www.rtve.es /pages/rtve-player-app/2.10.1/js
3959019
No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 471 - ver ahora
Transcripción completa

¿No vas a presentarnos?

Soy su hermana, Blanca, encantada.

¿Me aceptáis ese café? No tenemos nada de tiempo.

Por supuesto que hay tiempo. Amparo, y siéntese, por favor,

así nos cuenta cómo conoció a mi hermana Amparo.

En la vida, hay un lugar

"pa" los hombres y otro "pa" las hembras,

métase en su casa, cuide sus hijos

y deje que sean los hombres los que trabajen.

En todos los restaurantes se carga, sin excepción,

la comida y bebida de dos personas.

Le juro que no estuve con ese portugués en esos sitios.

¡No me tome por imbécil, Benjamín!

A mí, me gustaría conocerla.

Pronto tendrá ocasión.

La de hoy es la ocasión perfecta,

acudiré contigo a la cita.

¿Qué le ocurre, señora?

No lo sé, pero, me duele.

Agárrese a mí, la llevaré a su habitación para que se eche.

No, no puedo levantarme, Rosalía.

Llame, por favor, a Cristóbal. Enseguida.

Usted podrá ser un "señoritingo" de Madrid,

pero, yo tengo mi orgullo y no pienso dejarme pisar

ni por usted ni mucho menos por su señora.

Mañana, no hace falta que venga a trabajar.

Su hijo ha tenido un accidente de tráfico.

Ay, Dios mío de mi vida. ¿Y está bien?

No lo sé, apenas me dijeron nada por teléfono,

pero, está muy grave.

Creo que tienes un embarazo ectópico.

El embrión se ha implantado fuera del útero,

hay que intervenir, Blanca.

No, Cristóbal, no me voy a operar, de verdad, no quiero operarme.

Escúchame, si no te operas, Blanca, tu vida corre peligro.

Carlos. No, no me toques.

Carlos, soy Elisa.

No consentiré que nadie te haga daño ni se ría de ti,

así que, por favor, levántate y vámonos a casa.

Me quedo aquí.

Gonzalo. Buenos días.

¿No te sientas conmigo? Es un alivio ver que estás bien,

me preocupé por ti cuando no acudiste a nuestra cita, pero,

ya veo que, sencillamente, me dejaste plantado.

No, es que me fue, imposible, ir.

Imposible es mucho decir, ¿no te parece?

Cuando iba a salir, llegó una visita inesperada.

Debiste avisarme,

venir, al menos, a decirme que no podíamos pasear juntos.

No era una visita cualquiera,

era Carlos, el marido de Sofía, mi mejor amiga.

Ha vuelto del frente.

Eso no justifica que no me avisaras.

Podías venir a la cita con él

o enviar a alguien y no hiciste nada.

Es que no lo entiendes.

El Carlos que ha vuelto es otro.

Está trastornado por la guerra,

confuso o asustado, no lo sé.

Le costó entrar en mi casa

y al entrar no quería quedarse solo ni quería irse, después.

Me llevó un buen rato tranquilizarlo.

Y, después, yo...

yo fui a verte, pero, es que ya no estabas.

Ya,

y me figuro que la llegada de Carlos

te ha recordado a tu marido.

Bueno, es que, es inevitable,

solo que él nunca regresó. Bueno, no hablemos de eso.

Siento haberte tratado así.

No pasa nada,

tú no sabías nada, ha sido una reacción natural,

pero, ahora, supongo que querrás dejar de verme.

No, no quiero dejar de verte.

¿No? Claro que no.

Yo, tampoco a ti.

Cuando quieras, damos ese paseo que tenemos pendiente.

Y tu hijo, ¿dónde está?

Lo he dejado con mi hermana

porque dice que soy muy joven

y tengo que despreocuparme de vez en cuando.

Tengo ganas de volver a verle.

Y siento haber dudado de ti, Amparo,

ahora sé que eres sincera y de confianza.

(Llaman a la puerta)

Adelante.

Le he preparado una infusión de manzanilla y melisa, señora.

Ay, gracias, Rosalía, pero, ahora, no me apetece.

Bueno, se la dejo ahí por si luego cambia de opinión.

¿Cómo se encuentra esta mañana? Mejor, mejor.

Me gustaría pedirle un favor.

Claro, lo que quiera si está en mi mano.

¿Se acuerda de un gorrito de lana que le hizo a Germancito?

Ay, pobre criatura, sí, era blanco y con un pompón granate.

Sí, me gustaría que le hiciera uno igual a mi bebé.

¿A su bebé? Sí.

Claro, empezaré a hacerlo hoy mismo.

Ay, es usted un sol.

(Llaman a la puerta)

Blanca, permíteme, no te ha subido la fiebre.

Bueno, no lo sé, pero, yo me encuentro mejor.

No podemos esperar más, hay que ir al hospital.

No voy a ir al hospital.

Señor, déjela descansar.

Rosalía, es algo que Blanca no se puede permitir ahora.

Pero, quizá, ella necesita hacerse a la idea.

Rosalía, por favor, déjenos solos,

por favor. Como quiera, señor.

Blanca, no pongas las cosas más difíciles.

Tú las pones con tu empeño en ir al hospital.

No hay opción, es la única forma que tengo de salvarte la vida,

¿por qué te niegas a entenderlo?

Lo entiendo y si voy al hospital, sé qué pasará

y no quiero perder a mi hijo, por favor.

Escúchame, esta situación para mí, tampoco es fácil.

Créeme, es una decisión dolorosa, pero, nos viene dada.

Nos viene dada. Blanca, nos viene dada,

¿ves como no lo entiendes? Claro que lo entiendo,

no dejaré que le hagan algo a mi hijo para salvarme a mí.

No, no lo consentiré, lo siento.

Y, ahora, si me disculpas, acércame la infusión

que me ha hecho Rosalía, por favor.

Por favor, Cristóbal.

(SILBA UNA CANCIÓN)

(Pasos)

Ay, ya ha llegado.

