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No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 462 - ver ahora
Transcripción completa

Merceditas, Raimundo también quiere venir con nosotros.

Si él va, yo no puedo aceptar.

No hace falta que lo decidas hoy.

Está bien, me lo pensaré, porque ustedes me lo piden.

Déjame ayudarte. No necesito tu ayuda.

Elisa, tú no puedes con todo esto sola.

¡No me toques, Blanca! Ven aquí, Elisa. Ven.

Ven aquí.

Ven. Ven aquí. (LLORA)

¡Me prometiste que ibas a mantener los puestos de trabajo!

¡Pero las cosas han cambiado, Diana!

¡Las cosas han cambiado!

Eres libre de pensar lo que quieras.

No vuelvas a este negocio como si fuera tuyo, porque ya no lo es.

Si quieres mi perdón, lo tendrás, pero con una condición.

-Tú dirás. -No vuelvas a acercarte a mí

ni a mi familia, de lo contrario,

no tendré tanta paciencia como ahora. ¿Queda claro?

Sí. No me acercaré a vosotros.

Gracias a la publicación del folletín,

las ventas del periódico se han disparado.

Incluso, van a sacar otra tirada esta tarde.

¡Pues, felicidades, Celia!

Jamás pensé que... que mi novela estropeada como está ahora

fuera un imán para los lectores.

Dios no lo quiera, pero estas pueden ser

las últimas semanas de vida de mi padre.

-Lo siento mucho, señora. -Así que tenemos que tratarle bien.

Que se sienta a gusto y muy querido, ¿de acuerdo?

-Claro que sí. -Gabriel sabe cuidarse bien.

¿Y si se metió en algún lío y nosotros no nos hemos enterado?

Yo no sé usted, pero yo no me lo perdonaría jamás.

-No, yo tampoco, claro. -¿Por qué no intenta hablar con él?

-Está bien. -Sé que estás pasando

por un momento triste con lo de tu padre,

pero yo también lo paso mal con lo de Carlos.

Pues confortémonos la una a la otra.

Lo siento, pero no puedo.

Dime que me dejarás ese dinero, por Dios te lo pido.

Ese crío no tiene la culpa de los desmanes que cometiste.

No quiero tener ese niño porque...

¡porque lo odio antes de nacer, como a su padre! ¿No lo entiendes?

Solo quiero saber si me lo dejarás o lo encuentro en otro sitio.

¡Avisad al médico! ¡Marina, Marina!

Marina, despierte. ¡Un médico, por Dios!

(Sintonía)

¿Entonces la vida de Marina corre peligro?

Su intervención, al contener la hemorragia,

evitó cualquier riesgo. Ah...

No sé si alegrarme o arrepentirme de ello.

Discúlpeme, estuvo usted casado con ella.

No se preocupe, eso pertenece al pasado.

Aun así, fui un impertinente. Puedo entenderle, inspector.

Bien, ¿entonces Marina vivirá? Sí.

Aunque ya veo que eso a usted no le alegra mucho.

No me malinterprete, no le deseo la muerte.

Igual que no se la deseo a nadie, pero... me preocupa.

¿Por qué? Marina es un peligro para todos

mientras esté fuera de una cárcel o de un sanatorio.

Es despiadada. Y disculpe de nuevo mi franqueza.

No, por favor, tranquilo.

Por eso, he dispuesto un policía en su puerta,

para que esté siempre vigilada. Comprendo.

¿Por su propia seguridad? Y por la de todos.

¿Cuándo cree que podré llevármela de vuelta a la cárcel?

Aunque no estado no es grave, debe seguir ingresada unos días.

¿Cuánto tiempo? No sé, unos días.

Tres, cuatro a lo sumo, hasta que se recupere.

Ha perdido sangre y hay que mantenerla en observación.

Marina es enfermera, seguro que sabe hacerse un corte

que parezca aparatoso, pero que no sea letal.

(RÍE) No puedo estar más de acuerdo.

¿Cree que lo hizo para fugarse?

Es muy probable. Por eso, además de vigilada,

quiero que esté aislada de los pacientes.

Que no reciba visitas, solo sus médicos y enfermeras.

Y que no hablen mucho con ella. Perfecto.

Haga lo que considere para que no perturbe

el funcionamiento del hospital. Por eso no se preocupe.

Cuando esté bien, volverá al sanatorio donde estuvo.

Y esperemos que esta vez haya más suerte.

Aunque no lo creo, en el fondo no puedo evitar

sentir un poco de lástima.

Entonces, si habla con ella, tenga cuidado.

Puede que utilice eso en su beneficio.

O, si no lo logra, puede usarlo para hacerle daño.

Doctor, está usted muy cerca de la felicidad,

no la ponga en peligro por esa mujer.

Buenos días. Buenos días.

Cariño, si no te das prisa, vamos a perder toda la mañana.

Es lo que intento, pero contigo es difícil.

No me puedo creer que vayamos a dar un paseo con las niñas.

No sé qué tiene de raro, lo hacemos muchas veces.

Sí, lo hacemos muchas veces, pero no entre semana.

Bueno, ahora tenemos más tiempo libre.

Pues aprovechémoslo. ¿Qué te parece si tras el paseo

vamos a comer a un buen restaurante?

-¿Y las compras que íbamos a hacer? -Son casi trabajo,

dejémoslo para después. -En los viñedos refresca más,

necesitamos más ropa de abrigo. -Eso ya lo he pensado.

Y es lo primero que voy a hacer, comprarte un buen abrigo de piel.

Ya, no lo he conseguido, ¿verdad?

-¿El qué? -Animarte.

Sé lo mucho que te afecta que Rodolfo vaya a vender la fábrica.

No, no quiere venderla, quiere destruirla.

-Cariño, ahora es su negocio. -Pero nos mintió.

Dijo que conservaría Tejidos Silva.

¿Y eso qué más da?

Y tú y yo vamos a empezar una nueva vida en los viñedos.

No puedo dejar de pensar en ello. -A todas horas.

Cariño, ¿no hay nada que yo pueda hacer para animarte?

Dame un poco de tiempo, se me pasará.

Necesito asimilar que Tejidos Silva va a dejar de existir.

Hasta sin ser nuestra,

esta dichosa fábrica se mete entre nosotros.

Era el negocio de mi familia, mi niñez y mi juventud.

