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No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 465 - ver ahora
Transcripción completa

Elisa, tengo que pedirte un favor más.

¿De qué se trata?

No puedo llevarme a Leandro conmigo.

Quiero que lo cuides tú.

¿Te quedarás con él?

Claro que sí.

Raimundo ha dejado embarazada a Elpidia.

Entiendo que no quieras venir

a los viñedos con Raimundo, pero...

no sé por qué te tienes que queda tú aquí.

Bueno, es que Raimundo les hace más falta allí.

Puede ser, pero seguro que nosotros te hacemos

más falta a ti que Raimundo.

Esta tienda sólo ha traído desgracias a mi familia.

Así que ya ha llegado el momento

de perderla de vista.

¿Pero sabe qué planes tiene esa mujer?

A mí que me traiga los cuartos

y luego ya que haga de su capa un sayo.

¿Cómo se te ocurren estas cosas, Elpidia?

Pues es lo que veo alrededor.

El truco está en que en los folletines

las cosas tienen que salir mejor que en la vida.

Para luego estropearlas.

Y luego volverlas a arreglar, y así...

Lo que peor llevo es que te vayas a Francia.

Puedo pasar sin mi hermano pero me va a costar tener

tan lejos a mi mejor amigo.

Sabes que yo también te voy a echar de menos.

Sé que vas a tener un hijo mío.

¡No me tenía que haber dejado enredar!

¡Y no pienso apechar con esto!

No permitiré que te deshagas de mi hijo.

No tienes ningún derecho. -¡Claro que lo tengo!

El juez anula su ingreso en el hospital psiquiátrico.

El que él ordenó. ¿Cómo lo ha hecho?

¿Se da cuenta de lo ridículo que resulta?

Este juez es un hombre muy riguroso.

No cambia de opinión así como así.

Así como así no. Pero quién no tiene un precio.

Ese juez lo tenía, desde luego.

¡Ay, Dios mío! ¿Pero qué te ha pasado, Elpidia?

Iba a subirte esto y me he caído.

Ay, pero serás cabezona...

Mira que te había dicho que te sentaras y descasaras.

¿Qué te duele? -¡Me duele mucho!

Estoy dispuesta a hacer lo que sea

para ganarme la vida.

Por mí de acuerdo.

¿Va a darme trabajo?

No, el trabajo se lo van a dar los hombres.

Hoy salimos de aquí juntos, casados.

Se acabó el miedo, Blanca.

Se acabó el esconderse.

(RÍE)

No habrá tempestad que me aleje de ti.

Pero, señora, deje que eso lo hagamos nosotras.

No se preocupe, Rosalía.

Además, es que hoy no puedo quedarme quieta ni un segundo.

Ay, no me extraña que esté nerviosa con se viaje

tan largo y tan peligroso que les espera.

No es por eso, Rosalía. ¿No se da cuenta que hoy es

mi primer día de casada con Cristóbal?

¿No es maravilloso?

Ay, esta casa se va a quedar tan sola.

Entre usted que se va a París, ahí en mitad de la Francia,

y su hermana Diana que se va a esos viñedos

en mitad de la nada.

Bueno, se van al campo.

Y Francia pues es nuestro país vecino.

Así que tampoco nos vamos tan lejos.

Puede que Francia esté cerca, pero París está lejísimos.

¿Quiere que le ayude a guardar todo eso?

No, ahora ya sí que no queda casi nada. No se preocupe.

Bueno, pues entonces iré a ayudar a su hermana Elisa,

que también se marcha hoy con su padre don Ricardo.

¿Hoy? Sí.

Vaya, lamento que se le haya juntado todo el mismo día.

Y lo peor de todo es que no sé

dónde se han metido Merceditas y Elpidia.

¿No han llegado todavía? No, todavía no.

¡Y cuando lleguen me van a oír!

Bueno, no sea demasiado dura con ellas.

Con todo el trabajo que hicieron ayer

pues yo creo que se merecen un buen descanso.

Las consiente usted demasiado.

Anoche desaparecieron antes de la cena

cuando les dio la gana. Y ahora ya lo ve usted.

No se preocupe, Merceditas estará al llegar.

Además, ella también tiene que preparar

su viaje a los viñedos.

(Teléfono)

Si me disculpa, voy a atender el teléfono.

Sí.

Hola. Buenos días, señor.

¡Cristóbal!

Cómo te he echado de menos.

Sólo he estado fuera de casa media hora.

Pues para mí es una eternidad. Ya...

¿Qué pasa, estoy siendo demasiado empalagosa?

No es eso, es que no traigo buenas noticias.

¿Pero qué pasa?

Ya podemos ir deshaciendo todo el equipaje.

No nos vamos a París.

Todos me han felicitado por el vestido de Blanca.

Y cuando se corra la voz

te encargarán un montón de trajes y vestidos.

Estaría bien.

Aunque si voy a dejar la tienda...

Cata, cuando Cándida sepa

que todos esos vestidos te los encargan a ti

gracias a tu talento y a tus diseños

verá que eres imprescindible y no te echará.

Ojalá. -Ya verás como sí.

Ahora mismo veo mucho más claro tu futuro que el mío.

¿Por qué dices eso?

Esta mañana he madrugado

para seguir escribiendo el folletín.

Porque ayer con todo el ajetreo no me concentraba.

Pero ha sido inútil.

Estoy atascada.

¿Pero no decías que Elpidia

te había dado un montón de ideas?

Sí, cuando las he pasado a limpio me he quedado ahí.

No se me ocurría nada más.

Bueno, date tiempo.

Ya verás cómo las ideas regresan a tu cabeza.

Para regresar primero tendrían que haber salido.

Y te aseguro que no han salido muchas ideas.

Soy incapaz de adaptarme

a las convenciones del folletín.

Lo has estado haciendo hasta ahora.

Y muy bien por cierto. -Gracias a Elpidia.

Sin ella estoy perdida.

No me puedo creer que vuestra criada

tenga más cabeza que tú para escribir.

No, para escribir no.

Pero sí para idear historias y situaciones

más propias del folletín.

Pero las escribes tú.

Y tu manera de contar las historias

es lo que tiene enganchadas a las lectoras.

¿Tú crees que es eso?

Yo creo que es la historia lo que hace que los lectores

vayan un día tras otro a comprar el periódico.

Y esa historia es de Elpidia.

Sí, la historia es importante. Pero más aún es saber contarlo.

Es como un chiste, da igual lo bueno que seas

si no se cuenta con gracia.

Muchas de las clientas de la Villa de París

me han dicho que están fascinadas con Cruz Galván.

Y esa eres tú.

¿Eso dicen?

Sí.

¿Y sabes qué más?

Algunas me han dicho que en el desayuno

quitan el periódico a sus maridos

para leer la entrega diaria.

Por mi culpa tus clientes

van a tener un serio problema con sus maridos.

