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No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 466 - ver ahora
Transcripción completa

En la estación nos informaron de que Francia cerró la frontera.

Eso significa que la frontera aún no está cerrada.

Lo estará en breve. El tren se ha cancelado.

¿Pero por qué? No habría forma de llegar

más allá de los Pirineos.

Te voy a echar mucho de menos, Merceditas.

Esta casa no es lo mismo cuando tú no estás.

Yo también la voy a echar muchísimo de menos.

Usted ha sido para mí como una madre. Lo sabe, ¿verdad?

Lo siento, pero el niño no ha salido adelante.

¿Ha perdido al niño?

Acabo de perder a un hijo

y tengo una hija que apenas conozco.

¿Tan mala persona soy para que Dios me castigue así?

Esta mañana le he pagado la señal a don Gabriel.

Y dentro de muy pocos días, este local será completamente mío.

¿Me va a echar?

Como comprenderás, no te mantendré en tu puesto.

Esta mañana decidí ir a hablar con el editor

para presentarle mi renuncia. -No.

Cruz Galván no puede desaparecer.

No te preocupes, que no la ha aceptado.

Ha pensado que era una estrategia para pedir más dinero.

-¿Y qué ha hecho? -Ofrecerme el doble.

Mi hijo me ha escrito. Viene a Madrid a visitarme

y me da miedo que descubra la verdad.

Necesito que parezca que mi dinero viene de un negocio honorable.

Por favor, ayúdame a conseguirlo. -Claro.

La verdad, no sabía qué hacer con este dinero, hasta ahora.

-¿Por qué hasta ahora? -Porque con este dinero

podríamos comprar la Villa de París.

Marina está encerrada en un sanatorio, que yo sepa.

Y ahí se va a quedar el resto de sus días.

Se equivoca. El juez anuló su ingreso en ese lugar

y la han puesto en libertad de nuevo.

Si consigo, que no lo sé, seguramente sea algo

no muy legal y, posiblemente, bastante peligroso. ¿Estamos?

Tú dime lo que encuentras.

Si tengo ciertas garantías, no me importa arriesgarme.

Si tú decides subir a ese barco, yo también iré.

Ya verás cómo, dentro de poco,

este lugar nos parece el paraíso. -Sí.

(Sintonía)

No pierdas el tiempo matando moscas, Merceditas.

Hay demasiadas. -Me dan mucho asco, señora.

Bueno, al menos, no pican como los mosquitos.

Esos aprovechan la noche para picarte cuando estás dormida

y te zumban en la oreja.

Los pobres no sé qué comerían cuando no estábamos nosotros.

-¿Has supervisado el menaje? -Sí.

El menaje está todo bien.

Lo que pasa es que no tengo ni leña ni carbón

para encender la cocina. No podré calentarles ni un café.

Pues voy a necesitarlo. No he pegado ojo.

Ya. A mí tampoco me han dejado dormir los mosquitos.

No por los mosquitos. El colchón es demasiado incómodo.

Ah, bueno. A mí eso no me molesta. Ya estoy acostumbrada.

Pues yo no me voy a acostumbrar. Habrá que comprar otro.

Y también, mosquiteras para nuestra habitación,

la de las niñas, la tuya, para todas.

-Buenos días. -Buenos días.

¿Qué? ¿Qué tal estoy?

Pues parece que te ha pasado un tren por encima.

No es fácil asearse cuando sale solo un hilillo de agua.

Tiene usted cara de cansado, señor. Perdón.

Como todos. ¿Qué te ha molestado más?

¿El colchón o los mosquitos? -Los grillos y los pájaros.

Unos al atardecer y otros al amanecer.

¿Quién se habrá inventado eso del silencio en el campo?

-Terminará acostumbrándose, señor. -No lo creo, Merceditas.

No seas gruñón. Compraré unos tapones para los oídos

y, también, mosquiteras y un colchón nuevo.

Y una escopeta para matar a los pájaros desde la ventana.

(RÍE) Si me disculpan.

Te ofrecería un café, pero no hay carbón para calentarlo.

Normal. Porque la vida en el campo es maravillosa, ¿no?

Lo bueno de las cosas malas es que solo pueden mejorar.

Esto ya.

(CARRASPEA)

Buenos días. -Buenos días.

Les traigo el almuerzo. Unas migas que están

para chuparse los dedos. -Dios la bendiga, Carmen,

porque no tenemos carbón ni para café.

Del carbón ya me ocupo yo ahora.

Merceditas, vamos primero a desayunar.

A usted ya le está esperando mi marido en la bodega

con todos los trabajadores. -¿Ah, sí?

Pues esas migas tendrán que esperar.

-Te acompaño. -No. Usted no hace falta que vaya.

Quiero conocer a los trabajadores.

Pero eso lo puede hacer su marido.

Tiene un montón de cosas que hacer en la casa,

que todavía no se habrán instalado. -Hay tiempo para todo.

Perdone que se lo diga, pero una mujer no pinta nada

en la bodega con los trabajadores.

Iré igualmente.

Vayan, vayan, que yo ya me ocupo de todo.

Antonia. -Hola, señorita Celia.

Buenos días. ¿Tiene un momento?

¿Ha pasado algo? ¿Elpidia ha recaído?

-Pero qué pesadito eres. -No. No tiene nada

que ver con Elpidia. -No entiendo de medicina,

pero creo que la mandaron para casa antes de tiempo.

Debería quedarse en el hospital más.

-Elpidia está bien. -¿Seguro?

Raimundo, haz el favor de servir el café,

que tiene que estar frío. Anda.

Dígame. ¿De qué quiere hablar conmigo?

Quiero comprarle la Villa de París.

Pues verá, lo siento mucho, señorita Celia,

pero llega usted tarde.

Ya tengo compradora para la Villa de París.

Sí. Pero que yo sepa, ese trato no está cerrado.

Y yo puedo ofrecerle más dinero.

Bueno, me ha pagado la señal,

esta tarde mismo me da el resto y ya firmamos el contrato.

-Pero todavía no lo ha firmado. -No.

Entonces, estamos a tiempo.

No, no, porque yo no puedo echarme atrás. Lo siento.

La nueva propietaria de la Villa de París es Cándida.

Antonia, seamos serias.

Las dos sabemos qué tipo de negocios regenta esa mujer.

¿Usted quiere ver la Villa de París convertida en un burdel?

Ella me ha asegurado que no lo quiere para eso,

que quiere mantener el negocio

de sombreros y telas. -¿Y usted la ha creído?

