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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1194 - ver ahora
Transcripción completa

¿Podré verte actuar?

No lo sé.

Me han ofrecido una gira por todo Andalucía, pero...

Todavía estoy dudando en si aceptarla o no.

Pues no dudes más. Tienes que aprovechar la ocasión.

Dios te ha dado un don. No lo desaproveches.

-Toda la tarde en el hospital para nada.

-Bueno, se ha quedado en un susto.

-Oootra falsa alarma.

-Lamento haberles alarmado.

-Mi única intención es perderla de vista para siempre.

Y marcharme cuanto antes de Acacias, junto a Marcia.

Hazlo de una santa vez. Abandona estas calles.

No voy a permitir que tu mera presencia arruine mi triunfo.

Estoy a punto de casarme con el hombre al que amo.

Marcia.

Por nada del mundo iré a esa iglesia.

No hay nada que me duela más que esa boda, Felipe.

Significa que tú y yo jamás podremos volver a estar juntos.

Ha destrozado a mi familia.

-Yo no he hecho nada. -¿Cómo que no?

¡Ha pervertido a mi hermana!

-¡Basta! -¡Es una depravada!

-¡No tienes derecho a hablarle así!

Comisario, no le había visto.

Qué casualidad verlos juntos.

No sabía que se conocían.

Apenas de vista.

¿Y qué va a ser de nosotras ahora?

-No lo sé.

Si lo nuestro sale a la luz, todo acabará mal.

Quería preguntarle si en ella le decía algo de Genoveva.

En la carta, Úrsula acusaba a Genoveva

de ser cómplice del accidente de coche que sufrí.

Accidente, no.

Intento de asesinato.

La única razón por la que sigo adelante con la boda

es el niño que esperamos.

¡Usted fue el que trajo el demonio a Acacias!

¡Es el único responsable de que el pecado campe a sus anchas

y de que nuestro apellido se haya visto deshonrado!

-No empujé a Camino a los brazos de Maite ni les obligué a besarse.

-Pero ¿qué estás diciendo?

Dígame, Santiago, ¿tiene alguna sospecha

sobre quién puede ser el asesino de Úrsula?

-¿Y por qué tendría que tener alguna idea al respecto?

Lo que les suceda es algo que no me quita el sueño.

No tenemos nada que temer.

-Rosina, abre los ojos, el escándalo nos cogería en medio.

Nosotros hemos organizado la exposición.

Todavía tenemos intereses económicos con Maite.

Podríamos perder el dinero de la venta de sus cuadros.

No sabía que nos habían invitado y que lo habías rechazado.

-Nos sentiríamos fuera de lugar. -No.

Esta no es la razón.

¿Cuándo vas a olvidar el pasado de una vez por todas?

Debería usted asegurarse sin ninguna duda

de que ese muchacho es en verdad su hijo.

-Sí que lo es, su historia encaja.

Y me ha mostrado retratos y documentos.

-Hágame caso.

Antes de hacer nada, cerciórese de que no se trata de un engaño.

¿Qué quiere de mí?

-No es a ti a quien he venido a ver,

sino a Marcia.

Tenemos que hablar.

¿Ha venido a ver a mi esposa? ¿Para qué?

-¿Qué ha pasado ahora? ¿Quieren volver a inculparme?

-No, tranquila, esta vez vengo en son de paz.

No ha de temer nada y siento haberle asustado.

-¿Cuál es el motivo de su visita?

-Mi trabajo hoy se limita a cumplir las últimas voluntades

de un reo que está a las puertas de la muerte.

-¿Un reo, y yo qué tengo que ver con eso?

-Será mejor que nos lo explique como si tuviéramos tres años.

-Enseguida lo entenderán. Pero les pido discreción

sobre lo que estoy a punto de desvelarles.

Un reo pide como la última de sus voluntades hablar con usted.

-¿Quién?

-César Andrade.

-Ni hablar.

-Déjeme que les explique.

-No queremos saber nada de él. -Déjale explicarse.

-Andrade agoniza en un camastro en la enfermería de la cárcel.

Pasó semanas en coma tras recibir una paliza,

pero ha recuperado la consciencia.

-¿Y ha pedido hablar conmigo?

-Así es.

Y está moribundo, no creo que aguante mucho.

Apenas le deben quedar unas horas.

-¿Y por qué nos pide discreción?

-Creemos que la paliza obedece a un encargo.

No me gustaría que se corriera la voz de su recuperación

y que quien le quiere ver muerto volviera a intentarlo.

Sobre todo, antes de saber qué ha de contarle.

A pesar de las cosas terribles que hizo Andrade en libertad,

mi obligación es protegerle.

-Entiendo sus razones y las hemos escuchado.

Pero no quiero que mi esposa hable con él.

Me niego en rotundo.

-¿Y usted qué dice, Marcia?

¿Seguirá la voluntad de su esposo

o hará por cumplir las últimas voluntades

de un reo que está al borde de la muerte?

Se le ve preocupado, Antoñito.

¿Ocurre algo?

-No hay quien le quite los nervios a Lolita.

La pobre está pasando lo indecible.

-Y usted, detrás. -Sí.

Cree que va a dar a luz cada media hora

y son siempre falsas alarmas.