No quieren que nadie les chafe lo que va a pasar

cuando bajen a la calle y lo comenten.

Por eso se apresuran a leerlo.

Eso que me cuentas es muy bonito, Cata.

Pero yo no me siento identificada con ese éxito.

Más bien creo que el triunfo es de Elpidia.

Y yo soy un fraude.

Y por eso quiero hablar con el editor.

No, no hagas eso, Celia.

Cata, yo escribí un libro,

cuentos, relatos de los que estoy muy orgullosa.

Literatura de verdad.

Y con los folletines no sólo no estoy orgullosa,

sino que no me parecen arte.

Me parecen mero entretenimiento.

¿Y qué hay de malo en eso? -Nada.

Pero no es lo que yo quiero hacer.

Y además estoy engañando a todo el mundo,

a las lectoras, a Elpidia y a mí misma.

¿Pero no crees que hablar con el editor

es una decisión un poco drástica?

Sí, pero también me parece la mejor.

La mejor quizá para ti, pero no para tus lectores.

Ellos están muy pendientes de lo que escribes.

No puedes dejarles a medias.

La triste realidad es que no tengo nada más que contarles.

Pero no puedes irte sin explicarles

cómo acaba la historia. Eso no sería justo.

Y tú no eres una persona injusta.

Los mejores finales son aquellos que se dejan

a la imaginación del lector.

Pero a ver, ¿no hay manera de conseguir billetes de tren?

No, Blanca, en la estación nos han informado

de que Francia ha cerrado la frontera.

Pero eso significa que la frontera todavía

no está cerrada. Lo va a estar en breve.

De hecho el tren se ha cancelado.

¿Pero por qué? Porque no había forma de llegar

más allá de los Pirineos.

A mí me parece que podían haberse arriesgado.

No había ni siquiera mozos que te ayudasen

con el traslado de equipaje.

La estación parecía un desierto.

Bueno, ¿y ahora qué vamos a hacer?

No lo sé...

Esperar a que se resuelva el problema diplomático.

No hay otra opción.

De momento me quedaré a vivir contigo.

Al menos estaremos juntos. No, no, Cristóbal.

¿No quieres que me quede a vivir aquí?

Por supuesto que sí.

Pero también quiero que vayas a Francia.

Mira, ¿por qué no vamos hasta los Pirineos?

Y luego ya veremos la manera de llegar a Francia.

Lo había pensado, Blanca.

¿Pero y si nos para la policía de fronteras?

Tengo antecedentes por anarquismo. ¿Recuerdas?

Sí. Podríamo...

(Llaman a la puerta)

Lamento interrumpirles, señores, pero Merceditas

acaba de llamar desde el hospital.

¿Pero qué le pasa?

No, a ella nada, es Elpidia.

Está ingresada.

Merceditas no ha podido llamar antes

porque no quería dejar a Elpidia sola.

¿Está muy grave?

No me lo ha dicho porque no lo sabe.

Está bien, voy al hospital.

En cuanto sepa de su estado os llamo.

Muchas gracias, Cristóbal.

Pero, señor, ¿y su viaje?

No, no se preocupe por eso, Rosalía.

Ahora le cuenta Blanca.

El viaje se ha cancelado.

Oh.

Señora, ¿qué... qué...?

Van a cerrar la frontera con Francia, Rosalía.

Así que no vamos a poder ir hasta allí.

(SUSPIRA)

Escúchame, ahora que estamos en casa de vuelta

no quiero que te sobrecargues de trabajo.

Porque aquí no tienes tanta ayuda.

No sé, y te noto triste.

¿Qué te pasa?

Bueno, no es sólo por usted.

¿Y qué te preocupa además de mí?

He oído que van a cerrar las fronteras

entre Francia y España.

¿Y si es así qué va a ser de Sofía, padre?

Bueno, quizá haya cruzado la frontera y esté de regreso.

Es que no creo que le haya dado tiempo.

Ni siquiera sé si habrá llegado a Lyon.

Y no has podido hablar con ella.

Y eso me preocupa, porque me dijo que me avisaría

de cada paso que diera.

No te preocupes, porque las comunicaciones con Francia

están muy difíciles por causa de la guerra.

No sé, padre, espero que esté bien.

Y que encuentre a Carlos.

Si la situación ya era complicada

ahora lo es más todavía.

¿Se da cuenta de que puede que Sofía se quede atrapada

en un país que está en guerra sin nadie a quién acudir?

¿Sabes qué? No tengo muchas fuerzas,

pero las suficientes para sujetar un teléfono.

Déjame hacer unas llamadas.

¿Usted puede encontrarles? -Bueno, no sé si tanto.

Pero conozco mucha gente en las aduanas

y en la embajada.

Quizá alguien nos pueda contar algo de tus amigos.

Eso sería maravilloso, padre.

(Llanto de bebé)

Ay, pobre Leandro.

Anda, ve con él.

No para de llorar, padre.

Creo que echa de menos a su madre.

Pásame el teléfono.

Tenga. -Gracias.

Y luego nos tomamos esa tisana. -De acuerdo.

(Música)

(Música)

¡Aquí no se viene a echar la siesta!

No se puede ni descansar un rato.

Un rato sí. Todo el rato no.

Y no será por lo que has trabajado.

No pretendía dormirme, sólo reposar un poco.

¿Y si en vez de ser yo hubiera sido un cliente?

¿Eh?

Este es un lugar de diversión.

Y no es precisamente lo que tú transmites.

No sabía yo que los clientes fueran tan madrugadores.

Los clientes no entienden de horarios,

vienen cuando les apetece.

Y vosotras tenéis que estar siempre disponibles para ellos.

Me ha quedado bien claro, gracias.

Y a ver si te tomas en serio tu estancia aquí.

Porque al fin y al cabo fuiste tú

la que me suplicaste una oportunidad.

Y no me lo recuerde.

¿Ha terminado ya con el sermón?

Pues mira no. Vas a hacer tu habitación,

porque la tienes toda patas arriba.

¿Eso también?

Ya que he de pagar la habitación con mi trabajo

qué mínimo que me hagan la cama.

Y la señora también querrá que le limpien la habitación,

que le planchen la ropa y le sirvan el desayuno, ¿no?

No estaría de más.

Esto no es un hotel.

Así que espabila y acostúmbrate a tu nueva vida.

Porque tu trabajo aquí es servir, no que te sirvan.

No soy una criada.

No, eres una meretriz.

Así que deja ya esos aires de grandeza.

Y a ver si miras con más simpatía a los clientes.

Porque con esa cara que les pones no me extraña

que ninguno quiera pasar al lecho contigo.

No tengo por qué ser amable con esos depravados

que sólo vienen a lo que vienen.

Al cliente hay que ganárselo.

Y tú todavía no has conseguido ninguno.

Y sin clientes no vas a poder pagar la cama.

Si mis compañeras no fueran tan arpías.

