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En portada - La sombra de la Camorra

"La sombra de la Camorra". Instantáneas de un reportaje

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Un hombre tiroteado, cubierto con una sábana y niños alrededor. Seis inmigrantes que buscaban la tierra prometida y fueron asesinados con armas blancas por la camorra. Esperanza,  religiosidad y miedo. La fuerza dormida del Vesubio. Un continente de belleza, de historia y confusión. Son algunas de las instantáneas que las palabras Nápoles y Camorra inspiran a las personas que hemos entrevistado.

Pero hay instantáneas que la cámara nunca podría recoger y que, sumadas una tras otra,  construyen una suerte de historia paralela que se queda grabada, si cabe con más fuerza, en esa frágil memoria que precede al olvido.

Esa historia paralela tiene en nuestro caso un nombre propio sin el cual la perspectiva, el enfoque y la propia vivencia de la ciudad de Nápoles y el entorno que rodea a la Camorra hubiesen tenido un colorido y una plasmación muy distintas en el contexto del reportaje. 

Mi instantánea de este trabajo se llama padre Fabrizzio, el sacerdote jesuita que ha levantado un centro de formación para jóvenes en el corazón de Scampía, un barrio controlado hasta tal punto por los capos que es imposible dar un paso sin riesgo de la integridad física. 

Descubrimos al padre Fabrizzio, tras varios días de rodaje en los que apenas habíamos arañado la realidad de Nápoles. Una realidad que tiene el reflejo de la Camorra en cada rincón de la ciudad pero que sólo se hace visible en algunos barrios de la periferia. 
En el año 2004, la guerra entre bandas que se desató en Scampía por el control de la droga y del territorio dejó más de 60 muertos. Hoy este barrio simula un pequeño estado paralelo en la región de Campania, un lugar comparable a Cité Soleil, en Puerto Príncipe, que pasa por ser el lugar más peligroso del mundo y que, al igual que Scampía, está repartido entre jefes de distintas bandas.

Ahí, en el mayor centro de droga de toda Europa, el padre Fabrizzio ha sumado voluntarios procedentes del propio barrio, enseña diversos oficios a los más jóvenes y ha logrado incluso que muchas familias camorristas le confíen la educación de sus niños. Todas las mañanas el padre Fabrizzio compagina esta labor con visitas a presos de la Camorra, a los que intenta convencer de que, por su bien y el de sus familias, deben cambiar de vida. 

Este hombre no es un iluso. Ha tenido camorristas que lo han amenazado y otros que se han alejado de la camorra. Cuando le preguntamos por la contradicción que puede suponer ayudar a unos asesinos contesta : "Vivo en contacto con estas personas porque las conozco bien, están a diez metros, y les conozco también en la cárcel. Por cultura y por fe creo que todo corazón de hombre tiene una parte de bondad, se trata de saber encontrarla y apreciarla. Puedo perder, estoy seguro de que puedo perder, pero no me preocupo de perderme a mí, sino de conseguir que esta parte de bondad que tiene cada camorrista pueda aflorar, que pueda entender y descubrir la verdad y la justicia".

Este jesuita regenta también una pequeña parroquia en la que nos citamos para grabar la entrevista.  La puerta trasera da a un estrecho patio desde el que se intuye un jardín y junto a éste un infierno de violencia y droga. La parroquia está enclavada en la zona más sórdida de Scampía pero algo mantiene a este lugar en una especie de salvaguarda. Los capos lo respetan o mejor dicho, en su peculiar religiosidad respetan algo de lo que el Padre Fabrizzio representa  y que define del siguiente modo :

"El camorrista tiene una cierta religiosidad, pero se trata de algo que no se basa en la conciencia, sino en la necesidad de protección y en la idea de un Dios que justifica su elección ilegal y que le protege a él y a su familia. Es una religión paralela a la de la iglesia. El camorrista tiene sus estatuas, sus altares, sus fiestas y sus rezos. El peligro consiste en que nosotros los sacerdotes desde la iglesia ayudemos a los camorristas en esta religión falsa donde lo que cuenta es la protección, y no la libertad de la conciencia, y la honestidad. Se puede entrar en esta conciencia cuando el camorrista, que ha perdido y ya no tiene fuerza ni poder, puede entender que el espíritu de Dios es algo distinto".

Imposible atravesar con una cámara el umbral que nos separa del territorio Camorra, por eso intentamos que alguien de confianza, quizá el propio padre, nos acompañe. Serenamente, como si entendiera las razones de quien intenta apurar hasta el límite la oportunidad de grabar lo indescriptible el Padre Fabrizzio dice que no lo hagamos. Sólo estaríamos seguros en su compañía pero para él eso significaría traicionar la confianza de una gente que a pesar de todo también le respeta.

De algún modo, sin cámara y sin nada de valor que pueda atraer la atención de una gente desesperada, me encuentro paseando por el barrio con el Padre Fabrizzio. Lo primero que llama mi atención es una aparatosa imagen religiosa que un conocido capo ha hecho levantar en mitad del parque. A pocos metros, grupos de chavales de todas las edades compran y venden la droga ajenos a cualquier cosa que pueda interrumpir el momento de éxtasis. La mayoría se apura a consumirla allí mismo, alimentando los montones de jeringuillas que ya hay esparcidos por el suelo.

Desde los balcones, los centinelas corren la voz de la presencia de un extraño. Algunos nos increpan. Otros se aproximan para indagar sobre un desconocido que el sacerdote, para tranquilizarlos, les presenta como a un pariente lejano.  No conviene abusar de esta aparente calma. De vuelta a la Rectoría un muchacho reclama la atención del sacerdote. Desde otra esquina del parque otro joven se le suma. Apenas comprendo algunas palabras de napolitano, pero la voz y la mirada de estos jóvenes delatan que están rotos por dentro. Ni siquiera son peligrosos, sólo están desesperados y a merced de unos traficantes que han convertido este barrio en el símbolo más degradado de los clanes camorristas. Uno de los jóvenes intercambia algunas palabras con el padre Fabrizzio, con lágrimas en los ojos le jura por Dios que lleva una semana sin drogarse y que fiel a la promesa que le hizo, así va continuar. Entonces veo como el padre reposa una de sus manos en la cabeza del joven y musita unas palabras de aliento. Mi instantánea personal de Nápoles ya ha sido grabada.