un tónico?

-Para dejarse bigote, no.

¿Y qué es eso de que no quiere salir a la calle?

-¿No se ha enterado usted?

Es la comidilla de las señoras.

Tiene una actuación y no se le ve el pelo.

-A lo mejor se le ha caído.

No digas tonterías, Jacinto.

Doña Bellita tiene una gran responsabilidad.

Estará reflexionando sobre su compromiso con el público.

Público que no siempre es justo

y tiende a despreciar a los que están por encima.

Pare, Servando, que le veo muy sentido y solidario

con la artista y sus posibles preocupaciones.

Yo es que soy muy sentido y muy solidario con todo el mundo.

-Eso sí que no.

-Por cierto, Servando.

¿Qué tal una presidencia de la asociación?

Ya he renunciado a ello.

-¿Y eso por qué?

Porque no estaban a mi altura

y no aceptaban mis nuevas propuestas.

Era muy poquita cosa para mí.

Yo estoy destinado a mayores empresas.

Eso quisiera usted.

-Usted es un fanfarrón incurable.

Deje de darme coba, sereno. Y tú, Jacinto,

¿has decidido subirte al escenario con doña Bellita?

No sé, no termino de verme con ninguno.

-Son los mejores que tiene, señora.

-Hay otro.

Uno que guardo en el baúl negro.

Quizá ese fuera más apropiado.

-Si hay que sacarlo del baúl, habrá que lavarlo

y no creo que esté para mañana.

-Venga, venga, menos quejas, mujer.

Que te pasas la vida pleiteando.

-Como usted diga, señora.

(Puerta)

Voy.

Son las señoras, señora.

-Menos mal que yo te entiendo.

Pasen ustedes y siéntense. -Gracias.

-Gracias.

-Son dos de los vestidos que más aprecio

y me estaba decidiendo por uno para la actuación.

-¿Actuación?

¿Eso quiere decir que se encuentra bien?

-¿Y de dónde saca usted que no estoy al cien por cien?

-No decimos que esté mal,

pero como lleva unos días sin bajar ni a tomar un té...

-Anda que no hay que mirar y remirar lo que hace una.

Que no salga no quiere decir que esté indispuesta.

Me he pasado estos días ensayando.

Eso es todo. -¿Cómo?

-Que los ensayos se comen todo mi tiempo.

-Ah. ¿Y por qué hablamos en susurros?

-Ah, eso son trucos de artista.

Trato de no forzar mi instrumento.

-¿Qué instrumento?

-La voz, el instrumento es la voz.

-La voz no es ningún instrumento.

La voz es un don del Señor.

-Las dos cosas.

Hasta puede que una tercera. Mi voz es mi vida.

Y espero que el público sepa apreciarlo mañana.

-Pues ya que está tan entusiasmada con su concierto,

permítame que le ayude.

Esos dos vestidos están un poco demodé.

Y se lo dice una sastra.

-¿También usted lo cree así, doña Rosina?

-Me temo que estoy de acuerdo con la sastra.

Ahora, una cosa sí le digo, el "iepa-ia" me priva.

-¿Qué, sigue sin gustarle a usted, doña Susana?

Creía que cuando lo escuchara más...

-Garrulo, me parece garrulo.

Más que las migas con huevo y tocino.

-No seas tan gráfica que no hemos cenado.

Me parece un acierto que usted haya incluido

la canción del "Iepa-ia" en su repertorio.

Es una canción nueva.

-Puede que yo esté equivocada

y que efectivamente, el "iepa-ia" ese

dé un poco de aire fresco a su concierto.

Pero le aseguro que estos vestidos...

Le aseguro que no lo harán.

Uy, si huele a naftalina.

-De eso nada, señora, que una lo ha lavado muy bien lavado.

-No te lo tomes a mal, doña Susana es una bromista.

-Ya.

Pues me van a perdonar ustedes,

pero tengo que continuar con mis ensayos.

-Vamos, solo nos falta que nos empuje la chacha.

-Bueno, suerte, Bellita.

-No nos ha ofrecido ni agua.

Llévate estos vestidos donde no los vea.

-¿Quiere que saque el del baúl?

-Ni me lo recuerdes.

No llevaré ninguno de los que tengo.

-Pero señora, que es para mañana.

-¡Deja de llevarme la contraria!

Y tráeme la lista de las canciones.

Puede que tenga que cambiar mi repertorio.

(SUSPIRA)

-¿Qué tal, os ha gustado la comida?

-Exquisita.

Es una cocinera excelente.

-¿De veras? -Por Dios, claro que no.

Anabel solo está siendo amable.

Se ha excedido con las guindillas.

-Pues a mí me ha parecido que estaba en su punto de sazón.