El lugar donde te conocí,

donde lo aprendí todo sobre los negocios.

Es normal que me afecte su desaparición.

Lo sé y lo entiendo.

Entiendo que estés triste, pero te pido, por favor,

que no vivas en el pasado, que pienses en nosotros,

en las niñas, en los viñedos.

Lo que haga Rodolfo con la fábrica es cosa suya, no nuestra.

Porque...

tú quieres hacerte cargo de esos viñedos, ¿verdad?

¡Claro, sí! Un cambio de aires nos vendrá bien a todos.

¿Seguro? Porque no sería la primera vez

que cambias de parecer.

No pienso echarme atrás, te lo prometo.

Voy a ir preparando a las niñas para el paseo.

Espéranos abajo.

Elisa me contó de tu negativa a que yo me quedase a vivir aquí.

Bueno, entienda que... Bueno, espera, espera, espera.

Y luego también me habló de tu cambio de opinión.

Así que, si estoy aquí, es gracias a tu generosidad.

Lo he hecho por Elisa, es nuestra hermana

y estaba muy preocupada por su salud.

(RÍE) Sí, en el fondo, Elisa es mi pequeño ángel.

Un pequeño ángel muy insistente.

Y sabía perfectamente que aquí estaría mejor atendido

y de mejor ánimo que en su casa.

Suerte que la tengo a ella.

Y a ti. Por eso quiero darte las gracias.

No hay de qué.

Aceptar que me quedase aquí solo demuestra

el gran corazón que tienes.

Y sé que te he hecho mucho daño.

Bueno, usted me salvó la vida. (RÍE)

No, sí, es así. Usted trajo la máquina de radio.

No, no excuses tu generosidad, ni siquiera eso es comparable

con todo el daño que os he hecho a las Silva.

Lo he hecho por compasión, no quiero distanciarme de Elisa.

Y menos aún con lo mal que lo está pasando.

Desde luego, eso no volverá a ocurrir. Ella os necesita.

Por favor, no nos separe. No.

Usted es especialista en crear desencuentros entre nosotras.

Te prometo que eso no ocurrirá, de verdad.

Eso espero.

He cambiado, soy... un hombre distinto.

No sé, creo que la enfermedad me ha hecho ver

lo que realmente importa en la vida.

Bueno, puedo entender cómo se siente.

Yo, cuando estuve en el hospital,

me sirvió para pensar en mis errores e, incluso,

me reconcilié con Rodolfo, con mis hermanas,

con doña Dolores. Bueno...

Desde luego, para mí también es tiempo de enterrar rencores

y, sobre todo, en lo que se refiere a la familia.

Por eso, ¿crees que podréis darme una segunda oportunidad

y perdonarme?

Yo estoy dispuesta a dársela. (RÍE)

(CARRASPEA) -¡Federico! Te estaba buscando.

Me pasé antes, más temprano, ¿no te lo han dicho?

-Ah, no, acabo de llegar. -Ah...

¿Habíamos quedado y me he despistado?

-No. -Ah. ¿Entonces qué pasa?

-¿Qué es esto? -Son cartas de mis seguidoras.

Y son solo unas pocas, la redacción está llena.

Ajá. ¿Y son quejas o felicitaciones?

No, no, no, están entusiasmadas.

Gracias al folletín, el periódico ha triplicado sus ventas y

el director quiere nuevas entregas y nuevas historias.

Lo sabía. Sabía que serías una escritora de éxito.

Pero pasa algo.

Sigo sin sentirme muy cómoda con el folletín.

Por el momento, funciona.

¿Pero qué pasa si me quedo sin ideas?

Celia, tú eres de lo más ocurrente.

Tu vida es inventar y contar historias.

Quizá esas historias no son la que quieren leer estas lectoras.

-Por ahora les encanta. -Sí, y yo estoy muy contenta.

Pero estas cartas son una gran responsabilidad.

Entiendo que no quieras defraudar a tus seguidoras,

pero deberías aprender a disfrutar el momento.

Yo estoy seguro de que, poco a poco, te irás acostumbrado.

-Ojalá. -Bueno, y ahora tengo

que ponerme a trabajar. Con todo este asunto de Marina,

se me agolpa la tarea. -¿Marina?

¿Qué le ha pasado? -¿No lo sabes?

Marina ha intentado quitarse la vida.

-Ah... -Sospecho que lo ha hecho

para eludir el sanatorio. Sé que es una artimaña suya pero,

sin pruebas, es como tener un vaso de agua vacío.

Pues no le va a servir de nada.

En cuanto se recupere, la internarán.

Eso espero, su reclusión definitiva será un gran alivio para todos.

Sí. Y así se te quitarán esas ojeras que arrastras

desde hace un par de semanas. -Ya. Bueno, eso es por Marina...

y también por Gabriel.

-¿Por Gabriel?

Antonia me ha pedido que hable con él.

Al parecer, pasa todas las noches fuera de casa.

-¿Y dónde va? -No lo sabe, ni con quién.

Y él no le quiere dar explicaciones.

Gabriel ya estuvo enganchado al juego.

¿No habrá vuelto a las andadas? -Pregunté a mis confidentes.

No ha estado ninguna partida ilegal de Madrid.

-¿Y entonces? -A saber, no lo sé.

No lo sé, Gabriel anda un poco perdido

desde la marcha de Úrsula.

No quiero que se junte con malas compañías.

Yo también estaría preocupada.

Verás, cuando Francisca dejó a Gabriel, él se dio a la bebida

y a la mala vida. Así que búscale, habla con él.

Gabriel es una persona que no lleva muy bien la soledad.

(RÍE)

-Te estaba buscando. -Ah. Y... ¿qué puedo servirte?

¿Tú a mí? ¿Tú a mí no me sirves de nada?

Merceditas, quiero decir que soy el camarero.

Te puedo servir un café o una bebida, algo.

Ponme un vaso de agua y ya está.

Aquí tienes, ¿para qué me buscabas?

Sé que doña Diana te ha ofrecido irte con ellos a los viñedos.

Sí, se lo he pedido yo y, sí, estoy deseando ir.

-Ya, pues no va a poder ser. -¿Por qué?

Porque a mí también me lo han ofrecido.

Don Salvador me lo dijo a mí antes.

Bueno, pues, en ese caso, si alguien tiene que ir, eres tú.

