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No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 474 - ver ahora
Transcripción completa

Encantado, caballero.

Federico, ¿no te vas a quedar al aperitivo?

No, no puedo porque acabo de recordar

que tengo que hacer cosas.

Que tenga un buen día.

Me acabo de enamorar.

Cristóbal quería que me hiciera unas pruebas

para saber si puedo quedarme embarazada o no.

¿Y qué ha dicho el especialista?

Es difícil, pero no imposible. Así que estoy contenta.

¿Y por qué no ponemos un precio a mi secreto

y acabamos con esto?

No, dejaría de ser divertido.

¿Qué te crees, que no sé

que has estado organizando actuaciones a mis espaldas?

Por eso ha subido la recaudación. ¿O no?

Sí.

¿Cuánto les pagas? -Nada.

¿Nada? -Sí, sí, de verdad, nada.

Don Luis lo hace por las propinas

y la Cachetera por amor al arte.

Celia, a mí no me importa abrazar tus sueños

aunque no sean los míos. Y lo intenté.

Pero es que lo libros no me van.

Entonces debes luchar por tus sueños

y convertirte en una gran modista.

Carlos, yo lo he pasado muy mal con la marcha de Ciro.

Tú eres la única culpable del fracaso de tu matrimonio.

Carlos, por favor.

Eres la mujer más egoísta que hay.

Eres una caprichosa y una manipuladora.

¿Es que no te cansas?

¿Eh?

¿O es que quieres venir aquí a mendigar amistad?

Vengo porque me necesitas.

Pues no quiero que vengas, Velasco.

No lo quiero, no quiero tu ayuda.

¿De acuerdo? Vete.

¿Cómo se llama tu hijo?

Gonzalo.

¿Gonzalo?

Sí. ¿Por qué te quedas tan pensativo?

¿Y cómo dices que se llama

la muchacha de la que está enamorado?

Amparo.

Nuestros problemas se han terminado.

Es que me preocupa cómo se van a tomar

en este pueblo que vengan esos trabajadores.

Pues espero que se lo tomen muy muy muy mal.

Estoy deseando ver la cara de Pedro.

Estás padeciendo las secuelas de una enfermedad

que contrajiste hace tiempo. ¿Recuerdas la blenorragia?

Pero si me recuperé por completo de aquello.

A veces las enfermedades quedan latentes

y pueden volver a dar la cara en cualquier momento.

Es importante que Amalia colabore en tu recuperación.

No, no quiero que Amalia se entere de esto.

(SUSPIRA)

(SUSPIRA)

Ay, perdona, cariño.

No sabía que estabas aún aquí.

Sí hoy también me quedo a trabajar desde casa.

¿Y eso?

Estoy preparando unos contratos para un cliente

y necesito silencio para concentrarme.

En la fábrica es imposible con tanto ruido.

No deberías trabajar tanto.

Ya lo sé, ¿pero qué puedo hacer?

No sé, ¿no puedes contratar a alguien que te ayude?

Se te está poniendo mala cara de tanto trabajar.

Sí, tienes razón.

¿Qué te parece si esta tarde salimos a dar un paseo

y que me dé un poco el sol?

¿Esta tarde?

¿No puedes?

Verás, es que tengo una reunión

con las damas del Sagrado Corazón.

¿Te vas a reunir con las damas del Sagrado Corazón?

Tú siempre dices que tengo que atender

mis responsabilidades como señora de Loygorri.

Tu madre participaba en muchas obras de caridad.

Sí, pero no pensé que tú lo ibas a hacer.

Y menos con las damas del Sagrado Corazón,

que se deben de pasar la tarde rezando el rosario.

Si quiero que me acepten en tus círculos

tengo que empezar así, poco a poco.

Don Rodolfo, tiene una visita.

Ah, bien, debe ser Benjamín.

Quedé con él en que me traería los partes.

Hágale pasar, María, por favor.

Os dejo para que habléis tranquilamente.

Me voy a dar un paseo con Dolores.

¡Amalia!

¡Amalia, el bolso!

(LEE) A la más bella entre las bellas.

El señor Fuentes.

Uf, qué asco.

No, Blanca, no. Tú puedes.

(SUSPIRA)

¡Buf!

¡Buf!

(Pasos)

Huy, ¿y tú qué haces aquí?

Nada, que me ha entrado un poco de hambre

y he bajado a tomar un tentempié.

Eso es buena señal.

Significa que te estás recuperando.

Sí, bueno, poco a poco.

¿Y tú qué haces tan pronto en casa?

Pues Elpidia me ha dicho que me ha dejado algo de comida

preparada para llevarme a la tienda.

Pero no me ha especificado dónde.

¿No habrás visto una cesta o un plato?

No, no. ¿Es que sabes qué pasa? Que yo acabo de llegar.

Tampoco me ha dado tiempo de...

Huy, ¿y estos arenques qué hacen aquí?

Pues no lo sé. No lo sé.

Con el asco que te dan.

Pero ahora los tiro. ¡No, Celia, por favor!

Sí, ya le diré a Elpidia que no los compre.

Si no nos gusta a ninguna. Celia, de verdad, no los tires.

Además, es que no ha sido cosa de Elpidia.

¿Ah, no? ¿Y de quién ha sido cosa?

Bueno, en realidad sí que los ha comprado Elpidia.

Pero porque yo se lo he pedido.

¿Ahora te gustan?

¿Sabes que a mí me pasa lo mismo con los altramuces?

Antes no me gustaban y ahora los devoro.

Ya, pero yo sigo odiando a esos pececillos.

¿Entonces por qué te los comes?

Ayer fui al médico y me dijo que iba a ser muy difícil

que pudiera volver a quedarme embarazada.

¿Y eso qué tiene que ver con los arenques?

Bueno, pues que según dicen

los arenques favorecen la fertilidad.

