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Análisis: Lehman no será la última víctima de las hipotecas subprime

  • La bancarrota de Lehman Brothers provoca un terremoto financiero en los mercados
  • Los bancos centrales tratan de calmar los ánimos facilitando liquidez al sistema
  • Lehman no será la última víctima de las hipotecas subprime
  • Los inversores empiezan a abandonar otros barcos, como la principal aseguradora del mundo: AIG
  • La debacle de Lehman se precipitó al renunciar Barkclays a comprar el banco de inversión por la falta de ayudas estatales

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La quiebra de Lehman anuncia el fin de fiesta del útimo ciclo. El agujero creado por las hipotecas subprime y engordado por un apalancamiento financiero sin freno, se cobra su cuarta gran pieza. Después de Bearn Sterns y las dos hipotecarias semipúblicas, Fanny Mae y Freddy Mac, llega el turno a la gran banca de inversión. 

La hemorragia de Lehman era demasiado evidente: sus acciones se habían desplomado y nadie se fiaba de sus activos, contaminados por las hipotecas basura.  Durante el pasado fin de semana, Wall Street, la Reserva Federal y Barclays, habían intentado dar una  salida al cuarto banco de inversión de Estados Unidos. No pudo ser. Esta vez, el Estado capitalista no estaba dispuesto a poner dinero sobre la mesa. El último rescate de las hipotecarias ya ha dejado el presupuesto temblando.

No es casual que la negociación se llevara a cabo en fin de semana, mientras que los mercados mundiales están cerrados. Tampoco que no asistiera ningún ejecutivo de Lehman. La reacción del lunes ha sido la previsible. Las bolsas están todas en números rojos, marcando mínimos anuales. El Banco Central Europeo ha inyectado inmediatamente liquidez en el sistema. La Reserva Federal incluso acepta acciones como garantía para prestar dinero. Y no se descarta una nueva bajada de tipos.

Es la medicina contrastada para capear la peor crisis financiera en medio siglo. Ya veremos si llega a la altura del crack del 29. De momento, no se cierra el grifo del dinero. Es la diferencia con lo que ocurrió hace 79 años. Esta  restricción agravó el desplome bursátil y condenó a Occidente a una década de depresión económica y una guerra mundial. 

Ahora, incluso con dinero en abundancia, la confianza de los inversores y del sistema financiero está de nuevo en mínimos. Nadie sabe en realidad la exposición de los bancos y aseguradoras al problema. Y de ahí nace el recelo a prestarse unos a otros. Todos esperan a ver quién será el próximo en caer. Las apuestas se cruzan en los índices bursátiles. Y mientras persista la incertumbre, será difícil salir de la crisis económica.