www.rtve.es /pages/rtve-player-app/2.17.1/js/
5305919
No recomendado para menores de 12 años Víctor Ros - Capítulo 2:  El anillo Rosacruz
Transcripción completa

He hablado con tu madre.

Le he pedido que te deje bajo mi tutela.

A cambio, le conseguiré un trabajo digno.

¿Qué tengo que hacer? Estudiar,

para salir del hoyo.

¿Quiere convertirlo en policía? No, Blázquez:

en el mejor policía.

Bienvenido, inspector Víctor Ros.

¡Señor inspector!

A sus órdenes.

El agente Crespo.

Nos llaman la Nueva Brigada, pero somos cuatro gatos.

Luis. Víctor, el extremeño.

Clara Alvear. ¿Le busca marido?

Sí, pero me casaré con quien quiera.

Ese hombre será envidiado.

¿Se encuentra...?

Ahora que está aquí, podría ayudarte. ¿Qué es?

Un asesino de prostitutas

Hubo un caso parecido en Londres. Eso me dijo Aldanza.

Es un honor conocerle. El honor es mío.

Nuestro hombre medirá

unos 180 cm.

La herida está siempre en el costado derecho. Es zurdo.

Sea quien sea, es pudiente.

Deja 30 monedas de plata.

-Todas habían sido madres.

¿Conocías a la víctima? -Trabajaba aquí.

Quedó embarazada de un cliente que la dejó tirada.

-Tenemos que detener a alguien.

¿Y si no lo consigo? Quedará fuera del caso.

Necesito un favor.

Aquí está toda la documentación.

No digas a nadie que la tienes. Solo puedes confiar en Víctor Ros.

¡Alto!

Tenía que haberle protegido.

Si hubiera llegado antes, seguiría vivo.

Si hubiera llegado antes, le habrían matado otro día.

El asesino tiene un plan. Y lo está cumpliendo.

Paso a paso. No se venga abajo ahora.

Es lo último que querría Armando.

¿Cuántos disparos recibió?

Tres.

Los dos primeros disparos, en el hombro izquierdo y en el pecho,

tienen ángulos de entrada distintos.

Le dispararon desde un coche en marcha.

Por la precisión, utilizarían un culatín.

El tercero.

El tercero se lo dieron cuando ya estaba caído.

Un tiro de gracia.

¿Calibre de las balas?

7 milímetros.

Culatín y siete milímetros: una Smith & Wesson modelo 3.

Juro que atraparé a ese hijo de puta.

Te lo juro.

Nadie nos avisó de la hora.

Échenlas de aquí.

-Me tendrán que echar a mí también.

Rezan en latín

-¡Una limosna, por caridad!

-Señora, por favor.

No hay nada. Ni siquiera los informes de las autopsias.

Es extraño.

Armando solía ser muy meticuloso. Sólo encuentro una explicación.

Que temiera que desaparecieran tras apartarle.

Más si el culpable es de buena familia.

Es muy difícil encontrar a un rico en un calabozo.

Era su último mensaje y no llegué a tiempo de escucharlo.

-Buenos días.

Les presento al inspector Carballo.

El inspector Ros y el sargento Blázquez.

Sus nuevos compañeros. Carballo es un hombre con experiencia.

Y conoce bien Madrid.

El asumirá el caso del inspector Martínez.

Ese caso es mío.

Una investigación requiere de una frialdad

que usted ahora mismo no tiene. Tienen que investigar otro asunto.

Y es urgente.

Esta mañana han asesinado al coronel Ansuátegui.

Vayan al lugar de los hechos.

Crespo y Sánchez les esperan allí. Continuemos.

No ha abierto la boca. Es por Carballo, ¿no?

Hay gente buena, gente mala y gente peor.

Carballo es de estos últimos.

Matar a un coronel en plena calle. No sé dónde vamos a llegar.

¿Y el cadáver?

Se lo han llevado al cementerio.

¿Qué han podido averiguar?

A las doce menos cuarto, iba a entrar a misa.

Fue asaltado por un mendigo que abrió fuego contra él.

-¿Un mendigo con pistola?

-A esa hora son muchos los mendigos que piden.

-Les llamó la atención su altura.

Era un gigante de 1,90, 2 metros.

¿Actuó solo?

Le esperaba un coche. El conductor iba embozado.

Han dicho que se le veían las patillas y que era pelirrojo.

-Un gigante y un pelirrojo.

Falta la mujer barbuda y ya tenemos el Circo Price en pleno.

¿Alguna novedad?

No... Esto y "ná", primos del tío ninguno.

Ni yo. La mitad de las fichas no tienen fotos.

-Si es por el asesino del coronel, no busquen más.

Me avisaron de un sospechoso.

Le han encontrado material para hacer bombas.

Está en los calabozos. Un tal Gómez.

El gigante asesino no es. Ni pelirrojo, tampoco.

Busca un médico. Le han zurrado.

Tranquilo, no le tocaré, Gómez.

¿Qué sabe del asesinato del coronel Ansuátegui?

¡Y dale Perico al torno! No sé nada.

Ni le conozco. Lo he dicho ya mil veces.

¿Conoce usted a un hombre pelirrojo y a un gigante de dos metros?

¿Pero esto qué es?

¿Primero me zurran y luego viene usted a burlarse de mí?

¿No le habían hablado de ellos en el interrogatorio?

Le han encontrado material de bombas.

Es un taller de ferretería.

Hay tornillos, carcasas de hierro...

¿Qué va a haber? ¿Lechugas y remolachas?

¡No soy un anarquista! ¡Soy un obrero!

Bastante tengo con llegar a fin de mes

y que mis hijos tengan algo que llevarse a la boca.

Nunca he matado a nadie.

Pero si salgo vivo de aquí, no me van a faltar ganas.

Todos los testigos hablan de un gigante y un pelirrojo.

El detenido es calvo. Y no llega al 1,60.

Suéltelo. Es inocente. Si para usted no es el culpable,

para mí sí hasta que me traiga a otro.

¿Aunque no haya hecho nada? ¡Han matado a un coronel!

Los generales se me echarían encima si no tengo a nadie detenido.

Y le recuerdo que aquí las órdenes las doy yo.

Pues ordene a Carballo que se meta en sus asuntos.

O yo me meteré en los suyos.

-Será mejor que nos vayamos.

¡Con todos mis respetos, no son maneras!

Tengo razón.

Los cementerios están llenos de razón.

Carballo luchó en África con Buendía.

Y de usted, ¿sabe qué se dice en comisaría?

Que es un enchufado. Que ni ha hecho la mili.

