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No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 483 - ver ahora
Transcripción completa

Te prometo que hablaré con ella cuando regrese.

Pero necesito un poco de tiempo hasta tomar la decisión definitiva.

¿Me guardas el secreto? -Está bien.

Pero decídete pronto o yo le contaré

toda la verdad a Celia. No puedes jugar con los dos.

¿Por qué no le dices que se vaya a otro sitio?

¿A otro sitio? No puedo hacer eso.

Está pasando por un mal momento. No pienso darle la espalda.

Además, Julio es un hombre nuevo y yo también.

Tengo responsabilidades y las asumo.

Estoy en casa de un amigo. O mejor dicho,

en la de su mujer y sus hermanas, que también viven allí.

Voy a llamar a la policía.

-¿Qué hace? ¡Siéntese! -Déjela.

-¡No vuelva a ponerme las manos encima!

(TOSE) ¡Fuego! ¡Hay fuego! ¡Rápido, salid!

¿Qué está pasando con tanto grito?

¿Qué haces tú aquí? ¿Qué haces aquí?

¿Qué ocurre? ¿Por qué hay tanto humo?

Hay fuego en la casa. Rápido, salid.

¿Cree que me importa un bledo que Rodolfo Loygorri muera?

Una rata menos. -No le consiento

que hable así de él. -Por supuesto que me lo consentirá.

Me va a consentir eso y mucho más.

Mira, Julio, creo que lo mejor para todos es que te vayas.

Hoy mismo, sería perfecto.

Si sigue comportándose de una forma tan provocadora,

tan amanerada, lo único que va a conseguir

es que alguien le dé una paliza y no me gustaría

que tú estuvieras con él cuando eso suceda.

Es como si dieras por hecho que va a ocurrir.

Anda ya, Velasco. Tú y Celia ya habéis pasado por eso

y erais mucho más discretos que él. Por eso me preocupa.

Apenas llevo un día aquí y la echo tanto de menos.

Me extraña que todavía no haya venido a verte.

Iré a verla, a ver qué es lo que ha pasado.

Por Dios, qué susto, no sabe usted la angustia

al entrar en la cocina y encontrar todo ese humo.

Menos mal que Salvador logró apagar el fuego.

Sí, bueno, pero, con la ayuda del Dr. Loygorri.

Desde luego, pero, Salvador no dudó en meterse primero dentro,

doña Rosalía, no me lo niegue.

Estoy muy orgullosa de mi marido,

qué mal lo hemos pasado.

Pobres.

Y lo dices así, con una sonrisa en la boca.

No, lamento mucho lo que ha pasado, pero, todos estáis bien, ¿no?

Y yo tengo una noticia maravillosa que daros.

Bueno, pues, suéltela de una vez que nos tiene en ascuas a las dos.

Doña Rosalía, hoy, las ascuas ni me las nombre.

Está bien, lo digo:

Me caso.

¿No decís nada?

Con Gonzalo. Pues, claro que con Gonzalo.

Bueno, ¿qué?, felicitadme.

(AMBAS) Felicidades.

¿Y cuándo será el enlace?

Hoy, en la capilla de El Escorial,

Sofía y Carlos son los testigos.

¿Cómo que hoy?

Sí.

Es muy romántico, ¿verdad? No, es una locura.

Ya estamos Pero, si ni si quiera le conoces.

Su hermana tiene razón, a qué tantas prisas,

sería bueno que en esta ocasión esperaran un poco de tiempo

e hicieran las cosas bien.

Es que no me hace falta esperar, Gonzalo es el amor de mi vida.

¿Otro?, porque ya has tenido varios.

Y qué dice su padre a eso porque no creo que don Ricardo...

Don Ricardo me dio su aprobación.

Ánimas del purgatorio,

la enfermedad debe haber afectado a ese hombre.

¿Y en qué trabaja Gonzalo? No, aún no tiene trabajo,

acaba de terminar sus estudios en Boston.

Ah, de modo que sin oficio

ni beneficio, ¿y de qué vive ese muchacho?

Pues, hasta ahora, de su madre o de Cándida.

¿Qué doña Cándida?

Pues, la única que conoces.

¿Qué...?

¿Está usted diciendo que Gonzalo,

el joven del que me hablaba

el otro día es hijo de... de esa alcahueta?

Sí.

Estás de broma. No, no estoy de broma.

Ay, Dios santo.

Ay, pero, tranquilas, a Gonzalo

tampoco le gusta el oficio de su madre,

de hecho, ya no se habla con ella.

