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El horror de los centros de detención de Siria: "Es un olor a humedad, sangre y sudor; es el olor de la tortura"

  • AI recopila en un informe los testimonios de prisioneros del régimen sirio
  • Revela la crueldad de las torturas, que en muchos casos acaban con la muerte
  • Se estima que casi 18.000 personas han muerto bajo custodia desde 2011
  • Lee el informe completo en inglés, en pdf

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Una venda para los ojos cuelga en una cárcel siria liberada por los rebeldes de manos del Estado Islámico en Manbij
Una venda para los ojos cuelga en una cárcel siria liberada por los rebeldes de manos del Estado Islámico en Manbij. REUTERS

La guerra de Siria ha dejado desde hace cinco años un reguero de catástrofes humanitarias, desde la destrucción de Alepo hasta la hambruna de las ciudades asediadas, pasando por las atrocidades del Estado Islámico. Sin embargo, uno de los aspectos más espeluznantes es también uno de los menos visibles: las torturas y maltratos cometidos contra los detenidos por los servicios de inteligencia del régimen sirio, un horror que Amnistía Internacional ha documentado a través de un informe con testimonios de supervivientes de esos centros de detención.

El informe recopila las numerosas prácticas de violencia física y psicológica que se emplea contra los arrestados, a los que se arranca confesiones mediante métodos explícitamente prohibidos por el derecho internacional, así como las deficientes condiciones de vida bajo las que se les obliga a vivir durante su cautiverio, a partir de los testimonios de los 65 sobrevivientes entrevistados (54 hombres y once mujeres, todos ellos civiles salvo cinco militares y dos que colaboraban con los rebeldes).

La mayoría de estos supervivientes explicaron que habían visto morir a personas bajo custodia y algunos contaron que habían estado recluidos en celdas junto con cadáveres. Asimismo, Amnistía Internacional ha reconstruido, con la colaboración de Forensic Architecture, la fisonomía de la prisión militar de Sidnaya, el centro último en el que son recluidos, muchos de ellos después de meses de cautiverio en otros centros, los opositores del régimen.

Allí acabó Salam, un abogado de Alepo arrestado en 2011 por organizar manifestaciones de protesta pacífica contra el Gobierno de Bachar al Asad. "Cuando me llevaron dentro de la prisión, pude oler la tortura. Es un olor especial a humedad, sangre y sudor; es el olor de la tortura", relata en el informe Salam, que paso dos años en Sidnaya antes de ser liberado, en junio de 2014.

Palizas indiscriminadas

El resto de testimonios recopilados por Amnistía Internacional (a partir de entrevistas personales en el sur de Turquía o de charlas telefónicas con supervivientes que han huido a Europa o Estados Unidos) revelan la crueldad y la impunidad con la que actúan los agentes de los servicios de inteligencia sirios, unas prácticas que ya existían antes de la guerra civil, pero que se han agravado con el conflicto.

Tenían que quebrarnos; nos trataban como animales. Querían deshumanizar a la gente todo lo posible

"Tenían que quebrarnos; nos trataban como animales. Querían deshumanizar a la gente todo lo posible. No vi a nadie morir, pero vi la sangre, era como un río. Cuando entramos en la celda, les preguntamos a otros si les había pasado lo mismo y decían que esa era la rutina […] Comprendí, cuando empezaron a golpearnos en la cabeza, que no tendrían problema en matarnos allí mismo, en ese momento", relata Samer, otro abogado que fue detenido cerca de Hama en 2012 cuando trataba de llevar material humanitario a zona rebelde.

El informe documenta con detalle las diversas prácticas de tortura que utilizan los agentes para obtener confesiones de los detenidos, desde el mismo momento en que son arrestados: desde palizas reiteradas hasta métodos más sofisticados como introducir a los detenidos en neumáticos (dulab), azotarle las plantas de los pies (falaqa) o colgarlos de las muñecas para golpearles.

Shiyar, un periodista que fue detenido en 2013, relataba como le quemaron con cigarrillos después de tenerlo suspendido en la denominada posición shabeh en un centro de detención de la inteligencia militar: "Me pusieron de pie en un barril y me ataron las muñecas. Entonces quitaron el barril. No había nada bajo mis pies. Estaban colgando en el aire. Trajeron tres palos... me golpearon en todas partes. Después cogieron los cigarillos. Los pusieron por todo mi cuerpo. Sentía que un cuchillo penetraba en mi cuerpo, rasgándome".

Agresiones sexuales

Al llegar a una de esas prisiones, los detenidos son sometidos a una 'paliza de bienvenida', como la que contaba Samer que recibió tras ser arrestado. Después, pasan por un "control de seguridad", en el que se le arrebatan todas sus pertenencias, incluida la ropa, y en el que habitualmente sufren agresiones sexuales por parte de los guardias, tanto los hombres como, sobre todo, las mujeres.

