Presentado por: José Antonio Labordeta Dirigido por: José Antonio Labordeta

Serie documental divulgativa que aproxima al espectador las tierras y la sociedad de España. ''Un país en la mochila'' está conducido por José Antonio Labordeta, que realiza su particular crónica viajera y propone un viaje a través de sus impresiones sobre la economía y las representaciones artísticas del mundo rural español. Algunos de los recorridos que ofrece esta serie son las sierras del Segura en Andalucía; el Moncayo en Aragón; de Panes a Potes por Asturias y Cantabria; la Gomera en las Canarias; el Alto Tajo o el Señorío de Molina en Castilla La Mancha o el Duratón en Castilla León. José Antonio Labordeta es conocido por su faceta de cantautor y poeta. Pero su condición de historiador y profesor le confiere los conocimientos para describir las costumbres, paisajes y personajes de cada región.

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Un país en la mochila - La Gomera - ver ahora
Transcripción completa

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(Música cabecera)

(Música)

De las siete islas que componen el archipiélago canario,

La Gomera es esa que aparece en los mapas redondita,

al oeste de Tenerife, orillada contra La Palma

y refugiándose del mar abierto tras de la isla del Hierro.

Hacia el norte de la isla, los valles son frescos,

húmedos, llenos de vegetación.

En el sur la sequedad lo arrebata todo.

Y por todas las partes para extraer la riqueza

a una tierra muy agreste,

durante generaciones los gomeros han ido abancalando el paisaje

a veces de una manera increíble y vertiginosa.

Como me dijo un gomero zumbón:

"En esta tierra para ser agricultor

primero hay que hacerse alpinista".

En mis viajes anteriores, en mi caminar metiendo país

en la vieja mochila,

un lugar me dejó huella profunda en eso que llamamos corazón.

Fue El Hierro, la islita estremecedora

y emocionante.

Y como uno siempre regresa allí donde la huella permanece,

cuando en el ferry de la compañía Fred Olsen viajo

desde Tenerife a La Gomera,

no puedo quitarme de la memoria a Eloy,

mi amigo del pinar, el que hacía y sabía de todo.

Y que me contó todo de todo y de todos.

Lo veo bailando con las chácaras

y se me empaña el corazón con su memoria.

Su rostro se me hace presente y con él todos los paisajes,

olores y sinsabores herreños que, secretudos,

permanecen en un agreste olvido hasta que vuelven a crecer

ahora con el rostro de Eloy entre las sombras.

Pero lo cotidiano vuelve, la realidad se hace presente

y ante al anuncio en el horizonte de La Gomera

me transformo en un guiri más.

Uso el bar, los pasillos, los pescantes,

subo escalas, escaleras y desde la cubierta de proa

contemplo próximo el perfil de la isla emergida

desde la entraña misma de la tierra.

El barco se dirige hacia el puerto de San Sebastián

situado en la zona sur de la isla.

La que tradicionalmente constituía

la parte más empobrecida,

hoy el turismo está cambiando las tornas.

La capital se desparrama por entre las lomas volcánicas,

zarandeada por vientos norteños,

y asediada por esa vegetación que sobrevive sacando

la humedad hasta del último rincón

donde se encuentre.

Del origen de la ciudad queda la Torre del Conde,

aislada y altiva, de la familia conquistadora

de los Peraza.

Permanece levantada frente al barranco de La Laja,

el que desciende de las lomas próximas,

por si los últimos guanches, expulsados

por los conquistadores hacia las zonas montañosas,

descendiesen a recuperar lo que había sido suyo.

San Sebastián de la Gomera es apenas una plaza,

ahora endurecida con los nuevos cánones

arquitectónicos, y dos calles paralelas entre sí

y perpendiculares a aquella.

El resto está fuera del plano original de la ciudad.

La más antigua es la calle del Medio,

en cuya acera derecha se suceden casas

y fachadas tradicionales y que en algunas de ellas,

dice la tradición,

vivió Colón.

Es una arquitectura tan colonial,

que, andando por su orilla, a veces no sabes

si estas bellezas tan sencillas fueron exportadas

hacia tierras americanas

o fueron importadas desde allí.

En alguna de estas pequeñas capillas o en la iglesita

seguro que Colón oró.

No las tenía todas consigo y era bueno echar mano

de los seres superiores.

Dicen los gomeros que aunque el Teide es tinerfeño

quienes gozan de su vista, de su hermosura

y de su emoción son ellos.

Y, efectivamente, desde muchas partes de la isla,

el Teide asemeja estar situado a las orillas

de muchos de los puntos levantinos de la isla

y hasta parece que ese dios de los canarios cobija

a los gomeros de extrañas invasiones foráneas.