Claro que yo estoy habituada a los condimentos mejicanos.

(TOSE)

Perdónenme, vuelvo enseguida.

(TOSE)

Un truco ingenioso.

-Vaya.

Parece que la señorita no tiene pelos en la lengua.

-Me los pelaron los chiles.

-Ingeniosa.

Pero da la casualidad de que conozco muy bien

a las jóvenes coquetas como tú.

-¿Ah, sí?

¿Y qué sabe usted de mí?

-Que acabarás haciéndole daño a Miguel.

Y no voy a consentirlo.

-Créame, lo que le voy a hacer a Miguel

no es considerado daño en ningún país.

-Eres una descarada y una desvergonzada.

-Ha empezado usted.

Pero le he cogido inercia.

Y no me parará, ahora no.

Pero quédese tranquila.

Miguel parece capaz de defenderse por sí solo.

Sin tener que cobijarse en las faldas de su abuelita.

-Si insistes, recibirás tu merecido.

¡Claro que sí!

Muy amable, hija. Pero que no se te olvide.

(RÍE)

-¿De qué no te tienes que olvidar?

-Le he prometido una receta más picante todavía.

-Os habéis puesto de acuerdo para torturarme.

-Dulce martirio.

(RÍE)

Bueno, has pasado el examen.

-Con nota, uña y carne tu abuela y yo.

-No sabes cuánto me alegro.

(CARRASPEA)

Oye, Anabel.

¿Querrías salir conmigo mañana por la noche?

-¿Adónde?

-Es una sorpresa.

Te encantará.

-Sorpresa es mi palabra favorita.

(RESOPLA)

Don Felipe estaba de lo más cariñoso.

Se le caía la baba con Moncho.

-Es un buen hombre. Me alegro mucho de que don Ramón

se haya podido explicar y vuelvan a ser amigos.

-Pues sí.

Puede que en un futuro lleve a Moncho a aprender leyes con él.

¿Te imaginas a un Moncho abogado? (ASIENTE)

-Mírale.

Mírale, si es que este se ha ido de compras, como si lo viera.

No sé cómo se puede ser tan presumido.

-Lolita, templa, ten paciencia.

-Le dijo el gato al ratón antes de zampárselo.

Míralo.

-Madre mía, madre mía.

Madre mía, todo lo que traigo.

-Bueno, pues yo casi que me voy a ir marchando,

que aquí se avecina tormenta.

Vengo sudando. -Ya te veo, ya.

-¡Uf!

No, dile que no acudiré.

-Le hará usted un feo.

Por lo que me ha contado Soledad,

don Marcos quiere reunirse con los señores

para informar sobre su boda.

-Ya, pero no voy a dejar sola a mi mujer

en un momento tan delicado.

-Si no se lo reprocho, señor. Si antes estaba mal,

ahora está peor por la visita de las señoras.

Se ha empeñado en comprarse un vestido nuevo

y cambiar su repertorio.

-Por lo menos, la voz le va mejorando poco a poco.

-Estoy hecha una momia.

Mis canciones...

Mis canciones tienen más años que el pórtico de la catedral.

Y sueñan añejas y yo estoy hecha una momia.

-Pero si estás más guapa que nunca, pero mírate.

Una momia.

Tú no eres una momia, eres una faraona.

Y con respecto a las canciones,

el "Iepa-ia" ha sido alabado por su aire renovador, nada menos.

-Pero es solo una canción.

Una, José. Me tirarán tomates.

-¿Tomates? Te van a tirar piropos.

Y claveles.

Como siempre.

Bueno, más que siempre.

-¿Tú me quieres?

-Más que nunca, morena.

-¿Y de qué me vale que me quieras,

si voy a salir al escenario oliendo a naftalina?

-¡Mari Belli, pero niña!

-Déjela, señor.

No piensa lo que dice.

Espere a que amaine la tormenta.

-Pues yo la voy a sacar de ese pozo amargo.

Ya verás, Alodia.

Confía en mí.

-¿Cómo la va a ayudar?

-Con mi talento y mi astucia.

Hombre, podrías lucir el sombrero con un poquito más de garbo.

-Soy mantequera, no tengo que aparentar otra cosa.

-No seas cabezota, solo quiero que estés guapa

para los retratos, guapa y elegante.

-Ya. Ni siquiera me lo has pedido.

No me has dicho que tenía que ir contigo.

-Porque es de cajón de madera de pino.

Eres la esposa de un político y un político va con su esposa.

-Porque esas esposas no tienen mantequerías.

-De verdad, eres tozuda como una mula.

-Me voy.

Porque vas a despertar a tu hijo.

Vámonos, cariño.

No sé si bigote o perilla.

O patilla, una patilla gruesa, que estiliza.

