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No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 478 - ver ahora
Transcripción completa

Lo siento.

Sé que nuestro lugar está aquí.

Y que aquí se van a cumplir

nuestros sueños y nuestro futuro.

Los viñedos y la bodega van a estar muy bien con Pedro.

Nos vamos a casa.

Maté a una mujer.

Era muy joven.

Y tenía tres hijos muy pequeños.

Podríamos llevarnos muy bien sin secretos ni malos modos.

Y haríamos de esta casa la mejor de todo Madrid.

¡Fuera!

Te vas a arrepentir de esto.

Se lo pido por favor, déjelo ya.

Por el amor de Dios, ¿no se da cuenta...? ¡Ah!

¿Qué?

¿Has notado algo? -Me ha hecho daño, madre.

¿Daño? ¿Dónde? -Ahí abajo.

¿Aquí? -He notado como un latigazo,

algo que me subía por la pierna.

-Deja que te ayudemos. -Sí.

No solo está en juego la fábrica que levantó mi padre,

sino el pan de muchos trabajadores.

Y no solo eso, también tu salud,

el sustento de tu mujer y el de tu hija.

¿Cuándo empiezas en la fábrica?

Hola, chiquitina.

Andrés...

¿No vas a darle un abrazo a tu novio?

El amor todo lo puede curar.

No, Elisa, el amor no todo lo cura.

Mi marido está vivo, pero... yo lo perdí en esa guerra.

Y no sé si voy a volver a recuperarle.

Cuando hay que actuar, hay que actuar.

No hay excusa que impida a un artista subir a un escenario.

Sabe que a ella le encanta actuar,

pero cuando no se puede, no se puede.

¿Y el público que la espera? ¿Y yo?

¡Qué falta de respeto! -Don Luis, por favor,

póngase en su lugar, no cuesta tanto.

Esto no va a quedar así.

Se os echaba de menos por aquí, Salvador.

Aunque no esperaba vuestra llegada tan pronto.

Hemos dejado los viñedos en buenas manos,

al menos eso es lo que creo.

Diana necesitaba reencontrarse con sus hermanas y con la fábrica.

¿Con la fábrica? Sí.

Rodolfo no puede atenderla.

He estado con él y, la verdad, me ha impresionado mucho verle.

No me extraña. Está muy enfermo, Salvador.

Esta es la principal razón por la que estamos aquí,

para ayudarle con Tejidos Silva. Pues no sabes cómo os lo agradezco.

Ya lo has visto, mi hermano no está, ni mucho menos,

para hacerse cargo de un negocio.

¿Pero tan grave es? Sí.

Y, lo peor de todo, es que el tratamiento no está funcionando.

No sé qué hacer para... para evitar que la enfermedad vaya a más.

Él no quiso darnos ningún detalle, ¿pero se puede saber qué tiene?

Salvador, soy tu amigo, pero también soy su médico.

No debería contártelo. Yo soy su mejor amigo.

Vinimos para ayudarle, sáltate el protocolo.

Está bien, está bien. Padece blenorragia.

Es una enfermedad venérea que ya contrajo hace tiempo

y que se le ha vuelto a activar.

Pero, por favor, te pido que guardes el secreto.

Mi hermano no quiere que Amalia lo sepa.

¿Eso por qué? ¿Se lo contagió Amalia.

Así es. Y no quiere que ella se sienta culpable, ¿comprendes?

Sí, ¿pero entonces Blanca está...? No, no, Blanca está bien.

No te preocupes, ella no está contagiada.

Cuéntame, ¿qué más puedo hacer por Rodolfo?

Mi hermano necesita descansar, pero le vendrá bien tu visita.

Cuando quieras, acércate al hospital.

Se alegrará de verte.

¡Vaya, vaya, vaya! Pero, bueno,

¿es que aquí dejan entrar a cualquiera?

Julio... ¿Julio? ¡No me lo puedo creer!

(RÍEN) -¡Julio!

¡Cuánto tiempo! ¿Cómo estás?

Sobrevivo, Salvador, que no es poco.

La última vez que nos vimos fue en el casino de Montecarlo.

Fue una partida de póker memorable.

Sí, perdí lo poco que me quedaba de la herencia de mis padres.

-¿Y lo bien que lo pasamos? -Perdona un momento.

Te presento. Cristóbal, él es Julio Peñalarga.

Era compañero de la universidad y de la vida.

Encantado, Julio. Igualmente.

Él es Cristóbal, mi cuñado. Marido de la hermana de mi mujer.

¿Te has casado? ¿Tú? ¡Eso sí que es una noticia!

Así es la vida, la gente cambia.

Algún día le contaré lo crápula que ha sido este hombre.

¿Cristóbal qué más? Loygorri.

¿Loygorri? Ajá.

Conozco a su familia, fui uno de los anfitriones

de su madre y de su hermano cuando estuvieron en Suiza.

¿Qué tal se encuentran?

Bueno, mi madre falleció hace un tiempo.

Y mi hermano, bien, bien, ahí sigue con... con sus cosas.

Ah, lamento lo de su madre.

