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No recomendado para menores de 7 años Servir y proteger - Capítulo 126 - ver ahora
Transcripción completa

que podría volar libre como una libélula.

Criatura, ¿tú qué haces aquí?

Ayer hablamos por teléfono y estabas en Cuba.

-En el aeropuerto internacional José Martí de La Habana.

-Pero, bueno... -¿No te alegras de verme?

-No sé...

-Es un chico muy majo y muy simpático, pero...

¿Cómo piensas mantener esto a largo plazo?

-Largo plazo y Reinaldo no pegan ni con cola.

-Pero es que esto no es el Caribe, María.

-Eso ya lo sé.

-Pero él no. Se cree que todo es fiesta y, encima, a tu costa.

-¿De verdad quieres trabajar?

-¿Tú qué crees? -¿Aunque tengas que madrugar?

-Aunque tenga que despertar yo a todos los gallos del barrio.

-Pues vas a empezar a trabajar en La Parra.

Mañana veré el papeleo que debo hacer, pero no tienes que buscar más.

-¿Qué haces? ¿Se te va la olla?

-Estoy cazando un monstruo. En la esquina. ¿No lo ves? Espera.

-Estaba cazando monstruitos cuando le robaron el móvil.

-Otro que ha caído.

¿Te metiste en un callejón y te asaltaron con navajas?

-Acaban de denunciar otro robo de móvil por culpa del jueguecito.

-Los responsables son poco prudentes. Trabajan a pleno día y sin control.

Si montamos hoy un operativo, los trincamos.

Quién se ríe ahora, ¿eh? ¡Tira esa navaja, coño!

Date la vuelta. -¡Quieto ahí!

-Tienes derecho a llamar a un abogado

y tienes derecho a contarme cómo narices os habéis hecho

con el Salamander negro, que yo ni con cebo, macho.

-O sea, ¿es un ultimátum?

¿O te digo que quiero tener hijos o si no, cortas conmigo?

-No lo es. Yo no quiero que cambies de opinión.

Tú no quieres tener hijos y yo no te voy a obligar.

-Igual eso es algo que debe surgir de una forma más paulatina.

Tal vez cuando llevéis más tiempo juntos...

-Me estoy mirando lo de la inseminación artificial.

-Cuando uno tiene hijos, es porque tiene un plan, una idea.

Es para educarlos bien.

Y yo, ahora mismo, no me siento preparado

para asumir semejante responsabilidad.

¿Y vas a renunciar a la mujer que quieres

por una convicción racional?

¿No es eso lo que ha hecho usted?

-Pues no parece tan poca cosa esta quemadura.

-Prometiste no ser alarmista. -¿Cómo te la hiciste?

-Estaba friendo unas patatas para una tortilla

y le di al mango sin querer y se me volcó el aceite.

¿No ibas a cambiar el chip con Quico?

Me dijo que la herida estaba creciendo,

y en ese tipo de quemaduras, no es normal.

No es una quemadura producida por el aceite de una sartén.

Esa herida tisular está producida

por algo más abrasivo, algún agente químico.

-¿Tú conoces el salfumán, el producto de limpieza?

-Sí, ácido clorhídrico, muy corrosivo.

-Pues, como fue lo más fuerte que yo pillé por casa,

usé eso para limpiar junto con lejía.

-Eso produce gas cloro, muy tóxico, incluso mortal.

-Por eso mentí sobre que le estaba haciendo la cena.

Porque yo prefería que ella pensara que estaba cocinando una tortilla

Es la última vez que manipulo esos productos,

que me he llevado una buena quemadura.

Claro que estoy implicado, de eso no cabe duda.

-¿Has oído lo de "la belleza es

peligrosa, pero la inteligencia es letal"?

-Einstein. (ASIENTE)

Tú tienes las dos cosas.

Eres lista, preciosa.

¿Significa eso que estoy en peligro contigo?

-Puede ser.

(Música emocionante)

(CANTURREA)

¿Qué pasa, Paty?

¿Tú qué haces aquí?

No sé, vivo aquí, ¿no?

Sí, pero ¿no estabas trabajando?

Cosa de los turnos.

Pero tú como en tu casa. ¿Vas a desayunar?

Sí, me ha entrado hambre.

Pero solamente he encontrado estas galletas y...

No te cortes. Son mis favoritas, pero hay para los dos.

Paso. ¿Tú sabes la cantidad de azúcar que contiene la bollería industrial?

Por no hablar del aceite de palma, se te va la olla.

Será por eso por lo que están tan buenas.

Tú te lo pierdes. Mira, todas para ti.

¿Y una frutita o algo así no tienes?

Y el desayuno es la comida más importante del día.

¿No te lo ha dicho tu madre alguna vez?

-Buenos días, princesa. -Hola.

-¿Quieres café? -Bueno, si te vas a hacer para ti.

Yo me voy a poner algo.

(RÍE)

-¿Qué hablabais?

De desayunos. Dice que si la voy a envenenar

con el azúcar o no sé qué historias.

Sí, está toda rayada. En la cena, me pedí de postre una tarta

y era industrial, y me echó una peta...

Ya puedes ir a la frutería si piensas traerla más veces.

No te molesta, ¿no?

Qué me va a molestar, hermano. Esta es tu casa también.

Vale.

(Móvil)

¿Sí? Batista.

¿Justo ahora mismo?

Venga, voy para allá.

Me piro que me acaban de avisar de un robo.

¿Quieres tu café? Se lo cedo a Paty.

Paty, tienes ahí sacarina.

¿Sacarina? ¿Quieres matarme o qué?

Tu hermano va a pensar que estoy pirada.

-¿Por lo del azúcar?

-Sí, es que me ha pillado ahí de sorpresa.

Me he puesto supernerviosa, no sabía ni qué decir.

-Es que sus turnos cambian al dos por tres.

Al final nunca sé si viene o si va. Lo siento.

-Menos mal que no me ha pillado desnuda.

-Desnudita, con ese cuerpo, qué tipo.

-Oye, no te lo tomes a risa.

No quiero ser la comidilla de la comisaría.

-Paty, que mi hermano no es ningún cotilla.

Y que no piensa que estás loca. A mí sí que me tienes loco.

-Pero la próxima vez vamos a mi casa. -¿Y qué es eso de la próxima vez?

-Pues la próxima vez, lo que has oído.

-Buenos días. -Buenas, María.