¿Y por qué no iba a creerla?

Con el desprecio con el que Cándida ha tratado a Cata.

Ha dicho que lo primero que hará cuando sea la nueva dueña,

es echarla a la calle. -¿A Catalina?

Pero si es una chica estupenda,

una modista buenísima y muy trabajadora.

Eso mismo creo yo. Entonces, ¿por qué querría echar

a la calle a una buena modista?

A mí solo se me ocurre una solución

y es que necesite a otro tipo de trabajadoras.

Bueno, a mí eso me da igual. Me tiene sin cuidado.

Yo le vendo la tienda y no puedo pretender

que monte un negocio de una manera o de otra.

Pero sí puede escoger quién compra ese negocio.

Fíjese en el caso de mi hermana Diana.

No le ha vendido la fábrica a cualquiera,

se la vendió a alguien de confianza.

Para ella es importante ver que un negocio donde

ella ha trabajado tanto, sigue en buenas manos.

No es lo mismo. La tienda no es realmente mía. Yo no...

No. La tienda era de Germán, que en paz descanse.

Y su nombre siempre estará ligado a ella.

La verdad es que no me gustaría que el nombre de la tienda

de mi familia se viera manchado, pero...

Entonces, todavía estamos a tiempo de impedirlo.

No. Lo siento mucho. Llega usted tarde.

Ya se lo he dicho. Cándida será la nueva propietaria.

En los negocios, la palabra es muy importante.

Hay que mantenerla. -Los negocios siguen abiertos

hasta el último momento. Lo aprendí de mi padre

o de ver trabajar a Diana en la fábrica.

Hasta que no se firme el contrato, puede pasar de todo.

No me tiente, no me tiente.

Antonia, en estos casos, los sentimientos son importantes.

Hay que optar por la opción que nos deje dormir por las noches.

Y sé que entre Cándida y yo, tiene muy clara su preferencia.

Pero está bien. Si esto no basta...

yo puedo ofrecerle mucho más dinero.

Y a tocateja.

Si es verdad que los sentimientos son muy importantes. Sí.

Amalia, buenos días. Buenos días, cuñado.

Espero no interrumpir. No hay nada que interrumpir.

Rodolfo ya se marchó a la fábrica.

Cada día se va más temprano. No vine visitar a Rodolfo.

Me gustaría hablar contigo.

Vaya, qué sorpresa. ¿Por qué no te sientas?

¿Quieres una taza de té? Por favor.

En realidad, estoy tan aburrida que me viene bien conversación.

Aunque no sé en qué puedo ayudarte yo.

Pues verás.

Me gustaría que hablaras con Blanca,

que la convenzas de que viajar conmigo a París, es una locura.

Tú ya lo has intentado y no lo has conseguido, ¿no?

Sí. Por eso recurro a ti.

¿Y por qué no quieres que vaya contigo?

Con lo romántico que es París. Ya me gustaría a mí

que Rodolfo me llevara. Las fronteras están cerradas.

La única manera de viajar es por mar

en un carguero clandestino.

Si haces el viaje tú solo, te pones en peligro tú.

Amalia, Blanca se quedará aquí, sana, salva, en su casa.

Cuando esto haya pasado, nos podremos reunir en París.

¿Y si te pasa algo, Dios no lo quiera?

Condenarías a Blanca al dolor y a la infelicidad.

¿Eso no te inquieta, Cristóbal?

Cuñada, me espera un trabajo muy importante en París.

El trabajo de mis sueños. De hecho, ya debería estar allí.

Qué egoístas sois los hombres.

Solo pensáis en vosotros mismos y en vuestro trabajo.

Vivís con una venda en los ojos. ¿De qué hablas?

Pues de que, ahora mismo, tu sueño es llegar a París

y ponerte a trabajar con esa señora tan famosa.

Pero el sueño de Blanca es vivir a tu lado.

¿Cuál de los dos es más importante?

Para mí, lo más importante es la seguridad de Blanca.

Pues no debería ser solo la seguridad de Blanca,

sino también su felicidad.

No va a ser feliz aquí, esperando noticias tuyas.

Quiere acompañarte. ¿Tan difícil es ponerte en su lugar?

Veo que en lugar de disuadirla de esta idea,

estás dispuesta a animarla.

Piénsalo al revés, Cristóbal.

Si fuera ella la que tuviera que estar en París,

¿te quedarías en Madrid esperándola o la acompañarías?

(CANTURREA)

Elpidia, ¿pero qué estás haciendo?

-La comida, señora. -Ya. Eso ya lo veo.

Y luego, voy a ir al mercado a por pescado para la cena.

Y luego, a la botica a por manzanilla, que no queda.

No te preocupes por la manzanilla. La compraré yo.

Y al mercado no hace falta que vayas.

Hay que ir antes de que cierre.

Al guiso le queda media hora. Tengo tiempo de sobra.

Elpidia, acabas de salir del hospital.

Deberías estar descansando. -Pero si estoy muy bien.

El médico te ha recomendado reposo durante unos días.

Por algo será. -El médico no sabe

que Merceditas no está y no pienso cargarla

con todas las labores de esta casa.

Pues te agradezco mucho el detalle, pero te aseguro

que puedo apañármelas sola perfectamente.

La salud es lo primero. Todo el mundo lo sabe.

Y todo el mundo sabe si está bien o mal.

Yo le digo que estoy bien. -No me refiero solo a tu cuerpo.

Acabas de perder al niño que esperabas.

Eso es un golpe muy duro.

Bueno, son cosas que pasan. No hay que exagerar.

Anda que no habrá gente con problemas más graves que ese.

No le quites importancia a lo que te ha ocurrido.

Es fundamental que estés tranquila durante unos días.

Hazme caso, que tengo más experiencia que tú.

Usted lo que tiene es experiencia en llevar esta casa,

que lleva toda la vida aquí.

Sabe la cantidad de tareas que tenemos.

No me preocupan las tareas. Me preocupas tú.

-Pero si estoy mejor que nunca. -¿Mejor que nunca?

Bueno. Hay una cosa que sí que me preocupa.

Ah. Pues cuéntamela, a ver si puedo ayudarte.

Doña Diana y don Salvador se fueron

y aún no hemos hecho su habitación.

Cuando vuelva del mercado, me pondré a hacerlo

y lo dejaré como los chorros del oro.

Ni se te ocurra hacer eso. Lo que me faltaba por oír.

