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No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 461 - ver ahora
Transcripción completa

Él intentó matar a Benito para cargar el muerto a Salvador.

¿A quién se le ocurrió ese plan tan retorcido?

A Luis, por supuesto.

Sus palabras están motivadas por la desesperación.

Debe desmontar la declaración de Luis a toda costa.

No se rinda, ni con su amiga ni con su familia.

Y no lo digo solo por usted, lo digo por Ricardo porque,

aunque él no lo reconozca, necesita a su familia como nunca.

¿Por qué cierra este acuerdo con Luis cuando es

tan culpable como Marina? -Seamos sinceros,

no tenemos pruebas sólidas contra ellos.

En un juicio corremos el riesgo de que queden en libertad

y totalmente absueltos. -Se está muriendo.

Mi padre se está muriendo.

Lo siento, pero no me fío. ¡Eres una hipócrita!

La fábrica me estaba separando de mi marido.

Lo mejor fue cortar por lo sano, espero que mi padre me perdone.

Yo solo espero que don Rodolfo no hunda el negocio,

porque entonces su padre sí que se revolverá en su tumba.

-¿Vas a vender la fábrica? -Y los terrenos.

Amalia, sobra decir que esto es un secreto.

-¿No se lo puedo decir a nadie? -A nadie.

Blanca, está muy enfermo, sabe que le queda poco de vida.

Además, ya no es la persona arrogante y maquiavélica

que todos hemos conocido. No, claro,

ahora es un encantador viejecito que desea abrazar a sus sobrinas.

Entiendo tu hostilidad,

pero creo que deberías reconsiderar tu postura.

Ya sabe lo que me ha pasado con Merceditas y con Elpidia.

Me vendría bien un cambio de aires y, entonces, cuando le he oído

a usted hablar del campo, pues pensé... pues dejar Madrid.

Solo quiero pedirte perdón por todo el daño que te he hecho.

Lo siento, pero no es posible.

Son demasiadas las ofensas que he tenido que aguantar.

Y ya no quiero ser tu amiga.

Creo que estoy embarazada.

-¿Y Raimundo lo sabe ya? -No, no, ni quiero que lo sepa.

¿De verdad crees que te podrás librar de mí fácilmente?

Pienso demostrar que tú estás tan implicado como yo.

-Tú me arrastraste a ello. -Tú te dejaste arrastrar encantado.

No, Marina, no, yo era un buen hombre.

Yo era un buen hombre.

(Sintonía)

Parecía que no acabaríamos, pero la mudanza está lista.

Si no fuera por la boda de Blanca, podríamos irnos hoy mismo.

Yo también tengo ganas de irme,

pero que se case mi hermana es un buen motivo para quedarse.

Tengo muchas ganas de empezar nuestra nueva vida.

-¿Está mal visto brindar con café? -No veo por qué no.

-¿Te hace ilusión? -Por supuesto.

Pero los cambios siempre dan un poco de vértigo, ya sabes.

No va a ser nuestra vida la única que va a cambiar.

Merceditas, ¿te importaría sentarte con nosotros un momento?

Hay algo que nos gustaría comentarte.

Ay, Dios mío, a ver qué he hecho mal esta vez.

-Tranquila, mujer.

Les pido perdón por mi último error,

aunque no sé cuál es, pero... -Merceditas...

Ya sé que en estos días la casa dista mucho de estar perfecta,

pero entre la boda de Blanca y una que está siempre

con la cabeza en mil cosas, pues así no se puede.

A ver, Merceditas, me dijo Salvador que te gustaría

venir con nosotros a las bodegas. -¡Sí, sí, así es!

¿A usted qué le parece? -Me parece una idea estupenda,

pero... hay algo que deberías saber.

Ah, no se preocupe, señora, yo me amoldo a cualquier cosa.

Merceditas, Raimundo también quiere venir con nosotros.

¿Qué? Ah... ¡Pero será sinvergüenza!

Ya sabía yo que te ibas a disgustar.

Él me dejó en el pueblo con la niña porque decía

que él solo valía para trabajar en la ciudad.

Ahora se muere de ganar por venir al campo.

Quiere complicarme la vida.

Merceditas, sé que es muy difícil para ti,

pero Raimundo nos sería de gran utilidad.