Sí, y en algún lado leí que el salmón, las anchoas

y las sardinas también. ¿Ah, sí?

Sí, pero los médicos dicen que no son más

que supersticiones sin sentido.

Ya, bueno, pero es que yo tengo que intentarlo.

Sí, está bien, ¿pero por qué tanta prisa?

Blanca, te acaban de operar. Deberías estar tranquila.

Ya estoy harta de esperar para conseguir lo que quiero.

Además, ¿qué tiene de malo

comer unos cuantos arenques, ¿no?

No, ese no es el problema, Blanca.

El problema es que te obsesiones.

No me estoy obsesionando.

Sólo quiero tener más posibilidades

para quedarme embarazada, nada más.

Está bien, te creo.

Tranquila, ¿eh?

Y me rindo. He de irme.

Adiós.

Te quiero. Y yo.

He aumentado un turno más de trabajo como puede ver.

Echando unas horas más cumplimos de sobra

con los plazos que tenemos con el hotel.

Por otro lado el director del hotel quiere entrevistarse

con usted para que le dé las garantías oportunas.

¿Cuándo le digo que le puede recibir?

Eh, don Rodolfo.

Sí, Benjamín.

Perdonad que os interrumpa.

Rodolfo, ¿no habrás visto mi bolso por aquí?

¿Tu bolso? -Sí.

¡Ay!

Ay, qué cabeza la mía.

Me lo dejé aquí antes y se me despistó.

Don Benjamín, está usted muy elegante.

Me alegro mucho de verle.

Yo también me alegro mucho. -Buenos días.

¿Entonces cuándo estará usted disponible?

¿Para qué?

Para lo que le he comentado antes,

para la reunión con el director del hotel.

Ah, sí.

Sí, pero no creo que sea necesario que le entreviste yo.

¿Puede hacerlo usted? -¿Yo?

Sí. Benjamín, lo ha hecho todo estupendamente hasta ahora.

Yo le agradezco la confianza, don Rodolfo.

Pero es que se trata de discutir de dinero.

Ya sabe usted que yo en ese asunto no estoy muy ducho.

Benjamín, si quiere seguir siendo el encargado

tiene que hacer estas cosas.

Y todo esto me parece muy bien. Se puede ir.

Bueno, se hará como usted ordene.

Y a ver si mañana trae buenas noticias.

Con su permiso.

(LEE) Verla cada tarde me hace palpitar de gozo.

Su voz es como una caricia para los sentidos.

Siempre suyo.

¡María!

¡María!

¿Qué quiere, señor?

¿Está bien? -No, no estoy bien, María.

¿Qué sabes de esto?

¿Qué significa esto, Cándida?

El sobre de la paga semanal.

Está vacío.

Las demás han recibido más dinero que nunca y yo nada.

Eso tiene una explicación muy sencilla.

¿Ah, sí? ¿Cuál?

Aparte de la paga habitual

les he dado una parte proporcional de la tuya.

No tienes derecho.

No tienes derecho a tocar ni un céntimo de mi trabajo.

Mira, abrir cada mañana las puertas de esta casa

supone una serie de gastos fijos,

como vuestros sueldos.

Pero para pagarlos hay que trabajar.

Pues quítale a quien haya faltado de su trabajo, no a mí.

¿No fuiste la que les diste

el día libre ayer sin mi permiso?

Es justo que asumas los gastos.

De todas.

Está bien, lo doy por bueno si con eso he conseguido

que se haga algo de justicia.

No te va a salir tan barato.

No vas a tener paga

hasta que no cubras todos los gastos de ayer.

Eso es un abuso.

¿Ah, sí? Pues a mí me parece que soy muy generosa

por dejarte estar aquí.

No me provoques, Cándida.

Como sigas haciéndome la vida más difícil

tendré que hablar con Gonzalo

y contarle la verdad sobre su madre.

¿Estás dispuesta a quitarte la careta delante de tu hijo?

Si lo que quieres es amedrentarme con eso

estás muy equivocada.

No te tengo miedo.

Pues deberías.

Mira, cuando a ti te peinaban tirabuzones...

yo ya sabía lo que era sobrevivir a una paliza.

Así que si quieres guerra la vas a tener.

¿Y qué vas a hacerme?

¿Me vas a echar de este palacio?

No, no creo que haga falta.

Te irás tu sola, porque seguramente una mañana

te levantes con la cara rajada.

Y no va a querer pagar nadie por estar contigo.

Te veo mendigando bajo el Puente de Segovia.

No te atreverás.

La policía podría... -¿La policía?

¿A quién va a creer la policía,

a la dueña de una de las casas de tolerancia

más prestigiosas de todo Madrid o una loca sospechosa

del asesinato de varias personas?

Vete a tu cuarto y cierra la boca,

que todavía tienes mucho que pagarme.

Tú ganas esta vez.

Qué suerte hemos tenido, ¿eh?

El carbón que nos dejaron ayer en la puerta

nos ha salvado. -Y que lo digas.

Y con la comida que ha traído Salvador

tendremos toda la semana.

Sí, lo malo será cuando se termine.

Tendré que ir a comprar al pueblo de la lado

y se me desollarán los pies y las manos

volviendo con la carga.

Ay, Merceditas, siento mucho haberte arrastrado hasta aquí.

Pensé que tendríamos una vida más tranquila.

Y mira, me he equivocado.

No se preocupe, señora, yo estoy donde quiero estar.

¡Cariño, no te vas a creer lo que ha pasado!

¿Qué desgracia nos ha caído esta vez?

Cuando he ido a abrir la bodega

a los nuevos peones he encontrado

a los antiguos esperándome.

¡Y le han pegado!

¿Está usted bien? -Estoy bien.

Han vuelto para trabajar.

¿De verdad? -Sí, compruébalo tú misma.

Cuando han visto que no nos plegábamos a sus exigencias

han entrado en razón.

