El Museo Thyssen Bornemisza propone una reflexión sobre los diferentes modos de representación de Oriente y lo exótico en la pintura occidental, en la exposición Orientalismos en las colecciones Thyssen-Bornemisza, que abre hoy sus puertas.
La muestra, incluida en el programa de la celebración del 20 aniversario del museo y que estará abierta hasta el 11 de noviembre, supone la tercera entrega del ciclo Miradas cruzadas, en el que, a través de los cuadros de las colecciones del museo, se busca incentivar en el público una mirada pausada y reflexiva que permita nuevas interpretaciones de las obras expuestas.
A través de la selección de ocho obras de artistas como Eugène Delacroix, Antonio Guardi, William Merritt Chase o August Macke, se puede contemplar un Oriente sin límites precisos, incluso imaginado, que responde tanto a la necesidad de nuevas fuentes de inspiración como a la atracción por lo exótico como algo diferente y extraño.
Aunque en el siglo XVIII la influencia oriental se centró en las artes decorativas, la pintura muestra la asociación que se hace de Oriente con el lujo y el esplendor.
La Escena en el jardín de un serrallo (1743) de Antonio Guardi, perteneciente a la serie del artista dedicada a escenas de la corte de Constantinopla, es ejemplo de esta tendencia.
Ya en el siglo XIX la seducción por lo oriental llevó a muchos artistas a viajar al norte de África. Entre los pioneros se encuentra Eugène Delacroix, cuyo viaje se convirtió en una experiencia estética determinante.
La deslumbrante luz, el paisaje, la sensualidad y el misterio de sus gentes produjeron una transformación en su obra posterior.
De este artista se exhiben las pinturas El duque de Orleans mostrando a su amante (1825-1826) y Jinete árabe (1854), obra en la que se aparta del exotismo descriptivo y muestra una imagen más cotidiana y real.
Además, la instalación trata la influencia oriental que derivó hacia el "japonismo". Este nuevo diálogo con lo oriental ya no se basa en la suntuosidad, sino en sus propiedades formales que serán una referencia para los nuevos lenguajes de la modernidad, en especial el impresionismo y el simbolismo.
Es el caso de los pintores americanos William Merritt Chase, autor de El quimono (1895), y Frederick Frieseke, con Malvarrosas (1912-1913), vinculan la delicadeza del mundo femenino con la opulencia y la elegancia oriental.
El recorrido se cierra con otro retrato femenino del alemán August Macke, Mujer en un diván (1914), realizado en un viaje a Túnez junto a Paul Klee y Louis Moilliet e inspirado en un harén.

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