Y dele un abrazo muy fuerte de mi parte a Rodolfo.

Así lo haré. Ahora, si me disculpan,

he de volver al trabajo. Encantado, Julio.

Salvador, te veo en casa. Gracias por todo.

Cuéntame, ¿qué tal estás?

¿Has venido aquí a gastarte tu fortuna en el casino?

Bueno, ya me conoces, Salvador. Ya me gustaría.

Pero últimamente estoy pasando por una mala racha económica.

Julio, lo siento, pero no puedo prestarte dinero.

Acabo de invertirlo todo en un negocio

y me he quedado sin blanca. -Nunca te pediría dinero,

y menos después de tanto tiempo sin vernos.

Aunque quizá si podrías hacerme un pequeño favor.

(SUSPIRA)

(Se oyen pasos acercándose)

Amalia, ay...

Rodolfo se ha quedado dormido.

Igual que Dolores. A veces pienso que tengo dos niños en vez de uno.

(RÍE) Bueno, con toda la medicación que se está tomando,

lo normal sería que se pasara todo el día durmiendo.

Se me hace tan raro verle así.

Pues imagínate cómo estoy yo.

Era tan inquieto y tan activo, y ahora verle así...

Amalia, a mí la que me tiene preocupada eres tú, ¿eh?

¿Yo? Pero si estoy perfectamente. Bueno, estás demostrando

ser la esposa más entregada y que más quiere a su marido.

(RÍE) Ven, siéntate.

Ay, ¿y qué quieres que haga? Pues estar con él todo el tiempo.

Ya, ¿pero cómo estás tú, eh?

No te voy a engañar, lo estoy pasando muy mal.

Ya. Yo sé que a la medicina

hay que darle tiempo. Sí.

Pero me gustaría ver a Rodolfo mejorar cada día, y no es así.

Está empeorando, Blanca. No pierdas la esperanza, Amalia.

Mira, ¿por qué no vas a darte una vuelta?

Mientras nosotros nos ocupamos de él.

Te iría bien desconectar. No me apetece hacer nada de eso.

Yo lo que quiero es estar a su lado.

Es tan bonito ver cómo le quieres.

(RÍE) Ojalá fuera yo la que está enferma.

No digas eso. Además, esto no está en nuestras manos.

Sí. Así es. Y es muy triste.

A veces... a veces me siento muy cansada y muy sola.

No estás sola, me tienes a mí.

Nunca te olvides de eso, ¿de acuerdo?

Cualquier cosa que necesites y en cualquier momento,

me puedes llamar, ¿eh? (RÍE)

Gracias, Blanca.

Por favor, reserva una parte pequeña de tus fuerzas.

No quiero que te falten cuando más las necesitas.

Ven aquí. Ven aquí.

(SUSPIRA)

(DON RICARDO TOSE)

Cándida, qué sorpresa. No esperaba esta visita.

¿Cómo te encuentras? Tienes buen aspecto.

Gracias.

En cambio, tú estás un poco pálida.

Ya sé que tu hijo se ha enterado de todo.

Así es, y todo por culpa de Marina.

Debería haberte hecho caso y no permitir que entrara en mi vida.

Bueno, ya el mal está hecho, no vale nada lamentarse.

Y, te digo, es casi mejor así porque, al final, tarde o temprano,

Gonzalo acabaría enterándose. -También me advertiste de eso.

Deberíamos haber más caso a los buenos amigos.

(RÍE) Eso sí.

Pues me alegra que lo veas así, Ricardo,

porque ahora te voy a decir algo

que deberás acatar sin ninguna protesta.

¿De qué se trata?

Tienes que parar de inmediato el cortejo de Gonzalo y tu hija.

¿Pero y eso por qué? Si estás muy ilusionados.

¿Te tengo que recordar que tu hija está casada?

Según tengo entendido, Ciro, su marido,

ha pedido la anulación matrimonial.

Es cuestión de días para que Elisa sea una mujer soltera.

Nunca va a ser una mujer soltera. No para mí.

Y mucho menos, para mi hijo,

que es un joven de tradiciones muy férreas.

Te aseguro que ahora piensa de otra manera.

Porque está enamorado, Ricardo.

Y seguirá estándolo, aunque tu hija sea Jack el Destripador.

Pero en unos meses, abrirá los ojos

y tu hija sufrirá por ese desamor.

Cándida. Cándida.

¿Por qué no dejamos que nuestros hijos

tomen sus propias decisiones?

Tienes que acabar con ese cortejo, por favor.

Tenemos que cortarlo de raíz.

No pienso mover un dedo hasta que no me expliques

por qué ese empecinamiento tuyo.

Tomaré ese silencio como

una simple ojeriza hacia Elisa.

Con lo bien que se ha portado ella contigo. No lo entiendo.

¿Qué pasa?

Eres un viejo testarudo.

Y te vas a arrepentir de todo esto.

No hace falta que me acompañes. Ya sé dónde está la puerta.

Pero, Cándida... Cándida.

(TOSE)

Señorita Celia, está aquí su amiga Catalina.

Ah. Hágala pasar.

Gracias, Rosalía. Qué sorpresa. No te esperaba.

