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Para todos los públicos Teleplaneta - 02/07/2018
Transcripción completa

Hola ¿qué tal? Bienvenidos una semana más a Teleplaneta.

Esta semana en un programa con un formato un tanto particular

porque la erupción del volcán Kilauea en Hawai

ha universalizado el conocimiento de los volcanes.

¿Conocemos realmente los peligros volcánicos?

La gente ven las coladas de lava

pero luego no identifica algunos conceptos:

las nubes de gases, los flujos piroclásticos...

Hoy en un reportaje elaborado conjuntamente

con el Instituto Volcanológico de Canarias

queremos dar a conocer los peligros volcánicos

para que así tengamos un mejor concepto de los volcanes

y sepamos que son capaces de hacer, así que,

hoy les dejamos con comprender los peligros volcánicos.

Los volcanes suponen un enorme atractivo

que en muchos lugares del planeta dominan su entorno.

Millones de personas, se estima que unos 600,

viven a los pies de estos colosos atraídos por su belleza

pero también por su fertilidad

a pesar de que en ocasiones encierren claros peligros.

Muchos volcanes presentan periodos de actividad

muy espaciados en el tiempo, lo que provoca

que en muchas ocasiones la gente olvide la capacidad

que estos tienen para amenazar a las comunidades

que viven en las cercanías.

Por tanto es cuestión de tiempo que quienes viven próximos a un volcán

tengan que hacer frente a los diversos peligros

que pueden presentarse durante una erupción.

Violentas o poco explosivas,

las erupciones pueden generar impactos en quienes viven

ya no sólo en los alrededores, sino también en zonas más alejadas.

Por eso este documental tiene como objetivo concienciar e informar

sobre los distintos tipos de peligros volcánicos

que pueden presentarse.

El primero de los peligros a tratar son los piroclastos de caída.

Las explosiones en un volcán

fragmentan la roca con gran violencia,

siendo esta expulsada hacia la atmósfera.

Los fragmentos más pesados caen en zonas más cercanas

al punto de emisión, en lo que se conoce como balísticos,

por su similitud con proyectiles.

Si caen cerca de zonas pobladas,

pueden causar graves daños en viviendas e infraestructuras.

Pero dentro de los piroclastos de caída

hay uno que en los últimos años ha causado un gran impacto

en la opinión pública internacional, las caídas de cenizas volcánicas.

Formadas por las violentas explosiones

que se producen durante una erupción,

no son sino roca pulverizada que es capaz

de ascender a enormes altitudes

y caer no sólo en las proximidades del volcán.

De hecho, la ceniza es el peligro volcánico que más afección causa

a los que viven más lejos de los volcanes.

Prueba de ellos fue la famosa erupción de Eyjyafjallajokul,

en Islandia, en 2010,

cuando este volcán causó un enorme caos aéreo

al dispersarse sus cenizas por gran parte de Europa

y el Atlántico Norte.

Pero las columnas de ceniza pueden ser aún mayores.

Ejemplos como los del Pinatubo, con más de 30km de altura,

o recientemente Calbuco, en Chile,

dan fe de cómo un volcán es capaz de emitir cenizas

durante días en erupciones explosivas.

Al caer, las cenizas pueden cubrir enormes extensiones,

destruyendo pastos, campos de cultivo, y contaminando las aguas,

además de provocar caídas de techos por el peso de las mismas

y afectando a sistemas de comunicación

como carreteras o aeropuertos.

Las cenizas son también capaces

de desgastar sistemas cruciales para los aviones,

lo que implica que como en el caso islandés,

no se pueda volar mientras haya cenizas dispersas en el aire.

Mucho más peligroso sin duda son los flujos piroclásticos.

Generados también durante erupciones explosivas,

estas avalanchas de rocas pulverizadas

y gases extremadamente calientes pueden llegar a moverse

a varios cientos de kilómetros por hora por los flancos del volcán.

Poco es capaz de quedar indemne tras el paso de un flujo piroclástico.

Uno de los mejores ejemplos lo tenemos en el Vesubio, en Italia,

que generó una ingente cantidad

en la erupción que acabó por destruir Pompeya

y Herculano entre otras localidades.

En los últimos años han tomado especial relevancia los producidos

en dos volcanes indonesios, Merapi y Sinabung,

que han dejado una importante cifra de víctimas

e imágenes realmente espectaculares.

Los flujos, que en un principio se encauzan

por los barrancos presentes en los flancos,

se expanden rápidamente al llegar a los valles,

arrasando cuanto encuentran a su paso

y amenazando a las comunidades que allí viven.

Pero sin duda los generados

durante el colapso de Mount Saint Helens en los EE.UU.

son los más espectaculares de las últimas décadas.

El derrumbe de parte del volcán propició

una serie de brutales explosiones que dieron como resultado

flujos piroclásticos

que llegaron a moverse a más de 1000 kilómetros por hora,

cubriendo un área equivalente a la suma de La Palma y El Hierro,

y destrozando árboles centenarios

en el equivalente a la propia isla palmera.

