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No recomendado para menores de 12 años Víctor Ros - Capítulo 3: El sueño de la razón - ver ahora
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¡Pase!

Otra vez?

Sí.

¡Soy yo, Blázquez!

Pase.

Perdone... El comisario quiere verle urgentemente.

¿Qué hora es? Tardísimo.

Tiene mala cara.

Un mal sueño.

Y lo peor es que creo que no ha terminado.

¡Adelante!

Don Fernando de la Escosura, nuevo Delegado de Gobernación.

Desde de hoy, nuestro jefe.

-Encantado de conocerle. Igualmente, señor.

El misterio de la casa Aranda, el asesinato del coronel Ansuátegui.

Desde que ha vuelto a Madrid, sus casos se cuentan por éxitos.

Tuve un buen maestro.

El inspector Martínez.

Me han dicho que era como un padre para usted.

Hay pérdidas irreparables. Le aseguro que sé de ello.

Pero no hay mejor homenaje que continuar con su obra.

Por eso le he llamado.

Ocupará la plaza del inspector Martínez.

Queda ascendido a inspector de primera clase.

Después de Buendía es el siguiente en la línea de mando de la Brigada.

Gracias, señor. Eso supondrá ajustes en la Brigada.

Blázquez será promovido a inspector.

Creo que nadie mejor que usted para darle tan buena noticia.

Se la daré ahora mismo.

Por supuesto.

Gracias.

¿No es un riesgo poner la brigada en manos de alguien tan joven?

-Necesitamos nuevos aires.

¿Quién mejor que Ros?

-Bien.

¡Por la Brigada!

-No puede ser.

¿Me deja el periódico?

¿Qué ocurre?

Ha muerto el Marqués de la Entrada. ¿Era amigo suyo?

¿Tengo pinta de tratarme con marqueses?

Con este tipo debuté como policía. Yo era un pipiolo de 20 años.

Nos llegó el aviso de que dos hombres

se iban a batir en duelo al lado del río. Fuimos corriendo.

Uno era el marqués. Un aventurero y donjuán.

Viajó a África, Oceanía, cazó osos en Alaska.

Escribía artículos de sus hazañas en "La Época".

El otro era el comandante Estebaranz,

un hombre de honor, chapado a la antigua.

Superviviente de mil batallas y gran tirador.

Mi obligación es aconsejar que no se siga con esta locura.

-No puedo.

El comandante me acusó de acostarme con su esposa.

-¡Usted me llamó mentiroso!

-Su esposa habría quedado a ojos de todos como una ramera.

¿Y usted se hace llamar hombre de honor?

-¡Las armas! ¡Ya!

-Deben dar 20 pasos antes de girarse.

-Rapidito, que he quedado para cenar.

-De primer plato cenará usted plomo.

-Uno... Dos... Tres... Cuatro...

Si no llegó a tiempo de evitar el duelo...

-¿Cómo sé todo lo que pasó?

Me lo contó el Marqués cuando le interrogué.

Los duelos ya eran ilegales. Pasaría un tiempo en la cárcel.

Ni un día. Si ahora es difícil meter en la cárcel

a un marqués o a un militar, imagínese hace 30 años.

Cuando llegaron a los malditos veinte pasos...

-Cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez.

-¡Aún respira!

-¡Rápido, que se nos va!

-Cuando llegamos, no quedaba nadie.

El marqués sobrevivió hasta ayer.

La bala se quedó en su cabeza.

No se la pudieron sacar, la operación podía matarle.

-Eso es tener suerte. -Sí.

Él mismo bromeaba sobre el tema.

Decía que desde entonces le atraían igual las jovencitas que los imanes.

Ese fue mi primer caso.

Y hoy que me ascienden, se muere. Es como si fuera una señal.

Sí. La señal de que hay que volver a trabajar.

Esta ronda la pago yo. -Gracias, jefe.

-¿Ya sabe Carballo lo de usted?

Por la cara que tenía saliendo del despacho, yo diría que sí.

Pero tendré que hablar con él. ¿Saben dónde está?

-Le he visto ir hacia los calabozos.

Iba a interrogar a un gigoló que estafaba a damas.

-No me gustaría estar en su lugar.

-No! No! No!

¡No he robado nada! ¡Eran regalos! -Tienes más cara que espalda.

Ya te tengo relacionado con cinco damas.

Vas a pasar unos años en la cárcel, pringao.

-¡No, por favor! ¡No quiero ir a la cárcel!

-Pues lo llevas crudo.

Una de las mujeres a las que robaste está casada con un ministro.

Ahí la cagaste.

Dime a cuántas más has estafado

y por lo menos te evitas unas cuantas hostias.

Le puedo decir algo más.

Le puedo ayudar a resolver un asesinato.

-¿De qué asesinato hablas? -Se lo diré si me deja salir de aquí.

-Me lo vas a decir y luego veré que hago contigo.

No te lo preguntaré otra vez: ¿quién es el asesinado?

-El Marqués de la Entrada.

"Podemos dar un empujón a la naturaleza".

"Si mi marido muriera tendríamos toda una vida por delante".

¿Esto lo escribió la esposa del marqués?

-Siga leyendo, por favor.

-"Yo sé cómo hacerlo. Nadie lo notará".

"Y nosotros por fin podremos ser felices".

¿El amante le animó a que lo hiciera?

-Jura que no. Que es un estafador, pero no un asesino.

Le creo. Mis interrogatorios son a fondo.

-¿Le ha contado todo esto a Ros? -No. Ni ganas que tengo.

¿Cómo le pueden haber ascendido? Van a destruir la policía

poniendo a civiles al mando.

Los militares hemos sostenido al Cuerpo.

-No me diga lo que ya sé.

¿Qué hago? ¿Detengo a la viuda o se lo cuento antes a Ros?

-Detenga a esa mujer en cuanto tenga pruebas.

¿Se puede?

Hola, Víctor. Hola.

Va a necesitar varias estanterías para tanto libro.

Mañana estarán aquí.

Después de tantos años de necesidad, ahora no nos faltará de nada.

No la veo muy feliz pese a la noticia.

Todo tiene su lado malo.

El bueno es que tengo un benefactor que paga la compra de libros.

Puedo pagar un pequeño alquiler.

Una gran persona, sin duda. Sí.

Sólo tiene un defecto: que mi padre me quiere casar con él.

¿Quién es? Prefiero no hablar del tema.

¿Quería algo? Lola lleva un par de días sin venir.

