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Transcripción completa

Texto de Mercè Ubach.

Ilustraciones de Lluis Farré.

Érase una vez un niño llamado Hugo.

Hugo tenía una madre embarazada que tenía una tripa muy hinchada,

que tenía un bebé dentro.

Hugo también tenía una casa vieja en la montaña,

en la que pasaba los veranos con sus padres.

Pero, sobre todo, Hugo tenía miedo,

o, mejor dicho, una gran colección de miedos.

En primer lugar, de la oscuridad de la casona,

a la que una avería había dejado sin luz.

También le tenía miedo a las gafas de sol,

porque no veía los ojos que lo miraban,

a las puertas cuando se cerraban solas,

a las grúas, como la que se balanceaba en lo alto de su casa,

desde que sus padres habían decidido reformarla;

a ciertos sofás, que se tragaban las cosas que dejabas en ellos,

a la mirada fija de algunos peluches,

y a los gigantes,

a las brujas malas de los cuentos,

a los fantasmas, a los dragones y a los lobos.

Todo ellos, lo sabía segurísimo, existían.

A Hugo, le costaba dormirse,

porque de noche la oscuridad se iba llenando de personajes extraños,

y, de repente, se imaginaba un fantasma arrastrando cadenas

y....

"¡Mamá!", gritaba desde su cama, sudado de pies a cabeza,

y temblequeando.

Todas las ideas subían de su cabeza menos una.

"¡Mamá!"

Su madre tardaba en llegar,

porque le pesaba al barriga

y tenía miedo de tropezarse por las escaleras.

La luz de la vela proyectaba sombras borrachas en el suelo,

las paredes...

y, sí, la madre de Hugo también tenía miedo.

¡Vaya panorama!

¿Cómo podría ayudar a su hijo, entonces?

La madre de Hugo era miedosa, pero, al mismo tiempo, valiente.

Respiraba hondo y buscaba dentro de su cabeza alguna canción bonita.

Música

Y luego terminaba de recorrer el pasillo largo,

hasta la habitación de su hijo.

"¿No puedes dormirte, verdad?",

le preguntaba cada noche.

"No. Lo siento", respondía Hugo,

algo triste,

porque hacía cansar a su madre.

Ella, se echaba en la cama, a su lado,

y casi siempre se quedaban dormidos los tres:

Hugo, su madre y la barriga.

Esa barriga que crecía y crecía y tenía vida propia, como la casa.

Hasta que, de repente,

las cadenas del fantasma los despertaban.

La puerta se abría despacito...

y madre e hijo daban un grito de bruja histérica

y un salto de gigante rabioso sobre la cama.

Era su padre, que iba a buscar a su mujer

y todas las noches se tropezaba con las chanclas,

y le hacía mucho daño a la puerta, ¡la pobre!

Se abre una puerta

"¿Queréis que os cuente la historia de "Mala Sombra",

el fantasma de verdad que vivió en esta casa?",

les preguntó el padre una noche.

"Mala sombra" era un fantasma muy orgulloso y desaliñado.

Antes de su ronda de noche, se arrugaba, a conciencia,

la sábana que siempre olía a moho.

Después se pintaba en los ojos unas ojeras muy negras

y salía a hacer de las suyas.

Imitaba el vozarrón de un lobo,

y por eso sus aullidos eran muy salvajes.

Aullidos

Una noche de tormenta,

una bruja entró por la chimenea.

Se le había roto su escoba y fue a parar de bruces al fuego.

Era fea como un pecado y se llamaba "Mala Uva".

Se quedó espachurrada, dolorida y muy sucia.

Al ver una sábana, casualmente dejada en la silla,

se limpió con ella las manos y la cara,

pero resulta que la sábana desmayada era "Mala Sombra",

que estaba durmiendo, cansado de sus correrías.

A "Mala Uva", al pasarse la sábana por la boca,

se les escapó de los labios un beso.

Podía parecer que había pegado un chicle masticado,

pero, no. Era un beso.

Al ver su sábana manchada con un corazón de color rosa,

"Mala Sombra" se enfadó mucho.

