PACO FORJAS (Corresponsal de RNE en Pekín) Japón y el mundo entero recuerdan un año después el terremoto de magnitud 8,9 en la escala Ritcher y el posterior tsunami que devastó a las 14.46 horas del día 11 de marzo la parte costera de la isla.
Según los datos oficiales el desastre se llevó la vida de 15.852 personas, 3.287 siguen desaparecidas y causó, también, más de 6000 heridos. La tragedia no sólo fue la provocada por el tsunami, el movimiento de tierra ocasionó un gravísimo accidente en la planta nuclear de Fukushima Daiichi. Más de 370.000 familias se quedaron si casa.
Doce meses después más de 250.000 siguen sin poder regresar a sus hogares en las zonas de Miyagi, Fukushima e Iwate. Un año después el mundo intenta rescatar alguna enseñanza entre tanta conmoción y las reflexiones son recurrentes.
Sin poder prevenir la saña con se comportaron las fuerzas de la naturaleza ese 11 de marzo de 2011 es evidente que el calentamiento global del planeta, según los expertos, tiene que tener algo que ver con los desastres que estamos empezando a soportar en los últimos años. La sobreexplotación de los recursos de la naturaleza y el poco respeto con el que tratamos al entorno natural parece que también.
En el apartado internacional de grandes tragedias Japón tiene un capítulo aparte. Si en 1945 recibió el castigo atómico que supuso el final de la II Guerra Mundial, en 2011 fue la naturaleza la que, si saber porqué, martirizó una vez más a los nipones con el terremoto más fuerte jamás registrado en toda su historia.
El temblor tuvo su epicentro a 70 kilómetros al este de la Península de Oshika en la prefectura de Miyagi y a una profundidad de 24 kilómetros. El posterior tsunami alcanzó tierra 20 minutos después del movimiento tectónico y asoló más de 1.300 kilómetros en la costa del Pacífico, de norte a sur; desde la isla de Hokkaido hasta la isla de Okinawa.
Más de 400 kilómetros cuadrados quedaron inundados después de que el agua del mar penetrara cinco kilómetros tierra adentro y alcanzara alturas de hasta 40 metros. Según fuentes del gobierno japonés, el desastre dejó cerca de 23 millones de toneladas de escombros de los que sólo han sido eliminados el cinco por ciento.
Y si al agua arrasó todo lo que se le puso por delante fue en la central nuclear de Fukushima donde la tragedia alcanzo su registro más dramático. Algo menos de una hora más tarde la ola del maremoto llegó a la central de Daiichi que se quedó sin energía eléctrica y por consiguiente, sin refrigeración en el sistema.
Varios incendios y explosiones lanzaron sustancias radiactivas al medio ambiente mientras la planta veía como se fusionaba el núcleo de tres de sus seis reactores.
Aunque tarde, muy tarde para muchos de los residentes del lugar, las autoridades evacuaron a más de 80.000 vecinos y se estableció una zona de exclusión en un radio de 20 kilómetros alrededor de la planta.
Un años después, aunque han bajado los niveles de radiación, el peligro continúa al igual que la zona de exclusión. Los japoneses aún no tienen fecha ni para volver a sus casas ni para la esperanza.
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