Islamistas y militares se juegan el futuro de Egipto

  • Los Hermanos Musulmanes se constituyen en contrapeso legislativo de la Junta
  • La redacción de la nueva Constitución, principal caballo de batalla entre ambos
  • El blindaje de los militares y la islamización de la Carta Magna, principales riesgos
RTVE.ES 

El pasado 11 de enero William Burns, el número dos del Departamento de Estado de EE.UU., se reunía en El Cairo con Mohamed Morsi, líder del Partido Justicia y Libertad, brazo político de los Hermanos Musulmanes en el mayor contacto diplomático entre Washington y el movimiento islamista en toda la historia.

El mensaje de Burns fue claro, según la CNN: "Queremos ser socios de verdad que aceptan completamente a su Gobierno y que quiere trabajar con ustedes en su objetivo prioritario, que es el que desarrollo económico a medida que sintamos que están construyendo una democracia que respeta los derechos humanos y apoya la paz regional".

Unos días después, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, llamaba por teléfono al mariscal Tantaui, presidente de la junta militar, para exigirle que las organizaciones no gubernamentales deben operar libremente en el país, en respuesta a la persecución de varias ONGs estadounidenses por parte del régimen como respuesta a la petición de Washington a los generales de que adelanten la cesión de poder a una autoridad civil lo antes posible.

El giro copernicano de Washington, que ha armado y entrenado a los militares egipcios de los que ahora parcialmente reniega, muestra hasta qué punto la victoria arrolladora de los Hermanos Musulmanes en las elecciones legislativas ha empezado a materializar un reequilibrio de fuerzas después del absoluto dominio de Tantaui y su junta tras la caída de Hosni Mubarak.

Así, mientras este 25 de enero los jóvenes vuelven a salir a la calle para conmemorar una revolución que consideran inacabada, los militares, dominadores de siempre, e islamistas, neófitos en el poder, se juegan la partida política que configurará el futuro de Egipto.

Una victoria demasiado amplia

La pasada semana se conocía que la Alianza Democrática, la coalición a la que pertenece el Partido Libertad y Justicia (PLJ), obtuvo la mitad de los escaños, concretamente el 47,2%, un porcentaje sensiblemente mayor al que los propios islamistas barajaban al inicio del proceso electoral.

En el periodo inmediatamente posterior a la revolución, los Hermanos repitieron una y otra vez su lema de "Participación, no dominación", con el que simbolizaban su intención de no tener más de un tercio de los diputados de la nueva cámara.

Sin embargo, el desmoronamiento del Partido Nacional Democrático del expresidente Mubarak, que no ha podido participar en las elecciones, y la falta de organización de una oposición laica que iba desde los partidos tolerados por el régimen hasta los movimientos de jóvenes que impulsaron la revolución en Tahrir hizo que se generase un enorme vacío político que han cubierto sin pestañear.

Ese mismo vacío ha hecho que los salafistas, situados a la derecha religiosa de los Hermanos, lograsen convertirse en la segunda fuerza política con más del 25% de los votos, muy por encima de la tercera fuerza, el partido histórico laico al Wafd.

Doble limitación

Pero la victoria de los Hermanos no solo ha supuesto su asentamiento como fuerza hegemónica de Egipto; también les ha obligado a tomar consciencia de que el lema "Participación, no dominación" tiene un doble hándicap.

En primer lugar, que entre el resto de fuerzas del parlamento, incluyendo a los salafistas -que se van más como competidores de los Hermanos que como sus socios naturales-, hay una creciente reticencia hacia la posible dominación absoluta del Partido Justicia y Libertad en el parlamento.

Aunque este partido se presentó en la llamada Alianza Democrática a las urnas, lo cierto es que los partidos laicos y liberales que están integrados en ella tienen tan poca fuerza o representatividad que distan poco de ser un acompañamiento cosmético de los islamistas.

El primer capítulo de esta tensión se vió en la histórica sesión inaugural del Parlamento, donde fue elegido el secretario general del partido, Saad Katatni, presidente de la Cámara, el mayor cargo ocupado por un miembro de los Hermanos tras décadas de clandestinidad.

