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No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 473 - ver ahora
Transcripción completa

Tiene tanto miedo de que su hijo no descubra quién es,

que no ve las cosas con claridad. -¡No se te ocurra hablarme así!

-¡Suélteme ahora mismo! -No se te ocurra acercarte a él.

¿Cómo está Gabriel? ¿Hay alguna novedad?

Esto que le ha pasado es muy grave, Raimundo.

No sé si le hundirá para siempre.

Sigues con la fiebre muy alta, te está bajando el pulso.

Vamos al hospital porque, entonces,

sí que vamos a renunciar a un sueño compartido,

envejecer juntos.

No estamos pasando por un buen momento en casa y...

Por eso cerró la tienda ayer por la tarde.

Sí, yo ayer estaba en casa, pero la tienda estaba abierta.

Eso no es así. Yo pasé y estaba cerrada.

Me parece muy cruel encerrar a mi marido allí

después de todo lo que me ha costado recuperarle.

Dile a Cristóbal que no lo harás, Carlos se queda en casa.

Tú eres la única que puede decidir lo que hacer con él.

Me han dicho en el bar que el Sr. Montaner

no ha encontrado a nadie que le baile el agua.

No tiene manos, así que no le quedará otra

que venir a suplicarme. Blanca está bien, gracias a Dios.

¿La han vaciado? No.

Por fortuna hemos podido salvarle el útero.

¿Y podréis tener hijos? Sí, sí, Amalia, nada lo impide.

Pero, señor, si se ha desvanecido, pensé que se moría.

¿Qué me voy a morir, mujer?

-¿Llamo al médico? -No.

Señor, usted no está bien.

Ni una palabra de esto a la señora.

Quiero que sepas que no te mentí con mala intención.

Vamos a hacer una cosa, volvemos a empezar.

Como si nos acabáramos de conocer.

Sin engaños, ni mentiras, ¿de acuerdo, Amparo?

De acuerdo.

Pensé que teníamos un proyecto juntas.

Debes entender que no puedo dejar pasar ese trabajo.

Solo te voy a pedir una cosa:

si te tienes que ausentar de la tienda, me avisas antes.

Ya sé lo que vamos hacer.

Vamos a buscar la mano de obra en el pueblo de al lado.

Pero, si hacemos eso, nos buscaremos la enemistad

de este pueblo para siempre.

Ya la tenemos y no hicimos nada para merecerlo.

Si no nos quieren en Riberas del Conde,

nos van a adorar en Riberas del Rey.

(Sintonía)

Gracias.

Me ocultaba que trabajaba en el taller de costuras Pavón.

Y me dice que soy una egoísta por no ponerme en su lugar.

¿Se lo puede creer? -Sí, perfectamente.

¿Ah, sí? ¿Se puede creer que me llame egoísta?

Claro, yo también se lo llamaría.

¿Por qué? ¿Le parece que soy egoísta?

Si no, no se lo llamaría.

Nadie puede vivir los sueños ajenos como si fueran propios,

y es lo que le pide a ella que haga.

No me puedo creer que me diga eso, quizá no me ha prestado atención.

Ando un poco distraído, pero creo haberla entendido en lo esencial.

Lo esencial es que Cata me ha traicionado.

Ella quiere ser modista y tiene que luchar por sus sueños,

como usted lucha por su idea de montar una librería

o de ser escritora. -Me lo podía haber dicho antes.

Así yo me ahorraba una decepción.

A ver, imagínese la situación del revés, ¿eh?

Que Cata, con la mejor de sus intenciones,

la obligue a usted a pasarse todo el día cosiendo dobladillos

y poniendo botones, ¿eh?

¿No sentiría que su vida es de mentira?

¿No sentiría que su pareja le impone algo que no quiere

y que se comporta como una tirana en lugar de como alguien sensible?

Está bien, ya veo qué opina de mí: tirana y egoísta, eso soy yo.

Entre otras muchas cosas, que la hacen encantadora.

Y, aunque no se lo merece, voy a presentarle a un amigo.

¡Inspector, aquí!

Buenos días, Celia, perdón por el retraso.

Nada, no se preocupe. Eh, Sr. Gorís,

este es mi amigo, el Sr. Velasco. -Ah, encantado.

El placer es mío.

¿Y se puede saber qué es lo que inspecciona?

¡Caballero, por favor!

Velasco es inspector de Policía.

Qué susto, por un momento pensé

que era un triste inspector de chimeneas.

Ah, no hay trabajo triste, en mi opinión.

Y... hay muchas formas de ganarse la vida.

Lo importante es que sea honrada. -¡Jesús, qué carácter!

Celia, no le voy a perdonar que no me hablara de su amigo.

Ah, Velasco, no le tengas en cuenta sus comentarios.

Simón puede ser un poco expansivo.

¿Cuál es su nombre de pila?

Eh, Federico.

Federico, Federico, nombre largo de hombre rico.

Y, si es pobre, no me importa, que su nombre glorifico.

(RÍE)

Un... un poco temprano para hacer ripios, ¿no cree?

Simón es poeta, no puede vivir sin hacer versos.

Tomará un café, ¿verdad?

-No. -Un café o... o lo que surja.

No, no, no voy a poder porque... me están esperando en comisaría.

Si no se queda un rato con nosotros,

voy a cometer un hurto o algo peor,

para que me lleven esposado a su presencia.

Siento no... no poder quedarme a escuchar chistes y ripios.

Eh, encantado, caballero.

Eh, Federico, ¿no te vas a quedar al aperitivo?

No, no puedo, acabo de recordar que tengo que hacer... cosas.

Que tenga un buen día.

-Me acabo de enamorar. -Pues yo creo que le has espantado.

Bueno, eso ya se verá.

(Se oyen pasos acercándose)

Mi amor, ya tengo el alta.

¿Qué ocurre, cariño, no te alegras? Ya podemos irnos a casa.

No creo que haya nada que pueda alegrarme.

No sé, me siento muy... muy triste.