Ayer estuve a punto de conseguir uno

y la Clavel esa me lo quitó en las narices.

Y bien que lo atendió.

Ah, ¿pero no la piensa reprender ni nada?

Tienes que luchar por tu presa.

Porque aquí gana la más espabilada.

Así que yo que tú me apuraría.

Porque si no te voy a tener que echar a la calle.

(SUSPIRA)

Esto es un desastre.

Cuantos más baúles compramos me da la sensación

que tenemos menos espacio para guardar las cosas.

Podríamos hacer un hueco en el equipaje de las niñas.

Llevan ya demasiados bultos.

Las niñas no pueden estar sin sus juguetes.

Pero bueno, no sé, quizá nosotros no necesitemos

tanta ropa en el campo.

Cariño, todo esto vamos a tener que meterlo en el coche.

Y te recuerdo que es un coche y no un camión.

¿Cuántas maletas va a traer Merceditas?

No lo sé.

Pues espero que no sea más de una.

Preocupémonos ahora de guardar las cosas en las maletas.

Ya nos preocuparemos después

de guardar las maletas en el coche, porque si no...

Tengo la sensación de que todo esto no va a terminar nunca.

Pero...

en unas horas empezaremos nuestra nueva vida.

Por fin.

(Llaman a la puerta)

Adelante.

Disculpen los señores.

Ay, Merceditas, gracias a Dios que ya estás aquí.

¿Has hecho ya el equipaje?

¿Qué pasa, Merceditas?

¿No lo saben? -¿Saber el qué?

Pues que Elpidia ha sufrido un accidente.

¿Pero qué le ha pasado?

¿Un accidente?

¿Es grave?

No lo sé, la he dejado

con don Cristóbal en el hospital.

¿Pero qué ha ocurrido?

No lo sé, supongo que se ha caído por las escaleras.

No sé, estaba en el suelo.

Y le costaba caminar y le dolía mucho el vientre.

¿Cuándo fue esto?

Ayer. Me he pasado toda la noche a su lado

hasta que me han dicho que ha salido ya de peligro.

¿Y el niño que espera?

Todavía no puedo decirle nada.

¿Cómo estás?

Mejor.

¿Cómo no me habéis avisado antes?

Yo he venido en cuanto me ha llamado Merceditas.

Pues fue ella la que me encontró

y la que me trajo aquí.

Imagino que esperaba que los médicos le dijeran

si tenía que hablarte de una difunta o de una viva.

¿Cómo haces broma con esas cosas? Cómo eres.

Siento mucho, prima, haberte dado este disgusto.

No. -Con el corazón como lo tienes.

No, ahora la importante no soy yo.

La importante eres tú y el niño.

Yo no siento nada aquí dentro, ¿eh?

¿Será malo?

¿Lo sentías antes?

La verdad es que no. -Pues entonces no es malo.

Además, que es muy pronto todavía para que sientas nada.

Pues si estoy bien me voy ya para casa, ¿eh?

¿Pero adónde vas? No te puedes mover.

Que tú estás convaleciente.

No, ya estoy bien para trabajar.

Entre la fiesta de ayer y los viajes de hoy

Rosalía y Merceditas tienen que estar desbordadas.

¿Qué más te dará eso? Tienes que quedarte aquí.

Además, el Dr. Loygorri está al llegar ya.

¿El Dr. Loygorri?

Sí, es el que me he encontrado en la puerta.

Si tenía que estar en un tren camino de Francia.

No se habrá quedado por mi culpa.

Y yo qué sé.

Doctor, qué alegría verle. Hola, Antonia.

Elpidia, ¿cómo se encuentra?

Bien, lo que quiero es irme a casa.

Ya le he dicho que tiene que descansar un poco más.

Sí, eso no va a ser posible.

¿Por qué?

Verá, lo siento, pero...

el niño no ha salido adelante.

Ay, ¿ha perdido al niño?

Usted se encuentra bien.

Cuando descanse y se recupere

podrá hacer vida totalmente normal.

De hecho más adelante si lo desea

puede volver a ser madre.

Prima.

¿Y usted por qué no está en el tren?

¿Eso es lo que te preocupa a ti ahora mismo?

No quisiera que se hubiera quedado por mi culpa.

No, no, lo habría hecho encantado si fuera necesario.

Pero el viaje lo pospusimos por razones ajenas.

Vaya, lo siento.

¡Que les hacía mucha ilusión, hombre!

Ya que lo dice, llamaré a casa para informar que está bien.

Estaban todos preocupados. Vaya, doctor.

Os dejo a solas.

¿Por qué me miras así? -Júrame que no hiciste una locura.

¿Pero qué locura voy a hacer, prima?

Elpidia, que no soy tonta. La última vez que nos vimos,

me pediste cuartos para ir a esa curandera.

Y ahora te dicen que has perdido a la criatura

y te quedas tan pancha. -Porque es lo mejor, y ya está.

¿Esto no será cosa de la curandera?

Que no, que me dio miedo y no volví.

-Esto ha sido un milagro. -¿Pero cómo puedes hablar así?

Esto era un error, prima, y el destino ya se encargó de él.

Mira, espero que estés hablando así

por el golpe que te diste en la cabeza,

si no, no doy crédito. ¿Cómo dices esas cosas?

Pues porque es cierto.

Ha sido un accidente. Pero, mira, bendito accidente.

Suponía que volvería a verle, pero no esperaba que fuera aquí.

Tampoco espere que sea en su negocio, eso ya acabó.

¿Puedo sentarme? -No me parece que sea buena idea.

Los dos sabemos muy bien que Antonia no querrá

que su niño frecuente malas compañías.

Bueno, pero mi madre no está por aquí, ¿no es cierto?

Pero está a punto de llegar, tengo una cita con ella.

-No acudirá. -¿Y eso por qué?

Asuntos familiares.

Por ello, me ha pedido que asistiera en su nombre.

Entonces tome asiento.

Me imagino que su madre le habrá explicado

el motivo de nuestra cita.

Sí, una reunión de negocios. Aunque, sinceramente,

prefiero tenerlas con hombres. -Parece mentira, ¿eh?

Que con la de mujeres que ha conocido estos días,

no haya comprendido que, en muchas ocasiones,

nosotras manejamos los hilos. -Piense lo que quiera.

Pero, por favor, vaya al grano.

Está bien.

Tome. Esta vez es a mí a la que le toca darle

una buena cantidad de dinero.

Ah, ¿no lo va a contar?

No, ni tampoco me lo guardaré en el escote.

Esas minucias se las suelo dejar a mi abogado,

supongo que serán diferencias entre hacer negocios

con hombres como yo y con mujeres como usted.

Pues su abogado comprobará que esa es la señal que acordé

con su madre para comprar la Villa de París.

En ese caso, estará todo bien.

¿Ve cómo las mujeres también podemos cerrar negocios?