En una sesión inusulmente polémica ante la abrumadora mayoría islamistas, un disidente de los Hermanos que había formado su propio partido presentó una candidatura alternativa con apoyo de los salafistas y de los laicos, en una inusual 'pinza' que provocó gritos, enfados e incluso abandonos indignados de la cámara.

El segundo hándicap de los Hermanos es que su posición le obliga ahora ya directamente a tener una colaboración con el poder ejecutivo representado por los militares y cuya salida ha sido reivindicada a izquierda y derecha.

El decreto constitucional firmado en marzo de 2011 por los militares le da el poder legislativo al Parlamento, pero no tiene la potestad de nombrar al Gobierno y los ministros, que están bajo la protección de la junta y que tiene al frente a un antiguo alto cargo de la era Mubarak.

Relación ambivalente

La actitud de los Hermanos Musulmanes ante los militares, una institución altamente respetada, es ambivalente: por un lado, ha tenido una fluida colaboración con ellos y ha dado el visto bueno a su calendario de cesión del poder, distanciándose de las sangrientas protestas que a finales de año provocaron un enfrentamiento directo entre los jóvenes de Tahrir y la junta.

En este sentido, hace unos días altos cargos de los Hermanos ofrecieron inmunidad a los generales cuando cedan el poder civil, conscientes de que la represión en el último año podría hacer que muchos generales acabasen ante los tribunales.

Por otro, los islamistas pusieron el grito en el cielo y sí que mandaron a sus partidarios a la calle cuando un documento aprobado por el gobierno a instancias de los militares, llamado de "principios constitucionales", establecía una serie de privilegios para el ejército y le daba un papel importantes a la hora de limitar el papel del Parlamento.

El intento supuso la salida del entonces primer ministro, Ali al-Silmi, e hizo rectificar al ejército, que incluso aceleró el calendario de cesión de poder consciente del peligro de que los Hermanos se alineasen con las fuerzas que ya tenía en contra.

La Constitución como campo de batalla

Y éste es el principal escenario de juego entre ambos actores políticos: la definición de la nueva Constitución, que empezará con el nombramiento de las cien personas encargadas de redactarla.

Como señala el vicepresidente de la Brookings Institution, Martin Yndik, que ha estado recientemente en el país, los militares egipcios tienen dos opciones:

"Si los militares se centran en proteger sus intereses particulares -es decir, retener sus intereses empresariales, pedir inmunidad ante sus acciones pasadas y pedir solo la responsabilidad en proteger las fronteras del país- entonces se puede llegar a un compromiso que puede ser elegante. Sin embargo, si los militares insisten en específicas salvaguardias de poder en la Constitución y proteger su presupuesto de la supervisión civil, el pueblo sabrá que es hora de volver a la plaza Tahrir".

En el otro lado, el experto del Carnigie Endowment for International Peace, Nathan Brown, señala que para los Hermanos Musulmanes será suficiente que la Carta Magna mantenga los principios existentes en la anterior, donde se considera de manera simbólica que la ley islámica -sharía- es la principal fuente de legislación.

"Quizá podrían presionar por un lenguaje más contundente y algunos sugieren que podría buscar añadir una nueva claúsula que declare el orden político como "civil con referencia islámica".

¿Contrarrevolución?

Pero la principal prioridad de los Hermanos será conseguir un efectivo poder en el Parlamento, aunque se inclina, según Brown, por un sistema semipresidencialista que asegure un reparto efectivo de poder, siguiendo el esquema seguido en algunas asociaciones donde ya están: tener la mayoría en el Consejo -en este caso el Parlamento y el Gobierno- pero dejando su presidencia a un independiente.

Y he ahí el último riesgo al que se enfrenta el nuevo Egipto: con la intención de los Hermanos de renunciar a presentar un candidato a las elecciones presidenciales, la emergencia de una figura respaldada de forma directa o indirecta por los militares con apoyo de los medios de comunicación estatales puede hacer que el reparto no sea de facto entre islamistas y no islamistas, sino entre la nueva hegemonía de los Hermanos y la vieja de los generales.

"Los militares se ven dando el parlamento a las fuerzas políticas o las fuerzas islámicas mientras quieren mantener su derecho de tener un presidente que les pertenezca", advertía a Reuters el veterano activista y excandidato presidencial Ayman Nour.

"La contrarrevolución se está produciendo en Egipto ahora", concluía.

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