Anterior Frecuencias de emisión en Onda Corta Siguiente Marlango y la capacidad de sorprender(se) en 'Suena Guernica' Arriba Ir arriba
Sinfonía de la mañana - 22/06/16

Relato 'Una Jota en el Cairo'

|

POR MARTÍN LLADE

Se lo había dicho a Hipólito Lázaro y también al bajo Ferroni. Pensaba dar una vuelta esa noche por la ciudad. “Si no me veis a la hora del desayuno, llamad a la puerta de mi habitación. Despertadme”. Y durmió plácidamente hasta el mediodía, en que entraron los empleados del hotel a limpiar. Bajó en pijama a recepción para encontrarse con la desagradable sorpresa de que la compañía se había marchado. Pero aquello no era posible. ¿No había preguntado por él siquiera el maestro Mascagni? El gerente del hotel se encogió de hombros. Dominaba malamente el italiano, bien el inglés, nada el español. García lo acabó dando por imposible. Pidió llamar por teléfono pero no sabía exactamente a quién. ¿Qué podría hacer su familia desde España?

A pesar de poseer un teatro de ópera, donde había estado con la compañía de Pietro Mascagni, Egipto no dejaba de ser un país exótico y muy extraño para él. “Es como Granada pero a lo bestia”, le habían dicho sus amigos andaluces, que por cierto, tampoco habían estado allí. Pero lo cierto es que desde el descubrimiento de la tumba de Tutankhamon, tres años antes, no había día en que los periódicos no hablasen de aquel enigmático lugar. Ahora él, con apenas unas libras en el bolsillo, era parte del enigma. Al principio quiso pensar que se había tratado de un error y que, de alguna manera, vendrían a buscarle. ¿Iba a dejarle su compatriota Hipólito Lázaro en tierra? La verdad es que, pese a todo, no dejaba de ser un tenor como él, pero con mucha más fama, y, desde luego, celoso de cualquiera que pudiera, aprovechando una afección suya de garganta o algo así, sustituirle en alguna función. Ciertamente, no era descabellado pensar que, consciente de su ausencia, no hubiera hecho nada por avisar a Mascagni. Decidió aguardar en el hotel hasta recibir alguna llamada, pero ésta no se produjo. A las seis de la tarde, el gerente, muy amablemente, le preguntó cómo pensaba pagar la habitación ahora que no estaba la compañía. Se excusó. No podía hacerlo. No dejaba de ser un buen hombre aquel gerente y le dijo que, sólo por esa noche, podría usar el cuarto de las escobas. Pero luego tenía que marcharse de allí. Aceptó.

Al día siguiente, con el cuerpo rígido, salió del hotel con su maleta. Al menos llevaba en ella otro traje de recambio y algunas mudas. Al verle así, todavía vestido con cierta elegancia, vendedores vociferantes y niños descalzos no dejaron de importunarle. Con su espíritu de comerciante, conocían palabras en una docena de lenguas que, combinadas inteligentemente entre sí lograban crear la ilusión de que, en el fondo las dominaban. Aunque sólo eran palabras referentes a los artículos que vendían. “Tú, bueno, barato, mejor que en Europa, yo regalo a ti si tú me compras esto otro”. No entendía cómo podían saber algo de España, pues en ocasiones le citaban nombres de toreros y la Alhambra o la Giralda de Sevilla. Y es que los pocos turistas que acertó a ver por las calles de El Cairo eran casi exclusivamente ingleses.

Los primeros días se alimentó de frutas que cambió por sus últimas monedas, tras sesiones de regateo que duraron hasta dos horas. Incluso hasta se vio, caída la noche, rebuscando restos de comida debajo de los puestos cerrados del bazar de El-Khalili. Al tercer día ya no tenía nada en el cuerpo. El dueño de una tienda de alfombras, al que le dio pena su situación pero con el que le era imposible sostener una conversación que no versara sobre sus artículos, le invitaba por las mañanas a tomar una infusión de karkadeh, hecha a partir de una flor roja que sólo mucho después identificaría como hibisco.

El dueño le preguntó, como pudo, a qué se dedicaba.

-I sing-le dijo en su escaso inglés.

-Sing, sing-le animó entonces el egipcio. Y fue así cómo se le ocurrió cantar algo. Una cosa tonta. “La donna è mobile”. Fue entonces como si el público presente en el bazar se quedara fulminado. Empezó a cantarla sentado, a media voz, pero luego, cerró los ojos, rememorando sus días sobre el escenario del Tívoli en Barcelona. Eso era. No se encontraba perdido de la mano de Dios, sino en la cama de algún hotel por cualquier país de Europa, a punto de despertar. Y ahí lo dio todo. Y de repente se sorprendió por unos atronadores aplausos a sus espaldas. Todos los vendedores y sus clientes, electrizados, lo contemplaron con admiración. Nunca habían escuchado nada semejante en sus vidas. ¿No podría volver a hacerlo? Al principio se sintió azorado, pero luego aceptó la silla que le ofrecían y se subió a ella en mitad del bazar. ¿Qué querían ahora? Y les cantó el “Donna non vidi mai” de Manon Lescaut. De repente, los vendedores le ofrecieron dátiles y hummus y no los rechazó. Probó entonces con una jota. ¿Habría algo equivalente en la música popular egipcia? Lo cierto es que la noche maldita en la que salió a dar una vuelta, para perder de vista la compañía, estuvo en un curioso espectáculo en el que había bailarines que giraban sobre su cuello durante media hora, sin perder el sentido, y cantaban algo que se parecía bastante al flamenco. Entonó para ellos el “Te quiero, morena” de El trust de los tenorios de Serrano. En España no había nadie que la cantara como su paisano Fleta, pero bueno, él también era aragonés, y se preciaba de ello. Cuando los vendedores rompieron a llorar se dio cuenta de que había tocado algo muy en su interior, a lo que era incapaz de dar nombre, pero que, sin duda, demostraba la universalidad de una música que los empresarios juzgaban como ramplona y poco exportable.