Los nervios van a terminar con ella y yo voy detrás.

Y lo peor de todo es que no sé cómo puedo ayudarla.

-Pues yo no puedo ayudarle en estos menesteres.

Me temo que no soy lo que se dice un experto.

-Ya. No se apure, que algo se me ocurrirá.

A ver si Lolita se pone de parto durante la boda

y se lía la de San Quintín.

-Sí, sí, lo sé.

A lo mejor debería hablar con Felipe

y sugerirle que ponga otros padrinos

porque no sería adecuado poner en riesgo el enlace.

-Sería un gesto bastante generoso por su parte.

-Voy a hablar con Lolita y se lo voy a decir.

A lo mejor quitándole la presión se relaja un poco.

-Puede ser.

Le deseo mucha suerte.

-Y usted, que lo vea, Emilio.

Con Dios. -Con Dios.

José, por favor, los postres de la mesa dos.

-Camino.

¿Cómo estás?

Nuestra madre lo está pasando realmente mal con este asunto.

-¿Nuestra madre?

¿Y cómo crees que lo estoy pasando yo?

-Tienes que pensar bien lo que haces.

Es mucho lo que arriesgas.

-¿Y qué crees que estoy haciendo?

-¿No ves que esto puede significar la ruptura de nuestra familia?

-No te imaginas lo que me duele

que nuestra madre no sea capaz de entenderme ni de apoyarme.

Pero tú tampoco lo haces.

-Yo sí que te apoyo.

-Pones el dolor de nuestra madre por encima del mío.

-Eres tú la que ha tomado ese camino lleno de piedras.

-Escúchame bien lo que te voy a decir.

Ese camino yo no lo puedo evitar.

Amo a Maite.

-Por favor.

-Amo a Maite.

Y la amo

tan apasionada y sinceramente como tú amas a Cinta.

¡Uh!

Tan hombre que eras y para esto has quedado.

Para ser el recadero de tu mujercita.

Prefiero eso a hacerle recados a usted.

Llevar un encargo a doña Rosina no me lleva al cadalso.

Qué bajo has caído.

Como te llames.

No caeré en sus provocaciones.

Hubo un tiempo en el que te encantaban.

Hace mucho de eso.

Lo único que quiero ahora de usted es perderla de vista.

Si no actúo contra usted, es, uno,

para verla lo menos posible

y dos, por consideración a don Felipe,

que ha hecho mucho por Marcia. Sí, en eso tienes razón.

Ahora es ese pobre hombre quien deberá lidiar con su maldad.

Por lo que a mí respecta,

cuanto menos se acerque a mí y a mi esposa, mejor.

Y como intente hacernos algo... ¿Qué?

...la mataré con mis propias manos.

Con el puñal que el sicario que contrató intentó matarme.

Así que hasta que no zarpemos a Cuba,

no se acerque a nosotros.

No te hagas tantas ilusiones.

No vas a olvidarme tan fácilmente.

Además, ha habido cosas buenas entre nosotros.

Lo único bueno es ese hijo que lleva en su vientre.

Que le ha servido para cazar a otro hombre.

Y ahora, si me disculpa, tengo un paquete que entregar.

¿Acaso no te importa lo que le pase a tu hijo?

Por supuesto que sí.

Por eso sé que tendrá la belleza de la madre.

Y todas las oportunidades que su padre no pudo tener.

Me alegro de que mi hijo

llegue mucho más lejos que estando a mi cargo.

Desde luego, tú eres un desgraciado.

Ya le he dicho que no caeré en sus provocaciones.

Me alegro de que don Felipe cuide de ese niño.

Y ojalá no le afecte la influencia de una madre tan perversa.

No voy a aceptar lecciones morales de un asesino.

De un timador.

De un hombre que ni siquiera tiene nombre.

No tendré nombre.

Pero tengo bondad en mi corazón.

Y capacidad de sentir amor hacia mi esposa.

Cosa que usted nunca tendrá.

Buenos días.

Qué ganas tengo de salir a que me dé el aire.

De oír los pájaros, de sentir la luz del sol en mi cara.

¿No cree que es un poco pronto?

No para el médico, ya le has oído, hija.

Ha dicho que estoy recuperada y puedo hacer vida normal.

Parece que no te alegras.

¿Cómo no me voy a alegrar de que quiera salir? Claro que sí.

Ea.

Pues más te vale, porque es eso lo que voy a hacer.

¡Huy! ¿Qué hacen ustedes aquí?

-Nos ha invitado su niña.

Cuánto nos alegra que por fin pueda recibir visitas.

-Pues nada, pasen, por favor, y siéntense.

Me siento muy halagada.

Que no merece una tantos mimos. Toma, hija.

-No diga tonterías, Bellita. ¿Para qué están las amigas,

si no es para animar en los malos momentos?

-Y para cotillear a gusto, que también hemos venido para eso.

-Pues nada, le escucho.

¿Cómo van los preparativos de boda de doña Genoveva?

-Pues esperemos que esté todo listo porque no queda nada.

Felicia, adelántenos el menú.

-No voy a hacer tal cosa. ¿Por quién me toma?