Es... es lo más justo.

Y yo no le he dicho nada a doña Antonia de que me iba,

así que no hay ningún problema.

Vaya, pues celebro haberlo resuelto todo tan fácil.

Hablaré con doña Diana para decirle que muchas gracias,

pero que no, que no voy, y...

Y es una pena, porque me hacía mucha ilusión.

A mí también me hace ilusión, me gusta el campo.

Te vas a hartar de campo y de avispas.

Ya sabes cómo se ponen las avispas con la vendimia.

-¿De avispas? -Claro. Yo te las espantaría,

con todo gusto y amor pero, bueno, yo no... no voy a ir.

¡Calla, calla, que eres un embaucador!

¡Que no! Yo lo único que quiero es que seas feliz, muy feliz.

Aunque también es cierto que, si hubiéramos ido los dos, pues...

¿quién sabe, no? -¿Quién sabe qué?

Es lo que siempre has querido, que nos fuéramos al pueblo,

que criáramos a nuestra niña en el campo.

En el pueblo no había trabajo,

pero las viñas tienen buena pinta, eso es verdad.

Sí, doña Diana y don Salvador necesitan a alguien de confianza

para hacerse cargo de las niñas y que sepa de campo también.

Por eso querían que yo fuera también.

Sé de campo y tengo experiencia con las viñas,

lo aprendí todo con mi tío.

Tú y yo allí seríamos la pareja perfecta, Merceditas.

Somos de campo, nos gusta, sabemos de él.

Tú encargándote de la casa, de las niñas.

Yo encargándome de las vides.

Pero no, yo no voy.

No, porque... porque no.

Ya... bastante daño te he hecho ya.

-Ah, está bien, vayámonos juntos. -¿Tú estás segura?

¡No, no! Pero sigue siendo el padre de mi hija y...

Ah, seguro que le vendrá bien tenerte cerca.

¿Me das otra oportunidad?

Yo tampoco hice bien marchándome al pueblo y dejándote aquí solo.

-Sí, eso es cierto, sí -Pero lo tuyo no tiene perdón.

No, no, no, lo sé, lo sé. Pero piensa también

que en el campo podríamos ser el matrimonio que una vez fuimos.

-Pero iremos despacio, ¿eh? -Sí, sí, sí, sí.

(LE BESA LA MANO)

Como tú digas, reina.

Bueno, ¿qué tal la partida de bridge?

¿Eh? Eh... Estupenda.

Amalia, para pertenecer al mundo del espectáculo,

no mientes muy bien. ¿Por qué dices eso?

Bueno, porque te has pasado la mitad de la partida bostezando.

Pero eso es porque he dormido mal,

Dolores se ha despertado un par de veces y...

Amalia...

Bueno, está bien... (RÍEN)

Ha sido horrible, muy aburrido.

Vete acostumbrado, hay una partida cada semana.

Por mí como si es a diario.

No tengo intención de volver a ver a esas señoras.

¡Amalia! Pero si es más divertido

ponerse en casa mirando a la pared.

Bueno, ¿y qué es lo que no te ha gustado, eh? ¿El juego...?

La conversación. Todo el rato hablando de las fiestas de caridad,

de los donativos, del sacerdote ese,

que ya no me acuerdo ni cómo se llama.

Si te digo la verdad, es cierto que esas mujeres

son un poco... un poco beatas. Ay, beatas...

No sé cómo te diviertes con esas sosas.

Son para salir corriendo.

Pues supongo que me he acostumbrado.

Eres muy joven, en la vida hay cosas mucho más interesantes

que estar con esas señoras todo el día.

Ya, pero he asistido a tantas partidas de Bridge en mi vida,

que no sé, que ya no me parecen ni aburridas.

Es como, no sé, una costumbre.

Pues yo prefiero hablar de cualquier otro tema

que de lo que hablábamos con ellas.

Mira, ya que lo dices, me gustaría comentarte algo.

Me he enterado por mi hermana que Rodolfo quiere vender la fábrica.

Sí, eso dice.

¿Tú sabes algo más?

Pues, por lo visto, van a construir un hipódromo en su lugar.

Y Rodolfo piensa que es un negocio más rentable.

¿Te puedo pedir un favor? Claro, lo que quieras.

Me gustaría que hablaras con Rodolfo para que cambiara de idea.

¿Pero por qué? Diana lo está pasando muy mal.

Bueno, si te digo la verdad, todas lo estamos pasando muy mal.

Pero la fábrica ya no es vuestra. No, pero Tejidos Silva

es el negocio familiar, nosotras nos criamos allí.

Y, además, Diana le vendió la fábrica con la condición

de que el negocio siguiera en pié. ¿Sí?

Sí. Por favor, sé que a ti te hará más caso.

Claro, claro. Lo intentaré.

Te lo prometo, Blanca. Gracias.

¿Y te puedo pedir otro favor a ti? Sí, claro.

Cuando vaya a verte a París, por favor, por favor,

no me lleves a jugar al bridge.

(RÍEN)

¿Todavía está usted así, doña Elisa?

No tengo que salir, así que, ¿para qué voy a arreglarme?

Porque una señora no debería pasarse el día en camisón.

Oh, mire qué enredos tiene en el pelo.

Venga, que la voy a peinar. -No me apetece.

Además, no hay nada de malo en estar en casa

despeinada y en camisón.

-Podría recibir alguna visita. -No espero a nadie.

Solo tengo que quedarme en casa cuidando de mi padre. Ya está.

Su padre está bien atendido.

Y tampoco va a poder ir a verlo de esta guisa.

Bueno, soy su hija. Tampoco pasa nada.

Igualmente, prefiero quedarme, cuidarle yo.

Entiendo que esté usted preocupada.

Pero, tal vez, le sentaría bien

salir a dar un paseo, airearse un poco.

Si es que no se me ha perdido nada en la calle, Rosalía.

¿Y con quién iba a salir?

No está Ciro, no está Carlos,

ni Sofía. -Ya, ya sé

que siguen ustedes disgustadas. -No me quiere perdonar.

Me cuesta pensar que la amistad que hubo entre ustedes,

pueda terminar de este modo.

Le he comprado flores, bombones,

incluso, un muñeco para Leandro.

-¿Y no ha conseguido nada? -Enfadarla más todavía.

