RAFAEL MUÑOZ - MADRID Cuesta hablar del vestuario de una película cuando ésta es una cinta de animación pero es una maravilla hacerlo si se trata de Chico y Rita. El trabajo que ha hecho Javier Mariscal es excelente y complejo, y el resultado es sorprendente.
La ropa que llevan los dos protagonistas dice mucho de ellos, y sirve forjar sus personalidades, definir su estado de ánimo e ilustrar su posición económica.
Primero vemos a Chico. Guapo, con buena percha y vestido con un traje blanco holgado que no dice mucho de su alma. Chico es un chulazo que tan pronto enamora a una vecina como engatusa a una guiri. Importan su sonrisa, su altura, su mirada y…su arte con las manos al piano.

Cuando Rita aparece en escena lleva un vestido amarillo de tirantes, sencillo y soso que si no fuera por el tono pasaría desapercibido. El vestido y ella forman una mancha bicolor de voz armoniosa que deja prendado al instante a Chico.
Un poco después cuando Rita aparca la melancolía y se pone a bailar, el vestido cobra vida y baila con ella. Durante buena parte de la película es el único modelito que ella luce y lo hace porque nada ha cambiado en su triste existencia.

Mariscal empieza a introducir cambios en el vestuario cuando Rita tiene cambios en su vida. Del amarillo callejero y alegre pasa al blanco elegante que luce en la primera actuación importante de la pareja. El blanco es el color de la pureza y resulta perfecto para una voz angelical.

Poco a poco empiezan a aparecer joyas, unos pendientes o un collar, y los vestidos llevan un volante o algún tímido adorno. Cuando Rita se embarca con un millonario rumbo a Nueva York se viste de azul esperanza, del color de su sueño: triunfar en América.
Las cosas le van bien lejos de La Habana y de Chico, y es entonces cuando su armario se vuelve más sofisticado pero con colores fríos, sin alma, sin amor.

Chico sigue con sus pobres y anodinos trajes, fiel reflejo de su vida sin Rita. Cuando el destino, o mejor dicho el guion, envía al protagonista a París Mariscal introduce cambios en la ropa del pianista.
En los locales de la bohemia parisina le vemos con jerseys de cuello alto para el invierno y con polos de granito para el verano. Es junto al Sena cuando Chico ve una foto de Rita convertida en actriz, con un vestido estampado de escote palabra de honor y un collar que hace olvidar malas épocas. Rita es una estrella.

A medida que avanza la historia vemos como el pianista tiene ropa más elegante, y la cantante más sofisticada. Hay una evolución clara en la moda, al gusto de la época. En los años 50 se llevaba el new look: cintura pequeña, escote generoso y falda con volumen.
Nueva York poco a poco comienza a tener sus gustos propios, y se deja influir por su música y por su cine, alejándose del gusto francés. Las reinas de Hollywood eran la inspiración y en el vestuario que luce Rita durante su estancia en Manhattan vemos referencias a Audrey Hepburn, Grace Kelly e Ingrid Bergman.

Chico y Rita vivirán vidas separadas. Ella pisando los mejores escenarios con vestidos que recuerdan a grandes como Rita, Marilyn o Ava, pero durmiendo en un motel. Él triunfando por el mundo, con trajes que no dicen nada, porque nada tiene sin ella. A Rita le perdemos entonces la pista y cuando aparece lo hace convertida en una ancianita. Solo vemos su cara, la ropa ya no importa, importan sus ojos, pantallas en las que se proyecta la historia de su vida. Una vida en la que destacan los momentos de amor junto a Chico, y en ellos no hay ropa que valga, tan solo una sábana.

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