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Un paseo con Nelson Mandela

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 Los miembros del equipo con Mandela
Los miembros del equipo con Mandela

Nelson Mandela caminaba lento y renqueante por el pasillo del hotel en que le entrevisté. Se apoyaba en su fiel escudera Zelda LaGrange, la mujer afrikáner que descubrió en Madiba el verdadero sentido de la palabra reconciliación. Fueron unos 40 metros eternos. El embajador sudafricano en Madrid me había emplazado a que permaneciera quieto al final del pasillo, que no amagara con romper la parsimonia de su jefe. En el fondo, el diplomático quería evitar que grabáramos sus dificultades para caminar.

Una entrevista que se hizo esperar

Esos 40 metros se me hicieron horas, que cubrí con varios destellos de recuerdos. En el lejano día en que decidí dedicarle un En Portada a Mandela; en las novelas de Wilbur Smith que me enamoraron de pequeño de la apasionante Sudáfrica; en el encuentro –escueto y poco fructífero- que mantuve en Mozambique con su esposa Graça Machel para convencerla de que su marido me recibiera; en las verdes praderas del Transkéi por las que correteaba el pequeño Rolihlahla; en la cantidad de ocasiones que Mandela se había retirado de la vida pública y jamás concedería más entrevistas… Pero sobre todo pensaba en el equipo con el que viajé a Sudáfrica (Lisardo, Frean y Luc) para rodar un reportaje sobre Mandela del que nos volvimos sin lo fundamental, sin la entrevista. Sus caras ya no eran aquéllas de frustración del aeropuerto de Johannesburgo el día que tomamos el vuelo de regreso a Madrid. Al final de ese eterno pasillo los cuatro estábamos sonrientes, dispuestos a rematar una faena de la que nunca nos dimos por vencidos.

Hagamos un inciso. La entrevista con Mandela estaba prevista para los días que duró el rodaje en Sudáfrica. Pero fue imposible. La perseverancia –siempre he pensado que nos la concedió para que dejáramos de llamar y enviar correos- nos dio su premio el 23 de mayo de 2004. Curiosamente, la celebramos en Madrid, sólo unas horas después de la boda de los Príncipes de Asturias.

Seguimos en el hotel. Mandela sigue caminando por el pasillo. He dejado de fijarme en Zelda LaGrange, la mujer que organizaba su agenda al detalle. Sin su aquiescencia, nada era posible. En Johannesburgo, habría dado cualquier cosa por cruzar cuatro palabras con ella… Pero ahora la ignoraba. A su lado estaba, como me confesó un día Nadine Gordimer en el jardín de su casa de Johannesburgo, la figura más relevante del planeta. Y en ese momento, temí que cualquier cosa echara por tierra la entrevista. Era absurdo, lo admito. Pero cuando persigues algo hasta la extenuación sólo respiras cuando lo tienes en la mano, no simplemente al alcance. Y de repente volvieron los flashes: en un momento sonó el Nkosi sikelele Africa; giré la llave de su celda de Robben Island; recordé al preso que me confesó que entrar en una cárcel y estrechar la mano de Mandela no era entrar en una cárcel; y vi imágenes de policías fortachones repartiendo porrazos a los negros de Soweto…

La sonrisa de África

Y de repente, le tuve ante mis ojos y estreché su mano. Y descubrí que su presencia física inunda de bondad el entorno. La mano estaba algo hinchada, pero su contacto era una descarga brutal de humanidad. Suena fantasioso. Lo sé… Pero es lo que sentí.

Y empecé la entrevista. Una entrevista condicionada por el guión del reportaje que ya habíamos rodado. Eso explica que nos centráramos en unos temas y descartáramos otros. Siempre he pensado que una entrevista para un reportaje de televisión hay que realizarla de forma quirúrgica, buscando el órgano que quieres operar. Me quedé con ganas de preguntarle mil cosas.

Si de mí dependiera, ya estaría descansado. Llevaría descansado los últimos cinco años

Y descubrí también su sentido del humor. Al terminar le pregunté si había llegado el momento de descansar. Y respondió: “Si de mí dependiera, ya estaría descansado. Llevaría descansado los últimos cinco años. Pero la gente como usted, que me llama para solicitar entrevistas, logran que me resulte muy difícil descansar. Lo dijo sonriendo y le seguí la broma: “- Le garantizo que no le volveré a pedir entrevistas hasta dentro de cinco años… - Ahora tengo una oficina. Tendrá que convencerles a ellos. Y si lo consigue, puede que me vuelvan a sacar de mi jubilación”. Se fue. Sonriendo. Con esa sonrisa que es la sonrisa de África. Fue la última. Nunca más concedió una entrevista en exclusiva.

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