(SUSPIRA) Y muy vacía.

Entiendo, cariño.

Es normal que te sientas así.

No sé, yo sentía que estaba dentro de mí

Mira, te parecerá que es una locura,

porque estaba embarazada de pocas semanas,

pero yo sentía que nuestro bebé estaba aquí y ya no está.

No llores. No llores, cariño.

(LLORA) Escucha, Blanca,

dentro de esta desgracia hay una buena noticia.

Hemos conseguido salvar el útero,

puedes volver a quedarte embarazada.

Ah, demasiados milagros, ¿no crees? Esto no ha sido un milagro,

fue un error médico pensar que la radiación te dejó estéril.

(SUSPIRA) Pero puedes volver

a quedarte embarazada otra vez.

Todos pensaban que yo nunca podría quedarme embarazada

Bueno, pero ha ocurrido. Hay que tener fe.

¿Y si no puedo volver a quedarme embarazada?

Blanca, no pasa nada,

me casé contigo sabiendo que eso no pasaría.

No le exijo nada a la vida, solo quererte.

Y que seamos felices.

Pero sería tan bonito que pudiéramos tener un hijo.

Sería muy bonito. Sí.

Pero también podemos ser felices sin tenerlo.

Así que no llores, ¿eh?

Y menos ahora que acabas de salir del quirófano.

De acuerdo.

(SUSPIRA) Escúchame.

Estoy pensando que tengo un buen amigo que es ginecólogo.

Trabaja fuera del hospital, es un muy buen profesional.

Quizá te haría bien llamarlo, a ver si puede venir,

hacerte una exploración

y valorar si podrías quedarte embarazada.

¿Pero eso puede saberse con una simple exploración?

Bueno, es su especialidad.

Ah, pues llámale.

Sí, que me haga la exploración antes de volver a casa.

Yo me encuentro bien. No sé si estará disponible.

Llámale, por favor.

Ah, está bien.

Ah...

Rosalía me ha dado buenas noticias:

Blanca ha pasado muy buena noche y hoy mismo le dan el alta.

Me alegro. Seguro que tu hermana ha dormido mejor que tú.

Sí, no he pegado ojo en toda la noche pensando en ella.

Te dije que todo saldría bien. ¿Estás más tranquila?

Más tranquila y aliviada.

Ahora ya puedo concentrarme en los mil problemas que tenemos.

Y dentro de poco tendremos 999 problemas.

Iré a Riberas del Rey a buscar mano de otra.

Por cómo se llevan los pueblos, la conseguiré.

A ver si es verdad y empezamos con las bodegas y viñedos.

Te prometo que volveré con buenas noticias.

No solo volverás con buenas noticias.

También tendrás que traer algo de comida.

Cierto, la despensa está vacía.

No podemos aguantar con desayunos tan frugales como el de hoy.

Mañana desayunarás como una reina. Deséame suerte.

Suerte.

Cuánto tiempo sin venir, me alegro de verle.

Muchas gracias.

Ay, cómo echaba de menos el aroma del café del Ambigú.

Pues claro que sí, padre, ¿cuánto hacía que no salía?

Ya ni me acuerdo, pero me ha parecido un siglo.

Cuando se termine el café, pasearemos por el parque,

que hace mucho sol, le vendrá muy bien.

Cuando salgamos, vamos a casa. Estoy muy cansado.

Padre, si apenas ha caminado.

Cristóbal dice que debe ejercitarse.

Bueno, poco a poco, Elisa.

Nadie conoce su cuerpo como uno mismo.

Con este paseo hasta el Ambigú ya he tenido bastante por hoy.

¿Y hará que me recluya yo también en casa?

De eso nada, ¿por qué no vas a dar un paseo con ese joven

que te tiene tan interesada?

(RÍE) -No creo que sea buena idea.

¿Por qué dices eso, eh?

Ese joven te devolvió la alegría. Y la vida es corta, Elisa.

Lo sé. Pero es que ayer...

-¿Qué pasó ayer? -Nada.

-¿Se intentó propasar contigo? -¡No, no, padre, por Dios!

Gonzalo es muy formal y muy educado.

-¿Entonces? -Le conté la verdad sobre mí.

-Ah, y se lo tomó muy mal. -No.

Para nada. -¿Entonces dónde está el problema?

Por fin has reunido la valentía suficiente para decirle la verdad.

Pero, padre, es que no se lo conté por iniciativa propia.

Se me escapó que el niño no era mío.

¡Ay! ¡Qué desastre, señora! En este pueblo no hay

ni una sola alma caritativa, ¡es que ni una!

A ver, ¿qué ha pasado ahora?

El carbonero, que no nos vende carbón.

¡No me lo puedo creer!

¡Es que este pueblo está todo en contra nuestra!

Cualquier día va a venir una horda de matones

y nos va a incendiar la casa con nosotros dentro.

¡Por favor, no me digas eso!

¿Pero qué vamos a hacer sin carbón? Nos moriremos de frío.

Salvador se acaba de ir,

le tendría que haber dicho que lo comprase.

-Vaya... -Casi te cruzas con él.

Vine lo antes que pude.

¿Y si le ofrecemos más dinero al carbonero?

Quizá así nos venda más. -No, señora.

¿Por qué no? El dinero lo consigue todo.

Le digo que no porque yo ya lo he intentado.

Le he ofrecido el doble del precio, y ni por esas.

Me ha dicho: "Aquí no hay carbón para los señoritos de ciudad".

Entre que somos de ciudad y lo de Pedro, parecemos apestados.

Voy a tocar en todas las puertas hasta que algún vecino nos dé.

Que digo yo que alguien habrá con un poquito de caridad.

No, Merceditas, no, Riberas del Conde está en nuestra contra.

Bueno, por intentarlo tampoco perdemos nada.

Déjalo, Merceditas.

Hay que acabar con este asunto de una vez por todas.

Ah, y sé con quién tengo que hablar.

¿Cómo que no es su hijo? ¿Y entonces de quién es?

