
Operarios retiran un cartel prelectoral de Medvédev y Putin en las elecciones legislativas de 2011.REUTERS
CARLOS FRANGANILLO (Corresponsal de TVE en Moscú) Aparentemente, Rusia está atrapada en un bucle. Como hace 12 años, un hombre llamado Vladimir Putin se prepara para ocupar el Kremlin, y lo hace con una receta muy similar a la de entonces: el país no debe volver al caos de los años 90, cuando millones de rusos cayeron en la pobreza, los activos del Estado se concentraron en manos de unos cuantos oligarcas, mientras el crimen organizado ganaba fuerza en la calle.
El Putin de 2000 se instaló en la presidencia con la promesa de erradicar la corrupción y la miseria, el mismo mensaje que trata de vender ahora a los rusos, a pesar de no haber logrado ninguna de que aquellas metas.
Desde que llegó al poder consiguió estabilizar el país, impulsar la economía -apoyándose en las exportaciones de gas y petróleo- y recuperar parte del orgullo nacional y la influencia perdida tras el colapso de la URSS. Pero también arrinconó a los medios de comunicación independientes, limitó las libertades civiles y no hizo frente a un sistema de corrupción enraizado en la administración pública. Apartó a los oligarcas que controlaban las industrias estratégicas y centralizó el poder estatal, una enorme maquinaria que comenzó a girar en torno a él.
El líder que nunca se fue vuelve a la primera fila del poder. Pero a pesar de eso, Rusia no vive atrapada en un bucle. Muchas cosas han cambiado en el país en los últimos 12 años. Las manifestaciones que estallaron en diciembre, con decenas de miles de personas en la calle contra su poder y el fraude electoral han dado paso a un nuevo escenario en el que parte del sector más formado y cualificado de la sociedad muestra su cansancio y pide cambios. Es sólo una minoría liberal dentro de la variopinta oposición rusa, en la que predominan comunistas y nacionalistas.
A pesar del fulgor del bloguero Alexei Navalny aún no hay líderes claros en la calle que puedan capitalizar el descontento pero quizá los cambios se aceleren desde el corazón del poder, donde hasta hace poco las sensibilidades reformistas y los halcones provenientes del KGB convivían en equilibrio. En los últimos meses han aumentado las voces desde las estructuras de la administración pública que, con matices, han insinuado su distanciamiento.
"Son ladrillos que van saliendo del sistema”, dice la escritora Masha Gessen, “los de arriba no se están dando cuenta porque sólo ven su propia televisión….Sólo rellenan el hueco y en un momento dado la pirámide comienza a derrumbarse de repente. Eso ocurrirá pronto. Creo que en el próximo par de meses".
Putin tendrá que gestionar las protestas si gana las elecciones, y la oposición parece dispuesta a aprovechar su momento. En los últimos días algunos han sugerido acampar en el centro de Moscú, siguiendo el ejemplo de la Revolución Naranja de Ucrania en 2004, un desafío que pondría a las autoridades en una situación extremadamente compleja.

Ramón nos deja un mensaje para este cierre de temporada: "el barrio queda en paz pero, tanquilos, que en dos días se vuelve a montar alguna..."


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