¡Estuve tres años en Asturias!

¡He picado piedra como un minero! Ésa ha sido mi mili.

Conozco a más anarquistas y radicales que estos botarates.

Y a veces pienso que se le han pegado sus ideas.

A un miura, no se le puede esperar a porta gayola.

Antes hay que picarlo y banderillearlo. O te mata.

Y Carballo es un miura, se lo aseguro.

Venga, vamos a comer a casa que hay cocido.

¡Emilia!

¡Víctor!

¡Qué barbaridad, lo que has crecido!

Llevas una semana aquí y no has venido. ¿Ya no me quieres?

¿Qué no te quiero? Atrévete a repetir eso.

¿Y tu madre?

Ha ido a recoger a doña Angustias a su casa.

Ahí están.

¡Víctor!

¡Qué alegría verte!

Qué guapo estas. Gracias.

¿Y Angustias? No estaba.

Una vecina la había visto salir hacía una hora. No sabía adónde.

Creo que sé dónde está.

Quería estar a solas con él. Despedirme por última vez.

Me lo imaginaba. Sabía que le iba a ocurrir algo.

Nunca le había visto así. Ni yo.

Ni siquiera ha dejado documentación en comisaría. ¿La tiene usted?

No. Pregunta al señor Aldanza,

seguro que él sabe algo.

Tengo pensado volver al pueblo.

Madrid ya no es lo mismo sin mi marido.

Pero aquí están Blázquez y su esposa, yo mismo.

Siempre estaremos con usted.

Lo sé. Pero esta ciudad ya no es para mí.

Demasiado ruido y demasiada maldad.

Teníamos previsto irnos juntos en un par de años, como mucho.

Tener un huerto, envejecer juntos.

Ya no podrá ser.

Cuando detengas al que mató a Armando

quiero saberlo de inmediato, Víctor.

Porque hasta ese día no sé si podré dormir.

Llaman

¡Un momento!

¿Y tu hermana? -¿No está en su cuarto?

-Por última vez, ¿dónde está Aurora? -No lo sé.

-¡Augusto!

Siempre he hecho lo que me has dicho.

No dije nada cuando casaste a Aurora contra su voluntad.

Pero no vuelvas a pegar a mi hija.

Tranquila, madre. Yo le diré donde está mi hermana.

Ha huido para poder ser feliz.

En esta casa es imposible. ¿Y qué es ser feliz?

Estar con el hombre al que amas. No.

La felicidad es no ser pobre.

Cuando no tenga un mendrugo que comer, volverá.

No.

Sí, y a tiempo de ver cómo te casas con quien yo te diga.

¿Qué les parece mi nueva adquisición?

-Hombre, la verdad es que impresiona.

Veo que es usted un experto.

Es un Monet, de la escuela impresionista.

-Impresiona de lo feo que es, digo.

Le gustan las cosas más realistas.

Para eso ya se ha inventado la fotografía.

200 francos me ha costado en una subasta.

Valdrá una fortuna, se lo aseguro.

-Si usted lo dice... -Bien, ¿qué les trae por mi casa?

La documentación del caso de don Armando.

En comisaría no dejó nada, ni en su casa tampoco.

Gracias, Lucas.

Se trataba de materia delicada.

Tenemos esa misma impresión.

Veo que esa documentación no la tiene usted.

No. Pero sé quién la puede tener.

Don Armando iba a a ver a una jovencita a un burdel,

El Palacete.

-¿Qué insinúa? -Tranquilo, Blázquez.

-Sé que Armando iba allí porque esa chica le pasaba información.

Y por cómo me hablaba de ella, le tenía cariño.

¿Cuál es su nombre? Lola.

Pero es más conocida como La Valenciana.

-Buenas noches. Buenas noches.

¿Puedo ayudarle?

Soy el inspector Ros.

Quiero hablar con Lola.

Está en su habitación.

Lo de don Armando le ha afectado mucho.

Me hago cargo.

Sígame.

El inspector Martínez era el único que se preocupaba por nosotras.

Era un buen hombre. El mejor que he conocido.

Y el único que me miraba a los ojos y no a los pechos.

Don Armando no sólo era mi jefe.

Era como un padre para mí. Le debo todo.

¿Usted es Víctor Ros? ¿Le habló de mí?

Mi padrino hacía informes de todo lo que investigaba.

Y en los archivos no hemos encontrado nada.

¿Sabe usted algo de eso?

¿Los tiene usted, verdad?

Démelos. ¿No estarán más seguros aquí?

Si su padrino los trajo, por algo sería.

Porque confiaba en usted.

Sabía que en comisaría iban a durar menos

que un solomillo en un hospicio.

Yo los guardaré a buen recaudo.

Léalos. Luego vuélvalos a traer.

Aquí no los buscará nadie.

Me parece bien.

En correspondencia, le doy mi dirección particular.

Cualquier cosa que necesite, aquí me tiene.

¿Por qué me mira así?

No, por...

No sabe leer, ¿verdad?

Para lo que hago, no me hace falta. Claro.

¿Le sirvió el tipo que detuve?

¿Cómo lleva el caso de Armando? Ya tengo un par de sospechosos.

¿También anarquistas?

No. Son dos ladrones fichados por asalto a mano armada.

Al inspector Martínez no le robaron nada.

Tenía su cartera y su monedero.

Lo mató el mismo que está asesinando a esas mujeres.

Hay delincuencia. Los anarquistas ponen bombas.

¿Y usted quiere que me preocupe por unas putas?

Que no hagan la calle y no las matarán.

No, no. Soltadle.

Cuando yo me jugaba la vida en África,

usted era un chirlero de mierda.

Que en esta casa se sabe todo.

Soltadme.

Es mejor así.

-Tiene visita, inspector. Es sobre el caso Ansuátegui.

-Siéntese, por favor, señor...

-Demóstenes Pérez.

Pero puede llamarme Demóstenes.

Pues dígame, Demóstenes, ¿fue testigo del asesinato?

No. ¿Sospecha de quién lo pudo hacer?

No.

-Perdone, caballero.

¿Se puede saber para qué ha venido usted aquí?

-A informar de que al cadáver del coronel Ansuátegui

le han cortado un dedo en el depósito.

Y en ese dedo llevaba un anillo de los gordos.

-¿Y cómo sabe todo esto?

-Porque soy el sepulturero.

Y yo no robé el anillo, se lo juro.

Ayúdenme. Me quieren despedir y tengo cuatro bocas que alimentar.

Cuénteme lo que pasó.

Bueno, pues...