Ah, magnífico, ya no se habla con ella, y hasta ahora vivía

a costa de ella, ¿me quiere usted decir

de qué va a vivir a partir de ahora,

de qué van a vivir ustedes dos, criatura?

Doña Rosalía, a Gonzalo, con sus estudios,

no le costará encontrar trabajo

y, hasta entonces, está mi padre, tranquilas.

Saldremos adelante.

Elisa, mi amor, yo estoy contenta

de verte tan feliz y convencida, pero,

¿no te parece todo un poco precipitado?

Ah, claro,

porque la precipitada de aquí siempre soy yo.

No, no es eso.

¿No?, te casaste en una capilla perdida de la mano de Dios,

en secreto y de un día para otro,

¿eso no es precipitado?

Doña Rosalía, dígaselo, ¿es o no es precipitado?

Salvador me secuestró.

Ah, claro, que te secuestró

y secuestrada diste el "sí, quiero",

algo muy maduro y adulto por tu parte.

Llevábamos mucho tiempo

enamorados y teníamos claros nuestros sentimientos.

¿Y nosotros somos niños atolondrados

que no saben lo que quieren?

Mira, de verdad, no sé qué haría sin los consejos de doña Rosalía

y de mis hermanas mayores.

Tenías que haber visto las llamas. Parecía el jardín de Satanás.

Por la maldita caldera, que llevaba días averiada.

Gracias a Dios, no pasó ninguna desgracia.

-Sí. -A mí nadie me quita el susto.

No entro en esa cocina, a no ser que esté doña Rosalía.

Gracias a Dios, no ha pasado ninguna desgracia,

tú bien lo has dicho. -Sí. Pero eso no es todo.

-¿Es que ha pasado algo más? -¿A qué no sabes

quién andaba por ahí, medio desnuda?

Si no es por el incendio, no nos damos cuenta.

-No sé. Como no me lo digas. -Marina.

-Eso no puede ser. -No puede ser pero es,

porque yo la vi con mis propios ojos.

¿Pero qué hace allí esa desgraciada?

Salía del dormitorio de don Julio. Ya te lo puedes imaginar.

Yo no lo entiendo. Un hombre tan elegante,

tan apuesto, acostándose con ese bicho.

Y eso que yo ya me estaba haciendo ilusiones con él.

Bueno, a ver, Elpidia,

es que tú y tus ilusiones sois caso aparte,

a saber por qué te hiciste ilusiones esta vez.

Porque me piropea, a ver,

que si alumbro las estancias, que si mi cocina, mi simpatía.

¿Pero, no ves que hay hombres que son así rijosos con todas?

No, porque a Merceditas no se lo dice

y a mí me hace ojitos.

Ahora que sé que se acuesta

con esa, pues, yo... me olvido de él.

¿No?

A mí, lo que haga ese hombre me trae sin cuidado.

Ya, pero, Marina...

Es que esa mujer mató a mi hermano.

Espero que Diana ande prevenida porque seguro que trama algo

y nada bueno.

¿Y esta cara?

No gano para sustos, primero, la caldera,

y, ahora, mi hermana Elisa que dice que se casa.

Pero, que se casa hoy,

esta misma tarde, como quien se toma un café.

Esta muchacha no va a cambiar.

¿Y con quién se casa?

Con un buen partido,

Gonzalo, el hijo de Cándida.

¿La dueña del burdel? Sí, la dueña del burdel.

Y ya que hablamos de burdel, hoy he hablado con tu amigo Julio.

Pues, no sé qué tiene que ver él con ese lugar.

¿Más allá de traer a Marina a casa y pasar la noche con ella?

Le he dicho que se tiene que ir.

Sé que lo que hizo no estuvo bien, pero,...

No hay peros que valgan, Salvador,

se tiene que ir de casa y a poder ser, hoy mismo.

No es justo, él no sabía con quién se metía en la cama.

Sí, no lo sabía y aún así, la trajo a esta casa

como si esto fuese una pensión de mala muerte.

Seguro que él no quiso, ella le manipuló, ya la conoces.

De pensarlo, se me revuelven las tripas.

A saber cuál era la intención de Marina en esta casa.

Lo importante es que ella ya no está aquí

y, Julio, pues...

No tuvo que traerla ni a ella ni a ninguna otra.

Hablaré con él. Por supuesto que hablarás con él,

al parecer no le pareció suficiente que yo se lo dijera.

Parecía Pedro, el de la bodega.

No importa lo que diga la señora hasta que no lo diga el señor.

Está bien, le diré que se vaya de casa,

pero, démosle tiempo.