-Bueno, pero somos amigas, no saldrá de aquí.

-Solo la sugerencia ofende. -Está bien, no es para tanto.

Ni que me hubiera conocido ayer.

-Perdón, Rosina, el exceso de trabajo me tiene agobiada.

Lo que sí les puedo decir

es que van a tirar la casa por la ventana.

De verdad, estoy muy agobiada con tanto trabajo.

-Pero si tiene unos hijos estupendos.

Le ayudan día y noche.

Emilio y Camino son una bendición.

(TOSE)

¿Quiere un vasito de agua?

-Ah, no, gracias, no te molestes.

No es molestia. Además, les he preparado un tentempié.

Gracias, bonita.

-Ay.

¿Han visto a mi Cinta? Tampoco yo puedo quejarme de ella.

Que es un primor.

Si vieran lo bien que se ha ocupado de la casa

desde que Arancha se fue...

-Así se prepara para cuando le toque llevarla a ella.

No se quejará la suegra.

-¿Me ha oído quejarme?

Usted no lo entiende. -Entiendo el dolor que causa.

-Solo ve una cara de la moneda.

¿Y la otra? -¿Cuál es la otra?

-El amor que Camino siente por mí.

Y el que yo siento por ella.

Camino es feliz.

¿Usted sabe el regalo que es eso,

lo bonito que es sentirse así?

-Bonito.

-El amor verdadero lo es.

-Estoy seguro de que Camino

podría haber sentido algo así sin complicarse tanto la vida.

-¿De verdad lo cree?

¿Cree que Camino podría haber sentido

lo mismo que siente por mí por un hombre?

-Sí lo creo.

-Creía que era usted otro tipo de persona.

-No, lo único que sé es que vivimos

en la sociedad que vivimos y eso no va a cambiar nunca.

-Fue usted.

Usted lo destapó todo.

Bueno, qué más da.

Solo le pido una cosa.

No le cuente nada a su esposa.

Ya lo ha hecho.

Debe saberlo todo el mundo. -No.

Me dio su palabra de que no iba a decir nada.

Pero ambos sabemos que es cuestión de tiempo

que este escándalo explote.

Así que con todo el dolor de mi corazón,...

debo pedirle que abandone el estudio.

Siento mucho que termine así. -No ha de darme explicaciones.

Lo entiendo.

Y le agradezco muchísimo todo lo que ha hecho por mí.

Usted siempre ha sido comprensivo y atento.

¿Sabe que a veces le he considerado un amigo?

No le guardo rencor, don Liberto.

Sé que es un hombre de su época

y que usted solo hace lo que dictan las normas.

Mañana mismo abandonaré el estudio.

-Yo le ayudaré en lo que sea menester.

Todo con tal de que ponga distancia sin problemas.

-No es necesario.

-Maite.

Quiero que sepa que la admiro mucho como artista.

De verdad.

-Gracias.

Ahora, si me disculpa,

quiero estar sola.

(SUSPIRA)

Dios.

Bueno, Rosina, dígame qué quiere.

¿Por qué me ha traído aquí?

Tengo un asunto importante que atender.

-¿Espera que me crea eso?

(SUSPIRA)

Si lo que quiere es cotillear sobre el asunto que está...

-Lo que quiero es que sepa

que en mí tiene una amiga si necesita desahogarse.

¿Nos sentamos?

(SUSPIRA)

-Ay.

-Rosina, estoy pasando un infierno.

-Me lo imagino, querida.

Esa pintura libertina es el demonio, un monstruo.

Su hija no tiene culpa.

Sepa usted que nosotros hemos tomado las medidas oportunas

para obligarle a abandonar el barrio.

-¿Lo dice de verdad?

-Esta misma mañana ha ido Liberto a echarla del estudio.

Y mañana a estas horas estará a kilómetros de distancia.

¿Eh? -Se lo agradezco de verdad.

Y le agradezco que esté siento tan discreta, con lo que es usted.

Sé que le está costando mucho mantener el secreto.

-Pues sí, no se lo voy a negar.

Que no soy ninguna santa.

Pero lo he hecho por amistad.

Bueno, y también un poco por mí.

Maite estaba alojada en nuestra casa.

¿Qué pensarán de nosotros?

Bueno, pero a ver, mejor hablamos de otro tema.

En el barrio pronto habrás chismes

más interesantes o, al menos, tan interesantes.

He de confesarle que llevo unos días

preguntándome por qué Felipe ha decidido casarse con Genoveva,

cuando salta a la vista que sigue enamorado de Marcia.

Pues ya lo sé. -¿Lo sabe?

-Me di cuenta en cuanto la vi vestida de novia.

¿No se fijo en esos colores, ese ligero aumento de peso?

Está encinta. -¿Qué?

-Sí, Genoveva se va a casar preñada.

-¡Ay, válgame Dios!

La verdad es que sería un gran cotilleo

si tuviera la cabeza en cosas más banales,

pero ahora me interesa un comino. Debo marcharme.

Pero gracias, de verdad, amiga.

-Casilda, acompaña a la señora a la puerta.

-Con Dios.

Las dos son de seda, señor.

¿Cuál quiere ponerse?

Me da igual, Agustina. La que usted diga.