El miedo a perder su trabajo les ha hecho volver.

¿Y Pedro?

Es demasiado orgulloso para reconocer

que ha perdido su guerra.

Será terco...

Tranquila, tarde o temprano claudicará.

No creo, Salvador, ese hombre tiene principios,

por muy equivocados que estén esos principios.

Pues a ver si esos principios le dan de comer.

Pero le necesitamos, ese hombre es el capataz.

Los trabajadores le respetan y él conoce las viñas

y la bodega mejor que nadie.

Ya pensaremos en una solución para eso.

Ahora quiero que me acompañes. -¿Adónde?

A ver cómo nuestro sueño está cada vez más cerca.

Dentro de nada veremos nuestro vino embotellado.

¿Y para qué quieres que vaya?

¿Para que me hagas una visita guiada

como si fuese una mujer de porcelana?

No te pongas así.

Soy realista. Es mejor que me quede aquí.

Por lo menos hasta que esa gente sepa

que una mujer puede dar órdenes.

¿Te rindes?

Nunca.

Sólo voy a esperar

a que las aguas vuelvan a su cauce.

Pero después se van a enterar.

Pues que Dios les coja confesados.

Porque tú consigues todo lo que te propones.

Si no que te lo digan a ti,

que caíste rendido a mis pies.

Sobre quién cayó a los pies de quién

habría mucho que discutir.

Pero no lo voy a hacer porque valoro mucho mi vida.

Me parece muy inteligente por tu parte.

¡Maldita sea!

Gabriel, ¿qué ocurre?

¿Qué clase de hospital es este

en el que nadie sabe hacer bien su trabajo?

Tranquilízate y cuéntame qué te pasa.

Lo que me pasa es que no puedo andar.

Y aquí parece que ninguna

de tus enfermeras se haya enterado.

Mira dónde me han dejado el plato las inútiles

Está bien, hablaré con ellas para que no vuelva a suceder.

Pero quizás si no las tratases tan mal

ellas te atenderían un poco mejor.

¿Me estás culpando de su incompetencia?

Mira, Gabriel,...

aunque te cueste creerlo

entiendo por lo que estás pasando.

Pero creo que te equivocas pagando tu frustración

con la gente que trabajamos aquí.

O sea, ¿que ahora también me vas a decir

cómo me tengo que comportar? ¿Es eso?

Yo aquí para ayudarte.

Igual que el resto de mis compañeros.

Podrías mostrarte un poco más amable.

La amabilidad no va a hacer que vuelva a andar.

No, la amabilidad no.

Pero sí los ejercicios de rehabilitación.

Y por lo que me cuentan mis enfermeras

te estás negando a hacerlos. ¿Te crees que soy tonto?

¿Que no sé lo que intentas?

¿Qué intento?

Ilústrame.

Darme esperanza

para mantenerme entretenido en mi convalecencia.

Pero ya sé que tal esperanza no existe,

que no voy a volver a andar en mi vida.

Desde luego que no lo vas a volver a hacer

si te comportas de esta manera.

Te estás equivocando en tus posibilidades.

Si me haces caso, trabajas, luchas y te esfuerzas...

¡No me mientas!

Necesito hacerme a la idea de que voy a ser un...

un invalido el resto de mi vida.

Y aquí no lo voy a conseguir. Gabriel, ¿qué haces?

Te vas a caer de la cama, ven.

¡Suéltame, quiero irme a casa! No puedes irte a casa.

¡Claro que sí! Estoy harto de estar encerrado.

Así que dame el alta. Hagamos una cosa.

Si te empeñas en irte, será bajo tu responsabilidad.

No puedo firmar la autorización de algo en lo que no creo.

Muy bien, tráeme esos papeles.

¿Estás seguro?

Para estar aquí tumbado, puedo estar en mi casa.

No necesito miradas de compasión de las enfermeras que me vigilan.

Te estás equivocando.

Estás de suerte, porque esto ya no es asunto tuyo.

Esta es mi vida y yo hago con ella lo que quiero.

Por... por muy miserable que sea.

-¡Maravilloso! (ASUSTADA) ¡Oh!

¡Simón, qué susto!

Es... es...

¡Es el sitio perfecto! -¿Perfecto para qué?

El atril se puede poner en esa parte de allí,

las sillas por aquí y allí una mesa con algunas bebidas.

Ah, ¿y no le importaría poner también unos canapés?

¡Eso es! Una bandeja con canapés. ¡Usted y yo estamos en sintonía!

Me alegra saberlo, pero primero tendría que saber para qué.

-Se lo acabo de contar. -No, no me ha contado nada.

¿Seguro? ¡Ah, vaya!

Lo tengo tan presente en mi cabeza

que sentía que se lo hubiera contado.

¡Discúlpeme, por favor! (CARRASPEA)

Eso fuera. La mesa. -No, perdone, antes tendrá

que contarme qué es lo que planea. -Ah, sí, la explicación.

(CARRASPEA) Lo que voy a proponerle puede resultar un tanto atrevido.

Ese no es un buen comienzo, Simón.

Una amante de la cultura como usted no debe tener miedo de acoger

a la nueva generación de creadores. -No.

Bien. Un viejo amigo de la residencia de estudiantes

quiere organizar una lectura de su último libro de poemas,

pero ninguno de los lugares habituales quiere celebrarlo.

-¿Han probado en el Café Gijón? -Es el primer sitio al que fuimos.

Ah, ¿y qué tienen en contra de su amigo?

No están de acuerdo en considerar a Galdós como un antiguo.

El pobre se refiere a Galdós así, no le falta razón.

Y dicen que su nueva poesía es muy extraña,

influida por los americanos. Y se ha casado en Nueva York.

-Un momento, un momento... bájese. -Ah, perdón.

¿Usted no estará hablando de... de don Juan Ramón Jiménez?

-¿Lo conoce? -¿Que si lo conoz...?