¿Tiempo? Sí, para que busque otro sitio.

Muy bien, dile que tiene toda la tarde para buscar.

Cariño... No quiero que pase

una sola noche más aquí.

Está bien.

Estás radiante. Mi padre ya nos dio su bendición.

Así que ya tenemos el equipaje listos para irnos a El Escorial.

Me alegro. Solo espero

que no os hayáis echado atrás.

Yo, no.

Qué bobo, ni yo tampoco, seremos vuestros padrinos.

Cómo me alegra poder contar con vosotros.

Ojalá pudiera decir lo mismo de Diana.

¿Qué te ha dicho?

Que va todo muy deprisa, que no sabe si Gonzalo me conviene,

en fin, lo de siempre,

parece que le contrariase verme feliz.

Bueno, le da miedo que te equivoques,

quiere protegerte.

Pues, que no me proteja tanto, que no me deja respirar.

Ya, cuando vea que estamos bien juntos y que nos queremos

de verdad, verás cómo las cosas cambian

con Diana y espero que, también, con mi madre.

Sí, seguro que sí.

Bueno, ¿no estáis nerviosos?,

dentro de poco seréis marido y mujer.

Yo, lo que estoy es muy feliz.

Y yo.

Bueno, si está todo listo, nos vamos, ¿no?

Cuando queráis.

Me ha dado un buen puñetazo.

Eso sí, me ha pillado por sorpresa.

Hombre, muchas gracias.

No, si siento mucho lo que te ha ocurrido, pero,

esta historia me hace mucha gracia.

O sea, un muchacho me da un puñetazo y te hace gracia.

No, eso me pone los pelos de punta, pero,

me hace gracia que ese

tipo pensara que eres el novio de Cata.

Hay que estar muy ciego para no ver que trabajas en otro negocio.

Pues, me ha hecho daño y, además, no se nota tanto.

Bueno, para brutos como tus compañeros de trabajo

o ese Andrés, no lo noten,

pero, para mí está más claro que el agua de un balneario.

¿Y siendo policía

no deberías denunciar a ese energúmeno?

Que lo castiguen, que aprenda la lección.

No, bastante tiene ya con que Cata lo haya dejado

y en capilla, como se suele decir.

Allá tú.

Además, no quiero que Cata tenga problemas legales

o que ese muchacho tome represalias contra ella.

Me conformo con que sepa que Cata y yo somos novios.

¿Sabes que eres una persona muy bondadosa?

Si tú lo dices.

Espera,

esto te vendrá bien.

No, no, cuidado.

Intentaba aliviarte.

Deberías ser más discreto, estamos en un lugar público

y lo último que tenemos que hacer es llamar la atención.

Pero, todo esto es ridículo,

no hacemos mal a nadie, ¿por qué tenemos que escondernos?

¿Por miedo? Sí, tú lo has dicho,

hay demasiadas personas que no entienden que dos hombres...

Pues, que hablen.

¿Y si hacen algo más que hablar?. nos podrían hacer lo que sea.

No se puede vivir con miedo.

No es miedo, es prudencia.

Por favor.

Gracias.

Está superada por lo de Rodolfo,

todo esto no es fácil. Hay algo más, no se trata de eso,

acababa de llegar y ya quería que me fuera.

Blanca, a mí, no me parece tan extraño.

Pues, a mí, sí que me parece extraño.

Si cuando le dije que volvería con la niña me dijo que no.

A Amalia le ocurre algo. Claro que le ocurre algo.

Rodolfo se está muriendo, ¿cómo quieres que esté?

Estará destrozada, como es natural.

Pero no me pareció la actitud típica de una mujer

preocupada por su marido. No fue ni a verle al hospital.

Irá. Blanca, irá, no tengo la menor duda.

Ayer le dije que quería acompañarla a ver a Rodolfo al hospital

y me dijo que no. No es solo su actitud,

es también la de la criada. Casi se me echa a llorar.

María lleva mucho tiempo trabajando allí.

Aprecia mucho a mi hermano.

Es que no... no era tristeza, era...

era miedo.

Está bien. Supongamos que hay algo más.

¿Qué podemos hacer?

Habrá que esperar a que Amalia te lo quiera contar

cuando lo considere oportuno.

Supongo. Trata de entenderlo, Blanca.

Démosle tiempo.

(SUSPIRA)

¿Qué haces aquí? Ya te estás marchando de mi casa ahora mismo.

¿Es que no me has oído?

Me iré cuando te haya dicho lo que he venido a decirte,

ni un segundo antes.