Venía a traerte las llaves de la tienda

por si querías abrir un par de horas esta tarde.

No tengo ni la menor intención.

Solo puedo pensar en nuestro viaje a Barcelona.

-¿Ya las has comprado? -Sí.

Me ha costado conseguir billetes de primera hora, pero los tengo.

Esta noche, dormiremos poco.

Pero podemos echar una cabezada en el tren.

Lo siento, Celia, pero es que no... no puedo ir.

¿Por qué? ¿Qué ocurre?

Es que me ha surgido un imprevisto.

¿Es que tu jefa no te da un par de días libres?

Pensaba que os llevabais bien

y que había mucha confianza. -No, no es eso. Es...

Es algo que debería haberte contado antes.

¿Y de qué se trata?

No sé cómo decírtelo. Me cuesta mucho.

No sé. Pues suéltalo de golpe.

A veces, ayuda. -Está bien.

No...

No puedo ir contigo a Barcelona...

¿Qué pasa?

Es que... no...

no me he visto capaz de pedir permiso.

¿Por qué?

Pues porque no me atrevo, Celia.

Este trabajo es muy importante para mí y no quiero quedar mal.

Si son solo un par de días.

Ya. Y por eso quería pedirlo. Pero es que ha surgido...

ha surgido una cosa. Ha entrado un encargo nuevo,

de repente y... No sé.

Les hago una faena muy grande si me voy.

Además, no es justo. Acabo de llegar

y si me voy ahora... -No te preocupes.

Habrá más viajes.

¿No te enfadas?

No. ¿Cómo me voy a enfadar?

Te he visto tan nerviosa que, por un momento, me he preocupado.

Pensaba que era algo realmente grave.

No. Pero no sé, me da rabia. Ya has comprado los billetes.

Devuelvo uno. No pasa nada. Ya ves.

Lo primero es el trabajo, ¿no?

Sí.

Disculpa el retraso, Gabriel, pero llevo un día de locos.

Además, me han pasado el aviso hace un par de horas.

No te preocupes. Gracias por sacar a mi madre del salón.

Me estaba poniendo nervioso. Ya.

Así que has notado algo. Sí, sí.

Ha sido como un pellizco. Y luego, he sentido un dolor

muy intenso por toda la pierna, como un latigazo.

La sensación de latigazo se puede deber

a que llevas mucho tiempo en la misma postura.

Es un dolor reflejo. Ya.

Lo del pellizco... Eso ha sido cosa de mi madre.

Le dije que te moviera las piernas, que te hiciera friegas,

no que te pellizcara. Ya sabes lo burra

que puede ser mi madre. Sí.

Oye, no quiero hacerme falsas esperanzas.

Este dolor se puede deber a cualquier cosa, ¿verdad?

¿Aunque tu madre te pellizque muy fuerte?

Sí. Por ejemplo. Sí.

El dolor reflejo ese que decías. Bueno, vamos a ver.

Permíteme.

Dime si nota algo. ¿De acuerdo?

No. ¿Nada?

Está bien. Voy a apretarte los dedos.

Si notas presión en alguno de ellos...

No...

¿Lo has notado?

Sí. Eso...

Era el dedo pequeño, ¿verdad? Sí. ¿Lo notas?

Bendito meñique.

Doctor, ¿eso es buena...?

¿Eso es buena señal? Todavía no lo sé.

¿Lo has notado?

(RÍE)

Me ha hecho daño, doctor.

Debes pensar que estoy loco. No.

Ríete todo lo que quieras. Hay motivo para ello.

Todo indica que la inflamación está remitiendo

y también la presión en la médula.

¿Voy a volver a andar?

Visto lo visto, yo diría que sí.

¿Te importa...?

¿Te importa dejarme solo?

Es que no... Tranquilo.

Gabriel, sigue haciendo los ejercicios.

¿De acuerdo? Y las friegas.

Y dile a tu madre que no te pellizque.

Al menos, tan fuerte.

Ya no es necesario. Lo haré.

Mañana te veo.

(LLORA)

Estamos en un club elegante.

¿Le importaría sentarse con algo más de decoro?

-Llega usted tarde. -Sí. Lo sé.

Y le pido disculpas.

Tenía trabajo.

¿Usted se cree que porque yo digo lo que pienso

y soy un poco escandaloso, no me importa que me hagan esperar?

Pues se equivoca. Soy un maniático de la puntualidad.

Creo que he hecho mal en venir.

Pero se lo perdono porque es usted muy guapo.

Por favor, cállese. Me prometió que iba a comportarse

como Dios manda. -Los mandatos de Dios

a mí me importan poco. Pero usted es mi dio pagano,

así que voy a sentarme bien para no incomodarle.

¿Así está mejor? -Es correcto.

Bien. ¿Y qué era eso tan urgente que quería decirme?

Sí. (CARRASPEA)

Eh... Creo que ayer fui muy grosero con usted.

Quería pedirle disculpas.

Las palabras se las lleva el viento.

Tendrá que disculparse con un beso.

Por favor, compórtese.

Además, no es cierto eso que dice.