No he venido por ella.

He venido a verla a usted. A saber qué tal estaba.

Pues ya ve que no muy bien.

¿Sabe dónde voy?

A dar el pésame a una buena amiga que se ha quedado viuda.

No sé si darle el pésame o felicitarla.

También se casó obligada por las deudas de su familia.

Como hizo mi hermana o como quieren que haga yo.

Ahora mismo no soy buena compañía.

¿Quiere que me vaya? Sí.

No esperabas verme tan triste, ¿verdad?

Sinceramente, estoy sorprendida.

Yo también lo estoy. Nunca soporté a mi marido.

Recuerda cuando me decías llorando

que cada noche te exigía que cumplieras en la cama.

No me olvido de eso.

Pero tienes que saber algo, Clara:

yo tenía un amante.

Me enamoré de él. Y mi marido se enteró.

¡Dios mío! ¿Y qué hizo?

No me hizo ni un solo reproche. Ni siquiera cambió el testamento.

Pero me descubrió que mi amante también lo era de otras.

Este señor quiere verle urgentemente.

-Inspector Carballo, de la Brigada Metropolitana.

¿Puede enseñarme una carta en la pueda ver su letra?

-Felicidades por el ascenso, Víctor.

Don Armando estaría orgulloso. Como lo estoy yo.

Gracias. No parece muy contento.

No puedo estarlo cuando el asesino anda suelto.

¿Alguna novedad? Sí. Fíjese.

¿Una pieza de oro?

Una, no. Tres.

Esta mujer es de familia con posibles.

¿Lo demás todo igual? También ha sido madre.

Necesitó cesárea. Y quien la hizo era bueno, no un matasanos.

Su padrino las miraba con la misma pena.

Sabíamos que habría más muertes. No era difícil de imaginar.

Ha servido para que le vuelvan a poner al frente.

Triste consuelo.

No lo crea.

A veces sólo la suma de injusticias consigue

la verdadera justicia.

Vamos al salón.

Le vendrá bien un brandy y hablar con un amigo.

¿Qué está buscando, inspector?

Pruebas de un crimen. Y ya las tengo.

Lucía Alonso, queda detenida por el asesinato de su marido.

Comprendo su situación con la señorita Alvear.

Le seré sincero: una de las pocas cosas que no añoro de mi juventud

es la pasión del enamoramiento.

¿No ha estado usted casado?

Sí. Y es una pérdida de tiempo, se lo aseguro.

¿No tuvo hijos? Uno.

Mi esposa no guardó el embarazo como el médico le aconsejó.

Le preocupaban más las fiestas y los actos de sociedad

que llevar una vida sana por el bien de nuestro hijo.

Apenas vivió un año.

Nunca entenderé a una mujer que desatiende a su hijo.

Lo siento.

Fue lo mejor. Su vida hubiera sido una tortura.

Inválido, sin capacidad de hablar...

La muerte no es lo peor que le puede ocurrir a un ser humano.

¿Le parezco cruel por decirlo? No.

Me parece un hombre que ha sufrido.

Un hombre no se mide por las veces que cae, sino por las que se levanta.

¿Qué hizo después?

Gestionar las empresas de mi padre, al borde de la quiebra.

En Filipinas, en Cuba... Café, tabaco, azúcar...

Me cansé: tenía más dinero del que podía gastar en siete vidas.

¿Más vino? Si, gracias.

A partir de ahí, empecé a viajar.

Viena, París, Londres...

He vivido en medio mundo.

Y me dediqué a disfrutar de mis dos pasiones:

El estudio de la medicina y del crimen.

Y me he dado cuenta de una cosa muy importante.

Vivimos en un momento maravilloso.

¿Ud. cree?

No lo dude, Víctor. En veinte años, la ciencia ha avanzado más

que en todos los siglos precedentes.

La luz eléctrica, el teléfono, la fotografía,

los transportes...

Pronto podremos cruzar el océano volando, estoy seguro.

Muchos de los sueños de Julio Verne se harán realidad.

Los buenos y los malos.

No le entiendo. Verne es un visionario.

El hombre viajará a la Luna, al fondo del mar...

pero

también creará armas de destrucción

que aniquilarán pueblos enteros.

Todo dependerá de quién tenga esas armas.

Exacto.

Lo cuenta Verne en "Los 500 millones de la Begún".

La eterna lucha del bien contra el mal.

Vivimos unos tiempos apasionantes, amigo.

Y yo estoy enamorado de ellos más que de cualquier mujer.

Salud.

¿Cuánto tiempo cree que va a poder vivir de esto?

Necesita labrarse un futuro.

Si vienes a regañarme, deja de hablarme de usted.

Olvidemos las formalidades.

Los dos somos de barrio, por mucho que sueñes con dejar de serlo.

Ése es tu gran error, Víctor.

Crees que el futuro se puede cambiar. Y no es así.

Los pobres seguirán siendo pobres y los ricos, ricos.

Antes llegaré a marquesa por mis tetas que por saber leer,

te lo aseguro.

Será mejor que me vaya.

¡No, espera!

¿Por qué has venido?

No hay noticias del asesino.

No tenías nada que decirme y aquí estás.

Yo te diré por qué has venido:

porque me deseas.

Víctor, pídeme que sea tuya y lo seré.

Dejaré todo por ti.

¿Quieres a Clara, verdad?

Muchos hombres vienen aquí no sólo por sexo.

Vienen porque están solos.

Tienen familia, amigos, pero se sienten terriblemente solos.

Y buscan consejo.

Como tú.

Si quieres a Clara, díselo y cásate con ella.

Pero te aviso:

Clara es de otra clase y nunca pertenecerás a ella.

Nosotros somos diferentes,

tenemos una llama dentro que nos quema.

Hay algo oscuro dentro de ti que Clara nunca entenderá,

porque es pura y transparente.

Ahora que te he dado consejo,

¿puedo pedirte un favor?

Sí.

No vuelvas aquí nunca más.

¿Qué hace aquí? Tenía que hablar con usted.

Lleva esperándole aquí dos horas. ¿Puede dejarnos a solas?

Lo haré por ser usted, pero en esta casa no se admiten visitas.

He hecho una excepción porque es una señorita.

Gracias.

¿Qué ocurre?

Han detenido a mi amiga Lucía. Por asesinato.

¿De quién?

De su marido, el marqués de la Entrada. Es inocente, se lo aseguro.

El inspector que la detuvo no atendió razones.

¿Cómo se llama ese inspector?