Colocamos el cadáver aquí. Y el del mendigo, ahí.

El médico certificó la muerte del coronel.

¿La del mendigo no? Había mucho lío.

Era un no parar. -Hasta para morirse hay clases.

-Pero muerto estaba, que no tenía latidos ni pulso.

Yo no entierro a nadie vivo. Soy un profesional.

Siga.

Por la noche cerramos.

Dos soldados se quedaron vigilando fuera.

No pudo entrar nadie.

Esta mañana volví a abrir y no vi nada raro.

Y mire la puerta, no hay señal de ganzúa ni rayas.

¿Y qué pasó?

Al salir y al entrar estaban conmigo el ordenanza y un teniente.

Los soldados se quedaron fuera.

Vi que había un frasco y me agaché a recogerlo.

¡Maldición!

¡Le han cortado el dedo del anillo!

Hábleme del mendigo.

Lo enterramos esta mañana. Debió morir de muerte natural.

Hígado o corazón; heridas no tenía.

Era delgado, 1,70...

Me llamó la atención su pelo, era pelirrojo.

Nos ha dicho que había un frasco. Sí, lo dejé por aquí.

Llévenos adonde enterró al mendigo. Sí.

Síganme.

No se logró identificarle.

Le enterramos en las numeradas, como las llamamos. En la 203.

-Dicho así, parece la habitación de un hotel.

¡Madre mía!

Le enterré aquí, lo juro.

-Lo que nos faltaba: un resucitado.

Profanar su cadáver, cortarle un dedo...

Qué humillación para un héroe de la patria.

Espero que detengan a esos miserables radicales.

¿Tiene algún dato que señale a esos radicales?

¿Quién si no mataría a un militar? Es su manera de actuar.

Cierto. Pero hay que valorar todas las posibilidades.

Un marido engañado, un acreedor de deudas,

un antiguo subordinado.

-El inspector quiere decir

que nuestro deber es plantearnos todas las hipótesis.

-El coronel Ansuátegui era la persona más recta que he conocido:

no bebía, no fumaba, no se le conocían mujeres.

Salía del cuartel una vez al día para oír misa.

¿Vivía aquí? Hace seis meses,

se cambió de una habitación del hotel al cuartel.

Vaya cambio. ¿Sabe el motivo?

Nos encaminamos a una guerra.

Ante esta situación, Ansuátegui quiso preparar más a fondo a su compañía.

Eso me comentó personalmente.

Aunque....

Prosiga, por favor.

Cuanto más datos nos dé, mejor para nuestra investigación.

No le creí del todo cuando me dio esa razón para venir aquí.

Estaba nervioso.

Era precavido. -¿Precavido?

-Antes siempre iba a la misma iglesia.

Últimamente, cambiaba cada día. A veces hasta iba de paisano.

Y era un hombre para el que el uniforme era su segunda piel.

Necesitaríamos un historial del fallecido

y echar un vistazo a sus aposentos,

si no tiene inconveniente.

Yo mismo les acompañaré.

Parece la celda de un monje.

-En la guerra no crea que tenemos más comodidades.

Espero que pronto tengan resultados de quién mató al coronel.

Era un soldado y como un hermano para mí.

Como sabrá le robaron un anillo. ¿Sabe usted cómo era?

Tenía una cruz. Parecía valioso, desde luego.

¿Una cruz como esta?

Idéntica.

Georg Müller, Berlín. Archibald Blake, Londres.

Josef Somogyi, Budapest. Agustín Souza, Alcalá de Henares.

¿Le dicen algo? Nada, en absoluto.

(TODAS) ¡Queremos votar! ¡Queremos votar! ¡Queremos votar!

¡Igualdad para la mujer!

-Lo siento, no pueden estar aquí.

Tiene razón: deberíamos estar dentro del Congreso como diputadas.

Si fuera mi hija, la azotaría.

Pobre niña, tener un padre como usted.

Acompáñeme. Queda detenida.

Disuelva esto.

¡Suélteme!

Hablaré con Aldanza de la cruz. Es un símbolo masónico.

De anarquistas nada.

Ni esos mataron al coronel, ni a mi padrino le mató un ladrón.

¿Ha leído sus papeles? No hay nada que no supiera.

¡Víctor!

¡Clara!

Déjeme a mí. Hola, Noriega.

-¡Hombre, sargento, dichosos los ojos!

-Le presento al inspector Ros.

Encantado. -Igualmente.

¿Podría decirme por qué cargos se la detiene?

Por alteración del orden público

e insultos a agentes.

Concretamente a mí. Así que adentro.

-Noriega, ¿cuántos domingos por la tarde

hemos pasado tu familia y la mía en la Casa de Campo?

-Muchos, pero... -Nada.

¿Y quién te recomendó para que en vez de patear las calles

fueras guardia del Congreso? -Está bien, Blázquez.

Pero como la pille otra vez manifestándose, la enchirono.

Gracias, Víctor.

Déselas a Blázquez.

Me enteré por el periódico de lo de su compañero.

Lo siento.

Armando era más que un compañero. Era como mi padre.

¿Sabe?

Yo de crío era un ladrón.

Con 14 años era el cabecilla de una banda.

¿Usted?

Todo se lo debo a él:

me sacó de las calles, me pagó los estudios...

Habrá sido terrible.

Hubiera querido ir a verle, pero me daba vergüenza.

¿Por qué?

Por lo del beso. Fui una atrevida.

Es bueno expresar lo que uno siente.

¿Por qué la han detenido?

Por defender mis derechos y decirle dos cosas a ese guardia.

No se sonría.

Las mujeres tenemos nuestros derechos. No podemos votar.

La primera que pisó una universidad tuvo que ir disfrazada de hombre.

¿Y sabe que es lo peor?

Siete de cada diez mujeres no saben leer.

No parece importarle a nadie.

No sabía ese dato.

Pues si yo le contara... Conozco bien el tema.

Doy clases a mujeres analfabetas.

Con otras amigas y la ayuda de unas monjas

les enseñamos a leer, historia...

¿Le puedo pedir un favor? El que quiera.

Una joven por la que tenía gran afecto mi padrino no sabe leer.

¿Podría ir a sus clases?

Faltaría más.

Son en Postas, 7. De lunes a jueves,...

Se lo he dicho: es bueno expresar lo que uno siente.

Podemos decir sin miedo a equivocarnos

que es un éxito rotundo.

Es... Hombre, Ros.

Don Julio Rosales, de El Heraldo de Madrid.

-Encantado. Su trabajo en el asunto de la Casa Aranda fue excelente.

Gracias.