Con su madre hubiera sido igual de rápido y de fácil.

Lo que me extraña es que mi madre le haya vendido la Villa de París.

Es un lugar muy vinculado a mi familia, lleno de recuerdos.

Pero no todos son buenos para ella, por eso vende.

En eso tiene razón.

Ya tocaba desprenderse de ese lugar.

Dígame una cosa, ¿qué pretende hacer con la boutique?

Es muy pequeña para un negocio de los suyos.

No se preocupe, esta vez voy a abrir un negocio decente.

Dudo mucho que usted sepa hacer algo decente, señorita.

De todas maneras, le deseo suerte.

Pensé que me dedicarías más atención en mi descanso.

Ah, y yo pensé que me ayudarías un poco en vez de estar ahí,

sentado mano sobre mano. -Habrá que hacerlo.

Pues te lo agradeceré, porque voy muy justa de tiempo.

-Bueno. -Anda, vete guardando

las cosas en la cesta según te las voy pasando.

-Vamos allá. Tendrás que comer algo también, digo yo.

Cuando acabe, el viaje a los viñedos es largo

y algo tendrán que comer los señores.

Y luego tengo que preparar la comida para los demás.

También tienes derecho a comer.

Cuando pueda. No quiero que a los señores les falte de nada.

Si lo sé, me hubiera quedado a almorzar en la fábrica.

Ay, mira que te gusta refunfuñar.

¿Yo? (RÍEN)

Toma.

-Mi maleta ya está. -¿Ahí lo llevas todo?

Bueno, es que cuando regresé del pueblo pensaba

que solo sería para unas semanas.

Tampoco se vaya a creer que tengo mucho más.

Bueno, ya tendrás tiempo de ir al pueblo

a por el resto de las cosas y a por tu hija.

La vida da muchas vueltas, ¿verdad?

Y en un momento todo se tuerce.

Pero no te pongas así, mujer,

que la vida también puede cambiar para bien.

En los viñedos estarás estupendamente, ya lo verás.

Si no lloro por eso.

Pues espero que no sea por Raimundo.

No, no, no, tampoco.

Es por Elpidia. -¿Qué pasa, que está peor?

Acabo de hablar con el doctor Loygorri

y me ha dicho que ha perdido al niño que esperaba.

¡Vaya por Dios! Pues sí que lo siento.

Ay, ella decía que no quería tener ese niño y, mira,

si es que no hay que tentar al diablo.

No, doña Rosalía, por mucho que dijera por esa boca,

usted y yo sabemos lo que se siente al llevar un niño dentro.

No me puedo imaginar nada peor que perderlo.

-Desde luego. -Es lógico que estés afectada

por lo que le ha pasado, pero no es momento para eso.

Tú te vas ahora al campo a empezar una vida nueva.

-Sí, pero esa pobre criatura... -Benjamín tiene razón.

Marcharte a las bodegas con los señores

es lo mejor que podías hacer, así te alejas de estos problemas

y desgracias. -Y, cuando estés instalada allí,

pues te traes a Raimundita contigo.

(RÍE) Ya verás lo felices que seréis allí las dos.

Pero la pobre Elpidia se va a perder la felicidad

de tener a un hijo. -Bueno, es joven,

tiempo habrá de que tenga otro.

(SUSPIRA) Doña Rosalía, ¿me hace el favor de despedirme

de Elpidia cuando vayan a verla al hospital?

Claro que sí, así lo haré.

Dígale que siento mucho lo ocurrido.

Y que a pesar de todo lo que hemos sufrido

por culpa de Raimundo, yo no le guardo ningún rencor.

Tienes un corazón que no te cabe en el pecho.

Las dos hemos sido víctimas de un mentiroso.

Se lo diré, vete tranquila.

Muchas gracias por todo lo que ha hecho por mí, doña Rosalía.

Te voy a echar mucho de menos, Merceditas.

Esta casa no es lo mismo cuando tú no estás.

(LLORA) Yo también la voy a echar muchísimo de menos.

Usted ha sido para mí como una madre, ¿lo sabe?

Vengan a vernos cuando puedan, ¿lo harán?

-Claro que sí. -Me vas a hacer llorar, muchacha,

y me queda mucho por hacer todavía.

Venga, nos ponemos las dos y terminamos en un santiamén.

Venga. Tú con los pimientos y yo las patatas.

Bien, llévelo.

Cristóbal, ¿qué haces aquí? Creía que estabas camino de París.

Francia ha cerrado las fronteras. ¿Cómo?

Si la prensa no ha dicho nada. No, aún no es oficial.

Los trenes que van en esa dirección ya no salen.

Podrían conseguirme un viaje hasta los Pirineos,

pero una vez allí... ¿Y no lo habéis intentado?

En los Pirineos alguien os cruzaría.

No conozco a nadie y, con mi pasado anarquista,

si nos paran, puedo tener problemas.

Ya, demasiado peligroso, lo entiendo.

A no ser que... que me ayudes como ayudaste a Sofía

a conseguir unos visados.

Tal vez, si haces uso de amistades,

podrían ayudarnos a cruzar la frontera.

De aquella, la frontera no estaba cerrada.

Lo sé. Bueno, puedo intentarlo.

Subiré a hacer algunas llamadas. Escucha, si quieres,

mientras haces las llamadas, te espero aquí.

No, no, no, tú vete. Si consigo algo, que no lo sé,

seguramente me lleve muchas horas. Está bien, tú me avisas.

Gracias, Rodolfo. Cristóbal, una cosa más.

Si consigo algo, que ya te he dicho que no lo sé,

seguramente sea algo no muy legal.

Y, posiblemente, bastante peligroso, ¿estamos?

Tú dime lo que encuentras y, si tengo ciertas garantías,

no me importa arriesgarme.

Vivir en París con Blanca y trabajar para Curie merece la pena.

¿Y Blanca está de acuerdo? Está más entusiasmada que yo.

Me alegro.

Buenas tardes.

Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarla, doña Cándida?

Huy, celebro ver que ahora eres mucho más complaciente conmigo.

Lamento haber sido tan brusca con usted el otro día.

¿Brusca dices?

Más bien fuiste una maleducada.

Pero ahora eso da igual.

Si yo sabía que ese día iba a llegar.

¿Qué estabas haciendo?

Estaba decorando el sombrero,

iba a colocarlo para empezar con otro nuevo.

-¿En eso consiste tu trabajo? -Parte de él sí.

Ah, pues me gustaría ver cómo lo haces.

-Bueno, lo primero es... -No, no, no, no, no.

He dicho que me lo enseñes, no que me lo cuentes.

Perdón.

Pues no pareces muy buena en lo tuyo.

-Es que estoy un poco nerviosa. -Ay, qué pena

que uno de tus últimos trabajos en la Villa de París

vaya a ser ese triste sombrero.

Esta mañana le he pagado la señal a don Gabriel

y, dentro de muy pocos días, este local será completamente mío.

