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No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 481 - ver ahora
Transcripción completa

Algo te pasa, porque he releído tus cartas más de mil veces

y en ellas me confesabas que no podías estar

más tiempo separada de mí.

Andrés, por favor, déjame tranquila.

Su hija Elisa me ha robado el corazón.

Es por ello que le pido permiso para cortejar a Elisa.

Y que ella decida si soy digno de su amor.

Sólo puedo decir que doy mi consentimiento.

Yo le he mostrado mi arrepentimiento y ella...

me ha dado la espalda,

ni siquiera se ha dignado a escucharme.

Dese usted cuenta que no es la primera escena

que le monta a la Sra. Loygorri.

Es normal que esté enfadada. -No, no, no.

Ha sido por culpa de Blanca Silva

que se ha entrometido.

Si consigues que me ingresen en el hospital

Amalia podrá seguir con su vida.

A Amalia no le va a gustar esta idea.

Me da igual que no le guste la idea,

es lo que más le conviene.

Tu amas a Celia, ¿no?

Sí.

Lo que tienes que hacer creo que está bien claro.

Tienes que romper ese compromiso con Andrés.

Reconozco que su descaro,

que al principio me horrorizaba,

ha terminado por seducirme.

Acuérdate de lo que acarreó para ti el que se hablara

sobre tu posible homosexualidad.

Sí, sí. Lo sé, lo sé.

Pero es que me siento muy vivo.

Seguro que todo lo que hizo lo hizo por su bien.

Si quisiera mi bien

no se opondría a mi relación con Elisa Silva.

¿Con... con Elisa Silva dice?

¿Tú conoces a un tal Julio Peñalara?

Julio Peñalara. Sí, sé quién es.

Yo no lo conocía hasta ahora.

Ten cuidado con el tipo, Diana, es un vividor de cuidado.

Aquí está.

(LEE) Partida de nacimiento de Gonzalo,

hijo natural de Cándida Fortún y...

Ricardo Silva.

Maldita sea mi suerte.

Dios.

Eh, eh, ¿dónde vas?

No puedes hacerme esto.

¿Esto?, tú te has vuelto loco, no tengo dinero,

estoy sin blanca, Julio.

Puedes hacerme un pagaré, tengo un buen presentimiento,

sé que nos cambiará la suerte.

Ya hemos gastado bastante dinero.

No pienso seguir apostando.

Eh, no voy a abandonar la partida y mucho menos, ahora.

Pareces un enfermo.

No permitiré que los próximos

que se sienten a esa mesa, se aprovechen de mi buena racha.

¿Buena racha?

Acabamos de perder muchísimo dinero,

recapacita, por favor,

y vayámonos, que no quiero que Diana me mate.

¿No piensas en otra cosa que no sea tu mujercita?

¿Y en qué quieres que piense, en gastar más dinero?

Podemos ganar.

Sí, mira, le he mentido a mi mujer diciéndole

que íbamos a las bodegas,

la dejé tirada en la cena

y gastamos mucho dinero, suficiente por hoy.

No te reconozco. Pues, mejor así,

porque no quiero volver a ser el de antes.

¿Te dejas hundir por una mala mano?

No sé cómo me he dejado convencer por ti.

Cuando ganábamos, no te quejabas tanto.

Puede que a ti esto se siga gustando, a mí, no,

soy padre de familia y la vida nocturna, ya no.

Vamos, Salvador, solo te pido una mano más, ¿vale?, una.

¿Ganemos o perdamos?

Solo una, ganemos o perdamos, directos a casa.

Te doy mi palabra.

Está bien.

Gracias, Salvador, eres un amigo,

te aseguro que no te arrepentirás,

te devolveré todo el dinero que me prestes.

Bueno, señores, ¿vamos?

No hay moros en costa. ¿Estás seguro?

Puede que esté borracho, pero, no ciego.

Si Diana se entera que estuve toda la noche de juerga,

me arranca la piel a tiras.

Calzonazos. ¿Tanto miedo le tienes a tu mujercita?

Mejor no buscarse líos con una mujer de carácter.

Déjame que hable con ella, yo se lo explico todo.

Diana debe estar en la fábrica y tú chitón.

Bueno, vamos a tomarnos la última copa

para celebrar una gran noche.

Yo he bebido suficiente por una buena temporada.

Así que buenas noches.

Por el amor de Dios, Rosalía, qué susto me ha dado.

Pues imagínese usted el mío

cuando he oído su voz aquí abajo.

¿No debería usted estar en los viñedos, señor?

Sí. Sí, pero no... no...

No estamos, ha habido un...

ha habido un cambio de planes,

un pequeño inconveniente, es todo.

Ya, ya imagino qué tipo de inconveniente ha habido.