De una amiga que lo está pasando mal.

Ella lo saca a pasear para que su amiga

tenga tiempo para ella y... y pueda descansar.

Ay, cariño, me imagino el chasco que te habrás llevado.

No me he llevado ningún chasco.

Demuestra que es una mujer generosa.

Y también una mentirosa de tomo y lomo.

Lo sé. Todo esto me ha hecho pensar en algo muy importante, madre.

¿Que no merece la pena iniciar una relación basada en la mentira?

Eso debería pensar. No soporto a las personas que mienten,

sobre todo, a los que mienten a sus seres queridos.

-Claro. -En EE.UU. rompí mi relación

con un amigo cuando me enteré que exageró sus méritos académicos.

No sé quién te habrá inculcado tal integridad.

Seguramente ha sido usted, madre,

aunque nos hayamos relacionado en la distancia.

No creo que haya sido yo.

Pero me alegra que te haya abierto los ojos con Amparo.

-Con ella es diferente, madre. -¿Por qué?

Cuando me contó todo eso, yo era un desconocido.

Lo hizo para proteger su intimidad. -Sí, pero había otras formas.

Además, algo tiene que me hace quererla aún más,

a pesar de sus mentiras.

A ella la... la perdono con facilidad y...

y la entiendo, madre.

Eso significa que no eres tan severo como crees, hijo.

-Bueno... -Y que eres capaz de perdonar

la mentira de quien aprecias. -No.

-Si es con buenas intenciones. -Amparo es una excepción, madre.

-¿Solo Amparo? (RÍE) ¿Qué le pasa, madre?

¿A qué viene esa pregunta?

Nada, es solo que, a veces,

las personas se ven obligadas a mentir por distintas razones.

Y no siempre tienen que ser malas.

Hay que decir la verdad, madre, siempre.

¿Y por qué te muestras tan blando con Amparo?

Eso es lo maravilloso, que es inexplicable.

No puedo ser severo con ella, tiene algo que...

que me dulcifica y... me hace querer protegerla.

Creo que te estás enamorando, cariño.

Bueno, es pronto para decir eso.

Lo que importa es que Amparo ha reconocido su error

y me ha pedido disculpas, no hay secretos entre nosotros.

¿Seguro que no hay más secretos?

Te conozco y hay algo que no me cuentas.

(RÍE) Si le hubieses confesado la verdad,

te sentirías aliviada y tranquila. Y no lo estás.

Es que le conté casi toda la verdad.

Ah, casi, pero no toda.

Bueno, pero en realidad fue un detalle sin importancia.

-Sí, ¿pero cuál? -Mi nombre.

¿Cómo que tu nombre?

Gonzalo sigue pensando que me llamo Amparo.

-¿Pero por qué le dijiste eso? -Pues, mire, padre, no lo sé.

Yo, cuando le conocí, quería protegerme y...

y pensé que, cambiándome el nombre pues él no podría hacer preguntas

ni investigar sobre mí. Y no pensaba volver a verle.

Pero ayer podrías haberle dicho que también le engañaste con eso.

Lo sé. Y debería haberlo hecho, padre, lo intenté, pero...

me dio miedo.

Después de haberle contado que no tenía un hijo,

que no era viuda... -¿Le dijiste que eras viuda?

Sí, pero todo eso ya es... todo eso ya no tiene importancia.

Está solucionado. Gonzalo sabe toda la verdad.

Toda menos tu nombre.

Bueno, pero eso es un detalle sin importancia.

Bueno, el nombre es más importante de lo que crees.

¿Pero por qué no le cuentas la verdad? ¿Qué vas a hacer?

Padre, yo he pensado decirle que Amparo es mi segundo nombre.

Que yo me llamo Elisa Amparo

porque una bisabuela nuestra se llamaba así.

No tenemos ninguna bisabuela que se llame Amparo,

ni una tía lejana o una prima. Amparo no...

Usted me puede seguir el juego.

¡Con otra mentira!

Padre, por favor.

Ayúdeme mañana cuando le conozca.

-¿Mañana? -Mañana. Y ya me parece tarde.

Tengo muchas ganas de que la conozca.

Está bien, por fin mañana la conoceré.

Para mí es muy importante que me dé su bendición.

¿Y cómo podría negártela viéndote tan feliz, cariño?

No va a poder, le va a encantar. Además, se parece mucho a usted.

¿Ah, sí? ¿Se parece a mí? ¿En qué?

Las dos son mujeres muy hermosas y muy inteligentes.

Dos mujeres únicas.

Te pones así de zalamero para que no pueda ponerte ninguna pega.

Me rompería el corazón si lo hiciera.

La verdad es que tengo mucha curiosidad

por conocer a la mujer que te ha trastornado de esta manera.

Estoy feliz, madre.

Desde que la conozco que... que no piso el suelo.

Déjate de cursilerías, anda.

Me voy a trabajar, que se me ha hecho tarde.

Pero si todavía es temprano.

No entiendo cómo le da tanto trabajo

una simple tienda de relojes.

La vida no es tan simple.

Ya lo entenderás con el tiempo.

Y cuando llegue ese momento, espero...

¿Qué?

Nada.

Me voy.

Me gusta mucho verte tan feliz, cariño.

¿Tienes un minuto?

Tengo mucho trabajo, Celia. Ya te he dicho que no puedo

ni comer ni tomar el aperitivo. -Eso no es verdad.

Estás enfadado conmigo porque algo te ha molestado.

Así que será mejor que me lo cuentes.

Si no, tendré que interrogarte.

Y estando en el lugar en el que estamos,

yo creo que acabarías confesando, inspector.

Hoy no estoy para bromas.

Aunque ya veo que tus nuevas amistades

no se toman nada en serio.

-¿Lo dices por Simón? -Pues sí. Lo digo por él.

Vaya. Así que es eso lo que te molesta.

¿Estás celoso de que tenga un nuevo amigo?

Claro que no. Pero me lo ha hecho pasar mal con su descaro.

