Enlaces accesibilidad

Julia Solomonoff: "Las mujeres estamos agregando al cine muchas miradas distintas"

  • La directora argentina estrena en España El último verano de la Boyita
  • Producida por El Deseo, es una pequeña gran película de iniciación

Ver también: La crítica de Javier Tolentino, en el blog de El séptimo vicio | Días de cine

Por

Entre la marabunta de estrenos de cine de cada semana, muchas veces hojarasca en forma de márketing hollywoodiense o de excepcionalidad cultural patriótica, se cuelan de tanto en tanto grandes o pequeñas joyas que pasan desapercibidas.

Esta semana se ha colado El último verano de la Boyita, una película pequeña, con pretensiones (logradas), con mucha poesía y humanidad, con sabor a veranos de infancia.

Tras pasar por más de una decena de festivales, en los que ha cosechado algunos premios, su directora, Julia Solomonoff, estuvo recientemente por el de Málaga para presentarla. Es su segundo largometraje, después de Hermanas, estrenado hace cinco años.

La de la Boyita es la historia del último verano infantil de Jorgelina, un trasunto de la propia Solomonoff. Todo urbanita que haya tenido un pueblo, una parcela o un campo al que huir en verano, conectará con este filme, que es -en palabras de su realizadora- "una mirada más que una trama". El que no lo haya tenido, tiene la oportunidad de vivirlo ahora.

  • P: ¿Hasta que punto es autobiográfica esta película?

R: Bastante. Fue una buena excusa para volver a la infancia, me dio una buena razón para volver a ella, no solamente como un tiempo sino como un espacio. Rodé en Rosario, que es mi ciudad de la infancia, en Entre Ríos, en un lugar muy similar al que yo iba cuando era chica, donde conocía muy bien a la comunidad alemana. Mis padres eran médicos, y toda esa relación con la sexualidad que se ve en la película, entre el horror y la fascinación, de esos libros de medicina, esos libros ilustrados con fotos un poco tremebundas, es parte de mi infancia.

El caso médico de Mario lo escuché a la edad de la protagonista porque mi madre es ginecóloga y mi padre médico. Y a una edad así me quedó una especie de misterio y curiosidad que casi sin querer superpuse con la figura de un chico que yo conocía en el campo... Y se me hizo una especie de ficción que me intrigó durante mucho tiempo.

  • Las interpretaciones de actores tan jóvenes asombran por su autenticidad. ¿Cómo es elegir y dirigir a este reparto?

Es un cásting terriblemente difícil, pero también lo más interesante de una película como ésta, ese es el desafío y la gracia. En el caso de la niña fue más tradicional. Vimos 800 chicas, en un período básicamente de un año.

El caso de Tuto, del personaje que hace de Mario, fue bastante distinto. Yo había visto unas fotos de esa comunidad y su familia. Fui a conocerla. Es una familia muy, muy humilde, que trabaja de faenar vacas, hacer ladrillos... Cuando los conocí tenían un televisor portátil en blanco y negro estropeado, esa era su única relación con el cine

El tema es cómo hablar de sexualidad en un lugar donde hay muy poca palabra. Y se trató de ganarnos la confianza. Yo me fui haciendo amiga de él de una manera bastante silenciosa, con mi simple presencia. Lo que en seguida sentí cuando aparecí con una cámara es que eran muy tímidos pero que, en el caso de Tuto, era una relación muy directa con ella, no hablaba pero no tenía inhibición, o que lo que tenía era un misterio, que para mí eso era muy positivo.

  • P: ¿Cómo conseguir esa naturalidad, captar el ambiente de los veranos de la infancia?

Es percepción. Como directora, supone entender cuánto de la producción puede ayudar o puede destruir esos clímax. Yo decidí que quería un clima muy intimista, donde hubiera lugar para la improvisación. Decidí rodar en HD, con un equipo muy pequeño, en una locación que estaba muy cerca de donde vivía este chico. El caballo con el que trabaja es su caballo. El que hace de su padre es su padre. Casi usando o robando métodos documentales, ir entrando en la ficción, pero sobre todo una ficción muy atenta a la realidad de ese espacio y de ese tiempo.

Creo que una de las cosas que más me gusta de la película es que recupera un poco ese tiempo de la infancia, de esas siestas largas, de esos veranos en que los chicos están como un poco abandonados a sí mismos, sin padres, sin escuela, que es un momento de descubrimiento, a veces hasta de aburrimiento, pero entonces empiezan a aparecer otras imaginaciones y otras posibilidades.

  • P: ¿Crees que hay un cine de mujeres, hecho por mujeres? ¿Se nota?

Creo que hay muchos cines de mujeres, como hay muchos cines de hombres. Pero sí creo que las mujeres están agregando al cine muchas miradas distintas, no una sola mirada, ni un solo tipo de mirada. Podemos pensar en Kathryn Bigelow (En tierra hostil) o Claire Denis (Bella tarea), que no es lo que se espera que sea cine de mujeres y sin embargo yo creo que sí. Creo que hay algo que tiene que ver con otro tipo de aproximación, pero no es, por suerte, tan identificable, ni tan encasillable.

  • P: ¿Ha cambiado la evolución de infancia a adolescencia, especialmente en el caso de las chicas, desde los 70, cuando se desarrolla la historia, hasta ahora?

Absolutamente. De hecho, varias veces me preguntaron en el proceso de producción de la película si no la podíamos hacer actual. Ahora tengo una niña y la empiezo a observar, pero cuando escribí la película no tenía yo una relación con la infancia de la misma intensidad que tenía con la mía.

La Boyita es un tipo de casa rodante muy particular de los años 70 y 80 que tenía la capacidad de flotar, y para mí era un lugar muy importante para la imaginación y su carácter anfibio es una metáfora de la historia. Tiene que ver con un lugar protegido, de juego, de descubrimiento, y eso hoy no existiría, y sería totalmente anacrónico. Y hay muchos más celulares, y muchos más chats. Son otras maneras de relacionarse con el mundo.

  • P: ¿Y crees que ese cambio se vive antes en la actualidad, una pérdida de la inocencia adelantada?

Creo que la diferencia no es tanto la inocencia sino algo que para mí es central, que es la privacidad. El personaje [de Jorgelina] hace un arco en el cual su hermana mayor quiere privacidad y cierra la puerta del baño, y ella se siente excluida, y al final reclama para sí una historia que no quiere compartir, pero no porque la avergüence, porque tenga que ser un secreto, sino porque la atesora. Y atesorar algo es algo que nos hace a nosotros mismos.

Y hay algo en tanto chat, en tanto Myspace, en tanto Facebook, que hace que uno vaya perdiendo un poco el límite de lo íntimo, de lo privado, del cuerpo, e idea una ilusión de apertura que creo que es bastante complicada porque pueden ser usados como un control muy fuerte.

Creo que es una sociedad muy contradictoria para los jóvenes, porque les da una ilusión de apertura, pero después el día que van a buscar trabajo te hacen un test de orina. Hay algo muy extraño actualmente. Hay un deseo de perder esa privacidad en nombre del exhibicionismo o de ser parte de, que a mí me entristece. No digo que sea negativo, pero yo generacionalmente siento que ahí se está perdiendo algo.

Noticias

anterior siguiente