Qué quiere que le digamos,

nos gusta bebernos ya el vino embotellado.

¿Y tú por qué no te callas?

(RÍE)

¡Debería darle vergüenza, un padre de familia

borracho como una cuba! ¡Y a estas horas!

Si estuviera aquí doña Diana...

Pero no está.

Y usted es una empleada muy muy discreta. ¿A que sí?

No, Rosalía...

Rosalía es mucho más que una empleada.

Gracias, señor.

¿Cree usted que me podría guardar el secreto?

No me gusta esconderle nada a doña Diana.

Pero tampoco quiero

que se organice un 2 de mayo en esta casa.

Gracias, Rosalía.

¡Gracias, gracias, gracias!

Por Dios, señor, compórtese usted.

Sí.

Yo le guardaré el secreto...

si usted se compromete a buscar a alguien

que arregle lo de la caldera.

¡Todavía estamos sin agua caliente!

Por supuesto, sí, lo arreglaré.

Pero antes voy a descansar y luego haré esa llamada.

No tarde.

No tarde.

Por lo que se ve la noche ha sido toledana.

Ha llegado la flor de esta casa.

¿Desea algo más el señor?

¿Unos almohadones para sentarse cómodamente?

¿Qué le arropemos con una mantita

y le cantemos una nana?

No, yo con un café solo bien cargado me conformo.

Yo se lo preparo. Enseguida.

Pero qué atenta y "resalá".

Se merece que le pongan un piso en Lavapiés como poco.

(RÍE)

Es usted tremendo, don Julio.

(RÍE)

(SUSPIRA)

¿Entonces cuándo me puedo ir?

Si quieres ahora mismo.

Ya tienes habitación.

Gracias por todo. De nada, hombre.

Cristóbal. Amalia.

No sabía que estabas aquí. ¿Quieres un café?

No. No, gracias.

Es que no puedo entretenerme mucho.

Sólo he venido a darle a Rodolfo la noticia.

¿Qué noticia?

Su ingreso en el hospital.

Ya está todo listo. Cuando queráis.

Rodolfo, ¿no le has contado nada?

Era mejor así.

Rodolfo, no pienso permitir que te vayas a ningún lado.

Te he estado cuidando todo este tiempo.

Y lo voy a seguir haciendo hasta que te recuperes.

Lo hemos hablado cien veces. -No.

No quiero ser una carga para ti.

No, cariño, nos casamos en lo bueno y en lo malo,

en la salud y en la enfermedad.

Y pienso cumplir mis votos te pongas como te pongas.

Será mejor que os deje solos para que podáis discutir.

No hay nada que discutir, Cristóbal.

La decisión está tomada.

No pinto nada en esta casa ya.

¿Pero por qué?

¿Por qué?

¿Qué es lo que pasa?

Estoy harta de mentiras y de medias verdades.

Sé que me ocultáis algo y lo quiero saber ahora mismo.

Cristóbal.

Cariño, cuando me viste cantando en el Ambigú

te juré que jamás te volvería a mentir.

Y así ha sido.

Espero lo mismo de ti.

¡Por favor!

Un segundo, enseguida le atiendo.

Tengo todo el tiempo del mundo.

¿Qué quieres?

A ti, y por eso he venido a hacer las paces.

Pues no estoy segura de querer aceptarlas.

Dame un tregua, por favor.

Sé que no estuvo bien cómo me comporté el otro día

cuando me pediste un poco de tiempo.

Necesito que me perdones.

Hay cosas que no se olvidan fácilmente, Andrés.

Estaba ansioso por casarnos

y por empezar una vida común en Valencia.

Y pensaba que tú también.

No deberías haber dado nada por sentado.

He aprendido la lección.

Y te prometo que voy a tener paciencia.

¿Seguro? -Claro.

Organizamos la boda con tranquilidad.

Y cuando lo tengamos todo listo

nos casamos y nos vamos a Valencia, ¿eh?

¿Qué te parece?

¿Me perdonas?

¿Cómo puedo negarme?

Ya verás cómo no te arrepientes.

Andrés.

Esto no es lo que yo te había dicho, no...

Es que lo que me pasa es que tengo tantas ganas

de estar contigo a solas que te veo

y me cuesta un montón refrenar mis impulsos.

¿Es que a ti no te pasa? -Sí que me pasa.

Pero estamos en mi puesto de trabajo

y cualquiera podría vernos.

Lo siento, chiquitina, si tienes razón.

Pero es que no me he dado cuenta.

Guapa.

Aquí están. Muchas gracias, Elpidia,

estas torrijas huelen de maravilla. A ver si te gustan,

las hice unas con vino, otras con miel.

Ambas me gustan.

Pues, a disfrutarlas, que seguro te sentirán mejor

que todo el güisqui que te bebías.