Para dejar San Sebastián y empezar a subir

hacia el interior

tomo el barranco de La Laja, aquel por donde los españoles

siempre temían descendiesen los gomeros

desde las cumbres del Garajonay.

El caserío de la ciudad se apretuja hacia el fondo del barranco

hasta que desaparece.

Al poco de caminar por el barranco, este se hace agreste.

Y los pequeños oasis, que emergen de entre las tierras volcánicas,

siguen a la vera de todo el camino poniendo

una nota de ternura al aire bronco y seco de la mañana.

Las perspectivas cada vez se hacen más arriscadas e increíbles

y, como un salto al vacío, el corazón te aúpa

contra la fatiga del camino.

Ahora, convertida la carretera en sendero,

compruebo cómo la vegetación va cambiando.

Porque hasta por aquí se filtran las humedades de los alisios,

precipitando con sus gotas de lluvia

la aparición de árboles y plantas.

En algún momento,

y ante las panorámicas que observo,

intento racionalizar la vida de los campesinos gomeros;

pero la increíble brutalidad del paisaje me sobrecoge,

me apabulla.

Frente mí surge, aún tímida,

la cumbre de un roque. Esas piedras basálticas,

que nacidas en plena erupción volcánica,

han quedado como testigos de la erosión sufrida

por terrenos que los cubrían compuestos de materiales blandos.

Ahora el sendero se hace verdaderamente intrincado

y se convierte en una vereda a veces con tramos arrasados

por la lluvia y la erosión del viento

que dificultan el camino.

Con el sofoco de la dura ascensión

desemboco en el mirador del Bailadero

y desde él contemplo las enormes moles basálticas

supervivientes al terrible deterioro.

Las contemplo una tras otra, repita y emocionadamente,

casi con el mismo asombro con el que uno admiraría

a un gran gigante apoyado en tu mismo hombro.

La niebla desciende por entre ellos

y una friera descompuesta y vertiginosa que recorre.

Desde aquí, desde este lugar,

todo resulta fantasmal,

casi increíble.

Como trasladarse de lo alto al valle resultaba

tan dificultoso, ya que habría que irse

hasta el final de los bancales,

los gomeros inventaron el hastia, que no es otra cosa

que un enorme palo de unos tres metros,

que desde el bancal superior lo apoyan en el siguiente

y se dejan deslizar por él.

Algunos todavía lo hacen con gran habilidad

y seguros del sistema,

otros, por el contrario, la edad no perdona,

buscan artimañas para descender rápido

por lugares donde no haría falta el hastia.

Pero las propinas de los turistas van bien para el pecunio escaso

de las gentes de las tierras más altas de la isla.

Voy dejando las partes más arriscadas de la isla

y, por ante un camino de suave piso

al que poco a poco le crecen arbustos en sus orillas,

desemboco frente al increíble milagro

del parque nacional de Garajonay.

A primera vista uno pensaría que bajo ese tupido manto verde

todo será uniforme y, sin embargo,

la vida que cree bajo esta inmensa plenitud de verdes,

arrancados al suelo por el increíble milagro

de los alisios con su humedal constante,

es de una diversidad increíble.

Y te estremece ver que de esas extrañas gotas

de humedad crecen las formas más variadas,

más primitivas o más complejas y complicadas de la vida vegetal.

Son los musgos, los líquenes,

los brezos arrebatados al paisaje,

el tímido tilo o el granadillo,

el asombrado madroño o el palo blanco

quienes cubren una turgente zona sobre un paisaje de ensueño,

de misterio, de alocados presagios de silencio,

rotos tan sólo por el estremecedor cuchicheo

de la naturaleza arrebatándose a sí misma

contra el aire cargado de densa y misteriosa soledad presente.

Todo crece hacia la luz en un intento increíble

de saber del cielo,

no sólo por el tupido asombro de las ramas

sino también por el calor de un sol agónico

tras de las vaporosas nieblas que, como jirones de inquietud,

se desmayan sobre la tierra, llenándola de tenues

y al mismo tiempo increíbles verdes que vaticinan

este gran milagro entre las inciertas sombras

de los tupidos bosques.

¿Qué características tiene Garajonay

para que se convierta en parque nacional?

-Garajonay es una especie de reducto

de bosques que existieron

en el terciario en el continente

y que desaparecieron como consecuencia

de los cambios climáticos.

O sea, que podemos decir que en la Península,

hasta incluso llegando cerca del sur de Alemania,

pues existían especies de árboles

que desaparecieron de allí y que hoy los tenemos aquí.

Y que se encuentran en el continente fósiles,

o sea, petrificados.

Eso tiene una importancia enorme desde el punto de vista

de lo que es la vida en la Tierra.

Porque podemos gozar de poder ver

una parte de lo que es la historia de la evolución

y de los seres vivos

desaparecidos en buena parte de la Tierra

y conservados en estas islas, ¿no?