Y tú no me has ayudado nada.

Parecía que preferías reírle las gracias.

Ay. Simón es muy deslenguado.

Dice lo primero que se le ocurre.

No hay que hacerle caso. -Fue bochornoso.

No quiero volver a verle nunca más.

A mí también me aturdió un poco el primer día que lo conocí.

En un mundo tan conservador, no es fácil encontrar

a alguien libre y extrovertido.

No hay nada mal en ser libre o extrovertido.

Pero no tiene sentido de la medida.

Pues yo creo que podríais ser buenos amigos.

-Lo dudo. -Incluso, podría llegar a gustarte.

¿Gustarme? ¡Ja! No.

-Si tú lo dices. -No. Y si volvemos a encontrarnos

con él por ahí, por casualidad, déjale muy claro

que no aguantaré sus gracias. -Eso, mejor, no se lo digo.

Para Simón, eso podría llegar a ser una provocación.

No respondo de mis actos, Celia.

La próxima vez, no me quedaré callado como un pasmarote.

Cuánto me alegra tenerla de nuevo en casa, señora.

Aunque la esperábamos mucho antes.

Don Cristóbal dijo que llegaría por la mañana.

Sí. Bueno, nos hemos entretenido un poco,

pero ha merecido la pena.

Cristóbal me ha dejado en la puerta y ha vuelto a irse.

¿Ha habido algún problema? No. No se preocupe.

Hemos sido a la visita de un amigo de Cristóbal.

Quería hacerme una revisión. Qué ganas.

La operaron ayer y hoy ya quiere revisarse.

Bueno, es un especialista en fertilidad, Elpidia.

Cristóbal quería que me hiciera unas pruebas

para saber si puedo quedarme embarazada.

¿Y qué ha dicho el especialista?

Pues que tengo el útero muy pequeño

y que, por eso, el embrión no pudo implantarse allí.

Ah. Entonces, ¿no va a poder tener hijos?

Bueno, ha dicho que es difícil, pero no imposible,

así que estoy contenta. ¿Se puede saber el tamaño

del útero ese? Elpidia, la medicina avanza mucho.

Me sorprende que esté usted tan contenta,

a pesar de que le han dicho que es algo muy difícil.

Bueno, sí lo estoy, porque es una posibilidad, aunque sea escasa.

Y eso me da esperanza. No me gustaría

que se hiciera usted falsas ilusiones, señora.

Déjela, doña Rosalía, que lo intente otra vez.

No quiero que se agarre a un clavo ardiendo,

que, luego, la decepción puede ser muy dura.

Lo mejor para quedarse preñada, es no querer quedarse.

Hágame caso. Por experiencia lo digo.

Por favor, que estas son cosas muy serias.

En mi pueblo, dicen que lo mejor es poner un caparazón de tortuga

boca abajo y tres hojas de fresnos mojadas en vinagre blanco.

No empieces con tus supersticiones. Déjela hablar.

Tiene que hacer cada tres días

durante tres meses, tres semanas y tres días.

¿Y de dónde saco yo un caparazón de tortuga?

Señora, ¿pero cómo presta usted oídos a esas supercherías?

Cualquier consejo me sirve, doña Rosalía.

Pues... si le sirve, sepa usted que mi abuela

acostumbraba a decir que ciertos alimentos

favorecen la concepción. -Eso sí que son cuentos chinos.

¿Ah, sí? ¿Y qué alimentos? Decía que la miel ayuda mucho.

Y la cebolla. Y, sobre todo, los arenques.

Debería usted sentarse, señora.

Los arenques. Eso decía.

Saltarse una actuación, como usted hizo ayer,

es absolutamente intolerable. Y, además, sin avisar.

Le he dicho que me surgió un imprevisto.

En el mundo del espectáculo, no hay imprevistos.

El público paga su entrada para verla cantar.

No puede fallar. Es un deber sagrado.

Bueno, aquí nadie para su entrada.

Esto no es el Olimpia. Es el Ambigú.

Y su público no es muy distinguido que se diga.

Bueno, eso da igual. Se merecen el mismo respeto.

Cuando usted se sube al escenario, Amalia, se produce la magia.

Hay que respetar ese momento y usted lo está haciendo añicos

con su informalidad. -Don Luis, Blanca, mi cuñada,

tuvo un problema muy grave de salud.

La operaron de urgencia. ¿Le parece buena excusa?

Lo que usted no acaba de entender, es que no hay excusas.

Actuar es lo primero.

Vamos a ver si le queda muy clarita una cosa.

Yo actúo por divertirme. No cobro.

Así que no tengo ningún compromiso ni con el café,

ni con el público y, mucho menos, con usted.

No sabe lo que me decepciona oír esas palabras.

Pensaba que usted quería aprender.

Y quiero mejorar como cantante.

Pero usted le da mucha importancia a lo que hacemos aquí.

¿Quiere relajarse y divertirse?

Por favor, ¿de qué estás discutiendo?

El público se está impacientando. -Más se impacientaron ayer.

Y nuestro deber es compensarles con una actuación sublime.

A mí me da igual que la actuación sea sublime, con tal de que sea.

¿Vamos?

(APLAUDEN)

Muchas gracias, querido público, por venir a esta sesión de vermú.

Espero que disfruten mucho del espectáculo.

Vamos a comenzar con una canción

que me recuerda mucho a mi infancia.

Maestro, cuando quiera.

(TOCA EL PIANO)

(CANTA) #Solo le pido que me compre hoy una flor.#

#Dos claveles o una rosa en la Plaza Mayor.#

#Son dos pesetitas, caballero,

#y unas moneditas nada más.#

¿Berta?

¿Anaís? ¿Reme?

No llame a las chicas, que no están.

-¿Y se puede saber dónde están? -Ay, yo qué sé.

Cada una hará lo que le dé la gana en su día libre.

¿Qué día libre? Si yo no le he dado a nadie el día libre.

Pero yo sí.

Espero que estés hablando en broma.