Elpidia, espera un momento,

mira, estaba...

estaba pasando por un mal momento.

Ya, ya lo sé.

Aún así, eso no justifica que te tratara tan mal,

sobre todo, cuando intentabas ayudarme.

Por eso, te quiero pedir perdón.

Ya está olvidado.

Bueno, después de aguantar mi mal genio, es todo un detalle

que me trajeras estas torrijas tan estupendas.

Qué le vamos a hacer, somos familia, ¿no?

¿Dónde está tu madre? La animé a dar un paseo,

llevaba todo el día encerrada

pendiente de mí.

El aire fresco le sentará bien.

Creo que fue a la parroquia de Santa Inés, organizaban

una lotería benéfica para recaudar fondos

para cambiar a la santa, parece que le entró carcoma.

No me dijo nada y sabe que soy devota de ella.

Bueno, se le habrá olvidado.

Lo que está es en babia desde lo de don Luis.

¿Qué pasa con ese? Desde que toca en el bar,

están doblando la caja, menuda está tu madre.

Como loca.

Pero, ¿cómo, con Luis?

¿Y estás así por mí?

Por la blenorragia que me contagiaste.

Esto es lo que querías, ¿no?

¿Conocer la verdad? Bien, pues esta es la verdad.

Rodolfo.

¿Es cierto, Cristóbal?

Sí.

¿Y por qué yo no estoy así?

Porque tú ya no tienes el virus, Amalia.

En el caso de Rodolfo estaba latente

y ha vuelto a manifestarse de forma devastadora.

¿Te vas a morir por mi culpa?

Sí, Amalia,

me voy a morir por tu culpa.

Y lo quiero hacer a mi manera, en el hospital.

Lo siento, pero cada vez que te veo...

Te lo recuerdo, ¿no?

Cada vez que te cuido,

cada vez que me acerco a ti,

te recuerdo que estás así por mi culpa.

Así es.

¿Y ahora que lo sabes todo vas a oponerte

a que me vaya al hospital?

Ven, Cristóbal.

Ayúdame. Vámonos de aquí.

Vamos.

Permíteme.

Vamos.

(LLORA)

Marina.

Ah, pensé que ya no vendría.

Lo siento, tenía que pasar por el banco.

Aquí tiene.

Con esto tendrá suficiente para pagar la pensión

este mes y el que viene.

No sé cómo agradecérselo.

Si no fuera por usted

ahora mismo estaría tirada en la calle.

Es lo menos que puedo hacer

después de cómo la ha tratado mi madre.

Espero que tenga suficiente

hasta que encuentre un trabajo digno.

No tenga la más mínima duda.

Y ahora será mejor que se marche.

Seguro que tiene cosas mejores que hacer.

No diga eso. -Es la verdad.

¿O es que no preferiría estar ahora mismo con la Srta. Silva?

Esta tarde he quedado con ella.

Va a presentarme a unos amigos suyos.

Imagino que se tratará de los señores de Terán.

Sí. ¿Los conoce? ¿Debo preocuparme?

Sólo si no quiere nada serio con ella.

Si ella se los presenta será porque busca su aprobación.

Espero que sean más tolerantes que mi madre.

¿Todavía sigue oponiéndose?

Me temo que sí.

Lo lamento mucho.

No se merece lo que le está pasando.

No quiero perderla.

Pero no estoy dispuesto a dejar a Elisa.

Tarde o temprano tendrá que aceptarlo.

Sólo espero que hasta que llegue ese momento

su relación con ella no se vea afectada.

No tiene de qué preocuparse.

¿Y si Elisa no tiene la paciencia suficiente

para aguantar esta situación?

¿Por qué lo dice? -A mí no me gusta inmiscuirme

en la vida de las personas, pero le voy a ser franca...

Estoy segura de que la oposición

de su madre acabará por afectar a Elisa.

No veo por qué. Elisa sabe que la quiero.

Demuéstrele a Elisa

que su relación está por encima de todo,

incluso de su madre.

¿Cómo?

Benditos hombres que no se enteran de nada.

Pues no hay prueba de amor más grande

que pasar por el altar.

¿Casarnos? -Claro.

Es un poco pronto.

Apenas acabo de empezar a cortejarla.

Cuanto antes mejor. Ella se lo agradecerá.

(RÍE)

Piénselo. ¿O quiere arriesgarse a perder a Elisa para siempre?

¿Qué?

¿Pero... cómo se les ocurre dejarla sola?

¿Han llamado a la Guardia Civil?

¿Y cómo quiere que me ponga?

Espero, claro.

Claro, espero, qué remedio me queda.

Pero en cuanto sepan algo me llaman inmediatamente, ¿eh?

¿Pero qué ha pasado, muchacho?