¿Me pones un cafelito solo? -Ya mismo, cariño.

-¿En qué andas, Martín?

-Pues, bueno, aquí, investigando un poco.

-Oye, pero es sobre bebés. ¿Ha pasado algo o qué?

(RÍE) -No, no, es que esto...

Es un tema personal.

(ASIENTE) Un amigo, que...

se está planteando el tema de la paternidad.

-Entonces déjate de lecturas. Ahí no vas a aprender cómo ser padre.

-Siempre es peor de lo que te imaginabas, ¿no?

-¿Quién te ha contado eso? -Lo sé por mis amigos con hijos.

Siempre que les veo, que es casi nunca,

se quejan del trabajo que dan, de que apenas tienen vida social...

-Ya, ¿y a quién no le gusta quejarse?

Además, si no se quieren tomar una caña contigo,

te dirán que tienen cosas mejores que hacer.

-¿Cosas mejores que hacer? Sí, hombre, como cambiar pañales,

ir al pediatra, pasar la tarde en un parque de bolas...

-Contar cuentos preciosos, bañar a tu hijo,

ayudarle a dormir, hacerle cosquillas...

-Vaya, no te hacía un padrazo.

-Y no lo soy, Martín.

Si pudiera cambiar la forma en que crié a mi hijo,

te aseguro que lo haría.

No lo hice bien.

Pero, a pesar de los problemas, no lo cambiaría por nada.

-Dime una cosa.

¿Por qué es tan importante esto de ser padre?

No, no, de verdad que quiero entenderlo.

Para mi amigo, ¿eh?

(RÍE) -Pues mira, no se puede explicar con palabras.

O lo vives o no lo vives.

Pero dile a tu amigo que la primera vez que ves a tu hijo

es algo indescriptible.

-Eso...

eso te lo concedo, desde luego. Tiene que ser algo...

tremendamente emocionante.

-Y las diez veces que te dice al día que te quiere cuando tiene tres años,

y saber que eres lo más importante para él,

eso te hace ser mejor persona.

-Sí.

Sí, supongo que sí, pero...

tengo la sospecha de que eso se pasa muy rápido y que...

que de repente pasan los años y te encuentras

peleando con un adolescente,

y hace tanto tiempo que no haces las cosas que te gustan

que ya ni siquiera recuerdas cuáles son.

-No, si son un reto diario.

Te hacen conocerte mejor.

Sacan lo mejor y lo peor de tu persona.

Como decía mi madre:

los niños traen la abundancia, de lo bueno y de lo malo.

-Bien, bien.

Tengo que irme, pero... gracias por la información.

-Oye, pero una cosa.

Si eres de los que se acojonan ante los retos, mejor dejarlo.

Dile eso a tu amigo de mi parte.

(RÍEN)

(SUSPIRA)

-No sé dónde he puesto el mando del garaje.

Igual lo has dejado en el bufete. No creo.

¿Me dejas el tuyo? Está en la chaqueta.

Papá, espera.

¿De dónde has sacado este broche?

Lo encontré ayer y justo... ¿Cómo que lo encontraste?

Se me cayó un pañuelo detrás de la cómoda

y al moverla, lo encontré allí.

Me volví loco buscándolo después de su muerte.

Y estoy seguro de haber buscado allí.

Estaba detrás de una de las patas. Igual fue por eso.

Qué raro, tu madre siempre lo guardaba en el joyero.

Le tenía mucho aprecio.

Y si lo hubiera echado en falta, habría montado

un zafarrancho hasta encontrarlo.

Era muy cuidadosa con sus cosas.

Pues no sé, igual fue justo después de su muerte.

Aquellos días fueron una locura.

Igual se me cayó mientras buscaba la ropa del entierro.

¿Se lo regalaste tú? (ASIENTE)

No lo sabía.

Fue por nuestro primer aniversario.

Le quise regalar algo que le dijese

que quería estar con ella toda la vida.

Aunque sin ataduras.

Pero ya estabais casados.

Sí. Pero nos unía algo más fuerte que un papel: tú.

La boda, el nacimiento, no sé, nos cambió la vida tan rápido que...

a veces pensaba que se sentía abrumada.

Pero los dos queríais ser padres, ¿no?

Sí, claro que sí, no me malinterpretes.

Ella te quiso con locura desde el primer momento.

Y yo, por descontado.

Pero la vida te cambia tanto cuando eres madre.

(RÍE) Ya veremos.

El caso es que yo quería que no se sintiera atada

y le regalé este broche porque le prometí

que podría volar libre como una libélula.

Es una historia muy bonita.

Entiendo que fuera la joya favorita de mamá.

Lo siento, papá.

Siento no haberte contado que la había encontrado.

Voy yo.

Hola. Hola.

Hay café recién hecho. No podemos, tenemos prisa.

¿No te ha llegado el aviso? Un allanamiento en una urbanización.

Vale, nos vamos ya.

Papá, te dejo

el mando del garaje.

Que tengas buen día.

Y tú.

(Se cierra puerta)

(QUEJIDO)

-¿Qué te pasa, María? ¿Estás bien?

-Tengo agujetas hasta en las pestañas.

-¿No será por culpa del caribeño?

-Me saca todas las noches a bailar.

Y yo, estando de vacaciones, aguanto lo que me echen.

Pero todo el día trabajando y por la noche de juerga...

-Si luego llegas a casa y no te dejan descansar...

-Oye, un respetito. Que lo que hagamos Reny y yo

en la intimidad es cosa nuestra. No quiero estar en boca del barrio.

-Que yo no quiero resultar indiscreto.

Si, además, yo, encantado. Mientras tú estés feliz...

-Buenos días, familia.

(MARÍA) Buenos días.

-Mira, hablando del rey de La Habana.

-Oye, esto de tener el trabajo aquí debajo,

es tremenda sabrosura caballero, qué rico.

-Buenos días. -Buenos días, compañero oficial.

-¿Cómo está la cosa? ¿Mucho delincuente por la calle?

-Estupendamente. Después de tomarme el mejor café del barrio...

-Di que sí. -Eso mismo quiero yo.

Un cafecito de estos que levanten a los muertos.

Y tú vas a ver cómo yo me tomo el café

y candela con el trabajo hasta que se seque el malecón.

-¿Qué pasa? ¿Tenemos un empleado nuevo en la barra?