Eso es una de las cosas más fascinantes

que tiene el parque.

Después está la calidad de conservación

que tiene el bosque. O sea, ya en toda Europa

existen, quedan muy pocos remanentes de bosques naturales.

Ya el hombre ha manipulado la vegetación

y es muy difícil encontrar bosques donde todavía se vean

árboles añosos,..

centenarios, que pueden llegar a su estadio

de madurez y morir y que el bosque pueda funcionar

de forma natural.

Eso es uno de los grandes valores que también tiene Garajonay.

Y también es la cantidad de especies exclusivas,

únicas, que tiene que viven aquí

y que no se encuentran en ninguna otra parte de la isla.

Estos son los tres factores más importantes.

Y mientras Ángel, como director del parque,

me acumula el conocimiento científico,

mis ojos se invaden de helechos arrumbados

sobre la misma inclinación de las laderas.

De la increíble musculatura de los árboles atrapados

al liquen, que los camina y vence,

frente a los musgos que asedian, de modo radical,

a los tímidos brezales.

Uno pregunta de qué lado se asombra la increíble escultura

de sus vestigios, desparramándose a la luz verdosa

del último rincón de este milagro casi inconcebible.

Ángel, ¿cuáles son las especies más características del parque?

-En cuanto a vegetación, los árboles son

árboles que llamamos de hoja perenne,

hoja siempre verde,

que no les cae en el otoño sino que están

siempre de forma permanente.

Entonces tenemos

unas veintitantas especies arbóreas.

Los más comunes son: laurel, viñátigo, el acebiño.

Son muchas especies.

Pero lo más característico de la flora

es que las especies, que muchas de las especies

que viven aquí, son únicas.

O sea, que no se encuentran en ninguna otra parte del mundo.

Así por un dato llamativo

podría decirse que, por ejemplo, en La Gomera,

con 400 km2, tiene más especies endémicas,

exclusivas de La Gomera, que países

como Alemania e Inglaterra juntos, ¿no?

O sea, que eso da un poco idea de la riqueza

Todo es como un asombro destronado por el que el hombre,

cazado en el murmullo de las húmedas sombras recobradas,..

apenas sí es capaz, más allá de un suspiro,

para no desvanecer las delicadas formas

que se vuelcan de un lado para otro,

según que el viento suene desde el norte, del sur,

del este o del oeste.

¿Qué problemas tenéis la gente del parque

con la gente del entorno del parque?

-Los problemas no son excesivos comparativamente

con otras zonas protegidas.

El hecho de que el parque esté instalado

sobre propiedad pública, pues hace que, bueno,

pues que las limitaciones no sean tan directas

con la gente.

Antes existían los aprovechamientos en los años 50, 60,

pero esto fue decayendo y lógicamente no existe

esa presión que había antes.

El problema quizá esté más fuera del parque que dentro.

En los caseríos el desarrollo urbanístico no es el adecuado.

Y, bueno, pues siempre existe el conflicto

entre el interés individual

y la necesidad colectiva de ordenar

Dejo a mi amigo Ángel. Al fin un gallego como él

encuentra en el mundo de la laurisilva

su propio mundo ancestral.

Y, como buen secanero, arrecio hacia el sol,

hacia la luminaria interminable.

Por los arribas de La Gomera camino por lugares

donde los bancales increíbles se amarran al suelo vertical

y, en un milagro de la supervivencia, producen,

en esos arrebatos de tierra, los plátanos

que fueron la gran esperanza del granero humilde.

En esta isla para hacer cualquier cosa hay que trepar.

Por eso la cabra es la reina.

Pero uno que de cabra tiene poco,

cada vez que camina se sofoca, se detiene y se emociona.

Y así, por entre los vericuetos del camino,

bajo el asombro del aire y del paisaje,

desemboco en el lugar llamado del Cercado.

Sitio cumbreño, frío y humilde,

donde se sobrevive duro al destino

de cada cual sobre la tierra.

Cuentan los libros que Dios con barro hizo al hombre.

Rufina la del Cercado, que no es

por ahora ninguna diosa, realiza tan sólo con sus manos

el milagro de extraerle al barro la forma

que en su fondo está añorando.

Son sus manos, trabajadas y duras, las que aúpan el barro.

Nada de industria, nada de torno.

Sólo sus dedos descomponiendo el aire interior

para abrir una vasija. Y luego tan sólo el sol

y el propio color del barro acaba por definir las formas

que Rufina ha ido, desde su tradición familiar,

descubriendo en cada paso de su trabajo.

En las afueras del taller, en el humilde porchecito,

los familiares machacan el barro o tiznan las obras acabadas

para equilibrar los tonos.

Curiosamente todo es trabajo de mujeres,

sólo de mujeres.