Ya sabes cómo me las gasto cuando me desobedecen.

¿Sabes que tienes un hijo muy generoso?

Olvídate de mi hijo. Vete.

¿Has hecho demasiado daño y no quieres que te lo devuelva?

Ah...

A ti, desde luego, no... no ha salido.

Lo habrá sacado a su padre.

Porque Ricardo Silva tiene muchos defectos pero,

desde luego, es una persona generosa.

¿Cómo lo sabes?

¿Qué más da cómo lo haya averiguado?

Qué calladito te lo tenías.

Tanto, que ni siquiera tu hijo y don Ricardo lo saben, ¿a que no?

Por eso te opones tan vivamente a ese matrimonio.

Y esta vez te vas a cuidar mucho de decirle nada a nadie.

Tranquila, mujer, que tu secreto está a salvo conmigo.

Además, no hará falta,

porque estoy segura de que lo descubrirán por ellos mismos.

Aunque algo me dice que lo van a descubrir demasiado tarde.

¿A qué te refieres?

Ahora mismo, tu hijo va camino de El Escorial con Elisa Silva.

¿Y a que no sabes a qué van a El Escorial?

A casarse.

Esta misma tarde, serán marido y mujer.

-Eso no es cierto. -Ah...

Por desgracia, sí que lo es.

Pero, claro, como ellos no saben que son hermanos.

Ay, los arrebatos de la juventud...

No te creo.

Sé muy bien de lo que hablo, querida,

yo le sugerí a Gonzalo que se casara lo antes posible.

(Se oyen pasos acercándose)

¡Menuda pinta traes!

A juego con la tarde.

He perdido hasta la camisa en una timba.

Está visto que tú no tienes enmienda.

-Les he dicho que ahora volvía. -Justo lo que no te conviene.

Salvador, necesito que me prestes dinero.

Tengo el pálpito de que me va a cambiar la suerte.

Lo siento, pero yo no te puedo prestar más dinero.

Vamos, hombre, no seas aguafiestas y ráscate el bolsillo.

O, mejor aún, vente conmigo.

Seguro que, entre los dos, desplumamos a esos pardillos.

No puedes derrochar tu dinero, y menos el de los demás.

Ah, cualquiera que te oiga...

Pareces un tipo cabal y responsable.

Es lo que intento hacer cada día.

Tú deberías hacer lo mismo, asumir responsabilidades

y hacer cosas de provecho. -¡No digas bobadas!

Y lo mejor que puedo hacer para ayudarte,

es decirte que te vayas de casa, para que no vivas a la sopa boba.

Estarás de broma.

-No. -Ah...

(RÍE) Ya comprendo.

Eso no es cosa tuya, ¿verdad?

Tu mujer te ha calentado la cabeza. -¿Y qué?

Esta vez, sí estoy de acuerdo con ella.

Todo esto es por la Marina esa, ¿no?

Vamos, hombre, yo no sabía quién era esa fulana

hasta que la traje a casa, tienes que creerme.

Y te creo, Julio, te creo.

No la traeré nunca más, te doy mi palabra.

Ni a ella, ni a ninguna, ni es lo que queréis, lo prometo.

Lo siento, pero la decisión ya está tomada.

Por tu mujercita.

Por mi mujer y por mí.

Tendrás que irte de esta casa mañana por la mañana.

-¿Mañana por la mañana? -Sí. Ya lo has oído.

-Vamos, Salvador, no me hagas esto. -Julio, lo siento.

Espera un momento, Salvador.

¿Por qué no nos vamos a tomar una copa

y hablamos de este asunto más tranquilos?

Julio, no.

Vamos, Salvador, nada de timbas, solo hablar un rato.

Yo me voy a meter en la cama.

Y tú deberías hacer lo mismo.

Uf...

Ah...

(SUSPIRA)

(SUSURRA) ¿Cuánto tiempo piensa tenernos así?

Si al menos supiésemos qué es lo que quiere.

Pero ni siquiera eso tenemos claro.

(SUSURRA) María, este hombre está loco.

Creo que quiere acabar con todo, con su vida y con las nuestras.

Si no lo ha hecho ya es porque está reuniendo el valor.

Quiera Dios que no, hay que hacerle entrar en razón.

Quizá usted pueda, señora.

-¿Yo? -Sí, usted. Está obsesionado.

Si usted se lo propone, puede que igual le convenza.

Pero es un demente. Ni yo ni nadie vamos a convencerlo de nada.

Entonces algo tenemos que hacer.