¿Me va a echar?

Es que, verás, para trabajar cara al público, como hacemos ambas,

es muy importante tratar a un posible cliente mucho mejor

de lo que me trataste a mí el otro día.

Lo siento mucho, doña Cándida.

Como comprenderás, no te voy a mantener en tu puesto.

Si me diese otra oportunidad...

¿Como la que me diste tú a mí?

Ah, perdóneme, de verdad, he sido una estúpida.

Desde luego que lo has sido.

Porque nunca se sabe en quién se puede convertir

la persona que tienes delante.

¿Hay alguna forma en que yo pueda arreglar esto?

Mira, de momento, confórmate con arreglar este sombrero,

porque así no se puede vender.

Estoy segura de que dentro de poco

conseguiré a chicas más agradables que tú.

Yo soy muy buena costurera y modista.

De hecho, acabo de hacer el vestido de novia de doña Blanca

y ha gustado mucho. -¿Ah, sí?

¿Pero quién te ha dicho que esto seguirá siendo una casa de modas?

Yo creía que se iba a mantener.

Aún no sé en qué voy a convertir esta tienda,

pero lo que sí sé es que, el próximo día que entre,

seré la dueña completa de este local.

Y, para entonces, no quiero que estés aquí.

(Llanto de bebé)

No, no, no, no, no te pongas a llorar ahora, no.

No, no es justo que lo hagas cada vez que me paro, mi amor.

Ay... Chis...

(Llanto de bebé) (SUSPIRA)

¿Don Luis?

¡Pero cuánto tiempo sin verle!

Lo mismo digo, doña Amalia.

Porque supongo que este es el trato que debo dispensarle ahora.

Está visto que el paso del tiempo le sienta mejor a unos que a otros.

Ay, muchas gracias por el halago. (RÍE)

¿Conoce usted a mi hija Dolores? -No, no tengo el gusto.

Ah, pues acérquese, acérquese, ahora está despierta.

Es hija de Rodolfo Loygorri, ya sabrá que nos casamos.

Sí, sí, lo sabía.

Es una niña preciosa.

Se parece a su madre. -Muchas gracias.

Pero no le gusta nada que me pare, ¿verdad, cariño?

Mira, Dolores, este señor que ves aquí

es el mejor maestro de canto que he tenido en mi vida.

Con lo bruta que era tu madre y consiguió sacarme buena voz.

(RÍE)

-¿Se acuerda de nuestras clases? -¡Por supuesto!

Y con mucho cariño. Y eso que usted era un maestro de lo más exigente.

(RÍEN)

-Gracias. -¿Por qué?

Por recordarme quién era.

¿Pero acaso no lo sigue siendo?

Está visto que no, cada vez que me cruzo con alguien de mi pasado,

finge no conocerme, o me insulta abiertamente.

¿Le importa que me siente? -No, siéntese, por favor.

Don Luis, le entiendo.

Aún yo sigo sintiendo el desprecio,

incluso siento la señora de Loygorri.

(SUSPIRA) No perdonan mi pasado. -Tiene que haber sido muy difícil.

Y lo sigue siendo. Aunque cada vez me importa menos.

Cuanto más conozco a esas damas, peores personas me parecen.

Pero... pero, bueno, no hablemos más de mí.

Cuénteme, ¿a qué se dedica ahora? -Ahora trabajo en el Ambigú.

Pero, entonces, ha vuelto a la música.

No. Mi trabajo consiste en limpiar, no en tocar el piano.

¿Y por qué no intenta retomar su carrera musical?

Estoy segura de que muchos de sus antiguos alumnos

estarían encantados de que les volviera a dar clase.

No creo que nadie quiera que le dé clases un ex convicto.

¡Pamplinas! Es uno de los mejores maestros de canto que existen.

Incluso yo, si pudiera, volvería a dar clases con usted.

(RÍE) Y yo se las daría encantado.

Ay, pero no creo que mi marido aprobara mi vuelta a la farándula.

Una pena.

No es justo, don Luis, si hasta una mujer como Marina

merece el perdón, ¿cómo no lo va a merecer usted?

No, no, no. Marina está encerrada en un sanatorio, que yo sepa, ¿eh?

Y ahí se va a quedar el resto de sus días.

Se equivoca. El juez anuló su ingreso en ese lugar

y la han puesto en libertad de nuevo.

Don Luis, ¿se encuentra bien? -¡Ah!

Discúlpeme, no... no quiero molestarla más.

-Pero si no me molesta. -Ha sido un placer volver a verla.

Lo mismo digo.

(CELIA CARRASPEA)

No disimules, que te he visto.

Es mi entrega de hoy, ¿verdad? -Creo que exageras con tus agobios.

Sea o no alta literatura, es de lo más entretenido.

No puedes parar de leerlo. -¿Tú también?

Yo y media comisaría estamos pendientes de Sebastián y Azucena.

He descubierto a varios compañeros leyéndolo a escondidas.

-Qué desastre. -Algo que entretiene a tanta gente

no puede ser malo. -Ya no sé qué hacer.

Esta mañana decidí ir a hablar con el editor para renunciar.

No, Cruz Galván no puede desaparecer.

No te preocupes, que no la ha aceptado.

De hecho, pensó que era una estrategia

para pedir más dinero. -¿Y qué ha hecho?

-Ofrecerme el doble. -Lo ves, si es que eres un éxito.

Muchos escritores soñarían con algo así.

-A mí el dinero no me importa. -Pues ahora vas a tener de sobra.

Y éxito. ¿También eres indiferente al éxito?

Que todo el mundo lea lo que tú has escrito.

Si intentas matar a Cruz Galván,

te detengo por intento de asesinato.

Para mí, la literatura es arte, no es esto.

¿Y qué tiene de malo esto?

Cuando yo empecé a escribir la novela, lo hice como

una necesidad para dar salida a mis sentimientos.

El folletín también habla de sentimientos.

Sí, sentimientos que no se parecen en nada a los de la novela.

Ahora el único incentivo que tengo para escribir es el dinero.

Me parece que estás siendo demasiado drástica.

Si acepto el trato del editor, me estaré vendiendo.

¿Es eso lo que yo quiero? -Querías vivir de lo que escribes,

y eso lo estás haciendo. -Sí, y muchos escritores

se pelarían por tener un trato así.

Pero ese no es mi sueño.

¿Quieres ser una escritora pobre y que nadie lea lo que escribes?

No, quiero sentirme orgullosa de mi trabajo.

Y, ahora mismo, no sé si lo estoy.

La verdad, no sé qué será de mí. -Ya.

Y, al menos, ¿sabes qué va a ser de Azucena y Sebastián?

-Se acaba de despertar. -¡Cándida!

-¿Cómo estás?

Por fin te veo después de tantos días.

Bueno, ahora que estás aquí me siento mucho mejor.

-Doy fe de ello. -Es cierto.