Es su boda, es usted quien debería decidirlo.

También...

si quiere llevar o no flor en el ojal.

Y también, si quiere que la lleve...

el padrino.

Sí, es buena idea.

De acuerdo, se las encargaré a Marcelina.

¿Irá esta tarde al barbero a que le repase, señor?

Pues no lo había pensado.

Es importante que luzca usted impoluto.

Sí, supongo que sí.

¿Quiere que le concierte la cita o lo hace usted?

No, no se preocupe, ya lo haré yo.

¿Puedo hacerle una pregunta, señor?

Claro, Agustina.

¿Le ocurre algo?

¿A qué se refiere?

No puedo evitar acordarme

de los momentos antes de su boda con Marcia.

Ahora es como un hombre distinto a aquel

que iba a casarse con ella.

¿No le ilusiona su enlace, señor?

(Puerta)

Vaya a abrir.

(SUSPIRA)

Es el comisario, señor.

Comisario.

Qué alegría verle por aquí.

¿En qué puedo ayudarle?

Por primera vez, esta es una visita de cortesía.

Vengo a traerle un regalo con motivo de su boda.

Lamentablemente, no voy a poder asistir.

Lástima, esperaba verle por allí.

Muy bonito, comisario.

Gracias.

Siéntese. No, me tengo que ir.

¿Algún asunto de última hora?

Sí, un asunto al que no puedo faltar.

Un reo al borde de la muerte ha pedido una última voluntad

y he de cumplirla.

Andrade.

Ha pedido hablar con Marcia.

¿Y qué querrá decirle?

Ni lo sé ni sé si lo llegaremos a saber nunca.

¿Por qué?

Santiago, el marido de Marcia,

se niega a que su esposa tenga ese encuentro.

¡Madre, haga el favor de venir un momento!

¿Puedo ayudarte yo?

Usted lo que hace es poner obstáculos en mi camino.

¿Sabe lo que me está costando mantener a madre en casa?

Y todo, por ayudarle a que no se tropiece con Julio.

Pues no lo hagas. ¿Cómo?

Que no hagas por que se quede en casa, yo quiero que salga.

¡Ah, que ahora quiere que salga!

Sí, más concretamente, quiero que lo haga esta tarde.

¿Y por qué?

Porque quiero que Julio venga aquí.

Me gustaría enseñarle mi capote, mi guitarra

y otras cosas importantes.

¿Usted se ha vuelto loco?

¿Cómo va a traer a su hijo ilegítimo?

Si tú lo has dicho.

Ahora lo difícil es mantener a tu madre en la casa,

pero no en la calle, está deseando salir.

Venga, canelita. Échame una mano.

¿Lo harás por mí?

Lo haré, sí, pero será la última vez.

Luego olvídese de que le cubra, se acabó.

Lo que me pide es perverso.

Me siento como si estuviera traicionando a mi madre.

Si ella se enterara...

-¿Si me enterara de qué?

Nada, que...

Que al final, el guiso que le dije lo he cambiado.

Bueno, mujer, con que no le eches

dos kilos de sal me doy con un canto.

Además, venía a comentarte que prefiero salir a comer fuera.

¿Qué te parece? ¿Fuera, cómo?

Al restaurante.

Luego subo, me echo la siesta y descanso.

No. ¿No?

¿No, por qué?

Pues porque...

Porque mañana es la boda y Felicia está sobrepasada de trabajo.

No, no, no.

No lo había pensado. Iremos a otro restaurante.

Dicen que hay uno que no está nada mal.

Estaremos igual de cerca para subir a echarme la siesta.

-¡Que no! -¿Tampoco?

-¿Y despreciar el guiso que te está haciendo con tanta ilusión?

-Chiquillo, siempre podemos dejarlo para la cena.

-Comértelo ahora, recién hecho, que es como está bueno.

Te echas una siesta y luego

te vas a merendar y a pasear por ahí toda la tarde.

¿Qué me dices? -Tampoco es un mal plan.

Pero no sé por qué me está costando tanto

salir de estas cuatro paredes.

Ay, Dios mío.

(RÍE)

¿Seguro que esto funciona?

-Vienen de Inglaterra, son mano de santo para los nervios.

-Bueno, pues me tomo tres.

-¿Cómo está Lolita?

-No ha probado bocado en todo el día.

-Válgame Dios, eso no puede ser, algo tendrá que comer.

-Si esta tarde sigue así, yo mismo le obligo.

No es bueno que el niño no coma.

-No le obligues, no vaya a ser que le siente mal.

-Dice que no tiene apetito, pero yo sé que son los nervios.

Le pregunto y se hace la loca.

-¿Y eso por qué?

-Porque le dije que deberíamos rechazar

el papel de padrinos en la boda de Felipe y Genoveva,

no vaya a ser que se ponga de parto en mitad del enlace.

-Y te dijo que no.

-Está como loca con el papel de madrina.

Sería capaz de cualquier cosas, hasta de aguantarse los dolores.

-¿Se puede saber qué estás haciendo?

-Nada, inhalar estas sales, a ver si me tranquilizo,

que me estoy poniendo más nerviosa que Lolita.