Rufina, como una bella esfinge guanche, apenas habla,

apenas dice nada ensimismada como están en su trabajo.

Con una mirada ordena y todos los demás obedecen.

Mientras me muestra la exposición, me cuenta viejos

y azarosos viajes con la cacharrería al hombro

camino de los mercados para su venta.

Lo difícil del camino, la a veces complicada travesía

de los riachuelos y sobre todo la fatiga,

una enorme y desesperante fatiga.

Muchas horas, a veces, de un amargo silencio destruido.

Como me paso en una ciudad tan pequeña como San Sebastián

muchos días, sube y baja, saluda y reconoce,

al final se acaba haciendo buenos amigos.

Uno de estos es Juan, excelente fotógrafo

y dueño de una de las mejores tiendas de fotos de la localidad.

Y un domingo me invita a hacer un recorrido

por la circunvalación externa de la isla.

Como un señorón, sentado en la parte posterior

de la lancha, en la popa dicen,

y un poco inseguro ante tanto mar como me rodea,

comienzo la mañana.

Hacia el levante la mar se agita y golpea fuerte

contra los roquedales que, a pico,

se derrumban sobre unas aguas de un azul intenso.

Por algunos rincones comprobamos la dificultad de entrar

desde el mar hacia el interior de la tierra.

Hay momentos en que las formaciones geológicas

que se derrumban sobre el mar, lo hacen adaptando

mil formas increíbles surgidas de los miles de años

de erosión del agua contra la basáltica formación

nacida de los volcanes.

En un punto formaciones semejantes a los tubos

de un geológico imaginario órgano

se desparraman por las laderas

hundiéndose en las aguas vertiginosamente.

Pasamos frente a las playas de Alojera

y del Valle Gran Rey, mientras Juan,

como un caballero medieval, avanza impertérrito

sobre las aguas.

Para un secanero como yo esa imagen es toda una leyenda.

Quedan por algunas zonas testimonios de rocas

o destrozos de naufragios artesanales

como los de la Rajita o la Cantera.

De atardecida, de nuevo al puerto de San Sebastián

a reposar la fatiga,

las emociones y las miles de imágenes

retenidas por el ojo marinero de un monegrino perplejo.

Silbidos del viento.

Lo alisios, los vientos alisios que golpean

siempre las cumbres montañosas y desgarran por ellas

fragmentos de nubes,

racimos de nieblas, misteriosas formas escondidas

detrás de sus luces y sombras. Y cuando arrecian

te parece que sus vientos reivindican la nostalgia

de quienes ocuparon la isla cuando los dioses caminaban

al lado de los hombres.

Y sobre sus voces te parece que se escuchan los gritos

que reclaman la vieja dominación guanche de la isla.

Ipalán, Orone, Mulaua y Agana.

También sobre ese desconcierto de nieblas,

nubes, montes y paisajes,

te rememoran la leyenda de los amores de Gara y Jonay.

Gara, como roca en el idioma guanche,

y Jonay, como flor lejana traída por los vientos del sur

desde lejanos y cálidos mares.

De ensueño en ensueño desemboco en Chipude,

tierra alta y fría.

Y frente a mí se alza, como vigilante,

la meseta que conocen como la Fortaleza

y donde, dicen, se arriscaron los últimos guanches

que nunca decidieron rendirse.

Isidro, que vive acá y sabe de todo,

me recibe amablemente.

Isidro, cuando uno llega a la isla comprueba lo difícil

que debió ser la vida en esta tierra.

¿Es una visión real o equivocada?

-Yo creo que es una visión muy cierta.

La isla por todos sus lados refleja

cómo vivió su gente en tiempos pasados,

lo duro que ha tenido que ser el gomero

para combatir esta orografía tan dura

yestostiempos que también azotan la isla.

Mire que esta isla está metida entre dos islas,

dijéramos en un canal,

por donde pasan todos los alisios

y aquí no se puede escapar de nada.

Tengamos en cuenta que en la isla empezó

a hacerse la primera carretera en el año 27 de este siglo.

Para los años cuarenta y pico se comunicaron

los pueblos del norte, los dos pueblos principales,

San Sebastián y Hermigua.

Vallehermoso con estos se comunicó más tarde.

Y el cinturón del norte hasta Valle Gran Rey

se comunicó por carretera en el año 59.

Fíjese usted que es muy reciente la comunicación aquí en la isla.

Hasta ese tiempo aquí teníamos que llevarlo todo

a cuestas y a hombros.

Sí. Desde bajar a Valle Gran Rey a vender nuestros granos

o bajar a Hermigua a vender nuestra fruta de aquí,

nuestra pasa,

higos pasados, almendras, toda esta cosa.

Y traer de allá la papa, que aquí no se producía

por no haber las zonas de regadío

que hay en los valles.