Que se ha perdido mi Raimundita.

Se les ha perdido a mis padres.

¿Cómo ha sido eso?

Se la han llevado al monte a por leña.

Se les despisto un momento

y cuando se dieron cuenta ya no estaba.

Estará jugando por ahí cerca y no se han dado cuenta.

Ya, ¿pero y si no aparece? ¿Y si le pasa algo?

Que en el monte hay mucho peligro.

Hay zorros, hay lobos, hay...

No quiero ponerme en lo peor.

No te pongas en lo peor. ¿Qué dice la Guardia Civil?

Que la están buscando. Y yo que me espere.

Y aquí me tiene a mí de brazos cruzados.

Pues avisa a Merceditas, ¿no?

¿Merceditas?

Sé que estás haciendo todo esto pensando en el bien...

pensando en el bien de Amalia y en el bien de todos.

Pero te estás equivocando al apartarla de tu lado.

Aún recuerdo cuando éramos críos.

Eras el valiente.

Más bien el bruto.

Una vez te enfrentaste a unos muchachos

bastante mayores que tú que me habían robado

el hatillo de la escuela. ¿Te acuerdas?

Me dieron una paliza que estuve dolorido una semana.

Aún recuerdo la cara de madre cuando te vio llegar,

sangrando y con la ropa hecha jirones.

Pronto me reuniré con ella.

Espero que no tenga que esperar mucho.

Escúchame, me temo que madre va a tener que esperar

mucho tiempo para encontrarse contigo.

¿Me oyes?

Y eso te lo prometo yo.

No lo voy a permitir.

Pues Gonzalo suele ser bastante puntual.

No sé qué le habrá pasado.

No sé, igual le ha surgido algún imprevisto.

No hay nada más importante que esto.

Y le dije que no llegara tarde.

Con la familia que tiene suerte tendremos si aparece.

Sofía, me prometiste que no hablarías de eso.

Aún no ha llegado, ¿no?

Oye, es joven viene hacia aquí.

Siento el retraso. Me ha surgido un imprevisto.

¡Gonzalo!

Ellos son mis amigos.

Los señores de Terán, Sofía y Carlos.

Encantado.

Elisa me ha hablado mucho de ustedes.

Ah, espero que bien. -Por supuesto.

Perdón por el retraso, pero tengo un motivo para ello.

Pues espero que sea bueno.

Porque no hay nada peor que hacer esperar a unas damas.

¿Te parece suficiente que me haya detenido

a comprarte un regalo? -¿Un regalo?

Qué nervios.

Pero ábrelo, venga.

¡Un anillo!

Es precioso.

Hay que reconocer que tiene buen gusto.

Te equivocas de dedo.

Este anillo va aquí.

Este es el dedo de...

del anillo de compromiso.

Lo sé.

Elisa Silva, ¿quieres hacerme el honor de ser mi esposa?

Huy, hijo, ¿qué haces aquí?

Te hacía en la calle paseando. ¿No habías quedado con Velasco?

¿Y esa cara de funeral?

¿Qué pasa? ¿No estás contento?

Es la primera vez que vas a salir desde el accidente.

Sí, es cierto, algo que le ha venido muy bien a usted

durante todo este tiempo. -¿A mí?

¿Pero qué dices? Si me he desvivido porque te recuperaras antes.

Si no es por mí, sigues más tieso que el palo de una escoba.

Es verdad, deberíamos celebrarlo.

Yo creo que saldré a dar un paseo hasta el Ambigú,

para ver cómo están las cosas, ¿qué le parece?

Bien, muy bien. Eh...

Si te parece, voy yendo yo y te preparo una merienda.

No, no, ya he merendado.

Iremos juntos. -Como tú quieras, hijo.

¿No crees que sería mejor que diéramos un paseo por el Retiro?

Así te da el sol, el aire, respiras mejor...

¿Mejor para quién? ¿Para mí o para usted?

-No te entiendo, hijo. -¿No?

¿Cuándo pensaba decirme que Luis trabaja en el ambigú?

(SUSPIRA) ¿quién te lo ha dicho? -¿Eso le preocupa?

¿Cómo ha podido hacerlo después de todo lo que me hizo?

A ver, que solo toca el piano en el café a cambio de propinas.

Yo no le pago nada. -Ah, bueno, si solo es

a cambio de propinas... -Se puso de rodillas suplicándome

y yo no supe qué hacer, no tenía nada.

-Debía haberlo echado a patadas. -Ya lo sé.

Sé que no lo hice bien, pero es que me dio pena.

No tenía dónde ir y, además, la verdad es que desde

que él y Amalia actúan en el café, el negocio va mucho mejor.

¡Que le den al negocio!

Por su culpa estuve en la cárcel a punto de morir.