Ojalá pudiera decirte qué, pero no lo sé.

-Tratar de huir y escapar. -¿Cómo? Nos va a matar.

Si seguimos aquí, nos matará de todas formas.

Si intentamos huir, al menos podemos intentar sobrevivir.

Hay esperanza.

Pero, María, ha cerrado todas las puertas con llave.

Escúcheme, tengo una idea.

Le voy a pedir permiso para ir al cuarto de baño

y voy a intentar salir por la ventana.

O, al menos, avisar a alguien.

Ah...

-Don Luis, ¿podría ir al cuarto...? -¿Adónde cree que va?

¿Qué estaban cuchicheando? -Cosas de mujeres.

No jueguen conmigo, no merece la pena.

Una tontería y "pum".

(RESPIRA ALTERADO)

Ah...

¿Pero qué te pasa? Vienes descompuesta.

Dime dónde están Gonzalo y Elisa, tú tienes que saberlo.

¿Por qué no empiezas por sentarte e intentas calmarte?

¿Que me calme? Acabo de saber de que se van a casar hoy

y no lo puedo permitir. -Tienes que aceptarlo.

Están enamorados y son felices, ¿por qué no van a casarse?

-No pueden casarse. -Claro que pueden.

La única persona que se opone a que estén juntos eres tú.

Y, de hecho, no está en tu mano impedirlo.

-No lo entiendes. -No hay nada que entender.

Debes respetar la decisión de tu hijo,

es mayor para saber qué hacer y con quién casarse.

(TOSE) -Por favor, dime dónde es la boda,

te lo ruego. -Ah, ¿y de qué te serviría?

A estas ya se habrán convertido en marido y mujer.

Eso no se puede evitar.

Dios mío...

No...

¿Sabes una cosa? Estoy empezando a estar harto de esta actitud tuya.

¿Acaso mi hija Elisa te parece poca cosa para tu Gonzalo?

El que sale ganando con la boda es él.

Ya sé que mi hija ha dado sus bandazos,

no seré yo quien lo niegue,

pero se ha convertido en una gran mujer,

heredera de mi fortuna.

Y, lo más importante, su amor por tu hijo es sincero.

No se trata de eso, Ricardo.

¿Pero de qué se trata entonces?

De que también son hermanos.

Son hijos del mismo padre.

¿Por qué me mira así?

Yo no la estaba mirando.

Claro que me miraba.

Pero siga mirando.

¿O es que no se siente con derecho a hacerlo?

No juegue conmigo.

Antes ha dicho que yo le pertenezco.

¿O es que hablaba por hablar?

Ah, ya sé lo que pretende.

Cree que así me voy a ablandar y las voy a dejar marchar,

a cambio de sus favores, ¿eh? Qué poco me conoce.

Y usted... usted tampoco me conoce a mí.

Me estoy ofreciendo a cambio de nada.

No la entiendo.

Verá, don Luis, mi marido lleva mucho tiempo enfermo.

Y yo le quiero con todo mi corazón.

Pero yo soy una mujer ardiente y usted...

usted está muy necesitado de cariño.

Acérquese, ¿eh?

¿Qué es lo que intenta?

¿Es que no lo sabe?

Siéntese aquí, por favor.

-No voy a soltar la pistola. -Nadie ha dicho que lo haga.

Dígale que se vaya del salón.

¡Tú, vete!

Vete a la cocina hasta que yo te avise.

-No. -¿Cómo dices?

No voy a dejar que abuse de la señora.

-¡Vete ahora mismo! -No, señor.

María, vete, por favor, vete ahora mismo.

Nadie está abusando de nadie, ¿verdad?

Somos dos adultos llegando a un acuerdo.

Vete. Y ni una palabra de esto a mi marido.

(Se oye un golpe a lo lejos)

-¿Qué ha sido eso? -No lo sé, pero siga.

¡Ah!

(Se oye un disparo)

(AMALIA) Ah...

¿Pero cómo has podido hacerme una cosa así?

-Por eso me oponía a la boda. -La boda...

Estamos hablando de mi hijo.

¿Por qué todos se empeñan en ocultarme que tengo hijos?

Cuando supe que estaba encinta, ya nos habíamos separado.

No tenía por qué ser algo definitivo.

Quizá no. Y yo tenía esperanza en que no lo fuera.

-¿Entonces? -Entonces me enteré de que

te habías marchado a América.

Quise tener a mi hijo y lo tuve.

Siempre me he ocupado de él, lo he sacado adelante yo sola.

Cuando tenía que hacer algo que no quería hacer,

pensaba en que lo hacía por él y era más fácil.