En absoluto. Eso sí, he tenido que decirles

que hablaba de su parte para que me hicieran caso.

¿Y con qué autoridad concedes libranzas?

Tú no eres nadie aquí.

Se equivoca. Soy la dueña de su secreto.

Y eso me concede cierta autoridad. ¿No le parece?

De hecho, creo que, desde hoy, la voy a tutear.

¿De verdad te quieres enfrentar a mí?

¿Hace falta que te recuerde

lo que le pasó a La Peineta por provocarme?

No me pongas a prueba. -¿Por qué haces esto, Marina?

Yo te he dado comida, techo y un trabajo cuando no tenías nada.

¿Y esta la forma que tienes de pagármelo?

Solo quiero saber hasta dónde puede llegar una persona

por proteger su secreto.

Simple curiosidad.

Por eso, te di la mejor habitación de la casa.

¿Qué más quieres? -Soy muy caprichosa.

Ya te irás dando cuenta.

Tú no necesitas nada de mí.

Todo esto lo haces porque eres cruel.

Puede ser.

Me encanta la sensación de tenerte a mi merced.

Está bien. ¿Y por qué no ponemos un precio único a mi secreto

y acabamos de una vez por todas con esto?

¿Y acabar con el juego antes de tiempo?

No. Dejaría de ser divertido.

Deja que las reglas las ponga yo.

Tiene razón el doctor Loygorri.

Eres una demente.

No te atrevas a repetir esa frase.

Mejor. Así calladita, estás más guapa.

Ah. Y no hagas ruido. Voy a descansar un poco.

Yo también me tomo el día libre.

(CANTA) #Son dos pesetitas que le espero.#

#Y esos billetitos, ¿dónde están?#

Muchísimas gracias, querido público.

Creo que nos hemos ganado un descanso.

Pero no se muevan de ahí, porque ahora mismo volvemos.

(APLAUDEN)

¿Qué le sirvo? -Una buena ración de explicaciones.

Doña Antonia... ¿Qué hace usted aquí, a estas horas?

Qué sorpresa, ¿no?

Mira. Pues ya somos dos los sorprendidos.

Ah. Lo dice por la actuación. Pues ya ve.

Las coincidencias. Que no...

Ha venido don Luis. Ha coincidido con La Cachetera.

Y que se han subido y se han arrancado a tocar, cantar.

Y ya ve el público, también, que desborda entusiasmo.

Me vas a desbordar a mí la paciencia. No me mientas.

No, no. Yo no miento nunca.

Mientes más que hablas. ¿Qué te crees?

¿Que no sé que has estado organizando actuaciones?

Por eso ha subido la recaudación. ¿O no?

Sí. Pero no ha sido por mi culpa. No, no.

Me han convencido entre don Luis y La Cachetera.

Me lo pidieron de rodillas. Yo no supe decirles que no.

Fue imposible. Don Luis... -¡Anda, cállate!

Vamos a lo importante. ¿Cuánto les pagas?

Nada.

-¿De verdad? -Sí. De verdad. Nada.

Don Luis lo hace por las propinas y La Cachetera por amor al arte.

-¿De verdad? -Sí, sí. A ver.

Yo nunca me metería en gastos sin consultarle antes.

-¿Y ellos aceptan actuar de gratis? -Sí.

Vaya.

Es que, doña Antonia, yo siempre miro por el negocio.

Lo primero es lo primero: el negocio.

No te hagas el gallito que me has estado engañando.

Eso es verdad. Y yo le aseguro

que entendería perfectamente si me despidiera.

¿Despedirte? Pero si merecías que te hiciera socio.

-¿Socio? -No hacíamos estas cajas

desde los tiempos de la Bella Margarita.

Y no nos cuesta nada. Es dinero que nos cae del cielo.

-Eso creo. Pero no sé... -Vamos a hacer una cosa.

Vamos a seguir con las actuaciones.

Pero me preocupa que mi hijo se entere.

Ya sabes tú que don Luis no es santo de su devoción.

Pero no se va a enterar nunca. Y menos, ahora

que está en el hospital. -No me lo recuerdes.

Yo no se lo recuerdo. Pero digo yo que ya que hablamos

de que suben las ganancias, entonces, no sé,

podríamos hablar de subir el jornal de este servidor.

Has convertido el Ambigú en tu cortijo particular

y me has estado engañando.

¿Tú qué crees que mereces? ¿El despido o un aumento de sueldo?

-¿Ninguna de las dos cosas? -¿Ves qué bien?

Estamos de acuerdo en todo. Hala.

(SUSPIRA)

Carmen.

¿Puedo hablar con usted un minuto?

Pues ando apurada. Tengo que hacer la comida para los críos.

Por lo menos, sus hijos tienen algo que comer.

Nosotros no podemos decir lo mismo.

¿Y no será porque se lo han buscado?

En este pueblo, no nos venden ni carbón.

¿Es que quieren matarnos de hambre y de frío?

El que siembra truenos, cosechas tempestades, señora.

¿Y qué hemos hecho que sea tan grave?

Hemos venido aquí con educación.

Solo queremos levantar un negocio en el que invertimos

muchísimo dinero y con el que, además, daremos trabajo

a muchas personas de este pueblo, como su marido.

-A mi marido, ni me lo miente. -Usted sabe que tengo razón.

Que no me líe. Ustedes vienen aquí con sus normas de ciudad.

Pero las cosas no funcionan así por estos pagos.

Una mujer no puede dar órdenes a un hombre.

Al final, la chispa ha estallado entre su marido y el mío.

Cuando la gente del pueblo se ve atacada, se defiende, señora.

Eso vale también para nosotros.

Es una ley universal. -No, no.

En Riberas del Conde, no hay leyes universales.

Hágame caso. A su cochero y a su doncella,

les puede tratar como Dios les da a entender.

Pero a la gente del pueblo no. -¿Y cómo les trato, Carmen?

Porque ya no me importa cómo se produjo este problema.