Usted es poeta y trabaja con las palabras.

Yo trabajo con los sentimientos.

Y no escribo con un lápiz. Escribo con un cuchillo.

¿No es capaz usted de decir una sola frase normal?

Gracias a Dios, no soy normal.

Y usted... tampoco.

Veo que disfruta haciéndomelo pasar mal.

Disfruto de su compañía.

Si se lo hago pasar mal, es porque usted es una presa fácil.

Vive atado por el disimulo.

Simplemente, quería aflojar un poco esas ataduras.

He tenido problemas por ser como soy.

No lo he pasado bien.

Es la primera vez que reconoce su condición.

Aunque sea con velos y eufemismos.

Nos toca vivir una vida de mentiras.

Y no porque queramos, sino por la sociedad

y por la época en la que nos ha tocado vivir.

Se equivoca. Míreme a mí.

Admiro su valentía, pero no todo el mundo es como usted.

Y no todos tenemos una ocupación tan liberal. Debería comprenderlo.

Hay mucha gente que vive su condición sin miedo.

Mire.

Mientras esperaba, he recorrido este lugar

tan elegante con la mirada

y me he encontrado a más de un hombre

que estoy acostumbrado a ver en otros lugares más secretos,

con sus labios pegados a los labios de otro hombre.

Y no en una copa de Oporto.

Me cuesta creerlo.

¿Quiere que le muestre uno de esos lugares?

Allí podrá relajarse y ser usted mismo durante un par de horas,

sin miedos y sin disfraces.

Ya he estado en esos lugares.

De hecho, tuve un problema grave

por estar en uno de ellos.

Siento mucho lo que le ocurrió.

Pero no debió estar usted en el lugar apropiado.

Soy inspector de policía y debo mantener mi reputación.

En esos lugares, hay políticos, banqueros,

abogados, gente que depende de su reputación

mucho más que usted.

La pregunta es si está preparado

para enfrentarse a sus miedos o no.

He hablado con el director del Excélsior.

No le importa que le hagamos la entrega más tarde.

Dios la bendiga. No sabía cómo salir de esta.

Me pareció un hombre razonable.

Revisaré las facturas pendientes

para pagar a los proveedores. -Muchas las revisé,

pero repáselas porque los números no son mi fuerte.

Benjamín, ahora céntrese en la producción,

que es lo que mejor sabe hacer. -Muchas gracias.

Está usted salvando a la fábrica de un naufragio.

Y a servidor, de un infarto.

Pues cuídese, que lo necesito sano.

Hoy se va a ir antes a casa. Me quedo yo cerrando.

Pues le voy a tomar la palabra porque estoy agotado.

Descanse. Mañana será otro día. Un día todavía mejor.

Cariño.

Vengo a llevarte a casa. -Pues todavía me quedan unas horas.

Ya. Pero hoy tenemos una visita muy especial.

Julio, te presento a Diana Silva, mi esposa.

Señora.

Así que usted es la mujer milagro,

la que consiguió que este canalla siente la cabeza.

Él es Julio Peñalara, amigo de cuando éramos estudiantes.

Tanto como mujer milagro...

Salvador necesita una camisa de fuerza para sujetarlo.

Eso mismo pienso yo. Aunque ahora que la conozco,

yo mismo me pondría de rodillas en el altar

para pedir perdón por mis pecados.

Bueno, veo que han estudiado en la misma escuela de seducción.

Guapa, inteligente y con sentido del humor.

Te alabo el gusto. -Gracias, Julio.

Julio viene a quedarse en Madrid una temporada

y le he dicho que se puede quedar en casa sin problema,

siempre que te parezca bien.

Ya me ha dicho que todo lo tiene que consultar con usted,

que son un matrimonio moderno y que su opinión cuenta.

Cuenta porque soy su esposa

y porque la casa es de mi familia.

No quisiera causarle molestias.

Puedo buscar algún alojamiento céntrico.

No, Julio. No es molestia. Díselo que no es molestia.

Por supuesto. Puede quedarse en casa el tiempo que desee.

Muy agradecido, señora.

¡Caballero, no puede pasar! Es muy tarde.

Ah. Aquí está.

Señora, le dije que no podía pasar,

pero no me hizo caso, me empujó.

Gracias, María. Puedes retirarte. Ya me ocupo yo.

¿Se puede saber qué le pasa?

Esto es una casa decente. -Eso es mucho decir.

La casa puede. Sus habitantes no tanto.

No le permito que me hable en ese tono.

Debería estar ahora cantando en el Ambigú.

Exijo una disculpa y una explicación.

Mi marido está muy enfermo. ¿Le parece suficiente excusa?

¿Dónde está?

-Está descansando en su dormitorio. -Ya.

Quiero verlo con mis propios ojos.

¿Se ha vuelto loco? Deje en paz a mi marido.

Márchese de mi casa. -Si está descansando,

no la necesita. Así que se viene conmigo al Ambigú.

El Ambigú ha terminado para mí.

Mi sitio está en casa con Rodolfo.

-¿Se está riendo de mí? -No.

Pero si no lo entiende, me da igual.