Hace apenas un minuto, sí.

Bueno, le agradezco mucho

que accediera a darme la lección aquí,

mi marido hoy se ha quedado trabajando en casa.

Tal vez sea mejor, aquí no nos molestarán

ni la criada ni la niña.

Espero que le resulte fácil concentrarse y pueda mejorar.

Bueno, ¿no cree que ya estoy mejorando un poco?

Poco a poco.

Bueno, ayer, el público estaba muy entusiasmado

y todos acabaron de pie y ovacionándome.

Es innegable que ha hecho ciertos progresos

y espero que sea porque sigue mis indicaciones

porque como sigue empeñada en contonearse

como una vulgar cupletista,

es difícil saber por qué la ovacionan, exactamente.

Procuraré tomármelo como un cumplido.

Sin embargo, esto acaba de empezar,

seguiremos con las lecciones. si quiere ser una buena cantante.

Sí, sí quiero.

Supone esfuerzo y sacrificios constantes,

¿está dispuesta a hacerlos? Sí, claro.

Pues, entonces, empecemos.

¿Qué sucede?

Yo había puesto un broche en ese vestido, ¿lo ha visto?

¿Ah, sí, quién, yo?

No.

Sí, yo juraría que lo abroché en el escote.

Espero que no fuera de mucho valor.

Pues, no, pero, era como un talismán para mí.

¿Quién ha podido cogerlo?

No creo que aquí entre nadie, se le extraviaría

a Raimundo o a Antonia al limpiar.

Sí.

Mi amor, por favor, trata de ser razonable,

el embarazo nunca va a llegar a término.

Cristóbal, me lo has dicho muchas veces.

Y te lo diré las veces..

Me da igual las veces que me lo digas.

Nadie sabe con seguridad lo que va a pasar

ni siquiera vosotros, los médicos,

además, no me fío.

¿De qué no te tienes que fiar?,

el embrión está fuera del útero, tienes fiebre,

la infección gana terreno, si no vamos al hospital...

Es que no voy a ir al hospital, no voy a ir.

Nuestro hijo no va a nacer, Blanca, nunca va a nacer.

No por eso le vamos a quitar la oportunidad.

Si no está bien, vamos al hospital.

No voy a ir. ¡Sí vas a venir!

¡Soy tu médico y tu marido!,

es una orden, vamos. Es una orden.

Blanca, por favor. Lo siento, pero,

no eres mi dueño por mucho que seas mi marido.

Me recuerdas a tu hermano.

Te recuerdo a mi hermano. Sí.

Te vas a morir en esta cama

y estoy intentando que no lo hagas.

Lo siento, pero, la decisión está tomada,

me quedo aquí, vete.

Vete.

Vete, por favor.

Así que has despedido a Pedro.

Sí.

Y los demás se han ido con él, como era de esperar.

Pues, sí, parece ser que sí.

¿Y cuándo pensabas contármelo?

Hoy mismo.

No te creo.

¿Se puede saber cómo te has enterado?

Salvador, esto es un pueblo,

aquí, todos lo saben todo de todos.

¿Sabes lo humillante que ha sido para mí ser la última en enterarme?

¿Por qué lo echaste? ¿No lo saben todo?,

no me digas que no te lo dijeron. Quiero que me lo digas tú.

Discutimos.

Con más detalle, por favor.

Cariño, no hay mucho más que contar.

¡¿Me lo quieres contar de una vez?! Le dije que su obligación

era obedecer tus órdenes

y las mías, por algo somos los dueños,

se me puso farruco y lo despedí, eso es todo.

Así que has hecho lo que te pedí, expresamente, que no hicieras.

Cariño, las cosas no se iban a resolver si no.

¿Y se han resuelto así?

¿Se han resuelto o no? Parece que no se han resuelto.

Claro que no, si querías que Pedro recapacitase,

no solo no lo conseguiste, además, le diste la razón.

¿Cómo que le di la razón?, de eso nada.

Sí, le confirmaste que no puedo arreglar las cosas por mí misma,

que necesito que mi caballero andante me rescate.

Cariño, me conoces,

sabes que lo hice con la mejor intención.

Y te has cubierto de gloria.

Pues, vas a tener que hablar con esa mula de carga

y pedirle que vuelva al trabajo.

¿Cómo dices? Ya me has oído.

No, ni hablar,

va a venir él, agachará la cabeza y me pedirá que le readmita.

Sí, no va a venir.

No te preocupes que sí lo hará.

¿Así es cómo arregláis las cosas entre los hombres,

viendo quién es más cabezota?

Pues, la verdad, no me lo esperaba, padre,

cuando vi entrar a Sofía, pensé que venía sola.

Ahora que me queda poca vida me alegra ver que algunos

se las ingenian para volver del más allá.

Ha sido todo un milagro.

(RICARDO TOSE)

Tenga. Perdona.

Aunque estoy algo preocupada,

Carlos no es el mismo de antes.

Es normal, viene de la guerra

y eso deja huella a cualquiera.

No, padre, al venir de Marruecos no estaba así.

¿Y a qué crees que se debe?

Pues, no lo sabemos,

él no habla, pero, está claro que le ha pasado algo muy grave.

Dale tiempo, acaba de regresar,

poco a poco volverá a ser el Carlos de siempre, ya lo verás.

Ojalá.

Aunque, ahora mismo, lo veo difícil, la verdad.

Padre, es que está como... como aturdido.

Elisa,

lo importante es que está vivo y entero.

Eso es lo importante.

Es verdad.

Pues, claro que es verdad y no le des tantas vueltas

al asunto, anda, ponme un cojín a la espalda

que me enderece un poco.

Así, así.

Ahí. Ay, gracias.

¿Y qué tal tu cita con ese joven, Gonzalo?

Pues, no creo que vuelva a verle.

¿Y eso, por qué?

Pues...

Padre, ahora que ha vuelto Sofía, no tengo el niño conmigo,

Gonzalo, más tarde que temprano, descubrirá que ni soy viuda,

ni tengo un hijo, ni me llamo Amparo.

