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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1271 - ver ahora
Transcripción completa

-Digan lo que digan, Genoveva sabe estar.

Hace una miaja estaba casi en galeras

por la acusación de él, y ahora ahí, bien sacrificá.

-Todavía es su mujer.

-Por eso, hace lo que tiene que hacer.

A más de una le está callando la boca.

-Hasta a mí me impresiona.

Será buena o mala o peor, pero quiere a Felipe. Le ama.

Soñaba con usted.

¿Qué soñaba? Usted secaba mis lágrimas...

y me besaba en la frente.

La esperanza surgía en mí.

Puedo ser su apoyo.

Y besarle si eso le alivia y le esperanza.

Definitivamente, soy de otro tiempo.

-Tú siempre has sido de otro tiempo, Susana.

Y no me refiero al siglo pasado, sino a la Edad Media.

-No sea así, Rosina,

si algo tiene este siglo, es que todo el mundo puede dar su opinión.

-Más vale estar demodé

que agarrarse a cualquier simpleza que se ponga en boga.

¿Salimos retrataos los servandinos en la prensa?

Madre del amor hermoso.

-¿Sabe don Ramón algo de esto?

-Pa mí que no.

Por ahí viene Carmen, y por su sonrisa,

no parece estar enterá.

-¡Ese fotógrafo es un buitre carroñero!

-No digo yo que no lleve mala intención publicar el retrato,

pero no puedes culpar de todo al fotógrafo.

No deberías haber salido a la calle con esas pintas.

-No salí así, solo quería que Servando y Jacinto vieran.

Son esos periodistas, que quieren pillar a la gente buena

con el calzón bajao.

(Teléfono)

Yo lo cojo. -No, voy yo.

Será la Junta Nacional del partido.

Genoveva quiere a Felipe, a pesar de lo que se hayan hecho.

Ahora es como si nada hubiera pasado.

-Si Felipe continúa mejorando, tendrá que contarle la verdad.

No podrán hacer vida normal si continúa engañándole.

-O peor,

alguien se lo contará todo a Felipe y arderá Troya.

-Otra vez. -Otra vez.

-En resumidas cuentas,

que el letrado Velasco pierde el tiempo.

-¿Vamos?

-Vamos, vamos. -Sí.

-"Acaba con ese perro miserable".

-Doña Genoveva no se separa de él ni a sol ni a sombra.

-Lo sabía antes de ordenarte esta muerte.

-Ella está allí siempre.

Duerme allí, junto al cabecero. ¿Acaso cree que yo no he ido...

para hacerlo?

Pero ella siempre está allí, siempre.

-Me encargaré de que Genoveva no sea un estorbo.

-¿Cuándo? -Esperarás a que te avise.

-Esta vez lo haré, no tenga duda.

-Eso espero, por tu bien.

-No le haga daño a mi hermana, por favor, es lo único que tengo.

No podría soportar la culpa si le pasara algo.

-Yo también sufro.

Pero tú eres el instrumento para aliviar mi sufrimiento.

-No lo estropearé esta vez. No tendrá queja, ya verá.

(Suenan las campanas)

(Graznido de pájaros)

Madre, ¿por qué a mí?

¿Qué grave ofensa te he hecho para que disfrutes jugando conmigo,

haciendo que me enfrente a tan terrible dilema?

Me obligas a elegir entre la vida de don Felipe y la de mi hermana.

Convertirme en una asesina

o permitir que mi hermana muera.

Sé lo que debo hacer,

aunque me duela en el alma.

No me has dejado otra salida.

¡Qué Dios me perdone!

¿Has visto? Laura cada día hace cosas más raras.

-Pa chasco que sí, esta muchacha siempre ha sido rara.

Pero de ahí a arrodillarse a rezarle a la virgen...

-No la hacía yo tan devota.

-Vete a saber, lo mismo ni le está rezando a nuestra señora.

-Uy, no digas eso, prima,

que una no se comporta así si no es por algo...

muy gordo.

-Sea lo que sea, tarde o temprano nos enteramos,

total, en este barrio, las noticias vuelan.

-Y más viviendo doña Rosina en estas calles.

Tu señora parece tener oídos en todas partes.

-A mí me lo vas a contar.

Se me va el santo al cielo con tanto palique, dame un periódico.

Es que mis señores están muy interesaos con las votaciones.

-No me quedan muchos.

Menudo negocio estoy haciendo

desde que don Antoñito sale en los diarios.

-¿Han vuelto a publicar algo sobre él?

-Así es, y esta vez, sale muy bien parao.

Deja que te lo lea. A ver...

Aquí está.

(Sintonía de "Acacias 38")

Mira. -Tendremos que venir.

Te digo que debemos abrir el restaurante de inmediato, Sabina.

-Y yo te repito, una y mil veces, que de ninguna manera.

No sabía que fueras tan duro de oído.

-Ni yo que tú lo fueras de entendederas.