Es de la Brigada Metropolitana, Carballo.

¿Se sabe algo del hijo de La Coronela?

No, señor.

Tal vez con la siguiente asesinada tengamos más suerte.

Tenía tres piezas de oro en la boca y había sido madre.

¿Una chica de buena familia en la calle?

Sí. Eso hace más manejable la búsqueda.

Sánchez y Crespo, busquen en los archivos

denuncias de hijas desaparecidas.

Prioricen las familias de alto nivel.

Sí, señor.

Blázquez, localíceme a Rosales. ¿Al periodista?

Sí.

Necesito que me acompañe a varias entrevistas

en el caso del Marqués de la Entrada.

Murió de muerte natural. Carballo no opina lo mismo.

Hombre.

Buenos días. Vaya, ha sido nombrarle y aparecer.

Le rogaría que estuviese presente cada mañana a las nueve.

Por supuesto, jefe. ¿Algo que deba saber?

Esa misma pregunta se la iba a hacer yo.

Es un caso claro, Ros. Tenemos el motivo, las cartas.

Nos falta saber cómo le mató.

Le envenenaría, el método femenino por excelencia.

No podemos llevar a alguien ante un juez con suposiciones.

¿Y qué sugiere usted?

Que se le haga la autopsia. ¡Le han enterrado!

Pida una orden para exhumar el cadáver.

Tendremos al obispo en contra. El obispo entenderá

que es más cristiano molestar a un muerto

que condenar a una inocente.

Se está dejando llevar por la señorita Alvear.

Si es culpable, que cumpla su castigo.

Señores, calma.

Somos policías.

Tiene usted razón, comisario.

Dice que murió envenenado. ¿Con qué veneno?

Su médico dictaminó que murió de muerte natural.

¿Qué me quiere contar?

Ni se ha molestado en interrogar al médico.

Iba a hacerlo hoy. No se preocupe, ya lo haré yo.

Y la próxima vez que me acuse de algo,

procure tener los deberes hechos, Carballo.

Le voy a pedir un favor.

¡Haga bien su trabajo, coño!

Delgada, pelo rubio y con tres piezas de oro en su boca.

Otro dato importante es que había sido madre,

como todas las asesinadas.

Lo publicaré en la edición de esta tarde.

¿Por qué no se han difundido estos detalles antes?

Este caso es distinto, la víctima es de buena familia.

Leerán el periódico o conocerán a alguien que lo lea.

Y podremos actuar más deprisa.

¿Sabe? Me gustaría que tuviéramos,

¿cómo decirlo? Una relación más fluida.

A mí también. Pero tengamos las reglas claras.

¿Qué quiere decir?

El trato es este:

Usted no publica nada que entorpezca una investigación

A cambio, le informaré antes que a nadie.

De acuerdo.

Hay un asunto del que me gustaría hablar.

¿De qué se trata?

Tengo entendido que le ayuda alguien de fuera.

El señor Aldanza. ¿Puede hablarme de él?

Don Alberto es un avanzado a su tiempo.

Posee los grandes textos de la criminología.

Y tiene un laboratorio que no tiene ni la propia policía.

Es un experto forense. No llevará mucho en Madrid.

Apenas un año. Me gustaría entrevistarle.

Por ahora, mejor mantener el secreto.

Si se supiera que la Policía necesita ayudas externas,

algún ministro diría algo. Ya sabe cómo son los políticos.

Como el perro del hortelano: ni comen ni dejan comer.

Perdone la espera.

Le aseguro que si el asunto no fuera de una gravedad extrema,

no le molestaría.

No tengo ya a nadie a quién acudir. -¿Cuál es el problema?

¿Le desahucian?

-Sí. En dos semanas si no pago a mis proveedores.

Es una injusticia. Soy un grande de España.

-Eso no es garantía de ser un buen empresario.

Antes de visitarle para conocer a su hija, pedí informes de sus negocios.

Se lo diré claramente:

sus fábricas serían excelentes en el siglo XVIII,

pero ahora son una máquina de perder dinero.

Eso por no hablar de su avaricia. -¿Qué insinúa?

-Invirtió sus ahorros en un banco que prometía beneficios imposibles.

Siento decirlo, pero el dinero se gana con el sudor y el empeño

y no viviendo del pasado.

-Sus palabras rozan la insolencia.

Insolencia? -Sí.

Insolencia es venir aquí a pedir que me case con su hija,

para que mi fortuna le salve de la ruina.

Se equivoca de hombre.

Jamás me casaré con Clara si no quiere.

-Piense en su futuro.

-Pienso en Clara todos los días, se lo aseguro.

¿Y sabe lo que más entristece?

Saber que tiene un padre al que no le importa vender a sus hijas.

Ahora, si no le importa, tengo trabajo que hacer.

¿Y esto es un deporte? -Se llama golf.

En Inglaterra, donde estudié, causa furor.

Los campos son inmensos, nada que ver con esto.

Pero me ayuda a recordar mi juventud en la campiña inglesa.

Supongo que prefieren que les hablé de mi amigo el marqués.

¿Una limonada? -Por mí, encantado.

Usted diagnosticó muerte natural. Cierto. No encontré nada anormal.

No quiere decir que no lo hubiera. ¿Qué quiere decir?

Hubiera necesitado una autopsia.

Su viuda no parecía muy por la labor.

Carlos era ya un hombre mayor. Estaba cada vez más débil.

Vi su muerte como algo normal.

Creo que han detenido a la viuda, ¿no?

Sí, ¿notó usted algo sospechoso en ella?

Que era casi 50 años más joven que él.

Miren, si lo que quieren saber es si creo que Alicia le envenenó,

no lo sé.

Pero esa mujer lo mató. O lo remató.

Como ustedes quieran llamarlo.

No le entiendo.

El marqués quería estar siempre a la altura de su esposa.

Hacía más ejercicio que nunca. Estaba cada día más delgado.

Consumido.

El pobre alardeaba de que hacía el amor todos los días.

¡Con casi 70 años!

Yo le aconsejaba que fuera consciente de que ya no tenía edad.

Siempre me decía: "la vida está para vivirla, amigo".

¡Hasta tomaba tónicos para la virilidad!

¿Se los recetó usted? No. Va contra mis principios.

Esos tónicos son trucos de curandero.

Él decía que le adelgazaba y le mantenía en forma.

Tonterías.

No hay mejor tónico que ser joven.

Ni mayor virtud que saber cuándo se deja de serlo.