Te veo más recuperado. -Y todo gracias a Elisa,

que se está desviviendo por mí. Demasiado.

Bueno, yo voy a aprovechar que está usted aquí, Cándida,

para... para dar un paseo con Leandro.

Ve, hija, ve. Así nos quedamos un rato solos.

Tranquila, yo no me iré hasta que regrese.

De acuerdo.

Siento mucho las palabras que te dijeron en casa Silva.

No te preocupes. Estoy acostumbrada.

Ahora, lo único que me preocupa eres tú.

¿Cómo estás? ¿Eh?

Voy a ampliar mis negocios.

Acabo de dar una señal para comprar la Villa de París.

No te pregunto por tus negocios. Te pregunto por ti.

Si te hablo del negocio, es porque estoy bien.

Así que vas a convertir la Villa de París

en una casa de tolerancia. Pero si es muy pequeña.

No. De momento, seguirá siendo lo que es.

¿Y ahora te interesa la confección?

No. Lo que me interesa, es tener una tapadera.

Y necesito que alguien me preste el dinero que me falta

para poder comprar la tienda.

¿Quieres ser mi socio?

Pues claro.

Pero no entiendo nada. ¿Una tapadera para qué?

Necesito que parezca que mi dinero viene

de un negocio honorable.

Bueno, basta con que sea legal y la casa de tolerancia lo es.

Y a ti nunca te ha importado el qué dirán.

No. A mí no. Pero sí me importa...

lo que pueda pensar mi hijo.

Por fin, ya lo último.

Rosalía, ¿otra?

Esta sí que es la última.

¿Se puede saber qué hay dentro de esa maleta?

El vestido de fiesta verde de la señora y su frac.

Les harán falta, si sus vecinos les invitan a algún acto social.

¿Y a qué tipo de fiesta se cree

que nos van a invitar en unos viñedos?

Mejor no discutir con Rosalía.

He intentado convencerla y ha sido inútil.

¿Pero adónde se van ustedes a vivir para que no puedan invitarles

a un acto social como Dios manda?

Al campo, Rosalía. Al campo.

Bueno, pero el campo no es el desierto.

Y tampoco está habitado por trogloditas.

Bueno, déjala. Por una maleta más, tampoco pasa.

Eso lo dices porque no sabes cómo va el coche.

Ahí tienen una cesta con un pequeño refrigerio

para el viaje. -Gracias, Rosalía.

Lo tendrás que llevas a los pies,

porque no cabe ni un alfiler. -Sí.

Merceditas ya está en el coche acomodando a las niñas.

Perfecto. Será mejor que nos vayamos ya.

No quiero viajar de noche

y que Rosalía nos siga cargando con cestas de comida.

Pues ha llegado el momento de despedirnos.

Ay, señora, cuánto les voy a echar de menos.

No tiene por qué.

Vendremos de visita. Y usted está invitada a conocer

los viñedos en cuanto estemos instalados.

Mientras, cuídese usted mucho. -Sí.

¿Os vais ya? Pero Celia no está.

No vas a poder despedirte de ella.

Ya me despedí de ella antes. Ah.

Bueno, pues me voy con la alegría de verte

hecha toda una mujercita.

Y muy responsable.

¿Y tienes que esperar a irte

para decirme cosas bonitas? Pero gracias.

Salvador, cuida de mi hermana y de las niñas.

Sí. Lo haré. No te preocupes.

Mantennos informados de los avances de tu padre.

Es la segunda vez que me despido hoy de ti.

Sí. Es una pena que no hayáis podido ir a París.

Bueno, Cristóbal está hablando con Rodolfo,

a ver si encuentra una manera de solucionarlo.

Si vais, por favor, tened muchísimo cuidado.

Lo mismo te digo. Te voy a echar

tanto de menos. Y yo.

Cuídamela mucho, Salvador. Sí. Lo voy a hacer.

¿Y de mí, quién va a cuidar? -Usted se cuida solo, señor.

Oh. Esta casa quedará tan silenciosa,

ahora que se van todas. Ay, por favor, Rosalía.

Que nos vamos a echar a llorar todas.

(Suena el llanto de un bebé)

Ay. Disculpadme. Es Leandro.

¿Y usted decía que la casa se iba a quedar silenciosa?

En casa Silva siempre habrá alguien a quien cuidar, Rosalía.

Bueno, pues vamos allá.

-Sí. -Vamos allá.

Y por eso, lo he mantenido oculto,

porque no quería que supiera a qué se dedicaba su madre

y de dónde salía el dinero que le costeaba sus estudios.

Ha sido muy noble por tu parte querer mantener a tu hijo

al margen del mundo al que te dedicas.

Pero habrá sido muy duro para los dos.

Fue muy doloroso mandarlo tan lejos, sí.

En un internado, al otro lado del océano

Él piensa que soy una honrada mujer de negocios

a la que lo único que le preocupa, es darle una buena educación.

Por eso necesitas una tapadera, la Villa de París.

Es boutique es perfecta, Ricardo.

¿Y por qué me has ocultado a mí que tenías un hijo?

Porque antes de ser los amigos que somos hoy,

tú eras uno de mis clientes, nada más.

Tú mujer cliente.

Precisamente. A los clientes, no les parecen atractivas

las muchachas con hijos.

¿Pero no pensaste en cambiar de trabajo entonces?

¿Y qué otra cosa sé hacer?

Bueno, y ahora, ¿a qué viene esta urgencia?

Mi hijo me ha escrito y viene a Madrid a visitarme.

Me da mucho miedo que descubra la verdad.

Por favor, ayúdame a conseguirlo. -Claro, claro.

Sé muy bien lo que se siente al ver

la decepción en la mirada de un hijo.

Y no quiero que pases ese mal trago.

Los hijos no saben de lo que somos capaces

con tal de sacarlos adelante.

Gracias.

Buenas. Ya creía que no se mezclaba con los pobres.

Anda, ponme un chato.

¿Has hablado con Antonia? -No.

Hoy aún no la he visto. No sé dónde se habrá metido.

¿Por qué? -Nadie te ha comentado nada.

¿Nada de qué?

Tendré que ser yo el que te dé la noticia.

Pero antes, bébete tú este chato de vino.

Me está usted asustando mucho.

Yo me he enterado por casualidad.

Pensé que alguien vendría a avisarte.

¿Se va a dejar usted de misterios ya?

Pues Elpidia ha tenido un accidente.

Estaba llevando una bandeja que pesaba mucho,

se ha tropezado. -¿Se ha hecho daño?

No, no. Ella no. Está en el hospital.

Ha perdido a la criatura que esperaba. Lo siento.

¿Y ese accidente... no habrá sido a propósito?

-¿Insinúas que ha sido provocado? -No sé.

Elpidia no quería tener el niño.

Voy al hospital a hablar con ella, a enterarme qué ha pasado.