Le estaba dando la exclusiva de la detención del asesino.

Continuemos.

Lo importante es que hemos eliminado un peligro de nuestras calles

y que esas pobres mujeres pueden estar por fin tranquilas.

Lo publicará tal cual se lo digo, ¿verdad?

-Por supuesto.

¿Mide alrededor de 1,80? ¿Es zurdo?

¿Y cómo lo sabe? ¿Ha hablado con las muertas?

Los datos de las autopsias indican eso.

Con hablar con quien las hizo, se hubiese enterado.

Ros: tengo a un tipo que ha confesado.

¿Qué más quiere?

Será mejor que acabemos la entrevista tomando unas cervezas.

-Un placer, señor Ros.

Diga lo que está pensando.

-Ese periodista publicará lo que ha dicho.

Al comisario no le va a hacer gracia.

Ni a mí que el verdadero asesino siga suelto.

Mi padrino murió por ser un buen policía.

Y para honrar su memoria quiero atrapar a su asesino.

No es nuestro caso.

El asesinato de Ansuátegui tampoco es el caso de Carballo

y hay un hombre en los calabozos por su culpa.

No pienso dejar abandonadas a esas mujeres.

Pero para eso, necesito su ayuda.

Y la de todos.

Les aviso: si me la dan, a cambio, no ganarán nada.

Ni una subida de sueldo, ni un ascenso.

Es más, puede traerles problemas.

Entendería perfectamente que me dijeran que no.

Nuestra obligación como policías es proteger a los ciudadanos.

Sean pobres o ricos.

El día que olvidemos eso, dejaremos de ser policías.

¿Con quién puedo contar?

Por usted y por don Armando, lo que sea.

-Para la mierda de sueldo que nos pagan, ¿qué más da perderlo?

Cuente conmigo.

¿Y usted, Crespo?

Yo por usted cavo trincheras en la Puerta del Sol.

Gracias.

Ahora, a trabajar.

Sánchez, envíe estos telegramas

a las policías de Berlín, Londres, Budapest y Alcalá de Henares.

Blázquez, la última prostituta asesinada

se llamaba Emilia Fuentes, La Coronela. Había sido madre.

Busque en hospitales yhospicios alguna pista.

Sánchez, en cuanto los envíe, ayude a Blázquez.

¿Se sabe algo del pelirrojo y del gigante?

Ningún guardia nos ha avisado de ellos.

Crespo, vístase de paisano. Viene conmigo.

¿Adónde?

Si la policía no da respuestas, es hora de preguntar a los ladrones.

Eh, tú.

¿Yo? Sí, tú.

¿Estás pensando en robarme la cartera?

Tranquilo.

Así te ahorro el trabajo.

A cambio busca a Luis, el Conquense.

Dile que Víctor Ros le está buscando.

Silba

Hombre, nos volvemos a ver.

No te recuerdo, chirlero.

Me rompiste una costilla hace unos días.

A ver cómo te las apañas. ¡Cogedle! -Ni tocarlo.

¿Cómo te llamas?

Amaro. Amaro.

Quiero ver a Luis sin que te tenga que romper otra costilla.

¿Qué quieres, Extremeño?

Necesito tu ayuda.

Cuando nosotros necesitamos ayuda, nadie nos la da.

Ponme a prueba.

Acompáñame.

Es mi hijo.

¿Qué tiene?

Pulmonía.

Lo mismo de lo que murió su madre hace un año.

¿Juana?

Lo siento mucho. Más lo siento yo, te lo aseguro.

Si la hubiera atendido un buen médico...

Si él lo tuviera...

Crespo, vaya a comisaría. Pregunte por un médico.

No importa lo que pida. Como si viene Ramón y Cajal.

Sí, señor.

¿Cómo se llama? Juan.

Juan, saldrás de ésta.

Ya lo verás.

Tiene fiebre. Una bañera, alcohol.

O le hacemos bajar la fiebre o se nos va.

-Llévelo adonde haga falta.

-A mi casa. No le garantizo nada.

Haré todo lo que pueda. ¿De acuerdo?

-Bien.

-¿El coche? -Sigue abajo.

Encárguese. -Sí, señor.

-¿No viene conmigo? -Iré luego.

Tengo que hablar con el inspector.

Gracias, doctor.

Cuidado.

¿Qué querías?

Busco a dos tipos peligrosos y quería tu ayuda.

Si aún respiran, mañana sabrás dónde se esconden.

¿Cómo llegas tan tarde, hija?

-Te estamos esperando para cenar.

No sabía que teníamos visita.

Don Fernando de la Escosura, le he invitado a cenar.

-Encantado de conocerla, Clara.

No son maniobras, créame.

La guerra estallará antes de que acabe el mes.

Eso pasa por apretar tanto a las colonias.

-Hija, ¿qué estás diciendo?

Si les hubieran dado la autonomía,

no se hubieran planteado dejar de ser España.

¿Cómo te atreves a opinar así ante don Fernando?

Ha sido asesor del gobernador. -Tiene razón.

Hace años que aconsejé lo mismo al Gobierno.

Pero no me hicieron caso.

Vamos a una guerra que no se puede ganar

y que se podía haber evitado.

Amo a Cuba y sé que la mayor parte de los cubanos aman España.

¡Le sorprendería lo parecida que es La Habana a Cádiz!

Allí fui muy feliz con mi esposa y mi hija.

-Sentimos sus pérdidas.

Pero anímese, Fernando: piense en el futuro.

Hay que seguir adelante.

-Sí. -Puede empezar una nueva vida,

encontrar una esposa joven y recuperar la alegría.

-Muy fácil lo pinta usted.

Sí, demasiado fácil.

Creo que es hora de pedir los postres.

¿Postres? -Yo misma he cocinado un suflé

para celebrar su presencia aquí.

-Si ya no puedo comer más. Por favor, a mí no me sirva.

Me duele la cabeza y será mejor que no aburra a don Fernando

con mi triste compañía.

-No seas descortés con nuestro invitado.

No lo quiero ser, padre. Le deseo lo mejor.

Y que encuentre esa joven con la que reiniciar su vida. Adiós.

-No, no, don Augusto. Por favor.

Su hija está en su derecho.

Lo siento, no he venido a eso.

Pero usted ha pagado. Su tiempo vale dinero.

Creía que venía a celebrar conmigo que ya habían detenido al asesino.

No hay nada que celebrar. Estoy seguro de que no es él.

Tenga. Le prometí devolverle los informes cuando los hubiera leído.

Y diga a sus amigas que sigan alerta.

¿Piensa usted hacer algo? Desde luego.