Este volcán estadounidense también sirve como ejemplo

en el siguiente peligro volcánico,

que no es otro que los deslizamientos gravitacionales.

Los volcanes, construidos erupción tras erupción,

son capaces de alcanzar alturas realmente impresionantes

en espacios de tiempo geológico relativamente corto.

Esto hace que en muchos casos

su estructura no goce de una estabilidad óptima,

y con el tiempo, acaben sufriendo estos procesos de colapso,

en ocasiones ayudados por otros fenómenos

como por ejemplo los terremotos.

El proceso del Mount Saint Helens fue registrado

por el personal del Servicio Geológico Americano,

y ha servido como un ejemplo perfecto

para ilustrar este tipo de eventos,

y también para identificarlos en otras regiones del mundo.

Los deslizamientos gravitacionales

son habituales en islas volcánicas oceánicas,

como las Islas Canarias,

donde algunos de ellos son parte del paisaje habitual del archipiélago,

como el Valle de La Orotava y el de Güimar, en Tenerife,

o el del Golfo, en la isla de El Hierro.

A pesar de la espectacularidad de estos eventos,

su recurrencia es enorme,

y es mayor aún cuanto mayor es el deslizamiento.

Si estos tienen lugar en islas oceánicas,

como ha sido el caso en el pasado en zonas como la Macaronesia,

Hawaii, o isla Reunión,

entonces aparece otro de los peligros volcánicos,

los tsunamis volcánicos.

Los tsunamis son gigantescas olas

que chocan contra la costa con gran violencia

y pueden estar constituidos

por una o más olas que llegan de forma consecutiva.

Los tsunamis volcánicos

pueden ser generados por distintos tipos de actividad volcánica.

En una gran mayoría de casos

son los propios deslizamientos gravitacionales

los causantes de este fenómeno,

ya sea por encima o por debajo del nivel del mar.

Así,hoy se sabe que diferentes tsunamis

golpearon en el pasado las costas de las Islas Canarias

tras producirse algunos de los deslizamientos

que pueblan el archipiélago.

A pesar de que no existen muchos documentos gráficos

de tsunamis volcánicos,

sus efectos no son muy diferentes a los que hemos visto

en los últimos años en tsunamis de origen tectónico,

como los de Japón de 2011 o Indonesia en 2004.

El agua es capaz de penetrar tierra adentro con mucha fuerza

arrastrando cuanto encuentra en su camino.

El agua es, en cierta medida,

actor fundamental en otro peligro volcánico, los flujos de lodo,

también conocidos como lahares.

En este peligro también se ven envueltas las cenizas volcánicas,

que al mezclarse con el agua forman una densa capa de lodo

que desciende por los flancos del volcán

arrastrando e incorporando rocas,

árboles y tierra capaces de generar graves daños.

Uno de los ejemplos más dramático sobre flujos de lodo lo encontramos

en el tristemente famoso Nevado del Ruiz, en Colombia.

En noviembre de 1985, y tras décadas dormido,

el volcán sufrió una erupción explosiva

que depósito cenizas calientes sobre el glaciar de su cumbre.

Aproximadamente un 10% del hielo se fundió rápidamente

y comenzó a fluir por los barrancos de las laderas del volcán

a una velocidad superior a los 60 kilómetros por hora.

A poco más de 50km se encontraba la ciudad de Armero,

a donde casi acabando el 13 de noviembre

llegó una oleada de lahares

que llegaron a alcanzar los 30 metros de altura

que se movían a una velocidad de 12 metros por segundo.

Veinte mil personas murieron en apenas minutos,

lo que sumado a otras víctimas

en la localidad de Chinchiná elevó el número total a 23000,

una de las mayores tragedias volcánicas del siglo XX,

provocadas en gran parte por la descoordinación de unas autoridades

que desoyeron los consejos de los científicos

sobre el potencial destructivo

en caso de producirse los flujos de lodo.

Años después se ha sabido que las señales sísmicas registradas

en el volcán estaban anunciando su erupción,

lo que nos lleva a hablar de la sismicidad volcánica.

A pesar de aparentar tranquilidad una gran parte del tiempo,

los volcanes activos

suelen presentar algún tipo de actividad sísmica

que en una gran mayoría de ocasiones

pasa desapercibida para quienes viven cerca.

Esa sismicidad no sólo es crucial

para comprender el estado de actividad de un volcán,

a través de las diversas señales que pueden presentarse,

sino que a medida que una erupción se acerca,

esta se hace de mayor magnitud y puede ser sentida por la población.

Los terremotos volcánicos pueden llegar a sumar miles de eventos

en muy cortos espacios de tiempo,

y, aunque generalmente sus magnitudes no son muy elevadas,

pueden presentarse terremotos mayores

que generan importantes daños en estructuras

y que pueden afectar a la propia estabilidad del edificio volcánico.