Sofía no quiere volver a saber nada más de mí

No se rinda. Ustedes han discutido ya infinidad de veces.

Sí, pero nunca como esta.

Ella nunca me había tratado con... con ese desprecio.

Así que ahora solo puedo ocuparme de mi padre.

Por mucho que me duela la decisión que ha tomado Sofía,

es la que me merezco. Le he hecho mucho daño.

Estoy convencida de que el día menos pensado,

doña Sofía querrá reanudar la relación que hubo entre ustedes.

Eso no va a pasar.

Bueno, voy a vestirme.

Quizás es cierto. Mi padre no debería verme así.

Entonces, tú te encargas de darle más aceite,

la engrasas, pero con cuidado. La pones en marcha...

¿Qué se le ha perdido aquí?

Me gustaría hablar con don Rodolfo.

-¿Tiene cita? -No.

Pero necesito hablar con él.

Sin cita, no puede subir al despacho.

Si quiere hablar con él, le llama por teléfono.

-¿Usted quién es? ¿El portero? -No. Soy el encargado.

Debería saber que no es bienvenido.

Que me lo diga el dueño, no un empleado.

Que no va a subir. O se va o llamo a la policía.

No me moveré hasta no hablar con él.

¡Don Rodolfo! -¡Se acabó! Acompáñeme a la puerta.

Por favor, necesito hablar...

¿Cómo es posible que me pida un favor, con lo que hizo?

Hace nada, fui su superior. ¿Lo ha olvidado?

Por eso mismo. Aún recuerdo el mal trato

que me dio a mí y a los compañeros.

El que no tiene memoria, es usted.

-¿Qué está pasando aquí? -Don Rodolfo, me alegro de verle.

Quería hablar con usted y Benjamín me lo está impidiendo.

No tenía cita y me lo está pidiendo de malos modos.

Déjanos a solas, Benjamín.

No quiero escándalos aquí. -Como quiera.

-Bien. Ya estoy aquí. ¿Qué quiere? -Eh...

Necesito un trabajo.

-Pues búsquelo. -Claro. Sí.

Trabajé aquí, a las órdenes de don Ricardo.

No sé si lo recuerda. Conozco bien la fábrica

y a todos sus empleados.

Tal vez, necesite a alguien de confianza

y con experiencia, como yo.

Estoy dispuesto a hacer lo que sea.

No necesito a nadie en estos momentos.

Por favor. Es que no tengo ni para comer.

No tengo vacantes ni intención de ampliar la plantilla,

así que le ruego que se vaya y no vuelva.

Estoy dispuesto a hacer lo que sea.

¿Me entiende? Lo que quiera. -Benjamín.

-¿Sí, don Rodolfo? -Acompañe a don Luis a la puerta.

-Don Rodolfo, por favor... -Acompáñeme.

Ya le dije que aquí no se le había perdido nada. Vamos.

¿Dónde estoy? Tranquila.

Estás en el hospital.

¿Qué pasa? ¿Qué es esto? No. Estate quieta, Marina,

o acabarás por hacerte daño.

¿Pero por qué me habéis atado? Por tu propio bien.

Suéltame, por favor. No puedo.

Cumplo órdenes del inspector Velasco.

¿Qué?

Si necesitas algo, solo tienes que avisar

a una enfermera y enseguida vendrá.

Esto es inhumano, Cristóbal, y lo sabes.

No puedes permitir que me aten como a un animal.

A mí también me parece una buena idea.

Así no volverás a intentar hacerte daño.

Fue un momento de debilidad. Te lo juro.

No se volverá a repetir. Pero suéltame, por favor.

¿Y si intentas escapar? ¿Escapar?

Ajá ¿Pero cómo voy a escapar,

si no tengo fuerzas? ¿Y adónde iría?

No me quites la dignidad también. Lo siento.

No puedo soltarte.

No. No lo sientes.

Estás encantado de verme así. Es lo que siempre has querido.

Te equivocas. Nunca te he deseado mal alguno.

Tú misma te has buscado acabar así.

Eso no es cierto.

Ni lo he buscado, ni me lo merezco.

¿Es que no te das cuenta, Cristóbal? Velasco me odia

y me culpa de todos esos crímenes que no ha sido capaz de resolver.

Ni siquiera me ha dejado contratar a un abogado para defenderme

de esas falsas acusaciones. ¿Falsas?

Sí.

¿Todavía tienes el valor de decir eso?

Es la verdad. Cristóbal, tienes que creerme.

Fue Luis quien me engañó.

Caí en su trampa.

Buscaba vengarse de las Silva y me arrastró con él.

Ahora consiguió su libertad, a cambio de venderme.

Ese juez ha preferido creer sus mentiras.

Por eso, quieren ingresarme en ese sanatorio, para callarme.

Para callarme para siempre.

Ahora, él está libre. Está libre para seguir

adelante con sus planes. Odia a las Silva,

por Francisca y el niño que le arrebataron.

Por favor, tienes que ayudarme a salir de aquí,

tienes que ayudarme a detener a Luis.

Si no lo haces por mí, hazlo por ellas.

Ya está bien.

No quiero seguir escuchando tus delirios.

No son delirios. Te digo la verdad, Cristóbal.

Por favor. Marina, asume tu situación.

Será lo mejor.

Te lo estoy suplicando. Te suplico que me sueltes.

Por favor, ayúdame. La mejor forma que tengo

de ayudarte, es dejar que te ingresen en ese sanatorio.

Allí te atenderán como necesitas.

No, no. No pienso volver a ese lugar.

Antes, me mataré. Y eso caerá sobre tu conciencia.

Lo intentaré mil veces hasta conseguirlo.

Los dos sabemos que, en ningún momento,

trataste de quitarte la vida.

¿Acaso crees que lo he fingido?

Pero si has visto mis heridas. Eres médico.

Precisamente. El corte no es profundo.

Y sin agua, la sangre coaguló enseguida.

Eres enfermera, Marina. Si hubieras querido cortarte

las venas, no habrías fallado.

Eres un monstruo.

Has destrozado mi vida y me voy a vengar de ti.

¡Acabaré contigo para siempre, Cristóbal Loygorri!

(LLORA)

Me alegra saber que se encuentra mejor.

Gracias por preocuparte por mí, Diana.