No pienso darme por vencido. Entonces, también le matarán.

No. No. No.

¿No me desea? Es difícil no hacerlo.

¿Cuánto tiempo hace que no está con una mujer?

Poco tiempo si fuera un cura y mucho para ser policía.

Pero hoy ejerzo de cura. Más bien, de monja.

Sé de un sitio donde enseñan a leer. Es gratis.

Y sé que don Armando estaría orgulloso de que fuera usted allí.

Sigue siendo de barrio, Víctor.

¿Por qué lo dice?

Los que hemos crecido en la miseria

sabemos más de generosidad que los poderosos.

No entres ahí. No te conviertas en uno de ellos.

Es la hora.

¡Eres un traidor! ¿Me oyes? ¡Un traidor!

¡Un traidor!

¡Eres un traidor!

Es un símbolo de los rosacruces. ¿Me dijo que había vivido en Suiza?

Estuvo en nuestra embajada.

Allí se haría rosacruz.

Lo que no cuadra es que fuera de misa diaria.

Se les conoce como la Orden Mística de la Vieja Cruz,

pero no tienen mucho de cristianos.

¿Son peligrosos?

Las sociedades secretas son como las personas: buenas y malas.

Si son buenas, ¿por qué reunirse en secreto?

Los primeros cristianos se reunían en secreto

y son el momento más puro y noble de esa fe.

Es admirable. Aún no siendo hombre de fe,

valora lo mejor de los que la tienen.

Todo hombre digno de serlo debe tener fe en algo, amigo mío.

Unos pueden creer en Dios, otros en la Ciencia.

Como yo. Y como usted.

Yo creo en la ciencia y en la bondad.

Por eso lucho contra el crimen. Tiene que haber una moral.

Estamos de acuerdo.

¿Tiene algún significado? Todos los símbolos lo tienen.

Lo más probable es que el tipo robara el anillo

porque sea una joya.

Pero la manera de robarlo, me resulta extraña.

Y meritoria.

Logró hacer creer que estaba muerto al sepulturero.

Espero demostrar que el muerto está bien vivo.

Huele a moho. Como la cocaína.

Pero está mezclada con algo más.

Lo analizaré.

Pase por aquí esta noche y le diré algo.

Muchas gracias. ¿Se va?

¿No va a hablarme de lo que cuenta la prensa?

Parece que han cogido al asesino.

No creo que sea él. Ni yo tampoco.

Voy a ser el hazmerreír de todo Madrid.

Una hija sufragista.

-Cálmate, Augusto. -¡No quiero calmarme!

¡Quiero ver a Clara ahora mismo! -Ya ha salido.

-Claro, le daba miedo verme.

-Miedo me das a mí. A Clara, no.

No se ha ido porque te tenga miedo.

Se ha ido como anoche se levantó de la mesa:

ofendida porque la quieres casar. Como hiciste con su hermana.

-Así nos casamos tú y yo.

-Los tiempos cambian.

Y tú también.

Tú has cambiado mucho.

¿Dónde está ese padre que adoraba a sus hijas?

¿El marido que siempre tenía un detalle, una sonrisa?

-Tú lo has dicho: los tiempos cambian.

Ese esposo, ese padre,

ahora tiene que mendigar para que le den un crédito.

¡Un grande de España, suplicando ayuda!

Nunca creí que llegara a este punto.

He vendido las fábricas de Bilbao.

He hipotecado esta casa,

lo que saque de la venta por la casa Aranda será comido por servido.

Estamos en la ruina, Ana. -¿Cómo?

-La solución era Fernando.

Viudo, adinerado, con contactos en el gobierno a los que no llego.

Ahora,

¿cómo va a querer casarse con una alocada

que pide el voto para la mujer? ¡Valiente tontería!

No cuentes conmigo esta vez, Augusto.

He perdido a una hija. No pienso perder a la que me queda.

Buenos días.

Hoy os traigo algo muy especial:

vuestro primer cuaderno.

¿Perdón?

¿Es usted la señorita Alvear? Sí. ¿Y usted quién es?

Me llamo Lola. Me dio esta dirección el señor Ros.

Bienvenida, Lola.

Siéntese. Y tome un cuaderno.

La verdad, yo no... Tranquila.

Está usted entre amigas.

Siéntese, por favor.

Empecemos la clase.

¿Se sabe algo del niño?

Esta mañana aún estaba inconsciente.

-¿De qué niño habla?

Ya se lo explicaré, Blázquez.

¿Ha habido respuesta a los telegramas?

-Sí señor.

Hoy ha llegado respuesta de Berlín y de Londres.

Los tipos por los que preguntó están muertos.

-Como Ansuátegui. ¿Se sabe cómo murieron?

A tiros. El alemán, en su casa.

Al inglés, mientras paseaba con su familia.

Hirió a su hija de 11 años. Un salvaje.

Insista con Budapest y con Alcalá de Henares.

Ya tiene delito que contesten antes de Londres y Berlín.

¿Sabe algo de La Coronela? Nada todavía.

Es más difícil informarse en un hospicio

que en el Ministerio del Ejército.

¿Y la pizarra?

Ordenó retirarla Carballo.

Decía que esto es una comisaría... Pues tráigala otra vez aquí.

¡Ros, a mi despacho!

¿Se cree qué está por encima de la Brigada?

No, señor.

¿Y por qué le lleva la contraria ante un periodista?

Pueden publicar lo que les venga en gana.

El asesino de esas mujeres y de Martínez sigue libre.

Y volverá a matar.

-Ahora predice el futuro. -Deje sus ironías para otro momento.

Se rumorea que va a haber cambios.

No quiero más indisciplinas.

¿Entendido?

Hasta más ver.

Adiós.

No ha participado.

Cuando no sabes, mejor estar callada.

Aprenderá rápido, ya lo verá.

¿Tiene prisa? Me gustaría hablar con usted.

Si me tomara yo ese anís, me desmayaba.

Cuestión de costumbre.

De pequeña trabajaba en el campo.

Así que era usted amiga del padrino de Víctor.

Sí. Yo...

estuve de criada con don Armando un tiempo.

Era todo un caballero.

Sí. Como el señor Ros.

Sí. es educado. Y además, guapo.

Opinamos lo mismo.

Lo que es verdad, es verdad.

Los únicos hombres de los que se puede uno fiar

son los que tienen la mirada clara. Y la tiene.

Ha estudiado psicología. No sé lo que es eso.

El estudio de la conducta.

¿Y eso se estudia en la universidad? Vaya tontería.