No quiero que te molestes con esas minucias.

No es molestia. Me encanta tener cosas que hacer.

Y no me distraiga más, que se me quema el guiso.

Padre, voy a preparar el baño para Leandro.

¿Necesita algo? -No. Estoy muy bien.

Enseguida le preparo el almuerzo.

No tengo hambre. He desayunado hace un momento.

Ya. Pero tengo que darle las medicinas

y es mejor que se las tome con algo en el estómago.

¿Por qué no te sientes un momento?

No puedo. Tengo que dar el baño al niño.

Lo sé. Pero siéntate un minuto, por favor.

-¿Le ha pasado algo? -No. No pasa nada.

Tranquila.

Entonces, ¿por qué quiere que me siente?

Porque no paras de hacer cosas.

Es importante que descanses. -¿Descansar?

Padre, tengo muchas cosas que hacer.

-¿Qué buscas? -Un muñeco de trapo de Leandro.

Le gusta abrazarlo mientras

le doy el baño, pero no sé dónde está.

¿Usted no lo ha visto? -No lo he visto.

Ay, qué cabeza tengo. Cualquier día, me dejo

al niño en cualquier parte. -Lo peligroso sería

que te olvides de ti misma.

¿De mí? ¿A qué se refiere, padre?

Elisa, estoy muy orgulloso de ti.

Estás cuidando a tu padre y a ese niño

de una manera admirable. Pero tienes que recuperar tu vida.

Pero si es que a mí me encanta cuidar de usted y de Leandro.

Cuidar de Leandro es como tener a Carlos y a Sofía más cerca.

Estás demostrando ser una hija estupenda y una gran amiga.

Amiga en la distancia.

Padre, todavía no sé nada de Sofía. No sé si está viva o muerta.

Es que no tengo ninguna noticia de ella.

Y eso me preocupa. -Siento no haberte podido ayudar.

¿Por qué no hablas con Rodolfo?

¿Con Rodolfo?

Bueno, si usted no ha podido hacer nada, dudo mucho que él pueda.

Rodolfo consiguió el visado para Sofía.

Quizás pueda averiguar algo a través de sus amistades.

Bueno, es cierto.

Además, por probar, no se pierde nada, ¿verdad?

Además, así sales a que te dé el aire.

No me gusta que te cargues de tantas cosas.

Un día te va a dar algo. Dame un beso.

Es cierto. Estoy algo cansada.

Mire. Aquí está.

Le voy a dar ese baño, ¿de acuerdo?

De acuerdo.

¿Y a esa qué le pasa? ¿Ha visto cómo me ha mirado?

Siéntate.

¿Esa no es la que llaman la Peineta?

Qué falta de educación. Con lo poco que cuesta saludar.

Pues ha venido a quejarse de tu actitud.

¿Y qué le he hecho yo? Si no la conozco de nada.

Creo que no he cruzado con ella ni una sola palabra.

Ni creo que vayas a cruzar muchas más.

Ni con la Peineta ni con ninguna de las chicas.

Ya me ha dicho la Peineta lo que estás haciendo

para quitarle clientes. -Usted me aconsejó

que tenía que pelear, que esto era una jungla.

Ah. O sea, que es verdad.

¿Les estás diciendo a los clientes

que las chicas padecen enfermedades venéreas?

Estoy intentando hacerme valer en este trabajo que no es fácil.

Ellas también utilizan cualquier arma contra mí.

Tú has elegido la peor, porque extender el rumor

de que las chicas no están limpias,

les perjudica tanto a ellas como a mi negocio.

Yo no perjudico al negocio. Yo solo consigo

que los clientes acudan a mí, en lugar de a ellas.

Pero mi casa pierde su reputación.

Y después, la clientela.

Vaya. No había pensado en eso.

Porque solo piensas en ti misma.

Tampoco ellas son hermanitas de la caridad.

Bueno, y según usted, ¿cuál es el otro motivo

para el cual me he equivocado?

Les estás declarando la guerra a las chicas.

-Han empezado ellas. -Da igual quien haya empezado.

No son mujeres que vengan de ambientes refinados.

No son señoritas. No saben arreglar

las cosas hablando y razonando. Son muy peligrosas.

¿Está tratando de meterme el miedo en el cuerpo?

No. Solo te advierto.

Cuidado con dónde te metes porque puedes salir magullada.

Que tengan ellas cuidado conmigo.

Me dan asco.

Estas no saben quién soy yo.

Marina, cuidadito.

Yo no le he tenido miedo a nadie ni a nadie nunca.

Y no voy a empezar ahora.

No quiero problemas en la casa de tolerancia.

¿Está claro?

¿Puedo irme ya a trabajar?

Sí.

Viento en popa. Sí, señor.

Sr. Loygorri, ha llamado Elisa Silva,

que dice que quería hablar con usted.

¿Le ha dicho para qué?

Pues no, pero dice que le corría prisa.

Será alguna de sus niñerías,

que por supuesto para ella son importantísimas.

Parecía preocupada.

Ya hablaré con ella cuando tenga un minuto.

Antes usted y yo tenemos

que sacar esta fábrica adelante.

¿Sabe qué es esto?

Dos billetes de tren.

Dos billetes de tren. Ida y vuelta. Madrid-Oporto.

Para usted y para mí.

¿Para mí? ¿Y qué se me ha perdido en Oporto?

He hablado con unos portugueses que fabrican tela de algodón

de primerísima calidad y a muy buen precio.

Ya sé que el algodón está de moda por estos lares.

Pero que no sé qué pinto yo en Oporto.

Nos van a enseñar a hacerla.

Benjamín, quiero que seamos

pioneros en ese material en España.

El algodón es el futuro.

¿Entonces por qué no va usted y luego viene y me lo cuenta?

A ver, usted es el que realmente sabe

del funcionamiento de esta fábrica.

Yo de telas y de maquinaria poco.

Realmente el viaje es para usted.

Bastante hago yo acompañándole.

¿Qué pueden enseñarnos que no sepamos nosotros?

Pues la maquinaria, las telas, las técnicas, todo.

Hay que abrirse al progreso, Benjamín.

¿Por qué es tan reticente a este viaje?

Porque yo no soy mucho de viajar.

Yo no salgo del barrio. Para ir al pueblo y ya está.

No soy un hombre de mundo.

Pues ya va siendo hora de que conozca un poco.

El mundo es muy grande.

Y además, dicen que Oporto es una ciudad preciosa.

