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Premios Goya 2017: Nominados a mejor director

¿Qué es ser un buen director?

  • Almodóvar, Bayona, Sorogoyen y Alberto Rodríguez, directores nominados al Goya
  • Cuatro realizadores con cuatro estilos y perfiles muy diferentes

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J.A. Bayona, director de 'Un monstruo viene a verme', da instrucciones durante el rodaje a la actriz Sigourney Weaver
J.A. Bayona, director de 'Un monstruo viene a verme', da instrucciones durante el rodaje a la actriz Sigourney Weaver

Roterdam, Berlín, Cannes, Locarno, Venecia, Toronto, San Sebastián, Valladolid, Buenos Aires… Cesar, Oscar, Bafta, David de Donatello, Platino, Goya... El calendario cinematográfico se repite cada año con la misma puntualidad que el torneo de las Seis Naciones, la final de la Champions, la Superbowl, o el Festival del Queso Rodante de Cooper´s Hill. Pero que esto no nos confunda; Las películas no compiten entre sí. No está en su naturaleza.

Los directores, actores, fotógrafos, decoradores, músicos, montadores, maquilladores… no se entrenan para saltar más lejos, levantar más peso o parar el cronómetro antes que el de al lado. Y una cosa es segura: En las “competiciones” cinematográficas nunca gana el mejor. Sencillamente porque no existe un “mejor”.

Dicho esto, volvamos a la primera pregunta, esa que se estarán haciendo los académicos antes de decidir su voto:

¿Qué es ser un buen director? ¿Cómo discriminar entre cuatro trabajos tan brillantes?

¿El mejor director es el más atrevido o el más eficaz? ¿El más solvente o el más personal? ¿El que te conmueve o el que te detiene? ¿El que te deja aire o el que te corta la respiración? De la respuesta que den a estas preguntas dependerá quién suba al escenario el próximo sábado, porque de todos los palos encontramos en los finalistas de este año.

Desde un punto de vista generacional nos encontramos por un lado a Pedro Almodóvar y por otro a todos los demás; Pero si decidimos agruparlos en base a otro parámetro (tan viejuno y banal como el anterior) como “directores técnicos y directores autores” entonces tendríamos a todos por un lado y a Pedro Almodóvar por otro.

Primera observación: los nuevos cineastas españoles poseen un dominio de la técnica y un sentido del espectáculo nunca antes visto.

Segunda observación: el concepto “cine de autor”, con todas sus ambiciones, pretensiones y hallazgos, parece cosa de otra generación, al menos a la vista de las preferencias de la Academia.

Veamos.

Pedro Almodóvar (Julieta)

Después del recreo de Los amantes pasajeros (tal vez involuntariamente su película más trágica, la epopeya de un director que viaja al pasado en busca de una voz que fue suya y que ya no consigue afinar) Almodóvar retoma el hilo de una ambiciosísima obra en la que lleva trabajando muchos años. Un gran cuadro abstracto sobre el dolor, la pérdida, sobre la vida que queda suspendida. Un cuadro en el que sentimos los tambores lejanos de un alma que se sabe aislada, desconectada en algún punto de la realidad.

Pedro Almodóvar observa el rodaje de una escena de 'Julieta' acompañado de su equipo

Pedro Almodóvar observa el rodaje de una escena de 'Julieta' acompañado de su equipo noticias

Julieta es una película nueva que ya conocemos, o una película mil veces vista que nos sorprende por primera vez.

Fellini, Cassavetes, Woody Allen, Jarmush, Lynch… no son tantos los autores que han sido capaces de crear mundos con sus propias reglas en los que nos sentimos como en casa. Almodóvar es uno de ellos. Un lujo.

Aquí encontramos una vez más esos códigos que nos son tan familiares: diálogos impúdicos, actrices a flor de piel, grandilocuencia musical, mobiliario selecto… Claves de un maestro del interiorismo que anhela llegar al interior.

Julieta forma parte de algo que viene de lejos y que aún no ha llegado a su destino.

Tercera observación: Qué poco sentido tiene valorar a un director a partir de una sola película.

Alberto Rodríguez (El hombre de las mil caras)

Todos estamos en deuda con Alberto Rodríguez. A él y a su inseparable Rafael Cobos les debemos la puesta el día o, mejor dicho, la reinvención de un género prácticamente desaparecido desde el Borau de los años 70: el thriller político.

Grupo 7, La isla mínima y ahora El hombre de las mil caras, convierten a Alberto en nuestro Costa Gavras, mejor aún, en el Sydney Pollack que nunca tuvimos. Alguien capaz de pasear un espejo por nuestra historia reciente y devolvernos una imagen que tal vez no nos gusta tanto como la que nos hemos querido contar.