¿Tú no podrías acostumbrarte a su presencia?

Si él va, yo no voy, bastante le he aguantado ya.

Es el padre de tu hija, no puedes apartarle para siempre.

Lo sé, pero puedo intentarlo.

Y, además, yo no quiero vivir bajo el mismo techo que ese hombre.

Diana y yo hemos tenido problemas y aquí estamos.

Quizá empezar en un nuevo lugar es la mejor forma de limar asperezas.

Yo no quiero limar nada con ese desgraciado.

Bastante le he perdonado ya y bastantes mentiras me hizo creer.

¿Y no podrías darle una última oportunidad? La última.

No. No hay apaño posible con ese caradura.

-Pero nosotros te apreciamos mucho. -Y yo les agradezco muchísimo

que me dejen ir con ustedes a los viñedos.

Pero si él va, yo no puedo aceptar.

Bueno, no hace falta que lo decidas hoy.

Tómate unos días para pensarlo.

Está bien, me lo pensaré, pero porque ustedes me lo piden.

Gracias.

Eso sí, una cosa les digo, que va a hacer falta un milagro

para que yo cambie de opinión.

¿Qué haces aquí? ¿Ha pasado algo?

Que te has dejado la comida en casa, Benjamín.

Gracias, Rosalía. Con tanto cambio, ando yo despistado.

Bueno, pues de esos cambios quería hablar también.

Bueno, habla rápido, tengo mucha faena que me espera.

No, no he venido a contarte nada, vengo a escuchar.

Mujer, no entiendo.

¿Se puede saber qué pasó ayer para que estés tan intranquilo?

Ven, acompáñame, apartémonos.

Huy, ¿tan secreto es lo que tienes que contarme?

Chis, baja la voz, baja la voz. Sí.

Bastante secreto. Y tan secreto,

como que ni siquiera yo debería saberlo.

¿Y de qué se trata?

Ayer escuché una conversación entre Rodolfo y su mujer.

-Doña Amalia. -Y, por lo que se decían,

deduje que Rodolfo ha mentido a doña Diana.

-¿Y en qué le ha mentido? -Pues en todo.

Le prometió conservar el nombre, los sueldos, puestos de trabajo...

¿Y qué pasa, que lo va a cambiar todo?

No, peor que eso, que no quieren continuar con la fábrica,

que se va a deshacer de ella, venderá el solar en el que estamos.

-¿Y ya tienen un comprador? -Sí, por lo visto,

van a tirar el hipódromo de La Castellana y lo harán aquí.

¿Pero... y qué va a ser de la fábrica?

Te lo puedes imaginar, la derruirán

y, con ella, nuestros puestos de trabajo.

-¡No, no, no pueden hacer eso! -Me temo que sí.

¡Pero qué falta de escrúpulos! No me lo puedo creer.

Tienes que contárselo a doña Diana.

No sé, no sé yo, quería cambiar de vida, pasar página.

Pero, bueno, aunque quisiera alejarse de la fábrica,

creo que debe saber que don Rodolfo la ha engañado.

¡Desde luego! Tienes que contárselo.

Pondrá el grito en el cielo cuando sepa esos planes.

¿A qué hora crees que estará en casa?

Yo creo que, si te apuras, todavía la encuentras allí.

No puedo faltar tanto al trabajo

(RÍE) ¿De qué te va a servir ser tan responsable

si dentro de un tiempo no habrá ni fábrica

ni nada que se le parezca?

15 gotas.

Una, dos, tres...

(Llaman a la puerta)

Ah, cuatro, cinco, seis...

(Llaman a la puerta) ¡Ya va!

¿Cuántas llevaba?

¡Sí, ya va, ya va!

¿Tenías que llegar justo ahora?

¿Por qué dices eso, Elisa? Tengo que organizar toda la casa.

Debo hacer una mezcla del preparado de Cristóbal

y perdí la cuenta de las gotas. Lo siento, no quería molestar.

¿No querías molestar?

Pues, entonces, vete.

De hecho, no sé qué haces aquí. Elisa...

Nueve, 10, 11, 12... Escucha.

13, 14, 15. ¿Qué quieres?

Quería disculparme contigo.

Pues mira qué bien.