No es sólo por eso. A mí me da miedo

que se resienta la producción si yo no estoy aquí.

Que ya lo dice el refrán:

"El ojo del amo engorda al caballo."

Benjamín, estoy convencido de que los operarios

sobrevivirán un par de días sin usted.

Venga, póngase manos a la obra, que hay mucho que preparar.

¿Qué hay que preparar, además del equipaje?

Ya le daré los datos de la fábrica.

Llámeles y concierte una cita con ellos.

Y reserve un hotel cerca de la fábrica.

Yo no sé dónde está la fábrica.

Y no he hecho nunca una reserva de hotel.

No sé cómo se hace eso. -Pues aprenda.

Usted es mi hombre de confianza.

Se supone que usted me tiene que ayudar a resolver

los problemas, no a creármelos.

Está bien, está bien, lo haré. Llamaré.

Pero yo de portugués ni papa.

Hablan castellano perfectamente, no se preocupe.

Benjamín, ya verá como entre usted y yo

vamos a hacer que esta fábrica se lance al futuro.

Lanzar al futuro...

(PROTESTA)

¿Se puede saber que está haciendo?

Acabo de enterarme de que Marina está en libertad.

¿Cómo ha podido suceder algo así?

Tranquilícese, por favor. Devuélvame eso.

¿Cómo ha dejado en libertad a esa loca?

¿No se da cuenta de que es una bomba de relojería?

Yo no he dejado en libertad a nadie, ha sido el juez.

Y no entiendo tampoco por qué lo ha hecho.

Ya, claro, pero ella no tiene motivos para vengarse de usted.

Y de mí sí, tiene muchos.

Es más, me ha amenazado abiertamente.

No creo que se le ocurra hacerle nada.

¡Usted no la conoce como yo!

Y le recuerdo que a cambio de mi declaración

me prometió que metería a Marina en un sanatorio.

Me ha engañado. -No le he engañado.

Las cosas no han salido como quería.

Y ahora que está en libertad no me avisa.

Lo primero que tenía que haber hecho

es ponerme a un escolta.

Ojalá tuviéramos medios para eso.

¿Es que le da igual lo que me suceda?

Don Luis, por favor, tómese las cosas

con un poco más de calma.

Marina acaba de salir de la cárcel.

No creo que quiera volverse a meter en líos.

¡Esa mujer está enferma! ¿Es que no lo entiende?

La venganza es lo único que la alimenta.

Ha estado a punto de pasar

el resto de su vida en un sanatorio.

No creo que quiera volver a arriesgarse.

No, la lógica es la contraria.

Ha escapado por segunda vez a su condena.

Pensará que podrá volver a hacerlo.

Además, es muy impulsiva.

No creo que sea impulsiva. Más bien es fría y calculadora.

Así lo ha demostrado. -Bueno, sí, puede ser.

Ella es eso y mucho más. Puede ser impulsiva,

puede ser fría y calculadora, según le convenga.

¡Marina es el mismísimo Diablo y yo estoy en peligro!

Ya veo que nada de lo que le diga

le va a tranquilizar. -Pues no, no.

Bueno, sí, dígame que me va a poner una escolta policial

y entonces me tranquilizaré.

Y ni siquiera del todo.

Está bien, no voy a permitir que Marina se acerque a usted.

De acuerdo. ¿Y cómo piensa hacerlo?

Bueno, déjelo en mis manos.

Yo me encargo de todo.

Hola, Celia.

Vaya, qué manera tan poco efusiva de saludar

a la nueva dueña de un local importante

en el centro de Madrid.

¿Doña Antonia te ha vendido la tienda?

Me ha costado, pero sí, la Villa de París ya es mía.

Eso significa que no me quedo sin empleo.

No lo sé, ya lo veremos. Eso todavía no lo he pensado.

¿Cómo que todavía no lo has pensado?

(RÍE)

Gracias.

Estoy deseando ver la cara de Cándida cuando se entere.

La verdad es que yo también.

¿Y sigues pensando en montar una librería?

Cuanto más lo pienso más ilusión me hace.

Bueno, no sé, yo estoy acostumbrada

a los sombreros y la ropa.

Pero se venden muy pocos. Tú misma lo has dicho.

¿Y tú crees que se venden mejor los libros?

Pues no lo sé, pero habrá que intentarlo.

Además, me hace muchísima ilusión

recomendarle a la gente lecturas dependiendo

de su estado de ánimo, de su edad.

Eso tú, Celia.

Yo no puedo recomendar a nadie. No tengo ni idea de libros.

Aprenderás.

Y te entrará el gusanillo de la lectura, ya lo verás.

No te hagas ilusiones conmigo.

Cata, vender es vender.

Y tú eres muy buena dependienta.

Transmites seguridad y sobre todo confianza,

que es la clave de un buen vendedor.

Creo que me tienes en un pedestal.

Sí, y también te tendrá todo el mundo

a partir de ahora, porque vas a ser la cara

de nuestra nueva librería.

Espero que tú también no me dejarás sola, ¿verdad?

No, yo voy a estar contigo paso a paso.

Será magnífica, ya verás. Me hace muchísima ilusión.

Está bien, si a ti te hace ilusión a mí también.

Incluso había pensado en un nombre.

Catelia.

¿Catelia? ¿Eso qué significa?

Es una mezcla de tu nombre y el mío.

Ah, no me había dado cuenta.

Suena bien, ¿verdad?

Sí, suena muy bien.

Pedro, le agradezco

que nos esté acompañando a ver el pueblo.

Ahora les digo dónde está el colmado.

Allí está la Iglesia de M“ Auxiliadora,

nuestra patrona.

¿Se puede visitar?

¿Cómo visitarla?

La iglesia es para ir a misa y para los sacramentos.

Chis, ponga a los señores la especialidad de la casa.

Y a mí lo de siempre.

Bien, ¿cuál se supone que es la especialidad de la casa?

Caldo de sus viñedos, señor Montaner.

El de la cosecha pasada.

Espero que les agrade.

Señora Montaner,

en este pueblo la iglesia no se visita.

Aquí se duerme y se trabaja.

Vaya... pues vaya pueblo más sobrio.

No hay distracciones.

De la cama al tajo y del tajo a la cama.

En verano se duerme poco y en invierno mucho.

Y así se compensa.

El paisaje es maravilloso.

Es el que es,

árboles y campo.

Si que le tiene poco aprecio a su pueblo.

Le tengo mucho.

Pero tendrán que apresurarse si quieren visitar los viñedos.