¡Me encanta!

Lo que ha hecho ahora no tiene nada que ver

con su anterior poesía. -No, y mejor, porque su poemario

todavía no está publicado y ya se habla de él, así que...

Es increíble, para mí sería un honor recibirlo aquí.

¡Sabía que podía contar con usted! (RÍEN)

Gracias, gracias, gracias.

Mi amor, ¿quieres que nos sentemos aquí?

Venga, así descansamos.

El niño aquí.

Perfecto. (RÍE)

¿Qué? Qué buen día hace hoy, ¿no?

Mira a Leandro. (TOCA EL SONAJERO)

¿Quieres jugar tú con él?

Ahora no.

Carlos, ya sé que para ti es muy complicado volver

a la normalidad, pero es que, de verdad,

¿puedes poner un poco de tu parte?

Yo sola no puedo.

Sofía, siento hacerte sufrir.

Pero yo no puedo ayudarte. Lo intento, pero soy incapaz.

No, ya lo sé, mi amor.

Si es que es mi culpa,

tú necesitas tiempo y yo te exijo demasiado.

Necesito tiempo.

Claro, mi amor y yo te lo daré, ¿eh?

Voy a esperar lo que sea necesario para que te recuperes.

¿Y si Cristóbal tiene razón?

¿Razón en qué?

Carlos, por favor, dímelo, ya sabes que puedes confiar en mí.

En que lo mejor es que me ingreses en...

en un sanatorio mental.

Ahora voy corriendo a avisar a mis amigos.

No se preocupe, lo tendré todo preparado.

Y una cosa, no se olvide de invitar a Velasco.

¿Al inspector?

¿Conoce a algún otro Velasco tan guapo como ese?

Ah, ¿y a qué viene tanto interés?

A usted no puedo ocultárselo,

desde que lo conocí no consigo pensar en nada más.

¡Ese hombre me tiene loco con su masculinidad!

(RÍE)

Simón, a Velasco le gusta el ensayo y la novela,

pero la poesía no está entre sus aficiones.

Convénzalo o engáñele si es preciso,

pero necesito verle como sea, ¡muero de amor por él!

Pero, si viene, no sea tan extravagante,

a ver si le va a asustar.

Un hombre tan viril no puede asustarse nunca.

Lo intentaré, pero no puedo prometerle nada.

Velasco es un hombre muy ocupado.

Usted tráigalo y yo haré que se olvide de sus ocupaciones.

(CELIA RÍE)

No, Carlos, no voy a permitir que vayas ahí.

Ya te perdí una vez y no quiero volver a hacerlo.

Sofía, ¿es que no lo entiendes?

Soy un peligro para ti y para el niño.

¿Cómo le vas a hacer daño al niño,

si es lo que más quieres?

Si ya te lo hago a ti con mi comportamiento,

y yo no quiero verte sufrir más por mi culpa.

Pero más sufriría si no estuvieras aquí.

Además, eres consciente de lo que te pasa,

eso es un primer paso para recuperarse, ¿eh?

Noto que... que hay algo en mi cabeza que no funciona bien.

Lo sé y no te imaginas lo doloroso que es sentirse así.

-Pues déjame ayudarte. -No, no, no, no.

Me aterra pensar que, sin querer, os pueda hacer daño.

A veces, me vienen pensamientos que no puedo ni decir en alto.

¿Qué pensamientos?

De muerte.

Me siento como alguien ajeno,

como si estuviera fuera de mi cuerpo y...

y este obrara por su cuenta

y fuese capaz de hacer cualquier barbaridad.

Pero, mi amor, yo te ayudaré, ¿eh?

Si quieres, te puedo buscar un especialista de la mente.

Pero alejarnos no, Carlos, por favor.

Sofía, lo hago para protegeros.

Si me quedo aquí, al final... acabaré por haceros daño.

Y, por mucho que me duela,

yo creo que es mejor alejarme ahora antes de...

antes de que haga algo irreparable.

¿No te da vergüenza estar bebiendo solo?

Los muchachos acaban de marcharse.

Eso es mentira.

Mientras tú estás aquí medio borracho,

el resto de los peones ha vuelto a la bodega.

-Imposible. -Ve y compruébalo tú mismo.

En cuanto se han dado cuenta de que podían perder sustento,

han ido a suplicar al patrón para que le devolviera el puesto.

-Cobardes. -Se preocupan por comer,

como tú deberías hacer.

Yo aún tengo algo de dignidad.

Parece ser que soy el único hombre de palabra

que aún queda en este pueblo.

-Pedro... -¡Suéltame! No te necesito.

¿Y ese vaso sí? (SUSPIRA)

Más vale que espabiles si quieres recuperar el jornal.

Por lo que más quieras, vuelve a las bodegas

y ponte a las órdenes de don Salvador.

¡Antes muerto!

Ese orgullo tuyo nos va a buscar la ruina.

¿Cómo vamos a comer si no trabajas?

Deja de lamentarte, mujer.

Qué cabezón eres. Esa gente no va a ceder.

Un Durégano nunca hinca las rodillas en el suelo.

¡Métetelo en la sesera!

¿Y cómo vas a conseguir que lo hagan ellos, eh?

Esperando, mujer, esperando.

La mejor uva es la que se recoge en el momento justo.

A veces, se espera demasiado y la uva se acaba pudriendo.

(Se oyen pasos acercándose)

Seguro que esas no son las medicinas

que te recetó el doctor Loygorri.

Esta es la mejor medicina que puedo tener, créame, madre.

No sé yo.

¿No estarías mejor descansando en la cama?

-¿Qué hace? -Tienes que hacer los ejercicios

que te mandó el doctor. -¡Suélteme!

¿Qué pasa, Gabriel?

No pienso perder el tiempo con esas tonterías.

Esas tonterías pueden hacer que vuelvas a caminar.