Bienvenido, amigo. -Muchísimas gracias.

-Oye, ¿esto qué es, caballero? ¿Un bar sin música?

No, no, no, ahora mismo... Un bar sin música es un cementerio.

Ahora mismo pongo yo un toque de rumba,

tú vas a ver cómo pongo a bailar a la gente.

-Déjalo eso "pa'luego", y ahora métete en la cocina

que el trabajo no espera.

-Ni un cafecito ni nada...

Como decía mi abuelo... -El de Cienfuegos.

-Sí, el de Cienfuegos. "Las prisas son malas consejeras".

-Mira, en eso estoy de acuerdo.

-Ya, pero seguro que tu abuelo el de Cienfuegos

no estaba detrás de la barra de un bar.

Las cosas están muy chungas para un recién llegado.

-Ya te lo he dicho, mientras tú estés feliz...

-Además, el tío es muy cachondo, muy "salao".

-Es buena gente. (ASIENTE)

(Móvil)

-Guevara al habla.

Sí, ya, pero ¿la información es fiable o qué?

Últimamente no das ni una, amigo.

Venga.

Nos vemos allí, venga.

Bueno, se acabó el asueto, vuelta al tajo.

Apúntamelo. -Lleva "cuidao".

(ACENTO CUBANO) Las prisas no son buenas.

(ACENTO CUBANO) -A la orden. (RÍE) -Buen día, Elías.

-Hasta luego.

-Quiero todos los detalles.

-¿Qué detalles? Si tu matrícula te la regalé yo.

-No vas a dormir en casa de Jairo y me voy a conformar con un mensaje.

-Tía, no ha sido tan importante.

-¿Cómo que no? Esto es mucho más importante que lo del hotel.

Has dormido en su cama. Eso implica compromiso.

-¿Compromisos? Ninguno, ¿eh? Cero compromisos.

(SUPLICANTE) -Cuéntamelo, dame detalles.

-Ay...

Fue muy divertido.

Muy divertido. Aunque tiene un colchón, tía, matador.

Y luego he pasado una vergüenza esta mañana...

-Roncas y te lo ha dicho.

-Que yo no ronco, ¿qué dices?

-Es Jairo. Le canta el aliento.

No. No se cambia de gayumbos...

-¿Qué imagen tenéis de Jairo? Te pareces a mi padre.

Jairo se lava los dientes y se ducha todos los días

como todo el mundo, y punto.

-Vale, pues cuéntamelo para que no me haga ideas raras.

(SUSPIRA HONDO)

-Rober.

Se suponía que estaba en el trabajo, y no.

¿Sabes dónde estaba?

-Os ha pillado ahí en plena faena.

-Que no, no, no. Me ha pillado medio en bolas,

porque he salido a por algo de desayunar

y ahí estaba él plantado en mitad de la cocina.

-¿Te ha visto desnuda? -Que no.

Me ha visto medio en bolas, te digo.

Pero es que me he puesto tan nerviosa,

no sabía qué decirle, y le he soltado una charla sobre el azúcar que...

-Sobre el azúcar. -Tía, y superpedante además.

Menos mal que se lo ha tomado a risa, si no...

-Qué cuadro, Paty.

(RÍE) -Vaya tela. ¿Tú te acuerdas de lo pesada

que me puse cuando estuve por él?

Y ahora me estoy acostando con el hermano.

Y los tres ahí, desayunando juntitos como una familia feliz.

-Bueno... (DIVERTIDA) -Vaya panorama.

-Yo no lo veo tan raro.

Yo creo que tú me estás contando

estas chorradas para ocultarme algo de verdad importante.

-¿Qué te voy a ocultar?

-¿Qué tal Jairo en las distancias cortas?

-Eres un poco cotilla, ¿no?

(SUPLICANTE) -Ay, Paty, cuéntamelo, porfa.

-Pues bien, bien, muy bien.

Nos entendemos perfectamente, vamos.

-Y ya. Eso me vas a decir, y punto.

-¿Qué más quieres que te diga?

Estás muy preguntona con este tema.

-Pues sí, Paty, porque Quico y yo "na de na de na".

-¿"Na de na de..."? (GRITA) Hola, Quico.

-Hola, ¿qué tal, chicas? Vaya recibimiento.

¿Vienes a entrenar? -No, venía a darte

un beso de buenos días.

-Bueno, pues vaya suerte tengo

que vengo a trabajar y me voy contento.

Te tengo que dejar, que como me vea la jefa, se pone mosca.

-"Cuidao" con esa jefa, me han dicho que tiene una mala leche...

(RÍE) -¿Hablamos después de clase? (ASIENTE)

(RÍE) Hasta luego.

-¿Y a ti qué te pasa?

-¿No lo has visto? -¿El qué?

Que tienes un novio encantador, supersimpático,

que encima está como un tren.

-No, Paty, que no pasamos de los besitos.

-Bueno, es que no te puedes comparar tampoco

con Jairo y conmigo, nos conocemos desde hace un montón

y llevamos mazo tiempo tonteando.

-Si yo no creo que vosotros vayáis rápido.

Es que nosotros vamos a paso de tortuga.

Y estoy empezando a pensar cosas raras.

-¿Qué cosas?

-Pero ¿qué dices de virgen? Olga, por favor.

-A lo mejor es que no le gusto lo suficiente.

-O a lo mejor es que tienes una amiga

que, con toda la mejor intención del mundo, habló con él

y le dijo que tuviera muchísimo cuidado contigo.

-¿Y tú "pa'qué" haces eso? -Ay.

Tía, pues porque no quiero que te hagan daño.

-A ver, Paty, yo sé por qué lo haces.

Pero con Quico estoy genial.

Y tengo muchísimas ganas. -¿Sí?

Pues toma la iniciativa tú.

Yo estoy segura de que Quico se muere por estar contigo.

Y, además, si tan claro lo tienes, pues tú simplemente házselo ver.

Así, sutil.

-A lo mejor tienes razón.

Me voy a la Escuela de Cocina.

Hablamos luego. -Vale.

¡Oye!

Yo también quiero los detalles, ¿eh?

(RÍE)

-¿Y si los análisis de funcionalidad

de ovarios, trompas y útero salen bien?

Ajá, un mes.

¿Y cuánto dura la hormonación?

Inyecciones, ya.

¿De 12 a 20 días?

Y luego ya empieza el proceso de inseminación.