-Aquí eres tú el único que parece haber perdido el oremus.

Antes de nada, hay que reformarlo todo a nuestra manera.

-¿Por qué? Si ya está prefecto tal y como está.

No se arregla lo que ya funciona.

-Eso creía de tu mollera.

-¿No ves que estamos pagando el salario

de los antiguos empleados de Felicia para nada?

-Para nada no, para que nos atiendan.

Que también nos merecemos un descanso

antes de la dura tarea que nos espera.

-Eso es parné perdido.

-Eres más agarrado que un chotis, amor mío.

Tenemos mucho que celebrar y no solo la compra del local.

Tampoco hemos festejado como se merece la vuelta de Miguel.

No todos los días

se recibe a un nieto recién doctorado en leyes

por la Sorbona de París, aunque parezcas haberlo olvidado.

-Ni un solo segundo, que me llena de orgullo.

Hicimos bien en destinar a sus estudios la herencia

que le dejaron sus padres.

No ha habido parné mejor invertido.

Pero ese no es el asunto que nos ocupa.

-Sí que lo es.

Antes de abrir el negocio, debemos celebrar,

¿verdad, Miguel?

-Yo preferiría que no me mezclaran en sus disputas.

-Qué buen abogado va a ser,

ya sabe cómo no darle ni quitarle la razón a nadie.

-En vez de discutir, deberían estar brindando

por el buen gusto de doña Felicia.

Les ha vendido un restaurante precioso.

-Pero ahora que lo dices,

quizá deberíamos ponerlo más a nuestro estilo.

Cambiar el color de las paredes o el mobiliario.

-Eso sería tirar el dinero.

Nuestros clientes ya están acostumbrados a verlo así,

no debemos dejar que se vayan a otro restaurante.

-¿No decías hace tan solo unos segundos lo contrario?

-He cambiado de opinión.

Creo que deberíamos de inaugurar cuanto antes.

-Yo, sin embargo, ahora creo que deberíamos reformarlo.

-Tonterías, no.

Cuando me ayude a abrir, podría darle un paseo a Monchito,

que si no, el pobre se pasa el día encerrao entre la tienda y casa.

-Descuida, que en un santiamén le saco.

Así aprovecho para hablar con los vecinos del comunicado de Antoñito.

-Parece que ha causao muy buena impresión.

No solo lo parece, Lolita.

Varios vecinos me han felicitado,

incluso algunos que sé que le habían criticado

por dejarse retratar de esa guisa.

Se ve que su escrito les ha hecho cambiar de opinión.

-Eso, o que son unos hipócritas de tomo y lomo.

-Mujer, esperemos que sea lo primero.

A los buenos días, señoras. -Buenos días.

-Hombre, Monchito.

Hola.

Oye, Monchito,

¿sabes que tienes una familia que no te mereces?

-Gracias, por la parte que nos toca.

¿Qué se le ofrece a estas horas tempraneras?

-Poca cosa, Lolita, quería que le transmitiera a Antoñito

mi felicitación por la carta que publicó en el periódico.

-¿Lo ves?

Y no se puede decir que él no sea sincero.

-No sé qué me ha emocionado más,

si el amor que Antoñito le profesa a nuestra tierra

o la pasión que siente por su esposa.

Qué bellas palabras ha escrito,

y cómo me he sentido identificado con ellas.

-¿Usté se ha vestido alguna vez a lo cabrahiguense?

-No que yo sepa. (RÍE)

Pero por mi Bellita haría lo que fuera,

hasta colgarme esos guindajos.

-No he tenido ocasión de preguntarle si su amiga habló con Aquilino.

-Con ese apodo, no creo que la conversación fuese muy inteligente.

Pero no sé de qué me está hablando, Lolita.

-¿Ah, no?

Al parecer, una amiga de Bellita tenía una dolencia,

y yo le recomendé al Aquilino de Cabrahígo.

-¿A quién?

-Más que a quién, sería a qué.

-Ah. ¿Aquilino no es un nombre?

-Sí, sí, pero además de llamarse así,

es un apodo, es un Aquilino

de Cabrahígo.

Y su barba...

-No entiendo nada.

-Tratándose de Cabrahígo, váyase acostumbrando.

-(RÍE) ¿Qué diantres es un Aquilino?

-Es un... -A ver si yo se lo puedo aclarar.

Mire, don José,

en Cabrahígo, un Aquilino es un sabio que lo cura todo

con especias y con cosas naturales.

-Don José, mano de santo. Y si no, pregúntele a Antoñito.

-Ah. -Si lo encuentra fuera del retrete,

que últimamente eso no es tan sencillo.

-Carmen. -Vaya por Dios.

-Pues sigo sin entenderlo, Bellita no me habló de ninguna amiga

ni mucho menos del tal Aquilino.

-Entonces, ¿usted no sabía nada?

-Nada de nada.

La verdad...

que Bellita está últimamente muy callada.