Eso se aprende en la calle. Y viviendo.

¿Puedo pedir otra copita?

De hecho, no sé si animarme a tomarme otra yo.

¿Problemas?

Contárselos sería abusar de su confianza.

Quien es amiga de Víctor, lo es mía, tranquila.

Mi padre quiere casarme con un hombre al que no conozco.

Como hizo con mi hermana.

Y usted ama a otro. Sí.

Y ese hombre al que usted ama, ¿Corresponde a su amor?

Sí.

Entonces, luche por él. Yo lo haría.

Ese caballero no para de mirarle.

Me confundirá con otra.

Es normal que miren: somos las únicas mujeres.

Es cierto.

¿Volverá mañana?

Muchas abandonan tras el primer día.

No soy de las que se rinden cuando quieren conseguir algo.

¡Otro anís, si es tan amable!

Gracias.

Me acuerdo de don Armando.

Siempre decía que los mediocres tienen una única virtud:

llegar a los puestos de mando. -¿Qué hacemos ahora?

Seguir a lo nuestro. Gracias por traer la pizarra, Crespo.

Señor.

¡Luis!

¿Qué tal está Juanito? Mejor, gracias a ti.

Ya ha vuelto en sí y que se pondrá bien.

Me alegro. Y ahora te vas a alegrar más.

Traigo noticias.

Mi gente ha preguntado por el pelirrojo y el gigante.

Nos han ayudado y hemos dado con ellos.

Plaza del Ángel, 3. Al lado de Huertas.

Chirleros y carteristas ayudando a la policía, lo nunca visto.

Pajaritos disparando a las escopetas.

Tienen un código de honor que se respeta.

Es ahí.

Deberíamos esperar a los refuerzos.

Hablemos con la portera. Si las escuchásemos más

solucionaríamos la mitad de los crímenes de Madrid.

¡Alto! ¡Policía!

¡Blázquez!

¡Persígale, Crespo!

¡Alto! ¡Policía!

¿Está todo el mundo bien?

Tranquilo, es sólo un rasguño.

La chaqueta ya la puede ir zurciendo su señora.

¡Quieta! Háblenos del cabrón que me ha hecho esto.

De ese cabrón y del pelirrojo.

Ese se marchó hace una semana,

no le he vuelto a ver. Gracias a dios.

No he visto persona más mala en mi vida. Y mire que he visto.

Si yo le contara... Cuéntenos.

Del pelirrojo en concreto, si es tan amable.

Una noche quería tirar al bebé de una vecina por la ventana

porque lloraba.

Si no es por el gigante, lo tira. Ése sí es buena persona.

-Ha estado a punto de matarme. ¿Venía alguien a visitarlos?

-Al pelirrojo nunca le faltaba visita.

No había día que no tuviera una mujer.

No vea qué alboroto.

Las debía volver locas. Que si dame...

-Vaya, nuestro asesino es un portento.

-Hasta se peleaban por él.

Y no se crea que eran chicas de la calle,

que más de una señora de alcurnia ha pasado por su alcoba.

Aparte de esas mujeres, ¿alguien más que viniera a menudo?

Sí. Un señor. Dávalos se llama,

don Damián Dávalos. -¿El argentino?

Ya los tenemos a todos. ¿Quién es ese argentino?

Siempre que hay hampa, aparece: balas, abortos, drogas...

Vive por Cuatro Caminos.

Parece que no ha tenido mucha suerte.

Lo siento, señor. Se me ha escapado.

Tranquilo, ya sabemos dónde encontrarle.

¿Es grave?

-Tranquilo, sobrevivirás.

Pelirrojo, te vamos a tener que cambiar de mote.

-Te dije que te cambiaras de casa. -Iba a hacerlo.

-Pero eres imbécil.

-No, por favor, no diré nada.

-Quien elimina la ocasión, evita la tentación.

Demasiado tarde.

¡Quiero fuera de aquí esta pizarra!

Y yo quiero que suelte al tipo que detuvo.

Sabemos quiénes fueron los asesinos. Y no hay ningún anarquista.

¿Qué pasa, Carballo?

Gómez se ha suicidado.

Le han encontraron ahorcado hace una hora.

Estas cosas pasan.

No olvide lo que encontraron en su taller.

Mire a ver cómo está Blázquez.

Pero si está bien. Es un rasguño.

Además, Sánchez está con él. ¡Vaya ahora mismo!

¿Qué pasa? ¿Me va a pegar?

Escucha bien, hijo de puta.

No era un terrorista,

era un pobre al que detuviste por ser pobre.

¿Me escuchas o lo repito todo otra vez?

No. No hace falta.

Si vuelve a entrometerse en uno de mis casos,

le cuelgo de una farola en La Latina.

Me encantaría conocer al creador de esta fórmula.

Complicado: lo mató el que se tomó el brebaje.

Un pelirrojo desconocido.

Ha matado a todos sus secuaces.

-Era un genio. Contiene sustancias que desconozco.

¿No ha averiguado nada? He encontrado cocaína y cafeína.

Son sustancias que excitan, no adormecen.

Por lo que me cuenta,

hablamos de una catalepsia autoinducida.

Así es.

La catalepsia es un fenómeno asociado a la epilepsia

o a la enfermedad que descubrió Parkinson.

Ese pelirrojo del que me hablaba, ¿tiene conocimientos literarios?

¿Por qué?

Poe escribió una obrita sobre la catalepsia

en los años cuarenta. "El entierro prematuro".

Conan Doyle escribe sobre un detective que consume cocaína.

Sherlock Holmes es su nombre. Exacto.

No creo que El Pelirrojo sea tan leído.

Pero sí reconozco que es...

¿Como le diría? Teatral.

Entonces procure asistir a su siguiente función: allí le atrapará.

Soy yo. Pasa.

¿Aún estás sin arreglar? Gerardo está preguntando por ti.

Hoy no quiero ver a nadie.

Es tu mejor cliente.

Me duele la cabeza.

A ti lo que te duele es otra cosa.

¿Estás esperando a ese inspector, ¿verdad?

No va a venir. Y si un día vuelve,

lo hará para lo que vienen todos aquí:

a olvidarse de sus problemas.

No a encontrar el amor de su vida.

Ese hombre es diferente. Todos son iguales, Lola. Todos.

Hoy no bajes si no quieres.

Pero mañana te quiero animada, como siempre.

Eres la reina de esta casa. No lo olvides, Valenciana.

Yo sólo quiero ser la reina de mí misma. Con eso me vale.

Tendrá una buena excusa

para convertir mi despacho en un zoológico.

Descuide.