(ASIENTE)

¿Cuántos intentos?

No, tengo menos de 38 años.

Ah, pues sí, es un porcentaje alto.

¿Un 20 % de tener gemelos?

No, claro, pero asusta un poco.

-Perdona, vuelvo luego. (SUSURRA) -Pasa, pasa.

Eh, sí, muchas gracias por la información.

En cuanto me decida, llamaré para pedir cita.

Gracias.

Dispara, Lola. Si fuera secreto,

hubiera cambiado de pantalla cuando has entrado.

-¿Estás pensando en pedir una cita en una clínica de fertilidad?

-Eso es. Creo que voy a ser madre soltera.

Lo tengo casi decidido. -Qué valiente.

-¿Tú crees? A veces pienso que estoy siendo muy egoísta.

-¿Por?

-Por negarle un padre.

No puedo ir buscando a un hombre que me solucione la papeleta.

Y para buscar inseminador, prefiero en una clínica y no en un bar.

Es mucho más caro, pero... más seguro.

-Pero yo pensaba que estabas con Martín todavía.

-Y lo estaba.

Fue nombrarle lo de la paternidad y se puso de los nervios.

Dijo que esto no entraba para nada en sus planes.

Y no le puedo obligar a tener un hijo.

-Ya. Pues qué pena, porque hacíais muy buena pareja.

Sí, no pongas esa cara.

Los dos compartíais un sentido del humor un poco peculiar.

Y es listo, atractivo, y últimamente había demostrado ser buena gente.

-Una pareja, si no coincide en algo tan importante, se va a la mierda.

Al menos ha resultado ser sincero.

Otro te habría dado largas para seguir acostándose contigo.

-No, y la verdad, yo le entiendo, hasta hace poco pensaba lo mismo.

Pero desde que tuve esa idea,

no dejo de pensar en eso, y me hace mucha ilusión.

-Sí que te ha dado fuerte. -Sí.

-Es la primera vez que me cuentas algo de tu vida privada.

-Cierto. Y espérate a que empiece a hormonarme.

Voy a estar llorando por las esquinas.

(RÍE) -Me estoy acordando de una compañera de piso

que estuvo donando óvulos, se puso bastante intensa con la hormonación.

(RÍEN)

-Pero tengo que pincharme durante un mes.

Cada día. -No me digas que te da grima.

Si estás llena de tatuajes. -Los tatuajes te los hacen.

No tienes que pincharte tú.

Me da un poco de cague pasar por esto yo sola.

-Bueno, mejor sola que mal acompañada.

-¿Lo dices por ti?

-De mi situación sentimental y de mi vida personal,

mejor no hablar en mucho tiempo.

Toma. -¿Qué me traes?

-Un disco duro con grabaciones de una cámara de seguridad.

Tenemos indicios de quebramiento de orden de alejamiento.

-Efectivamente, mejor sola que mal acompañada.

A ver, vamos a ello.

-Adelante.

-¿Se puede?

-Montse, qué alegría.

Pero si vienes a sacarme para tomar un café,

tengo una reunión dentro de cinco minutos.

-Con eso me basta. Las buenas noticias hay que darlas en persona.

-Buenas noticias... Justo lo que necesito.

-He conseguido entradas para ver "Hamilton".

-Pero ¿no decías que era imposible, que llevaban agotadas más de un año?

-Y no ha sido fácil ni barato, pero lo logré.

Veremos el musical más famoso de Broadway en nuestra luna de miel.

-Genial. Me alegro.

-Pues no lo parece. ¿Te pasa algo?

-No tiene importancia.

Es una tontería que me ha dejado un poco tocado.

-Cuéntamelo. Aún sobran tres minutos para tu reunión.

(Se abre cajón)

-Pues está bien.

Si vas a ser mi esposa, tengo que ser sincero contigo.

Ha aparecido en casa este broche de Carmen.

-¿Se había perdido?

-No lo veía desde que murió.

Alicia lo llevaba en el bolsillo y al buscar otra cosa, lo encontré.

Y me ha traído muchos recuerdos que...

me han removido.

Recuerdos felices que, con el paso del tiempo,

se han ido reinterpretando.

Y entiendo por qué una pareja feliz acabó...

como acabó.

Como tú muy bien sabes.

-Es que la felicidad no dura para siempre.

-Es que quizá no éramos tan felices como yo creía.

Y yo que estaba convencido de que era la mujer de mi vida...

-¿Entiendes por qué no quiero competir con su recuerdo?

-Por eso me parece una gran idea que nos mudemos a otra casa.

Un sitio donde podamos comenzar de cero.

Y aunque ya estaba decidido, creo que la aparición de este broche

acaba por darte la razón.

-¿Y por qué no se lo das a Alicia

y que lo guarde y te olvidas del tema?

-Porque creo que me ha mentido.

-¿Alicia? -Sí, no sé de dónde lo ha sacado.

Pero es imposible que estuviera donde ha dicho.

Yo ya había mirado ahí.

Y Puri, la mujer que trabaja en nuestra casa, es muy meticulosa.

Uno de los dos lo habría encontrado antes.

Estoy seguro de que me oculta algo. -Pregúntale otra vez directamente.

Llevo media vida enfrentándome a policías

que intentan ocultarme información.

Lo mejor es confrontarlos con sus mentiras. Cara a cara.

(RÍE) -Con lo dulce que eres conmigo, a veces se me olvida

que en el trabajo puedes llegar a ser un ogro.

-Te quiero mucho y por eso te voy a perdonar que me hayas llamado ogro.

-Un ogro desde el cariño, mi amor.

Si necesitas ayuda para sonsacar a tu hija, aquí me tienes.

Te dejo.

-Muchas gracias, Montse. -¿Por qué?

-Porque has conseguido alegrarme la mañana.

Y todavía te ha sobrado un minuto. (RÍE)

-Yo no puedo asegurarte

que nuestra felicidad dure eternamente.

Y ni siquiera, que nuestro matrimonio vaya a acabar bien.

Pero te aseguro que voy a luchar por ser feliz el tiempo que me quede.

Y quiero hacerlo a tu lado.

-Bueno, aquí tiene su café...

¿No lo pidió? -No, yo pedí un refresco.

¿Es tu primer día?

-¿Por qué? ¿Se nota? -Hombre que si se nota.

Alguien te habrá pedido el café, yo no.