¿Sabes cuántos platos distintos le he cocinado

para ver si se animaba a comer? Cinco.

-Y nada.

-Nada.

Ni siquiera su tarta preferida.

Dice que no come y no come.

-¿Adónde vas tú ahora?

-A por la tarta, que también es mi favorita.

-Carmen, no inhales con tanto ímpetu,

que vas a marearte.

-Pues mira, a ver si es verdad y pierdo el conocimiento.

(SUSPIRA)

Creo que estamos todos exagerando un poco.

Y vamos a perder la cabeza.

-Está buenísima, Carmen, deliciosa.

-Oye, pues dame un poco, que se me ha antojado dulce.

(SUSPIRA)

-¡Esto es una casa de locos!

-Tome, padre. -No quiero.

-Voy a ver si Lolita quiere un poco.

-Sí, vamos, vamos todos.

Lola, mi amor. -¿Mm?

-¿Tienes hambre, quieres comer un poquito?

-¿Quieres que te prepare algo?

-¿No tienes hambre o no quieres que Carmen te prepare nada?

-Mm.

-¿Estás de parto otra vez, cariño?

-A la tercera va la vencida.

-¿Y no será una tercera falsa alarma?

-¡Ah!

¡Ay! -¡Ay!

-¡Ay! -¡Ay!

-Hay que llamar a un médico.

-Sí, que venga para que termine con esta locura.

-¡Sácame este niño de dentro! ¡Sácamelo!

-Iré yo a por el médico. -Voy contigo.

¡Uh! -Come un poco, que se te pasa.

-Me duele. -Ya, pero ¿qué hago?

¿Qué haces, Ramón?

-Inhalando estas sales, que me estoy poniendo nervioso.

-¿Estás loco, quieres que tu nieto nazca aquí?

¡Corre! -Ya voy.

¿Entonces, al final no le compraron nada al anticuario?

-No. Y mañana es la boda y no tenemos nada que regalar.

-Qué vergüenza más grande.

Vamos a terminar como unos tacaños.

-Y desagradecidos. Ahora, que la culpa es nuestra.

¿Quién nos manda fiarnos de esos dos?

-Cuidado, señora Fabiana, que uno de esos dos es mi marido.

-Y el otro, mi socio. ¿Y qué?

Dos desastres. ¿O lo niegas?

-Ni un poco de nada. -Ah.

Pues eso. Sobre todo, lo siento por usted, Agustina.

Son sus señores quienes se casan.

¿Cómo no va a llevar nada? -Calle.

Eso no puede ser.

-¡A la paz de Dios!"

-¡La paz de Dios, la paz de Dios!

¡A buenas horas que llegan! Y espero que con algo comprado.

Si no, van a salir por donde han entrado.

-Pues claro que sí. ¿Por quién nos ha tomado?

-¿De verdad han comprado un presente para Felipe y Genoveva?

-Mejor que un presente cualquiera.

Un regalo precioso, digno de príncipes y reyes.

-A ver, déjenmelo ver.

-Ya verán.

-¡Ah!

-Es de plata de verdad, de la buena.

-La verdad es que es precioso.

-Bonito es, las cosas como son.

-Y elegante. Habrá costado un dineral.

-No crea, nos ha salido bastante bien de precio.

Hemos tenido que ir a la otra punta de la ciudad.

-Ya verán lo bonita que queda la foto de los novios.

-La pondré en el aparador de la entrada.

-Pero cuente, cuente, ¿en la entrada de qué casa?

¿Dónde van a vivir sus señores?

-No se lo he preguntado.

Pero intuyo que en casa de doña Genoveva.

Tiene más caché que la de don Felipe.

El marco quedará precioso allí.

-¿Y qué piensan ahora, mujeres de poca fe?

-¿Hemos cumplido no hemos cumplido bien con el encargo?

-La verdad es que no dábamos ni un duro por ninguno de los dos.

Pero al final, lo han hecho.

-Para que la próxima vez desconfíen.

Somos resolutivos, efectivos y rápidos.

-Gracias, mi amor. -Pues hala.

Nosotras volvemos a la labor.

-Hala.

-Con Dios.

-Con Dios. -A la pensión.

(RÍE)

¡Hemos triunfado, Jacinto!

-¡Y por todo lo alto!

-¡A mis brazos!

(Cristales rotos)

¡Leche! -Pero ¿qué ha hecho?

-¿Qué he hecho yo?

(BELLITA SUSPIRA)

Ay, hija, qué faltita me hacía pisar la calle.

Claro que sí, madre. Vamos a tomar algo.

Hola, mi amor. -Hola.

Qué contentura te ha dado verme.

¿No saludas a mi madre?

Sí, claro que sí.

Disculpe, doña Bellita, no quería ser maleducado.

Me alegra verla en la calle.

-Muchas gracias, Emilio.

Mi familia, que exageran mis cuidados.

-¿Les pongo algo?

-Sí, pero antes voy a saludar a tu madre.

¿Está por aquí? -Sí, tiene que estar dentro.

No sabes lo mal que lo estoy pasando.

Primero, hago lo indecible para que se quede en casa.

Y ahora va mi padre y me dice que tengo que sacarla de casa.

No estoy de acuerdo con lo que está haciendo.