¡Muda, se diría!

(Puerta)

Buenos días, don Marcos. -Buenos días, don Liberto.

-Espero no importunarle.

Su criada me ha dicho que le encontraría aquí.

-Usted nunca importuna, amigo. Siéntese.

Y dígame, ¿a qué debo su visita?

-Nada grave, no se apure.

No es más que una visita de cortesía.

Hay que cuidar a los amigos,

uno no sabe cuándo puede pasarles algo.

-Intuyo que lo dice por don Felipe.

-Intuye bien.

Por mucho que lo intento, no logro sacármelo de la cabeza.

Borrar de un plumazo diez años como si nunca hubieran ocurrido...

No alcanzo a comprender cómo se pueden olvidar tantos recuerdos.

¿No le parece terrible, don Marcos?

-Disculpe, ¿decía?

-Algo muy importante debe rondarle la mente

para abstraerse de ese modo.

-Lo cierto es que sí.

-A qué mentir.

-¿Un asunto grave?

-Depende de si considera el mal de amores un mal pasajero

o una enfermedad sin remedio.

-Yo lo considero un deporte de riesgo.

-Hace unos días le pedí a Felicia que se casara conmigo.

Ella es...

y siempre ha sido la mujer a la que amo.

-¿Y Felicia...?

-Me dio largas, lo cual no sé si es peor o mejor.

Me pidió tiempo para pensárselo,

para arreglarse con su hija, qué se yo.

El caso es que está tardando demasiado.

-Comprendo.

Entienda que Felicia está pasando por una situación delicada.

-Lo sé y lo comprendo.

Y estaba dispuesto a darle tiempo, pero...

mi paciencia tiene un límite.

-¿Por qué no sale a dar un paseo?

Airear la mente suele ayudar a aclarar sus ideas.

-No, las tengo muy claras,

y sé lo que tengo que hacer.

Uno, dos, tres, cuatro... Cinco por cuatro: veinte.

Veinte copas de agua.

Veinte copas de agua.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, platos...

Disculpe señora, está cerrado.

-Descuide, no he venido a consumir nada.

¿Es usted nueva en el barrio? ¿La nueva cocinera, quizá?

-Algo así.

-Lo cierto es que me suena haberla visto paseando por estas calles.

-No sería de extrañar.

-Es un barrio pequeño, nos conocemos todos.

A los nuevos vecinos les cuesta pasar desapercibidos

cuando se instalan.

-Entonces, no tengo la menor duda de que ya sabrá que hago por aquí.

-Comprenderá que la venta del restaurante está en boca de todos.

-Sí.

Y dígame, ¿cómo se le ha ocurrido comprar el restaurante?

Doña Felicia no nos había dicho nada.

-Digamos que mi marido y yo somos culo de mal asiento.

Hemos emprendido varios negocios a lo largo de nuestra vida,

pero nos faltaba llevar un restaurante.

Lo demás, no hace falta que se lo explique.

-¿Así que se va hacer cargo del restaurante junto a su marido?

-Ya le digo, siempre hemos llevado juntos nuestros negocios.

-Si me permite un consejo, doña...

-Sabina.

-Doña Sabina,

este es un barrio decente, católico como el que más

y muy tranquilo.

No nos gustan los secretismos,

mejor sería que se presentasen a los señores como es debido.

Por evitar habladurías, claro está.

-Tomo nota de su consejo.

Y ahora, si me disculpa,

tengo mucho trabajo antes de poder abrir el restaurante.

Gracias.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco...

No hace falta que me pises los talones,

sé perfectamente dónde tengo que ir.

-Gracias por venir, Laura.

-Su gorila no parece haberme dejado otra opción.

Así es, no la tenías.

¿Qué demonios quiere?

-Poca cosa. Informarte de que está todo listo.

Irás al hospital a las cinco de tarde

y esperarás la salida de Genoveva.

-¿Por qué a las cinco?

-Porque a las cinco y media es el cambio de turno de enfermeras.

-¿Y si Genoveva decide permanecer en la habitación?

-Descuida, no será así.

Ya te dije que me encargaría de eso.

Encontrarás a Felipe solo.

Tendrás tiempo suficiente para hacer lo que debes.

-¿Cómo va a hacer para que ella salga?

Eso es asunto mío. No quiero más preguntas.

Cumple con tu parte.

Ya puedes marcharte.

Ya sabes lo que tienes que hacer, asegúrate de que nadie te vea.

Deja las puertas abiertas de par en par,

hay que llamar la atención de los vecinos.

-(ASIENTE)

(FELICIA) "¿Qué es esto?".

-Es un retrato suyo.

-¿Quién me lo habrá enviado?

Camino, ¿lo has pintado tú?

-¿Le gusta?

-Cómo no me va a gustar.

Es maravilloso.

Nunca pensé que mi hija pudiera hacer algo tan bello.

-Con usted quiero yo hablar.