Márchese y olvídese de mí. -¡No!

No, no, no. No se equivoque.

Usted y yo formamos una pareja artística

que está teniendo mucho éxito,

mucho más del que cualquiera de los dos tendría en solitario.

Yo toco el piano y usted canta.

Y nuestra carrera no se va a detener porque

su maridito esté indispuesto. -¡Fuera de aquí!

-Deje eso donde estaba. -Fuera de aquí

o le juro que le corto el cuello.

Está bien. Está bien.

Ya veo que no se puede razonar con usted.

Me voy. Pero esto no va a quedar así.

¡Fuera!

(JADEA)

Te felicito por la cocinera. Menudo desayuno.

Hacía tiempo que no probaba una salsa holandesa

tan exquisita con los huevos.

-Me alegra que te guste. -Sí.

Ya veo que la vida hogareña tiene sus ventajas.

Y sus desventajas. Pero he sentado la cabeza

y estoy muy contento de haberlo hecho.

Supongo que eso es lo que te dices la mayoría del tiempo.

Que da gusto estar así de bien cuidado.

Pero también te apetecerá un poco de aventura, ¿no?

¿Qué tal si nos dejamos caer por el hipódromo?

Unas copitas de sherry y unas apuestas.

Hace tiempo que no apuesto. Te sorprenderá,

pero la última vez que fui el hipódromo

fue para hablar de lonas y de toldos.

Vamos, Salvador. Puede que tu nueva vida

esté muy bien, pero te vendrá bien salir un poco de la rutina.

Julio, eso nos ocuparía gran parte del día.

Hay un caballo que se llama Amistad.

¿No crees que es una señal y deberíamos apostar por él?

Ese silencio repentino es buena prueba

de que estabais recordando batallitas, ¿no?

Tu mujer es muy sagaz.

No, sagaz, no. Siempre pone la misma cara

cuando recuerda los viejos tiempos.

¿No te da miedo que pueda adivinar todos los pensamientos?

No hay pensamiento en mi cabeza

que me dé miedo que mi esposa adivine.

Para su suerte, no tengo ese poder.

Pero no temáis. Yo me marcho ya a la fábrica,

así que podéis seguir recordando vuestras cosas,

incluso vuestras conquistas.

No es de extrañar que hayas olvidado

todos tus romances de juventud, con una mujer así...

¿Debo preocuparme, Julio, por tanto piropo?

No, no. La mujer de un amigo

es algo sagrado. -No hay nada que temer.

Siendo una mujer trabajadora, estoy acostumbrada a desconfiar

de los halagos y de los piropos.

Debe de escucharlos a cientos en la fábrica.

No sería propio. Además, ya están acostumbrados.

Eso último es imposible.

No te olvides de tu reunión con el restaurante La Vianda.

Es muy importante. -Lo conozco. Es muy bueno.

Aunque la cocinera de esta casa es casi mejor.

No me importa ni su comida ni quien la cocina.

Solo su bebida. Están interesados en probar

la primera cosecha de Bodegas Silva.

Hoy mismo iré. No te preocupes.

Sería buenísimo que nos incluyeran en su carta.

Ese restaurante lo frecuentan gente muy importante.

Señores, perdonen que les moleste,

pero la caldera central está volviendo a dar

muchos problemas y eso que hemos revisado la instalación

y el sereno ha revisado la caldera tres veces.

Vaya. Pues tendremos que comprar otra.

Me temo que será la única solución, señora.

-¿Te encargas tú, cariño? -Sí. Yo me encargo.

Muchas gracias. Me vuelvo a la cocina,

no sea que esa maldita caldera nos dé algún disgusto.

Yo me marcho, que no quiero llegar tarde.

Que tengáis un buen día.

Igualmente, Diana.

¡Por Dios, Salvador! Con lo que tú has sido.

-¿Qué pasa? -Pero si pareces

el chico de los recados. -Eso son responsabilidades.

Y deberías probarlo alguna vez. -Sí.

Y tú deberías probar a divertirte, aunque sea solo un rato,

para no olvidar la sensación.

Está bien. Iremos al hipódromo solo por un par de horas.

Pero prométeme que estaremos de vuelta

para hacer mis recados. -Prometido.

Pensé que te había perdido para la causa de la buena vida.

Por cierto, este cuadro debe de costar mucho dinero, ¿no?

Sobre todo, tiene un enorme valor sentimental.

Es el único recuerdo que guardan Diana y sus hermanas

de su difunta madre. -Es muy bonito. ¿Nos vamos?

Espero que arrepentirme. -Por Amistad.

Buenos días. -Hola, chiquitina.

¿Qué te pasa?

Nada. Que no te esperaba.

No te puedo atender. Tengo que ordenar la librería.

No te voy a entretener mucho tiempo.

Mira. Ven. Siéntate, que tengo algo importante que contarte.

Bueno, pues si puedes darte prisa.

Vengo de las Oficinales Generales del Ejército.

¿Y eso qué significa?

Ya he cumplido con la patria y ahora me han concedido

la paga correspondiente.

Me alegro por ti. Te lo mereces.

Pero no solo deberías alegrarte por mí.