Durante la erupción del volcán de Tagoro, en El Hierro,

en los años 2011 y 2012

se contabilizaron decenas de miles de terremotos

que en un amplio porcentaje no fueron percibidos por la población,

pero que en algunos casos llegaron a alcanzar magnitudes superiores a 5,

generando algunos daños y siendo ampliamente sentidos

incluso en islas vecinas.

La sismicidad volcánica puede indicar también el ascenso de magma

desde zonas profundas a zonas más superficiales,

en donde puede dar lugar a otro peligro volcánico más,

la deformación del terreno.

En su camino hacia la superficie,

el magma necesita literalmente abrirse hueco entre las rocas,

generando una deformación del terreno

que puede medirse a través de diferentes técnicas.

En general prácticamente inapreciable,

de escasos milímetros o centímetros,

la deformación puede llegar a ser extrema en algunos volcanes,

llegando a cambiar la fisonomía del volcán,

en incluso generando graves problemas en infraestructuras

por el abombamiento o hundimiento del terreno.

Algunos ejemplos famosos son el propio Mount Saint Helens,

donde el volcán llego a hincharse más de 100 metros

en uno de sus flancos antes del famoso deslizamiento

que cambiaría su fisonomía en 1980, y el Monte Usu, en Japón.

En la erupción de este último en el año 2000,

la deformación del suelo llegó a alcanzar los 70 metros,

destrozando carreteras y vías de comunicación,

e incluso llegando a volcar casas enteras.

Pero si hay un peligro con el que la gente

suele identificar a los volcanes, ese son las coladas de lava,

el más visual de todos los peligros volcánicos.

Las coladas de lava no son más que ríos de roca fundida

que salen a la superficie a través de un centro de emisión,

extendiéndose en ocasiones en enormes superficies

que quedan inutilizadas durante siglos.

En función de su composición química,

las coladas de lava

se moverán a velocidades significativamente diferentes.

Así podemos encontrar coladas de lava

que apenas avanzan unos metros por hora o por día,

y otras que pueden fluir a enormes velocidades ladera abajo.

En una gran mayoría de casos las coladas de lava no generan más daños

que la destrucción de la cubierta vegetal por la que circulan,

y en muchas ocasiones

el simple paso de una persona es suficiente para no ser alcanzado.

Pero en erupciones de gran duración,

las coladas pueden alcanzar puntos poblados

muy lejanos al punto de emisión,

provocando el corte de carreteras o la destrucción de viviendas

y estructuras de diversa naturaleza.

Pero las coladas de lava no llegarían a la superficie

si no tuvieran una fuerza motriz

que las empuja en su camino desde el interior de la Tierra.

Una fuerza motriz que juega un papel crucial

en el ciclo de actividad volcánica

y que es también un importante peligro, los gases volcánicos.

Todos los volcanes activos emiten gases a la atmósfera,

y aunque mucha gente asocia los gases a los llamativos penachos

y fumarolas que se pueden ver en muchos volcanes activos,

lo cierto es que los gases escapan a la atmósfera constantemente

por el edificio volcánico de forma invisible,

en lo que se conoce como desgasificación difusa.

Los gases volcánicos

tienen la particularidad de ser el único peligro

que está presente antes, durante y después de una erupción volcánica,

y su estudio se antoja fundamental

para comprender el estado de actividad del mismo

cuando no hay otros parámetros observables.

Los gases volcánicos son diversos, tanto como sus efectos,

que varían según el tipo de gas del que hablemos, así,

las especies de azufre pueden dar lugar a lluvia ácida,

o el flúor a importantes problemas de contaminación.

Pero quizás el más conocido y estudiado es el dióxido de Carbono.

En general, los gases se dispersan rápidamente

sin generar mayores problemas, pero en zonas poco ventiladas,

o en episodios de grandes emisiones,

estos pueden convertirse en una amenaza.

En el caso del dióxido de carbono este es más pesado que el aire,

con lo que se va acumulando en zonas bajas desde los puntos de emisión,

bien sea un cráter o un lago volcánico.

El mejor y más trágico ejemplo de esto

es la erupción en 1986 del Lago Nyos en Camerún,

donde una erupción límnica, únicamente de gas,

mató a más de 1000 personas en aldeas cercanas.

El dióxido de carbono descendió por los flancos del volcán

desplazando al aire circundante.

Sin olor, sin sabor,

el dióxido de carbono atrapó a los habitantes por sorpresa

y sin previo aviso,

en una tragedia que volvería a repetirse

en el mismo país con un escenario diferente, el lago Monoum.

Todos estos son por tanto los diferentes peligros volcánicos

que pueden presentarse en un volcán activo.

Sólo conociéndolos a la perfección podremos tomar lo pasos pertinentes

para hacer frente a sus consecuencias.

Recordar desastres volcánicos recientes es fundamental

para afrontar los efectos de los peligros volcánicos en un futuro.

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