¿Le ha sentado bien levantarse de la cama?

Sí.

Me siento menos enfermo.

-¿Todavía tiene molestias? -Sí. Las mismas.

Pero pienso superarlas,

porque estoy deseando salir de aquí.

De esta casa en la que tanto le costó entrar.

No, no, no. No me malinterpretes. No, no.

Solo que me gustaría salir a dar un paseo,

que me diese el aire y sentir el sol en la cara.

Bueno, no desespere. Pronto podrá hacerlo.

Pero ahora tiene que estar en casa, descansando y bien abrigado.

Cuidado así de bien por vosotras,

dan ganas de quedarse todo el tiempo.

Pero demasiado reposo no es para mí, Diana.

Ya sabe lo que le ha dicho el médico.

Sí, sí, sí.

Que no haga esfuerzos y que descanse.

Descansar. No sé para qué,

si dentro de muy poco tendré tiempo de sobra para descansar.

-No diga eso. -Pero si es la verdad.

Por eso, quiero aprovechar el poco tiempo que me queda,

para hacer cosas. No... no para descansar.

Usted insiste en su pesimismo.

Yo voy a necesitar su ayuda.

Con lo cual, tiene que durar más de lo que esperaba.

¿Mi ayuda? ¿Para qué?

Verá.

Rodolfo quiere vender Tejidos Silva para que en sus terrenos

construyan el nuevo hipódromo.

Ya. Y tendrán que destruir la fábrica, claro.

He intentado disuadirle, pero sin éxito.

Quizás, si usted habla con él, podría hacerle cambiar de opinión.

Pero la familia Silva ya no es dueña del negocio

y Rodolfo Loygorri puede hacer

lo que crea oportuno con la fábrica.

¿No le importa que Tejidos Silva desaparezca para siempre?

Todo acaba, Diana.

Todos y todo tiene un final.

Pero Tejidos Silva es la fábrica de su familia

y ha luchado tanto como yo para tenerla.

No podemos quedarnos de brazos cruzados

mientras Rodolfo intenta destruirla. No, es que me niego.

No podemos... -Diana, de brazos cruzados, no.

Escúchame.

Hay miles de cosas mejores que hacer.

Como, por ejemplo, ir a vivir

a esa casa de los viñedos.

Diana, lo mejor que puedes hacer, es ser feliz

al lado de Salvador y crearos vuestro propio futuro.

Dejar atrás el pasado.

Tejidos Silva es el fruto del trabajo de toda una vida.

De la de tu padre, Diana.

No la tuya.

Tú eres joven y la vida sigue.

Pero es el legado de su hermano.

Es solo una fábrica.

Vuestro padre os la dejó para

que fuese vuestro medio de vida, no una carga.

Ya cumplió con su cometido.

Ahora tienes que pasar página

y olvidarte de esa fábrica, que os ha dado

más disgustos que alegrías.

¿Usted ya se ha olvidado de ella?

Diana, te aferras a la fábrica

porque eso te ayuda a conservar vivo el recuerdo de tu padre.

Pero ese recuerdo no abandonará nunca tu corazón

y te acompañará siempre, vayas donde vayas.

¿Hola?

No está mal.

¿Le puedo ayudar, señora?

¿Botones? Sí, claro.

¿Qué hace ahí?

Examinaba las posibilidades de la Villa de París.

¿De qué posibilidades habla?

Bueno, me he enterado de que la tienda está en venta

y estoy interesada en comprarla.

Pues será mejor que regrese cuando esté doña Antonia.

Me gustaría quedarme un poco más para poder...

¿Para qué? ¿Para fisgonear?

Si es eso lo que cree que estaba haciendo,

enséñeme usted la tienda. -Doña Antonia no me ha dado

instrucciones para enseñar la tienda y, mucho menos, a usted.

¿A mí?

¿Tiene algún problema conmigo?

Sé quién es y la clase de negocio que regenta.

¿Y qué?

Pues que no es una... una mujer respetable.

No le enseñaré la tienda sin el permiso de doña Antonia.

Será mejor que se vaya. Tengo trabajo en la trastienda.

¿Y qué trabajo tiene que hacer, si esta tienda está muerta

desde que se fue doña Úrsula?

¿Y usted qué sabe?

No lo sé, pero lo supongo. Y si me equivoco, demuéstremelo.

Quiero ver el libro de cuentas,

porque no quiero un negocio con deudas.

Insisto en que hable con la dueña.

Y ya le advierto que este negocio es decente. No hacemos nada ilegal.

Mi negocio es legal.

Pues deberían cambiar las leyes.

Además, doña Antonia no querrá vender su tienda

a una mujer que regenta una casa de tolerancia.

Eso dependerá del dinero que le ofrezca.

Por favor, márchese. Si quiere ampliar

su negocio, busque en otro lugar.

Este se le quedará pequeño.

No sé quién se cree que es para tratarme así,

pero le aseguro que se va a arrepentir.

Quizás, dentro de muy poco, tenga que venir a pedirme trabajo.

Hola, cariño. -Hola.

¿Y la niña? -Pues ha salido con María

a dar un paseo. -Vaya por Dios.

Me hubiera encantado sacarla a mí, contigo.

Es un poco tarde para eso.

Sí. Hoy me entretuve más en el trabajo.

Pero me gusta llegar a casa y estar un rato con ella,

aunque sea aquí. -Bueno, no te pongas así.

Están a punto de llegar.

Oye, no es que me queje, ¿pero por qué estás tan cariñosa?

Pues porque, ¿cuánto hace que no estamos tú y yo a solas?

-No hace tanto. -A mí se me ha hecho una eternidad.

En ese caso, ¿por qué no solucionamos

el asunto en el dormitorio?

Me encanta cómo captas mis indirectas.

-Han sido bastante directas. -Así puedes descansar un poquito

después del trabajo. Debes estar muy atareado

con la venta de la fábrica para llegar tan tarde.

Sí. La verdad es que sí. Sí que lo estoy.

¿Y por qué la quieres vender?

Yo creo que deberías seguir con el negocio.

Dentro de poco, va a dar muchos beneficios,

más que la venta. Es una fábrica muy prestigiosa.

Amalia. Amalia, ya he tomado una decisión.

Y no voy a echarme atrás. Es que no quiero hablar del tema.

Tendríamos el futuro asegurado. Piensa en la niña.