-¿Están muertos? Todo a su tiempo.

En primer lugar, ya sabemos quién mató al coronel Ansuátegui.

Fue José Heredia, el gigante, que apareció muerto.

¿Le mataron?

Sospechamos de su cómplice, un pelirrojo que no aparece.

También sabemos que robó el anillo,

la verdadera causa de su muerte.

¿No fueron los anarquistas? Esta vez, no.

Ingresó cadáver en el cementerio pocas horas después del coronel.

¿No decía que no lo habían encontrado?

Estará en su tumba.

Murió y resucitó.

Pía

Gracias a una fórmula que le proporcionó el doctor Dávalos,

asesinado también el día de ayer.

¡No es posible!

-¡Madre del amor hermoso!

Se tomó el preparado,

cayó aparentemente muerto, como estos pájaros.

Luego lo llevaron al depósito donde estaba el coronel Ansuátegui.

El que quedaba.

-Menos mal que son canarios y no miuras.

De igual manera, el pelirrojo despertó.

Después cortó el dedo del coronel.

Tomó más medicina

y se volvió a tumbar en la mesa. Luego fue enterrado.

Y salió del cementerio por su propio pie, vivito y coleando.

Exacto. Si no lo veo, no lo creo.

Por otra parte, en la habitación del coronel Ansuátegui

encontramos cuatro nombres relacionados con cuatro ciudades.

-Archibald Blake, de Londres; Georg Müller, de Berlín;

Agustín Sousa, de Alcalá de Henares; Jozsef Somogyi, de Budapest.

Y el quinto de la lista era el coronel Ansuátegui, en Madrid.

Enviamos un telegrama a la policía de cada ciudad.

Han llegado las últimas respuestas.

Todos fueron asesinados salvajemente menos el de Alcalá.

Así que Souza, o es el asesino o es la siguiente víctima.

¿Qué hace aquí todavía?

Vaya a Alcalá a ver si pilla al pelirrojo.

¿Saben algo de Carballo?

-No.

Blázquez, Crespo, partimos a Alcalá de inmediato.

Sánchez: siga investigando sobre La Coronela.

Si hay novedades, telegrafíe a Alcalá.

Sí, señor.

Vaya al Cementerio del Sur. Dígale a su director

que el sepulturero, un tal Demóstenes, no tuvo la culpa.

No te veo muy concentrada. ¿Quieres que lo dejemos?

¿Tanto se me nota?

Lo imperdonable es que no notara lo que les pasaba a mis hijas antes.

¿Sabes dónde está tu hermana, verdad?

Me gustaría escribirle una carta.

Tranquila, no temas. No quiero su dirección.

Te doy la carta y tú se la envías.

Así evitamos que tu padre pueda enterarse de nada.

De acuerdo.

¡Tengo tantas cosas que decir a Aurora..!

Pero sobre todo una: que no voy a permitir que a su hermana

le pase lo mismo.

-Pase, pase.

Don Fernando quería hablar contigo.

-Sí. Y querría hacerlo a solas.

Usted dirá.

Quería disculparme por la sorpresa de la otra noche.

Creía que su padre la habría avisado de mi visita.

Disculpas admitidas.

También me gustaría ser amigo suyo, decida usted lo que decida ahora.

Ya sabe que yo... Lo sé.

Por eso quiero ser su amigo.

Para tener la esperanza de que cambie de opinión algún día.

No le entiendo.

Es usted apuesto, libre y con dinero.

¿Por qué si no querría que me casara con usted?

Hay mil mujeres... -Sí,

pero no son tan inteligentes como usted.

Llevo un mes en Madrid desde que volví de La Habana.

Y los amigos de su padre siempre me hablan de usted,

de la hija díscola de don Augusto de Alvear,

de sus devaneos sufragistas.

Da clases para enseñar a leer a analfabetas.

¿Sabe usted todo eso?

Tuve curiosidad en cuanto me hablaron de usted.

Y fui indagando.

Supongo que le parecerán locuras de niña mimada,

como a los demás.

No. Comparto sus ideas.

Yo también era como ellos, lo reconozco.

Pero mi esposa, que en paz descanse, me demostró que estaba equivocado.

Ella me daba los mejores consejos,

me recomendaba lecturas que me han mejorado en todo.

La miraba y me preguntaba:

"¿Cómo la cantidad de tipos imbéciles que conozco

pueden votar y gobernar y este ángel no,

si es más lista que todos juntos?".

¿Cómo murió?

Un accidente de tren. Viajaba con mi hija.

Lo siento. Me hubiera gustado conocerla.

Y a ella conocerla a usted, se lo aseguro.

Entonces, ¿me concede por lo menos el honor de su amistad?

Por supuesto. Estupendo.

Porque si no, no podría darle esto, parecería un chantaje.

Es para ayudarla a comprar material escolar, alquiler de aulas...

No puedo aceptarlo. ¡Es mucho dinero!

Ellas no se merecen menos. Y usted tampoco.

Sí. Tengo un anillo como éste.

¿Le molestaría que lo viéramos? Claro que no.

Aquí ésta.

¿Significan algo los números del interior?

¿Qué tendrían que significar?

Al coronel le mataron para robarle uno igual.

Y a Archibald Blake, y a Georg Müller.

¿Les conoce? No he tenido el gusto.

-Y tampoco conoce a ningún pelirrojo, por supuesto.

-Sí. A uno. Eduardo de la Rubia.

Hábleme de él.

-Por favor, síganme.

Trabajó para mí en Suiza, pero le despedí hace tiempo.

¿Por qué se deshizo de él? Demasiado apego al dinero ajeno.

Después me enteré de muchas más cosas.

-Gracias. Pues si nos puede hacer un resumen...

Es un hijo de puta, si me lo permite.

Es un tipo de cuidado. En eso estamos de acuerdo.

De la Rubia quiere este anillo.

Y no dudará en matarle para conseguirlo.

Ya ha asesinado a tres personas.

Gracias por su preocupación,

pero tengo mi propio servicio de seguridad.

-¿Se siente amenazado? -Soy un hombre de negocios.

Soy pieza apetecible para muchos indeseables.

-No sabía que estabas reunido. -¿Qué tal la comida con tus amigas?

-Bien. muy bien.

-El inspector Ros y el sargento Blázquez.

Encantado. Han venido de Madrid.

Les presento a Tula.

-Encantada. Siéntese. ¿Qué hacen aquí exactamente?

-Nada importante, cariño.

Pensaba en invitarles a la fiesta de esta noche.

Así no habrán hecho el viaje en balde.

¿Organiza una fiesta?

