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372ENTREVISTA
La imaginación, ¿al poder o a la depresión?

Robert M. Sapolsky
Robert M. Sapolsky es profesor de Neurología en la Universidad de Stanford y sus investigaciones se centran en el estudio del estrés y la degeneración neuronal. El objetivo de su laboratorio es conseguir desarrollar una terapia génica que pueda proteger las neuronas de distintas enfermedades. Ha recibido numerosos premios por sus investigaciones y es autor de innumerables artículos y algunos libros sobre las relaciones entre biología, individuo y sociedad entre los que destacan “Porqué las cebras no tienen úlceras: una guía al estrés” y “MonkeyLuv”.

 

Eduard Punset:
Si alguien tiene (por lo menos eso sostienes) una variante específica de un gen llamado 5-HTT, esta persona tendrá más riesgo de padecer depresión. Y alrededor del 10 y el 20% de nosotros sufrimos depresión, ¿no? Pero para que este gen conduzca a la depresión, es necesario un entorno concreto, de lo contrario no cambiará nada. ¿Es esto cierto?

Robert Sapolsky:
Sí, y estoy seguro que el estudio que publicó esta conclusión pasará a los anales de la ciencia como el artículo más importante de psiquiatría biológica en 25 años, porque hizo dos cosas perfectas. Hay muchos motivos para pensar que la depresión constituye un trastorno bioquímico; algo que no funciona en la química cerebral. Y los mejores indicios apuntan a que se trata de un mensajero químico llamado serotonina, que influye en todo esto. El fármaco más popular del mundo para prevenir la depresión es el Prozac…

Eduard Punset:
El Prozac…

Robert Sapolsky:
Un inhibidor selectivo de la recaptación de la serotonina… la serotonina es el neurotransmisor que se encuentra en pleno centro de toda la reflexión sobre la depresión. Y se llevó a cabo este estudio, un estudio fabuloso, enorme y ambicioso, durante 20 años, que terminó demostrando que hay un gen que guarda relación con la depresión. ¡Es apasionante!
Así que éste fue el primer gran descubrimiento: hay un gen que codifica una proteína que determina cuánta serotonina se comunica entre las neuronas. Y podríamos decir: «¡Ya está! ¡Hemos descubierto la causa de la depresión! Si tienes el gen equivocado, mal asunto, padecerás depresión crónica».

Eduard Punset:
Todo son genes

Robert Sapolsky:
Todo son genes, hasta que llegamos al segundo aspecto importante, el más importante del estudio: para cualquier cosa que hayamos aprendido sobre genética durante los últimos 3000 años, lo que deberíamos plantearnos una y otra vez es: los genes no determinan nada, los genes determinan ciertas cosas en entornos concretos. La interacción entre los genes y el entorno… ¡ni siquiera puedes licenciarte como biólogo si no repites esto entre sueños por la noche! ¡Es tan importante! Pero nadie piensa en ello…

Eduard Punset:
Cierto

Robert Sapolsky:
Pero como decías, según este estudio ¿acaso resulta que si tienes la versión incorrecta de este gen vas a padecer depresión? ¡En absoluto! Estadísticamente no es así. Es necesario tener la versión incorrecta del gen y estar expuesto durante el período de crecimiento a un entorno estresante…
Así que el estudio constituye el ejemplo perfecto de no se trata del gen de la depresión, sino de un gen que hace que seamos más vulnerables a la depresión en determinados entornos estresantes.

Eduard Punset:
Así que sostienes que los genes, en realidad, crean proteínas pero no crean comportamientos directamente. Aunque, por supuesto, si tienes la versión correcta o incorrecta del gen y estás en un entorno deprimente desarrollarás una depresión. Posiblemente por esto, Robert, afirmas que los genes explican los potenciales y las probabilidades, pero no el destino.

Robert Sapolsky:
Por lo general sí, pero hay ejemplos dramáticos, como con esta enfermedad, la fenilcetonuria… se produce un problema en un solo gen, pero en el gen que evita que las toxinas entren en el cerebro…. Si alguien tiene el gen equivocado, su cerebro será un auténtico desastre a la edad de dos años. Ante una cosa así… ¡madre mía! ¡Realmente parece que un solo gen determine totalmente el comportamiento!