De hecho, las violaciones y las agresiones sexuales son otra táctica habitual de tortura: "Cuando estaba colgando de una mano en la posición shabeh, utilizaron un bastón eléctrico en mi pene. Luego lo introdujeron en mi ano y lo encendieron", cuenta Said, un activista arrestado en 2011.

 Recreación virtual del centro de detención de Sidnaya, elaborada por AI y Forensic Architecture

Recreación virtual del centro de detención de Sidnaya, elaborada por AI y Forensic Architecture

Todo me dolía, así que no puedo decir si me violaron. Todo era dolor

Umm Omar, una mujer de Alepo que trabajaba proporcionando ayuda humanitaria a los desplazados por el conflicto tanto en zonas gubernamentales como rebeldes y que fue detenida en 2014, ni siquiera sabe a ciencia cierta si fue violada, porque se desmayó antes a consecuencia de los golpes: "Me golpearon hasta que caí al suelo y me dieron patadas con las botas militares, hasta que me desmayé. Cuando me desperté, estaba de nuevo en mi celda, pero mis pantalones estaban abiertos y algo bajados, mi abaya [vestido] estaba abierta y mi ropa interior subida. Todo me dolía, así que no puedo decir si me violaron. Todo era dolor".

Los guardias también recurren a amenazas, contra los detenidos o contra sus familiares, y obligan a los arrestados a presenciar ejecuciones o a escuchar las torturas infligidas a otro preso, tal como recoge el informe. El terror es tal que muchos acaban confesando cualquier cosa de la que se les acuse con la esperanza de que cesaran los maltratos: "Pensarás que rezábamos para ser liberados, pero en realidad la mayoría rezábamos solo para escapar de ese infierno, incluso si eso significaba acabar en Adra [una prisión civil cercana a Damasco]", cuenta otro preso, Hani, en el informe.

Insalubridad y falta de comida

Las torturas se combinan con unas condiciones de detención en las que concurren el hacinamiento de los presos (algunos hablan de celdas tan llenas que tenían que dormir por turnos o agachados), la insuficiente atención médica y la falta de alimentos. Los detenidos relatan como la comida se utilizaba para humillarles, prohibiéndoles que la tocaran hasta que los guardias les dieran permiso; algo similar se hacía con las mantas, que solo podían utilizar de noche, por mucho frío que hiciera durante el día.

El resultado de todo ello es que muchos de los detenidos acaban muertos, bien por las agresiones físicas (muchos fallecen durante las palizas), bien por la insalubridad y la falta de acceso a alimentos, agua y cuidados médicos adecuados.

El informe señala que, según el Grupo de Análisis de Datos de Derechos Humanos (HRDAG), una organización que aplica enfoques científicos al análisis de las violaciones de derechos humanos, en Siria murieron bajo custodia 17.723 personas entre marzo de 2011, cuando comenzó la guerra civil, y diciembre de 2015, lo que equivale a más de 300 al mes, frente a las 45 anuales registradas de media en el decenio anterior por Amnistía Internacional.

Otro detenido, 'Ziad' (nombre ficticio utilizado para proteger su identidad) cuenta que un día dejó de funcionar la ventilación en la Sección 235 de los servicios de Inteligencia Militar de Damasco: "Empezaron a darnos patadas para ver quién estaba vivo y quién no. Dijeron a otro superviviente y a mí que nos levantáramos y me di cuenta de que habían muerto siete personas, de que había dormido junto a los siete cadáveres... Vi el resto de los cadáveres en el pasillo, alrededor de 25 más".

Amnistía Internacional reclama presionar al régimen

Para los supervivientes, la experiencia es profundamente traumática, con secuelas físicas y psicológicas, hasta el punto de que la mayoría han encontrado numerosas dificultades para retomar su vida anterior a la detención y han optado por abandonar el país.

Aunque el régimen sirio sigue negando que recurra a la tortura e impide que los organismos internacionales supervisen sus centros de detención, no es la primera vez que se documentan estas practicas en los centros de detención de Siria. Así, un fotógrafo militar conocido por el seudónimo César, que desertó del Ejército sirio en 2013, sacó del país más de 50.000 fotografías que dieron lugar a un informe, encargado por el Gobierno de Catar y redactado por un bufete de abogados británicos que denuncia la matanzas y torturas sistemáticas en los centros de detención del régimen.

"Las fuerzas del gobierno sirio llevan decenios utilizando la tortura como medio para aplastar a sus oponentes. En la actualidad se lleva a cabo en el marco de un ataque sistemático y generalizado contra toda persona sospechosa de oposición al gobierno en la población civil, y constituye un crimen de lesa humanidad. Es preciso llevar ante la justicia a los responsables de estos crímenes horrendos", señala el director del Programa de Amnistía Internacional para Oriente Medio y el Norte de África, Philip Luther.

"La comunidad internacional, en particular Rusia y Estados Unidos, que presiden conjuntamente la conversaciones de paz sobre Siria, debe dar la máxima prioridad a estos abusos en sus negociaciones tanto con las autoridades como con los grupos armados y presionarlos para que pongan fin al uso de la tortura y otros malos tratos", ha reclamado.

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