Un momento. ¿A qué viene este interés por la fábrica?

Pues... Rodolfo, porque me da pena.

Por nosotros y por Blanca y Diana.

Significa mucho para ellas. -Un momento.

¿Te han pedido ellas que hables conmigo?

No. No. Pero sé que te la vendieron a condición de no cerrarla.

¿Quién te ha dicho eso? Ha sido Blanca, ¿verdad?

Está muy triste por lo que vas a hacer.

No voy a permitir que dos mujeres metan las narices en mi negocio.

¿Por qué? ¿Por ser mujer?

También tenemos derecho a opinar. -No en mis negocios.

Son cosas de hombres, Amalia. Las mujeres ya tenéis

otros asuntos que tratar. -¿Y cuáles son esos asuntos?

No lo sé. Obras de caridad, chismorreos, fiestas,

arte, libros. Cualquier cosa, menos mis negocios.

Te diré que si es así, es un aburrimiento ser mujer.

Oye, de verdad, no quiero discutir contigo.

¿Por qué no solucionamos el tema del aburrimiento en el dormitorio?

Pues, puede que a ti el discutir te encienda

la pasión, pero, a mí, me la apagó por completo.

Oye, todo esto era una estrategia

para que no vendiera la fábrica, ¿no?

Rodolfo, no gusta estar con alguien que falta a su palabra.

Ni a mí estar con una mujer que se mete en mis negocios.

Dichosos los ojos,

hacía varios días que no te veía.

Sí, he estado... bastante entretenido.

Veo que no has pasado buena noche.

No, es solo que estuve por ahí hasta tarde.

Ya.

Por cómo hueles,

diría que no es la primera copa que te tomas hoy, ¿estás bien?

Sí, ¿por qué tanta preocupación?

Gabriel, somos amigos,

si necesitas compartir algo, si necesitas ayuda.

Gracias, pero, ya te he dicho que estoy bien.

Tu madre vino a verme.

Me pregunto cuándo dejará de meterse en mi vida.

Cuando dejes de darle motivos de preocupación.

Dice que te pasas las noches fuera de casa.

Mi madre es una exagerada, Velasco.

Mejor que no sepa dónde paso las noches,

no fuera a escandalizarse.

¿Dónde es?

Vamos, Velasco, no me vengas tú, también, con el cuento.

Sí, porque yo, también, empiezo a preocuparme como ella.

Pues, os preocupáis por tonterías.

Pues, si no tienes nada que ocultar dime dónde vas cada noche.

Venga, Velasco, déjame en paz.

¿Qué tiene de malo divertirse un poco?

Nada, nada, siempre que lo hagas de la forma adecuada, claro.

Yo no hago daño a nadie,

qué más da si salgo a tomar una copa

o no paso una noche en casa.

¿Qué?

Pues, que no regresas a casa a dormir.

Mira, Velasco, ya tengo una madre,

no tengo que daros explicaciones ni a ti ni a ella.

Gabriel, sé que todo esto es por lo de Úrsula.

Pero, sea lo que sea,

lo que estás haciendo, no lo va a solucionar,

ni te la va a traer de vuelta, ni calmará ese dolor.

Pero, sí te puede traer problemas,

no quiero que pierdas el rumbo de tu vida.

¿Qué vida, Velasco?

¿Es que no te has dado cuenta?, la felicidad me esquiva,

primero, Francisca y, ahora, Úrsula.

La vida es algo más que mujeres.

Sí, pero, cuando te faltan,

todo se cae.

Y no me vengas con sermones porque pasaste por algo parecido.

Sí, y ahí estuviste tú para ayudarme.

Pues, no te preocupes, cuando te necesite,

te lo haré saber, y, ahora, déjame en paz,

me gustaría tomarte esta copa tranquilo.

Elpidia, ¿tú sabes dónde están las cucharillas de plata?

No, señora.

Pues, no es que falte una, es que desaparecieron todas.

Don Ricardo me pidió un café y al ir a coger una, no estaban.

¿Ha mirado bien?

Claro que miré bien

y no están donde las guardamos, normalmente,

¿No las habrás puesto en otro sitio después de limpiarlas?

No, señora. Pues, ¿dónde pueden estar?

Una docena de cucharillas de plata no desaparecen

en el aire así como así.

Bueno, a lo mejor Merceditas las guardó en otro sitio.

No, no, Merceditas sabe, perfectamente, dónde se guardan

por eso te lo pregunto a ti que llevas menos tiempo.

Ay, Dios,

a ver cómo se lo digo yo ahora a las señoras.

Esa cubertería la compró su madre.

Pues, no sé qué decirle, la verdad.

Bueno, me voy, si no me necesita

para otra cosa. No, vete, vete.

(Ruido metálico)

Elpidia, ¿qué llevas ahí?

Una horquilla que se me ha caído.

¿Elpidia?

Abre la mano y enséñame lo que tienes ahí.

Vamos.

Enséñame qué tienes ahí detrás.

Huy, pero, si están aquí, no... ¿Cómo han llegado aquí?

¿No sabes cómo llegaron aquí, te lo explico yo?

Las has robado.

Que no, señora, si es que yo no...

Mira, Elpidia, por favor, no me tomes por tonta.

Perdóneme, señora, por favor,

no se lo diga a las señoritas, por favor.

Tienes muchos defectos,

pero, apropiarte de lo ajeno no es uno de ellos,

de modo que cuéntame por qué has robado estas cucharillas.

Por necesidad.

¿No te alcanza con lo que te pagan las señoras?

Para vivir, sí, pero, no para lo que tengo que hacer.

¿A qué te refieres?

Hay una curandera que me puede quitar el embarazo,

pero, me ha pedido mucho dinero y quería pagarle con esto.

Eso está muy mal, Elpidia. Lo sé, señora, por favor,

perdóneme, no volveré a robar, lo juro.

No me refiero al robo, sino a lo de la curandera.

No me queda otra, no quiero tener ese niño.

Pero, no digas eso, es una criatura de Dios.

No, es mía, yo lo llevo aquí dentro.

Es tu hijo. Sí, que nacerá sin padre

y con una madre soltera repudiada toda la vida.

Pero, por Dios, Elpidia, hay otras cosas que puedes hacer,

puedes darlo en adopción sin que nadie se entere.