Se nos echa la tarde encima.

Perfecto, entonces vayamos ahora mismo.

Tendrán que cambiarse.

No pueden ir al campo así vestidos

con esas ropas tan finas.

No se preocupe, esta ropa no es tan fina.

Son de ciudad.

Cámbiense, si no tendrán que tirarlas todas

al regresar a casa.

Yo les espero en la puerta de las bodegas.

Hasta más ver.

Adiós.

(RÍE)

¿Qué?

¿Qué te hace tanta gracia?

Espero que hayas metido en la maleta

tu chaleco de pastor.

Me siento mal.

Me ha tomado por un señorito de ciudad.

Es que eres un señorito de ciudad.

Pero no te preocupes, dentro de poco te convertirás

en un hombre rústico.

Tú no eres una mujer demasiado silvestre que digamos.

Será mejor que nos cambiemos de ropa.

El aire del campo nos va a sentar muy bien.

Pues a mí me huele más a boñiga de vaca.

Deja de quejarte.

Si quieres que te diga la verdad,

no esperaba que Pedro fuese tan antipático.

Los trabajadores tampoco han sido muy cariñosos.

¿Has notado la hostilidad esta mañana?

Sí, lo he notado.

Cualquier día de estos nos abren la cabeza

con un buen azadón.

No seas bruto. Por favor...

Anda, vamos.

¿Sabes?

Esto sí me gusta.

Silencio y poder caminar tú y yo solos

por una calle donde nadie nos moleste.

¡Merceditas!

Vaya vida más perra nos espera.

No tenemos agua.

¿Cómo que no tenemos agua?

Esta mañana sí había. No demasiada, pro había.

Pues ahora no hay.

Se ha quedado el pozo de la casa seco.

Bueno, aquí me tienen con estos dos cubos.

Me voy, que me han dicho que la fuente está por aquí.

Es un camino difícil, pero...

Te acompaño.

No, no, señora, que ya puedo yo sola.

Así traeremos más.

Salvador, ve tú a los viñedos.

Ese hombre no parecía tener mucha paciencia.

Luego me cuentas.

Si no vuelvo es porque me han dado con el azadón.

En ese caso tocaremos a más agua.

(RÍE) Trae, que te ayudo.

Vamos.

¿A que no sabes dónde he estado esta mañana?

¿Y si me das una pista?

En la biblioteca.

¿Y a que no sabes para qué?

Para leer.

Sí, para leer.

He estado leyendo trabajos publicados de Madame Curie.

Si tengo la posibilidad de conocerla

no me gustaría quedar como una provinciana.

Tú nunca quedarías como una provinciana.

Bueno, no te creas.

Me he acomplejado mucho al darme cuenta

de lo inteligente que es esa mujer.

Sí, lo es. Lo es.

Pero puedes estar tranquila, Blanca.

No vas a conocer a Madame Curie.

No quieres presentármela.

La quieres sólo para ti. No, no, es que...

no vamos a ir a París.

¿Pero por qué?

Lo he estado pensando y...

lo más sensato es que no vayamos.

Es un viaje peligroso.

Cristóbal, tu sueño es trabajar en el proyecto de rayos X.

No.

No lo es.

¿Cómo que no?

Estar al lado de una persona que tiene un premio Nobel,

profundizar en tu campo de estudios,

ayudar a la gente.

Ese siempre ha sido tu sueño. Sí, siempre lo ha sido.

Hasta que supe que me querías.

Ahora mi sueño ha cambiado.

Y es estar contigo.

Bueno, estaremos juntos.

Estaremos juntos si conseguimos llegar a París, Blanca.

Francia es un país en guerra, eso es lo cierto.

Y es un viaje peligroso.

No quiero arriesgarme a que pueda pasarnos algo,

a que pueda perderte.

Sí, es cierto que sería una aventura.

Y para mí no hay mayor aventura que estar a tu lado,

bien lejos de submarinos y de policías de fronteras.

¿Pero y qué pasa con Madame Curie?

Bueno, Madame Curie puede tener

un premio Nobel o dos, pero no es mi mujer.

Así que le escribiré un telegrama

y espero que entienda mi situación.

¿Estás seguro?

Más que nunca.

Bueno, pues supongo que ya está.

Si te digo la verdad siento un poco de alivio.

¿Ah, sí? Sí.

Pues se te veía muy convencida de hacer ese viaje.

Bueno, estaba y sigo estando muy convencida de que...

no quiero separarme de ti pase lo que pase, Cristóbal.

La vida nos ha dado otra oportunidad, Blanca.

No la desaprovechemos.

Me alegro de que al fin te hayas dado cuenta.

Así que está aquí tan tranquilo.

¿Pero cómo se puede tener tan poca vergüenza?

¿Se puede saber qué hace aquí?

En este club no admiten a mujeres.

Me da igual. Usted es un sinvergüenza

y va a tener que escuchar lo que le voy a decir.

Está bien, adelante.

¿Cómo se le ocurre vender la tienda a otra persona?

Haga el favor de sentarse y baje un poco el tono de voz.

Estoy muy bien así.

Está bien, pues quédese de pie.

Me ha llamado Antonia para darme la noticia.

Hasta le temblaba la voz...

del papelón que ha tenido que hacer.

Me ha estafado.

Teníamos un trato. Hasta le pagué una señal.

Es cierto, una señal que pensaba devolverle.

Si quiere ahora mismo le extiendo el cheque.

¿Y cree que devolviéndome la señal se va a arreglar?

¿Prefiere que no lo haga?

Una se lleva la mala fama pero son ustedes mucho peores.

Qué poco les importa haberme traicionado, ¿verdad?

Tome.

Y ahora ya puede marcharse.

¿Por qué hace esto?

Porque yo entiendo que llegue alguien con una oferta mejor.

Pero al menos debería haberme avisado para poder igualarla.

Cándida, las decisiones sobre la Villa de París

las toma mi madre, no yo.

Qué galante es usted que se escuda en su madre.

Eso es de cobardes.

Pero es la verdad, yo no he tenido nada que ver.

Aunque si quiere saber mi opinión, viendo su actitud

está demostrando que mi madre tenía razón.

Me alegro que la tienda no vaya a ser suya.

¿Qué más le da quién compre la tienda?

Ese negoció perteneció

a mi familia durante muchos años.

Es normal que nos preocupemos por su futuro.

Con su carácter el negocio se iría a pique

en menos de dos meses.