-¿Qué quieres decir? -Que con ese dinero

podré abrir la ferretería que siempre quise tener.

Mis padres están mirando un local en Valencia

que está casi a punto para entrar. -Bien.

Si es lo que quieres, me alegro.

Sí. Además, con la paga y con los ahorros,

podré abrirla enseguida.

-Bien. Parece un buen plan. -Sí, sí.

Pero ese plan no tiene sentido,

si no me caso contigo antes.

-¿Casarnos? ¿Ahora? -Sí. Claro.

Así la vida que siempre quisimos, comenzará de una sola vez.

Andrés, me parece estupendo que quieras montar tu ferretería.

Eso es algo que siempre has querido hacer.

Pero no por eso tenemos que precipitar la boda.

¿Precipitarla? Pero si ya queríamos casarnos

antes de que yo me fuera a la guerra.

Ya. Pero yo estoy muy atareada aquí y en la casa de modas.

Y la boda requiere tiempo.

Venga. No me vengas con esas.

Que yo sé que a ti te hace la misma ilusión que a mí.

Mira, Andrés. No puedes aparecer aquí

después de tantos años y pretender que no ha pasado un solo día.

Necesitamos tiempo. Y yo no puedo dejar de trabajar.

Tengo mis gastos. Yo tengo mi vida...

Ya no vas a tener que trabajar. Que vas a ser mi esposa.

Y entre la ferretería, mis ahorros y la paga,

vamos a tener de sobra para vivir.

Incluso, vamos a poder hacer ese viaje

que tanta ilusión te hacía a San Sebastián.

¿Por qué no nos casamos ya, eh? ¿Por qué no nos casamos ya?

Elisa.

No tengo ni tiempo ni ganas de hablar con usted.

Tengo que ir a la botica a comprar un remedio para mi padre.

Por favor. Voy a ser muy breve.

Lo que te tengo que decir, es muy claro.

Aléjate de mi hijo.

¿Y con qué derecho me dice eso?

Porque soy su madre y sé lo que le conviene.

Lo siento mucho, pero la única mujer

a la que está consiguiendo alejar de su hijo, es a usted.

Sé que al final acabaremos reconciliándonos.

Sinceramente, dudo mucho que su hijo pueda perdonarla.

Le ha mentido durante toda su vida.

Y se dedica a un negocio como el suyo,

explotando a otras mujeres.

Mi hijo es un hombre bueno y comprensivo.

Y terminará entendiendo las razones

que me han llevado a emprender ese camino y ocultárselo.

Y esa comprensión que tanto elogia en su hijo,

Cándida, ¿por qué no puede tenerla en mí?

Hazme caso cuando te digo que esto es lo mejor para todos.

Es que no lo comprendo.

Le juro que lo estoy intentando, pero no la puedo comprender.

Conozco muy bien a mi hijo y te conozco a ti.

Y sé que estáis destinados a sufrir el uno con el otro.

Sé que he sido egoísta, caprichosa y muchas cosas más.

Pero, Cándida, he cambiado.

Ya no soy la misma. He comprendido que no puedo seguir siendo así.

Su hijo ha conseguido perdonarme. ¿Por qué usted no?

Mi hijo está embrujado con tus encantos.

Pero la gente no cambia. Yo lo sé. Y tú, mucho menos.

Cándida, yo le prometo que si usted

deja de intentar separarnos, si acepta nuestra relación,

yo le juro que voy a intentar que su hijo le perdone,

que voy a intentar que la acepte tal y como es.

No, Elisa. Vuestro amor no puede existir.

Pero es que ya existe. Ya nos amamos.

Y no entiendo por qué usted se empeña en lo contrario.

-¿Quieres que te lo diga? -Sí, dígamelo,

porque no lo comprendo.

Porque no puedes tener hijos. Eres yerma.

Siento ser tan cruda contigo, Elisa,

pero no me dejas otra opción.

Mi hijo siempre ha soñado con tener una familia y con tener hijos.

-Puede adoptar. -No.

Él quiere tener hijos suyos,

sangre de su sangre, como se suele decir.

Y aunque ahora diga que no le importa,

eso le hará infeliz y os acabará amargando.

Por eso, hazme caso y aléjate de él.

Te doy dos semanas para que te despidas

de tu trabajo y de tu amiga, la de esta librería.

Mientras, iré solucionando

la licencia de apertura para la ferretería.

Seguro que mis padres me ayudan.

Me gustan mis dos trabajos.

Podrías echarme una mano en la ferretería.

Al menos, hasta que te quedes embarazada.

Luego, tendrás que cuidar de los niños.

Ni me interesa la ferretería ni tengo prisa por tener niños.

Antes, tendríamos que casarnos. No puedo esperar más.

-¿No me has oído? -¿Tú no me has oído?

Todo lo que soñamos, se puede hacer realidad.

Mira. Ese sueño es muy lejano.

Ese es el sueño que me ha mantenido con vida.

Hubo momentos en la guerra en los que pensé que iba a morir

y que no volvería a verte.

Regresar y casarme contigo, fue lo único

que me dio esperanzas y fuerzas para seguir.