A partir de ese día tuvo un lugar donde estar. El vendedor de alfombras le dejaba dormir en una estera en su trastienda y se alimentaba de lo que tanto turistas como vendedores, que poco a poco se convirtieron en sus amigos, le daban. Los europeos le pagaban en monedas pero él, quién sabe por qué, empezó a preferir que le dieran, como hacían los egipcios, algo de comer o cigarrillos. Así no era preciso regatear por nada, o tener que darle valor a una cosa. Estaba literalmente comiendo de su trabajo y eso le hizo sentirse más orgulloso que nunca de su vocación.

Poco a poco fue conociendo la ciudad. Era inmensa, pero tenía todo el tiempo del mundo para recorrerla a pie. Y así, del bazar de El-Khalili pasó pronto a frecuentar la Ataba el Kadra, las Charias de El Muski, Charanani y Haluagi, o el parque de Ezbequiye. Igualmente cantó en ocasiones en la explanada de Guiza, sintiendo le extraña emoción de que su propia voz resonase en los huesos de sus extremidades, al serle devuelta por la acústica milenaria de la gran pirámide. Un día, incluso, se dio el capricho de ascenderla, con gran peligro para su vida, pues dos veces resbaló, a punto de precipitarse desde gran altura. Pero mereció la pena, pues acabó sentado en su cúspide, contemplando desde allí la ciudad, que se le antojó el mundo entero.

Si tenía alguna necesidad le bastaba con cantar en cualquier esquina para que alguien le diese algo. Era cierto que El Cairo tenía sus riesgos, pero rara vez corrió peligro porque al preferir alimentos a cambio de su talento en lugar de dinero muy pronto los ladrones se dieron cuenta de que no era un turista que pudiera interesarles. Y es que ¿cómo hubieran podido robarle la voz, que era realmente lo más valioso que poseía? Lo que no frecuentaba apenas era la plaza de la Ópera. Por algún motivo le traía amargos recuerdos y, además, había descubierto para su sorpresa que le gustaba aquella vida. Ir enfundado en una chilaba, con unas simples alpargatas, conversando con la gente, pues, en esto, había empezado a dominar el árabe, sorprendiéndose por las inesperadas similitudes que, en muchos aspectos, presentaba con la lengua castellana.

Sin embargo, todo esto cambió el día en que, finalmente se acercó a la Ópera. Allí, para su sorpresa, se encontró con que el frontón aledaño, que se preguntó quién demonios habría mandado erigir, jugaban unos vascos. Al principio, enfundado en su chilaba, prefirió no revelar su identidad, pero luego, con los días, éstos repararon en aquella figura discreta, que los contemplaba sentado en un banco.

-¿Eres paisano?-le preguntaron. Asintió. No les preguntó qué hacían ellos allí e igualmente, tampoco parecieron interesarse por sus circunstancias. Hicieron algo más curioso le invitaron a una fiesta que daban unos aviadores españoles que pensaban cubrir el vuelo Madrid-Manila. Se habían visto obligados a hacer escala en Heliópolis y los habían conocido casualmente. Seguro que estaban encantados de que se les sumase un español más.

Estuvo por negarse, pero fue tanto el cariño que le profesaron aquellos vascos sólo por hallarse ante alguien en quien reconocían el acento familiar de la tierra lejana, que el aragonés aceptó. Al principio costó que le dejaran pasar a aquella fiesta, en el hotel Mena House, al pie de las pirámides, pues así vestido y tostado por el sol ya parecía un cairota más. Se encontró con que la recepción había sido organizada por oficiales ingleses pero que estaban presentes en ella varios diplomáticos españoles. No fue pequeña la sorpresa de éstos y de los bravos aviadores Gallarza y Loriga cuando así, de repente, un aragonés de pura cepa, como salido de un cuento de las Mil y una noches, entonó para ellos la jota de La Dolores. Los diplomáticos se escandalizaron y sintieron vergüenza por una escena que juzgaron de sainete y pidieron excusas a los ingleses, pero los aviadores lo abrazaron emocionados. Y una vez él mismo pudo calmar su emoción, se quedó pensativo cuando le preguntaron:

-¿Qué haces aquí que no te vuelves?

Se ofrecieron a pagarle el pasaje de inmediato. La verdad es que había pasado allí toda una vida, nada menos que diez meses, y tuvo acaso el público más entregado que conociera jamás, el de las calles, más sincero y menos cruel que el de los teatros. Pero allí, al calor de voces que le sonaron como música en su propio idioma, no pudo negarse más a la realidad de que sí, tenía que volver. Le preguntaron finalmente su nombre:

-Me llamo Juan García-y añadió con orgullo-tenor, y soy de Sarrión, Teruel, de Aragón, la más famosa de las regiones de España.

Más contenidos de Radio

anterior siguiente