Alberto Rodríguez y José Coronado dialogan durante el rodaje de 'El hombre de las mil caras'

Alberto Rodríguez y José Coronado dialogan durante el rodaje de 'El hombre de las mil caras' noticias

En esta ocasión supera con nota un doble reto que, sobre el papel, parecería imposible: por un lado hacer una película de acción con un protagonista encerrado, y por otro, contarnos un caso real del que muchos espectadores hemos sido testigos directos; había que poner rostro y palabras a los Roldán, Paesa, Belloch,…

Alberto Rodríguez es uno de nuestros realizadores más brillantes y aquí vuelve a demostrar su excelente estado de forma. Todos los actores de este país deben suspirar por recibir su llamada. Ya son muchos los que han filmado con él sus mejores trabajos, no será casualidad. En esta ocasión Eduard Fernández relanza espectacularmente una carrera que algunos sentíamos estancada. Su Paesa es ya antología de nuestro cine.

Por mi parte la propuesta (la versión más Paul Greegrass de Rodríguez) sólo me deja dos dudas: una banda sonora que, a diferencia de anteriores trabajos, resulta algo reiterativa, sin modulación; y, por otro lado, echo de menos aquellos felices hallazgos visuales de 7 vírgenes o, especialmente, After, donde el director parecía tener un trazo más suelto, menos calculado.

Cuarta observación: Cuanto mayor es la envergadura de los proyectos, más difícil es moverse con naturalidad.

Rodrigo Sorogoyen (Que Dios nos perdone)

Rodrigo Sorogoyen será para muchos la gran revelación de la temporada ya que su anterior película, la estupenda Stockholm, tuvo una repercusión limitada. Con solo dos películas Rodrigo ya no es una promesa; es una realidad. Que Dios nos perdone es, junto a Tarde para la ira, de Raúl Arévalo, una de las más notables sorpresas del año. Un thriller absorbente que prueba una vez más lo bien que le sientan nuestros rostros y nuestras calles a los géneros clásicos.

El director de 'Que Dios nos perdone, Rodrigo Sorogoyen, durante el rodaje de la película, junto a Roberto Álamo

El director de 'Que Dios nos perdone, Rodrigo Sorogoyen, durante el rodaje de la película, junto a Roberto Álamo noticias

Sorogoyen demuestra, además de un absoluto dominio de la plantilla del género, también un fino olfato para captar con dos pinceladas complejos contextos sociales (el Madrid de la visita del papa) y para asomarse a los abismos de la mente. La Aura Garrido de Stockholm y el Javier Pereira de Que Dios nos perdone son dos personajes de apariencia normal, casi angelical, y fondo absolutamente oscuro, que se instalan en algún lugar de nuestra cabeza y no parecen dispuestos a marcharse.

Muy atentos a los siguientes pasos de este director al que no le tiembla el pulso para lanzar una cámara por el balcón acompañando el salto de un actor.

¿Cuál será el siguiente reto?

Quinta observación: Cómo abundan los alardes técnicos en las primeras películas.

J.A. Bayona (Un monstruo viene a verme)

La palabra reto se queda corta para J. A. Bayona; a él, como sabemos, sólo le motivan los imposibles.

Su nueva película da dos pasos de gigante y en dos direcciones bien distintas. Uno hacia lo grande, otro hacia lo pequeño, lo íntimo.

J.A. Bayona durante el rodaje de una escena de 'Un monstruo viene a verme', con Sigourney Weaver y Lewis MacDougall

J.A. Bayona durante el rodaje de una escena de 'Un monstruo viene a verme', con Sigourney Weaver y Lewis MacDougall noticias

Hasta la fecha su cine podía ser acusado de sostenerse sobre una coartada sentimental tan potente como monolítica y sin aristas: el temor atávico, común a todos los mortales, a perder a un hijo, a perder a los padres. Un golpe bajo contra el que no existen defensas.

Un monstruo viene a verme no es ajena a esta coartada pero aquí encontramos nuevos matices.

La película deslumbra por su apabullante propuesta visual y sorprende por el aplomo con el que Bayona se mueve en el medio ambiente de una superproducción hollywoodense, pero sobretodo destaca por su pulso. En esta ocasión el director sí se hace con las riendas del potentísimo material emocional que tiene entre manos. Aquí los excesos orquestales dejan paso a una aproximación más sutil, matizada y compleja a los miedos de un niño, un extraordinario Lewis Mc Dougall.

Sexta observación: Los efectos especiales más sofisticados y abrumadores no alcanzan tan lejos como un primer plano de un actor con mirada.

Terminemos por el principio: ¿Qué es ser un buen director?

Tal vez encontremos una pista en la lección de dibujo que Felicity Jones, la mamá de Un monstruo viene a verme le da a su hijo Connor: “En los ojos está el secreto. Si consigues pintar bien los ojos entonces serás un gran artista.”

¿Qué es ser un buen director?

En los ojos, en la mirada, está la respuesta.