Esto no va a quedar así.

Por favor, déjelo correr.

La Villa de París ya pertenece a una nueva dueña.

Así que usted ocúpese de su negocio,

que por lo que sé le va muy bien.

Usted no me conoce.

No sabe con quién está hablando.

José Luis, por favor,

acompaña a la señora a la salida.

No hace falta, conozco el camino.

Y le aviso, tendrá noticias mías.

Elpidia. -¡Ay!

Te veo muy trabajadora.

Qué susto me ha dado, señorita.

Hace unas horas estabas hospitalizada.

Y aquí estás trabajando como una mula.

¿No deberías ir más despacio?

No, he descansado un montón.

Tengo más energía que nunca. -Ya lo veo.

Enseguida le pongo la cena, ¿eh?

Que hecho un guiso de pollo que está mal que yo lo diga

pero me ha salido riquísimo. -Seguro que sí.

Pero tengo que hacer el salón. -Lo veo muy hecho.

No, hay que sacarle brillo a la madera y a la plata.

Y para que esto quede bien

hay que estar ahí dale que te pego.

Así que era verdad.

¿El qué, señorita?

Las ideas que me dabas para el folletín.

Las sacabas de tu vida privada.

Bueno, un poco sí.

Pero el resto me lo he inventado.

Que es lo que hacen

los escritores, ¿no? -Sí.

Pero deberías haberme dicho que estabas embarazada.

Bueno, quería llevarlo en secreto.

No me lo tenga en cuenta, señorita.

No, Elpidia, si no estoy enfadada contigo, sino conmigo.

Me siento mal por haberte hecho hablar

cuando estabas sufriendo tanto.

No, pero hablar también me servía de desahogo.

Aún así, yo debería haberme dado cuenta de que algo pasaba

y debería haber sido más sensible.

Te pido disculpas. -¿Qué disculpas?

Si lo que me ha pasado a mí

es una cosa como otra cualquiera.

¿Lo que te pasado te parece una cosa cualquiera?

Hay cosas peores.

Ya lo sabe usted, que escribe folletines, ¿eh?

Bueno, más bien lo deberías saber tú que eres

quien me da las mejores ideas. (RÍE)

Yo solo le contaba mis ocurrencias.

Pero me alegro de haber ayudado. -Sí, me has ayudado mucho.

La gente lee los folletines es gracias a ti.

-Bueno, no diga eso. -Es verdad.

Y, como a mí me pagan, creo que es justo

que yo te recompense por tus aportaciones.

-¿Qué? ¡No, quite, quite! -Cógelo, Elpidia, es tuyo.

¿Qué me va a pagar a mí por estar un rato charlando

y contándole mis ocurrencias?

Ocurrencias que gustan mucho a los lectores del folletín.

Así que toma, te lo mereces. -Que no, no cojo eso.

Elpidia, si no lo coges, me enfadaré.

No creo que sea justo que no te recompense por tu trabajo.

Anda, hazlo por mí. -Bueno...

Porque usted se empeña, ¿eh?

¡Madre mía! ¿Todo esto pagan por un folletín?

¡Pero si es un dramón de tres al cuarto!

Bueno, para la gente es mucho más que eso.

Don Luis, tenía que hablar con usted.

Raimundo, he llegado un poquito antes

por si necesitabas mi ayuda. ¿Hay que subir algo del almacén?

No, es que ya no vamos a necesitarle.

¿Cómo? ¿Pero...? ¿Pero de qué estás hablando?

Pues...

Esto me lo ha dado doña Antonia para usted

y me ha dicho que le diga que no vuelva.

¿Por qué? Que yo sepa, no di motivos de queja.

He cumplido con las órdenes que se me han mandado.

No he llegado nunca tarde, no he puesto ni una mala cara.

Y podría haberlo hecho, Raimundo.

Ya, si es que no creo que sea por eso.

-¿Entonces por qué es? -Pues me figuro que

no hará falta a nadie que haga ese trabajo.

Eh...

Es por Gabriel, si se entera que está aquí, se arma una buena.

No se enterará. No pueden hacerme esto, necesito el dinero.

-No tendrá problema para encontrar trabajo pronto en cualquier sitio.

Ya quisiera tener sus aptitudes. -¿Y mi reputación?

¿Te gustaría arrastrarla como un fardo por todas partes?

No sabes con qué cara me miran cuando pido trabajo.

Lo siento mucho, pero no puedo hacer nada por usted.

Por supuesto que...

¡Claro que puedes hacer algo! -¿Qué?

Tú siempre dices que aquí no eres más que

un simple empleado, pero no es verdad, eres mucho más.

Antonia viene muy poco, tú tienes el bar a tu cargo.

Sí, es cierto que estoy tomando responsabilidades

y no se me da mal, es que... (RÍE)

Déjame tocar el piano por las noches.

El piano no, no, no. No, Luis, no, por favor, no.

El piano no. El último que lo tocó lo dejó desafinadísimo.

Yo lo afino y le hago los arreglos que haga falta.

No será un problema. Es mi vocación,

necesito volver a la música, es lo que sé hacer bien.

Yo es que eso tendría que consultarlo con doña Antonia.

Antonia no lo aprobaría, lo sabes perfectamente.

Por eso te lo pido a ti. -No puedo tomar esas decisiones

de espaldas a Antonia, menuda es ella.

Ya. No tendría por qué enterarse. Raimundo, piénsalo bien:

ella viene muy poco y, por las noches, nunca.

Se acuesta temprano.

Ay... no me líe, don Luis, por favor se lo pido.

¡Raimundo, por favor!

Raimundo, la música, el piano sería mi salvación, ¿eh?

Me permitiría hacer lo que más me gusta,

refugiarme en la música.

Al café le vendría muy bien algo de animación,

está de capa caída. -Eso es cierto.

Está cada día más mustio y con las actuaciones daba gloria.

-Podemos recuperar esos tiempos. Tú y yo, mano a mano.

Verás como el público empezará a entrar por esa puerta otra vez.

A todo el mundo le gusta la música

y, no quiero pecar de inmodestia, pero toco muy bien.

Pero no podría pagarle, no hay dinero para más jornales.

No pasa nada, me conformo... me conformo con las propinas.

Eso no da ni para pipas. ¿Sabe lo agarrada que es la gente?

No importa, solo te pido que me ayudes en esto,

como haría yo si la situación fuera la contraria.

-¿Y por qué me iba a ayudar a mí? -¿Qué por qué te iba a ayudar?