Cuanto más retrase el momento

de contarle a mi madre la verdad, peor va a ser.

Y más cuando la mitad del barrio ya lo sabe.

Y la otra mitad especula sobre el asunto.

Me siento como si estuviera traicionando a mi madre.

Como...

¿Me estás escuchando?

Perdona, sí, ¿qué decías?

¿No te interesa lo que te estoy contando?

Sí, claro que me interesa.

Cualquiera lo diría.

Llevas unos días como si no fueras tú.

Como si todo te diera igual. Eso no es verdad.

¿Qué demonios te pasa?

¿No te interesan mis problemas familiares?

¿Tus problemas familiares?

¿Crees que eres la única que tiene problemas?

¿Crees que tu familia es la única que guarda secretos dolorosos?

Todo el día que si Julio esto, Julio lo otro. ¿Y a mí qué?

Te pasas todo el día hablando de tus preocupaciones.

Yo también tengo preocupaciones y mucho más graves que las tuyas.

Pero ¿qué te pasa?

¡Huy, chiquilla!

Tu madre sigue con el mismo humor de perros que esta mañana.

Qué manera de amargarse.

Ponme una malta y algo de picotear. ¿Qué quieres tú, mi alma?

Nada, madre.

Me voy a sentar, que me duelen los pies.

¿Habéis discutido?

No, no.

¡Ay!

-Gracias, Casilda. -No hay de qué.

Bueno, ¿y qué vas a hacer?

-Soy un mar de dudas.

Por un lado, creo que Santiago tiene razón.

¿Para qué remover el pasado?

-Ya, y más ahora, que estás a puntico de marcharte a Cuba.

Es la decisión más sensata.

-Solo de pensar en volver a verle la cara

hace que se me revuelvan las tripas.

-¿Entonces, cuál es la duda?

-No sé.

Siento curiosidad por saber qué me quiere decir.

Ha usado su última voluntad para hablar conmigo.

-Ya, ya, la verdad es que no es asunto baladí.

Ahí no te quito razón.

Pero ya sabes, la curiosidad mató al gato, Marcia.

Lo que tienes que hacer es terminar las maletas

y pensar en tu futuro en esas tierras tan lejanas.

Te vas en unos días, además.

Y por eso he venido yo.

Mira.

He bordado estos pañuelos en mis ratos libres.

Llevan iniciales.

La B, la P, de Paco.

-No creo que haya muchos Pacos en Cuba.

-Bueno, pues Paca.

-Muchas gracias, Casilda. Eres muy buena amiga.

Seguro que me van a venir muy bien para venderlos.

Aunque...

Yo también he bordado algunos.

-¡Pero bueno, qué bien bordas, mujer!

(RÍE)

-Casilda, te voy a echar mucho de menos.

Eres la mejor amiga que he tenido nunca.

Ven aquí.

¡Ay!

(SUSPIRA)

-Bueno.

Bueno, venga, venga.

Venga, que vamos a terminar hechas una compasión.

Y te digo una cosa.

El inicio de una nueva vida tiene que ser motivo de alegría.

-Sí, supongo, pero...

Dejar atrás a gente que quiero tanto no es fácil.

-Marcia.

¿Puedo contarte una cosa que he descubierto, aunque...

pueda hacerte daño?

Me he enterado de casualidad de una cosa sobre doña Genoveva.

-¿De qué?

-La señora está encinta.

¿Tú ya lo sabías?

¿Y crees que por eso se casa don Felipe con ella?

-No sé, yo espero que haya algo más.

Que haya algo de amor entre ellos.

Si no, ese matrimonio va a fracasar.

-Fracasará.

Don Felipe esta enamorado de ti.

-Casilda, ¿podemos cambiar de tema?

Este asunto hace que me ponga un poco triste.

-Sí, sí, claro.

Si justamente yo también quería preguntarte una cosa.

No sé si te has enterado de algo en la mantequería

sobre doña Maite y Camino.

-¿Enterarme de qué?

-No sé, algún rumor sobre ellas.

-Pero ¿no sabes sobre qué es?

-Tiene que ser algo gordo para que doña Rosina

mantenga la boca cerrada y no me haya dicho ni mu.

Es algo grande, como la catedral de Burgos.

Camino, ¿has de trabajar con esa cara de seta?

-Es la que tengo.

-Pues cámbiala.

Mañana servimos una boda para 50 comensales.

¿Crees que a alguien le va a gustar que le sirvan con esa cara?

-Hay tantas cosas que no gustan y se hacen...

-Por favor, no me contestes.

Y prepara bien estos postres.

Quita. ¿Cuántas veces te he dicho que no se echa tanta crema?

Hay que poner solo un poco en la frambuesa.

¿Entiendes?

-¿Por qué no lo hace usted misma? -Que no me contestes.

-¿Y por qué no?

Si tan bien se le da hacer todo.

Sabe cómo preparar los postres, sabe sonreír, qué cara poner,

cómo vivir, cómo comportarse decentemente.

Me voy a la cocina, a ver si allí sirvo de ayuda.

(SUSPIRA)

Buenas tardes. -Buenas.

-¿Se puede? -Sí, claro, pase.