Sé que tendría que haber sido más compasiva con...

con todo lo de tu padre. No necesito tu compasión, Blanca.

Elisa, por favor, sé que me equivoqué,

pero no me lo pongas más difícil. Difícil me lo pones tú a mí.

¿O crees que va a ser fácil cuidar a mi padre sin servicio?

Tu padre tiene mucho dinero, puede contratar servicio si quiere.

Pero el servicio viene y va, va a estar más preocupado

del salario que de cuidar a mi padre.

Quien tiene que cuidarle soy yo, que soy su hija.

Y la única de la familia que le quiere.

Por favor, Elisa, ponte en mi lugar.

Tu padre nos ha hecho mucho daño.

Y también sabes perfectamente que, por su culpa,

nos distanciamos una vez y no quiero que pase lo mismo

Pues ha vuelto a pasar, Blanca, pero esta vez no es su culpa.

Es solo tuya, eres la única que pones problemas en esto,

que lo sepas. Ya lo sé.

Y, por eso, quería pedirte perdón.

Blanca, tú no quieres perdonar a mi padre, yo no te perdono a ti.

Claro que lo quiero perdonar,

por mucho que me duela y por mucho que me cueste.

Tu padre está muy enfermo, está grave y,

cada día que pase, se pondrá peor.

Elisa, eres muy valiente por estar a su lado y cuidar de él.

Vas a sufrir mucho y no quiero que lo pases peor por mi culpa.

Igual que no quiero que tu padre muera solo,

tampoco quiero que pases por todo esto tú sola.

Déjame ayudarte. No necesito tu ayuda.

Elisa, tú no puedes con todo esto tú sola.

¡No me toques, Blanca!

Ven aquí. ¡No, Blanca, no me toques!

Ven aquí, Elisa. Ven. Ven aquí.

(LLORA) Ven aquí. Anda, llora.

Llora todo lo que necesites.

¡Lo sabía! -¿Qué haces, Celia?

-¡No lo leas! -¿El periódico?

-No, la primera entrega del folletín.

-Pero si lo has escrito tú. -No, al menos, como yo quería.

El editor ha hecho correcciones y lo ha desvirtuado por completo.

Lo convirtió en algo lamentable. -Algo quedará, ¿no?

Sí, puede ser que algo quede, pero no lo esencial.

Me da mucha vergüenza leerlo como está ahora. Me pone enferma.

¿Pero qué haces? ¿Quieres que me enfade?

No, pero ya que empecé a leerlo, quiero saber cómo acaba.

-¡Pero si no vale nada! -He leído folletines mucho peores.

Yo escribí una novela romántica, sutil, contenida.

Hombre, romántica es. Ahora, sutil y contenida...

Lo han convertido en un pastiche de tópicos y estallidos de pasión.

Es ridículo. -Puede ser, pero te aseguro

que, cuando empiezas a leerlo, necesitas saber cómo termina.

Bastante mal lo pasé convirtiéndola en un folletín como para esto.

Mujer, es una buena historia y está escrita con elegancia

a pesar de los tópicos y los estallidos de pasión.

Menos mal que no firmé con mi nombre,

me moriría de la vergüenza. -No es para tanto.

Si luego es un éxito, te sentirás bien.

Esta porquería no puede ser un éxito.

Creo que estás siendo muy crítica.

La gente lee los folletines como un divertimento.

Pero yo lo escribí como un homenaje de mi amor por Aurora,

no para convertirlo en esta basura sentimental.

Ya. Eso... eso lo entiendo.

Pero a la gente le gustan estas cosas.

A lo mejor tu texto era demasiado exigente

para el común de los lectores. -Me da igual.

Me voy al periódico a impedir que sigan desvirtuándola.

Adiós folletines y Cruz Galván.

Y antes de llegar a eso y mostrarte radical,

¿por qué no te sientas con tu editor

y le pides que te explique su criterio?

No sé si hay una excusa para lo que ha hecho.

Entiendo que es tu obra y que estés dolida,

pero te vendría bien saber cuál es su punto de vista.

-Me parece una pérdida de tiempo. -Pues yo no.

Así, la próxima vez que tengas que adaptar tu obra,

podrás hacerlo sin que él intervenga.

No la desvirtuaré con mis manos, ni voy a dejar que él lo haga.