¿Y nunca te preguntó quién era su padre?

Muchas veces.

Pero no quise decírselo, ¿para qué? Si tú no ibas a estar a su lado,

¿qué sentido tenía decirle quién eras?

Si me hubieses contado que esperabas un hijo mío,

jamás me hubiese ido de Madrid.

Pero yo no tenía mucha fe en tu amor, Ricardo.

Cuando volvimos a vernos hace unos meses,

estuve tentada a contártelo muchas veces, de verdad.

Pero entonces enfermaste y...

yo no le quise hacer pasar por ese dolor a Gonzalo.

No, no le quería hacer pasar por el dolor de perder a un padre.

Lo siento, pero ya nada de esto tiene remedio.

Por desgracia.

Ahora solo importa el presente.

Tus dos hijos son hermanos y no lo saben.

Y se acaban de casar.

Merceditas, quiero tomar un café antes de dar vueltas.

-Chis, baje la voz. -¿A qué viene este secretismo?

¡Que baje la voz le digo! Pase, pase.

¿Para qué me has traído hasta aquí?

¿Comprende ahora?

(Se oyen ronquidos) Sé perfectamente que tendría

que haberse ido ayer, pero creo que tu actitud es desproporcionada.

Merceditas, cuando se despierte le diré que se vaya

y aquí no ha pasado nada. -No, no se trata de su amigo.

¿Usted no echa nada en falta por aquí?

¿Por aquí?

¡Ay, santo Dios!

¡Santo Dios, el cuadro, Merceditas!

-¿Te parezco desproporcionada? -¡Te has quedado corta!

¡Ah, Dios! Ve a por un café, lo va a necesitar.

¡Julio! -Baje la voz.

Chis... Julio.

Julio, sé que te haces el dormido, ¡deja de fingir ya!

(GRITA) ¡Julio! -Ah, ¿qué pasa? ¿Qué pasa?

¿Qué pasa? Oh... -Lo primero,

¿se puede saber qué haces aquí? Ayer te eché de casa.

-Cogí las llaves sin que lo vieras. -Ya...

-¿Y lo segundo? -Lo segundo...

-Siempre que hay un "lo primero", hay un segundo.

Cuando te dejé aquí, estaba el cuadro

de mi difunta suegra colgando de esa pared.

¿Se puede saber dónde está? -¿Por qué me preguntas a mí?

Porque necesitas dinero y te conozco.

-Salvador, yo... -Julio, no me mientas.

Está bien, está bien.

Lo tomé prestado para que fiasen dinero

y poder entrar en la timba, ya te dije que estaba en racha.

-¿Y se puede saber dónde está? -Uf...

Pues se ve que no estaba tan en racha como creía.

Y lo perdí.

¿Lo perdiste?

Ah...

Ni te imaginas en el lío en el que me has metido.

(Llaman a la puerta)

¡Estoy ocupada!

¿Qué haces aquí?

Dios mío, tienes un aspecto horrible.

Te lo digo por las buenas, vete.

No te avergüences, Cándida, si es normal que te sientas así.

Lo que le has hecho a Gonzalo es terrible.

No concibo cómo es posible

que una madre sea capaz de permitir semejante aberración,

que su hijo se case con su propia hermana.

-Cállate. (RÍE)

No se me ocurre peor castigo que ese.

Y te lo has impuesto tú solita.

Ay, ha sido la mejor de mis venganzas,

ver cómo te destruías a ti misma

y que yo apenas haya tenido que mover un dedo para conseguirlo.

Fuera de mi casa, o te arrastro por los pelos.

No. Si estoy disfrutando como una niña.

Soy capaz de sacar lo peor de ti.

Me da igual que vayas a la Policía,

ya has visto de qué sirven tus denuncias.

Mira, precisamente vengo ahora mismo de los juzgados,

pero no de denunciarte a ti.

¿De qué hablas?

Les he hecho un regalo de bodas muy especial

a la pequeña de las Silva y a tu hijo.

¿Qué has hecho, Marina?

Pues he tenido un detalle con ellos

para cuando vengan de su luna de miel.

Y les he denunciado por incesto.

No tienes pruebas.

Tu hijo tendrá una partida de nacimiento, digo yo.

(RÍE) Mira, de verdad, no te esfuerces en buscarla.

Ya me he encargado yo de adjuntarla a la denuncia.

Y qué clarito ponía el nombre del padre.

El nombre y los apellidos.

¿La has cogido tú? ¿Me la has robado?

