Riccardo Chailly, en clave de jazz tras celebrar la integral de Beethoven

  • El maestro italiano es titular de la Gewandhausorchester
  • Presenta ‘Sonidos de los años treinta’ con el pianista de jazz Stefano Bollani
  • Obras de Ravel, Stravinsky, Weill y Sabata
  • Comenta su impactante versión de las sinfonías de Beethoven
Ampliar foto El director Riccardo Chailly y el pianista Stefano Bollani

Chailly y Bollanirne

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RADIO CLÁSICA / Mikaela Vergara 

La Orquesta de la Gewandhaus de Leipzig y su director titular Riccardo Chailly están de enhorabuena por diversos motivos: su gira europea y la presentación de su último trabajo discográfico en clave de jazz en colaboración con el pianista Stefano Bollani. A ello se ha de sumar, el éxito de crítica y público obtenido con su nueva visión sobre la integral de las sinfonías de Beethoven.

Sonidos de los años treinta

Tras el éxito de la primera colaboración del pianista de jazz italiano Stefano Bollani y Riccardo Chailly unidos por Gershwin, ahora estos dos grandes artistas repiten experiencia en un nuevo proyecto centrado en los maravillosos años treinta; una década llena de energía y creatividad donde algunos de los compositores académicos más destacados se vieron seducidos por modernas tendencias tan populares como el jazz, el tango o el fox-trot.

Un repertorio cuyo hilo argumental es la danza donde se presentan dos primeras grabaciones mundiales: la orquestación realizada por Félix Guenther sobre el Tango de Igor Stravinsky (1882-1971) y la Suite de Las mil una noches de Víctor de Sabata (1892-1967). Con esta recuperación, Chailly quiere rendir tributo a Víctor de Sabata, un compositor que pasó a la historia por ser uno de los grandes directores de orquesta en la tradición italiana de mediados del siglo XX. Otra de las piedras angulares del álbum es el Concierto para piano y orquesta en Sol Mayor, de Maurice Ravel (1875-1937) junto con el Tango Ballad de Kurt Weill (1900-1950).

Con los Sonidos de los años 30, la música europea se conecta con Norteamérica durante la época de Entreguerras; un repertorio que pivota entre lo clásico y lo popular, y que nos advierte cómo «El prejuicio en los géneros musicales es simplemente un prejuicio mental, no un prejuicio de calidad», tal y como afirma el propio Chailly.

Un Beethoven a tempo

La integral de las sinfonías de Beethoven a cargo de la Orquesta de la Gewandhaus de Leipzig bajo las directrices de Riccardo Chailly ha conmocionado a la crítica y al público debido a su audacia y profundidad.

La Gewandhaus es una orquesta que ha afrontado el legado sinfónico de Beethoven desde el siglo XIX; de hecho, el propio Mendelssohn dirigió allí el primer ciclo beethoveniano en 1840. En los setenta del pasado siglo, durante su titularidad, Kurt Masur aportó una integral que se ha prevalecido como referencia discográfica de calidad y ahora, Riccardo Chailly se aventura en una nueva propuesta que le ha llevado dos décadas de gestación y tres años y medio de trabajo intensivo con los profesores de la Gewandhaus.

Riccardo Chailly ha desarrollado una teoría sobre la integral de las sinfonías de Beethoven: concibe el conjunto como un gran ciclo orgánico de carácter global, una sinfonía gigantesca de treinta y siete movimientos. Su propósito era recuperar una visión de Beethoven que se había perdido con el paso de los años y que consiste en respetar fielmente las indicaciones de metrónomo originales de Beethoven que aparecen en la Edición Peters. El resultado habla por sí solo: un Beethoven aún más intenso, vertiginoso, arrebatado y profundo.

De gira por España con Grimaud, Kavakos y Landshamer

Durante los últimos días, Riccardo Chailly ha visitado España en una gira que le ha llevado a diferentes espacios como el Auditorio Miguel Delibes de Valladolid, el Auditorio Nacional de Música de Madrid y el Palau de la Música Catalana de Barcelona, coincidiendo además con la clausura de la Temporada de Ibermúsica. Junto con la Gewandhaus viajaban tres solistas excepcionales, la pianista francesa Hélène Grimaud, el violinista griego Leonidas Kavakos y la soprano alemana Christina Landshamer. Sobre el atril, las partituras del Concierto para piano en Sol Mayor de Ravel, el Concierto para violín núm. 1 de Shostakovich, la Sinfonía núm. 3 de Brahms y la Cuarta Sinfonía de Mahler.

La Gewandhaus, una orquesta con sonido propio

A lo largo de su intensa carrera, Riccardo Chailly ha ejercido como titular de instituciones tan prestigiosas como la Orquesta Sinfónica de la Radio de Berlín, el Teatro Comunale de Bolonia, la Real Orquesta del Concertgebouw de Ámsterdam, la Orquesta Sinfónica de Milán “Giuseppe Verdi” o más recientemente la Orquesta de la Gewandhaus de Leipzig, de la cual es Kappelmeister desde el año 2005, sucediendo en el cargo a Herbert Blomsted.

Ésta es una de las orquestas más antiguas del mundo pues sus orígenes se remontan a mediados del siglo XVIII. Por su podio han pasado desde Félix Mendelssohn a Kurt Massur, pasando por batutas legendarias como Wilhelm Furtwängler o Bruno Walter. Riccardo Chailly se siente muy orgulloso de poder formar parte de la historia de esta orquesta que se ha ganado un sonido con identidad propia.

Chailly: el sueño del niño que jugaba a dirigir

Riccardo Chailly ya es por derecho propio, parte de la historia actual de la música universal. Nacido en Milán, el 20 de febrero de 1953, en el seno de una familia de músicos, comenzó su formación musical de la mano de su padre, el compositor italiano Luciano Chailly. Con apenas 20 años de edad, Riccardo ejerció como asistente de Claudio Abbado en el Teatro alla Scala, donde debutó en el podio en 1978. Inmediatamente, recibió invitaciones para dirigir la Ópera de Viena, el Metropolitan de Nueva York, el Festival de Salzburgo o la Ópera Estatal de Baviera, entre otras.

Con 59 años de edad, Riccardo Chailly se siente en plena forma gracias al reposo total de cinco meses que le permitió recuperarse de su dolencia cardíaca y del agotamiento tras meses de estudio, conciertos y giras. Su enorme capacidad de entrega solo es posible gracias a la energía que es capaz de regenerar en cada concierto y mediante el trabajo interior de disciplina mental y espiritual como él mismo nos explica:

«Sin duda alguna, la concentración, la meditación, el silencio y la posibilidad introspectiva de pensar una obra incluso después de haberla interpretado es vital para mí. No olvidemos que cada vez se comienza de nuevo; ser director de orquesta es una profesión fascinante y obsesionante, porque no se termina nunca, ni de estudiar ni de perfeccionar una obra. Es un permanente esfuerzo de aproximación a una materia infinita como la música».

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