¿Qué clase de pregunta es esa? Tenemos que ayudarnos

los unos a los otros, sin solidaridad no somos nadie.

Qué labia tiene usted, no sé cómo no se metió a cura.

Eso mismo me pregunto yo. ¿Entonces qué me dices?

¡Por favor! -¡Está bien!

Toque, toque usted el... Sí, pero chitón,

porque, si se entera doña Antonia, me capa.

Tranquilo, no se va a enterar. Seré discreto. Gracias, Raimundo.

Gracias.

(RESOPLA)

Disculpe, Sr. Loygorri, es doña Elisa Silva.

(SUSPIRA) Que pase.

Rodolfo, buenas noches.

Siento llegar a estas horas, pero... es que he estado

intentado localizarte durante todo el día y...

y me ha sido imposible. -La culpa ha sido mía.

He estado muy ocupado y no te he devuelto todas las llamadas

que me has hecho. -Pensé esperar hasta mañana,

pero he recordado que tú siempre te acuestas tarde.

Eso era antes de dirigir una fábrica.

Ahora me temo que madrugo bastante.

Así que te ruego que seas breve.

Estoy muy preocupada por Sofía.

No sé nada de ella desde que se fue a Lyon.

Y por eso acudo a ti.

Rodolfo, es que ni siquiera sé si está bien.

Y me resulta muy raro que no haya intentado comunicarse,

que no haya mandado un telegrama o que haya hecho una llamada, algo.

Igual que las fronteras están cerradas,

las comunicaciones con Francia están cortadas.

Tengo entendido que lo están desde hoy.

Podría haberse comunicado conmigo hace unos días.

Es posible que hayan retenido todo el correo.

Mira, si no has recibido noticias suyas,

a estas alturas, yo que tú no las esperaba.

Lo sé.

Pero también sé que, cuando dicen que

las comunicaciones están cortadas, lo que quieren decir

es que están cortadas para el pueblo llano.

No, Elisa, quieren decir que nadie puede llamar por teléfono,

ni poner un cable, nada. -No, Rodolfo.

Las personas importantes sí que pueden.

¿Ah, sí? ¿Cómo?

Elisa, hay una guerra.

Esta mañana han hundido un barco francés en la Costa Azul.

El país está aislado, están en una situación crítica.

Yo sé que tú tienes contactos de gente con influencia

que puede ayudarme, encontrar a Sofía y ayudarla a volver.

¿Tú sabes cuánta gente hay en Europa ahora mismo como tú?

Miles. Miles buscando a sus amigos, a sus familiares.

Miles pidiendo ayuda a sus familiares y amigos.

Pero, de verdad, no se puede hacer nada.

Pero es que todas esas personas no tienen a alguien como tú

que les pueda ayudar, yo sí.

Rodolfo, te lo estoy pidiendo como un favor personal.

Elisa, y yo te estoy pidiendo que me escuches.

Es imposible, lo siento mucho.

Entonces no... ¿no hay manera de localizar a Sofía?

De momento, no.

Pero estoy convencido de que ha llegado a Lyon,

y no es el peor sitio en el que estar en esta guerra de locos.

Así que no pierdas la esperanza. -No la voy a perder.

Es lo único que puedo hacer, ¿no?

Mira, en cuanto se restablezcan las comunicaciones,

intentaré hablar con alguien de allí, ¿de acuerdo?

De acuerdo. Gracias.

Y siento haber venido a estas horas.

Es que no es difícil ponerse en lo peor.

Normal.

-Adiós. -Adiós.

¡Oh!

Inspector, qué sorpresa.

Es la última persona que esperaba ver por aquí.

-He venido a hablar con usted. -¿Solo a hablar?

Podríamos pasar un rato muy agradable.

Déjese de tonterías, sabe que no busco esparcimiento.

Muchos hombres dicen eso al principio cuando vienen.

Y luego resultan ser los más fogosos.

(RÍE) -Cuando me dijeron

que trabajaba aquí, creí que me tomaban el pelo.

Pero veo que se ha adaptado muy bien a su nuevo papel.

Todo es cuestión de ponerle empeño.

Ah, ¿por qué no se va quitando la corbata?

¿Cómo ha podido caer tan bajo?

¿Por qué dice eso? ¿Tengo mala cara? ¿No estoy guapa?

No consigue un trabajo decente porque todos saben quién es.

Está usted muy equivocado, inspector.

He encontrado mi verdadera vocación.

Soy un volcán, se lo aseguro.

Me encantaría que me dejara demostrárselo.

Marina, váyase de la ciudad.

¿Quiere que me exilie como hacen los reyes

después de una revuelta?

En otra ciudad podrá empezar de cero.

Allí nadie la conocería,

tendría trabajo de enfermera en un hospital.

Si le excita que me vista de enfermera, puedo hacerlo.

Muchos me lo piden. -Encontraría trabajo decente

y llevar una vida tranquila. -Y sigue.

Es que no me lo puedo creer, ¿ha venido aquí a darme consejos?

Se comporta como si fuera mi padre o mi confesor,

y resulta patético.

Si le estoy dando consejos es porque, si se queda,

le voy a hacer la vida imposible.

La justicia me ha soltado, inspector,

por mucho que le moleste.

no sé cuánto le habrá pagado a ese juez,

a mí no me comprará ni con todo el dinero del mundo.

No se me ocurriría, se lo aseguro.

Se ve a la legua que usted es un pobre de espíritu.

La voy a tener vigilada, así que no haga ninguna tontería.

Una más y nadie le va a salvar de la justicia.

¿Es legal vigilar a quien no ha hecho nada malo?

No me hable de lo legal, se me revuelven las tripas.

Ah, y yo que quería que lo pasáramos bien.

Solo he venido a advertirle. Ya me voy.

Le puedo hacer un descuento, que hay confianza.

Me da usted pena.

¡Ah! (RÍE) Claro.

Por eso no le atraigo,

porque tiene usted gustos más... degenerados.

-Mucha pena. (MARINA RÍE)

¿Tú qué miras? ¿Algún problema?

Siento servirles esto de cena, pero hasta que nos llegue el carbón

yo no puedo cocinar. -El chorizo está estupendo.

Vamos a cenar de fábula. -¿Han sobrado migas de hoy?

Si quiere se las traigo, pero estarán frías y tiesas.

Y no puedo calentarlas. -Pues, entonces, mejor no.

No te preocupes, con esto nos apañamos.