¿Quieren probar con el golf?

-No, deje, deje... Prefiero el mus.

Sí, soy culpable. Pero no de envenenar a mi marido.

Soy culpable de soñar otra vida con un estafador

que me prometía amor eterno. ¿Hay pena para eso?

¿Por qué se negó a que le hicieran la autopsia a su marido?

Por respeto.

¿Le hacen una autopsia a todos los que mueren con 70 años?

No le envenené, se lo juro.

Las cartas en nuestro poder muestran animadversión.

No es fácil aceptar que te casen a la fuerza

con alguien 50 años mayor que tú.

Con alguien que me exigía que cumpliera mis deberes como esposa.

-Por lo que dice, yo entendería perfectamente

que le hubiera dado un sartenazo en la cabeza.

Incluso media docena. Pero estamos donde estamos.

Y la cosa no pinta bien. Mi compañero tiene razón.

Si la autopsia detecta sustancias, no podremos hacer nada por usted.

El doctor Solís nos dijo que su marido

tomaba bebedizos para potenciar su virilidad.

Sí. Y muy a mi pesar. Yo le hubiera dado tisanas,

para que se durmiera. ¿No sabe qué tomaba?

No. Pregúntele al mayordomo. Era su recadero.

Hablaré con Clara. Está muy preocupada por usted.

Es una buena amiga.

Cuídela, señor Ros.

No le pase a ella lo que me ha pasado a mí.

Quédeselo.

Estoy segura de que no lo hizo. Estaba hundida.

A veces, quienes están sometidos a presión

tienen extraños comportamientos emocionales.

Pase lo que pase, le agradezco su esfuerzo por ayudarme.

Y más después de lo desagradable que estuve el otro día.

¿De qué se sonríe?

El otro día fui a verla para decirle me habían ascendido.

Pero la encontré tan mal que preferí callarme.

¿Inspector de primera?

Llegar a ese cargo a su edad tiene mucho mérito.

Más mérito tendría que dejaras de hablarme de usted.

Hecho.

Hecho.

Quiero hablar con tu padre de nosotros.

Y quiero hacerlo mañana mismo.

No sé si es el mejor momento. ¿Lo dices por ti o por tu padre?

Por mi padre.

Entonces, cuanto antes, mejor.

Muy buenas, jefe.

¿Qué tal con el mayordomo? Un sieso de tomo y lomo.

Adoraba a su señor. Llevaba con él toda la vida.

Y odiaba a Lucía.

Para él, la pobre mujer es el demonio.

El marqués se tomaba unos buenos tragos de esto para cumplir.

"Loción La Milagrosa". Pues milagrosa debe de ser,

porque para ese no parar que se gastaba el marqués...

No hay milagro ninguno.

Es pura sugestión del que se lo toma.

Tenemos noticias. ¿De la chica de los dientes de oro?

No. De La Coronela. Ya se en qué hospicio dejó su hijo.

¿Saben porqué la llamaban La Coronela?

Porque estaba liada con el Coronel Ramírez.

Del que por supuesto ya tiene la dirección.

¿Saben qué hora es para venir a molestarme? Han asustado a mi esposa.

Puede llamar al ministerio cuando quiera. Pero necesitamos su ayuda.

¿Y en qué puedo ayudar yo a la policía?

-Cuente lo que sepa de Emilia Fuentes.

-No sé de quién me habla.

La llamaban La Coronela por usted. Incluso tuvo un hijo suyo.

Veo que se ha documentado a fondo.

Hace más de seis años que dejé de verla.

No sé nada de su vida. Justo cuando se quedó embarazada.

No la dejé por eso.

-Papá. -¡Eh!

Dime. -No puedo dormir.

-Tranquilo, Mateo.

En cuanto se vayan estos señores te cuento un cuento.

Vete a la cama. Y no despiertes a tu madre.

¿Cómo se anda para no hacer ruido? -Pasito a pasito y despacito.

Sí, es el hijo que tuve con ella. La semana pasada cumplió seis años.

La adopción de Mateo fue un deseo cumplido de mi mujer.

Ella no puede tener hijos y decidimos adoptar.

Su esposa no sabe nada de su procedencia.

No, no sabe nada.

Sé que le parecerá estúpido, pero yo amaba a esa mujer.

Hubiera dejado a mi esposa por ella.

-¿Por qué no lo hizo? -Tenía un amante.

Más joven que yo.

Un día, les sorprendí y me encaré con él.

Me costó un destino a África. Su padre es el General De la Calle.

Me mandó lejos de mi esposa por dar gusto a su hijo.

¿Cómo se llama el hijo del general?

Gerardo. Pero le voy a dar un consejo: no se acerque a él.

Gracias.

Y lo de su hijo, nadie lo sabrá por nosotros.

Sólo una última cosa:

¿me puede decir la fecha exacta del nacimiento de su hijo?

¿En qué piensas?

En lo que me propusiste la otra noche.

¿Qué?

¿Sigue en pie la oferta?

¿De que seas mi esposa?

¡Claro, claro!

¿Qué te ha hecho cambiar de opinión?

El miedo.

Tengo miedo al futuro, Gerardo.

Yo te protegeré.

Dolores de la Calle.

Suena bien.

Suena maravilloso.

Augusto,

¿qué has hecho? ¡Socorro! ¡Que venga un médico!

Repasemos. ¿Cuándo fue asesinada la primera víctima?

Hace casi un año. Carmen Pérez.

Exacto. Hace casi un año. En marzo de 1894.

En mayo y en septiembre mueren las dos siguientes.

En noviembre mata a Severina Rojas.

Y de repente, el último mes, tres víctimas más.

Es como si hubiera acelerado el ritmo.

Hay otra razón y creo saber cuál es. Todas habían sido madres.

Todas habían abandonado a sus hijos.

Y visitando anoche al Coronel Ramírez nos dio un dato relevante.

El cumpleaños de su hijo. Exacto.

A La Coronela la mataron cuando su hijo cumplía años.

¿El asesino conocía a todas? Eso creo.

¿Qué le preocupa? Esto es muy gordo, jefe.

El padre de Gerardo es la mano derecha del Ministro de la Guerra.

Vamos a meter en la cárcel a ese asesino.

Sea quien sea.

Ros. Don Augusto Alvear ha intentado suicidarse esta noche.

Soy un inútil. No sirvo ni para suicidarme.

-No digas más tonterías, cariño. Lo importante es que estás vivo.

-Sí. Vivo para ver cómo pierdo hasta mi propia casa.

