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Bieito encuentra el paradigma del conflicto entre erotismo y represion del que habla Pepita Jiménez en la España franquista. Jaime Villanueva

Calixto Bieito "saca del armario" la ópera 'Pepita Jiménez' de Albéniz

  • Con una intensa puesta en escena repleta de simbología hispano-católica

  • J.R Encinar dirige a la Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid

  • Con Nicola Beller, Gustavo Peña y Marina Rodriguez-Cusí

  • Este sábado, última función en los Teatros del Canal

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“Este es un país pobre, ruin, infecto, desgraciado, donde reina la pillería y la mala fe más insigne. Yo tengo bastante de poeta, aunque no te lo parezca, y me finjo otra Andalucía muy poética, cuando estoy lejos de aquí”, escribió Juan Valera, autor de la novela Pepita Jiménez. A partir de ella, el barón inglés Money -Coutts, mecenas durante una época de Isaac Albéniz,  el libreto de esta ópera del compositor catalán. Aunque la escribió en inglés, la música y el argumento no pueden ser más españoles.

Imbuido de ese espíritu desolado expresado por Valera, Calixto Bieito (Miranda de Ebro, 1963) ha construido una poderosa puesta en escena que pone en valor precisamente el ambiente más oscuro, opresivo y represivo de esta historia que a primera vista no es otra cosa que la narración del amor accidentado entre una joven acomodada y un seminarista.

La versión cantada en inglés que nos propone esta coproducción de los Teatros del Canal y el Teatro Argentino de la Plata, utiliza la segunda versión de la ópera de Albéniz estrenada en Praga, en 1986.

Cuenta en los papeles protagonistas con la cantante y actriz hispano-alemana Nicola Beller (Pepita), el tenor Gustavo Peña (Don Luis de Vargas) y  la mezzosoprano Marina Rodriguez Cusí (Antoñona), y con la Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid y la dirección musical de José Ramón Encinar, uno de los directores con más experiencia y reconocimento en la interpretación del repertorio español.

De la luminosa Andalucía a una fría Castilla

28 armarios (no hay uno igual que otro, cada uno representaría una época y estilo pero todos pertenecieron a  alguna casa o casona española) se ciernen sobre los personajes. Representan los elementos represores (la tradición, la costumbre, la norma, la doctrina católica en su vertiente más reaccionaria) que oprimen a los habitantes de esa aldea indeterminada de Andalucía donde se sitúa esta historia.

Bieito ha querido recordar la frigidez de las comarcas castellanas y sus casas más bien oscuras. Esos recuerdos le llevaron hasta los roperos en los que se esconden los niños o dónde los mayores amenazan con encerrarles. Un elemento además, muy propio de los cuentos, y que por eso también llamó su atención. Esos armarios que forman una muralla de nueve metros de altura dan un interesante juego para la irrupción o desvanecimiento de los personajes.

En definitiva, como ha explicado el director de escena lo que ha querido es resaltar el  “debate represor” entre religión y sexualidad. Para ello, en vez de pintar la luminosidad de Andalucía, lo no ha dudado en recurrir a los paisajes de sus orígenes  y a la España de los años cincuenta y sesenta. Así se entiende el voluntario anacronismo de incluir banderas españolas con el águila de San Andrés -la oficial durante el anterior régimen- en una escena protagonizada por el coro.

Tópicos de la España rural y tradicional

Y además de armarios y banderas, son numerosos los elementos de iconografía católica que -a modo de estampas o iluminaciones- aparecen y desaparecen durante la función. Es el caso por ejemplo de la Virgen María encarnada por una actriz o de los pequeños altares escondidos en algunos de los mencionados roperos.

Tampoco ha olvidado Bieito poner de relieve otros tópicos de la España rural y tradicional. Como el del señorito (el conde de Genazahar) que aparecen en escena a lomos de un campesino fustigado. El castigo, el duelo por honor, la muerte, la sangre, y en definitiva la tragedia están muy presentes todo el tiempo, a pesar de un final feliz que es casi lo único feliz de esta propuesta narrativa.

Pero la felicidad o al menos el optimismo o un costumbrismo más alegre también aparecen -en contraste con la escena- en muchísimos pasajes de la partitura.

Una música cuya belleza podemos apreciar en todo momento gracias a sí misma, a los selectos intérpretes y al buen hacer de José Ramón Encinar, al frente de la ORCAM. Una de las escenas que más agrada al público es precisamente la protagonizada por el Coro de la Comunidad de Madrid (cuyos miembros aparecen vestidos como reclusos) junto al Coro infantil Pequeños Cantores.

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