Eso qué importa ahora, Cándida, denúnciame si quieres.

No. Esa partida no es cierta.

Yo era una madre soltera que necesitaba el nombre

de un padre para que el párroco bautizara a mi hijo.

Y elegí uno al azar, solo es eso. -Ay, Cándida, déjalo.

Eso no hay quien se lo crea.

Y, mira, te aconsejo que reserves tus fuerzas para el juicio,

porque hay una investigación policial abierta

y tú tienes todas las de perder.

(GRITA) ¡Fuera de mi casa!

(SOLLOZA)

Empecemos por saber quién lo tiene. ¿Contra quién perdiste el cuadro?

Eh, no lo sé, Salvador.

Solo sé que era galerista o...

A ver, ¿no puedes pensar en algo para poder dar con él?

No sé, el nombre de la galería, sus apellidos,

alguna amistad que le acompañase, ¡algo!

-No tengo ni idea. -¡Por Dios, Julio, piensa un poco!

-Espera, espera, espera. -¿Qué?

Dijo que volvería esta noche a la timba a probar suerte.

-¿Esta noche? -Sí.

(AMALIA LLORA)

Tenemos que llevar a María a un hospital, o llamar a un médico

para que la atienda como es debido.

Después, después. -¿Después de qué?

-Después de ensayar. -¿Qué?

He encontrado estas partituras.

No sabía muy bien a qué vine y ahora sí.

(RÍE) -Ah, don Luis...

María está muy mal.

Estoy intentado cortar la hemorragia,

pero no sé cuánto tiempo aguatará así.

Son las canciones que íbamos a ensayar...

antes de que usted se fuera. (GRITA) ¡Luis!

¡Hay que hacer algo!

No podemos dejar a María morir así.

¡Ah, Dios! ¡Dios mío!

Ah... ¡Ella sola se lo ha buscado!

¡Le advertí, les advertí a las dos!

Ella es la única responsable de su situación.

Tenga piedad, por favor.

Yo ya he sido clemente con ella.

La podía haber matado, en cambio, le disparé en un hombro.

Y ahora la abandona y... y la deja para que se desangre.

No, ¿no se da cuenta? Va a morir.

¡Oh...! Tiene razón, tiene razón.

Tengo que matarla. (RÍE) Tengo que matarla.

Debo matarla. He de acabar con ella

como las mujeres que me han traicionado.

¡Lo que más odio es la traición!

Ah... -¡Olvídate de María!

Y de las otras.

Los traidores no merecen ni un minuto de tu tiempo.

Dedícate a mí, ¿eh?

Céntrate en mí.

¿Quieres...? ¿Quieres que cante para ti?

¿Eh? ¿Es eso?

Ah, solo si te esfuerzas.

Eh, siempre lo hago cuando canto para ti.

¿Quieres ensayar?

Esta es la que más se adecúa a tu voz. Ven aquí.

Gracias.

Y recuerda los ejercicios que te enseñé.

Haz un par de respiraciones muy, muy profundas.

Gracias por avisarme tan rápido sobre esa denuncia.

No, no, si ya me figuro quién la ha puesto.

Sí, ya sé que es difícil, pero buscaré

al mejor abogado de Madrid en ese tema. Eh...

Tengo que dejarte. Llámame cuando sepas algo nuevo.

Gracias.

Padre. (RÍE)

-¿Se encuentra bien? -Ah, me encuentro perfectamente.

Pero... tengo que hablar con vosotros.

Pues ahora no tenemos nada de tiempo.

Gonzalo se ha olvidado su partida de nacimiento en Madrid.

¿Qué le parece? -Ya te he pedido disculpas.

No sabía que hacía falta. -Pues ahora ya lo sabes.

Para casarse es indispensable. -Un momento...

¿Eso significa que no os habéis casado?

-No, aún no. -Por eso tenemos prisa,

hay que solucionar lo de mi partida de nacimiento pronto

y volver a El Escorial. -Y casarnos.

Me temo que eso no va a ser posible.

¿Por qué no os sentáis?

Tengo que deciros algo muy importante que debéis saber

y que os ayudará a entender muchas cosas.

Por favor.

Entonces, le dije a Julio que tenía que madurar,

asumir responsabilidades y buscar un trabajo

para no depender de sus amistades. -Ni de la paciencia de sus esposas.

Sí. Y también le dije que mi...

que nuestra generosidad tenía un límite.

Y que se había sobrepasado y se tenía que ir de casa ya.

-¿Y cómo se lo tomó? -Pues ya te puedes hacer una idea.