¿No se acuerda de lo que he sufrido?

¿Cómo quieres que lo olvide?

¿Entonces por qué se ha compadecido de él?

Él me hubiera echado a los perros. -Ya lo sé.

Pero ya ha llegado el momento de pasar página.

A ver, tú también le hiciste daño, le robaste a su mujer.

No era suya. Me da igual, échele.

Es que me da pena, no tiene adónde ir.

Nadie quiere contratarle y...

Madre, se lo advierto, o le despide

u olvídese de que tiene un hijo, ¿me ha entendido bien?

-¿Qué me dices? -Sofía, igual deberíamos irnos

y dejar que hablen tranquilos. -¿Cómo vamos a perdernos esto?

No, no se vayan. Sé lo importantes que son para Elisa.

Me gustaría que estuvieran presentes en este momento.

Desde la primera vez que te vi, sé que eres la mujer de mi vida.

No quiero que nada ni nadie se interponga en nuestra relación.

Elisa Silva, ¿quieres casarte conmigo?

Sí.

Enhorabuena. Os deseo que seáis muy felices.

-Gracias. -¿Y para cuándo fijaréis la fecha?

Pues en unos seis meses,

que es lo mínimo para preparar una boda en condiciones.

Es demasiado, hay que celebrarla cuanto antes.

Mañana si es preciso.

¿Mañana? (RÍE)

¿Te has vuelto loco? -Podríamos fugarnos a El Escorial,

allí hay una capilla donde nos casarían sin papeleo previo.

No nos daría tiempo a invitar a nadie.

No necesitamos a nadie.

Solos tú, yo... y los padrinos.

¿Nos harían el honor de ser nuestros padrinos?

Cuente con ello.

Piénsalo, haciéndolo así no tendríamos que dar explicaciones.

-Una boda secreta. -¿Qué te parece?

Quiero hacerlo.

Antes hablaré con mi padre. -Claro.

No quiero casarme sin su bendición.

-Como quieras. -Si a mi padre le parece,

mañana seremos marido y mujer.

¿Pero...?

¿Dónde están los trabajadores?

Eh, están fuera en su hora de descanso. ¿Pasa algo?

Me gustaría reunirlos para hablarles de los cambios

que habrá desde ahora. -Voy a llamarles.

-Bien. -Antes, si me permite,

me gustaría preguntarle cómo está don Rodolfo.

Cristóbal lo ha ingresado en el hospital.

-¿Es que está peor? -Está muy grave.

¿Y les va a decir algo?

Desde que supieron que Rodolfo estaba mal, están muy nerviosos.

No hacen más que preguntarme qué va a pasar si ocurre algo.

No deben preocuparse, el trabajo no peligra.

Disculpe que se lo diga pero,

dadas las circunstancias, es difícil de creer.

Rodolfo me ha dejado a cargo de la fábrica mientras está enfermo.

Tengo pleno consentimiento para hacer lo que crea necesario.

Eh, no es el presente lo que les inquieta, sino el futuro.

Y, si le soy sincero, a mí también.

-¿Qué quiere decir? -Pues que...

Bueno, pues que si a don Rodolfo le pasa algo, Dios no lo quiera,

la fábrica pasaría a manos de su esposa, doña Amalia.

Pero Amalia es una buena mujer,

hará lo que sea para sacar la fábrica adelante.

No lo discuto, pero doña Amalia no sabe nada de negocios.

Por mucho que pretenda preservar el legado de su marido,

yo creo que venderá la fábrica.

Bueno, en ese caso, yo intervendría para que nadie saliese perjudicado.

Discúlpeme, señora, usted está aquí de paso

y no tiene autoridad para hacer una cosa así.

Lo sé, pero Amalia confía en mí, tendrá en cuenta mi opinión.

Benjamín, la fábrica no va a cerrar, confíe en mí.

Siempre lo he hecho y nunca me ha defraudado.

Pues no hay más que hablar.

Avisa a los obreros, se lo explicaré a ellos también.

¿Pero cómo no me puede poner con la Guardia Civil de Cangas?

Señorita, se me ha perdido mi niña, necesito hablar con ellos.

¿Ha comprobado que no hay ninguna libre?

Yo no la estoy acusando de no saber hacer bien su trabajo,

que deja bastante que desear... ¡Oiga!

Oiga, oiga, ¡oi...! ¡Oiga!

(RESOPLA) -¿Con quién hablabas?

-Ah... -¿Te ha comido la lengua el gato?

Raimundo, ¿pero quién te tiene tan alterado?

Un proveedor que no me sirve a tiempo.

¿Tú qué haces aquí?

-Pues he venido a saber de la niña. -¿Qué niña?

Ah, ¿que tú tienes más hijos regados por el mundo

aparte de Raimundita? -No, no, claro que no.