Pero, Elisa, ¿no hablamos de la sinceridad,

por qué le cuentas todas esas mentiras?

Padre, porque yo le acababa de conocer,

quería que me dejase en paz, no pensé que me iba...

¿A enamorar de él?

No, no lo sé.

El caso es que ahora lo pienso y daría lo que fuera

por volver a empezar,

pero, ya es tarde. No, no, no,

no tiene por qué serlo.

Ven aquí.

¿Y cómo cree que aguantaré todas esas mentiras?

Por eso, tienes que ser sincera de una vez por todas

y decirle que ni eres viuda ni ese hijo es tuyo,

dile, simplemente, que te llamas Elisa Silva

y que lamentas haberle mentido porque, en este momento,

es alguien importante para ti.

¿Y cómo cree que reaccionaría Gonzalo ante todo eso?,

para él, la sinceridad es lo más importante, padre.

Pues, claro, si es tan buena persona como dices

y está tan interesado en ti como parece,

me inclino a pensar que te va a perdonar,

ya lo verás.

¿Y si no lo hace?

Si no lo hace, bueno, lo habrás perdido,

y es algo con lo que ya cuentas en este momento.

¿No dices nada?

Ya lo ha dicho todo usted.

Gonzalo.

Buenos días, madre. ¿Venías a buscarme?

Tenía pensado invitarla a comer.

Bueno, siempre es algo muy agradable,

sobre todo, cuando no hay un motivo concreto, ¿o sí lo hay?

No, así hablamos.

Así que sí hay un motivo concreto,

¿de qué quieres que hablemos?

Esta mañana me he encontrado con Amparo.

Amparo, y me imagino que habrá sido un encuentro casual.

Sí, la vi y me acerqué para pedirle explicaciones.

Y no me digas más, te las dio y ya te tiene

otra vez comiendo de su mano.

Ya le dije que si Amparo no vino a la cita,

sería porque algo se lo impidió y así fue.

¿Y cuál fue ese impedimento, si no es mucha pregunta?

Un amigo de su difunto esposo volvió del frente.

No veo que sea justificación para el plantón que te dio.

Fue inesperado, el hombre estaba mal y no quiso dejarlo solo.

Por favor. Póngase en su lugar, madre,

¿qué habría hecho usted?, me parece que el gesto de Amparo

demuestra que tiene un corazón bondadoso.

¿Qué?

Lo que me faltaba por oír,

en Madrid no hay jóvenes de buen corazón,

y si las hay, nunca me encontré con ninguna.

Habrá de todo, como en cualquier sitio.

No, cariño, aquí son todas una frescas sin escrúpulos,

sobre todo, cuando se trata de aprovecharse de hombres como tú.

¿Hombres como yo? Sí,

hombres con muy poca experiencia

y muy buenas intenciones, unos ingenuos.

Sois las víctimas perfectas. -Amparo no es así.

No sé cómo serán las mujeres que has conocido en América,

puede que sean distintas.

Las de aquí solo se mueven por el interés.

No se ofenda, ¿pero quién es usted para sentar cátedra así?

¿Qué sabe usted de las mujeres? -Lo suficiente, créeme.

Ahora va a resultar que no hay mejor observatorio

de la condición humana que una tienda de relojes.

Te puedes guardar tu sarcasmo, Gonzalo.

Yo lo único que pretendo es que no te ilusiones mucho con ella.

Porque, según usted, es una arpía por no presentarse a una cita.

Además, con motivos, creo, bastantes comprensibles.

Una opinión un poco dura teniendo en cuenta

que ni siquiera la conoce. -Eso aún está en tu mano,

te recuerdo. Pronto la conocerá, se lo prometo.

-Me alegra oír eso. -Y espero su disculpa

cuando vea que Amparo es buena persona.

En ese caso, seré la primera en celebrar mi equivocación.

Arreglaré un encuentro para lo antes posible.

Muy bien.

Ah...

Madre.

¡Ay! ¡Ay, Gabriel, hijo!

-Más suave, por favor. -Perdóname.

¿Cómo estás? -Ah...

Bien, creo. -Bueno, pues tú estate quieto.

No te muevas, que buscaré a los médicos.

¡Ay, doctor! Antonia, ya estoy aquí.

¡Bueno! Bueno, por lo que veo, el durmiente volvió a la vigilia.

Ahora mismo. ¿Eso es bueno? Desde luego que sí.

Vamos a ver.

A ver...

A ver, Gabriel, trata de fijar la mirada aquí, ¿de acuerdo?

Ahora síguela.

Eso es. ¿Está bien?

Por ahora, todo parece indicar que sí, Antonia.

Escúchame, está vivo, que ya es bastante decir

después de lo que ha ocurrido.

Bueno, Gabriel, ¿recuerdas algo de lo que ocurrió?

El coche... el coche se fue, se fue en una curva.

Salí de la carretera, creo.

Muy bien. ¡Virgen Santa!

¿Recuerdas algo más?

No, nada. -Vamos, hijo, haz un esfuerzo.

Intenta recordar algo. No es cuestión de esfuerzo.

Es normal que tenga lagunas.

En casos así, la mente lo olvida casi todo,

es un mecanismo de defensa.

Doctor, ¿qué tengo?

Sufriste una colisión bastante importante.

Tienes lesiones por todo el cuerpo aunque, por fortuna,

no son lesiones muy importantes: varias costillas rotas,

una herida inciso contusa en la columna y

el escafoides de la mano izquierda lo tienes bastante afectado.

Vaya. O sea, que estoy hecho una calamidad, ¿no?

No es muy exacto en términos médicos,

pero resume bastante bien lo que te ocurre.

¿Me pondré bien? Esperemos que sí.

¿Tú ahora cómo te sientes, cómo te encuentras?

Pues me duele todo el cuerpo. Bueno, pues, aunque te sorprenda,

eso no es una mala señal. Ah...