Tira "pa'dentro" antes de que se enfríe y se mosquee el cliente.

Y tráeme mi refresco, porfa. -Perdóneme, de verdad.

-Reinaldo, ¿por qué no estás en la cocina?

-Es que he "encontrao" el café en la barra y se lo he "traío".

-Encárgate de la cocina, de los clientes me encargo yo.

-Pero que sepas que hay un cliente

que está esperando hace tremendo rato este café.

-A ver, ese café no es de nadie.

Un cliente me lo ha pedido y cambió de opinión.

Puedes pasear el café hasta que se enfríe,

no encontrarás a quien lo ha pedido.

-¿Y por qué tú no me lo has dicho?

-Te has ido de tu puesto de trabajo sin avisar.

-Oye, esto está muy interesante, pero ¿y mi refresco?

¿Dónde está? Que no tengo toda la mañana.

-Perdone, señor, mire, yo se lo traigo ahora mismo.

-Espera. ¿No te he dicho que de los clientes me encargo yo?

-Ya, pero... Mira, yo lo que quiero es ayudar.

Es que no veo cuál es el problema.

-El problema es que no haces lo que se te pide.

Tienes un montón de comandas esperando en la cocina.

Tira, por favor.

-¿Por qué no me dejas un ratico en la terraza

que yo te atienda las mesas?

-Pero ¿qué dices? -Esto es lo mío.

Yo tengo un don con la gente, de verdad te lo digo.

Te lo digo yo. Mira, déjame un ratico aquí

y tú vas a ver que yo te lleno las mesas todo el día.

-No voy a discutir contigo.

He llevado el bar yo sola mucho tiempo y sé cómo organizarme.

Así que si no te gusta tu trabajo, por mí, puedes irte y buscarte otro.

-¿Por qué tú me tratas así, chica?

Mira, relájate, porque, que sepa yo, la dueña de este bar es María.

¿Oíste? -Y que yo sepa, María te ha hecho

el gran favor de meterte como pinche de cocina.

No en la terraza tomando el sol.

-Salima, o me traes mi refresco ya, o me levanto y me voy.

Que estoy seco, tengo que volver al trabajo.

-Yo se lo traigo ahora mismo.

-Jairo. No. Te lo llevo yo. Invita la casa, ¿vale?

-Buenas.

-¿Ustedes qué hacen aquí?

¿Yo no os había dicho que no quería saber nada de ellos?

-Si solo queremos ayudarte. -¿Ayudarme?

Mira, grábate esto en la cabeza.

No os quiero ver más. ¿Oíste?

-Vendrá enseguida. Puede esperarla en su mesa, le acompaño.

-Muchas gracias. -¿Y usted cómo está, Marcelino?

Menudo susto le dio a su hija. Bueno, a Alicia y a todos los demás.

¿Se ha recuperado ya totalmente del infarto?

-Pues sí, estoy muy bien, la verdad. Por suerte solo fue eso, un susto.

-¿Le puedo preguntar una curiosidad?

-Claro, por supuesto.

-¿Notó algo antes de que le diera el infarto?

¿Un pinchazo en el pecho, dolor de brazo?

-Nada. Yo también tenía entendido que había cierto tipo de señales,

pero en mi caso fue así. De repente. Sin avisar.

-¿A traición? Ay, madre.

(SUSPIRA) Yo es que a veces me preocupo.

Porque noto así como un nudo en el pecho, ¿sabe?

Pero si te puede dar un patatús de repente

de la noche a la mañana, pues apaga y vámonos.

-Pero, mujer, en caso de duda, mejor ir al médico, ¿no?

Además, yo la veo muy bien.

-Gracias.

Divinamente sí, pero, vamos, que un día se me para el corazón

y me quedo seca aquí mismo.

Ay, Alicia. Tu padre, que te espera en tu mesa.

Gracias, Espe.

Hola, papá. Perdona que te haya hecho esperar.

Hija, acabo de llegar.

Tu compañera Espe me ha estado entreteniendo

con detalles sobre el infarto.

Espero que no la hayas asustado. Es bastante hipocondríaca.

Algo he notado, sí.

Es capaz de volvernos locos con cualquier enfermedad.

Así que imagínate con un riesgo de infarto.

¿Qué era eso que no me podías contar por teléfono?

Montse me ha dado un buen consejo y he decidido seguirlo.

¿De qué se trata?

Sé que me has mentido esta mañana y quiero saber por qué.

No sé de qué hablas.

¿De dónde lo has sacado? Ya te lo he dicho.

No sé por qué me mientes, pero deja de hacerlo.

Me volví loco buscándolo y sé que en casa no estaba.

Ni en el coche ni en el cuerpo de Carmen.

Pregunté a tus compañeros expresamente por él,

y no estaba entre sus objetos personales.

Papá, tengo una buena razón para no contarte la verdad.

No quiero que te enfades ni te alteres.

Estoy pensando en tu salud.

Pues piensa en mí y dime la verdad de una vez.

Esto ya ocurrió y te dio un infarto al corazón.

Por eso no quiero arriesgarme.

Alicia, ya me cuido para no tener ese susto otra vez.

Pero no puedes protegerme de las malas noticias.

Y no quiero que lo hagas.

No soy un crío ni un anciano.

Si tienes información que me atañe, tengo derecho a saberla.

¿Quién te dio la joya de tu madre?

(SUSPIRA) Quintero.

Lo sabía.

Siempre.

Desde el accidente, la tuvo él. Por eso no la encontraste.

¿Y ahora te lo devuelve?

Como gesto de buena voluntad, supongo.

Pero ya le he dicho que esto no cambia nada.

¿Cómo tiene el valor de seguir metiéndose en nuestra vida?

¿Hasta cuándo tendré que soportarlo? Has dicho que no te ibas a alterar.

Ya, es fácil decir. Respira.

Es mejor que este broche esté en nuestras manos

en vez de en las de Quintero. Ya no estoy tan seguro.

¿Por qué dices eso?

Déjalo.

Adiós, hija.

(SUSPIRA)

Os pillé.

-¿Interrumpo?

-Si vienes por algo personal, sí. Estoy currando.

-Pues es un poquito personal, Laura, pero lo siento, no puede esperar.

Es importante. -Lo mío también.

Acabo de descubrir una red de desvalijadores de pisos.

(ASIENTE) -Llevan varios asaltos y no dejan pistas en los pisos.