Eduard Punset:

Robert Sapolsky:
Hasta que se modifica el entorno, se pone a esta persona en un entorno en el que su dieta esté controlada de un modo determinado, y resulta que puede vivir una vida saludable y feliz con esta enfermedad, pese a tener este gen. En cierto modo es el ejemplo más extremo, pero una y otra vez, no tiene ningún sentido hablar de lo que hace un gen, especialmente respecto al comportamiento, especialmente respecto al comportamiento humano, sin decir que este gen hace esto en un entorno específico.

Eduard Punset:
Imagínense, hagan el mismo ejercicio conmigo ahora. Vamos a casi cerrar los ojos, descansar. Vamos casi a respirar como respiran los que hacen meditación, si no me equivoco, me corrigen, pero cuando aspiras sacas un poco del estómago y cuando expiras así lo contraes. Y en esta calma que tenemos ahora busquen los latidos de su corazón, y cuando den con ellos empiecen a contar. Uno… dos… tres… y ahora piensen que cada vez que se da uno de estos latidos, es un latido menos que le queda para vivir. En una vida puede haber miles, millones de latidos; cada uno de estos latidos que pasan nos acerca más de la muerte.
Y ahora, claro, uno tiene que pensar en la muerte, ¿no? Y a mí, por lo menos, se me acelera el pulso ahora de pronto y, en lugar del ritmo que tenía antes, pausado, oye, empieza a ir más deprisa.
Esto es un claro ejemplo de una de tus mayores contribuciones: el poder de la imaginación. Con sólo imaginarlo me pongo casi enfermo, algo pasa en alguna parte de mi cerebro; puede que pase algo devastador. ¿Qué sucede?

Robert Sapolsky:
De algún modo, cabe pensar que muy pocos de nosotros moriremos de viruela o malaria o de fiebre amarilla o algo por el estilo, sino que moriremos de enfermedades occidentales, en las que el cuerpo se deteriore durante setenta u ochenta años: diabetes, hipertensión, cáncer… lo que pasa es que llegamos a algo fundamental de la medicina actual, que es que podemos influir en el funcionamiento de nuestro cuerpo mediante el pensamiento, la memoria, las emociones. Y esto no tiene nada que ver con si sobreviviremos o no al ántrax o a la viruela, sino que concierne al modo en el que nuestro cuerpo sepa llevar la diabetes, la cardiopatía… etcétera, etcétera. Y cuando entramos en el terreno de los primates inteligentes y sociales como nosotros, entramos en un ámbito en el que el pensamiento y las emociones y la capacidad de cambiar el modo en el que nuestro cuerpo funciona y responde, y cambiarlo de un modo drástico, resultan cruciales para definir quién de nosotros está sano y quién enferma.

Eduard Punset:
¿Y qué le pasa a nuestro cuerpo? Es decir, ¿qué le puede pasar al cuerpo cuando pensamos en algo funesto?

Robert Sapolsky:
Pues, irónicamente, la clave de lo que funciona mal, lo que le haces al cuerpo cuando vas y piensas: «¡ay, dios mío, moriré algún día!» o bien «ay, dios mío, ¡se me olvidó pagar la factura de la luz!» es exactamente lo que querrías que hiciera el cuerpo si fueras un mamífero normal. Si fueras un mamífero normal y tuvieras una sensación de emergencia, sería porque alguien te intenta devorar o bien porque eres tú el que intentas devorar a alguien; y porque estarías corriendo para salvar tu vida por la sabana. ¡Todo lo que hace el cuerpo en estas circunstancias es fabuloso! Se segregan un montón de hormonas de estrés, que le aportan energía al torrente sanguíneo para que los músculos funcionen mejor; aumenta el ritmo cardiaco; aumenta la tensión arterial; se cancelan todos los proyectos de construcción a largo plazo, porque la lógica es que, si un león te persigue, no es el momento de alcanzar la pubertad u ovular, mejor dejarlo para otro momento. Se paraliza el crecimiento, la digestión, la reproducción…

Eduard Punset:
¡El sexo! [Simultáneamente]

Robert Sapolsky:
¡Exactamente! Mejor producir esperma en otro momento, no cuando corres para salvar la vida. Todo esto tiene muchísimo sentido si tienes estrés como lo tienen los mamíferos normales, porque se trata de un breve período de terror físico absoluto. ¿Pero qué hacemos nosotros? Vamos y lo activamos pensando que está desapareciendo la selva tropical, que está desapareciendo la capa de ozono, que el planeta se está calentando, o que todos moriremos algún día. Y activamos exactamente la misma respuesta de estrés. Y la clave de todo este campo es que, si lo activas de un modo crónico, por motivos puramente psicológicos, te hará enfermar, porque el sistema no ha evolucionado para esto.