Vengo a hacerle partícipe de un rumor,

dicen las malas lenguas que ha vendido usted el restaurante.

-Se trata de una certeza.

Así es,

he vendido el restaurante.

-Pero ¿y cómo no me ha dicho nada a mí, cómo se le ocurre?

-No sé qué decirle.

Cuando vi que la oferta era tan suculenta,

no dudé en llamar a los compradores.

Antes de irme me gustaría pedirle un favor, Lolita.

¿Puedo usar su teléfono?

No tengo las llaves del restaurante y no puedo llamar desde allí.

-Sí, no sufra por eso.

Está en su casa, llame lo que le haga falta.

-Gracias.

Operadora, me gustaría hablar urgentemente con alguien.

Me está dejando de piedra. -No me extraña.

No se me pasaba por la cabeza venderlo,

pero no podía dejar pasar esa oportunidad.

-Hay que ver, unas decisiones se toman tan a la ligera

y otras cuestan tanto...

-¿A qué se refiere?

-Esta mañana, Marcos ha compartido confidencias con mi marido.

Ya sabe cómo son los hombres, unos cotillas sin remedio ni solución.

-Al grano, que la conozco.

-Que sé que Marcos le ha pedido matrimonio

y usted no le ha dado respuesta.

¿A qué espera?

-Espero lo que tengo que esperar.

Pero no se preocupe,

que cuando tome una decisión, será la primera en enterarse.

Así lo espero. No se olvide de contármelo.

Con Dios, Felicia. -Con Dios.

(Puerta)

Ya voy.

Es usted.

-¿Esperabas a alguien?

-Sí, había quedado con Anabel.

-Lamento defraudarte.

¿No me vas a invitar a entrar?

-Lo haga o no, va a pasar igualmente.

-Veo que has empezado a recoger los efectos personales de tu esposo.

Haces bien, no es bueno esperar mucho para hacerlo.

Me alegra que me hayas hecho caso.

Debes guardar el correspondiente luto,

pero también mirar hacia adelante.

-Madre, no se equivoque. Esto no son más que objetos,

mi dolor por Ildefonso sigue vivo

y así seguirá por mucho tiempo.

Mi luto no es un mero paripé

como parece insinuar.

-Discúlpame, no quería ofenderte.

Te interesará saber que ya he cerrado la venta del restaurante.

Ayer entregué las llaves.

-Ya le dije que hiciera lo que creyera más conveniente.

-Sí, pero eso no quita para que quiera compartirlo con mi hija.

Ha sido una decisión muy difícil.

Hemos vivido muchos momentos en ese restaurante.

-Sí,

y no todos buenos.

No es a mí a quién tendría que acudir a contárselo,

sino a Marcos Bacigalupe.

Aún aguarda una respuesta sobre su propuesta matrimonial.

-Lo sé.

-No la comprendo,

no debería hacer sufrir a ese pobre hombre.

-Camino, te estás entrometiendo en asuntos muy privados.

Madre, ¿de verdad me está recriminando usted

que me meta en su vida?

-Ya que estás tan interesada,

te diré que hoy mismo tenía pensado darle respuesta.

-Lo que haga o no, no me importa.

Me preocupo por el padre de mi amiga.

-Veo que te sigue molestando mi presencia.

Descuida,...

no tendrás que sufrirla por más tiempo.

Será mejor que me marche.

(Se cierra la puerta)

Qué agradable sorpresa.

El día acaba de mejorar sensiblemente.

-Yo, sin embargo,

creo que han aparecido unos terribles y feos nubarrones,

al menos uno.

-¿Me acaba de llamar feo nubarrón?

-No, para llamárselo,

antes tendría que tener el dudoso placer de conocerle.

-Eso puedo solucionarlo al instante.

Espere un segundo.

El otro día cometí un error al confundirla con una artista.

Y... usted es mucho más hermosa que ella.

-¿Ahora pretende borrar su falta con halagos?

-No, tan solo quiero ofrecerle mis disculpas

por mi lamentable comportamiento.

Mi nombre es Miguel Olmedo.

Y creo que no será la última vez que nos veamos por estas calles.

-¿Cómo puede estar tan seguro?

-Mis abuelos son los nuevos propietarios del Nuevo Siglo XX.

Siendo vecina, espero que frecuente su negocio.

-Desconocía que Felicia hubiese vendido el negocio.

Y de modo tan apresurado.

-No puedo explicarle mucho más sobre sus motivos,

tan solo que hizo referencia a la necesidad de afrontar nuevos retos.

Está decidida a emprender una nueva etapa de su vida.

Ahora está usted en deuda conmigo.

Yo ya le he dicho mi nombre, pero aún no he escuchado el suyo.

Si me lo dice, prometo no volver a confundirla nunca más

con ninguna actriz.

-Ya tendrá ocasión de averiguarlo.

Mi padre y yo éramos clientes de la anterior propietaria,

seguro que lo seremos de sus abuelos.

