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Para todos los públicos Últimas preguntas - La montaña de basura - ver ahora
Transcripción completa

podemos decirlo, de sus padres,

(Música)

Hola, amigos. ¿Qué tal? Muy buenos días. Bienvenidos

una semana más a "Últimas preguntas".

Hoy vamos a viajar, nos vamos a ir hasta Guatemala,

aunque ya les anuncio que no vamos a hacer un viaje

como destino turístico

ni como placer ni como ni siquiera cultural.

Nos vamos a ir a un vertedero,

sí, así, como suena, porque ahí también está

la realidad, la realidad de nuestro mundo

y esa es la realidad que conoce

y la realidad en la que trabaja,

por la que entrega su vida y que ahora nos ha querido contar

a través de un libro

la persona que hoy está con nosotros,

el sacerdote Sergio Godoy.

Buenos días. Buenos días.

Muchas gracias por estar con nosotros aquí,

en "Últimas preguntas", pero gracias, sobre todo,

por esa labor que hace y por ahora acercárnosla

a través de este libro:

"La montaña de basura", porque ahí es donde nos vamos,

¿no?, a una montaña de basura.

A una montaña de basura, a unas barriadas marginales

en una ciudad al norte del país,

sí, ahí vamos a viajar.

A una de las zonas más pobres, ¿no?,

con mayor índice de pobreza.

De hecho, es la región con mayores índices de pobreza

en Guatemala y de pobreza extrema

y esta se refleja justamente

en la vida de las personas que trabajan en este basurero

y de la gente que poco a poco va poblando

el cinturón de miseria cercano a los barrios marginales.

Un barrio al que usted llega, usted es sacerdote diocesano,

estamos hablando de su diócesis,

la diócesis de la que usted es sacerdote,

pero un día llega a este basurero

que usted no sé si conocía, pero al menos no había visitado,

no había vivido en él, ¿no?

¿Cómo fue?

Fue, bueno, no sé a veces si reírme sobre el asunto,

pero yo había sido destinado

unos meses antes a una parroquia

a la que juraba que nunca quería ir,

nunca quería llegar. Y mira por dónde...

Porque tenía otras aspiraciones

y, mira por dónde, justamente allí fui a parar.

Pero pastoralmente era muy complejo el tema,

me era muy difícil enganchar

con la gente muy aferrada a sus tradiciones religiosas,

a su cultura, a su modo de querer entender las cosas

y yo me sentía un fracaso,

un fracasado, de hecho,

pero también tengo que decir que existencialmente estaba pasando

por una crisis muy importante

porque tenía otras expectativas para mi vida.

Yo quería seguir estudiando,

quería hacer, entre comillas, carrera

en lo religioso.

Sentí que valía para muchas cosas,

que siempre fui un buen estudiante y que lo que estaba viviendo

no me lo merecía.

La vida tiene sus misterios, como dice mi padre,

y eso, empeñándome en se infeliz

y pensando en colgar la toalla un día de esos,

una mañana un amigo excondiscípulo

me invitó a ir al basurero,

al basurero municipal,

que, realmente, estaba a muy poca distancia

de donde yo tenía mi parroquia,

y el ir allí, con todas las resistencias interiores

que estaba experimentando

en ese momento

y con las pocas ganas que tenía de vivir,

fue como darme de bruces contra la realidad

o darme de golpe contra una pared, de narices contra la pared,

porque, de pronto, el mal olor te va anunciando

que estás llegando a un lugar distinto.

Y el mal olor se percibía a una buena distancia.

Y luego plantarme ahí después de una noche de lluvia,

como cuento en el libro,

y ver en una montaña, literalmente,

de desperdicios, de bolsas de basura,

a hombres, a mujeres y a niños

rasgando las bolsas,

clasificando y rescatando lo que podían de cada bolsa,

lo que podría serles útiles,

útil, perdón, para la venta en el reciclaje

y también lo que se podía comer o beber

fue tremendamente chocante. ¿Lo sacaban de ahí?

¿De esas bolsas que estaban ya en la basura,

hay familias que cogen su comida?

Algo de comida, sí.

Si es comestible, si todavía vale, pues hay que comerlo, se puede comer

o se puede beber.

Y lo más chocante era que sonreían,

eran felices.