Pero no son muy hábiles con las nuevas tecnologías.

Se acaban de delatar ellos solitos en un chat mientras discutían

cómo repartirse el botín. (RÍE) -Vaya.

-¿Qué querías?

(MARTÍN CARRASPEA)

-No me hago a la idea.

-¿De qué?

-De renunciar a ti. No puedo.

Y no quiero. Eres lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo.

-No me hagas una escena aquí.

-No se te puede decir nada, estás a la que salta.

Si vamos a hablar en serio del tema de tener hijos,

tendremos que hacerlo como adultos, ¿vale? No como novios de instituto.

-Pensaba que ya estaba hablado. -Ya, pero es que...

contigo todo es un poco blanco o negro.

¿No? Porque hace nada no querías compromisos,

y luego, de repente, sientes la necesidad imperiosa de ser madre.

¿Comprendes que esté un poquito descolocado?

-Claro que lo comprendo. Y siento haberte decepcionado.

-¿Qué dices? Yo no he dicho eso.

-No, pero es obvio que no cumplo

las expectativas que tenías sobre nuestra relación.

-Desde luego que no.

Las has superado. Con creces.

-Basta de decirme cosas bonitas porque no voy a cambiar de opinión.

Estás perdiendo el tiempo.

-No he venido a pedirte que renuncies a la maternidad.

-Mejor, porque no pienso hacerlo ni por ti ni por nadie.

¿A qué has venido?

-Entiende que tu propuesta me pilló tan a contrapié

que no tenía preparada la respuesta correcta.

-Es que no hay respuesta correcta.

No es ningún examen, es tu vida.

Es tu futuro, y si no ves niños en él,

pues qué le vamos a hacer.

-Lo que no veo es mi futuro sin ti.

Eso sí que no lo veo.

Y, sin embargo, sí he empezado a...

a imaginarme cómo sería la vida contigo

y con un enano.

Tengo que reconocer que me está gustando la idea.

-¿Qué...? ¿Qué quieres decir?

-Que sí. Que quiero ser el padre de tus hijos.

-Eh, perdona, pero...

¿A qué viene este cambio de opinión?

-Pues a que he estado leyendo cosas. He estado hablando con amigos.

Pero, sobre todo, he estado reflexionando.

Creo que por primera vez en mi vida,

le he dedicado un tiempo a pensar en serio en la idea de ser padre.

Y sí.

Bueno, ¿no puedo cambiar de opinión?

-Sí, sí, claro.

Pero me gustaría que el padre de mis hijos no fuera un veleta.

-¿Me permites ser ese padre?

Estoy convencido de que mis hijos van a ser

muy afortunados de tener una madre tan lista y tan fuerte como tú.

(MARTÍN RÍE) (EN VOZ BAJA) -Vale.

-¿Has dicho "vale"? -Sí.

-Vale. Vale y ya, ¿no? O sea...

No, que a ver, pensaba: "Igual da botes de alegría y eso",

pero, vamos, tampoco es tu estilo.

-¿Ya? -Vamos a ver...

-Perdona, no sé, no... Eh, no...

Me ha pillado por sorpresa.

-Claro, igual que me pilló a mí el otro día tu propuesta.

O sea, que estamos empatados.

Lo importante es que estamos llegando a un acuerdo.

¿Entonces qué?

¿Vamos a ser padres?

-Vamos a ser padres.

(RÍEN)

-Qué fuerte.

¿Y ahora me haces un favor?

Coge a esos desvalijadores de pisos y los machacas bien "machacaos".

-Vale.

-¿Papá? ¿Mamá?

-Pero ¿no habías dicho que no estaban en casa?

-Ya. Es que vivo con un médico y con una policía,

y ahí hay cambios de turno, urgencias y de todo.

-Que si están, no me importa. Ya te dije que me cayeron muy bien.

-Ya, pero no te dará igual pasar la tarde con mis padres

que pasarla conmigo a solas, ¿no? -No, claro que no.

-Porque con mis padres hay cosas que no podemos hacer.

-¿Como cuáles? -Déjame que piense...

-O sea, que me has subido "engañao", no querías buscar nada.

-No.

Menos mal, pensé que ya no te gustaba.

-¿Que no? Ahora verás.

Eres tan bonita.

(Forcejeo)

-Para, para.

-¿Qué pasa? ¿He hecho algo? ¿Estás bien?

Olga, mírame.

Puedes contármelo. No pasa nada.

-Lo siento, de verdad, que soy yo, que no, no puedo seguir.

(GONZÁLEZ FURIOSO) -¡Esto no va a quedar así!

-González, si vas a perder los papeles,

ten la dignidad de hacerlo en un sitio donde no te oigan.

-¡Tú no me vas a dar lecciones de dignidad!

¡Eres lo más rastrero que he conocido!

-Estás sacando las cosas de quicio.

Los hermanos Velárdez son buenos clientes...

(GRITA FURIOSO) -¡Mis clientes!

-Tenían un asunto urgente que atender y tú no estabas.

¿Querías que les mandara a casa?

-¡Si ni siquiera has intentado localizarme!

¡Habría bastado una llamada, pero no!

Has aprovechado para reunirte con ellos a mis espaldas.

Sin mi consentimiento. ¡Me has ninguneado!

-Creo que tienes las prioridades confundidas.

He renovado un contrato importante para el bufete.

Es un negocio jugoso. Eso es lo único que me importa.

Perdona por no pensar si iba a herir tus sentimientos.

-¡Eso es mentira! Lo has hecho para humillarme,

como el cambio de despacho. -Supéralo, soy socio de este bufete.

No dejaré escapar un contrato por hacerte sentir

menos incompetente de lo que eres. -¿Cómo te atreves?

Llevo trabajando en este bufete muchos años.

-Tiempo de sobra para demostrar que eres un abogado mediocre.

¿Debo recordarte la demanda millonaria contra García y Morte?

-Eso es un golpe bajo.

Cometí un error, sí, pero la culpa no fue solo mía.

Las circunstancias... -No me cuentes tu vida.

La constructora tuvo que cerrar por tu falta de previsión.

Algo así no volverá a suceder ahora que soy socio de este bufete.

-Ándate con pies de plomo, chaval,

porque yo también pienso utilizar el mínimo descuido en tu contra.

-La diferencia es que desde tu posición

tú apenas puedes estorbarme.