¡Él no era un cursi!

"¡Puaf! ¡Qué asco!",

dijo el fantasma,

intentando borrar el beso de su sábana,

pero, justo, en esto, le dio un mareo

y le pareció que daba vueltas y más vueltas

dentro de la lavadora.

Al día siguiente, como por arte de magia,

"Mala Sombra" era otro.

Se había vuelto presumido.

Planchaba bien su sábana, que ahora olía a suavizante,

mariposeaba como un alma en pena,

porque sólo le salían bromitas simpáticas

y ya no daba miedo a nadie.

Los niños se sentaban sobre él, a la sombra de un árbol.

A la noche siguiente,

Hugo tampoco podía dormirse.

Pero en lugar de llamar a su madre,

esta vez cerró los ojos y se quedó muy quieto,

hasta que el sueño se lo llevó lejos.

En la oscuridad notó cómo, de repente, crecía y crecía,

hasta que la cama se le quedó pequeña.

El cuerpo le pesaba como el de un gigante

y es que Hugo ¡se había convertido en un gigante!

Vivía en el país de los gigantes.

Pero no se llamaba Hugo, se llamaba "Mala Piña".

El niño gigante no tenía ningún amigo,

pero le daba igual.

Le encantaba asustar a la gente. Sobre todo, a las viejecitas.

Un día "Mala Piña" estaba robando el carrito de la compra

de la abuelita de uno de su clase, que le caía fatal: "Piñón Fijo".

La mujer tan sólo volvía tranquilamente del mercado,

¿por qué le hacía aquello, ese bruto?

¿Sólo porque tenía chepa y era vieja?

Todos los tomates quedaron reventados en el suelo.

¡Qué mala idea!

La señora, que también era una giganta, claro,

gritaba echa una fiera.

¡Ahora verás, maleducado!

¡Ya estoy harta de las palizas que le das a mi nieto!

Entonces,

la abuela con chepa de "Piñón fijo cogía la piña más alta,

de la parte más alta del pino más alto de la plaza.

La mujer, frágil, pero con mala baba, decía:

"¿A que te gustan las piñas?

Pues, ¡toma piña!"

La piña volaba como una bala

y ¡Puuum!

Daba en el ojo derecho de "Mala Piña".

Llora

A "Mala Piña" no le hacía mucha ilusión perder el ojo

y convertirse en un cíclope.

Llora

No le gustaban nada esos monstruos de un solo ojo,

se parecían demasiado a las cámaras de seguridad.

Daban más miedo que las gafas de sol.

Entonces, el gigantito se sentaba en la acera

y empezaba a llorar

y a secarse unos enormes mocos de gigante.

Hasta que la abuela de "Piñón Fijo" se ablandaba.

"Toma", le decía. Y le daba unos pañuelos.

Él levantaba los ojos sorprendido.

"Los más traviesos siempre sois los más ricos",

suspiraba la viejecita.

Y, sin más, le estampaba un beso en la frente. "....

Beso

"¡Puaf!", decía "Mala piña",

pasándose la mano empapada de mocos por la frente.

Por la mañana,

Hugo le contó a su madre ese sueño tan alocado.

Y entonces...

me ponía a repartir piñones y besos entre mis enemigos.

Mi madre, que también era una giganta,

y, además, estaba muy gorda, me decía:

"Toma, hijo, que los piñones son demasiado pequeños",

y me daba piña en almíbar.

"¡Qué ocurrencias, Hugo!", se rió su madre.

Pues fue así como "Mala Piña" se arrepintió

y se hizo ¡"pacifístico"!

"Pacifista, se dice pacifista", lo corrigió su madre.

"Sí, pacifista, ya lo sé".

"Pacifista es cuando no te gusta la guerra

y tus padres no te quieren comprar pistolas ni soldaditos".

Hugo quería hacerse el mayor.

"¡Caramba!", dijo su padre, "¡qué interesante!"

Has soñado con "Mala Piña" antes de que yo te hablara de él.