Las costillas.

Las costillas me duelen mucho, doctor, y...

y me duele la parte de atrás de la cabeza.

Y el brazo. Bueno.

Lo único que no me duele son las piernas.

-Bueno, hijo, gracias a Dios. ¿Ni siquiera la pierna izquierda?

No, ninguna de las dos.

Pues tienes laceraciones bastante profundas en ella.

Pues no, no me duele. ¿No te duele ni cuando las mueves?

¿Qué pasa, hijo? -Doctor, no...

No puedo mover las piernas. -¿Qué pasa?

Espera, espera un momento.

A ver, dime si notas algo, ¿de acuerdo?

No, nada, doctor, no.

Doctor, ¿por qué no noto nada? ¿Aquí tampoco?

Doctor, ¿qué me pasa?

¡Gracias a Dios! ¿Dónde te habías metido?

Nos tienes muertos de hambre.

Ahora mismo les caliento las sobras de anoche.

-¿Cómo que las sobras? -¿No has hecho la compra?

¡Vienes de vacío!

Es que ni una triste hogaza me han querido vender.

-Habrás pasado un mal rato. -Pues sí, pero no me importa.

Yo lo que siento es que no ha servido para nada.

-¿Qué te han dicho en la tienda? -La tendera me ha dicho

que sabía quién era y que, si quieren comprar comida,

lo hagan en Riberas del Rey. -Habrá más tiendas en este pueblo.

Sí, claro que las hay, y he ido. Por eso he tardado tanto.

-¿Te han dicho lo mismo? -Ha sido todavía peor.

Prácticamente, me echaron a la calle.

En la vida había visto a gente tan cerril como esta.

¡Y vuelta con la burra! Que no son bien recibidos

en este pueblo y que se vayan a vivir a Riberas de Rey,

que no sé yo por qué mienta todo el mundo ese pueblo.

Cuando llegamos, un trabajador dijo que los de Riberas de Rey

y los de Riberas del Conde no se tragaban.

-¿A santo de qué? -Pues la cosa viene de antiguo.

Un asunto de tierras que acabó mal. Los de aquí se quedaron sin ellas.

Y para los de allí tampoco acabó bien,

porque los de aquí la emprendieron con ellos,

y alguno acabó en el jardín. Ah, ¡Virgen del Amor Hermoso!

Los de allí dicen que los de aquí son palurdos y salvajes.

-No lo desmentiré. -Y los de aquí dicen

que los de allí son unos estirados que se creen mejores

y se tiran pedos más altos que el culo.

-¿Qué? -No sé, lo que me dijeron.

Eso suele pasar mucho en los pueblos.

Pero lo que no entiendo es por qué les meten en el ajo.

Porque Salvador ha despedido a Pedro, el capataz de las bodegas,

y ahora todo el pueblo está en nuestra contra.

Por eso y porque son muy duros de mollera.

A Pedro solo le falta llevar alforjas.

Ah, ni quieren trabajar para nosotros

ni quieren darnos de comer.

¿Y sigues empeñado en no querer hablar con ese hombre?

No voy a hablar nunca con ese hombre.

Y luego dices que ellos son duros de mollera.

Mira, no pienso hablar con ese carnuz nunca en la vida.

¿Queda claro?

Y yo pensaba que la terca era usted.

(RÍE)

Ah, perdón, ¿eh? Lo he dicho sin pensar.

Voy a calentar las sobras. -Ah...

(SUSPIRA)

Lo más probable es que la insensibilidad de las piernas

se deba a algún tejido inflamado que obstruye la médula.

¿Y eso qué significa? Hasta que la inflamación

no desaparezca, no sabremos si la médula está afectada.

¿Y... y si estuviera afectada?

Bueno, si estuviera afectada, habría que valorarlo, pero...

cabe la posibilidad de que... no vuelva a andar.

Pero, por favor, no nos pongamos en lo peor.

Es pronto para saberlo, ¿de acuerdo?

Mantengamos la calma. Claro que sí, hijo.

El doctor tiene razón, ya verás como...

como en nada te pondrás bien. -Eso no es lo que dijo el doctor.

Tampoco he dicho lo contrario.

Ahora lo único que podemos hacer

es esperar y tratar de mantener la calma.

Eso es muy fácil decirlo. -Que no, hijo, que ya verás como...

vuelves a caminar. Yo estoy segura de ello.

Sí, para eso no bastará con estar aquí tumbado sin hacer nada.

Gabriel, te voy a explicar unos ejercicios

para mantener la flexibilidad de las piernas.

¿Y de qué va a servir todo esto?

Los músculos inactivos son los primeros que se deterioran.

Ese es el sentido. En este momento,

no hay posibilidad de que puedas recuperar la movilidad.

Si no haces los ejercicios, disminuyen esas posibilidades.

Como usted diga.

Explíquemelo a mí.

Yo me encargaré de que los haga. De acuerdo.

Amalia, ¿has visto el libro de leyes?

Uno grande, cubiertas doradas, parece una Biblia.

Te lo dejaste ayer en la habitación.

Lo dejé en el despacho, junto a la lámpara.

Ay, lleva todo el día así, buscando no sé qué papeles

para no sé qué contratos, sin estarse quieto todo el día.

Tampoco usted se está muy quieta, señora. Perdón.

No, perdóname tú, mujer. Así no se pueden tomar medidas.

¿Verdad? -Enseguida terminamos.

Pues no sé cómo, con ese temblor de manos.

-Es que estoy un poco nerviosa. -Ni que yo mordiera a nadie, mujer.

-No, no es eso, no es eso. -¿Entonces?

Es que he tenido que cerrar la librería para poder venir.

Normal, no se puede estar en dos lugares a la vez.

Ya. Me preocupa que Celia se entere.

-¿Y no sería lo mejor? -No. No, no, claro que no.

Digo, que se entere de que tienes otro trabajo.

-Ah, no es fácil. -Pues claro que no es fácil,

pero es que así te va a dar algo, mujer.