Usted sabe el dolor que es eso para siempre.

Pues, déjalo a cargo de algún pariente que lo cuide.

¿Y condenarlo a ser un bastardo?

Ay, muchacha.

(ELPIDIA LLORA)

Sé, perfectamente, por lo que estás pasando, créeme.

¿Te acompaño? Por favor.

Beberé lo mismo que tú, coñac, ¿no?

Sí, hablamos un poco de la fábrica.

Cómo, ¿tú, también?, no, mira,

ya he aguantado a tu mujer y a la mía.

No, ¿qué pasa, ahora te envían a ti, también?

Nadie me envía, solo quiero hablar del asunto contigo.

No es un buen día,

ya he tenido suficiente con Amalia.

Así que por eso estás aquí solo acompañado del alcohol.

Ha estado pesadísima y todo porque Blanca le ha ido

con el cuento, de verdad,

¿cuándo se van olvidar las Silva de esa maldita fábrica?

Mira, buena pregunta.

De verdad, hoy solo quiero tomarme

esta copa tranquilo, ¿estamos?

Estamos.

Rodolfo, no quiero quitarte la idea de la cabeza,

de hecho, estoy encantado con que la vendas.

¿Ah, sí? Sí.

Tú, mejor que nadie sabes los problemas que me trajo,

crisis matrimoniales. Sí que lo sé.

Por eso, venderla es lo mejor que nos puede pasar.

Además, la fábrica ya no es de las Silva,

deberían dejar de incordiar

con el asunto. Desdeluego.

Rodolfo, Diana y yo nos vamos a vivir al campo,

empezaremos un negocio de viñedos, así que,

no le des importancia a lo que diga porque en una semana

se olvidará de la fábrica. Eso espero.

Pero, sí te reprocharé una cosa,

no haberla vendido antes,

pero, imagino que no tendrías oportunidad.

Pues, no, tuve mucha suerte y buenos amigos.

¿A qué te refieres?

Pues, mira, a que por fin

mi paso por la política me ha servido para algo.

Ya me lo estás contando todo.

Bueno,

¿qué hace usted aquí?

¿Qué pasa, ya no sirven copas en la casa de tolerancia?

¿Así de mal atiende a los clientes?

No sé por qué me da que no viene aquí como clienta.

¿Ha hablado con Cata?

Sí, ya me dijo que estaba usted interesada en comprar mi tienda.

Como comprenderá no tiene por qué preocuparse por el dinero.

Yo estoy dispuesta a pagar bien y a tocateja.

Mire, que le quede claro,

aunque me diera todo el dinero del mundo,

yo no pienso venderle La Villa de París.

Los negocios no se llevan bien con los prejuicios.

¿Qué piensa hacer con la tienda, otro prostíbulo?

No consentiré que mancille el buen nombre del negocio

que fue de mi hermano y antes, de mi padre.

Me parece que se precipita al suponer eso.

Mire, que me parece a mí que no.

Yo solo quiero su tienda para eso,

para que sea una tienda

Ya, y usted cree que yo me chupo el dedo y que nací ayer.

Está bien, le contaré la verdad.

Mi hijo vive fuera de la ciudad

y ha tomado la decisión de venir a Madrid

y él no sabe a qué me dedico.

Usted es madre,

¿le gustaría estar en mi lugar y tener que decirle

a su hijo que si madre es una alcahueta?

¿Y qué tiene que ver mi tienda con eso?

Él sabe que yo tengo un negocio aquí,

y yo quiero que piense que es La Villa de París,

una respetable casa de modas.

¿Para eso lo quiere?

Sí, para que mi hijo esté orgulloso de mí.

Póngase en mi lugar, usted es madre como yo.

Las chicas que trabajan para usted, también, tendrán madre

y no creo yo que sea tan sensible con ellas, ¿a que no?

Esas muchachas están mejor en mi casa que en la calle.

Estarían mejor haciendo cualquier otra cosa.

No he venido aquí a discutir de eso,

solo pretendo que mi hijo sea feliz

y usted debería entenderlo.

Pues, haberse preocupado antes por su hijo

porque si no sabe a qué se dedica

su madre, será que no le echó mucha cuenta.

Usted no me conoce ni a mí

ni a mi hijo y no sabe qué vida hemos tenido.

Pobrecito, a saber,

seguro que lo ha tenido desatendido todo este tiempo.

Cómo se atreve.

Mire, yo creo que es un poco tarde

para pretender ser una buena madre, ¿no le parece?

Usted se cree que es mejor que yo

y ya le digo yo que eso no es así.

Y usted, no sabe nada.

Por mi posición yo sé muchas cosas que los demás ocultan

y no estoy dispuesta a que me dé lecciones de moral

o cómo ser una buena madre,

cuando su hijo está una noche sí y otra, también,

en la casa de tolerancia

derrochando el dinero en mujeres y alcohol.

Como verá,

usted, tampoco, tiene muy bien atendido a su hijo.

Así que, ya ves, sin mis amigos del gobierno

no lo habría conseguido

y sin los de la banca, tampoco.

Está claro que este país es el paraíso del compadreo.

Este proyecto se podría haber hecho por la mitad,

pero, se metieron los políticos y se complicó todo

y en esas aguas turbulentas quienes nadamos bien,

somos los que nos llevamos el beneficio.

Brindo por tu éxito,

te lo mereces. Gracias.

¿Y con quién has cerrado el trato?

Unos constructores de Vizcaya,

están encantados, el nuevo hipódromo será el punto

de encuentro entre la alta burguesía y la aristocracia.

¿Y con qué plazos os movéis?

Tiene que estar listo antes de la próxima temporada.

Sí, pero, eso es ya. Exacto.

Así que, en pocos días, todo se pondrá en marcha,

¿y los permisos municipales?

Ya casi están, el terreno tiene un par de problemas

en los accesos, pero, nada que no se solucione

con buena voluntad y algo de dinero.

Ya.

Así que todo se pondrá en marcha enseguida.

Para finales de semana, me gustaría cerrar la fábrica.

Oye, espero verte

en la inauguración del nuevo hipódromo,

aunque tengas que venir del campo. Sí, cuenta con ello,

no me lo pienso perder por nada del mundo.

Señora, tiene una visita.

Elisa, ya sé que no me lo merezco, pero, tienes que ayudarme.