"Es verdad, ¡qué coincidencia!", dijo su madre.

"Hugo lo ha inventado en sus sueños pero existió de verdad.

Da miedo. ¿No es cierto?"

"¡Venga ya, papá! ¿Pero qué dices?

¡Por supuesto que "Mala Piña" no existe!

He soñado con él

sólo porque su historia se parece a la del fantasma "Mala Sombra".

Pero el padre de Hugo era muy cabezón.

Mientras se untaba unas tostadas,

les contó lo que sabía del gigante pacifista.

Resulta que, desde que se había vuelto bueno,

el gigante se aburría como unas gafas abandonadas.

Una noche...

quiso ir hasta el castillo en ruinas

de la parte alta del pueblo de los gigantes.

Hacía mucho frío.

"Tal vez,

por eso alguien ha encendido un fuego", pensó.

Mientras, entraba en el castillo

y se guiaba por el olor a leña.

En la gran sala, sin techo,

una mujer muy viejecita estaba encogida como un interrogante

encima de una olla puesta al fuego.

La removía mientras iba echándole polvos mágicos.

No había duda. Era una bruja horripilante.

Ronquidos

Oscurecía, y, por encima de su cabeza,

empezaban a brillar las primeras estrellas.

"¡Qué solo está!", pensó "Mala Piña",

que se sentía incapaz de moverse de allí.

La miró y miró durante toda la noche

sin notar el viento helado.

Poco antes del amanecer,

la bruja se adormeció con la cabeza sobre su pecho.

Fue entonces

cuando la bruja "Mala Uva" recibió del gigante arrepentido

el primer beso de su vida.

El beso que cambió para siempre su oficio de malvada.

Beso

Truenos

"Pero ¿qué haces?

¡Puaf! ¡Qué asco!",

dijo ella, borrándose el beso con la mano.

Se había despertado de golpe.

"Es que eres tan bonita, en el fondo..."

"¿Bonita yo? "¡Tú estas loco!",

dijo "Mala Uva".

Pero cuando quiso pegarle con la escoba, no pudo.

Con las escoba medio rota, cruzó la tormenta.

La noche era tan negra, tan negra, como su rabia.

La bruja "Mala Uva" huía de sí misma,

cuando conoció a "Mala Sombra" al lado de la chimenea.

Truenos

A la noche siguiente, en casa de Hugo,

el viento soplaba tan fuerte que las paredes temblaban.

Quieto en la cama,

el niño notaba que "Mala Sombra" paseaba por la casa,

imitando a un lobo cuando aúlla.

Levantaba el hocico y echaba la cabeza hacia atrás.

"¿Seguro qué no es un lobo de verdad?",

le preguntó su madre,

que había ido a darle un segundo beso de buenas noches,

sin que Hugo la hubiese llamado.

"Pues, ahora que lo dices,

bien podría ser el lobo "Mala Sangre".

"Mala Sangre" era un lobo sin escrúpulos.

No le gustaban las caperucitas que cogían flores en el bosque.

Le gustaba comer ovejas,

y le gustaba matar.

Aullido

Un día que el lobo se zampaba una gallinita,

el fantasma "Mala Sombra" lo abrazó por la espalda

y le estampó un beso en cada oreja.

Dos besos

"¡Puaf! ¡Qué asco!", dijo el lobo,

quitándose de encima esa sábana que lo besuqueaba.

Pero, acto seguido, se echó a llorar

y a pedir perdón a la pobre gallina mordida y medio muerta.

Desde ese día, "Mala Sangre" es vegetariano

y sólo come las sobras de pollo que le lleva, de vez en cuando,

"Caperucita roja".

Ese verano de Hugo un día terminó.

Ahora, él ya es mayor y su hermana también.

En esa casa de la montaña ya hay luz pero Hugo no está.

En cambio, en ella viven otros niños

y suceden otras historias,

que, como la vida, siguen construyéndose.

Como la del lobo "Mala Sangre" y el dragón "Mala Honda".

Tú la sabes. ¿A qué sí?

Buenas noches.

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