Traíamos la papa, traíamos el plátano,

traíamos cosas que aquí no había.

Se intercambiaban

porque también el dinero entonces corría poco.

¿Esto que tenemos encima de la mesa qué es exactamente?

-Esto es lo que en La Gomera llamamos unas chácaras.

Esto es un instrumento que acompaña al tambor.

El tambor es el instrumento de más

de mayor ancestro, de más antigüedad.

La chácara es un instrumento viejo también,

pero no tan viejo como el tambor.

La chácara es un acompañamiento al tambor,

un llamamiento al canto, al solista

y al coro que responde el romance que se recita.

Antes de la chácara se dice que habían piedras mar,

donde con las mismas piedras se acompañaba al tambor,

luego después habían conchas de lapa

y después fueron sustituidas todas esas cosas

por estas láminas de madera. Ajá.

Hay una afición tremenda a versear.

E incluso se llega a versear a los difuntos aquí, ¿no?

-Hasta finales del siglo pasado, aquí en La Gomera,

había una costumbre que ya desapareció.

Que era cantarle a los angelitos

menores de siete años cuando se morían.

Con eso se creía que el angelito

si se le cantaba al morir llegaba más rápidamente a Dios.

Hasta tal punto que esto desapareció,

le puedo decir, porque se mantenía

en la meseta de la isla

y en los barrios altos de los pueblos.

Esto era muy criticado en los pueblos

porque era tratado como antigüedad salvaje.

Que eso no tenía por qué ser, que eso era un atraso cultural

y todas estas cosas. Y fue desapareciendo,

esa influencia se fue sembrando en los campos,

fue desapareciendo hasta el punto

de que esto se hacía a puertas cerradas

para que los de los pueblos si pasaban no oyeran.

¿Y cómo era? Póngame un pequeño ejemplo.

-Bueno, el primer niño que se enterró

en Valle Gran Rey sin cantarle nada

Fue un niño de siete años que se riscó guardando

unas cabras, se riscó y se mató.

Y entonces, después de haber enterrado

a este niño sin cantarle, había una reunión de vecinos

que juntaban, como siempre,

en un llanecito que había en la inmediación del barrio,

a tocar los tambores y a pasar sus buenos ratos

que allí se pasaban.

Pero Cristóbal, cuando oyó los tambores,

se asomó a la ventana y la mujer

O sea, él miraba con dolor la escena

que se desarrollaba más allá.

Y la mujer al mirarlo se dio cuenta y le dijo: "Cristóbal,

vete y cántale a tu niño.

Si tú es lo que sientes, vete y hazlo.

No temas que te puedan decir que eres atrasado,

no tengas miedo a nada. Vete y cántale a tu niño".

Entonces él no aguardó a que se lo dijera dos veces.

Salió con su tambor debajo del brazo

y cuando los demás lo vieron irse

Esperemos que llegue Cristóbal y le dejaremos cantar.

Entonces cuando agarró el tambor y empezó a cantar,

se desató con este pie de romance que decía y dice:

"Un ángel mandé p'al Cielo y si no canto me muero".

Ese fue el pie de romance que Cristóbal le cantó a su niño.

Había otro también aquí en Erquito

de la última niña que murió por Erquito.

Se llamaba Hiloria. Le cantaron cuando vinieron

a bautizarla, sus padrinos eran

gente pudiente del lugar, gente que tenían tierras

porque eran los poderosos entonces.

Y el padre le cantaba a la niña cuando salió de bautizarse, dice:

"Qué buenos padrinos tienes, Hiloria, si no te mueres".

Pero mire por dónde, era en el tiempo

de la mortalidad infantil esta que había,

la niña se murió al poco tiempo.

Con el mismo trajecito del bautismo la amortajaron.

Y entonces el padre cuando salía le cantaba, dice:

"Quiero que me guardes, Hiloria, un sitio p'a mí en la Gloria".

Ese era el pie de romance que Y los demás contestaban.

-Contestaban, sí. Ese era un pie donde se producía

una historia y ese es el pie que contesta el coro,

un coro que responde, y por ahí relatan una historia.

Muy bien. Pero la influencia externa es cada vez mayor, ¿no?

-Eso está claro que no hay quién lo detenga.

Es la realidad que se nos presenta,

no podemos combatir lo que

El rodillo ese no lo podemos detener,

que barre todos los valores de lugar.

Pero el consuelo es que no pasa aquí sólo,

pasa en todas partes.

Parecería lógico que una isla fuese rica en pesca,

pero, curiosamente,

sólo playa Santiago tiene un puerto pesquero, cofradía

y gentes que a diario salen a la mar

para ganarse la vida con lo que por entre ella captura.

Aquí es un oficio más duro que en otros lugares.

Los hijos de los pescadores no pueden hacerse pescadores.