Eh... nuestra niña.

-¿Come bien? -Sí.

-¿Duerme bien? -Sí.

¿Y se hace a vivir con tus padres?

Sí, claro, por supuesto, son sus abuelos.

Eso no es garantía ninguna.

¿Lo dices porque lo preguntaste o lo piensas tú?

Merceditas, ¿por quién me tomas?

Hablé con ellos esta mañana, dicen que todo va bien.

Perfectamente, de hecho.

Ya te puedes ir tranquila, que yo tengo mucha faena,

no puedo perder el tiempo así. -No te preocupes, no molesto más.

¡Eh, eh, eh, eh...! ¿Qué haces?

Voy a llamar al pueblo,

quiero que Raimundita escuche mi voz

para que no se olvide de mí. -No, ¡no puedes!

-¿Por qué? -Porque no, porque no.

A esta hora estará durmiendo la siesta, mujer.

Por intentarlo no pierdo nada.

-¡No, no, no, no! -¿Pero qué haces?

A ver, Merceditas, que no me acordé de decirte antes,

me dijeron que se iban a la casa de la tía Estrella a hacer jabón.

-¡Raimundo, deja de mentir!

¿Por qué no me has dicho que se había perdido?

Yo no... que... cómo... Benjamín. ¡Ha sido Benjamín!

Se lo dijo a Rosalía y le faltó tiempo

para irte con el chisme. -¿Se lo dices a Benjamín

y no me lo has dicho a mí? -¿Y cómo lo sabes?

Esto me parece increíble.

¿Nuestra hija se pierde y es lo único que te importa?

¡Eh, no, no! ¡Eso sí que no!

No me trates como si no tuviera sentimientos.

Estoy muy agobiado por lo que le pueda pasar.

Pues, para tu suerte, te diré que ha aparecido.

Y está bien. -¿Y cómo lo sabes?

Porque unos vecinos llamaron a mis padres.

La encontraron caminando sola por el monte.

Llorando.

Pobrecita mía.

(LLORA) Es que... si no llega a ser por esos vecinos,

sabe Dios qué le hubiera pasado a nuestra niña.

-¿Y ahora dónde está? -Pues con mis padres, Raimundo.

No iba a estar con los tuyos,

-que no han sabido cuidarla. Claro.

No sé cómo has podido ocultarme algo así.

Yo es que no quería alarmarte sin necesidad, estaba seguro...

¡No mientas, Raimundo!

No me lo has contado por miedo.

Es verdad, no te lo conté por miedo a cómo reaccionaras. ¿Contenta?

¿Tú a mí me ves contenta con lo que ha pasado?

Mira, Raimundo, no voy a permitir que mi hija

vuelva a vivir con tus padres. -De acuerdo.

-¡Te pongas como te pongas! -Que ya te digo que de acuerdo.

-¿Qué? -Que me parece bien

que vuelva con tus padres,

está visto que los míos no pueden cuidar a la niña.

Que tenías razón, a mis padres solo les preocupa

es el dinero que mandamos para cuidar a la pequeña.

Bueno, por lo menos esto ha servido para que entres en razón.

Espero que sigas pensando así cuando se te pase el susto.

¡Ah!

Acércame la silla, por favor, que no puedo más.

-No, unos pasos más y la alcanzarás tú mismo.

-De verdad... -Venga, eso es.

-Dámela. (VELASCO RÍE) ¿Ves?

¿No es fácil?

Con cuidado. Eso es.

(SUSPIRA CANSADO)

De verdad, creo que hemos andado demasiado para ser el primer día.

Era un trayecto no muy largo y hemos venido muy despacio.

¿Sí? Pues yo me siento como si hubiera alcanzado

la cima del Everest. -Como mucho, los montes de Toledo.

Pero todo se andará, nunca mejor dicho.

Estás muy gracioso tú hoy, ¿eh?

Porque estoy feliz de verte tan recuperado.

No sé qué habría sido de mí sin tu ayuda estos días.

Solo he hecho lo que necesitabas, igual que tu madre.

Bueno, a mi madre mejor ni me la menciones.

¿Por qué?

¿Sabes que tiene a Luis actuando en el Ambigú?

Luis... ¿Don Luis Civantos? -Luis Civantos, lo que oyes.

Se presentó en el Ambigú suplicándole trabajo a mi madre

y ella aceptó. ¡Valiente sinvergüenza!

Aprovecharse así del buen corazón de una buena mujer...

-¿Y qué vas a hacer? -Le puse un ultimátum:

le he dicho que le despida o se olvide de mí para siempre.

-Gabriel... -Ya sé que es duro,

pero no permitiré que ese miserable se ría de mí y en mi cara.

Le quiero lejos de mi vida. Cuanto más lejos, mejor.