Eso no va a pasar por muchos ejercicios que haga, madre.

Más vale que se haga a la idea, yo ya lo he hecho.

El doctor Loygorri ya me advirtió que esto iba a ser largo y que

te desanimarías en algún momento, pero no lo permitiré. Vamos.

¡Ah, no me toque!

Gabriel, no te puedes rendir tan pronto.

No usted vivir de falsas esperanzas, madre.

Ese milagro que espera, jamás va a aparecer.

No sé, hijo, quizás si te hubieras quedado en el hospital,

allí... allí tenías más atenciones. Yo no sé lo que sabe una enfermera.

Entonces no se comporte como si lo fuera, madre,

para expiar su culpa.

¿Culpa?

Si no me hubiera comprado el maldito automóvil,

nada de esto habría pasado.

Estás rabioso, Gabriel.

Yo sé que no sientes lo que estás diciendo.

Solo quieres herirme... -¡Siento cada palabra, madre!

Por eso no la quiero a mi lado.

Eso es, váyase.

Váyase y no vuelva más.

Prefiero estar solo.

(GRITA) ¡Solo!

(LLORA) ¡Estoy harto de que todas las mujeres

me arruinen la vida y luego me abandonen!

(LLORA)

(RÍE) Ay... -Ya llegamos, padre.

Siéntese aquí.

(RÍE) Ay... ¡Ah! -Ahí.

Qué alivio, creí que no llegábamos nunca.

-¿Se encuentra bien? -Sí, claro.

No deberíamos haber salido de casa.

No, me moría de ganas de asistir a esta reunión.

-¿Y por qué? -¿Por qué?

Porque verte así, ilusionada por este muchacho,

me ha dado fuerzas para salir a la calle.

Me muero de ganas por conocerle.

Bueno, podríamos haberlo pospuesto, tampoco corría tanta prisa.

¿Y dejarte sola con su madre?

No, un padre está para apoyar a sus hijos.

Y es mejor que te acompañe, ya verás.

-Padre, no mienta. -¿Qué?

-Quiere poner a prueba a Gonzalo. -Bueno, ¿y te sorprende?

Solo le pido que sea cortés.

Nuestra relación está empezando y no quiero que nada lo estropee.

-¿Estropee el qué? -¡Gonzalo!

Has llegado un poco pronto, ¿no? -Tenía ganas de verte.

Y de conocer a tu padre. (RÍE)

-Encantado. -Igualmente.

Toma asiento.

No me habías comentado que tu pretendiente es tan apuesto.

Ah, bueno, seguro que lo he dicho en algún momento,

pero no estaría atento. -Ah...

Me gustaría que supiera que mis intenciones con su hija

son serias y honestas. -Y a mí me alegra mucho ver que

un joven tan bien intencionado le ha devuelto la alegría a mi hija.

¿Y tu madre?

A lo mejor no le ha dado tiempo a venir.

Qué va, no quería perdérselo.

-Me lo figuro. -Ha llamado al mediodía

para decir que estaba ocupada y vendría por su cuenta.

Podemos esperar el tiempo que sea necesario.

Ahí está.

-Ah, ¿es esa? -La de detrás.

Voy a buscarla.

¿Usted lo sabía?

Lo descubrí hace dos días.

Ah...

(Llaman a la puerta)

Amalia, soy yo. ¿Puedo pasar? -Ah, está bien, adelante.

¿Qué sucede? El público se está impacientando.

Ya debería estar en el escenario. -Lo siento, hoy no doy una.

Tengo la cabeza en otra parte. -¿Le pasa algo?

Pues es que Rodolfo ha descubierto una carta de un admirador

que me había regalado con un ramo de flores.

¿Y cómo puedo ser tan estúpida de habérmela olvidado en el bolso?

-¿La ha descubierto? -Bueno, no, porque resulta que

María, la criada, le ha dicho que la carta era suya,

bueno, regalo de un admirador y que la tenía yo

porque me había comprometido a saber quién era su admirador,

ir a la floristería... en fin. -Es una excusa rocambolesca, ¿no?

-Sí. -¿Se lo ha creído?

Pues no lo sé, pero como no sea así, se acabó el cantar.

No. No, no se acabó el cantar.

Bueno, desde luego, en el Ambigú, aquí sí.

¿Qué es lo que quiere decir?

Tal vez no sea tan mala idea como cree abandonar estas tablas.

Con su arte y su nuevo dominio vocal,

se merece debutar en escenarios de más renombre.

No digo la ópera, pero seguro que hay muchos teatros

dispuestos a llenarse para escucharla cantar.

Pero yo no necesito actuar en ningún teatro.

Con... con el Ambigú me basta para sentirme satisfecha.

¿Ha escuchado algo de lo que acabo de decir?

Palabra por palabra.

Pero yo no puedo emprender una carrera profesional.

Mi situación personal no me lo permite.

Déjeme convencer a Rodolfo.

Puedo hacer de usted una gran estrella.

Don Luis, yo se lo agradezco mucho,

pero es que no se trata solo de la opinión de mi marido.

Simplemente, yo tampoco lo deseo.

(SUSPIRA) La carrera de una artista profesional es muy dura

y yo no estoy dispuesta a hacer determinados sacrificios.

A cambio obtendría fama, reconocimiento,

haría lo que más le gusta.

Yo solo quiero ser feliz con mi marido

y dar un beso a mi hija todas las noches.

Y con tanto viaje y tanta gira, pues sería imposible.

¿Y qué hay de su vocación?

Eh, yo... yo no canto por dinero, ¿sabe?

Con el Ambigú me es suficiente.

¿Aunque solo la escuchen unos cuantos borrachos?

Aun así.

Será mejor que salgamos a actuar, mi público me espera.

(RESOPLA)

Madre, ¿qué le pasa? ¿Por qué no se acerca?

Me encuentro un poco mal, hijo.