Para tener un barco se debe desguazar uno de los viejos.

Mientras tanto hay que esperar.

La espera desespera y la gente joven busca oficios

en otros menesteres.

Playa Santiago carece de congeladores

para guardar toda la pesca posible.

Y deben ver con tristeza cómo los bancos de peces pasan

de largo ante sus ojos sin poder capturarlos

por falta de una infraestructura adecuada.

Mientras el presidente de la cofradía me explica

todas estas sinrazones,

un barco de la isla de La Palma descarga sus capturas aquí.

La mar estaba fuerte y sólo los barcos

del tamaño del de los palmeros ha tenido posibilidad

de hacerse navegar.

Por el norte de la isla, por lugares como Vallehermoso,

anduvo y aún anda la riqueza agrícola de la isla.

Los viñedos son los más importantes y extensos de toda ella.

Por aquí andan intentando sacar de ellos un vino de buena calidad.

Pero, de todos modos, cada vez resulta más duro el trabajo.

Y a pesar de todos los esfuerzos intentando extraer

de la raíz de la tierra la mayor riqueza posible,

la atracción de las zonas turísticas situadas en el sur

hace que cada vez aparezcan más bancales abandonados, yermos.

Vallehermoso, como corresponde a su nombre,

es y fue un lugar de clima privilegiado: húmedo y cálido.

Sólo le haría falta para salir del impás

en que se encuentra una carretera que girase,

regirase y se revolviese tantas veces como lo hace

la que ahora existe.

Si caminas con los ojos abiertos, si compruebas

las largas distancias rotas por barrancos interminables,

si alzas los ojos a los más altos bancales,

entenderás por qué la gente de esta tierra inventaron

el silbido como lenguaje para comunicarse.

Uno no anda lejos del otro, pero si tuviesen que ir

a estar juntos hasta descolgándose en el hastia

tardarían un buen rato en encontrarse.

Hoy los teléfonos móviles y las mejores carreteras

están acabando con el silbo gomero

a pesar de que gentes como Isidro lo enseñan

en las escuelas a los niños.

(SILBA)

(SILBA)

(SILBA)

(SILBA)

Silbo gomero.

(SILBAN)

(SILBAN)

Para poder exportar el plátano por el mar,

al final de los barrancos, en la zona norte,

se levantaron grandes moles de cemento y piedras conocidos

con el nombre de pescantes.

Por medio de sirgas en el aire llegaban las piñas de plátanos

y los barcos que, por la dificultad las costas

no podían acercarse a la orilla,

desde ellos cargaban los productos.

Cuando las carreteras agujerearon o rompieron la cordillera

y el sur y el norte se unieron,

estos armatostes quedaron obsoletos.

Son testigos de un momento de la historia de La Gomera.

Virgilio, ¿cuánto años estuvo usted de secretario en el ayuntamiento?

-En el ayuntamiento de Hermigua estuve 10 años de secretario,

10 años sin dormir.

Porque, aparte de eso, el alcalde, el que fuera,

siempre tienen el secretario, cuando es interino,

lo tienen de tope para aguantar los choques

y ellos librarse y, bueno.

¿Y cuántos años estuvo viviendo aquí en el valle?

-He estado viviendo siempre, toda la vida.

Tengo 76. Aquí he nacido y aquí he vivido siempre,

salvo el lapso de tiempo que estuve en el cuartel,

que fue poco porque me enfermé. Tuve una pleuritis,

estuve tres meses en cama.

Y al final ya cuando me decían que me podía levantar,

yo miraba p'a la cama con ojos de lechón con hambre.

¡Coño!

¿Y ha visto cambiar mucho ? -¿Qué?

¿Ha visto cambiar mucho ? -Claro, ha cambiado mucho.

Porque antes había unos seis mil y pico de habitantes

y ahora no llegamos a mil y eso trae consecuencias.

Aparte de eso habían cuatro sociedades recreativas.

¿Y qué eran las sociedades recreativas?

-Sociedades donde las dos principales:

El centro Diego Bueno y el casino centro Hermigua eran

clasistas, ahí no se podía entrar

si no tenías determinados apellidos y tal.

Era muy difícil, las bolas negras no podían pasar.

La directiva ponía una bola negra y ese fuera, eliminado.

Y las otras dos eran populares, la de la playa

y la del lomo de San Pedro eran sociedades populares.

Pero el centro Diego Bueno

y el casino centro Hermigua clasistas a morir.

Estaban ustedes en ese momento muy aislados del resto de la isla.

La única salida era a través del mar, ¿no?

-El mar. Y el mar por aquí no ha sido nunca muy bueno,

siempre ha sido malo.

Yo me acuerdo de la primera vez que yo vi San Sebastián,

la vi de arriba de Aguajilba.