Además, se enterará más temprano que tarde

y se va a enfadar si lo sabe por terceros.

Ya, ya lo sé. Pero creo que no se lo tomará muy bien.

¿Qué sabemos de Blanca?

Parece ser que no se quiere operar.

Por eso Celia salió corriendo de la librería, para convencerla.

Cristóbal se lo ha pedido. -Ojalá.

Blanca es la más testaruda de una familia de testarudas.

Bueno, yo me tengo que ir. Esmérese con el vestido.

Quiero que mi mujer sea la más elegante de la ciudad.

-Haré lo que esté en mi mano. -Eso.

Y, si le pide algo más atrevido de lo conveniente,

usted se lo dice, ¿estamos? -Sí, señor.

No te preocupes por eso, le he pedido un corte discreto.

-Ya. Buenos días. (AMBAS) Buenos días.

Esto está casi.

Un momento.

¿Qué va a estar, mujer? -¿Qué hace?

¿No quiere que le haga el vestido?

Claro que quiero, pero no ese adefesio.

Cuando quiera un vestido de monja,

me voy a la Plaza Mayor a comprarme un hábito.

-Pero... -Apunte, apunte,

que este es el bueno.

Verá, quiero, ay... quiero un vestido

con una apertura en la falda a la altura del muslo.

Para que se me vean las piernas al moverme.

-¿Cómo al moverse? -Pues al moverme, niña.

¡Al moverme!

Pero eso va a quedar... muy descocado, nada discreto.

-¡De eso se trata! -¿Y lo que ha dicho su marido?

Ay, si es que parece que te has caído de un guindo.

Olvídate de lo que ha dicho mi marido,

como si no lo hubieras escuchado. -Pero, señora, si lo ha dicho.

Tú estate tranquila y apunta, que yo me encargo.

Verás, en la espalda... bueno, quizá te cueste

coserlo un poco porque quiero un buen escote.

¿Eh? La espalda al aire.

Y todo muy ceñido a las caderas, ¿me comprendes?

-Ajá. -A ver...

¡Disculpe! Ah...

-Sí, ¿dígame? -Es que mi marido y yo

acabamos de llegar a Madrid y no conocemos la ciudad.

-Estaré encantado de ayudarles. -Muchas gracias.

Es de mi esposo, está roto y no conozco ninguna relojería.

¿Conoce usted alguna por aquí donde pueda llevarlo a arreglar?

-Lo cierto es que sí. -Ah, pues qué bien.

¿Y por dónde queda? -La tiene en la segunda calle

que cruza a la derecha. -Ah...

¿Y sabe usted si es buena?

Es que mi marido le tiene tanto aprecio a este reloj.

No me gustaría que no lo reparasen como es debido.

Pierda cuidado, esa relojería es de confianza.

Créame, sé muy bien lo que digo. -¿Ha llevado un reloj alguna vez?

-No, lo cierto es que no. -Ah, ¿entonces?

La dueña es mi madre, señora. -Ah...

-Y tiene empleados a dos relojeros excelentes.

Sí que he tenido suerte entonces.

La madre de un caballero tan refinado y cortés como usted

debe ser toda una dama. -Desde luego.

Me estoy fijando que usted no parece tener acento de aquí.

Llevo poco en Madrid, he estado muchos años fuera estudiando.

Y, perdone mi curiosidad, ¿pero podría preguntarle dónde?

En los EE.UU. de América. En Harvard, más concretamente.

¿Harvard? Esa universidad tiene una fama buenísima.

No debe ser fácil entrar allí. -Es más caro que difícil.

Pero mi madre siempre quiso lo mejor para mí.

Fue suya la idea de enviarme fuera.

Y seguro que hizo muchos sacrificios

para pagar todos los gastos.

Y con el beneficio de una relojería solamente.

Está claro que su madre es una mujer admirable.

No le quepa duda.

En fin, ya no le molesto más, muchísimas gracias.

Ha sido un placer conversar con usted.

El placer ha sido mío. Buenas tardes.

¿El vestido no lo quiere para lucirlo entre sus amistades?

¡Pues claro que no! Con ese vestido me darían de lado.

¿No querrás que me convierta en una apestada social?

-No, no, no, claro que no. -Ya lo fui, ¿sabes?

Y no es algo que eche de menos, precisamente.

¿Y para qué quiere el vestido si se puede saber?

Para mis actuaciones en el Ambigú.

-No sabía que usted actuaba allí. -¿No? Pues sí.

Canto y bailo. Y con mucho éxito, la verdad.

Ay, yo fui cantante hace mucho tiempo.

Es cierto que hace bastante que no me subía a un escenario,

pero lo he vuelto a hacer. Y es como un sueño.

La entiendo. -Los artistas debemos ir

probando nuestro vestuario para mantener encandilado al público.

Por eso te he hecho venir. -Haré el vestido que usted quiera.

Aunque... -¿Qué?

¿Debo enviar la factura a su marido?

-Naturalmente. -¿Y no cree que querrá ver

el vestido que va a pagar? -Eso déjalo de mi cuenta.

Está bien. ¿Y hasta dónde quiere que le llegue el escote?

Bueno, yo había pensado, más o menos, por aquí.

Para que el público crea que va a ver lo que quiere ver

aunque, al final, no lo vea, no sé si me estoy explicando.

Muy bien.

Las artistas debemos mantener vivo el interés de nuestro público.

Ah... Te duele mucho, ¿verdad?

Bueno, solo un poco. Pobre.

Bueno, ya estoy mejor.

¿Y tú no tienes que abrir la librería?

Sí. ¿Y entonces qué haces aquí?

¿Tanto te extraña que quiera venir a verte?

No sé, pensé que vendrías a la hora del cierre.

Sí, pero esto es más urgente.

Blanca, tienes que dejar que te operen, y cuanto antes mejor.

¿Te dijo Cristóbal que vinieras? ¿Ha sido él?