No te hagas sangre con eso, tu madre tiene carácter.

Le habrá puesto las cosas claras desde el principio.

-Eso espero. -¿Inspector?

-¡Hombre! -Qué sorpresa verle por aquí.

Eh, Gabriel, te presento a Simón Gorís.

Simón, este es mi gran amigo,

don Gabriel Gutiérrez, conde de Barnos.

-Oh, señor conde... -No hace falta reverencia.

(RÍE) No sabe la ilusión que me hace conocerle.

Es la primera vez que estoy tan cerca de alguien de la nobleza.

Bueno, Gabriel no es de ese tipo de gente,

él viene del pueblo llano. Pero siéntate, por favor.

Pues mucho mejor. Mi familia es francesa.

Y, ya sabe, allí somos más de decapitar a los nobles

que de adularlos, ¿eh? (RÍE)

-¿Quieres tomar algo? -Seguro que tiene cosas

más importantes que hacer que quedarse.

-Se equivoca, nada me produce más placer que estar aquí.

(RÍE INCÓMODO)

Blanca. Justo te estábamos esperando

para salir a dar un paseo. (RÍE)

¿Para dar un paseo? Sí.

Vaya, está dormidita. (RÍE)

Qué bonita es. No puede negar que es una Loygorri.

(RÍE) Blanca, yo no estoy para paseos,

estoy destrozado. Necesito descansar.

Con el traslado de Rodolfo al hospital, ha sido un día duro.

¿Estás bien? Siéntate, siéntate.

Pues... te mentiría si dijera que sí.

Dudo mucho que para Rodolfo vaya a cambiar algo

por mucho que ingrese en el hospital.

Sigue estando grave. No pierdas la esperanza, Cristóbal.

Tú y yo sabemos mejor que nadie que los milagros existen.

Milagros... Ojalá esta vez sea igual.

No entiendo por qué Amalia ha accedido a que

le trasladaran al hospital. No le ha quedado otra.

Mi hermano la obligó. ¿Cómo?

Se hizo el ofendido con ella para apartarla de su lado.

Le acusó de provocar su enfermedad con la blenorragia.

¿Lo que le pasa es por eso? Rodolfo me hizo prometer

que no se lo contara a nadie, pero como Amalia lo sabe,

no tiene sentido callarlo. Yo tuve esa enfermedad,

Rodolfo me contagió y... No tienes de qué preocuparte.

Amalia y tú estáis limpias.

Ninguno de las dos conserváis el virus en vuestro organismo.

Menos mal. Aunque no creo que a Amalia le sirva de consuelo.

Amalia está destrozada, Blanca.

Mañana iré a verla.

Le llevaré a Dolores de vuelta, seguro que le anima verla.

Le vendrá bien.

Y sé que mi hermano piensa en el bien de todos cuando hace esto.

Pero se está equivocando. Ven aquí, mi amor. Ven aquí.

Ven.

Entonces me harto y les digo:

"¿Tienen dos billetes de cinco duros?".

Los señores los sacan y, después de cogerlos, les digo:

"Cuadro vendido. Y vámonos, que son unos pelmazos".

(RÍEN)

Simón, está claro que no todo el mundo tiene tu humor.

(RÍEN) -Bueno, caballeros,

si me disculpáis, yo voy a marcharme.

-¿Por qué tanta prisa? -Estoy cansado, Federico.

Deja que termine la copa y voy contigo.

-Y yo con vosotros. -No, no, por favor.

Por favor, no os preocupéis, de verdad, puedo ir solo.

No, no, ¿te has vuelto loco?

¿Y si te caes o tienes cualquier incidente por el camino?

No hay tanto trayecto de aquí a mi casa, tú lo dijiste.

-No te voy a dejar. -Y me irá bien hacerlo solo.

Así cogeré confianza, no puedo depender siempre de ti.

-A mí no me importa. -Pero a mí sí, ¿vale?

Déjame ir, por favor. -Admiro su arrojo.

Sería un gran personaje para una historia de superación.

Señor Gorís, buenas tardes.

-Déjale ir. -Pero...

-Es él, ¿no? -No sé de qué hablas.

El hombre del que llevas enamorado tanto tiempo.

-¿Tanto se me nota? -No es lo único que se nota.

Hay que estar muy ciego para no darse cuenta

de que no tienes nada que hacer con él.

Siento decírtelo así de claro. -Lo sé, soy consciente.

(RÍE) Si lo fueras, no le estarías guardando luto

como si fueses su viuda.

Dale un poco de alegría a este cuerpo de Adonis.

¡Chis, chis! Cuidado con lo que dices.

Y tú ten cuidado con lo que no haces.

Si no pruebas nada nuevo,

no sabrás si lo que tienes te satisface de verdad o no.