Verla, pero yo fui a San Sebastián

Pero no tocarla. -No, no tocarla.

Yo fui a San Sebastián ya después del paso,

después del año 40.

Entonces fui ya a San Sebastián en la guagua,

vaya novedad, y encima de eso nos fuimos

a Santiago a jugar un partido de fútbol allí.

Yo no era futbolista, pero era de la directiva.

Ganamos por cinco a uno, fue apoteósico.

¿Y cómo se divertían ustedes? -Más que nada en los juaniles.

Claro. ¿Y hacían poesías populares?

-Esoeso

Eso es algo que Hermigua lo ha perdido.

Pero Hermigua tiene poesías populares muy buenas.

Hay, por ejemplo, una poesía Ahora se me

Me parece que me puedo acordar porque yo tengo

y, he tenido, todavía quiera Dios que la tenga, buena memoria.

Yla poesía era:

"Receta para constituir un ayuntamiento".

Y nombra a determinados elementos que, por su carácter dispar

y antagónico, era difícil que lograran constituir

una corporación.

Y nombra a don Ramón Facundo, don Dimas Ayala,

don Pancho el Bollo, don Cupido, otro que llamaban Gato Espiado,

y tres o cuatro pobres de arriba.

Pobres, queremos decir, de gente que no era de la élite.

Y empieza y dice: Tómese de don Ramón

suficiente cantidad.

De don Dimas la mitad.

De Juan Trujillo un serón.

Un serón es una aguadera. Ajá.

-De Pancho el Bollo un montón.

Media arroba de Cupido.

Uno al que llamaban Cupido.

Mézclese, a todo cocido, con muchísimo cuidado

un quintal de Gato Espiado y queda constituido.

Añádase con aplomo y muchísima destreza

al amigo Juan Cabeza, a Caporal y a Perdomo.

Tres de la gente pobre, eso era así.

Y para completar el tomo de esta gran corporación,

regálesele el bastón al digno Fernando Herrera

y de Hermigua a La Gomera marcha la supervisión.

A ver si está bien hecho eso.

Pero le leen a don Ramón Facundo, que era precisamente

el abuelo materno de mi mujer, le leen la poesía

y el hombre se enloqueció de furia y dice:

Quién de esos versos fue autor los hizo sin ovación.

Que monten escaparates y venga a ver el chocolate

en el culo de Ramón.

La canción de tómese don Ramón suficiente cantidad

Don Ramón era don Ramón Facundo,

cada personaje tenía ¿Usted se dedicó a recoger

material ? -Sí, en el museo etnográfico

y me gusta la Historia y

Y las costumbres, bueno, las practico en lo que puedo.

Yo tengo, creo que posiblemente,

el único museo etnográfico de Canarias.

Hoy no es mío, es del ayuntamiento.

Entonces allí hay unas 360, 370 piezas

que ya es algo, ¿no?

Yo las he conseguido una por una, en mi función de funcionario

como teníamos las tardes libres, siempre me dedicaba a ir

por los pueblos a buscarlas, a recogerlas.

Era muy fácil esa labor porque coincidió exactamente

con el cambio de vida de la gente.

Entonces para mucha gente todo lo que les volviera

a relacionar con un pasado miserable

y que querían olvidar Me facilitó mucho esa

Yo sabía lo que hacía.

Yo tampoco los exploté a ellos, es decir,

yo les pagaba las cosas

Por la zona de Alojera, la parte occidental de la isla,

por donde la carretera desciende vertiginosamente

desde los altos hasta el mar,

las palmeras se yerguen orgullosas y altivas

marcando su perfil sobre los horizontes quebrados y rotos.

Uno siempre había creído que las palmeras

sólo daban dátiles. Pero, para mi asombro,

la inteligencia de los gomeros ha arrebatado

del interior de este árbol, si es que lo es, su savia

para hacer miel de palmera que se vende por todas las islas.

De un modo trabajoso y nada fácil, los hombres de Alojera,

en esta ocasión, mi amigo José García Jara

me muestra pacientemente todos los pasos que hay que dar.

Se sube a lo alto de la palmera,

la desmocha quitándole las pencas,

se raspa la zona descubierta,

se deja descansar unos días hasta que el guarapo suba

y empiece a manar.

Mientras, el tronco se envuelve en alguna parte

con una chapa de hojalata para que los ratones no suban

a beberse el rico y dulce producto.

De buena mañana se recoge el líquido,

se hornea, se quita la espuma y se deja enfriar.

El valle de la Hermigua ha sido

de siempre un valle rico, fértil, jugoso.

Ahora sigue produciendo la mayor cantidad de plátanos

de toda la isla. Descender desde el puerto

montañoso hasta el mar, por entre los vergeles

de bancales repletos de plantaciones de plátanos,

es como un paseo por algunos de los rincones

de aquel viejo paraíso perdido.