Sí. Pues ya le puedes decir

que lo has intentado con todas tus fuerzas

y que ha sido imposible. Blanca, soy tu hermana.

Todas estamos muy preocupadas por ti.

No necesito que nadie me venga a decir nada.

Ya lo sé, Celia, ya lo sé.

Hubiese venido aunque él no me lo hubiera pedido.

Pero tampoco me parece bien que vengas aquí

y que hables en nombre de Cristóbal.

Lo que haces es irracional, Blanca.

Aparte de tu marido, también es un buen médico.

Y los médicos no tienen la verdad absoluta, ¡no son dioses!

Pero saben más de lo que te está ocurriendo que nosotras.

¿De verdad crees eso? ¿Tú no lo crees?

No sé, ya no sé qué creer.

Blanca, por favor, mira cómo estás.

He estado peor, Celia.

Y ahora tengo un buen motivo, es mi hijo.

Los médicos dicen que no podrá nacer,

¿pero y si se equivocan?

¿Y, si al final, todo sale bien? Es que nunca me lo perdonaría.

Eso sería un milagro.

Yo creo en los milagros.

Y sabes que tengo una muy buena razón.

Blanca, por favor, sé razonable. No puedo ser razonable, Celia.

No puedo consentir que le hagan daño a mi hijo.

¡No lo puedo consentir!

(SUSPIRA) Necesito descansar, por favor.

Por favor, Celia.

(SUSPIRA)

(SUSPIRA)

(Se cierra la puerta) Ah.

Es que no es solo la tapicería, que no es poca cosa.

Quieren renovar todo el hotel. Para ello, necesitarán cortinajes,

ropas para las camas, las mesas.

Dicen que en el Excélsior es el mejor de Madrid.

-Seguramente, lo sea. -Si es así, le felicito.

Sin duda, es un buen negocio para Tejidos Silva.

Para que eso sea así, hay que cerrar el acuerdo.

Y ahí es donde entra usted. -Me parece que yo no soy

el hombre que está buscando. Yo no sabría ni qué decirles

a esos señores. -No le necesito para eso.

-Entonces, usted dirá. -Me voy a reunir

con los propietarios y quiero llevar muestras.

Yo me encargo de preparárselas.

No me conformo con cualquier cosa. Apunte, por favor.

Solo de sábanas, quiero muestras de popelín, algodón egipcio y lino.

Y muestras de labores distintas en los embozos:

bodoques, calados, de todo un poco.

Y con las colchas, lo mismo. Rematas con encaje,

ribeteadas con vivo... -Un momento.

Si va tan deprisa, no puedo anotarlo todo.

No podemos dejar escapar esa oportunidad. Si cerramos

el acuerdo, Tejidos Silva tendrá para sobrevivir durante

una buena temporada. -Ya veo.

Llevo toda la noche pensando en esta reunión,

en fechas, en márgenes.

Ah. Para las telas de la tapicería quiero dejarlos embobados.

Recupere las muestras...

Recupere las muestras que les hicimos a...

a los Duques de Alba...

Señor Loygorri, ¿se encuentra usted bien?

-Sí, sí. Estoy bien. No es nada. -Pues no lo parece.

Es... es solo un mareo. Enseguida se me pasa.

¿No sería mejor que llamara a su hermano?

¿A mi hermano? ¿Por esta tontería? No, no.

Es solo que estos días he acumulado mucha tensión

con esto del contrato y apenas he dormido.

¿No sería mejor que se fuera a casa a descansar un rato?

No, no. Ni la fábrica ni yo nos lo podemos permitir.

Es muy importante dejar esta reunión preparada.

Me voy a poner en marcha con todo, que no es moco de pavo.

Sí. Sí, hágalo, Benjamín. Hágalo, por favor.

(Suena música) Es desesperante.

A todo lo que le pregunto, me responde sí o no.

No parece que quiera estar ni conmigo ni con el niño.

Tú lo has dicho: "No parece". Pero ten por seguro que os quiere

y os necesita. -Hoy se ha pasado el día encerrado

en la habitación de los invitados. Estaba solo allí,

sin hacer nada en particular. -Eso es normal.

Todavía está confundido o conmocionado

por todo lo que habrá vivido

en las trincheras. -Si yo eso lo entiendo.

Lo que no entiendo, es que me rechace así.

Tampoco es que te rechace.

Elisa, no quiere dormir conmigo por las noches.

Ya.

Bueno, sigo pensando que tienes que tener paciencia con él.

Tengo paciencia. Pero si, al menos, pusiera

un poco de su parte. Pero no ayuda.

Cada vez que intento que mi marido

vuelva a ser el de antes, se encierra en sí mismo.

Además, acaba tratándome mal y se pone agresivo.

¿Agresivo?

Sofía, pero si Carlos es un trozo de pan.

Ya lo sé. Pero es que ahora no se tranquiliza ni con el niño.

No sé. Hasta creo que le irrita.

Lo rechaza tanto a mí como a él. -Dale tiempo.

¿Tiempo para qué? Si, al menos, mejorara, pero es que va a peor.

¿Y si le llevas a ver al doctor Loygorri al hospital?

Que hable con él, que le examine.

No solo es doctor, también es su amigo

y pasaron mucho tiempo juntos en la Guerra de Marruecos.

Yo creo que le puede ayudar.

-¿Tú crees? -Sí.

Y si no, tampoco pierdes nada.

Pues sí. Voy a hacer esto. Lo voy a llevar al doctor Loygorri.

Tengo que cambiar esto.

Ya no por Carlos ni por mí, sino por el niño.

Pues mira, en eso deberías dejarte ayudar.

¿A qué te refieres?

Pues que mientras Carlos se va adaptando,

yo podría hacerme cargo del niño.

Al menos, por unos días,

hasta que Carlos cambie la actitud hacia a él.

Te lo agradezco, pero no creo que...

Leandro está muy bien conmigo. Ya lo sabes.

No. Es que no quiero separarme de él.

Y tampoco quiero que lo haga su padre.