Y eso me dolió en el alma,

me golpeó profundamente porque me hizo...

Me hizo sentir mucha vergüenza de mí mismo

porque yo había tenido la fortuna de crecer en una familia normal,

modesta, pero había sido,

insisto, muy afortunado de poder tener educación,

de haber visto mundo, de tener otras experiencias

que me habían ampliado los horizontes y de tener talentos

y de tener proyectos,

que para entonces, obviamente, se habían caído todos.

Y, sin embargo, no era feliz.

Esa mañana maldije frente al frigo

una vez más lo poco que tenía para comer

sin imaginarme que había gente

que tenía nada para comer.

Lo primero que entran son ganas de llorar,

pero no te puedes poner a llorar.

Cuando abracé al primer chico,

a Efraín, me recuerdo,

es que lo hice porque no podía más,

me costó mucho contener las lágrimas,

y sentirme arrepentido y tremendamente conmovido.

Pero creo que fue un momento clave para mi vida,

un momento determinante.

Yo, interiormente, a lo largo del tiempo,

pude ir comprendiendo

que en ese momento la percepción fue:

"Mi vida no va a volver a ser la misma",

de hecho, no lo ha sido desde entonces.

Pero también otra cosa:

que no podía quedarme cruzado de brazos ante lo que estaba viendo,

ante lo que estaba presentándose

ante mis ojos y ante mi corazón sobre todo.

Había que hacer algo, ¿no? Eso no se podía quedar así.

Pero yo siempre he sido,

bueno, antes lo era más,

muy tímido, muy apocado

e incluso muy indeciso para algunas cosas,

no entiendo cómo me metí a esto,

pero tuve que aprender a poner las espaldas para sufrir

el rechazo de la gente,

para sufrir las críticas también de otras personas,

pero poquito a poco me fui colando en ese mundo

de la manera que podía,

con lo que tenía y tratando de buscar,

de ingeniarme cómo hacía para poder quedarme allí.

Lo que quería era que la gente comprendiera

que a mí no me interesaba ganarlos para mi Iglesia ni para mi religión

ni nada de eso, sino que yo quería estar ahí

para lo que fuera, para lo que ellos necesitaran

y la prioridad, definitivamente,

eran los niños.

Niños, como Angelito, como Connie,

como Herlinda, Efraín, que nos comentaba antes, Sofi,

porque usted o tú, me pedías antes que nos tuteásemos...

Sí, por favor. Lo vamos a hacer, muchas gracias.

Niños que tienen su rostro,

que tienen su historia, que tienen su vida y en este libro

los has puesto cada uno por su nombre.

Así es. Nos has contado su historia.

Sí, niños así, que no son solamente

un dato en las estadísticas tan frías

que presentamos en el país,

sino son historias,

víctimas de víctimas,

niños sin sueños muchas veces

o con los sueños rotos a causa de la violencia,

con el futuro comprometido por causa de la desnutrición

y niños a quienes las mismas condiciones de pobreza,

niñas, especialmente, tendría que decir,

les limitan el futuro.

Pero que merecían la pena ser recatados de ahí,

que considero que merecían la pena

empezar a ser tratados como seres humanos,

no como estas criaturas

de quienes nos alejamos como si estuviesen apestados,

como si fuesen leprosos que nos podrían contagiar de algo,

sino personas con una dignidad,

con una historia sagrada,

parafraseando a Jean Vanier,

que merecía la pena ser tomada en cuenta.

Y eso es lo que cuento o lo que voy narrando

en estas pequeñas historias que se ofrecen en el libro.

Son ellos los verdaderos protagonistas

y creo que son ellos los verdaderos autores

de este libro.

Historias de gente pequeña del otro lado.

¿Cómo...? ¿Qué se hace

para que alguno de estos niños,

ojalá todos, pero que alguno de estos niños

salga de ese basurero, que su vida tenga otra proyección,

que tenga otra perspectiva?

El tiempo me ha enseñado

que hay que ser constante y paciente.

Lo que yo quería lograr

en un mes, en un año, en cinco años

es una tarea que lleva toda la vida,

donde hay que construir y recoger lo que se cae,

en donde hay que confiar en los procesos de cada persona,

en donde hay que tener la capacidad de apostar

hasta por la locura,

por los sueños,

tener sueños y contagiar de esos sueños

a los chicos,

hacerles descubrir su propia valía, su propio potencial

para permitirles que puedan mirar más allá,

para permitirles que puedan tener horizontes más amplios.