-No tiene usted buena cara.

-Estoy algo atareada.

Mañana tenemos una boda y me pilla preparando los postres.

-Ya veo, quizá he venido en mal momento.

-No, no, para nada.

Usted siempre es bienvenido.

¿En qué puedo ayudarle?

-Lo cierto es que he venido a pedirle disculpas a su hija.

Me he dado cuenta de que fui un estúpido al romper la relación.

Y no dejo de pensar en ella.

Día y noche, no se me va de la cabeza.

-Entiendo.

-Mi amor es sincero, doña Felicia.

Si no, no estaría aquí ahora mismo diciéndole esto.

Camino es muy especial.

Es valiente.

Atrevida.

Genuina.

Y no creo que encuentre a nadie como ella.

La amo, doña Felicia.

La amo con todo mi corazón.

Y me gustaría decírselo cuanto antes.

-Agradezco mucho su franqueza.

Pero he de pedirle un poco de tiempo.

Camino todavía está algo dolida por la ruptura.

Y creo que no aceptaría muy bien su arrepentimiento.

-Supongo que es normal.

-Estoy convencida de que pronto volverán a entenderse.

-Así lo espero.

¿Sería tan amable de darle esto de mi parte?

-Por supuesto.

-Muchas gracias.

-Con Dios.

(SUSPIRA)

¿Cómo me puede pasar esto a mí?

(SUSPIRA)

¡Ole! -¿Eh?

Eso, en el salón.

Pero cuando está el morlaco delante, oh, chiquillo.

¿Quieres probarlo tú?

-Pero ¿puedo?

-Hombre, trinca ahí.

Sinvergüenza. (RÍE)

Echa las manos para delante.

La pierna izquierda, para delante, que viene el toro por aquí.

Estira los brazos para recibirlo.

¡Eh!

(RÍE)

Oiga, ¿esa es su guitarra?

-La misma que toqué tantas veces.

Yo no era muy bueno con esto.

Las que son unas virtuosas

en el cante y en el baile son mi mujer y mi hija.

-No diga usted eso.

Es una mujer muy bella.

Una artista como la copa de un pino.

-Lo es.

He tenido una suerte con ella.

-¿Quiso usted a mi madre...

como la quiere a ella?

-No te voy a engañar.

Bellita es la mujer de mi vida.

Siento un amor tan incondicional hacia ella

que a veces creo que hasta me duele.

Pero tu madre fue mi primer amor.

Eso no se olvida nunca.

Dios la tenga en su gloria.

-¿Qué le parece si le dedicamos una canción?

-Me parece una idea estupenda.

Déjame que la afine, que verás.

¡Pues claro, madre!

¡Claro que me da coraje! Mi mujer.

Vamos.

Espere, que se me ha quedado la llave atrancada.

A mí también me pasa. Sí.

Ea, venga, ya. Ya, ya.

Con lo bien que nos lo estábamos pasando.

Bien te lo estarías pasando tú,

que me aprietan los zapatos y estoy sufriendo lo indecible.

Y no me grites más, que me entero perfectamente.

Voy a por las babuchas.

Si hubieras visto cómo me ha hablado.

Tu hermana es una descarada, una malcriada y una maleducada.

-Madre, déjelo ya.

Me hace sentir mal hablando así de ella.

-¿Y cómo crees que me siento yo?

Es ella la que se está comportando como una pecadora.

No sabes qué pena me ha dado Ildefonso.

-Ya me lo ha contado.

-El pobre se ha quedado plantado con su flor

y yo solo le podía decir que igual más adelante puedan entenderse.

¿Qué otra cosa le puedo decir?

¿La verdad? -No, eso sí que no.

-Lo peor es que Camino le hizo albergar esperanzas.

Hasta a mí me hizo creer que estaba interesada en él.

Tu hermana actuó con premeditación y frialdad.

¿Y mientras qué hacía? ¡Verse con esa fulana!

-Madre.

-¡Que Dios me perdone, pero es la verdad!

-He molestado a Rosina para que le presentara pretendientes,

me he preocupado por su futuro.

De verdad.

No entiendo a tu hermana. ¿Por qué me hace esto?

Esto no se le hace a una madre.

-Ya, ha de calmarse.

(LLORA)

-No puede permitirse estos disgustos.

No puede dejar que le afecte tanto.

(LLORA)

Huy, Dios mío.

No entiendo. ¿Qué es todo esto?

No lo sé, madre, lo habrá sacado padre.

¿Y para qué?

Le habrá dado nostalgia.

Yo qué sé. ¿Nostalgia?

Ay, por Dios.

Oye, tú estás muy rara.

¿A ti te pasa algo? ¿A mí?

¿Qué me va a pasar?

No sé, lo único que sé es que tú y tu padre estáis muy raros.

Aquí hay gato encerrado.

¡Anda ya, madre, qué gato encerrado!

Buenas.

Vayan sentándose, enseguida les traigo la carta.

Madre, están empezando a llegar clientes.

Ha de recomponerse. -Lo siento, hijo.

No te preocupes, estoy mejor.

Por muchas calamidades que pasemos, tenemos un negocio.

Y los clientes se merecen el mejor de los tratos.