Creo que tenemos que superar esto juntos, los tres.

Yo pensé que no tendríamos que volver a pasar por esto.

La situación es horrible.

Blanca se niega a aceptar la realidad y mientras tanto...

¿Qué hago si pierdo a mi hermana, Federico?

Eso no va a pasar.

Puede que esta mañana no la hayas convencido,

pero estoy seguro de que tus palabras

servirán de algo. -No estoy tan segura.

Seguro que la ayudarán a recapacitar

y terminará permitiendo que la operen.

Ya lo verás. -Ojalá tengas razón.

Y vaya amiga estoy hecha, ¿verdad? -¿Por qué dices eso?

Porque todavía no te he preguntado por Gabriel. ¿Hay alguna novedad?

-Ha despertado. -¡Vaya!

Pero eso es una noticia fantástica, ¿no?

No... no tiene sensibilidad en las piernas.

Los médicos no saben si va a volver a caminar.

Algo habrá que puedan hacer.

Esperar. Y ejercicio para ver si mejora poco a poco.

Lo siento mucho.

No dejo de pensar en ese accidente.

Yo podría haberlo evitado.

-¿Por qué dices eso? -Tendría que haber prevenido mejor

a Gabriel, insistirle en que fuera más prudente.

El otro día me subí con él y estaba claro

que no era consciente del riesgo que corría.

Federico, Gabriel sabía perfectamente a qué se exponía.

¿Crees que de verdad habrías conseguido algo

si le hubieras insistido?

No lo sé. Tal vez.

Gabriel no es prudente porque así es cómo es él.

Siempre ha sido así.

Además, el accidente ya ha pasado.

Ahora lo importante es que estés ahí, a su lado,

ayudándole a superar todo lo que va a tener que pasar.

Sí. Esta noche, me quedo con él en el hospital.

¿Ves? Eso está mejor.

Me ha costado convencer a doña Antonia,

pero, al final, creo que me va a hacer caso.

Eres un buen amigo.

Y tú una buena hermana.

Y ahora mismo, ¿de qué nos sirve eso?

Buenas tardes, Carmen. Me gustaría hablar con su marido.

¿Sabe dónde puedo encontrarlo?

Pues no.

Pero esto es muy pequeño. No puede andar lejos.

Gracias.

De todas formas, si yo fuera usted, no iría a buscar a mi Pedro.

Está muy molesto con ustedes.

Su marido yo creo que, en el fondo, no debería enviarla a usted.

Debería ser él el que diera la cara.

No. A mí no me envía mi marido.

Solo quiero arreglar las cosas

y que Pedro y los demás vuelvan al trabajo.

¿O es que lo vamos a echar todo por tierra

por un simple desacuerdo? -Yo lo que le digo,

es que es mejor que dejemos que los hombres se arreglen.

Su marido haría bien en disculparse para hablar.

Ah. Mire usted por dónde.

Ahí viene mi Pedro.

¿Se puede saber qué haces, mujer?

Pues hablaba con la mujer.

Pedro, le estaba buscando.

Hágase a la idea que no me ha encontrado.

No quiero tratos ni con usted ni con su marido.

¿Ni siquiera va a escucharme?

-No. -¿No se da cuenta de que así

perdemos todos? Vuelva al trabajo, por favor.

Le necesitamos. Y si quiere...

Me habla a mí como quien le habla a una piedra.

No pierda más el tiempo y no me haga a mí perder el mío.

Mujer, vámonos para la casa. -No. No se vayan.

Ya me marcho yo.

Tratándola de esa manera, tampoco se gana nada.

Que se vayan a reír de otro, copón.

Ya es hora de que estos señoritingos,

estos estirados de ciudad,

entiendan que los de este pueblo no somos tontos.

-(Se cierra una puerta)

Hola, Elpidia.

¿Cómo está Gabriel?

Bien.

Se ha despertado.

¡Bueno, bueno!

Pues tendrías que estar más alegre, prima.

Y lo estoy y lo estoy.

Bien. Bien.

Pues mira, prima, ya que se está arreglando todo,

yo he pensado que me gustaría volver a casa de las Silva.

Claro. Si tú no me necesitas para nada.

Mejor para ti, Elpidia.

Con lo inquieta que tú eres.

(LLORA) -Pero, Antonia.

Que el chico no está bien.

¿Pero no me has dicho que se ha despertado?

Sí. Pero no sé qué le pasa en las piernas,

que no las siente y no las puede mover.

Ay, Dios mío.

¿Y qué dice el médico, hija?

Pues... el médico dice que...

que a lo peor, no vuelve a caminar en su vida.

Bueno, pero si lo dice así,

es porque, a lo mejor, se puede sanar, ¿no?

Tú no has visto al doctor Loygorri.

Por cómo hablaba, se nota que él cree que...

que va a ser, más bien, que no.

Bueno, prima, pues, entonces, no me voy ir a casa de las Silva.

No quiero que estés sola estos días.

-Que no, mujer. Que no. -Que sí.

No te preocupes. ¿No ves que yo voy a estar

la mayor parte del tiempo en el hospital?

Y a ti te hará bien volver a trabajar.

Bueno, pero yo me vengo a dormir contigo, todos los días.

Que no, mujer. Que no hace falta, de verdad.

Que sí. Que tú necesitas compañía

y sabemos que las noches pueden ser muy largas, Antonia.

Muchas gracias, prima.

En mala hora le compré esa máquina del demonio.

Yo quería devolverle las ganas de vivir y mira...

mira lo que he conseguido.

¿Quién te ha dicho que te puedas sentar aquí?

Tranquila, que no voy a tardar.

Vete a lo tuyo, anda.

La Reme me acaba de enseñar su habitación.

Me parece muy bien.

Es mucho mejor que la mía.

¿Y a mí qué me cuentas?

La Reme ya va a hacer cinco años que está trabajando en mi casa

y, hasta ahora, no me ha dado ningún problema.

Voy a cambiarle la habitación a la Reme.