Sí, hoy cumplimos 20 años de matrimonio.

Felicidades. Gracias.

De disfraces, las preferidas de mi esposa.

Vendrán muchos amigos. Pueden venir ustedes.

Nos encantan las fiestas de disfraces.

-Las que más.

-Estos señores están trabajando.

No me han dejado terminar.

Me encantan las fiestas de disfraces como a usted.

Tenemos asuntos que resolver.

Lástima. Marchen tranquilos, tengo todo bajo control.

En esa casa todos ocultan algo.

¿Se refiere a Souza? A Souza y a su esposa.

¿Qué quiere decir?

A Tula no le gustó que me invitaran a la fiesta.

¿No lo ha notado? No.

Le ha cambiado el gesto al saberlo.

No lo he notado.

¿Por qué le iba a molestar que un inspector

acuda a su fiesta? Piense, Blázquez.

Ya lo intento, pero nunca llego muy lejos.

Explíqueme su teoría, por favor.

Volvamos al principio.

Souza miente. En todo.

Siempre que habla, fabula: ladea la cabeza a la izquierda.

Se ha creído que somos tontos con los números del anillo.

¿Por qué?

Son cuatro y hay cinco anillos. Son 20 cifras.

Y de Suiza me vienen a la cabeza tres cosas:

chocolate, relojes... Y bancos.

¿La cuenta de un banco en Suiza? Y multimillonaria.

Los rosacruces no tienen fama de ser pobres.

De la Rubia y Tula quieren hacerse con ella.

¿Los dos? Sí. Son amantes.

¿Esa señora y el pelirrojo? No es posible.

¿Por qué no?

Más de una dama de alcurnia le visitaba.

Y 20 años de matrimonio son muchos.

Jefe, que yo llevo 25 al lado de mi Mariana y soy muy feliz.

Lo sé. Pero su esposa no luce escote como la mujer de Souza.

Y menos para ir con sus amigas. Es verdad.

ÉL necesita a Tula para llegar a la caja fuerte.

Y ella le va a ayudar encantada. Por eso nos quería lejos esta noche.

No sabe que vamos a la fiesta.

Tengo un amigo grande y alto. No sé si tendrán de su talla.

¿Cuánto mide su amigo? Dos metros.

Tenía uno apartado,

pero la persona que lo pidió, lo canceló.

-Normal: está muerto. -Bendito sea Dios.

Y eso, ¿cómo lo saben?

-Somos policías. Y necesitamos su ayuda.

-Lo que necesiten.

¿Qué disfraz iba a llevar ese gigante?

Uno... de gorila.

Perfecto. A Crespo le va a encantar.

Un poco grande pero valdrá.

Y necesitamos otros dos.

¿Quieren algo en especial?

¿Qué disfraz ha alquilado De la Rubia?

Uno de Luis XVI. Y el señor Souza también, ¿verdad?

-¿Cómo lo sabe?

-Ya se lo ha dicho: somos policías.

Y preste atención: aquí no hemos estado nunca.

Nunca, vamos. Nunca.

Soy yo. Recuerda el plan, Tula.

-Tú convences a mi marido de que te dé la combinación.

Yo te espero allí.

-Exacto. ¿Dónde está Agustín?

-Con María Antonieta.

¿Agustín?

Vaya, señor Souza. Compartimos disfraz.

No intente hacer nada o su mujer morirá.

Está en su despacho, con un amigo mío.

Vamos hacia allí despacio.

Se equivoca de persona.

Tal vez me confunde con ése.

¡Quieto!

Encantado de conocerle, señor De la Rubia.

Teñirse el pelo le ha servido de poco.

Señor Souza, le comunico que se ha quedado viudo.

Lo dudo. He mandado a un gorila a vigilarla.

Gracias, Crespo.

De nada, pero la próxima vez me alquila un traje de mi talla,

este te baja la sisa cuando das una hostia.

-¿Pasa algo, Crespo? No es que usted luzca muy elegante.

-No, nada, nada, sargento.

-¡Querías matarme de verdad! ¡Querías matarme de verdad!

-¿Por qué me has traicionado?

A veces por querer tener más se acaba perdiendo lo que se tiene.

Disculpe que no nos quedemos a cenar.

El Ministerio del Ejército nos ha fletado un tren

para llegar a Atocha esta misma noche.

Todo un honor.

El que se merece el asesino de un coronel.

Va a tener un final de función de los que le gustan, De la Rubia.

A lo grande.

Lléveselo.

Hola, caballero. ¿Quiere pasar un buen rato?

Sí.

Han dejado esta carta para usted.

¿Pero qué hora es, doña Patro?

Aún no han puesto las calles, le digo.

Sí que tiene que ser urgente el mensaje.

¿Qué hacen aquí? ¡No es su caso!

Alguien dejó este mensaje de madrugada en mi pensión.

"Cadáver frente a la Iglesia de la Luisa

y un regalo muy personal para usted".

¿El asesino le ha avisado?

Quería que lo viera antes que nadie.

Volvería a matar, ya se lo dije.

-Exijo que el inspector Ros abandone el lugar y me presente disculpas.

Este caso es mío.

-Lo era. A partir de ahora es de Ros.

El asesino decía en la nota algo de un regalo. ¿De qué se trata?

Una bala. Siete milímetros.

Igual que las que mataron a mi padrino.

  • A mi lista
  • A mis favoritos
  • Capítulo 2: El anillo Rosacruz

Víctor Ros - Capítulo 2: El anillo Rosacruz

29 jun 2019

Víctor Ros está hundido tras el asesinato de don Armando. Por eso decide retomar en persona el caso de las prostitutas asesinadas, algo que le impide el comisario Buendía que le asigna un nuevo caso: el asesinato en plana calle del coronel Ansuategui. Los testigos hablan de un hombre pelirrojo y de un gigante de casi dos metros de altura como los asesinos del militar. Todo apunta a una trama anarquista. Pero un extraño suceso hará que Ros sospeche de que eso no está tan claro.

Histórico de emisiones:
19/01/2015

ver más sobre "Víctor Ros - Capítulo 2: El anillo Rosacruz" ver menos sobre "Víctor Ros - Capítulo 2: El anillo Rosacruz"
Clips

Los últimos 243 programas de Víctor Ros

  • Ver Miniaturas Ver Miniaturas
  • Ver Listado Ver Listado
Buscar por:
Por fechas
Por tipo
Todos los vídeos y audios

Añadir comentario ↓

  1. R

    El episodio se para a la hora, no se puede ver el final del capítulo.

    08 jul 2019