Se ha querido suicidar porque nos embargan la casa en dos semanas.

Estamos en la ruina.

¿Qué va a ser ahora de nosotros, Víctor?

Inspector Ros. Don Fernando.

He venido nada más enterarme, soy amigo de la familia.

Desde el caso Aranda.

¿Se conocen? Don Fernando es mi jefe.

¿Podría ver a su padre?

Sí, claro. Está en su cuarto. Yo le acompañaré.

No. Ya le diré a su criada que me indique.

Encantado de verle. Igualmente, señor.

Es él. El hombre con el que me quiere casar mi padre.

Augusto, por Dios, ¿qué ha hecho?

Déjenos solos, por favor.

Háblele por el lado izquierdo, si es tan amable.

El disparo le ha dejado sordo del derecho.

Es un milagro que siga vivo. -No es un milagro. Es cobardía.

Me temblaba tanto la mano que ni a un palmo acerté con la sien.

No paré de pensar todo el día en lo que me dijo en su despacho.

Tenía usted razón.

No soy digno. Ni de mi alcurnia ni de mis hijas.

Lo segundo es más grave.

No me dijo que su hija Clara tenía amistad con el inspector Ros.

-Salvó a Aurora, mi hija y su hermana.

Ahora está intentando ayudar a su amiga Lucía Alonso.

-¿La viuda del marqués de la Entrada?

-Sí, mi hija y ella son amigas desde niñas.

-Le voy a ayudar, Augusto. Voy a evitar que le embarguen.

Me haré socio suyo y salvaré sus empresas.

Pero a partir de ahora todo se hará a mi manera.

-No estoy en condiciones de exigir nada, bien lo sabe.

Avise a sus abogados para que se ponga en contacto con los míos.

Quiero que se anime.

Y que mañana mismo podamos celebrarlo.

-Dios le bendiga, Fernando.

-Dios ya ha hecho horas extras con usted. El resto, déjelo en mis manos.

Tiene usted mala cara, Víctor. Últimamente no duermo bien.

¿Pesadillas? Más de las que quisiera.

Conocí en Viena a un psicólogo que aseguraba

que la interpretación de los sueños podía resolver nuestras neurosis.

Un tal Freud. Interesante.

Mis neurosis se resolverán cuando encuentre al asesino.

Entonces, alégrese.

Por lo que me dice, todo apunta a que el hijo de ese militar...

¿Cómo se llama?

De la Calle. ¡Eso!

Todo apunta a que es él, ¿no?

Todavía es pronto.

Por lo menos este caso lo tiene resuelto.

He encontrado restos de envenenamiento.

Arsénico. O algún insecticida de campo.

He detectado monóxido de plomo.

Recibió una bala que se quedó en su cabeza.

Nunca se la pudieron quitar porque la operación podía matarle.

El marqués tenía una bala en la cabeza, de un duelo.

Le destrozó la oreja.

Aquí la tiene.

Quince milímetros.

Ya se lo dije:

el matrimonio es un mal negocio. Éste es un buen ejemplo.

¿Pasa algo? Sí.

Que ha merecido la pena convencer al obispo de desenterrar al marqués.

No ha debido ser tarea fácil.

Me costó menos aprender latín, se lo aseguro.

¿De verdad quiere que vigile esto? Así es.

Pero si es un trozo de tocino. Haga lo que le ordeno.

Organice turnos. Siempre tiene que haber alguien mirando.

Y nadie puede tocar.

-Es la primera vez que veo que el tocino es sospechoso.

-¡Y yo!

-El señor Rosales quiere hablar con usted.

Pase, Rosales.

-Gracias. Siéntese.

Muy bien.

¿Eso es tocino, no? Sí.

Es muy largo de explicar. ¿Qué le trae por aquí?

Tengo en la puerta a una pareja.

Creen que la desaparecida puede ser su hija.

Antonia Camino.

Vaya con ellos al depósito para que reconozcan a su hija.

Luego tráigalos aquí. Sí señor.

-Iré con él. Tengo experiencia en estos asuntos.

Bien.

Crespo. -Sí, señor.

-Ros, me debe una.

¿Qué quiere? Entrevistar a Aldanza.

He hablado de él a mi director y quiere la exclusiva.

Cuando resolvamos el caso de las mujeres asesinadas,

yo mismo le conseguiré esa entrevista.

Puede ir usted documentándose, siempre con la debida discreción.

Muchas gracias. A usted.

Sabemos que su hija fue madre.

¿Pueden hablarme de ello?

Es una vergüenza que nos perseguirá hasta la tumba.

Mejor que alguien la sepa.

Antonia tuvo un hijo.

Cuando lo descubrimos la enviamos a París, con mi cuñada.

Quisimos evitar el escándalo.

Cuando nació la niña fue llevada a un convento.

¿Cómo reaccionó?

-Mal.

Para que cambiara de aires, la enviamos a un internado inglés,

cerca de York. Al año volvió a Madrid.

-¿Cuánto hace de eso? -Hará en abril dos años.

Vivió con nosotros un año, pero estaba cada vez peor.

Fuimos a los mejores médicos, pero no consiguieron curarla.

Curarla, ¿de qué?

-De melancolía. Echaba de menos a su hija.

Nunca nos lo perdonó.

Se ganaba la vida vendiendo su cuerpo.

¿Qué hemos hecho, Dios mío?

-Acompáñeme, si es tan amable.

-Uno cree que hace lo mejor, pero nunca acierta.

Nos preocupaban las habladurías.

Ha sido peor el remedio que la enfermedad.

¿Qué ocurrió después?

Desapareció.

No hemos tenido noticias hasta ahora.

Yo pensaba que se había fugado de casa con el padre de su hija.

Pero un día vi a ese niñato tan campante por la calle

y supe que algo malo pasaba.

-¿Nos puede decir el nombre de ese niñato?

-Gerardo de la Calle. El hijo del general.

Yo era amigo de su padre.

Entraba en mi casa como si fuera de la familia.

Tras dejarla embarazada, no quiso saber nada más de ella.

Muchas gracias, señor Camino.

Puede ir con su esposa. Gracias, de verdad.

Es ese cabrón de De la Calle.

¿En qué piensa?

En cómo un caso de un año se resuelve en dos días.

Todo indica hacia la misma dirección.

La vida es así.

Mi mujer llevaba meses buscando un pendiente

y lo encontró barriendo por donde mil veces había barrido.