Sofía, qué pasa. Es Carlos.

¿Carlos? Me mandaron una carta

del hospital de Lyon y puede que esté vivo.

Ay, Dios mío, es un milagro.

¿Qué? Los oficiales de Carlos

no se lo creen, pero, el hospital dice

que hay un soldado que dice ser Carlos.

Pero, ¿están seguros de que es él? No, pero yo sí lo estoy,

siempre supe que Carlos no había muerto.

Qué emoción, voy a preparar unas tilas.

Cuando nos dijeron que Carlos murió,

dijeron que los cuerpos se calcinaron.

Era imposible reconocerlos.

Claro, a lo mejor Carlos no estaba allí.

¿Y cómo nos aseguramos de que es él?

Pues, solo hay una forma, necesitan que alguien vaya

a ese hospital y confirme que es Carlos.

Sofía, necesitas un visado.

Sí, y lo necesito ya, por eso vine a hablar contigo.

Pensé en que podríamos hablar

con Rodolfo y así agilizar los trámites, ¿no?

Elisa, ya sé que no me lo merezco por cómo te he tratado,

pero, es que necesito que me ayudes porque...

Iremos juntas a hablar con él.

Gracias.

Gracias, Elisa, y perdóname, por favor, perdóname.

Lo sabía.

Doña Rosalía, justo iba a llamar ahora.

Pues, ahórrese la molestia, en esta casa nadie desea recibirla.

Ricardo lo hará.

No mientras sea nuestro invitado, esta es una casa decente.

¿Me prohíbe la entrada?

Efectivamente, de modo que váyase.

¿Carlos vivo?

Sí, pero, no es seguro

por eso tengo que ir a confirmarlo.

Por eso vinimos a ti.

¿A mí?

Es que necesita un visado

para viajar a Francia

y ahora son muy difíciles de conseguir.

Pues, si Gabriel no quiere tu ayuda, no puedes hacer nada,

así que olvídate del tema.

¿Tú, qué harías?

Creo que cuando te necesite, acudirá a ti,

así que no te preocupes.

Si la fábrica al final no se vende, ¿seguirías preocupada por ella?

¿Y por qué no se iba a vender?

Pues, no lo sé, a lo mejor Rodolfo cambia de opinión.

Sí, tú crees en los milagros, todavía.

Pasaron tantos en esta casa que es difícil no creer en ellos.

Ten el valor de decírmelo,

que frecuentas en la casa esa de tolerancia.

¿Quién le ha dicho eso? Eso da igual,

lo que debería preocuparte es que destrozas tu vida

al mezclarte con esas mujerzuelas.

Yo quería escribir otras cosas, no sé qué le gusta

a los lectores de folletines.

Bueno, en el folletín se pueden hacer buenas cosas

y creo que eres capaz de hacerlo. Creo que soy una inútil,

incluso, Elpidia tiene mejores ideas.

¿Sí, y cómo estás tan segura?

Merceditas me contó alguna y son muy buenas.

De hecho, la segunda entrega se basaba en ellas.

Ah, pues, ya está, problema resuelto,

habla con ella y pregúntale qué le gustaría que pasara.

Sé que me queda poco tiempo y...

bueno, me gustaría irme a mi casa.

¿Por qué, mis hermanas no le trataron bien?

No, todo lo contrario, estoy muy agradecido

por todas sus atenciones. ¿Y qué ha pasado?

Padre, no me diga que nada porque sé que pasó algo.

El dinero lo puede todo, Celia,

además, doña Antonia me llamó para decirme que la oferta

de Cándida es muy buena, así que me quedaré sin trabajo

y sin poder hacer vestidos a nadie más.

No sé cómo voy a pagar la habitación.

Elpidia embarazada de Raimundo,

menudo problema.

(Ruido fuerte)

Estoy buscando a don Gabriel Gutiérrez,

el conde de Barnos, ¿está?

Me temo que no puedo contestar a esa pregunta.

No me moveré hasta que aparezca el señor Gutiérrez,

así que, o va a buscarle

o le cierro el negocio por escándalo público.

¿Eso es un chantaje?

Absolutamente.

¿No está usted contenta con su traslado a París?

Sí, al contrario, si estoy como en las nubes.

Pues, ¿cuál es el problema?

Que tuve que preparar tantas cosas en tan poco días,

la boda, lo de la fábrica, lo de mi tío Ricardo

y, ahora, el viaje,

no sé, temo que algo salga mal al final,

Mi abogado dice que las ataduras no son legales,

imagínate que no puedes acudir a tu propia boda por esto.

Suéltame ahora mismo

o si no, dime dónde quieres pasar tu noche de bodas,

¿en París o en el calabozo?

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  • Capítulo 462

Seis Hermanas - Capítulo 462

14 mar 2017

Velasco pone vigilancia a Marina. Diana y Salvador siguen con sus planes. Blanca y Don Ricardo mantienen una sincera conversación. Celia se sorprende por el éxito del folletín. Por su parte, Velasco habla con Gabriel. Merceditas va a ver a Raimundo. Elisa teme que Sofía no la vaya a perdonar nunca.

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  1. Ana Santo

    Tiene que seguir la novela,es de lo mejorcito que hay Acacias es aburridisima, cuento los minutos para ver 6hermanas ahora esta de lo mas interesante,tiene que continuar ahora los viñedos aún tiene mucho juego el Pidia embarazada?,Que sera de Marina? Y Jabriel?....,............. Hay muchas incognitas abiertas.

    15 mar 2017
  2. cecy

    no te acabes seis hermanas es una serie única en México la amamos por favor Acacia no me gusto

    15 mar 2017
  3. Patt

    Es una lástima que se termine la novela, está muy bien hecha y muy interesante. Ojalá piensen en una segunda temporada. Muchas felicidades por un trabajo tan excelente

    14 mar 2017
  4. Leticia ruiz

    No quiten esta serie. Es la mejor. No me pierdo ningun capitulo. Otra temporada, seria genial.

    14 mar 2017
  5. Catelia

    Y la escena de Celia y Cata con el velo de novia????

    14 mar 2017
  6. Celía Martinez

    Yyyy.... en la novela ¿¿¿Existirán los milagros???? Siiiiiii por favor QUE NO SE MUERA DON RICARDO.... Mi Villano Favorito

    14 mar 2017