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El desarme químico de Siria: un proceso plagado de dificultades técnicas y políticas

  • Solo Siria, Israel y otros cinco países no han ratificado el tratado que las prohíbe
  • Poner los arsenales en lugares seguros supondrá un gran despliegue de medios

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Las complicaciones del plan de desarme químico de Siria propuesto por Rusia

La Convención de Armas Químicas

A 31 de diciembre de 2011, solo seis países habían reconocido abiertamente tener armas químicas: Albania, India, Libia, Rusia y Estados Unidos. Un sexto país adherido a la Convención declaró también estar en posesión de armas, pero exigió mantener la confidencialidad.

Otros siete países no forman parte de este tratado. Además de Siria, tampoco lo han firmado Egipto, Angola, Somalia, Corea del Norte, mientras que Israel y Myanmar (Birmania) lo firmaron pero no lo ratificaron.

La iniciativa de Rusia para que Siria ponga su arsenal químico bajo control de la ONU se enfrenta a grandes dificultades técnicas en un contexto de guerra civil y no está exenta de controversia política toda vez que otros países vecinos, como Israel, tampoco han ratificado el tratado internacional que prohíbe estas armas.

El proyecto implicaría además un cambio radical en la posición oficial de Damasco, que hasta ahora negaba incluso la posesión de este arsenal, aunque varios servicios de inteligencia lo califican como uno de los más importantes del mundo.

El primer paso consistiría en la adhesión de Siria a la Convención de Armas Químicas (CAQ, o CWC en inglés), por la cual se prohibe el desarrollo, producción, almacenamiento y uso de las mismas y que entró en vigor en 1997.

Esa firma conlleva integrarse en la Organización Internacional para la Prohibición de las Armas Químicas (APAQ, u OPCW en inglés), que la encargada de realizar las inspecciones y comprobar el desmantelamiento de esos arsenales.

La primera tarea del régimen sería hacer un detallado inventario de ese stock “hasta el último kilo”, según ha explicado Michael Luhan, portavoz de la APAQ, informa AFP. Después serían necesarias inspecciones de los expertos de este organismo o de la propia ONU, según el director general de la Asociación para el Control de las Armas, Daryl Kimball, citado por la misma agencia.

La seguridad de los inspectores

Y eso plantea el gran reto de garantizar la seguridad de los inspectores en plena guerra civil, algo que ya quedó en entredicho con el tiroteo que sufrió en los alrededores de Damasco la misión de la ONU que investigó los ataques químicos en agosto. Planes anteriores de alto el fuego para permitir el trabajo de organizaciones humanitarias o de establecer corredores seguros también han fracasado.

Además, los supuestos arsenales sirios están diseminados por el país, según esos mismos servicios de espionaje. En fin, habría que transferirlos a zonas bajo control de la ONU, según ha propuesto ya su secretario general, Ban ki Moon, y protegerlos durante un largo periodo hasta que se inutilicen.

Según David Kay, exjefe de los inspectores de la ONU en Irak citado por AFP, "serían necesarios numerosos efectivos” simplemente para garantizar la seguridad las 24 horas del día.  Y el proceso, “en el mejor de los casos, se puede prolongar durante meses”, advierte a TVE Félix Arteaga, experto en Defensa del Real Instituto Elcano.

Un cálculo que hasta puede resultar optimista vistos los precedentes. Según los últimos datos disponibles, a finales de 2011 los países de la Convención todavía tenían pendiente destruir unas 20.000 toneladas de las más de 70.000 que habían declarado poseer después de haber incumplido varias veces los plazos establecidos. En el caso de Estados Unidos, para completar su trabajo al 90% se estima que ha gastado 35.000 millones de dólares en este proceso, que debe llevarse a cabo mediante incineración o mediante agentes neutralizantes.

Fabricar las armas químicas es una cosa. Destruirlas es mucho más costoso

Sobre Siria, París estima que tiene unas 1.000 toneladas de armas químicas. "Fabricar las armas químicas es una cosa. Cuando se trata de destruirlas es mucho más costoso en el plano técnico y jurídico”, según el portavoz de la APAQ.

Irak en la memoria de todos

Superadas esas cuestiones, se abren además diversas cuestiones militares y políticas. La primera es qué ocurre con las armas químicas que también se sospecha que han usado los rebeldes, una acusación de la que se hizo eco una destacada figura de la ONU y varios periodistas internacionales. Y más allá, habría que ver si el presidente sirio, Bachar al Asad, amenazado por EE.UU. con un ataque militar, aceptará entregar su arsenal sin más condiciones.

En los últimos años, cuando se ha presionado a Damasco para su desarme químico, el régimen ha denunciado el incumplimiento de una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU en la que se instaba a hacer lo mismo en todo Oriente Medio. Y ni Egipto ni Israel parecen haber sido presionados para ello a pesar de que todo el mundo da por seguro que ambos países tienen arsenales químicos.

La resolución a la que alude Siria fue aprobada en 1991 al concluir la primera Guerra del Golfo y su supuesto incumplimiento fue la excusa para la segunda guerra contra Sadam Husein liderada por EE.UU. en 2003. Fue entonces cuando las inspecciones internacionales de la ONU y la APAQ cobraron relevancia y cuando Washington maniobró para destituir a su director, el diplomático brasileño Jose Bustani, cuya labor había sido unánimemente reconocida hasta entonces, según recuerda el especialista en Oriente Medio de la Universidad de San Francisco Stephen Zunes en un artículo en la web Foreign Policy in Focus.

Ahora, la APAQ vuelve al primer plano de la escena internacional y tiene el gran desafío de demostrar su capacidad e independencia. Por ahora, el actual director, el turco Ahmet Üzümcü, ha emitido un comunicado en el que se ha limitado a “tomar nota” del plan presentado por Moscú.

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