Bueno, siéntese y le pido un vaso de agua.

Vamos a coger una mesa antes de que nos la quiten,

tu novia no tardará en llegar. -Amparo ya está aquí.

¿Dónde?

Amparo, esta es mi madre.

Encantada, señora.

¿Esta es la joven de la que me has estado hablando, Amparo?

Sí.

Y usted debe ser la madre de Gonzalo, a la que tanto admira.

Hijo, no me encuentro bien, mejor nos vamos.

Madre, ¿qué le pasa? -Cándida, no creo que sea

para tanto, por favor. -¿Se conocían de antes?

Está claro que hay un problema entre ustedes.

¿Por qué no nos sentamos y lo aclaramos?

No tengo nada que aclarar con ella. Vámonos.

-Madre, por favor. -Me estoy mareando.

¿Me vas a dejar que me vaya sola en este estado?

No te preocupes, muchacho. Yo me ocupo de Amparo.

Después hablamos.

Bueno, ya puedes dejar de fingir.

¿Se ha divertido bastante?

Pues sí, la verdad.

Menos mal que ha acabado. En cuanto he visto entrar

a los amigos de Simón, me esperaba lo peor.

Me parece estupendo, mientras no rompan la librería,

que mucho trabajo te ha costado. -No seas exagerada.

Solo causaron unos pocos desperfectos

y fue en la emoción del momento.

Ha valido la pena.

¿Qué?

¿Tú te das cuenta de lo importante que ha sido el acto de hoy?

-Pues no. -Juan Ramón Jiménez ha declamado

su nuevo estilo poético en Catelia.

Muy bien. Si no digo que ese señor sea importante, pero no sé.

No me ha parecido para tanto.

¿Tú has prestado atención?

Sí. Por eso lo digo. Esperaba algo más de chicha.

Chicha. ¿Pero qué dices?

Porque es lo que siento.

Mira. Lo titula "Diario de un poeta recién casado".

Me parece que pone poca gracia para describir

la vida de un recién casado. Me parece raro.

Gracia. La poesía no tiene nada que ver con la gracia.

-Ya. Ya lo he visto claro. -Esos poemas están cargados

de audacia, de misterio, de sensualidad.

Lo único sensual que he visto en esta sala, han sido tus labios.

Piensa lo que quieras, pero el acto de hoy ha sido todo un éxito.

Los amigos de Simón están tan encantados,

que nos han invitado mañana a ir de excursión

al Monasterio del Paular. -No pensarás ir.

Si es por la tienda, la cerramos.

No todos los días se codea una con los artistas

de la residencia de estudiantes.

Te codearás tú, porque no voy a aguantar escuchando poemas.

Prefiero quedarme en la librería. -¿Me vas a dejar sola?

¿Por qué tienes tanto interés en que vaya? No encajo.

Pero pasaremos el día juntas,

al aire libre.

Y así me ayudas a calmar a Simón

cuando se dé cuenta de que Velasco lo ha rechazado otra vez.

Ya, ya veo.

Anda. Te prometo que te compensaré.

Pídeme lo que quieras.

Está bien. Iré, si me acompañas a la próxima excursión

que van a hacer mis compañeras

de la casa de modas. -Eso es trampa.

Pero está bien. Está bien. Te acompañaré.

¿Estás segura? Nosotras no hablamos de la sensualidad de los poemas.

Como mucho, de pespuntes y dobladillos.

En tus manos, pura poesía.

Mira que eres zalamera cuando quieres, eh.

Menos mal que he venido, porque en la despensa no había

gran cosa. Pero algo he podido hacer.

¿No lo hueles?

Es un bocadillo de chacina, que tanto te gustaban

en el pueblo cuando venías con tu madre y con tu padre.

De eso, hace ya mucho, Elpidia.

Todos hemos cambiado. -Pero no lo rico que está.

¿No lo vas a mirar siquiera?

Bueno, pues te lo dejo aquí y te lo meriendas cuando quieras.

Elpidia, ahí no llego. Acércamelo.

Tengo una cosa que se me quema en el fuego.

Elpidia, ¿dónde vas?

¡Elpidia!

¡Elpidia, acércamelo!

¿Qué te crees, que no sé lo que intentas?

¡Pero no va a servir de nada, así que acércamelo!

Maldita sea.

Maldita sea.

¿Ves lo que has conseguido? ¿Ves lo que has conseguido?

¿Esto es lo que querías? ¡Dime!

¡Enhorabuena! ¡Pues ahora tendrás que ir a la cocina a hacerme otro!

Vas listo, después de hablarme de ese modo.

Ah, muy bien. ¿Me vas a dejar sin merendar?

Mira. Más hambre tendrás para la cena.

-Sois todos iguales. -Sí, porque me preocupo por ti,

como tu madre, que tendrías que pedirle perdón

por lo que le has dicho. -Ya te vino con el cuento.

Menudo sofocón tiene la pobre.

¿Pero cómo se te ocurre hacerle culpable de lo que te ha pasado?

¿No se siente bastante mal ya? -Por algo será.

Porque te quiere, Gabriel.

Porque te quiere y se siente mal de verte así.

Porque se cambiaría por ti, ¿entiendes?

Así que no le faltes más el respeto a mi prima.

¡Voy a decir lo que me dé la gana!

Si no supiera que estás sufriendo, te daba un sopapo

que te volvía la cabeza del revés.

Y te quitaba toda la tontería

que tienes. -¿Tontería?

¿Esto te parece una tontería?

Ni tú ni mi madre estáis impedidas.

¡Pero ojalá lo estuvierais y así supierais lo que se siente!

¿Cómo puedes decir eso, Gabriel?

¿Qué tienes, una piedra en el corazón?

Si me vas a cocinar, será mejor que te vayas y me dejes.

Bien. Ya me voy. Estaré en mi cuarto.