No seas bruto. Lo que necesita, es reposo.

No que vayas a acusarla. -Yo era el padre.

Tengo derecho a saber... -Bastante tiene

con lo que le ha pasado, como para que encima vayas tú a acusarla.

Lo que tienes que hacer, es tranquilizarte.

Te vas a tomar otro chato de vino.

Merceditas me ha abandonado.

Elpidia está en el hospital por mi culpa.

Acabo de perder un hijo

y tengo una hija que apenas conozco.

¿Tan mala persona soy para que Dios me castigue así?

Tómatelo. Te sentará bien.

Gracias. Es normal que estés cansada.

Ayer fue un día muy agitado. Y también una noche muy agitada.

Antes te ha llamado tu hermano. Sí.

¿Y qué te ha dicho?

Ha hablado con varios amigos y con antiguos compañeros

de gobierno y cree haber encontrado una solución.

Eso es una muy buena noticia. Espera, Blanca.

Yo aún no echaría las campanas al vuelo

¿Pero por qué? La solución que ha encontrado,

es complicada. Y diría que hasta peligrosa.

Bueno, cuéntamela y lo valoramos.

Verás. Sería pasar Francia burlando la frontera en barco.

¿En un barco de pasajeros? ¿Tienes miedo de los submarinos?

No es solo por los submarinos. No es un barco de pasajeros.

Sería un carguero.

Iríamos como polizones. ¿Qué?

Aunque los amigos de mi hermano

nos ayudarían en todo, es un viaje peligroso.

Bueno, me da igual.

¿Y en qué puerto tendríamos que coger ese barco?

Blanca, no me has oído. Es un viaje muy arriesgado.

Y yo estoy dispuesta a asumir

ese riesgo contigo. Pero yo no.

No quiero ponerte en peligro.

Por eso, voy a ir yo solo.

En cuanto Cándida sea la nueva dueña,

yo me quedaré sin empleo. -Siento haberte dado esperanzas.

Sabíamos que esto podía pasar. -Sí.

No sé. Esperaba que doña Antonia se echase para atrás.

La verdad es que yo también.

Es que no te imaginas el desprecio

con el que me ha tratado. Ha sido humillante.

Lo siento. Si yo hubiera estado aquí...

Pues no podrías haber hecho nada.

Ella será la nueva dueña y tiene la sartén por el mango.

¿Qué hago ahora, Celia?

Algo habrá que podamos hacer.

Ah. ¿Y tú qué tal con el editor?

Pues mira.

¿Y esta barbaridad de dinero?

Es el dinero que me ofrece por seguir escribiendo el folletín.

¿Habrás aceptado?

La verdad, no sabía qué hacer con este dinero.

Hasta ahora.

-¿Por qué hasta ahora? -Porque con este dinero,

podríamos comprar la Villa de París.

¿Y para qué quieres tú una boutique?

No. A mí no me interesan las modas.

Pero sí la ubicación. La tienda está en un buen lugar,

en un buen barrio, con muchas universidades

y muchas escuelas alrededor. -Y a esa gente

no le gusta la moda. -No. Pero sí los libros.

Y a mí no me importaría tener una librería.

Y a mí tampoco mi propia casa de modas.

Mira, Cata. En este barrio, hay pocas librerías.

Pero sí hay muchas tiendas de moda.

Quizás, es el cambio que esta tienda necesita.

Pero, Celia, yo no entiendo de libros.

Yo te enseñaré. Es muy fácil.

Podríamos llevar la tienda juntas.

-Cándida ha pagado ya la señal. -Sí.

Pero Cruz Galván puede pagar toda la tienda hoy mismo.

Es cuestión de tiempo. Llegaré yo primero.

Más tarde, cuando la situación

se calme y abran la frontera, vendrás tú.

Tú mismo has dicho que ese viaje es peligroso.

Lo que tenga que pasar, que nos pase a los dos,

sea bueno o malo. No es que sea peligroso.

Será un viaje desagradable, duro.

Si logro llegar, seguro que madame Curie

te ayudará a cruzar la frontera.

¿Si no logras llegar, qué? Por eso quiero ir solo.

No quiero ponerte en peligro.

¿Y yo sí que tengo que estar dispuesta

a que pasas tú solo ese peligro? Entiéndelo.

Ayer juré ante Dios y ante ti que, a partir de ahora,

estaríamos juntos en todo, en lo bueno y en lo malo.

Y vamos a estar juntos, en París.

Solo que vamos a viajar separados. No.

No voy a volver a separarme de ti.

Si tú decides subir a ese barco, yo también iré.

¿Qué? ¿Te gusta nuestra nueva casa?

Espera que la vea por dentro.

Lleva tiempo sin habitar, así que tendremos que dedicarle

un rato para acondicionarla.

De eso nos encargaremos Merceditas y yo.

Este va a ser un hogar muy bonito.

¿Y las niñas? -Se las llevó Merceditas al corral

a ver las gallinas, a ver si así se entretienen.

Las niñas, digo. (RÍEN)

Buenas tardes. -Buenas tardes.

Señor Montaner, aquí tiene las llaves.

Gracias.

Con Dios. -Con Dios.

-Viene alguien. -Es Pedro,

el capataz de la bodega.

-¿Señor Montaner? -Usted es Pedro, ¿verdad?

-Esta es mi señora, Carmen. -Buenas tardes.

Ella es Diana, mi esposa.

Encantada.

Qué suerte que hayan venido.

Estamos deseando visitar los viñedos.

Es muy tarde para eso. Mejor, váyanse a descansar.

Pronto oscurecerá y no podrán ver nada.

¿Cómo va a ser tarde? Queda tiempo

para anochecer. Podemos ir ahora.

Yo no lo haría. Mañana les espera un día de duro trabajo.

-Es mejor irse a la cama. -¿Irse a la cama ya?

Pero si todavía hay luz.

Poca y se irá pronto.

Aquí la vida la rige el sol.

Empieza el alba y en esta época del año,

es a la seis de la mañana.

(AMBOS) ¿A las seis? -Tendrán que levantarse antes,

si quieren estar listos a esa hora, que llegan

los empleados para presentarse en las bodegas.

Si nos disculpan. Vámonos.

¿A las seis de la mañana?

Que será a las cinco, por eso se acuestan tan temprano.

¿No querías un cambio de vida?

Bueno, tan radical, no.

Nos acostumbraremos. Ya verás cómo, dentro de poco,

este lugar nos parece el paraíso.

Sí.

Déjame tocar el piano por las noches.

No, no, no. Don Luis, no, por favor. No.

El último que lo tocó, lo dejó desafinado.

Lo afino y le hago arreglos.

No será un problema. Es mi vocación.

Necesito volver a la música. Es lo único que sé hacer bien.

Buenos días. -Les traigo el almuerzo.

Unas migas de pueblo que están para chuparse los dedos.