En cambio, yo puedo exigir tu cabeza cuando me dé la gana.

Y me da igual el cariño que te tenga Marcelino.

Le obligaré a echarte. Sabes que lo haré.

Y ahora, déjame solo.

(SUSPIRA)

(SUSPIRA)

(TOSE)

-Un señor muy cabreado me ha dicho que estabas aquí.

-Es González, un tipo realmente mediocre,

que no soporta que nadie brille a su lado.

-Por lo que veo, también a ti te ha afectado.

-No me encuentro bien.

-Ha debido ser una discusión de las gordas.

-Una tontería, pero estoy indispuesto desde esta mañana.

Yo creo que he pillado algo.

Algún virus o... Me duele todo el cuerpo.

Llevo aguantando todo el día, pero no puedo más.

Lo siento, pero necesito acostarme.

-Pobre. Bueno, no tienes fiebre.

-Siento que te hayas puesto tan guapa para nada.

-No digas tonterías, ya iremos a cenar otro día. No pasa nada.

Eso es lo último que me preocupa. ¿Qué clase de persona crees que soy?

-Pues una chica preciosa a la que acaban de dar plantón.

-Enfermo y todo sigues siendo mi chico.

Y pienso acompañarte a casa.

-Sí, por favor. No tengo fuerzas ni para llegar al coche.

-Bueno, yo acerco el mío al portal, ¿vale?

¿Aguantas aquí? -No, mejor bajo contigo.

No quiero ni pensar en cruzarme con Marcelino ahora.

-Venga.

-Oye, mejor, ¿podríamos pasar por el centro de salud?

-Pero ¿tan mal te sientes, Sergio?

-Me acaban de dar unas náuseas y...

-A ver si es algo que has comido.

-No, no he tenido tiempo ni para comer decentemente.

Además, me duele desde esta mañana.

-Vamos a casa, que lo que necesitas es beber mucho líquido.

-Me vas a tener que ayudar.

(OLGA) Pensé que nunca iba a salir viva de ese zulo.

-Qué fuerte, estoy flipando.

-Me impresiona que no hayas oído hablar del violador de la máscara.

Salió en los periódicos durante un montón de tiempo.

Aquí en el barrio había una psicosis. -Ya me imagino.

Yo no estaba en Madrid por aquella época. Así que...

-Era como vivir una pesadilla.

-Si te llega a hacer algo... -Mi madre lo impidió.

-Los tiene bien puestos tu madre.

Ahora no la voy a mirar con los mismos ojos.

-Y a mí, ¿me vas a mirar con los mismos ojos

después de saber lo que me pasó? -Olga, escúchame.

Ahora me gustas todavía más.

-¿Y eso?

-Porque sé que eres valiente, y eso me encanta.

Porque somos dos supervivientes

y hemos tenido mucha suerte de encontrarnos.

-Sí, esto se lo hago a otro chico y se enfada y sale corriendo.

-Te has bloqueado, normal.

En tu situación, es todavía incluso más normal.

No tengo prisa, Olga.

Así que cuando tú creas que estás preparada,

lo volvemos a intentar.

-Gracias.

Y lo siento, porque de verdad que me apetecía.

-No, y además lo que se hace esperar luego se disfruta dos veces más, ¿no?

-Tampoco serás de esos que quieren esperar hasta el matrimonio, ¿no?

(RÍEN)

(Se abre puerta)

-A ver, ya hemos llegado.

-No has debido traerme aquí, Elena.

-Tú no estás para quedarte solo en casa.

Desde luego que no.

Deberíamos haber ido al hospital.

Me encuentro fatal.

-Oye, ¿no estás exagerando un poquito?

Venga, túmbate, anda.

(QUEJIDOS)

(RESOPLA)

-No sé, quizás ha sido por una tapa de ensaladilla rusa.

-Pues mira, ¿ves? Ahí lo tienes.

Pero tú, tranquilo, una ensaladilla nunca ha matado a nadie.

-¿Seguro? -Seguro.

-No me gusta ser una carga.

No quiero.

-Pero ¿cuántas veces te he dicho que no eres una carga?

Será un placer cuidar de ti.

¿Sabes que estuve a punto de estudiar Medicina?

-Menudo cuerpo se hubiera perdido la policía.

O sea, menuda policía...

Dios... Estoy delirando.

(RESOPLA) -Sergio...

Tú déjate de piropos, que te tienes que reponer.

Toma.

Que te sentará bien, tómatelo.

(QUEJIDOS)

(Ruido al tragar)

(QUEJIDOS)

-Gracias.

(RESOPLA)

(EN VOZ BAJA) -Túmbate.

(SUSPIRA)

(RESOPLA)

-Hola, Reny. ¿Qué tal tu primer día de trabajo?

-Estaba loco por que llegaras ya.

-Con todo el papeleo que hay que hacer...

Primero, el asesor, Seguridad Social, Hacienda...

Y trámites que todavía me quedan. Pero mañana será otro día.

-Mari, yo lo siento que...

estás molestándote tanto con mis problemas.

-¿Qué molestias ni qué molestias? Lo quiero hacer todo legal

y eso requiere un montón de papeleo.

-Es que no tengo claro que vaya a seguir trabajando aquí.

-¿Y eso? Chico, el primer día ¿y ya te estás arrugando?

-Yo ni me arrugo ni me canso.

A mí no me importa romperme el lomo trabajando las 24 horas del día.

Pero no voy a quedarme en un sitio

donde no se me quiere, ¿tú me entiendes?

-¿Por qué dices eso?

-Esa camarera tuya, que no soporta la competencia.

La envidia la come por dentro.

No ha hecho otra cosa que humillarme

y hacerme quedar mal delante de los clientes.

que se ha empeñado en hacerme parecer un inútil.

Y uno puede necesitar el trabajo desesperadamente,

pero lo que no puede hacer es...

-¿Qué? Porque me parece muy fuerte. Tienes un morro...

-¿Viste?

Yo solo le estaba contando lo que ha "pasao".

Estás más pendiente de mí que de los propios clientes.

-Pues sí, para mi desgracia.

Porque estás por ahí, en vez de en tu puesto de trabajo,

que es la cocina.

-Si yo lo que quería era ayudar y no te acabas de dar cuenta.

Soy un poco inquieto, Mari, lo sé, pero eso no es nada malo.

