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Tour 2018 | Análisis

El 'tembleque' y las caídas en el Tour

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Tour 2018 | Segunda victoria para Sagan

"Bruce ¿Por qué nos caemos? Para aprender a levantarnos". Así ilustraba Christopher Nolan, director de la última saga cinematográfica de Batman, el punto de inflexión que determina la personalidad del infante Bruce Wayne, futuro héroe murciélago enmascarado. Todo un alegato racional que nada (o poco) tiene que ver con el sustrato irracional del temor, ya sea a una caída o a los murciélagos; como tampoco es explicable por esa vía determinar por qué los ciclistas no necesitan aprender a levantarse.

Hace cuatro veranos nos llevamos las manos a la cabeza cuando Alberto Contador se salió de la carretera a una velocidad de 70 kilómetros por hora. Con una fisura en la meseta tibial, magulladuras en todo el cuerpo y franjas de sangre en la piel, vimos al pinteño levantarse, pedir unas zapatillas en perfecto estado, agarrar la bici de repuesto y pedalear enrabietado el col de Platzerwasel, un exigente puerto de primera categoría.

Contador no acabó la etapa en aquél Tour del 2014; quien sí lo hizo en este Tour 2018 fue Elie Gesbert. El francés llegó a meta ocho minutos por delante del último clasificado tras caerse a una velocidad estimada de 65 kilómetros por hora.

El miedo

Montar en bicicleta es mantener un frágil equilibrio entre el cuerpo y el duro asfalto mediante un vehículo de propulsión humana. Cuanta más destreza acumulamos, más confianza y serenidad adquirimos. Sin embargo, esta ecuación es la que salta por los aires unos momentos antes de una caída.

De repente, como por ‘sentido arácnido’, el ciclista sabe que va al suelo: el miedo invade su organismo y acto seguido intenta –si puede- controlar la bicicleta. Mientras perdura ese trance el cuerpo se congela y la consciencia asume estoicamente que ya no hay vuelta atrás.

Estamos hablando de una franja de tiempo en el que la reducción de velocidad externa es inversamente proporcional a la capacidad de estímulos que el sistema nervioso puede procesar. La mente, que levitaba plácidamente en el afuera, sufre un proceso de introspección urgente para escanear su interior. A consecuencia de este vertiginoso y eléctrico mecanismo de defensa, la secreción de adrenalina se dispara y la mente emite el veredicto final: "si no es imposible pedalear ¡arriba!".

En este caso, y aún aturdido por el revolcón como el vuelo de un murciélago, el deportista busca con los ojos su bicicleta, se intenta levantar, con las piernas temblando llega hasta ella, la chequea, se sube, engancha las zapatillas en las calas y pedalea. Puede parecer extraño que alguien se esfuerce hasta ese límite es esas condiciones tan deplorables, pero más extraordinario es ver que, después de una caída, estos seres aumenten su rendimiento. Superman devolvió la Tierra al pasado, Contador recortó minuto y medio al pelotón antes de retirarse y Gesbert se clasificó ocho minutos por delante del último. Los tres, cada uno en su situación, tenían fuego inyectado en los ojos. La única explicación posible.

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