-Lamento tener que esperar para saberlo.

Lo aceptaré como un justo castigo...

por mi torpeza del otro día.

Si le sirve como pista, no me llamo ni Cocó ni Cocotte

y no provengo de Francia, sino de México.

Miguel, haz el favor de venir un segundo,

tu abuelo había olvidado comentarte una cosa.

-Enseguida voy.

Espero de corazón volver a verla, bella desconocida.

Señora, deje de caminar de un lado al otro,

que parece un león enjaulado.

-El mismo rugido podría dar con esta voz tan ronca.

-No se lo tome a mal, pero, la verdad es que causa espanto oírla.

-Y eso no es lo peor, lo peor es que han vuelto los pinchazos.

-Quizás debería ir a ver al tal Aquilino para pedirle explicaciones.

-¿Qué te crees que he hecho?

He ido al hostal...

pero ya se había ido de vuelta a Cabrahígo.

Dios mío, ya no sé qué hacer.

-Para empezar,

deje de echarse el ungüento ese,

que a la vista está, o mejor dicho, al oído,

que es peor el remedio que la enfermedad.

-Di que sí, que ha funcionado a la inversa de lo esperado.

(Puerta)

Señor, ¿ya está de vuelta?

-Ya lo ves, Alodia.

¿Con quién hablabais? He oído la voz de un hombre.

-Un hombre, ¿dice?

-Sí, una voz grave.

¿No dices nada?

-Se habrá confundido porque ya ve, estamos las dos aquí solas.

-Pensé que era un tal Aquilino.

Me lo ha contado Lolita.

Dice que es una especie de sanador que te recomendó para una amiga.

-Habla, que me estás poniendo de los nervios con tanto silencio.

Uh...

Aquí pasa algo, y me temo que nada bueno.

-(VOZ RONCA) Ay, José, que yo soy la de la voz grave.

-¿Por qué hablas así? ¿Qué te ha pasado?

-La garganta no dejaba de molestarme y busqué remedios caseros para...

no perder la voz.

-Tal y como se te ha quedado, más te valdría haberla perdido.

-El tal Aquilino me mandó un ungüento para paliar los pinchazos.

-Pues mira el efecto que ha tenido.

¿Por qué no me lo cuentas a mí? Te hubiese llevado al médico.

Que tu carrera está en juego.

-Por eso mismo lo hice. Maldita sea mi suerte.

Me ha tenido que pasar en el resurgir de mi carrera,

de esta nueva etapa artística,

que iba a devolverme mis momentos de mayor gloria.

Justo cuando me disponía a impactar a todos.

-No, no, de eso aún estás a tiempo.

Impactados se van a quedar cuando te escuchen.

¡Esto es un desastre!

Aguarde un momento, señorita, se lo ruego.

-Usted dirá, ¿en qué puedo ayudarla?

-No querría importunarla, pero la he visto hablando con mi nieto.

-¿Su nieto?

-¿A caso no estaba usted hablando hace unos instantes

con un muchacho muy bien plantado aquí mismo, en la calle?

-Si era ese tal Miguel Olmedo, así es.

¿Quiere saber de qué charlábamos?

-Menuda ocurrencia, no.

¿Verdad que es un encanto ese tal Miguel Olmedo?

Mi nieto, digo.

-No le falta gracia, he de reconocerle.

Pero ¿sabe qué?

Me ha parecido que su nieto me considera más encantadora

de lo que yo le he considerado a él.

Lo lamento,

pero tengo prisa.

Qué tenga suerte con su nuevo negocio.

Arrea, señá Fabiana,

como siga frotando el cristal con tanto ahínco,

lo va a dejar más fino que el papel de fumar.

-Es por culpa del Servando, que me tiene hasta los pelos.

-Pero el cristal no tiene la culpa de cómo sea su socio.

-En eso tienes más razón que un santo, Casilda.

Que la única culpable de haberme asociao con semejante elemento,

soy yo y solo yo.

-¿Qué ha hecho ahora, si se puede saber?

-Lo mismo de siempre,

absolutamente na.

Pero na de na, no hay manera de que faene en la pensión.

-Claro, entiendo, ahora está muy atareao con su partido político.

-Si no es una cosa, es otra, Casilda.

Que si el concurso de pensiones, que si la política,

sus inventos sus historias...

Servando no deja de pensar tontás

mientras que yo me mato a trabajar como una mula, ¿y pa qué?

Pa na.

-Eso de "pa na", aún no se sabe, Fabiana.

Imagine que acaba siendo diputao, qué prestigio le daría a la pensión.

-Casilda, ¿te has tas caído de un guindo?

¿Quién va a votar al Servando?

-A alguien engañará.

-Lo dudo, se le ve a la legua que es un desastre.

Y lo malo es, que cuando se la pegue con la política,

pensará en otra tontá. -Pa chasco que sí.

-Este hombre nunca acaba na.