Eduard Punset:
Realmente hay casos; habéis realizado mediciones de algunas personas, y el hipocampo, esta región específica del cerebro, queda devastada, puede perder hasta un 20%. ¿Todo esto por un mero pensamiento?

Robert Sapolsky:
Sí, y esto es muy inquietante. La mayor parte de los médicos han aceptado en los últimos 50-60 años que el estrés puede tener algún efecto sobre la tensión arterial, y cosas así. ¡Pero lo que sólo hace 20 años que sabemos es que el estrés también puede tener efectos malísimos en el cerebro! Todos sabemos que, cuando estás estresado, tu memoria no es tan buena y te olvidas de las cosas… Pero, como dices, lo que resulta más importante es que el estrés puede matar neuronas de una parte del cerebro, una región cerebral llamada hipocampo, que tiene mucho que ver con el aprendizaje y la memoria…

Eduard Punset:
¿Ah, sí?

Robert Sapolsky:
Que es la región que sufre daños en la enfermedad de Alzheimer, y mi laboratorio y otros laboratorios han estado observando durante 20 años que esa zona queda dañada por las hormonas del estrés. ¿Y cómo se aplica esto a los humanos? Lo que sugieren los estudios, para volver al punto inicial, es que las personas con una depresión clínica grave, que se ha prolongado durante muchos años, tienen niveles muy elevados de hormonas de estrés (la hidrocortisona es la versión humana) y presentan una disminución del hipocampo, con los problemas de memoria que ello conlleva; cuanto más dura la depresión, tanto mayor es la disminución. Y esto empieza a sugerir que el estrés no sólo es algo que tiene que ver con el funcionamiento del cuerpo, sino el motivo por el que unos cerebros envejecen más rápido que otros.

Eduard Punset:
Más rápido que otros

Robert Sapolsky:
¡Sí, exacto!

Eduard Punset:
Robert, tengo un perro, bueno, una perra: se llama Pastora. Y el verano pasado, mientras escribía un libro sobre la felicidad, sobre lo que la ciencia puede aportar sobre la felicidad, ¿sabes? Me percaté de que Pastora, mi perra, era peculiar en un aspecto… su plato está fuera, en una pequeña terraza. Y cada vez que voy a buscar su plato a la terraza, empieza a saltar por todas partes, ¡yo casi no puedo caminar! Hasta que yo recojo el plato, y voy a la cocina con él, y Pastora empieza a corretear como loca y tengo que decirle: «vamos, Pastora, cálmate, ¡que ni siquiera puedo llegar a la cocina!» Bueno, una vez en la cocina, le lleno el plato con cereales o un poco de jamón, y ella se queda esperándome, ¿sabes? Si tardo un poco más de lo habitual empieza a ladrar, y luego vuelta a empezar mientras saco el plato a la terraza donde come…. Durante años me he preguntado: ¿pero qué pasa? Porque cuando le doy el plato, ¡a veces ni siquiera se lo come! Pero antes el animal cambia totalmente, es decir, rebosa felicidad. Así que me dije: «¡Caramba!» estaba escribiendo el libro Viaje a la Felicidad, Las últimas claves de la ciencia y me dije: «¡oye! ¡La mayor felicidad parece estar en la sala de espera de la felicidad!» Todo es cuestión de expectativas... es decir, cuando la perra obtiene la comida, se ha acabado ya el momento en el que la he visto realmente feliz. Y en tus libros, he encontrado el mismo tipo de razonamiento… también dices que es justamente en la anticipación del placer donde reside el placer. Así que lo que segregas qué es, ¿dopamina?

Robert Sapolsky:

Eduard Punset:
Dopamina… creo que algunos investigadores habéis descubierto que segregas dopamina, o el perro, mi Pastora, segrega dopamina, antes de comer, no mientras come. ¿Es así?