Si quieren algo más de lo poco que hay,

estaré en la cocina. -Gracias.

Qué buena pinta tiene este pan.

Reconoce que en Madrid no hacen un pan así.

Estoy tan cansado, que me vale cualquier cosa.

Espero que hayas sabido disimular tu cansancio.

A ver si piensan que somos unos blandengues.

He puesto cara de que podía dar dos vueltas más a los viñedos.

Y eso que son interminables.

Ah, pues si tenías ganas de pasear, podías haber ido a la fuente.

Está en el quinto pino.

Merceditas y yo fuimos siete veces para tener agua suficiente.

Tienes cara de cansada, cogerás la cama estupendamente.

Ajá. Sí, la cojo con ganas, lo que pasa es que ese colchón

es tan viejo, que no me tiene simpatía.

Cariño, no te rindas. Hoy es el primer día

y no ha estado nada mal. -Si estoy animada.

Hemos conocido a los trabajadores, a los vecinos del pueblo...

Sí. Y he de reconocer que no han sido muy amistosos,

esa es la verdad. -Nosotros tenemos don de gentes.

Estoy segura de que pronto

nos invitarán a merendar a sus casas.

Me alegra ver que te lo estás tomando bien.

Pensaba que la vida aquí te iba a parecer muy complicada.

¿Tú crees que yo me voy a arrugar por un par de incomodidades?

¿Un par? Dirás tres o cuatro pares de incomodidades.

Bueno, no importa cuántas sean.

Lo que sí es verdad es que echo de menos a mis hermanas,

sobre todo a Blanca.

Quiero saber cuándo se va a París con Cristóbal.

Cuanto tengamos otras minucias, como el agua y el carbón,

pondremos teléfono y así hablaras con ellas.

Ahora, tener aquí una línea telefónica me parece una quimera.

Tendremos teléfono, te lo prometo.

El aire del campo le sienta bien a las niñas.

¿Has visto que duermen mejor que en Madrid?

No sé si es el aire del campo o el olor a boñiga.

(RÍE) -Muy pronto tendremos agua,

carbón, colchones nuevos y estaremos en la gloria.

A mí me basta con poder mirarte a los ojos

y ver que estás feliz por poder estar cumpliendo tu sueño.

(Se oye un zumbido eléctrico) ¡Huy!

Pues parece que esta vez no vas a poder ni mirarme a los ojos.

¡Merceditas, se ha ido la luz!

(SALVADOR SUSPIRA)

(MERCEDITAS) ¡Vaya, es lo que nos faltaba!

(DIANA) ¿Tenemos velas? (MERCEDITAS) Las buscaré,

si antes no me estampo contra una puerta.

(SALVADOR RÍE)

(SALVADOR RÍE A CARCAJADAS)

-¿Te estás riendo? -Bueno, me río por no llorar.

Salud. (DIANA RÍE)

(DIANA) Ay, Dios mío...

Ayer pasé por la puerta de... de la casa de Costuras Pavón.

Y vi un anuncio.

Están buscando costureras y modistas.

¿Y?

Había pensado en... en ir para que me hicieran una prueba.

¿Podría cogerla en brazos?

¡Claro! ¿Sí?

Se acaba de quedar dormida. ¡Ay, Amalia!

¿Qué pasa, Blanca? Blanca, a ver, siéntate.

¿Qué te ha pasado? Ay, no sé, me acabo de marear.

Yo no acepto lecciones de humildad de nadie.

Pues deberías.

Porque no lo sabes, pero has tenido mucha suerte.

Que La Peineta te ha robado el dinero puede ser,

pero no eres la primera que llega aquí

con esos aires de grandeza y esa chulería.

Y alguna ha acabado con la cara rajada.

Prefiero que me rajen la cara a que me roben dinero.

¡Esta casa es una ruina, señora se nos va a caer encima!

No digas tonterías, Merceditas, tenemos que llamar a un carpintero.

Al carpintero, al fontanero, al electricista y al carbonero.

-Merceditas, ¿por qué lloras? -¿Cómo no voy a llorar, señora?

Vamos, mujer, tienes que ser fuerte.

Dentro de una semana estaremos instaladas

y nos reiremos de todas estas incomodidades.

(LLORA) Si yo no lloro por eso, señora.

¿Estás segura de que te dijeron que te habías quedado estéril?

Completamente segura. Buscaremos otra explicación a mi mareo.

Los mareos, la pérdida de apetito, de sueño...

Deberías ir al médico a que te revisen.

Iré al médico para que te quedes más tranquila.

Mi hija no es así.

Y pienso que se está metiendo en un pozo muy negro.

¿No cree que está exagerando un poco?

Hable con ella, no exagero. A mí ya no me hace caso.

He leído que hay productos que pueden combatir la cochinilla.

Si no hubiera llovido tanto sí, pero se acumuló tanta humedad

que no había sulfatos que pudieran con el bicho.

Y se ceba con todo: la raíz, el tronco, las hojas.

¿Me quiere decir que la cosecha está arruinada?

Sé lo que has pasado, lo que has sufrido.

Solo quiero decirte que lo siento mucho.

No hay nada que sentir. Ha pasado lo mejor que podía pasar.

Lo mejor... no creo que perder a un hijo sea plato de buen gusto.

Lo que no es plato de buen gusto es tenerlo contigo.

A mí la música clásica no me va.

Hace falta tener muy buena voz y mucha técnica y...

y yo lo que tengo es desparpajo.

Eso es esencial para enfrentarse al público.

Si quiere, arranque a cantar y le acompaño al piano.

-¿Ahora? -¿Me permite?

Por favor, no sé qué le pasa, es nuevo.

Tenía una varilla suelta. Ya está.

Pero no hace falta que lo abra, no está lloviendo.

Ah, pues yo había notado una gota.

-Gonzalo Villarino. -Amparo.

¿Amparo?

-¿Qué ha pasado? (LLORA)

Levántate. ¿Quién te ha rejado la cara?

¡Ah!

Ah, llevad a La Peineta a su habitación.

Llamad a un practicante para que le haga la cura.

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  • Capítulo 466

Seis Hermanas - Capítulo 466

20 mar 2017

Diana y Salvador inician su nueva vida en el campo. Cristóbal no quiere que Blanca le acompañe a París. Celia quiere comprar la Villa de París. Elisa está preocupada por la falta de noticias de Sofía. Don Luis teme por su vida. Benjamín debe acompañar a Rodolfo a Oporto a un viaje de negocios.

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