Mira, si abrimos la pensión fue porque le insistí,

como una tonta.

-Que sí, Fabiana, no se soliviante usté.

Servando le tiene que agradecer mucho.

-Todo lo contrario, que pa colmo, no deja de quejarse

de que soy una mandona. A la paz de Dios.

Vaya, hombre, dichosos los ojos.

Y usté que lo diga, y tan dichosos.

Ni se imagina lo que me ha pasado.

Ni la menor idea, Servando.

Pero, por su bien,

espero que sea una buena excusa

pa que se marchara de la pensión dejándola desatendía.

Ya verá como sí.

Resulta que salía del ministerio de pelearme con ellos,

cuando ha salido a mi encuentro el señor Molero.

¿El señor Molero? Sí, sí.

Una no tiene le gusto. Yo tampoco lo tenía.

Pensé que era un loco al que le había dado por seguirme.

Hay que estar mal de la mollera pa ir tras usté.

El caso es que no se trataba de ningún chalado,

es el dueño de dos pensiones de la ciudad

y se había enterado de que llevo días recabando apoyos

entre distintos gremios.

De recabar poco, que to lo hemos hecho la Marcelina, mi primo y yo.

No te pierdas en detalles, Casilda.

El hombre, admirado por mi talante y mi buena gestión,

me ha propuesto crear una asociación

de propietarios de casas de huéspedes

junto con otros dueños,

y que yo sea el presidente.

Lo que faltaba.

Ya ha encontrado otra manera de perder el tiempo.

¿Qué te decía, Casilda?

¿Qué te decía, Casilda? -Pues sí, sí.

-Y con el Partido Servandino, ¿qué va a pasar?

Casilda,... mi aventura en la política

se ha terminao.

España ha perdido su oportunidad,

pero la han ganado las pensiones de esta ciudad.

Como siga apretando el nudo de la corbata, se ahogará.

-Y bien, Soledad, ¿qué ha respondido Felicia?

-La señora ha aceptado su invitación a merendar.

Vendrá a las cinco y media. -Sobre las cinco.

-¿Precisa de algo más?

-Sí, que lo deje todo listo para la merienda.

-Descuide, ahora mismo lo preparo.

-Y una vez la haya servido, déjeme a solas con Felicia.

-¿Yo también tendré que dejar la casa?

-Me bastará con que te quedes en tu alcoba.

-Soledad, antes de que se ponga con la merienda,

¿podría prepararme una de sus deliciosas limonadas?

Me ha entrado capricho. -Ahora mismo.

-No me gustaría que se hiciera muchas ilusiones respecto a Felicia.

No sabe con qué intenciones ha aceptado su invitación.

-Creo adivinarlas.

-Viendo su estado de nervios, eso me temo.

Lamento haberle alentado al contarle lo que Felicia aseguró

a los nuevos dueños del restaurante acerca de sus motivos para venderlo.

Eso de que pretendía afrontar nuevos retos personales

y emprender una nueva etapa, podría referirse a cualquier cosa.

-Como que esté dispuesta a aceptar mi oferta de matrimonio.

Tiene que referirse a eso.

-No esté tan seguro.

-Sí lo estoy. Por eso,...

le tengo preparado esto.

-Un anillo de pedida.

-Si acepta, Anabel,

mi corazón no podrá ser más dichoso.

-Espero que esa mujer no se lo rompa.

¿Así que presidente

de la asociación de propietarios de casas de huéspedes?

-Pa chasco que sí, lo que oyes.

Ahora no habrá quien tosa a Servando.

-Mujer, mejor que esté ocupao,

así nos deja tranquilas de sus ocurrencias.

-Eso díselo a la seña Fabiana.

-¿Ella no le cree capaz de ocupar la presidencia?

-No, así va a tener más excusas pa no dar palo al agua en la pensión.

-La pobre estará que trina. -Está hasta el moño, prima.

Al Servando no le hacen falta excusas pa escaquearse de la faena.

-Yo creo que Servando es responsable,

pero se aburre mucho en la pensión.

-¿Servando?

¿Responsable?

-Que sí, prima, que es buen socio,

solo que a veces se deja llevar por sus aspiraciones

pa ser alguien más.

-Ahora que lo dices, es posible que tengas razón.

¿No le has notado últimamente que está como envidioso?

De Jacinto, porque va a cantar la canción con doña Bellita.

-Un poco yo creo que sí.

Pero Servando y él son buenos amigos,

seguro que se alegra de su éxito.

-¡Iepa-iá!

-Algo me dice que viene mi primo.

-¿De dónde vienes tú tan contento?

-De saludar a unas admiradoras.

-¿Cómo que admiradoras?

¡A ver si vamos a tener aquí la de Dios!

-Templa, templa, Marcelina, que solo querían felicitarme por el disco.

Me han reconocido en plena calle.

-Claro.

Algo tendrá que ver

con que no dejes de pegar ese berrido a la menor ocasión.