Camino, después de todo lo que hemos pasado,

no podemos huir como si fuésemos ladronas.

-Para algunos somos peor que ladronas.

¿O acaso no te encerraron como si fueras una criminal?

No pienso arriesgarme esta vez.

-Tu madre no volverá a denunciarnos.

-Lo hará si sabe que estás aquí.

Y ayúdame, que Anabel me dijo que tardaría muy poco en llegar.

-Solo quiere comunicarte su boda. -Nos separará.

-Felicítala, ¿eh?

Despídete en condiciones y nos vamos.

La gente cambia.

-Mi madre no.

-Si te vas así, te arrepentirás.

-¡No me puedo creer que tú abogues por ella!

¡Nos separará y lo sabes!

(Timbre)

Escóndete.

Maite, por favor.

(TARAREA)

Don Felipe, cómo me alegro de verle por fin en la rúa.

Y yo, Jacinto, y yo.

¿Ya se encuentra bien del todo?

De cuerpo. De mente, así, así.

Teniendo fuerza todo lo demás se arregla.

Además, que no es tan grave.

Ojalá pudiera olvidarme yo de algunas cosas.

Pero no de todo, Jacinto. No de todo.

Con Dios. Con Dios.

Mira, ya están reunidos los señores.

Te dejo con tus amigos, voy a hacer unos recados.

Ahora te veo.

Felipe.

No reconoce a don Marcos, ¿verdad?

-Marcos Bacigalupe, su inquilino.

-Y ahora, además, esposo de doña Felicia.

Mucho gusto.

Recién casado, imagino.

-Este es el motivo de esta reunión,

anunciar mi matrimonio.

Don José y Antoñito han excusado su presencia.

Estamos todos, así que ¿dónde prefieren que vayamos?

-Supongo que al restaurante.

-Vaya, iba a decir a la pensión.

Lo digo porque quizá ahí podríamos hacer más bulla.

No deja de ser una despedida de soltero, pero a destiempo.

-Pues no se hable más, vayamos a la pensión.

Ramón, enseguida estoy con ustedes.

(Música)

¿Qué significan esas maletas?

¿Acaso piensas irte a algún sitio?

-Me voy de Acacias y tal vez para siempre.

(BELLITA) Mi voz es la que era. -Cualquiera lo diría.

Habla en suspiros.

-No quiero forzarla hasta el momento del concierto.

Felicia es soberbia y manipuladora,

como demostró con su propia hija.

-Más bien, trató de evitar que la sociedad la tachara de perdida.

Me pareció muy raro verte hablar con Laura.

No es más que una criada.

Y alguien en quien no deberías confiar.

¿Por qué lo dices?

Es bonita la pamela.

-Mira, cariño.

Estoy empezando a estar hasta el moño de estas tontadas.

Perdone si le he hecho esperar.

-Ha merecido la pena.

-Espero que no haya elegido el restaurante de su abuela.

-No es allí donde vamos. Voy a sorprenderla gratamente.

Me alegra verla.

(ALODIA) ¿Sabe si vamos a empezar?

Pepe me lo ha preguntado varias veces.

-Pues ya deberíamos estar a punto de subir el telón.

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Acacias 38 - Capítulo 1280

07 jul 2020

La serie, ambientada a principios del siglo XX, está situada en una calle, Acacias, y nos muestra el devenir de sus habitantes.

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  1. Oscar

    Un Saludo especial a la familia rtves,es en España. Soy un fiel y amante seguidor de sus programas o series en Especial Acacias 38 la veo desde que inico la serie. Lastimosamente vivo en VENEZUELA y aqui en mi Pais nos quitaron hasta el DRCTV y ni las cableras funcionan. Se que estamos pasando a nivel mundial una situacion dificil por la pandemia y que se tiene que buscar la manera de buscar ingresos. Pero ojala piensen bien y haber quitado verles gratuitamente por el UNICO MEDIO que los puedo ver que es por INTERNET que por los momentos goza mi Pais y quien sabe hasta cuando y no los quitan. Pidooo a uds por favorrrr no cierren este mdio poniendolo pago pq ni con eso contamos para pagar y poder ver la programacion que tanto me gusta de uds.

    08 jul 2020
  2. Victoria

    Ultimamente me está gustando mucho Liberto; ese sentido de la amistad que está demostrando y no dejarse convencer por Ramón Palacios (que me ha sorprendido por el razonamiento que hace sobre Felipe) ... es que acaso Ramón piensa que Felipe, cuando recupere la memoria, va a ser feliz con Genoveva después de lo que ésta le ha hecho? éso es señal de que no le conoce bien. Al parecer los que conocen bien a Felipe son Liberto, Casilda y Fabiana.

    07 jul 2020