La mía es un cuchitril y necesito más espacio para mis cosas.

Como que la Reme se va a prestar.

Es que no se lo voy a decir a ella.

Estoy hablando con usted, que para eso es la dueña.

Y también, a partir de hoy, voy a querer toallas limpias

todos los días. Ah, y un perfume de los buenos,

que el mío huele a flores rancias.

¿Y qué más vas a querer?

¿No te gustaría un cuarto de baño para ti sola?

Ah, en lo del cuarto de baño

no había pensado. Sí. También lo quiero.

Deja de decir sandeces y vuelve a lo tuyo, anda.

¿Cuándo puedo mudarme al cuarto de la Reme?

Marina, por favor.

Pues voy a tener que sentarme a hablar

con su hijo Gonzalo.

¿Qué sabes tú de mi hijo?

Que es un joven apuesto y muy educado.

Fíjese que ha estudiado

en los Estados Unidos de América, nada menos.

Tiene una cara de buena persona.

No sé a quién habrá salido.

Y no sé mucho más de él.

Pero la cuestión no es lo que yo sé de su hijo, Cándida,

sino lo que su hijo sabe de usted.

Que parece ser que es más bien poco, la verdad.

El pobre la tiene en un altarcito.

Habla de usted con tanto cariño.

Claro que está convencido de que mamá le ha pagado

los estudios vendiendo relojes.

No parece que está al corriente de que, además de una relojería,

mamá regenta una carnicería.

¿No me diga que no se lo ha contado?

¿Se avergüenza? -Ya está bien, Marina.

Estará bien cuando me dé todo lo que le he pedido.

Porque si no, me veré obligada a romperle el corazón a su hijito.

¿Ha entendido?

Ah, casi se me olvida. Tome.

Quiero tenerlo arreglado para el martes. Atrasa.

Lo primero que hay que hacer, es que te sientes en la cama.

Eso es. Bien. ¿Te ha dolido?

Velasco, no siento nada. ¿Cómo quieres que me duela?

Te vas a poner de pié. Agárrate a mi cuello. Eso es.

Vale. No te sueltes hasta que yo te lo diga. ¿De acuerdo?

Ya está. ¿Cómo te sientes? -Bien.

-¿Sí? -Quiero dar unos pasos.

¿Pero notas el suelo? ¿Te sientes con fuerza?

Por favor, quiero probarme.

-Te voy a soltar, ¿de acuerdo? -Sí.

Es esa la relojería de su madre, ¿verdad?

Sí. Ahora el que tiene que arreglar su reloj, soy yo.

Tengo que irme. Ya charlaremos en otra ocasión.

¿Qué pretendes, Marina? ¿Me lo vas a contar?

Hoy tenemos la reunión con los propietarios

y me temo que yo no voy a poder estar.

Pero si es una reunión muy importante.

Por eso. Hay que estar al 100%

y no me encuentro bien. No sé qué me pasa.

¿Sabes lo que he estado haciendo esta noche para matar el tiempo?

Revisar el libro de cuentas del Ambigú.

Ah, vaya por Dios. ¿Y no tenía otra lectura

más entretenida que esa? -Estamos haciendo unos números

que son propios de las épocas más boyantes del Ambigú.

¿Tú no me estarás ocultando algo? -¿Yo? No, por favor.

Yo soy un mandado que se desloma por sacar el Ambigú adelante.

Es verdad que ayer estaba en casa,

pero la tienda estaba abierta. -No. No es así.

Yo pasé y estaba cerrada a cal y canto.

Cata estaba a cargo del negocio. -Se quedaría al cargo

de otros menesteres, pero no del negocio.

-¿Está seguro? -Completamente.

¿Te creías que esto sería un camino de rosas?

Hemos tenido que luchar para tener agua,

luz, para poder calentarnos.

Por si fuera poco, la cochinilla arrasa los campos

y los trabajadores se amotinan

porque no quieren obedecer a una mujer.

Me han dicho en el bar que el señor Montaner

no encontró a nadie que le baile el agua.

No tiene manos. Así que no le va a quedar otra

que venir arrodillado a suplicarme.

A ver. Es que Carlos está sano. Lo que pasa es que su problema

no está en el cuerpo, sino que está dentro de su cabeza.

-¿A qué te refieres? -Dicen que se llama

la enfermedad de la cabeza hueca o algo así.

Carlos se va a curar, ¿verdad?

Hay una cura. Pero no...

Nos vemos a la hora de cenar. Hasta luego.

¡María!

¿Señor Loygorri?

Si, al menos, Carlos nos contara qué es lo que le ha pasado.

Pero no habla. Es como si estuviera dentro de su mundo

y no se pudiera entrar ahí.

Sofía no sabe qué pensar. Y el pobre Leandro...

se quedará sin padre. -¿Cómo que sin padre?

¿Ese niño no es tu hijo?

Señora, no me pida que me quede con los brazos cruzados,

mientras usted está así. Por lo menos, permítame

que llame a don Cristóbal. ¡Ah!

¡Señora! ¡Ah!

  • A mi lista
  • A mis favoritos
  • Capítulo 471

Seis Hermanas - Capítulo 471

27 mar 2017

Gonzalo da una segunda oportunidad a Elisa. Marina descubre que Gonzalo no sabe a qué se dedica Cándida. Blanca se niega a que la operen aunque su vida está en peligro. Ni Salvador ni Pedro dan su brazo a torcer y el pueblo entero le hace el vacío. Gabriel despierta del accidente.

ver más sobre "Seis Hermanas - Capítulo 471 " ver menos sobre "Seis Hermanas - Capítulo 471 "

Los últimos 1.814 programas de Seis hermanas

  • Ver Miniaturas Ver Miniaturas
  • Ver Listado Ver Listado
Buscar por:
Por fechas
Por tipo
Todos los vídeos y audios

El administrador de la página ha decidido no mostrar los comentarios de este contenido en cumplimiento de las Normas de participación

comentarios.nopermitidos