-Me han dao un disco pa que se lo firmara.

(Ruido)

-¿Qué ha sido eso? -Parecía venir del principal.

-Pues doña Genoveva no estaba en casa.

-Iré a ver qué sucede.

-La puerta está abierta de par en par.

-Ya lo veo, prima, que no estoy ciego.

-¿Qué hacemos? -Entrar a ver qué ocurre.

-Un momento, ¿y no será mejor llamar a los guardias?

-¿Hola?

Oh. -(MARCELINA SE ASOMBRA)

Qué desastre, parece que ha pasao una manada de elefantes.

-Peor que elefantes, Marcelina, ladrones.

-Pa chasco que sí.

Faltan cosas, yo estuve sirviendo aquí hace na,

me fijé en los adornos y hay algunos que ya no están.

-Tenías razón, prima, hay que llamar a la policía

y avisar a doña Genoveva. Vamos.

Le han quitado las vendas.

Debe estar mucho más cómodo.

Así es. Quería asearme.

Quizás un baño termine de curarme.

Me temo que para eso tendrá que esperar.

No se puede mojar la herida de la cabeza durante unos días.

Se me van a hacer eternos. Quería refrescarme.

Quizás haya una solución intermedia.

¿Qué hace?

Yo puedo asearle y aliviarle.

Me alivia que esté aquí conmigo.

Es usted un ángel.

Aguarde un instante, voy a buscar una palangana y una esponja.

Ramón, por mucho que mires, no creo que Antoñito regrese antes.

-Ya debe haber terminado el mitin.

-Claro. Y en nada le verás por aquí, cálmate.

-Eso es muy fácil de decir, pero difícil de hacer,

no estaré tranquilo hasta que no sepa de primera mano cómo le ha ido.

-Habrías sufrido menos si hubiésemos ido.

-¿Yo en el cierre de campañas de los conservadores?

-Sí, tú, ahí tendrías que haber estado, apoyando a tu hijo.

-Mi hijo sabe que cuenta con todo mi apoyo,

aunque no comulgue con sus ideas,

pero de ahí a participar en actos de los conservadores, hay un trecho.

-Siempre podrías haber llevado un cartel que dijera:

"Soy liberal, pero mi hijo no, vengo a apoyarle".

La verdad es que...

menos mal que al final aceptaron a Antoñito como orador

tras su comunicado.

-¿Quién hubiese dicho que la que la idea de Armando iba a funcionar?

-Sí. Le tenemos que estar muy agradecidos.

-Yo solo quiero que diga su discurso como él sabe hacerlo.

Y que no se ponga nervioso.

-No tengas dudas de que lo habrá hecho de perlas.

-¿Tú crees?

-Algo me dice que pronto saldremos de dudas.

Mira quién viene.

Y muy bien acompañado.

-Serán miembros y simpatizantes de su partido.

-Parecen todos satisfechos, ¿no?

Seguro que...

Yo no estaría tan seguro, porque a mi hijo se le ve tenso,

preocupado.

-Es cierto. ¿Qué le pasara?

-Vayamos a averiguarlo.

-Al fin llegáis.

¿Cómo ha ido el discurso?

-Antoñito, que dice tu padre que cómo ha ido.

Estás muy tieso.

-¿Y ahora por qué huye?

-No huye, suegro, no huye,

va al retrete más cercano.

El discurso ha sido un rotundo éxito,

pero la infusión le ha hecho efecto y no aguantaba más.

-Qué lástima. -Ea.

¿Mejor?

Sí.

Mucho mejor.

(RÍE)

(RÍE)

¿Te ocurre algo?

No, nada.

¿Está bien o le incomodo?

No,... en absoluto.

Me siento como en un sueño.

Un sueño del que no quiero despertar.

(Puerta)

Le estaba aseando un poco, doctor.

Luego avisaré a las enfermeras para que lo hagan.

¿Cómo se encuentra? Veo que le han retirado el vendaje.

Permítame.

La herida tiene buen aspecto, parece evolucionar favorablemente.

Me encuentro mucho mejor, doctor.

Pero su memoria sigue sin volver.

Si regreso a casa, ¿podría recordarlo todo?

Creo que estoy en condiciones para salir del hospital.

Además, estoy convencido que fuera,

nos esperan agradables sorpresas.

Me alegra encontrarle más animado, pero...

me temo que tendrá que quedarse un poco más.

Lo lamento, debe seguir ingresado.

¿Hasta cuándo, doctor? No tenga prisa.

Lo principal es que se recupere del todo.

Además, la herida va a comenzar a molestarle,

le acabamos de quitar los puntos.

¿Le dolerá mucho? No demasiado.

De hecho, venía para administrarle un fuerte calmante.

Le causará somnolencia,

pero le ayudará a sobrellevar esos primeros dolores.

Muchas gracias.

Tómeselo. Gracias, doctor.

Le hará bien.

Ahora, descanse.