Es usted un filósofo, Blázquez. Y se lo digo en serio.

Si no fuera por lo grave de sus acusaciones, ni les recibiría.

Gracias por el detalle, general. Es usted un insolente.

Y su hijo, probablemente, un asesino.

Espero que tenga pruebas.

Dos de las asesinadas habían tenido relación con él.

-Antonia Camino, de cuyo padre era usted amigo.

Miren,

sé que Gerardo no es precisamente un santo.

Tiene una debilidad enfermiza por las mujeres.

No ha hecho carrera en nada.

Empezó en Derecho y aguantó un año.

Se alistó en la Marina y se mareaba en el barco.

Pero les juro que no es un asesino.

¿Su hijo sigue viviendo aquí? -Sí, claro.

¿Dónde iba a vivir mejor?

¿Es él?

Y es zurdo.

¿Cómo lo sabe?

Vayamos al grano. ¿Tiene usted una Smith & Wesson Modelo 3?

Tengo muchas armas, inspector.

¿Puede mostrarnos la Smith & Wesson, si es tan amable?

No, no. Hágalo usted. ¿Suele tener sus pistolas cargadas?

Siempre.

Al inspector Martínez le metieron tres balas.

Esas pistolas admiten seis. Vacíe el cargador.

Le aseguro que hay seis. Vacíelo, se lo ruego.

Faltan cuatro balas.

-Las tres que mataron a Armando

y la que le enviaron avisando del último asesinato.

¿Dónde se encuentra su hijo?

Yo sé dónde encontrarle.

Ahí está. Vamos.

¿Señor De la Calle?

Somos el Inspector Ros y el Inspector Blázquez.

Acompáñeme afuera, si es tan amable.

¿Por qué habría de hacerlo? Somos policías.

¿Sabe usted quién es mi padre?

Un señor muy amable, le acabamos de conocer.

-¿Y tú de qué te ríes, puta? -Vamos.

-¿Qué pasa, inspector?

¿Porque se folla a La Valenciana los demás no podemos hacerlo?

-Jefe, no haga una tontería, la voy a hacer yo.

Intuirá que tengo al Ejército

revolucionado por la detención del hijo de un general.

Sí, señor.

¿Y cree que no tengo nada mejor que hacer que contemplar un tocino?

Va a demostrar quién mató al Marqués de la Entrada.

-Lo mató su viuda.

-Primero escuche y luego opine.

Empiece.

El marqués murió envenenado, como dice Carballo.

La autopsia demostró que su cuerpo guardaba monóxido de plomo.

Ésta es la bala que tenía alojada en la cabeza

desde el duelo que tuvo con Estebaranz.

Es el asesino del marqués.

Estebaranz murió hace treinta años.

Y el marqués ha muerto del tiro que le pegó Estebaranz.

Y por su obsesión por cumplir sexualmente con su esposa.

Perdone, no lo entiendo.

Ésta es una bala nueva para una pistola Enfield,

la utilizada en dicho duelo.

Ésta es la que tenía el marqués en la cabeza.

Observe.

La que tenía el marqués está como carcomida.

Exacto. Hay una diferencia de 12 gramos entre las dos.

Se disolvió. Como el tocino.

Llevo toda la noche viendo cómo menguaba.

-El tónico. Así es.

Durante cinco años, bebió la pócima creyendo que le daría virilidad.

No sabía que el tónico lleva

tres principios activos que disuelven los quistes.

Como el que se formó en torno a la bala en la cabeza del marqués.

Y el plomo de la bala fluyó a la sangre poco a poco,

hasta que acabó matando al marqués.

-¿Va a creerse usted esta pamema?

-Sí. Me la creo.

Espero que sea igual de brillante en el caso del general.

Lo necesito, se lo aseguro. Sí, señor.

-Vamos.

-Me ascienden, resolvemos dos casos, veo rabiar a Carballo.

A veces la vida es maravillosa. No cantemos victoria.

Acompáñeme, Blázquez. Tenemos un interrogatorio pendiente.

Gracias, señores.

Parece tranquilo el señorito.

Cuando le lleven al garrote se cagará en los pantalones.

-No sueñe despierto, amigo. -¿Le pega usted o le doy yo?

No es mi método, Blázquez.

-Mire, su jefe sí es inteligente.

Sabe que si me toca, se acabó su carrera.

¿No decía que no me iba a pegar?

Estoy lleno de contradicciones.

¡Yo no soy un asesino! Señor de la Calle,

tenemos pruebas para que pase su vida en la cárcel.

O para que le ejecuten. Mi padre no lo permitirá.

Hay cosas que su padre no podrá evitar, por muy general que sea.

¿Como qué?

Como que una noche se encuentre conmigo

y le dé una paliza que lo deje tonto.

Habrá que quitarle la cartera

y los anillos para que parezca que ha sido un ladrón.

Y caso cerrado. Caso cerrado.

Vamos. Creo que el señorito necesita que reflexionar.

Deje de dar vueltas, estoy bastante mareado con tanta presión.

-Porque usted quiere.

-Las pruebas incriminan al hijo del general.

-Se pueden cambiar.

Puedo organizar que hubo un robo en su casa.

Podemos contactar con camaradas

que digan que estaban cenando con él cada noche de los hechos.

-Eso sería apoyar a un asesino.

-El general De la Calle es la mano derecha del Ministro del Ejército.

Si su hijo no sale de la cárcel vamos a limpiar más letrinas

que cuando hicimos la mili.

-Haga lo que tenga que hacer. Pero tenga cuidado con Ros.

-A Ros le voy a hundir en la miseria. Se lo juro por Dios.

Así. Muy bien.

Ahora mira a la cámara.

Destápate un poco más.

Perfecto.

-No escarmientas, Pardiñas.

-¡Carballo! Te juro que...

-Que lo que estás haciendo son estampitas para Navidad.

Tú, fuera.

-No me cierres el local otra vez, Carballo. Estoy en la ruina.

-Tienes una manera de evitarlo. -¿Qué quieres?

-Busco imágenes de una puta de lujo. -Ésas no pasan por aquí.

-Estoy seguro de haber visto fotos suyas hechas por ti.

Su nombre de guerra es Lola, La Valenciana.

¿Te suena?

-Sí.

Clara.

Acaban de traer esto para ti.

¿Malas noticias? No, no.

"Ros le engaña".

"Vaya a El Palacete y pregunte por Lola la Valenciana".

Buendía me ha informado de cómo ha resuelto el caso del Marqués.