No. No me has entendido bien.

¡Quiero que recojas tus cosas y te largues de mi casa!

¿Me estás echando a mí, a la prima de tu madre?

Me da igual dónde te vayas, pero te quiero fuera de aquí. ¡Largo!

Muy bien. Ya me voy. Una más que se va.

Ahora, como sigas así, no te va a quedar a nadie

que echar de tu lado, porque vas a estar solo.

Por si tienes hambre.

(Portazo)

Te ha subido la tensión. ¿Has vuelto a trabajar?

¿Eh? No, no.

No tienes fiebre, pero aun así,

me gustaría que siguieras guardando reposo.

¿Me has oído?

Rodolfo. Perdona, perdona. ¿Qué me decías?

Deberías acompañarme al hospital.

Cada vez te cuesta más centrar la atención.

Si estoy despistado, no es por mi enfermedad.

¿Ah, no? ¿Y por qué es?

Cualquier quebradero de cabeza, afecta a tu salud.

Y no para bien.

Hay algo que me está torturando y no sé cómo resolver.

¿Por qué no me lo cuentas?

Quizás pueda ayudarte.

Amalia.

Creo que tiene un amante.

No. Rodolfo, eso es imposible.

Amalia está enamorada de ti.

Se va de casa, todas las tardes. Antes no lo hacía.

Para colmo, esta mañana ha llegado

un ramo con esta nota

que le enviaba el tipo. Escúchame.

No te precipites y habla con ella. Si ya lo he hecho.

No con ella, con María. ¿Qué te ha dicho?

Me vino con un cuento, nada convincente,

de que el ramo era para ella.

Bueno, puede que sea para ella. Si la hubieras escuchado

contar la historia, sabrías que se trata de una mentira.

Además, últimamente, veo a Amalia rara.

Y esta nota no hace sino confirmar mis sospechas.

Que esté rara no significa que te esté siendo infiel.

Rodolfo, confía en mí. Amalia te quiere.

Jamás haría algo así.

A veces, no es suficiente con el amor.

Mira. Últimamente, yo estoy cansado y me cuesta... Ya sabes.

Y ella... No puedo culparla de buscar en la calle

lo que yo no le doy.

Confía en mí. No te está engañando.

¿Pero y cómo estás tan seguro? Se pasa más tiempo fuera

de casa que aquí. Quizás, hace otra cosa.

¿Qué puede estar haciendo?

¿Cristóbal?

Si sabes algo, ya me lo estás contando.

Ha vuelto a cantar en el Ambigú.

Por eso, encontraste un ramo y una nota.

Será de algún admirador suyo que ni ella conocerá.

¿Que ha vuelto a cantar en el Ambigú

y te lo has callado? Le prometí guardarle el secreto.

Temía tu reacción. ¡Pues claro que la temía!

¡Me va a oír! No saquemos las cosas de quicio.

Está cantando. No te está faltando al respeto.

Si fueras más generoso con ella... ¡Oye, oye, oye!

Cuando quiera un consejo sobre cómo llevar mi matrimonio,

te lo pediré. Está bien. No te enfades.

No te conviene, dado tu estado. Y que me ocultéis todos

algo así, ¿sí es bueno para mi estado?

Cristóbal...

Sus pastillas, padre.

Vaya.

Al menos, mi enfermedad sirve para algo.

-¿De qué habla? -Ha conseguido sacarte

de tu dormitorio. Llevas toda la tarde encerrada,

sin querer dirigirme la palabra.

Y a él voy a volver ahora mismo.

Elisa, por favor. No te vayas.

Tenemos que hablar.

¿Hablar de qué, padre?

¿De quién es la madre de Gonzalo?

¿O de que lo sabía y no dijo nada?

No lo supe hasta ayer. Tenía que confirmarlo.

No quería darte una noticia que te heriría.

Usted nunca hace las cosas desinteresadamente.

Tienes razón. Pero, en este caso, no se trataba de nada malo.

Solo quería darte una lección sobre las consecuencias

que tiene mentir. Si no le hubieses engañado

sobre tu identidad, nada de esto habría pasado.

Yo no soy la única que ha mentido.

¿O tengo que recordarle que Cándida es la dueña

de una relojería, en vez de la mujerzuela de ese...?

¡Elisa! Cándida es una persona a la que aprecio

y no consentiré que la insultes.

-¿La va a poner por encima de mí? -No.

Pero tampoco se merece que la trates así, con ese desprecio.

Yo creo que sí, padre.

Por su culpa, voy a perder a Gonzalo.

Que Cándida sea su madre, no influye en vuestra relación.

¿De verdad lo piensa? Estoy segura

de que Cándida le contará cuál es mi nombre.

No lo hará, mientras le guardes su secreto.

Por favor, Elisa, sé discreta y no le cuentes a Gonzalo

a qué se dedica su madre. -Tiene derecho a saberlo.

Y su madre, a elegir el momento para contárselo.

¿Estamos? (TOSE)

Está bien.

Pero, igualmente, hay algo que no entiendo de todo esto.

-¿El qué? -¿Por qué Cándida se llevó

a Gonzalo así corriendo?

Fue una reacción desmedida, padre. ¿No cree?

Sí. A mí también me ha extrañado un poco.

No sé. Serán los nervios.

Hable bajo, por favor. Salvador está muy cansado

y se ha acostado. No quiero despertarle.

Discúlpeme. Ya sé que no son horas de visita.

Pero he tenido que esperar a que Pedro se durmiera para venir.

No se preocupe. ¿En qué puedo ayudarla?

Aquí les traigo unos quesos

para que los prueben. Los hago yo misma.

Bueno, no tenía por qué molestarse.

Bastante ha sido ya dejarnos anoche carbón en la puerta.

¿El carbón? ¿Y por qué cree que he sido yo?

Bueno, usted es la única persona de este pueblo que nos ayuda

y yo le voy a estar siempre agradecida.