-Esa es mi madre.

-Venga, ve a atenderles.

Camino, ¿dónde te crees que vas?

-Voy a dar un paseo antes de que lleguen más clientes.

-Si...

-¿Cómo? -Que necesito un descanso.

-Sigues castigada.

-Ya no soy una niña.

Y como me siga tratando como tal... -¿Vas a amenazarme?

¿Qué vas a hacer?

-Está riquísima, les va a dejar con la boca abierta.

De segundo tenemos el lenguado al champán, fresquísimo.

-Gritaré.

Gritaré a los cuatro vientos que estoy enamorada de Maite.

-Camino, por favor.

-Los primeros en enterarse van a ser esos clientes.

Pero luego saldré a la calle para que se entere todo el barrio.

¿Es eso lo que quiere?

-No serás capaz.

-Pruébeme.

(Puerta)

-Buenas, vayan sentándose. Ahora les tomo nota.

(MARCIA) Buenas tardes.

-Hola, Marcia.

-¿Qué haces?

-Estoy mirando los planos de unos terrenos

que tiene un indiano en Cuba. Quiero convertirme en aparcero

y mandar la mitad de los dividendos a España.

-Ah. ¿Y la otra mitad?

¿Sería para nosotros?

¿Tú qué sabes de cultivo de caña?

-Nada, pero aprendo rápido.

(RÍE)

-Me alegra que estés contenta.

Vamos a ser muy felices en Cuba, ya lo verás.

Es el principio de una nueva vida.

Se acabó el sufrir, Marcia.

Se acabaron las preocupaciones.

-Eso sería muy agradable.

Bueno, me tengo que marchar.

Solo he venido a dejar los pañuelos que hemos bordado.

-Te los van a quitar de las manos los señores en La Habana.

-Dios te oiga.

-Te veo luego.

-Se me olvidaba.

Llevo toda la mañana pensándolo.

He decidido que voy a ir a hablar con Andrade a la cárcel.

-¿Cómo dices?

-¿Qué pasa?

-¿Y mi opinión no cuenta?

-Claro que la tuve en cuenta.

Pero he decidido otra cosa.

-Y ya está.

-Dime por qué.

¿Por qué no quieres que vaya a hablar con Andrade?

¿Acaso hay algo que escondes que no me hayas contado?

¿Algo que Andrade pueda contarme?

¿Qué temes? Dime.

Camino.

Nunca he querido contrariarla ni jugar con sus sentimientos.

Pero debe saber que la amo.

Eres mi esposa y debes obedecerme.

No irás a ver a Andrade y punto.

-¿Tanto te has creído tu mentira

que de verdad crees que soy tu esposa?

¡Ah!

Por Dios, ¿así rompéis aguas las de Cabrahígo?

Ni quiero ni pienso ser como usted.

¿Camino es sufragista?

Quizá en un futuro no muy lejano

llegue un momento en el que todos podamos amarnos libremente,

sin miedo al qué pensarán o al qué dirán.

Vengo de casa de los Domínguez

¿y a qué no sabe de lo que me he enterado?

-Don José tiene un hijo. -La hija se ha escapado.

Brindemos por los novios. -Eso es.

Por la pareja más atractiva y exitosa de Acacias.

Se están viniendo arriba.

Seguro que tienen una boda llena de alegría

y sin imprevistos, algo poco común en este barrio.

(TODOS) Por Felipe y Genoveva.

(JULIO) Solo con el afecto que me ha demostrado

me basta y me sobra.

-Ole.

Ven aquí, que te doy otro abrazo, chiquillo.

Tengo remordimientos de conciencia por algo que he hecho.

-¿Qué ha hecho?

¿Hay mucha gente? Bastante.

¿Está también Felipe?

Si está, no le veo.

-¿Saben dónde está mi esposa?

-Ha ido al penal a ver a César Andrade.

(CAMINO) Maite, los guardias están preguntando por ti.

-¿Cómo? -No puedes quedarte aquí.

(SUSPIRA)

Acacias 38 - Capítulo 1194

05 feb 2020

La última voluntad de Andrade, moribundo en la cárcel, es despedirse de Marcia. Santiago se niega a deja ir a su mujer ¿es que acaso teme que el reo pueda contarle algo?

Liberto pide a Maite que abandone el apartamento y ella se compromete a dejar la ciudad. Camino sufre con el maltrato que sufre su amada y se revela contra su madre.

Cinta enloquece con las peticiones de su padre: primero no quiere que su madre vaya a la calle para evitar el encuentro con Julio, luego quiere que marchen las dos del piso… No sería raro que en una de estas Bellita les descubriera.

Servando y Jacinto consiguen por fin el regalo de bodas de los criados para Felipe y Genoveva. Pero se les cae al suelo y se rompe ¿qué harán ahora?

Lolita vuelve a toda su familia loca en los últimos días de su embarazo.

Genoveva ultima los preparativos de su boda y no se burla de Santiago: en cuanto sea la mujer de Felipe ya no le necesitará para nada. Pero el abogado no parece demasiado convencido de hacer lo correcto casándose con ella.

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  1. gema

    bueno se ha ido lo mejor de acacias : Arantxa

    09 feb 2020