Y el caso de las prostitutas va bien encaminado.

Eso parece.

No parece usted muy contento. Un policía nunca lo está del todo.

Cierto. Estoy recibiendo presiones del ejército.

Sí. Aguantaré, esté tranquilo.

Si las pruebas son sólidas, aguantaré.

Es hora de cambiar este país, de seguir el lema de Scotland Yard:

Un policía no es el defensor del pueblo, es el pueblo.

Exacto.

Clara será feliz cuando sepa que su amiga es inocente.

Si hubiera sido culpable la habría llevado ante el juez.

Lo sé. Y le honra.

Respecto a lo que pasó ayer,

usted se quedó tan sorprendido como yo

cuando nos encontramos en casa de los Alvear.

Si le dijera que no, mentiría.

Eso no va a influir en nuestras relaciones.

Ni profesionales, ni personales. Por lo menos por mi parte.

¿Y por la suya?

Tampoco.

¿Qué hace usted aquí?

¿Y usted?

No parece que sea la criada de la casa.

¿Qué quería que le dijera? ¿Qué era una puta?

No la habría tratado con menos respeto.

A quien no respeto es a la gente que me miente.

¿Cómo lo ha sabido?

Les deseo mucha suerte a Víctor y a usted.

Entre Víctor y yo no ha habido nada.

¡Tiene que creerme!

¿Por qué la iba a creer?

Quien miente una vez, puede mentir siempre.

Aquí tiene a su hijo, mi general.

-Le debo una, Buendía.

-Vamos. -Gracias, padre.

¿Pero qué hace? -Lo que debí hacer mucho antes.

No sé si podré dormir esta noche.

Si usted consigue pegar ojo es que no tiene vergüenza.

Ya estoy, Rosa. Pasa si quieres.

¡Gerardo! ¿Qué haces aquí? Quería ver qué cara ponías al verme.

¡Calla!

¿Qué? -¿Qué?

Antes de cenar, brindemos por el futuro.

Sería muy negro sin su ayuda, Fernando.

-Y porque nunca jamás pierda usted la esperanza, don Augusto.

No la veo muy feliz, Clara. Le voy a a dar una buena noticia.

Su amiga Lucía Alonso ha salido libre de cargos esta tarde.

¿De verdad?

-Seguro que usted ha tenido mucho que ver en eso.

-Todo es mérito de su amigo Ros. El mejor policía que conozco.

Propongo un brindis por él.

Me ascienden, resolvemos dos casos, veo rabiar a Carballo.

La vida es maravillosa. -Vaya, Crespo. Me lee el pensamiento.

-No es difícil, Blázquez. Lo ha dicho 20 veces.

Vámonos. Ese hombre tendrá que dormir y yo tendré que explicar

a la mujer de Blázquez el motivo de tanta alegría.

-Tranquilo, jefe.

Ya nos encargamos nosotros. Vaya a descansar.

¿Seguro? -Sí.

Gracias.

-Y sonría, que ha sido un buen día.

Como diría Blázquez, hasta el rabo todo es toro.

-¡Bien dicho, jefe!

-Buenas noches. -Buenas noches.

Lola, ¿qué haces aquí?

¡Dios!

¿Que te ha pasado?

No tenía otro sitio adonde ir en el que me sintiera segura.

Doña Patro, al ver los golpes, me ha dicho que te esperara aquí.

¿Quién te ha hecho eso?

Gerardo.

Hijos de puta.

No han tardado mucho en sacarlo.

Ya me encargaré de él. Te lo juro. No. No quiero más líos.

¿Puedes abrazarme? Aunque sólo sea como despedida.

Tranquilo.

Sólo es un mal sueño.

¿Estabas despierta?

¿Desde hace mucho?

Sí.

Estaba mirándote.

¿Con qué soñabas que te tenía tan a mal traer?

Espero que no fuera conmigo.

¿Qué te atemoriza?

Algo que no quería creer que fuera cierto.

Y mis sueños me han avisado de que lo es.

No le des muchas vueltas:

los sueños, sueños son. No. Esta vez no, Lola.

Lo presiento.

¿Estás segura de tu decisión?

Sí, Clara. Quiero irme de esta ciudad.

Olvidarme del suplicio que he vivido.

¿Y tú? ¿Estás segura de lo que haces?

Sí. Me ha engañado, Lucía. Al final, Víctor es como los demás.

Ese hombre no es como los demás, te lo aseguro.

Le debo la vida. Salvó a tu hermana y te quiere.

Creo que merece una oportunidad.

Gracias por aceptar mi invitación.

El mensaje decía que era urgente y por mi propio beneficio.

¿Quién es usted?

-Quien va a resolver sus problemas. -¿Es abogado?

-Algo parecido. -¿Conoce a mi padre?

-Digamos que tenemos amigos comunes.

Vayamos al grano. Sé que la policía le persigue.

-Eso ya está resuelto. -Hay pruebas que le incriminan.

Que conociera a las dos últimas víctimas.

-Casualidad.

No lo parecerá cuando se sepa que también conocía a las anteriores.

-No sé ni quiénes son.

-Lo sabrá. Todas las muertas han estado con usted.

-¿Cómo sabe todo eso?

-Porque las maté yo.

No se esfuerce. No irá muy lejos. -¿Qué me ha hecho?

-¿Cree en Dios? -No.

-Es una lástima, tendría el consuelo de rezar por su alma.

Se está muriendo, Gerardo.

Usted no mató a esas mujeres.

Pero ha destrozado tantas vidas, que es su justo castigo.

Es usted un miserable. -¡Ayúdeme!

Nadie llorará por usted. No sabrán que ha muerto.

Ha sacado un billete para París.

Creerán que ha huido y sigue viviendo tan feliz.

Es un veneno muy eficaz, no se esfuerce.

Deja pocos rastros en la sangre y, total,

tampoco la van a analizar...

La ciencia forense en España es una mierda, amigo.

Lástima que no pueda ir a París.

Es una ciudad preciosa.

Prepare todo. Ya ha llegado la hora.

-Sí, señor. ¿Cree que vendrá el señor Ros?

-Estoy seguro.

No salgas de aquí hasta que venga un coche a recogerte.

Ve directamente a El Palacete. Y no salgas de allí.

Enviaré a un agente a protegerte.

Llaman

Sí. ¿Qué pasa, doña Patro?

La señorita del otro día. Quiere hablar con usted.

Me gusta más la rubia.

Lo siento.

Siempre lo estropeo todo.