Y no tema, le daré el alta en cuanto sea posible.

Gracias.

Con Dios.

Quizás... podrías seguir aseándome hasta que me entre el sueño.

Disculpe, doña Genoveva.

Parece que todo el mundo quiere interrumpirnos.

Jacinto, ¿qué haces aquí?

Señora, ha pasado algo terrible, han entrado en su casa.

¿Cómo? Ladrones. Mal rayo les parta.

Han arramplao con todo.

¿Un robo en mi casa? Sí. Ya he avisado a la policía.

Vaya, vaya a su casa, yo estoy bien.

Vamos, Jacinto, veamos qué ha sucedido.

"(Puerta)"

Por fin. Voy.

Hola, Felicia. -Hola, Marcos.

Disculpa el retraso, me he entretenido en casa.

-Descuida, ni me he dado cuenta de que llegabas tarde.

Pasa, te lo ruego. -Gracias.

-Soledad nos ha preparado la merienda.

-Veo que se ha esmerado mucho.

No estaba segura de lo que preferías y ha puesto un poco de todo.

Si hace falta algo, puedo bajar a la mantequería y conseguirlo.

-No es menester, tiene todo muy buena pinta.

Incluso estaba pensando en pedirle la receta de algún postre a Soledad.

-Seguro que te echará una mano.

¿Nos sentamos? -No, Marcos,

es mejor que hablemos directamente.

No retrasemos más el momento.

He pensando en tu propuesta matrimonial

y tengo una respuesta que darte.

Sé que llevas esperando mucho y no quiero hacerte esperar más.

Felipe.

Templa, Laura,... duerme como un niño.

¿Cómo va la cosa?

-Los policías siguen en el principal.

-¿Marcelina está con ellos?

-Sí. Y cuando terminen de hablar con ella, querrán hablar contigo.

-A Casilda y a mí nos han tomado declaración.

-Sobre todo a usted.

No veas cómo el sereno corría tras el maleante antes de que escapara.

-¿Fue usted a alcanzarle?

Quiero ayudarte e impedir que te hundas todavía más.

-¡Me agobias más obligándome a salir,

dándome órdenes, que si...

salir a pasear o ir a comprar!

-No son órdenes, ¿cómo te voy a imponer nada?

-Llevo toda la vida obedeciendo a Felicia.

¡Estoy harta de que todos me digan lo que tengo que hacer!

Uno tiene cosas de más enjundia por las que preocuparse.

Claro, porque tiene que estar con el runrún

de ver cómo queda su partido en las elecciones.

-Mañana va a tener mucha competencia el Partido Servandino.

Os equivocáis los dos,

he decidido abandonar lo del Partido Servandino.

¿Cómo?

-Le he pedido mucho a la virgen por ti.

-¿Por él o por el Partido Conservador?

-¿No es lo mismo?

-Te lo agradezco, Lola,

pero preferiría ganar por méritos propios

y no por una intervención divina.

-Tú mérito tienes de sobra,

pero no viene mal una ayudita de arriba.

-Te encuentro muy serio, ¿qué te pasa?

-Serio no, estoy como... nervioso,

que no todos los días se concurre a diputado en Cortes.

Y yo queriendo curar los pinchazos con los ungüentos de él.

-Tira esos potingues ya mismo, que no sirven pa na,

na más que pa ponerte peor.

-¿El doctor no le ha dao algún remedio?

-El único remedio es reposar la voz, no decir ni mu

durante un periodo bien largo.

No quiero perderla pa siempre.

-¿Y tampoco puede cantar?

-Ni cantar ni na.

A ver si es capaz de aguantar calladita.

(LLORANDO) Yo solo me quiero morir.

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Acacias 38 - Capítulo 1271

24 jun 2020

Marcos le confiesa a Liberto que empieza a perder la paciencia esperando la respuesta de Felicia a su propuesta matrimonial. Rosina, por su parte, anima a Felicia a tomar una decisión. Así que la Pasamar acude a su cena con Marcos con una respuesta clara a su propuesta...

Sabina y Roberto se hacen cargo del Nuevo Siglo con dos visiones muy distintas de lo que quieren para el restaurante. Susana no tarda en cotillear sobre los nuevos vecinos.

Jose se entera de que Bellita compró cierto ungüento al curandero de Cabrahigo y la cantaora no tiene otra que admitir compungida su pérdida de voz.

Miguel se hace el encontradizo con Anabel, solicita saber su nombre. Pero la muchacha, con picaresca, le da largas... Aunque es más que evidente la mutua atracción.

Un sicario de Velasco entra en casa de Genoveva y simula un robo. Jacinto va al hospital para avisar a la señora... Que deja solo a Felipe, a merced de Laura.

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  1. Helena C Mander

    El boton de sonido no funciona arrenglelo por favor Gracias

    25 jun 2020
  2. Filomena

    Felicia me parece la clásica mujer frígida

    25 jun 2020