No podía dejar que se muriesen de frío.

Aquí las noches son muy malas.

Lo sé, lo sé.

Si necesita algo, por favor, dígamelo.

Pues hay algo que sí me gustaría comentar con usted.

¿Por qué no se sienta y me lo cuenta con calma?

¿Y bien? -Lo primero,

me gustaría disculparme por cómo se ha portado mi marido.

Es muy bruto a la hora de decir las cosas.

Pero el campo es el campo. Endurece a la gente.

Usted no tiene la culpa de su forma de proceder.

Ya. Pero algo habrá que hacer.

No puedo dejar que nos arruine la vida.

-¿Aún sigue sin trabajo? -Pues sí.

Y sé que se arrepiente, pero nunca dará su brazo a torcer.

Es demasiado orgulloso.

Si su marido hiciese un gesto.

No sé si será posible.

Salvador también es muy orgulloso.

Ayúdeme, por lo que más quiera.

Mi familia necesita el dinero de las bodegas para vivir.

¿Con qué voy a dar de comer a mis hijos?

Está bien. Lo intentaré. Pero no le prometo nada.

No le pido una obra de caridad. Pedro es un buen capataz.

A don Salvador le costará encontrar otro igual y lo sabe.

Salvador ha sido duro con él para no perder la autoridad.

Sin ella, habríamos perdido el negocio.

Ya. Si yo no le culpo.

Solo quiero que acabemos con este problema cuanto antes.

Sí. Yo también lo deseo.

El resto de las familias ya han recuperado el trabajo

y con él, la tranquilidad. Yo quiero lo mismo para la mía.

¿Me ayudará?

Cuente conmigo.

Entre las dos encontraremos la solución.

Yo fui a una curandera. ¿A una curandera?

Sí. No sé. Quizás, lo de quedarse

embarazada es una cuestión de tiempo y de suerte.

Te digo yo que esta mujer es infalible.

No se llama Amparo. Se llama Elisa.

Tendrá una razón para haberme mentido en algo así.

Piensa en todo lo que no te habrá contado

cuando ni te ha dicho su verdadero nombre.

No seas pánfilo. -Ya sabíamos que me había mentido.

Debe tener otra razón para querer que no la vea.

Creo que ha llegado el momento

de que te cuente quién es Elisa Silva.

Sé que Pedro se ha portado mal con usted.

Y le quería pedir, por Dios, que le vuelva a contratar.

Pedro ha sido muy desafortunado con sus acciones y sus comentarios.

Tanto, que no sé si hay vuelta atrás.

Pedro es un buen hombre, señor. Pero le pierde la boca.

Pues que venga en persona y me pida disculpas.

Le llevarían los demonios, antes de venir aquí

y reconocer que se ha portado mal con usted.

Esta mañana, he estado en las bodegas

y aunque no soy ninguna experta, sí he podido observar

que todo está bastante mal organizado.

¿Ah, sí? No me diga. -Sí.

¿Por qué no ha venido tu amigo Velasco?

Con lo guapo que me he puesto. -A él no le gustan

este tipo de salidas. Y si la realiza, prefiere hacerlo

con alguien que sea un poco más afín a él.

¿Afín? Nadie le puede ser más afín que yo.

Esta mañana, me sentía muy cansada tras atender

a varios hombres para saldar mi deuda contigo cuanto antes.

Me fui a dar un paseo. Y de pronto, me vi rodeada

por un montón de matones que empezaron a darme una paliza.

Cuando terminaron de empujarme y de darme puñetazos y patadas,

me di cuenta que me habían dejado la cara intacta.

Lógicamente, pensé que quién me podía querer a mí mal

y, a la vez, querer que estuviera mi cara intacta. Y esa eres tú.

Estoy convencido de que están bien, así que adelante.

Si no los ha visto. Y yo no puedo firmar.

He hecho un poder notarial para que pueda firmar.

Y por lo demás, me fío de usted.

Verá, Benjamín, no he venido para quedarme,

sino para informarle de algo importante.

¿Qué le parece mi vestido? ¿Le gusta?

¡Uf! Es muy bonito con todos los...

Se nota que lo ha arreglado, porque realza su figura.

Gracias. Así da gusto.

¡Oh!

Sofía, Carlos no le haría daño a una mosca.

Por eso puedes estar tranquila. -El Carlos de antes no.

Pero ahora es una persona diferente.

Elisa, no es él. No sé. Sufre mucho

con esos pensamientos que le acosan.

Acaba de vivir una guerra.

Es normal que tenga pensamientos sombríos.

¿Y si tiene razón y nos hace daño?

(APLAUDEN) -Muchas gracias.

Muchas gracias a La Cachetera. Muchas gracias a don Luis,

nuestro pianista. (APLAUDEN)

Pero yo veo al público con ganas de un bis, ¿verdad?

Bueno, a aquel caballero lo veo un poco indeciso.

Ya, pero esa cara es de aguantarse la tos.

Ah. En ese caso, una más, pero ya, que si no, se me hace muy tarde.

Puedes decirme lo que quieres. Insultarme, si te apetece.

Pero no toleraré que te sigas comportando de este modo.

-¿Y qué va a hacer? -Lo que haga falta.

Pero todo tiene que empezar por ti.

Tienes que hacer los ejercicios, te guste o no.

Y yo te voy a ayudar, quieras o no. -No me toque.

-Vamos. -No me toque. ¡No me toque!

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Seis Hermanas - Capítulo 474

30 mar 2017

Rodolfo oculta su enfermedad a Amalia. Blanca se obsesiona con quedarse embarazada. Diana y Salvador consiguen que todos, menos Pedro, vuelvan a trabajar. Celia va a organizar un acto literario. Gabriel pide el alta voluntaria. Elisa y D. Ricardo acuden a la cita con Gonzalo y su madre.

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