Pues yo me alegro, no te voy a engañar.

Un día más con Julio en esta casa haciendo de las suyas

y te juro que no respondo. -Ya.

Pero, por suerte, todo eso ha acabado.

Sí.

¿Adónde te crees que vas? -Pues a coger un bollo.

No quiero ir con el estómago vacío a la fábrica.

-¡Ah, buenos días, señora! -Buenos días, Merceditas.

Eh, quería que me aclarara unas dudas que tengo

sobre la compra de hoy, ¿es buen momento?

Voy a comer algo y ahora te respondo, ¿vale?

¿Por qué no vamos a una terraza a tomar un almuerzo?

Hay mucho que celebrar, invito yo.

Ah, me parece muy buena idea,

pero tengo que hablar con Merceditas.

¡No, no, por mí no se preocupe, no tengo prisa!

Ya lo vemos en otro momento. Usted vaya, vaya al Continental.

-Bueno, pues vamos. (MERCEDITAS RÍE)

-Ah... -¿Dónde está el cuadro?

-¿El cuadro? -Sí, el cuadro de mi madre.

¿Por qué no está colgado?

Ah, cariño, todo esto tiene una explicación.

¿Verdad, Merceditas? -¿Eh? Sí, claro, claro.

(DISIMULA) Por supuesto que sí. (RÍE)

¿Y cuál es esa explicación?

-Pues, eh... Merceditas... -¿Eh?

(CARRASPEA) La explicación.

Ah... pues... pues...

Resulta que el marco del cuadro...

lo rompí yo mientras lo limpiaba. -Ah...

Lo llevamos a arreglar, claro.

Pero yo ya se lo dije al Sr. Montaner, ¿eh?

Entonces, lo he llevado a reparar y no quería decirte nada

para no disgustarte, pero el cuadro...

el cuadro está de vuelta hoy. -¿El lienzo está bien?

el lienzo está perfectamente, es solo el marco.

-La pintura está intacta. -Merceditas...

-¿Sí? -Sí, sí, perfectamente, señora.

Bueno, me quedo más tranquila entonces.

Vamos a desayunar, que me muero de hambre.

-Sí. -Luego hablamos.

Elisa, Gonzalo,

esa boda... nunca se va a poder celebrar.

Ah...

Porque sois medio hermanos.

Cándida era la única que lo sabía.

Por eso quería impedir por todos los medios que os casarais.

Y yo, de haberlo sabido, no hubiese consentido jamás

que llegaseis tan lejos.

Por fortuna, el destino ha jugado a nuestro favor

y no os habéis casado.

¿Eso significa que usted...?

Sí.

Soy tu padre.

Lo único que quiero es una vida normal

y sencilla a tu lado y verte feliz

con nuestros niños, los que siempre soñamos.

¿O no te acuerdas ya de nuestros sueños?

-Sí que me acuerdo. -Tendremos preocupaciones,

como todo el mundo y vendrán problemas, sí.

Pero esos no van a venir por mi parte.

Porque te prometo que lo único que quiero, es hacerte feliz.

Señoras, caballeros, escúchenme.

Necesito ahora toda su atención.

A continuación, voy a recitar un poema dedicado

a una persona muy especial para mí.

¿Sabes dónde está Salvador?

Lo estoy buscando por toda la casa y no hay ni rastro.

Cuando lo vea, me va a oír.

Estoy harta de sus mentiras, harta.

Me resulta muy duro verlo así. Y a mí también.

Tengo que hablar con Amalia. Ya sé que ella no quiere

que me meta en sus asuntos, pero no sabe que está tan grave.

Habla con ella, por favor. Yo también creo que es lo mejor.

(Suena el timbre)

Luis, tengo que abrir, si no, van a sospechar.

Estoy dispuesta a ayudarle económicamente

con sus problemas de liquidez, como usted los llama,

y a pagar todas sus deudas siempre y cuando usted

se comprometa a ayudarme a mí.

Quiero que mate a Marina.

Creí que habías dejado atrás tu pasado de timbas y apuestas.

¿Se te ocurre alguna idea mejor

para recuperar el cuadro? -Comprarlo.

Lo he intentado por las buenas y no quiere. Volveré a la mesa.

No, no, no. Además, viene gente.

No, Simón. Simón, compórtate.

Simón, no.

No.

¡Vete!

¡Por favor! ¡María!

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Seis Hermanas - Capítulo 483

12 abr 2017

Las hermanas Silva son el alma de las principales fiestas de la alta sociedad madrileña de la época, en el Madrid de la segunda década del s.XX

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