Los hombres y las mujeres trabajan afanosamente

en la recogida, selección y empaquetado

con un oficio amoroso. Porque en el fondo ellos saben

que de allí sale uno de los orgullos de la isla

y de la tierra que los vio nacer.

Ernesto, ¿qué problemas tiene el plátano canario

y el de La Gomera en particular?

-Ahora, no sólo el de La Gomera sino el de toda Canarias,

el problema que tenemos con las multinacionales

americanas es que se quieren cargar la OCM del plátano

que bastante nos costó en el año 93.

Si estoNo creo, habrá un año o dos años

para negociar este problema, no creo que el gobierno nacional

y el de Canarias toleren esta semejante cuestión.

Y ese es el único problema que nos afecta en estos momentos.

El problema de la mano de obra, ¿tenéis problemas ahí o ?

-Sí. ¿La gente joven acepta

trabajar en el campo? -Bastante.

Tanto es así, que la gente joven no se quiere incorporar

indudablemente a la platanera. Porque, hoy en día, tienen

otros medios de estudios y se van a otros campos.

A trabajar en la construcción o en mecánica y tal.

Ese es uno de los grandes problemas que, a largo plazo

Ahora mismo en este pueblo, indudablemente está,

el poco cultivo que hay es por los cuatro viejos

que tenemos aquí.

Y a pesar de todos estos problemas, ¿tú eres optimista respecto

al futuro del plátano o eres pesimista?

-No. Yo siempre todo lo que he tenido

lo he empleado en plátano.

Hay gente que les ha pesado, a mí no.

Yo hoy si tuviera dinero lo emplearía en plátano.

¿Le ves futuro? -Yo le veo futuro.

El plátano este en la Península tiene una aceptación enorme.

Si no hubiese sido así ya se hubiese encargado la OCM.

Porque, imagínese, que entren plátanos de Centroamérica

donde la mitad del sueldo es la mitad nuestra.

O sea, un sueldo allí podrá ser entre 25 ó 30 000 pesetas,

aquí está entre 90 ó 100 000 pesetas.

Indudablemente no podemos competir con ellos.

Y cuántos portes diariamente, por ejemplo, qué media.

-Lo que se corta es semanal y depende de la época.

Porque hay zonas que es la fruta de enero a junio,

hay otra que es junio a agosto.

En fin, pero, una media semanal, estamos embarcando unos 150 000 kg.

En total unos seis millones de kilos al año.

La isla se transforma, cambia.

Ahora es Valle Gran Rey, un hermoso oasis situado

en el sur y próximo al inminente aeropuerto,

el territorio que rentabiliza las mejores perspectivas de futuro.

La belleza de los rincones, sus pequeñas playas,

sus urbanizaciones,

hacen de esta zona el lugar que, combinado con casas rurales

esparcidas aquí y allá, resulta más atractivo

para las gentes del norte de Europa.

En Valle Gran Rey todo crece.

Al principio con cierto respeto por el paisaje y el entorno,

pero me temo,

porque lo he visto en otros muchos lugares,

que la especulación se precipite,

se derrumbe sobre las pequeñas extensiones habitables

y extraiga de las raíces más profundas

unos beneficios que sean pan para hoy

y hambre para mañana.

Me gustaría que esas dudas nunca se cumpliesen

y que la grandeza del paisaje gomero permaneciese vivo

para futuras generaciones.

Y ahora ya adiós.

Mientras el Teide nos observa, subo de nuevo al barco

de la compañía Olsen y suavemente me voy despidiendo

mentalmente de todas las gentes que se me quedan aquí,

en este territorio sin invierno,

donde los alisios, encrespados en lo alto

del parque de Garajonay, vivifican la gran sequedad

de las tierras volcánicas, duras y frágiles

como sus propios habitantes.

Me voy por un mar que de poco sirve a las gentes de por aquí.

Quizá les sirvió de vía de emigración y de presidio.

Pero hoy supongo es más camino de libertad.

Mientras por el norte, les trae la humedad

y la fertilidad de las tierras,

por el sur les descarga esas gentes pálidas

y rubias que traen maneras nuevas de concebir la vida.

Siempre es bueno mezclarse con otras culturas

y no quedarse ciego de mirarse los ombligos solitarios,

como les sucede a algunos patriarcas de la insolidaridad.

Un país en la mochila - La Gomera

56:25 24 sep 2019

Hay lugares en donde la naturaleza transciende normal, sin apretujos ni estremecimientos pero en la Gomera todo está en contra de la normalidad.

Histórico de emisiones:
04/05/2009

Hay lugares en donde la naturaleza transciende normal, sin apretujos ni estremecimientos pero en la Gomera todo está en contra de la normalidad.

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