Robert Sapolsky:
Un ejemplo perfecto; explica, estoy convencido, tantísimo del mundo…

Eduard Punset:
Es increíble, ¿no?

Robert Sapolsky:
¡Lo es! Antes hablábamos de la dopamina. La dopamina tiene que ver con el placer, se creía que, cuando consigues una recompensa, esta parte del cerebro segregaba dopamina… resulta que esto es un error. No se trata de la recompensa, sino de la anticipación de la recompensa. Puedes entrenar a una rata de laboratorio para que, cuando se encienda una luz en la jaula, deba presionar cinco veces la palanca para conseguir comida. La primera vez que la rata obtiene la comida, sube la dopamina. Pero al cabo de un tiempo, ¿cuándo sube la dopamina? No cuando la rata consigue la comida sino cuando se enciende la luz.

Eduard Punset:
¡Como Pastora!

Robert Sapolsky:
¡Exactamente como Pastora! Porque la rata está ahí pensando: «¡Esto es genial! ¡Genial! Conozco esa luz, sé dónde está la palanca, puedo alzarla, esto será fabuloso, puedo hacerlo, ¡todo está controlado!» Todo reside en la capacidad de anticipación, ahí es cuando sube la dopamina. Mira, recuerdo un amigo mío de la universidad que tenía una de las visiones más cínicas del mundo, pero que encaja con esto hasta cierto punto, solía decir: «una relación es el precio que hay que pagar por haberlo deseado tanto».

Eduard Punset:
Una relación estable

Robert Sapolsky:
Sí. Es como… si ya supiera lo que hacía la dopamina. Pero hay algo incluso más interesante que se descubrió en un estudio fantástico hace un par de años. Muy bien, la rata presiona la palanca y ahora obtiene la recompensa, todo igual, sólo que ahora hacemos algo diferente. En lugar de facilitar la recompensa una vez se ha hecho la tarea, ahora hace la tarea y consigue la recompensa sólo un 50% de las veces.

Eduard Punset:
Ya veo…

Robert Sapolsky:
Se introduce cierta incertidumbre. Y lo que se observa es que, ¡justo después de presionar la palanca, hay un aumento de dopamina como nunca antes se había visto, en la química cerebral, justo hasta el momento en el que la rata descubre si consigue o no la comida! Es decir: cuando se incorpora la dosis justa de «quizás», es incluso mejor que cuando se trata de «¡ahí viene sin duda!»

Eduard Punset:
¡Dios mío!

Robert Sapolsky:
Lo que hay que hacer, según demuestran estos estudios, es mantenerlo justo sobre el 50%. Con un 25% ó 75% no se consigue un aumento tan grande de dopamina. Si se llega justo a este punto de incertidumbre, el cerebro dice: «¡esto será genial! ¡Ahí viene! No, ¡tal vez no venga! No lo sé; ¡pero hoy me siento afortunado...!» Es mera anticipación. La gente que estudia el estrés, la psicología del estrés, siempre recalca que si sientes que no tienes control, te sientes muy estresado. ¡Pero hay un contexto, sin embargo, en el que tener poco control, las máximas leyes de la imprevisibilidad, sienta genial! ¿Cuál es la diferencia? ¡Porque en este contexto te sientes optimista! Lo percibes como un entorno benévolo. «Posiblemente todo saldrá bien, y si no es esta vez será la próxima…» y ese «quizá» es tal vez lo más increíble que te puedas imaginar. Cuando salió este estudio, se comentó cuánto nos ayuda esto a entender la adicción y el juego…

Eduard Punset:
¡Claro!

Robert Sapolsky:
Porque si te fijas en un casino, lo que los diseñadores y dueños del lugar logran de un modo fantástico es partir de una circunstancia en la que hay alrededor de un 1% de posibilidades de obtener una recompensa, manipular el entorno magníficamente, psicológicamente, para que en cambio sientas que tienes un 99% o quizá incluso un 51%; tergiversar lo que es básicamente un entorno malévolo y convencerte de que es un entorno benévolo y que «quizá, quizá, quizá esta vez…» es como… ¡si tu cerebro nadara en dopamina! Y de eso trata la adicción de la anticipación…