Lo único que quiero, es solucionarlo.

Tienen que acomodarse al pueblo y no al revés.

La gente de aquí no aceptará las maneras de hacer

de unos forasteros. -Somos personas, como ustedes.

Tenemos derecho a poder comprar comida y carbón.

Siento no poder ayudarla.

Yo, lo único que quiero, es que todos estemos bien.

Créame que yo también. Pero no puede ser.

Ya le he dicho que ando apurada.

Me tengo que ir, señora.

Hola.

Hola.

Gracias por venir. Si me das un minuto, termino esto y hablamos.

-¿Puedo darte un consejo? -Sí, claro.

Yo me encargaba de los sombreros cuando esto era la Villa de París

y pude comprobar que los sombreros que se ponen a esta altura

se venden mejor que los que se ponen abajo.

Gracias. Lo tendré en cuenta.

Y gracias también por venir tan pronto.

Bueno.

Bueno, ¿por qué querías que viniera?

Cata, tienes razón.

-¿En lo de los sombreros? -No.

En que me he equivocado al empujarte a vivir mis sueños.

En que una persona no puede vivir de los sueños ajenos.

Esto me lo ha dicho un amigo.

Es muy buena frase. Pero se nota que quien lo dijo,

nunca estuvo enamorado.

¿Por qué?

Celia, a mí no me importa abrazar tus sueños,

aunque no sean los míos. Y lo intenté.

Pero es que los libros no me van.

Entonces, debes luchar por tus sueños

y convertirte en una gran modista.

Y a mí me gustaría estar ahí contigo.

-¿De verdad? -Sí, por supuesto.

No hay nada más bonito que ver feliz a la persona

a la que amas. -Yo también quiero verte feliz.

¿Eso quiere decir que todavía me quieres?

-¿Tú qué crees? -No lo sé.

Pensaba que después de todo esto, quizás,

se te había caído la venda de los ojos.

Pues sí. Sí, se me ha caído la venda.

Y lo maravilloso es que me sigue gustando lo que veo.

Mira, Celia. Ya no te idealizo.

Veo tus defectos y me sigue gustando mucho el conjunto.

¿Aunque sea una egoísta y solo piense en mí?

A pesar de todo eso, te quiero.

Elisa.

Ay.

Qué bien que hayáis salido a pasear un rato.

¿Y tú qué tal? ¿Adónde vas?

A casa de mis hermanas, a visitar a Blanca.

Ya le han dado el alta. -Ah. Eso significa

que la operación ha ido bien, ¿no? -Sí.

Muy bien. Ahora tenéis que ayudarla mucho.

Soy madre y te aseguro

que no me imagino nada peor que perder a un hijo.

¿Dónde está Ciro?

¿Cómo dices, cariño?

¿Que dónde está Ciro?

Ciro está en Valladolid.

¿Y qué hace allí?

Carlos, por favor.

¿Ciro por qué no está aquí con Elisa?

Luego hablamos.

No, Sofía, tranquila.

Me siento un rato con vosotros y te lo cuento.

La operación de Blanca ha salido bien.

De hecho ya está en casa. Me alegro.

Pero si te soy sincero no he venido sólo

a informarme de Blanca, también por mí.

Últimamente no me encuentro muy bien.

¿Qué te pasa?

Pues fatiga, mareos...

Incluso he tenido algún pequeño desmayo.

¿Desmayo?

¿Desde cuándo? Desde hace unos días.

¿Y por qué no has venido antes?

Pues he venido, que para ser yo es bastante.

Ya sabes lo poco que me gustáis los médicos.

Ya.

A ver, mareos, desmayos. ¿Qué más?

Pues...

Desorientación.

A veces no sé dónde estoy o con quién estoy tratando.

Eso es lo que más me preocupa.

Rodolfo, ¿tienes alguna preocupación importante,

en el trabajo, en casa?

Bueno, estos días he firmado algún acuerdo importante

en la fábrica. Eso siempre es delicado.

Pero llevo unos días en casa y los síntomas no han cesado.

Más bien... al contrario.

Tengo que hacerte unas pruebas de inmediato.

¿De inmediato? Sí.

¿Crees que puede ser grave? Eso no lo voy a saber

hasta que no tenga las pruebas.

Acompáñame y deja aquí tus cosas.

Estuvimos un tiempo tratando de...

de limar asperezas, pero Ciro no estaba bien.

Él estaba atormentado.

¿Atormentado por qué?

Ya sabes que Ciro perdió una pierna, ¿eh?

Él no se adaptó a su vida en Madrid.

Por eso decidió abandonarme e irse a Valladolid.

Eso no es cierto.

Carlos, ¿qué estás diciendo?

Que me estáis mintiendo.

Que Ciro no estaba atormentado y no se ha ido por eso.

¿Y por qué dices eso? -Porque lo sé.

¿Cómo que lo sabes?

¿Has hablado con alguien, Carlos?

A ver, ¿nos estás ocultando algo?

Sois vosotras las que me estáis ocultando algo a mí.

Carlos, yo lo he pasado muy mal con la marcha de Ciro.

Y tú eres la única culpable del fracaso de tu matrimonio.

Carlos, por favor.

Luego hablamos en casa, por favor.

Ciro te ha abandonado porque lo ha descubierto.

¿Qué ha descubierto?

La verdadera naturaleza de Elisa.

Eres la mujer más egoísta que hay.

Eres una caprichosa y una manipuladora.

Carlos, ¿por qué me tratas así?

No te hagas la víctima.

Porque te mereces todo lo malo que te esté pasando.

¡Carlos, basta ya!

Elisa, te suplico que le disculpes.

Carlos no está bien. -Estoy perfectamente.

Levántate. Vámonos a casa.

Venga, luego hablamos. Levántate, venga.

Ciro era mi único amigo, la persona que mejor

me podría comprender ahora mismo

y tú lo has apartado de mí. -Vámonos.

Elisa, mañana te llamo, ¿eh?

Vamos.