Al contrario. -A ver. No ha sido buena idea

dejaros a los dos solos en tu primer día de trabajo.

Los comienzos son difíciles.

Y tú acuérdate, Salima, que cuando tú empezaste

también eras un poco torpe. -María, sí, tienes razón.

Pero yo al menos hacía lo que me decías.

O lo intentaba. -Y yo no.

-Venga, ya vale de discusiones.

Salima, ponte a hacer la caja,

que tengo muchísimas ganas de cerrar. Estoy "reventá".

-Voy. ¿Y ves? Yo sé acatar órdenes.

(RESOPLA) -Ni que esto fuera el ejército, la pinga de...

-Tú también, Reny, tenle un poquito de paciencia,

que Salima tiene mucho carácter.

-Yo no me había dado cuenta, Mari.

-Pero ¿dónde está?

-¿El qué?

-El billete de cien euros.

Un hombre pagó con un billete de cien porque no tenía cambio

y, como comprenderéis, no he podido olvidarlo.

Y no está.

Has sido tú. -¿El qué?

-María, él lo ha cogido.

-Vamos a ver, Salima, tranquilízate un poco, ¿eh?

-Que yo no he "cogío na", ¿eh? -Ya.

Encima de ladrón, mentiroso. -Dejaos de discusiones.

-Es que esto me parece muy fuerte.

-Lo que es fuerte es que hoy mismo

se te ha perdido un billete de cien euros.

María, yo te lo juro por mi abuela Manuela, que en paz descanse,

que está enterrada en Guadalajara, que este que está aquí

no ha cogido un billete de esa caja.

-Que sí, que yo te creo. -Ya.

Porque tú crees todo lo que él te dice, ¿no?

-Vamos a dejar la discusión aquí, ¿eh?

Mañana lo hablamos con más calma, seguro que hay una explicación.

-Está bien. Si no me necesitáis,

me voy a mi casa, que tengo cosas que hacer.

-El gran Sergio Mayoral.

Siempre presumiendo de ser más listo que nadie.

Mírate ahora.

Te tengo justo donde quería.

Hola, mamá. ¿Qué tal?

Bien. En la comisaría bien, muy a gusto.

Sí, los compañeros son estupendos, la verdad.

Oye, ¿has ido a ver hoy a Isabel?

Vale, yo me pasaré mañana.

Claro que sí, mamá, no hay que perder la esperanza.

Un beso. Buenas noches.

-Lo de anoche fue muy feo. -Que era un billete de cien euros.

Que yo lo vi. -Mira, niña, solo te digo

que yo no tengo nada que ver con eso.

-Vamos a ver, seguro que la explicación es muy sencilla.

Pero tú no puedes acusar a un compañero así.

-¿Dónde están los contratos que debía firmar

con los hermanos Velárdez?

-Me pareció entender ayer que ahora eran tus clientes.

De hecho, ¿no dijiste que ibas a salvar el negocio,

que estaba todo atado y bien atado?

-Así es. Solo falta el trámite de la firma.

-Pues lo siento, pero no te puedo ayudar.

-¿Has dado orden a los pasantes de que me saboteen en esto?

-¿Y si dejamos de preocuparnos por lo que vendrá después

y nos centramos en la parte divertida?

-Tienes razón. No sé qué hacemos aquí

tomando un café pudiendo procrear como locos.

-¿Lo has hecho alguna vez en unos lavabos?

-¿De un bar de menú? Ni de coña.

No concebiré a mi hijo en los baños del bar La Parra.

-¿Qué ha "pasao"? -Anoche de madrugada parece ser

que encontraron a uno de los nuestros

en el baño de un restaurante de carretera

muerto por una sobredosis, eso ha pasado.

-Vaya cagada. ¿Qué llevaba el camión?

-¡Yo qué sé lo que llevaba el camión! Eso deberías saberlo tú,

que para eso te pago. -Tranquilo, don Fernando.

"Tenemos algo contra Quintero. Vente pitando y te lo cuento".

Encontremos el camión antes que la policía.

-Imposible, ya es tarde para eso. Se lo han llevado.

Si han encontrado al conductor muerto por sobredosis.

Dentro de nada los vamos a tener husmeando por aquí.

-Chica, me estás colmando la paciencia.

Yo no sé lo que te pasa a ti conmigo.

Primero, me acusas de ladrón.

Y ahora me mandas limpiar la mierda de los baños.

-Si no quieres limpiar, no limpies.

Pero dile a María que lo ponga en tu contrato.

Seguro que por ser tú, no te lo tiene en cuenta.

-Yo ya sé lo que te pasa a ti. Sí, tú estás celosa.

¿Qué hacéis en mi despacho?

Creemos que por fin le tenemos.

A Quintero. Ha cometido un error.

Acaba de traerlo un mensajero.

-Gracias, Míriam. -De nada.

-¿Qué pasa? ¿Malas noticias? -Sí.

Cosas del trabajo, una notificación.

-Ese broche era muy querido por Carmen.

-¿Hace falta que me lo recuerdes?

Yo se lo regalé. Lo que sí te reconozco es tu valentía

para seguir molestándonos con los recuerdos de Carmen.

-Eres tú el que estás viniendo a buscarme aquí.

Desde que mis negocios vuelven a estar en tu bufete,

sabes que no he vuelto a poner ni un pie allí.

-Eres cliente de Sergio.

-Todavía no me explico cómo llegaste a cambiar de opinión

para admitirlo en tu bufete.

-Eso no es asunto tuyo.

-¿Seguro, Marcelino?

-Cuando terminé mi turno, oí gritos en el despacho de Quintero.

Entré a ver y estaba el viejo de Alicia "supercabreao".

Estaban a esto de llegar a las manos.

¿En serio? Si no llega a ser por mí, se canean.

¿Mi padre? Tuvieron una buena discusión.

Según Jairo, casi llegan a las manos.

¿Puedes encargarte tú del papeleo del robo?

La rabia que tengo no se me va a pasar de un día para otro.

-¿De qué estás hablando?

-Eres un miserable.

  • Capítulo 126

Servir y proteger - Capítulo 126

25 oct 2017

La inspectora jefe Miralles es la policía más veterana de la comisaría del Distrito Sur. La inspectora Alicia Ocaña se incorpora a la comisaría. Ambas son el eje en torno al que gira la vida personal y profesional de sus compañeros y los casos policiales que afectan al barrio.

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