Padre. ¿Puedo hablar contigo?

Claro, pasa.

Si es por nuestras discusiones, no hace falta, cariño.

Yo tampoco he sido un padre modélico. No, no es eso.

Quería decirte que acepto casarme con Fernando.

¿Estás segura, hija? Sí, padre.

¡Qué feliz me haces, hija!

Cogeremos a ese hijo de puta y le daremos su merecido.

No es él, Blázquez. ¿Cómo que no es él?

Si fuera un asesino, habría matado a Lola.

¿Por qué conformarse con pegarla? ¿Y quién es, entonces?

¿Podría hablar con usted?

Por supuesto. Siéntese.

Me gustaría hablar a solas.

Blázquez se queda. Viene a hablarme de Aldanza.

¿Qué tal le ha ido la investigación? -¿Ha investigado a Aldanza?

Sí. Le iba a conceder una entrevista en exclusiva

y todo buen periodista debe documentarse.

¿Qué ha averiguado del asesino de esas pobres mujeres?

Veo que lo tiene claro.

-¿Es él?

Sí.

Lástima que me haya dado cuenta tarde.

Cuénteme.

Hablé con el propietario de la casa donde vive.

No está alquilada a nombre de ningún Aldanza.

sino de su mayordomo,

cuya pista se pierde en Cuba hace 20 años.

Y hay más cosas extrañas.

Sólo he encontrado tres Alberto Aldanza.

Uno vive en Sevilla y es un obrero.

Otro está en Aranjuez, tiene siete años.

Y el otro... El otro no se lo va a creer.

Sorpréndanos.

El otro fue uno de los abogados que en 1812

escribieron las bases para la Policía Nacional.

Cuadra con todo lo que me contó.

Adelantado a su época, luchador por una policía moderna.

Un ilustrado, pero es imposible que sea él,

Claro. porque tendría 123 años.

¿Adónde va? A detener a un fantasma.

He venido a detenerle.

¿De qué se me acusa? Lo sabe perfectamente:

es el asesino de esas mujeres y de don Armando.

Le recuerdo que no mido 1,80 ni soy zurdo.

Él, sí.

Usted ordenó que las matara.

¿Quiere un café? No.

Quiero verle muerto.

Lucas, por favor.

Víctor, no se ponga melodramático.

Gracias. Puede retirarse, Lucas.

No vaya muy lejos. Mis hombres rodean la casa.

No sabía que fumara. Sólo en los grandes momentos.

¿Cómo lo ha sabido?

Luego reconoce que es usted el asesino.

Sí, lo soy.

Hola, caballero. ¿Quiere pasar un buen rato?

-Por supuesto.

Cuénteme cómo lo ha descubierto.

Los sueños son muy útiles para mostrar aquellas cosas

que la razón no quiere ver. ¿Por ejemplo?

Llegó a Madrid un mes antes de la primera muerte.

Tiempo suficiente para buscar un supuesto culpable:

Gerardo de la Calle.

Indagó en su vida y montó el crimen perfecto.

No hay crimen perfecto: hay malos policías.

¿Qué le hizo ver que no era Gerardo?

Se sintió traicionado por Lola.

No la mató, como hubiera hecho el asesino.

El otro día hablamos de él y disimuló.

No le entiendo. Entiende perfectamente.

No me miró a los ojos. Como todos los que mienten.

Por lo que me dice, todo apunta a que el hijo de ese militar...

¿Cómo se llama?

Usted, que nunca olvida un nombre,

que conoce mis casos mejor que yo.

y se olvida del asesino del nuestro gran caso.

Un error por mi parte. Un error es asesinar a inocentes.

No me hable como si estuviera jugando al ajedrez.

Es un psicópata

que no ha superado el perder a su hijo.

Las mujeres fueron asesinadas los días que sus hijos cumplían años.

El asesino no las mataba porque le traicionaran a él.

Las mataba por abandonar a sus propios hijos.

Como me contó que su esposa hizo.

Le preocupaban más las fiestas y los actos de sociedad

que llevar una vida sana. Apenas vivió un año.

Nunca entenderé a una mujer que desatiende a su hijo.

No merecían vivir. Ninguna.

¿Y quién es usted para decidir quién debe vivir o no?

¡Dígame, entonces! ¿Por qué debía morir don Armando?

Me dolió hacerlo, se lo juro.

Pero era la única manera de que usted cogiera el caso y le ascendieran.

Nunca le debí hablar de Freud. Está usted loco.

No, no lo estoy. Quiero un mundo mejor y sé cómo conseguirlo.

Tengo una oferta que hacerle. ¿Cuál?

Investigar en todo el mundo.

Crear una sociedad mejor. Y para ello policías como usted son necesarios.

Métase la oferta donde le quepa.

Usted y yo nos vamos a comisaría.

No me cogerá, Ros.

Antes prefiero la muerte.

¡Dios!

¡Aldanza!

¡Aldanza!

¡Aldanza!

¡Señor! Hay que salir de aquí.

Tengo que coger a Aldanza. ¡No pienso dejarle morir!

Ten cuidado. ¿Por qué?

Por la noche pasan las cosas malas.

Quieto.

Borrás ha vuelto cuando se cumplía una semana de su desaparición.

-¡Dios mío!

-¿Por qué no escribiste?

-Creo que me confunde.

¿Qué ha pasado?

-Tiene que ayudarme, por favor.

-Venía a Madrid.

-¿El hijo del que detuvo? -Sí.

-¡Tenía allí su nidito de amor!

Siempre venía con dos señoritas.

-Quiero que sea su sombra. -¿Yo, su guardaespaldas?

-¡Tío Víctor! ¡Juanito!

"Sé que no entenderéis mi marcha. He decidido ser feliz".

El endemoniado de Atocha. ¡Que nos oiga el cielo!

-¿Creen que estoy loca?

¡Era él!

-¡Ah!

Alto.

No hagas nada que puedas lamentar.

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Víctor Ros - Capítulo 3: El sueño de la razón

29 jun 2019

La llegada de un nuevo Delegado de Gobernación hace que Víctor sea ascendido a inspector de primera y primer responsable de la Brigada. Todo ha de pasar por él, ante la envidia de Carballo y el escepticismo del comisario Buendía. Víctor Ros celebra el ascenso con la Brigada, sin saber que el nuevo delegado, el "culpable" de su ascenso es Fernando de la Escosura, pretendiente a la mano de Clara.

Histórico de emisiones:
26/01/2015

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