Buenas tardes. ¿Cómo estamos hoy?

En la gloria.

No sabes lo divertido

que es estar aquí echado todo el día.

Me hubiera gustado venir antes,

pero tengo mucho trabajo en la comisaría.

Eso que te has ahorrado.

Creo que han puesto a mi cargo a las enfermeras más ineptas

y más antipáticas de todo el hospital.

Pues hablaré con el director

para que te ponga enfermeras más simpáticas.

¿Qué, empezamos con los ejercicios?

No, se ha hecho un poco tarde. Mejor lo dejamos para mañana.

No, tienes que hacerlo.

Hay que hacer los ejercicios cada día.

No me apetece. -Ya, pero debes hacerlos.

Velasco. -Vamos a ello.

Bien, empezamos por la pierna izquierda, ¿de acuerdo?

Levanto.

Y flexionamos.

Eso es. Así.

Para, para, Velasco.

¿Te duele? -No.

¿Entonces? -Ya te lo he dicho.

No quiero ejercicios. No quiero nada.

Gabriel, sé razonable.

Velasco, esto no tiene ningún sentido. ¿De acuerdo?

No siento nada.

No voy a dejar que pierdas la esperanza

porque te hayan puesto enfermeras antipáticas.

No quiero esperanza, Velasco.

Quiero enfrentarme a la realidad

y mirarla de frente.

No tengo solución. -Sí que la tienes.

No, esa es vuestra esperanza.

Pero no la mía.

¿Quieres saber qué mejora he tenido desde que estoy aquí?

Dime, ¿quieres saberlo o no?

Ninguna.

No hay mejora, Velasco.

No la hay. Y así será siempre.

Gabriel, hay que tener paciencia.

No sabes la paciencia que tengo.

Sobre todo cuando vienes aquí

y me miras con esos ojos de lástima.

Sólo quiero ayudar.

¿Es que no tienes nada mejor que hacer que venir a...

a tocarle la pierna a un impedido al hospital

Vengo a ayudar a un amigo que me necesita.

Tienes que estar muy solo, Velasco,

para querer venir a un sitio como este.

Mira, vamos a hacer una cosa. Vamos a hacer los ejercicios

durante 5 minutos y luego te dejo en paz.

¿Es que no te cansas, eh?

¿O es que quiere venir aquí a mendigar amistad?

Vengo porque me necesitas y porque no te voy a fallar.

Pues no quiero que vengas, Velasco. No lo quiero.

No quiero tu ayuda, ¿de acuerdo?

Quiero que te vayas. Vete.

Déjame en paz.

Bien.

Me voy.

Mañana intentaré venir un poco antes.

Espero que pases buena noche.

Hasta mañana.

¿Te dije o no te dije que Marina era muy peligrosa?

Sí, y tenías razón.

Pero puedes estar seguro de una cosa.

Marina ha ganado esta batalla, pero no la guerra.

Y esta guerra te juro que la voy a ganar yo.

Qué envidia que todavía tengas ganas de pelear.

A mí no me dan ganas de casi nada.

Pero si hoy has salido a dar un paseo.

No, si me ha sentado bien.

Pero tengo una enfermedad incurable, Cándida.

Sé que estos son mis últimos paseos.

No vuelvas otra vez con eso, Ricardo.

Pero si es la verdad.

Y además no soy ya ningún ingenuo

al que se le pueda engañar con facilidad.

Sí.

Pero mi hijo sí.

Creí que iba a aprender más de la vida en América.

¿Por qué lo dices?

El pobre se ha enamorado de una mujer

que desde el principio le está enredando

con engaños y mentiras.

Y me parece que mañana voy a conocer al tesorito.

Veo que ya anticipas que no te va a gustar.

No.

¿Porque quién soy yo para quejarme de mentiras

cuando mi hijo cree que soy una empresaria de éxito?

Es lo que eres.

No, cariño, soy la madame de un burdel.

Soy escoria.

Y cuando miro a mi hijo

siempre me pregunto a quién habrá salido,

porque él sí es un dechado de virtudes.

¿Cómo se llama tu hijo?

Gonzalo.

¿Gonzalo?

Sí. ¿Por qué te quedas tan pensativo?

¿Y cómo dices que se llama

la muchacha de la que está enamorado?

Amparo.

¿Y cuándo vas a quedar con esa tal Amparo?

¿Qué pasa, Ricardo?

No, sólo curiosidad...

(CONTENTA) ¡Ay!

¿Y eso?

Salía a tender la ropa y me he encontrado

con este cesto de carbón en la puerta.

Al fin podremos comer caliente.

Y calentarnos, señora, y calentarnos.

¿Usted cree que el carbonero se habrá ablandado?

No, yo creo que nuestro ángel de la guarda es otro.

Una mujer, para ser más concreta.

Bueno, sea quien sea que Dios le bendiga.

¿Qué, cómo están mis dos princesas?

(RÍE)

¿Vienes contento?

Contento y con el coche cargado de comida.

Merceditas, ve a bajar las bolsas, por favor.

¡Encantada de la vida, señor!

¿Por qué has tardado tanto? Estaba preocupada.

No sabes cómo me han tratado en ese pueblo.

¿Mal?

Primero me invitaron a comer... después a vinos.

Luego me dieron un paseo por el campo

y hasta me presentaron al alcalde.

Bueno, igualito que aquí.

En Riberas del Rey son muy hospitalarios.

Creo que nos hemos equivocado de pueblo.

¿Y has conseguido mano de obra?

He conseguido mano de obra. Diez jóvenes muy fuertes

dispuestos a venir a las bodegas todos los días.

Vaya, qué fácil ha sido.

¿Qué?

¿Qué pasa? Ven aquí.

¿No estás contenta?

Sí, es muy buena noticia.

Cariño, nuestros problemas se han terminado.

Es que me preocupa cómo se van a tomar

en este pueblo que vengan esos trabajadores.

Pues espero que se lo tomen muy muy muy mal.

Estoy deseando ver la cara de Pedro.