Dios la bendiga, Carmen, porque no tenemos carbón

ni para hacer café. -A usted ya le espera

mi marido en la bodega con todos los trabajadores.

¿Ah, sí? Pues esas migas tendrán que esperar.

-Te acompaño. -No, no. No hace falta que vaya.

Quiero conocer a los trabajadores.

Perdone que se lo diga, pero una mujer no pinta nada

en la bodega con los trabajadores.

Quiero comprarle la Villa de París.

Pues verá, lo siento mucho, señorita Celia,

pero llega usted tarde.

Ya tengo compradora para la Villa de París.

Sí. Pero que yo sepa, ese trato no está cerrado

y yo puedo ofrecerle mucho más dinero.

Me espera un trabajo muy importante en París.

El trabajo de mis sueños.

De hecho, ya debería estar allí.

Qué egoístas sois los hombres.

Padre, todavía no sé nada de Sofía.

No sé si está viva o muerta.

Es que no tengo ninguna noticia de ella. Y eso me preocupa.

Siento no haberte podido ayudar con eso.

¿Por qué no hablas con Rodolfo?

Quizás pueda averiguar algo a través de sus amistades.

Es cierto.

He estado leyendo trabajos publicados de madame Curie.

Si tengo la posibilidad de conocerla,

no me gustaría quedar como una provinciana.

Bueno, tú nunca quedarías como una provinciana.

No te creas. Me he acomplejado mucho al darme cuenta

de lo inteligente que es esa mujer. Lo es, lo es.

Pero puedes estar tranquila, Blanca.

No vas a conocer a madame Curie.

¿Has notado la hostilidad esta mañana?

Sí, lo he notado. Cualquier día de estos,

nos abren la cabeza con una azada.

-No seas bruto. Por favor. -Anda, vamos.

¿Sabes? Esto sí me gusta.

El silencio y poder caminar tú y yo solos

por una calle donde nadie nos moleste.

-Merceditas. -Vaya vida más perra nos espera.

No tenemos agua.

Si la gente lee los folletines, es, en parte, gracias a ti.

-No diga eso. -Es verdad.

Y como a mí me pagan, creo que es justo

que te recompense por tus aportaciones.

¿Qué? No, quite, quite.

-Cógelo, Elpidia. Es tuyo. -¿Qué me va a pagar a mí

por estar un rato charlando y contándole ocurrencias?

Unas ocurrencias que les gustan muchísimo a los lectores.

Le estás declarando la guerra a las chicas.

-Han empezado ellas. -Da igual quien haya empezado.

No son mujeres que vengan de ambientes refinados.

No son señoritas. No saben arreglar las cosas

hablando y razonando. Son muy peligrosas.

¿Está tratando de meterme el miedo en el cuerpo?

No. Solo te advierto.

Lo primero que tenía que haber hecho, es ponerme escolta.

Ojalá tuviéramos medios para tomar esas medidas.

Esa mujer está enferma. ¿No lo entiende?

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Seis Hermanas - Capítulo 465

17 mar 2017

Blanca y Cristóbal tienen problemas para viajar a París. Celia se siente un fraude. Elisa y su padre vuelven a su casa. Cándida se enfada con Marina y le cuenta a Ricardo su secreto. Diana y Salvador preparan su viaje y Merceditas les cuenta el accidente de Elpidia.

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  1. Marilu

    Señora Eva: no sé de donde es Ud., por mi parte no soy española, por lo que no puedo opinar sobre la justicia y la sociedad madrileña, pero debe pensar ud. que esta novela transcurre a inicios del siglo XX, hace mas o menos 110 años, cuando las cosas eran bien distintas a la actualidad, por ej. el papel de las mujeres en la sociedad, hoy día votan, no dependen de sus maridos para proceder en sus vidas, entre otras cosas.- Por otro lado opino igual que muchos: lo de marina (así, en minúscula, tal cual ella lo merece) ya pasó, como decimos en mi país, de " castaño a obscuro" y el resto de los personajes, siempre a la deriva, hoy solucionando aparentemente una situación y mañana les pasa algo que se los impide. TODOS: Diana y Salvador, que se van al campo y aparecen como "prisioneros" en su propia finca, Blanca y Cristobal que se van y luego que no pueden irse, Celia con sus idas y venidas amorosas y laborales, etc.etc.etc. .- Realmente deplorable el guión, que pasa? quieren estirar la serie hasta cuando con esas idas y venidas ?

    19 mar 2017
  2. Ana Maria Carreño Ribeiro

    Realmente lo de Marina esta cansativo, eso muestra que la justicia trabaja enla contramano, actualmente aqui en Brasil donde vivo la justicia gace valer sus leyes para quien tiena dinero. Marina tuene que haver uma punicion para sus actos.

    19 mar 2017
  3. Ana

    Oh!! Me encanta. Está muy entretenida. Sigan así hermanas!!

    18 mar 2017
  4. Maria

    Lo de marina ya aburre muchísimo!!

    18 mar 2017
  5. Elenita

    Ayyy Señora Eva. Qué razón lleva. Esto se ha convertido en una locura. Esa Marina tiene más vidas que un gato. Yo creía que la justicia en España era algo más decente, pero como lo más rastrero, veo que ahí también, por la plata baila el perro.!

    18 mar 2017
  6. Kamino del Mar Muleto

    Pues yo diré que estoy de acuerdo hay varios escritos míos que no han sido publicado, yo diría que ya cansa es el final y más aburrida no puede estar, Celia y Cata me cansan, que si no le gusta escribir folletín, la otra Sangana que le falta el respeto a otra mujer y pretende que esa mujer no tome venganza, a la verdad que este junte es lo peor que ha tenido la serie , esa niña no trasmite, no hay por donde entrarle siempre la misma expresión sus tonos no cambian ni aun dándole animo a Celia, ayyy como extraño a mi adorada Aurora, yo había dejado de ver la serie desde la muerte de Aurora y lo mucho que extrañe a Adela, luego una amiga me convenció y termine viéndola nuevamente, y fue por las ocurrencias de Elisa que es la que me tiene enganchada , solo espero el fin de la serie y rogando que Celia deje a la desabrida de cata, que lo único que sabe hacer es ser una insegura, ayyy por Dios que deje a esa niña.y que me den un final que yo recuerde siempre de lo hermoso que fue, que estos guionistas se reivindiquen y logren lo que esperamos para un hermoso final

    18 mar 2017
  7. Eva

    Muy democrática esta página, solo publican los comentarios a favor de la serie, que ohhhhh casualidad aparecen luego que Yo escriba algo que no me gusta de la serie, y como este tampoco lo publicarán, les digo, la justicia no sirve, la sociedad madrileña se vino abajo, La dueña de una casa de tolerancia, una asesina, un loco, un asesino ""redimido"", pues que lástima como se han cargado la novela. No lo publiquen no importa, igual la gente dejó de verla hace tiempo-

    17 mar 2017