Claro, perdona que te interrumpa,

porque, para un niño que ha nacido en un vertedero,

y no lo estoy diciendo en términos eufemísticos ni...

Es así, para niños que han nacido en un vertedero,

llegar a pensar que otro mundo, otra realidad,

para ellos es posible

tiene que ser como de ciencia ficción.

Casi de ciencia ficción. A mí me llamaba la atención

algo al principio de esta aventura,

porque, al final, es una aventura,

y era que le preguntaba a algunos niños:

"¿Y qué quieres ser cuando seas grande?

-No sé"

o me decían "albañil",

que hay que decir que los albañiles son gente

que es muy mal pagada en países como el nuestro,

"policía", pero con la reputación que tiene la Policía en Guatemala,

o "soldado".

Válgame el cielo.

Y las niñas eran

especialmente eso: "No sé".

¿Por qué?

Tendría que subrayar esto.

Cuando, en países como el nuestro,

se es mujer,

se es indígena y se es pobre,

se es perdedora por partida triple

porque la mujer, muchas veces, en esas condiciones

la mayoría de veces

viene invisibilizada por una cultura patriarcal machista

que le niega las mismas oportunidades

que por derecho de nacimiento se le concede al hombre.

Hay que decirlo.

Y hay algo muy bonito, a propósito de esta pregunta,

y está allí, en el libro.

Narro la historia de Jerry

y a mí me sorprende que, efectivamente, la paciencia,

la constancia y la confianza en los procesos

permita que Jerry esté casi terminando

su carrera universitaria.

Es increíble. Es increíble y, realmente,

cuando yo le vi obtener su diploma de Bachillerato,

estaba profundamente conmovido

porque un niño de unos orígenes muy humildes,

a quien vi correr detrás del camión de la basura

con los otros chicos,

con el que compartimos horas y horas de partidos de fútbol

en un cancha de arcilla y polvo y lodo,

dependiendo del tiempo o el clima que hacía,

se convirtió en un buen ciclista, en un buen deportista,

pero después pensó en serio en la universidad

y, con esfuerzo y con la ayuda de algunas otras personas,

está logrando terminar.

Y eso merece la pena.

Eso es algo que merece la pena.

Porque seguro que alguno de esos niños que conociste

que habían nacido ahí,

que no tenían, ellos no veían otro futuro,

nada más que el que habían heredado,

podemos decirlo, de sus padres,

ahora igual con esa proyección que, gracias

a la cantidad de cosas que están haciendo,

como es el centro de formación integral,

la escuela infantil también,

un dispensario médico, una clínica odontológica,

ahora podemos comentar un poquito,

pero, gracias a esas oportunidades que les has dado

a través de la Ciudad de la Esperanza,

quizá ellos puedan también contribuir

a mejorar la vida de las personas,

de sus vecino, ¿no?

De hecho, yo considero que no tendría sentido

nada de lo que estamos haciendo

si estos niños, al marcharse,

no llevan consigo una cierta consciencia social,

formado un juicio crítico

y el deseo de devolver a su comunidad

todo aquello que han recibido

a lo largo de los años en los que hemos compartido.

Esta es una tarea muy importante

y creo que es imprescindible.

No podemos obviarla, por una simple y sencilla razón:

Guatemala está cooptada por la corrupción

en todos los estamentos del Estado,

la narcopolítica está haciendo de las suyas

y se nos cara de vergüenza

y se nos rompe el corazón

al ver que un país tan pequeño,

tan rico culturalmente hablando,

con tantos recursos naturales,

les cierre el futuro

a los más jóvenes y a los niños.

En este libro, a mí es una de las cosas

que también me ha impresionado, ya en el aspecto personal

de Sergio Godoy,

es que usted dice que allí, en ese vertedero,

en el rostro de todos estos chicos

que hemos comentado, de sus familias y de tantos más

que no podemos nombrar porque estamos hablando

de muchísimos, claro,

encontró a Dios

y fíjate que usted de otras parroquias,

de otros lugares,

había realizado estudios eclesiásticos,

pero a Dios lo encontró allí.