¿Es que no lo entiendes?

Sí, claro que lo entiendo.

Mis padres saben la ilusión que me hace.

Mi madre ha hablado con don Francisco,

el párroco, que nos conoce desde que éramos unos críos.

Y en menos de una semana, podemos estar casados

¿Es que...? ¿Es que no te hace ilusión?

Bueno, era lo que habíamos hablado antes de que te fueras

y en las cartas. ¿Cómo no me va a alegrar?

Solo digo que es un poco prematuro. -Tonterías.

En cuanto a la ferretería...

a mí me gusta mi trabajo aquí y en la casa de modas.

Ahora vas a tener otro trabajo.

Y la casa, que es mucho mejor que tener dos

y estar faenando como una mula.

Mira. La librería me da igual.

Pero es que me encanta la costura y quiero dedicarme a ello.

Bueno, cariño, pues todo es hablarlo.

Si no quieres trabajar en la ferretería,

seguro que en Valencia te pueden emplear como costurera.

¿Qué más me da en lo que trabajes?

En cuanto nos casemos, tengamos niños,

vas a tener que cuidar de ellos

y no vas a tener tiempo para trabajar.

Ya. Ya veo.

¿Sabes lo que tenemos que hacer?

Fijar una fecha de la boda cuanto antes.

Qué sorpresa. Pensaba que no tenías ganas de pasear con nosotros.

Y sigo sin tenerlas. Pero necesito preguntarte algo.

¿Nos sentamos?

Claro.

Tú dirás.

¿Has hablado con Elisa?

¿Por qué me preguntas eso?

Sé que tú le has pedido que me convencieras

para no ingresar en el sanatorio.

A mí no me hacías caso y pensé que a lo mejor

a ella sí que la escucharías.

¿Y te ha contado lo que hablamos?

Solo me ha contado que hablasteis y ya está.

Nada en concreto. Pero, Carlos, me da igual.

Lo importante es que ya no quieres ir a ese sanatorio.

Sofía, creo que mereces saber la verdad.

Y a mí me gustaría saberla.

Pero sé que es un tema delicado para ti

y no quiero obligarte.

Hasta que no te cuente lo que me pasó,

no voy a poder continuar con mi vida de verdad.

Pues, mi amor, cuéntamelo.

Yo seguiré a tu lado, sea lo que sea lo que haya pasado.

Tómate tu tiempo, cariño.

Es que no sé si voy a ser capaz.

Me da miedo que cuando lo sepas me rechaces.

Lo siento, no tenía que haber venido.

Carlos, no, escúchame.

Eres lo más importante de mi vida.

Te voy a perdonar sea lo que sea

lo que te haya pasado.

Sofía, yo... -Mira, escúchame,

si te hace daño hagamos una cosa.

Olvidemos lo que ha pasado y sigamos con nuestras vidas

como si eso nunca hubiera pasado, jamás.

Lo importante es que ahora

ya no quieres ir a ese sanatorio.

Y que tienes ganas de estar con tu hijo y conmigo.

Ya está, ya tenemos razones para empezar de nuevo.

Es que no sé si voy a ser capaz de quitármelo de la cabeza.

Seguro que sí, Carlos, inténtalo.

Ya verás que con el tiempo todo eso irá desapareciendo.

No sé. -Sí, Carlos.

Tienes que hacerlo.

Está en juego tu familia y...

y tú también.

Puedo aguantar tu silencio o tu sufrimiento,

pero no los dos.

Está bien.

Me voy a esforzar para volver a ser el de antes.

Y para estar ahí para mi familia.

Y lo conseguirás, ya lo verás.

Ahora, Carlos, ¿podrías besarme como hacías antes?

Hubo un tiempo en Francia

en que era lo único que deseaba.

Pues aquí estoy.

Es mi nulidad matrimonial.

¿Eso significa que nos podremos casar?

Tendrías que ir con cuidado con el trato que le das

a Raimundo y con lo que le dices de sus padres.

¿Por qué? Si él fue el que arruinó nuestra familia.

Sí. Lo sé. Pero para bien o para mal, es el padre de tu hija.

Y a las malas, si no os arregláis, podría apañárselas

para que un juez le diese la niña a él y a sus padres.

Celia, te quiero.

Adiós.

Si tú me das la oportunidad

de acercarme a ti,

te prometo que no te meteré prisa.

Y verás cómo, poco a poco,

vas superando ese sentimiento que tienes por Gabriel.

Ya perdió una vez la cabeza cuando se obsesionó con Francisca.

Y ahora hace lo mismo con mi cuñada.

No pienso tolerar un capítulo como aquel.

¿Y cómo lo piensa impedir, doctor, si puede saberse?

¿Me va a poner una inyección?

Te dejaré que vuelvas a tu monótona vida,

si es lo que deseas.

Tú solo dime dónde hay una buena timba.

Está bien, está bien, te acompaño.

Pero vas a jugar tú solo.

Sabía que tras ese padre de familia estaba mi mejor amigo de juventud.

Doña Marina Montero vino ayer a comisaría.