Me da pena Carmen.

Ella quería ayudarnos.

Mira, nos ha traído carbón.

Pues le damos las gracias. Pero no la necesitamos

ni a ella ni al cazurro de su marido.

No se lo van a tomar bien, Salvador.

Cada día que pasa con las bodegas paradas

perdemos mucho dinero. Y no nos sobra.

Ya, ya lo sé.

Perdona que no comparta tu entusiasmo, pero...

No sé. -¿Qué?

Tengo un mal presentimiento.

Rodolfo, ya tengo los resultados.

¿Es grave?

Siéntate, por favor.

No me gusta nada que te pongas tan ceremonioso.

Verás, estás padeciendo las secuelas de una enfermedad

que contrajiste hace tiempo.

¿Recuerdas la blenorragia?

Pero si me recuperé por completo de aquello.

A veces las enfermedades quedan latentes

y pueden volver a dar la cara en cualquier momento.

¿Tiene cura?

Depende.

Es una enfermedad grave, Rodolfo.

Y quiero que te tomes esto muy en serio.

¿Pero puedo hacer vida normal? No.

Debes guardar reposo.

Y escúchame bien, nada de trabajar,

nada de ir a la fábrica. Bueno...

Ninguna preocupación por nimia que sea.

La alimentación fundamental, Rodolfo.

Tienes que comer bien.

Y cero alcohol.

El resto de indicaciones te las he apuntado aquí.

Y supongo que un buen cóctel de medicinas.

Está todo ahí apuntado, sí.

Supongo que podría haber sido peor.

Es importante que Amalia colabore en tu recuperación.

No, no, no quiero que Amalia se entere de esto.

Escúchame, estamos hablando de una enfermedad

de transmisión sexual, debe saberlo.

Cristóbal, Amalia me contagió.

Si se entera de lo que me pasa se va a sentir culpable.

Es tu esposa, debe aceptarlo.

Pues prefiero mantenerla al margen.

¿Cómo vas a justificar esa retahíla de medicamentos?

Intentaré que no se dé cuenta.

Creo que no eres consciente de la gravedad del asunto.

Estamos hablando de una enfermedad peligrosa.

Y Amalia no debe saberlo únicamente porque es tu esposa,

sino porque vas a necesitar su ayuda.

Yo me ayudaré a mí mismo.

Pero ella está al margen. ¿Estamos?

No voy a consentirlo. Me da igual, Cristóbal.

Aquí eres mi médico, no mi hermano.

No puedes desvelar mi historial médico sin mi consentimiento.

Como quieras. Te lo agradezco.

Júrame que vas a hacer lo que te digo, Rodolfo.

Estamos hablando de tu vida.

Mírame.

Un despiste y podrías morir.

Ayer fui al médico y me dijo que iba a ser muy difícil

que pudiera volver a quedarme embarazada.

¿Y eso qué tiene que ver con los arenques?

Bueno, pues que según dicen

los arenques favorecen la fertilidad.

Los médicos dicen que no son

más que supersticiones sin sentido.

Ya, pero es que yo tengo que intentarlo.

Además, ¿qué tiene de malo comer unos cuántos arenques?

No, ese no es el problema, Blanca.

El problema es que te obsesiones.

¿Qué significa esto, Cándida?

El sobre de la paga semanal.

Está vacío.

Las demás han recibido más dinero que nunca y yo nada.

Eso tiene una explicación muy sencilla.

¿Ah, sí? ¿Cuál?

Aparte de la paga habitual les he dado

un parte proporcional de la tuya.

No tienes derecho.

No tienes derecho a tocar ni un céntimo de mi trabajo.

¡Cariño, no te vas a creer lo que ha pasado!

¿Qué desgracia nos ha caído esta vez?

Cuando he ido a abrir la bodega a los nuevos peones

me he encontrado a los antiguos esperándome.

¡Y le han pegado! ¿Está usted bien?

Estoy bien. Han vuelto para trabajar.

(LEE) Su voz es como una caricia para los sentidos.

Siempre suyo.

¡María!

¿Qué quiere el señor?

¿Qué sabes de esto?

Con su arte y dominio vocal

se merece debutar en escenarios de más renombre.

No digo la ópera, pero seguro que hay muchos teatros

dispuestos a llenarse para escucharla cantar.

¡Suéltame, quiero irme a casa! No puedes irte a casa.

Claro que sí, estoy harto de estar aquí encerrado.

Así que dame el alta. Hagamos una cosa.

Si te empeñas en irte tiene que ser

bajo tu responsabilidad.

Yo no puedo firmar la autorización

de algo en lo que no creo.

Muy bien, pues tráeme esos papeles.

Ahora voy corriendo a avisar a mis amigos.

No se preocupe, que lo tendré todo preparado.

Y una cosa...

No se olvide de invitar a Velasco.

¿Al inspector?

¿Conoce algún otro Velasco tan guapo como ese?

Simón, a Velasco le gusta el ensayo.

Y la novela, pero la poesía no está entre sus aficiones.

Convénzalo.

Voy a esperar lo que sea necesario

para que te recuperes.

¿Y si Cristóbal tiene razón?

¿Razón en qué?

Carlos, por favor, dímelo.

Ya sabes que puedes confiar en mí.

En que lo mejor es que me ingreses en...

en un sanatorio mental.

Mientras tú estás aquí medio borracho

el resto de los peones ha vuelto a la bodega.

Imposible.

Ve y compruébalo tú mismo.

Me gustaría que supiera

que mis intenciones con su hija son serias y honestas.

¿Y tu madre?

Voy a buscarla.

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Seis Hermanas - Capítulo 473

29 mar 2017

Blanca mantiene la esperanza de volver a quedarse embarazada. Simón le hace ver a Celia que es injusta con Cata. Salvador consigue una cuadrilla de trabajadores en el pueblo vecino. Carlos acusa a Elisa de haber destruido su matrimonio con Ciro. Cristóbal examina a Rodolfo.

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