Sí, yo creo que esta es...

Si hablamos gracia, si nos vamos al plano espiritual,

que lo absoluto tiene que estar desligado

del plano de la humanización de las personas,

esto fue algo fundamental para mi vida como creyente.

Estoy hablando de mi vida como discípulo,

que tuve que reinventar

a partir de la convicción de que tenía que tirar a la basura

todos mis esquemas anteriores.

Pero me parece también

gracioso o paradójico,

cuando inicié mi formación, yo tenía,

y de esta manera le explicaba a mi padre

para convencerle de que me dejara ir al seminario,

sed de Dios, no sé por qué, desde pequeño, yo tenía sed de Dios

y creía que el hacerme sacerdote iba a ser,

iba a convertirse en la manera en que yo podía encontrarme a Dios.

Entonces, desde mis primeros años,

le decía al Señor: "Muéstrame tu rostro.

Muéstrame tu rostro".

Obviamente, nunca tuve un éxtasis

ni ninguna experiencia mística.

Y esto se fue olvidando con el tiempo.

Después, el trabajo, las idas y venidas,

la tensión de terminar la formación,

de nadar y salvar la ropa.

Y claro que amaba la soledad,

que había aprendido también a buscar con el corazón

esos espacios de silencio

que para mí eran importantes,

pero el milagro de una tarde, con Angelito.

Angelito, que hoy es un muchacho que sueña con ser médico,

pero que apenas había nacido cuando yo llegué al basurero

y al que de alguna manera adopté como mi hijo porque era

mi compañía mientras yo cocinaba la merienda

o la comida de los sábados.

Y una tarde de no sé qué mes,

en el silencio de ese espacio

donde cocinaba mientras la gente estaba apanada

haciendo lo suyo,

cuando ya estaba lista la merienda,

con él de la mano caminamos hacia unos escalones de arcilla

que había para acceder al lugar

y, de pronto, no sé por qué razón,

yo me doy la vuelta, le miro la carita sucia,

le tomo la punta de la camisa para limpiársela

y me quedo mirándole a los ojos

y me doy cuenta de que había caído

como en un pozo profundamente luminoso,

que ese Dios al que yo buscaba en el sagrario,

que buscaba a través de las experiencias místicas,

que buscaba en la oración desesperadamente,

estaba habitando ahí,

que ahí, en ese momento de segundos o de minutos,

me estaba mirando desde un niño indefenso,

desde unos ojos limpios.

No sé, es...

Es difícil narrarlo, pero es otra experiencia

que marcó mi vida, mi espiritualidad,

y creo entonces que el Dios de los pequeños,

el Dios de los pobres que me reveló su rostro

en el más pequeño de todos sus hijos

se me ha ido revelando,

no estoy hablando de experiencias místicas,

que conste,

como aquel que camina junto a su pueblo,

como aquel que primerea a los pobres,

parafraseando al papa Francisco,

como aquel que quiere que yo camine junto a ellos,

pero no porque yo sea un nuevo Moisés ni sea un profeta,

sino porque soy un discípulo

y porque soy yo quien más recibe a cambio de lo poco que da, ¿no?,

y quien más aprende.

Historias de gente pequeña. Historias de gente pequeña.

Y ahí es donde encontramos

el rostro de Dios.

Sergio Godoy, ha sido un gusto. Ya fue un gusto leer el libro,

de verdad que un auténtico privilegio.

No hemos contado por qué tenemos esto aquí.

Tenemos un balón y una olla.

Muy brevemente porque se nos va el tiempo,

pero porque me lo has regalado nada más llegar y digo:

"Pero ¿por qué un balón y una olla?".

Porque la Ciudad de la Esperanza comenzó con un balón y una olla.

No había manera de colarme entre la gente del vertedero

hasta que decidí llevarme un balón

y robarme una olla en la parroquia para cocinar,

una olla vieja maltrecha,

pero que hizo el milagro de la fraternidad.

Pues con mucho nos quedamos con este símbolo.

Muchas gracias. Y nos quedamos con este libro:

"La montaña de basura".

De verdad, hay que leerlo,

hay que leerlo, Sergio, para conocer un poquito más

este mundo en el que habitamos.

Gracias, Sergio Godoy. Gracias a ti por recibirme.