Sé lo que me gusta y lo que no me gusta.

Ojalá todos lo tuvieran tan claro como tú.

O todas. -¿De quién hablas?

Tengo una nueva información para el caso de Cata,

la novia de tu librera favorita. -¿Ahora la espías?

-¡Que no! -Esta mañana iba a ir a la tienda

para ver unos libros, cuando me encontré a Cata

besándose con un hombre. Su soldadito, sin duda.

No, no puede ser. ¿Estás seguro?

Sé lo que es un beso.

Puedo hacerte una demostración. -No hace falta. ¿Qué más viste?

Poco más, no me atreví a entrar.

Pero lo siento por Celia.

Está claro que entre su novia y ese hombre hay algo.

Luis, no le esperaba tan pronto.

Me gusta ser puntual. Y después de la oportunidad

que me ha dado, no pienso defraudarla.

-De eso quería hablarle. -¿Quiere que toque

alguna pieza especial? -No. No habrá más actuaciones.

-¿Pero y eso por qué? -Que yo sepa,

no tengo por qué darle explicaciones.

Recoja sus cosas y márchese.

Pero no puede estar hablando en serio.

¿Cree que tengo cara de guasa?

Vamos, márchese. -No, no. Esto no puede ser.

Vamos. No lo haga más difícil.

Pensaba que estaba contenta con cómo iba el negocio.

-Lo estaba. -Si esto es porque ha bajado

la recaudación desde que Amalia se fue,

hablaré con ella para que vuelva. -No hace falta.

Tomé una decisión y no cambiaré de opinión.

Por favor, tenga compasión. ¿Qué será de mí

si cancela las actuaciones?

Puede tocar en otro local. Este no es el único.

Sí el único en el que me admitieron.

El resto de propietarios saben que estuve en la cárcel.

Nadie quiere contratarme. Es la única que accedió,

demostrando una enorme generosidad. Yo se lo agradezco.

Pensaba que estaba contenta. Por favor.

Déjeme ganarme la vida de forma honrada.

No quiero que trabaje más aquí.

¡¿Qué demonios les pasa a todos ustedes conmigo?!

¡Todos me utilizan para su beneficio cuando les conviene!

Y cuando consideran que ya me han exprimido,

me abandonan como si fuera un perro. ¡Eso no es justo!

¿Pero cómo se atreve a hablarme así?

Yo soy una señora y la dueña de este local.

Y he decidido que usted no trabaja más aquí y punto.

¡Váyase! ¡Fuera!

Está bien.

Me voy. Al fin y al cabo, usted es la jefa.

Pero no diga que no se lo advertí.

Aténgase a las consecuencias.

No puedo casarme contigo, Andrés.

Lo siento mucho, pero no puedo.

¿Es que tú no me quieres?

Te has enamorado de otro, ¿es eso?

Don Luis, apelo a su compasión.

Mi marido está ingresado en el hospital.

Está muy grave. -Eso a mí me da igual.

De aquí no va a salir nadie.

Le prometo que si me deja salir,

volveré a cantar en el Ambigú con usted.

¿Qué pasa, Blanca? No. Nada.

Me sorprende que Amalia no haya venido a verte todavía.

No se lo puedo reprochar, después de decirle

que esta enfermedad es culpa suya. ¿Pero cómo le has dicho eso?

Tenía que alejarla de mí, Blanca.

Tenía que evitarle todo esto.

Cuando no está aquí, la echo tanto de menos.

Acabará con sus huesos en la cárcel. ¿Lo sabe?

Yo no voy a volver a la cárcel.

Si sigue así, lo hará.

Pare, por favor.

Antes, me quitaré la vida.

Después de matarlas a ustedes dos, naturalmente.

No me gustaría coincidir con él.

-¿No te cae bien? -Bueno.

Digamos que me incomoda.

Simón puede ser un poco cargante.

Su amaneramiento, no para de hablar,

está continuamente haciendo bromas.

Pero es buena persona

y es muy divertido. -No lo dudo.

Creo que sus virtudes compensan con creces sus defectos.

(Toses) (ROSALÍA) ¡Fuego!

¡Se ha incendiado la caldera, señores!

¡La caldera se ha incendiado! (TOSEN)

-¿Qué ocurre? -Yo iré a la cocina.

Saca a las niñas y avisa a todo el mundo.

Hay que salir enseguida. -Sí.

¡Fuego! ¡Hay fuego! ¡Rápido! ¡Salid!

¿Qué está pasando con tanto grito?

¿Qué haces tú aquí?

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Seis Hermanas - Capítulo 481

10 abr 2017

Las hermanas Silva son el alma de las principales fiestas de la alta sociedad madrileña de la época, en el Madrid de la segunda década del s. XX.

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