-¿Esa mujer otra vez? -Ha presentado

una denuncia contra usted. -¿Y de qué me acusa esa víbora?

De haberla agredido. Y de obligarla a ejercer

la prostitución. Según ella, igual que a otras muchachas aquí.

Una mujer con tu vitalidad no puede estar recluida

entre cuatro paredes. -Nuestras cuatro paredes.

Yo estoy bien aquí contigo.

¿Y tus actuaciones?

Mira, ¿por qué no vas esta tarde al Ambigú a cantar un rato?

No. No lo necesito.

Además, no tengo ninguna gana de ver a don Luis.

Si Diana se despierta,

te vas a enterar de lo que vale un peine.

Uh...

Diana no se va a despertar, porque Diana ya está despierta.

¿Se puede saber dónde has estado todo el día?

Pues, eh... aquí. Aquí no, allí.

Acompañándole a hacer unas gestiones.

-Así es, hemos ido a ver si... -Esto es entre mi marido y yo.

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Seis Hermanas - Capítulo 478

05 abr 2017

Las hermanas Silva son el alma de las principales fiestas de la alta sociedad madrileña de la época, en el Madrid de la segunda década del s.XX

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  1. Ana

    Me encanta esta serie! La llevo viendo los dos años y es genial. En mi opinión deberían de haberla programado a primera hora no después de Acacias. Me da mucha pena que la quiten. Los actores geniales y la edición también!¿¿

    17 abr 2017
  2. Grace matamoros

    Creo que hace tiempo debía terminar Cada día menos actores La veo desde el principio y me gusta pero ya está bien

    08 abr 2017
  3. Beatriz

    No entiendo pq quieren quitar esta serie. Yo no puedo verla en horario normal y la veo siempre en en a la carta. Seria mejor q quitaran Acacias y la pusieran en ese horario, seguro q tendría más audiencia. Creo q va a ser un error pq está muy bien hecha y los actores trabajan estupendamente. Reflexionen antes de hacerlo por favor.

    07 abr 2017
  4. Decuba

    Por favor, no la quiten. Yo no me pierdo ni un solo capitulo. Soy cubana pero me encuentro en mexico y siempre la busco en encarta. Considero q tanto el guion como las actuaciones de los profesionales q trabajan en la serie son exrraordinarios. No solo se remontan a un periodo historico muy complejo en cuanto a costumbrees , canones, etc. Sino q lo enfocan muy sabiamente desde los problemas reales q hab afrontado loa seres humanos dentro de cualquier sociedad. Y lo han hecho y eatan haciendo muy bien. Grs por brindarnos su trabajo y por la calidad con q lo hacen cada dia. No la paren de realizar no nos priven de este placer.

    07 abr 2017
  5. Mireia

    ¡¡¡¡Seis hermanas no puede acabar!!!! Es super bonita y me encanta. También me gusta Acaias, pero casi no la veo. Esta es mucho mejor, lo que pasa es que la gente no la ve por los horarios. Yo solo tengo 14 años, la empezé a ver porque la veía mi abuela, y al principio decía "que rollo",, pero después ya me engancho. No me pierdo ni uno, y, sino, lo miro a la carta. No sabéis el disgusto que me dió saber que iba a terminar y que iban a hacer una nueva que es: Servir y Proteger. Lloré y todo. Yo sigo la serie des del capítulo 1, y amo la serie¿¿. Mi sueño sería conocer a los actores en persona, que hacen una magnífica interpretación. Se meten muy bien en el papel. Además, a mí me gustaría ser actriz. Resumiendo, la verdad es que cuando yo veo cada capítulo de esta serie, aunque haya tenido un mal día, me vuelvo alegre; estoy como en otro mundo, me meto dentro de la serie y me encanta la sensación que me produce ver esta serie. Así que por el simple hecho de que sin esta serie nada será igual. Porfavor no la quiten¿¿

    06 abr 2017
  6. Claudia

    Me encanta, y hace dos días que solo emiten media hora. Espero que no la quiten.

    06 abr 2017
  7. Ani

    No pueden quitarla dicta muy bien todos los problemas que havia en esa epoca 1920. Los actores son de 10, el trama te engancha lo que tendrian que hacer es camviar el horario. Poner 6 hermanas a la hora de ACACIAS es un bodorrio ponganla despues. Siempre que hay una novela buena la retiran por tonterias.

    06 abr 2017
  8. Ana Recinos

    Cada vez que me toca que salir de España, ando buscando tener acceso a Internet para poder ver esta serie, es muy buena la verdad, te atrapa y cada vez queres seguir viendo más y más. Espero que no la quiten.

    06 abr 2017
  9. Pat

    Es una lástima que quiten esta serie tan buena. Esta realmente muy bien hecha. Por favor no la quiten, lo qué pasa es que el horario no es tan bueno como el de acacias.

    06 abr 2017
  10. Graciela

    Graciela. Es verdad la serie es buena ,actores excelentes pero creo que si sigue llegará al tal punto que ya no se querrá ver mas, seis hermanas debe terminar su ciclo y como los buenos vinos dejarnos un magnífico sabor de boca.

    06 abr 2017