Y de la realidad de Guatemala,

nos quedamos en la realidad de nuestro país

porque vamos a conocer, se ha presentado hace unos días

la Memoria de la Iglesia correspondiente al año pasado,

así que vamos a conocer

la Memoria de Actividades, qué ha hecho la Iglesia católica,

qué hace la Iglesia católica

en los más diversos lugares, las más diversas circunstancias.

Vamos a conocerlo.

"La Iglesia en España

se sostiene económicamente a través de diferentes vías.

Las principales: las aportaciones de los fieles

los ingresos por patrimonio y la asignación tributaria.

Marcar la X de la Iglesia en la declaración de la renta

supone una cuarta parte de sus ingresos totales,

una aportación que creció

con respecto al ejercicio fiscal anterior,

tanto en el número de declarantes, más de 7 millones,

así como en el importe total.

Y, como cada año, la Iglesia hace memoria

de estos dones recibidos y del servicio que ha prestado

a la sociedad con ellos."

Presentamos la Memoria del año 2017

como un ejercicio de transparencia, de rendición de cuentas,

es uno de los compromisos de transparencia que tenemos

y es uno de los compromisos legales

que también tenemos con el Estado español.

Hay un decalaje de dos años, en 2019 presentamos la del año 2017

porque es precisamente ahora,

en mayo de 2019, cuando la Secretaría de Estado

nos ha comunicado la cantidad definitiva asignada.

"Y si una pregunta ronda por nuestras cabezas, es:

'¿En qué se gasta el dinero la Iglesia?'."

Cuando hablamos de cifras, habla del dinero destinado

por los contribuyentes, en el último ejercicio,

268 millones de euros,

11 millones más que el año anterior,

dinero que va fundamentalmente a las diócesis españolas,

se integra en su presupuesto para realizar su actividad.

"La actividad de la Iglesia católica en España

se divide en seis grandes bloques."

La Iglesia celebra la fe

y si dan datos de toda la actividad sacramental

que acontece fundamentalmente en las parroquias.

La Iglesia vive la fe tanto en las parroquias

como en las comunidades religiosas,

tanto dentro de la parroquia

como fuera, pero también la actividad

en los hospitales, la actividad en las cárceles.

La Iglesia educa en la fe,

toda la inmensa actividad que realizan esos 2.500 colegios,

ese millón y medio de niños,

la atención también a los extranjeros,

a los centros de educación especial,

una actividad educativa muy demandada, de gran calidad

y que nos ahorra más de 3.300 millones de euros

a todos los contribuyentes.

La Iglesia también realiza una gran aportación a la cultura

y, en ese sentido, la Memoria destaca

los más de 3.100 bienes

de interés cultural que administra la Iglesia,

las fiestas que, junto a la labor religiosa,

tienen un gran impacto cultural

y, por supuesto, económico.

La Iglesia anuncia la fe,

la anuncia a los cinco continentes,

son los 11.000 misioneros, religiosos, sacerdotes, laicos

y más de 500 familias

en salida en los cinco continentes.

"Pero, además y sobre todo,

La Iglesia está cerca de las personas sin hogar,

de los refugiados e inmigrantes,

de los drogodependientes,

de la mujer víctima de la violencia,

de los niños, de los más pobres,

más de 4 millones de personas fueron acompañadas y atendidas

en alguno de los 9.000 centros de la Iglesia.

La asignación tributaria

colabora en el mantenimiento

de estas actividades, pero ni mucho menos financia

toda la vida de la Iglesia,

una labor que tiene un impacto cinco veces mayor

que lo aportado por la asignación tributaria."

Bien, pues esto es

lo que les teníamos que contar por hoy, bueno,

había muchas más cosas, pero ya no nos da tiempo.

Les emplazamos, por tanto, hasta la próxima semana,

si lo desean, si Dios quiere,

aquí nos encontraremos, en "Últimas preguntas".

Que sean muy felices

y lo dicho, nos lo contamos el domingo.

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Últimas preguntas - La montaña de basura

09 jun 2019

Este domingo hablamos con el P. Sergio Godoy, sacerdote de Guatemala que ha fundado la Comunidad Esperanza, donde acoge a niños y jóvenes que viven en un vertedero, procurándoles, de este modo, una vida digna.

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