Así que voy al periódico a hablar con el editor,

pero para decirle que ha terminado.

Toma, bebe un poco, ¿eh?

¿Estás mejor? Gracias.

¿Por qué no descansas un poco?

Ah, tengo que organizar todo esto.

Tengo que darle el preparado antes de que se le pase la hora.

Acuérdate de removerlo bien antes de dárselo.

Si no, el medicamento se quedará en el fondo.

Yo me voy a quedar aquí organizando un poco todo esto.

Ay, gracias. Es cierto, el salón está hecho una leonera.

No me ha dado tiempo a organizarlo un poco.

Pero hablaré con mi padre.

Es cierto, necesito contratar a alguien.

No, no va a hacer falta. ¿Por qué?

Porque voy a pensar la mejor manera

de trasladar a tu padre a casa Silva.

¿De verdad, Blanca? Claro, no iba solo a pedirte perdón

sin enmendar mi error. Gracias.

Anda, y llévale el medicamento a tu padre.

Y sonríe, que todas tus hermanas estamos contigo. Te quiero.

Y yo a ti. (RÍE)

(SUSPIRA)

(Se oyen pasos acercándose)

Esta es la única estancia privada de la casa, le pido que la respete.

-¿No me diga? -Es mi despacho.

Y no puede entrar aquí como Pedro por su casa.

Bueno, verá, con todo esto de la limpieza,

me han sacado de la cama y ahora están aireando las habitaciones.

A estas horas ya no quedan clientes.

Y no sería mala idea que usted volviera a casa.

¿Por qué? Aquí estoy bien.

Es mi despacho y le pido, por favor, que se vaya.

Oiga, solo le pido que me deje dormir un poco más.

Un poco más, hasta que terminen de limpiar

y alguna muchacha esté disponible.

Está bien, se podrá quedar

en la primera habitación que quede hecha,

o en el salón si lo prefiere, porque le voy a cobrar lo mismo.

Sí, mujer, póngalo en mi cuenta, no hay ningún inconveniente.

Y no se acostumbre a invadir mi despacho, ¿eh?

Está bien, está bien, no lo haré.

Con la cantidad de dinero que invertí en su negocio,

podría tener algún detalle conmigo.

Lo estoy teniendo dejándole dormir.

Ya, pero no la veo muy complaciente.

Es una opinión, quiero decir, que hay que cuidar

los pequeños detalles, ¿entiende?

Los negocios van bien hasta que, de pronto...

No hay que confiarse.

Créame, sé muy bien cómo llevar mi negocio.

Mujer, si yo solo se lo digo porque tengo experiencia

en tratar con el público, hay que cuidar a los buenos clientes.

Es fundamental, mi madre me lo enseñó muy bien.

Ah, pues, mire, puedo hablar con su madre y que me diga

cómo llevar la casa de tolerancia, a ver qué le parece.

Ríase, ríase si quiere, pero el exceso de confianza

nunca ha sido buen consejero.

Si no, fíjese en la Villa de París.

Siempre nos dio muchos beneficios

hasta que la descuidamos un par de días y... una ruina.

Pues lo siento por su madre.

Aunque ya se le ocurrirá algo para mejorar las ventas.

No, no creo ni que lo intente, la va a vender.

¿Y ya tiene comprador?

Uf, no, creo que no.

¿Por qué?

¿Ahora le interesa comprar una tienda de ropa para señoras?

-Es posible. (RÍE)

Perdón. Solo que es curioso, pensaba que su negocio

se basaba en desvestirlas más bien.

Oh... ¡Chicas, terminad lo que estéis haciendo!

Y dejad una habitación libre. -Oiga, ¿me está echando?

Tengo muchas cosas que hacer y usted ya tiene dónde dormir.

Por favor, ¿eh?

Está bien. Gracias.

Supongo. Ah...

¿Vender los terrenos para que destruyan la fábrica?

-¿Quién te dijo eso? -¡Eso no importa!

Te vendí la fábrica a cambio de que la mantuvieras funcionando

y tú mismo te comprometiste ante los trabajadores.

Mira, Diana.

Lee. Lee lo que firmaste. -Porque confiaba en ti.

Este documento deja claro que soy dueño,

tanto de la fábrica, como de los terrenos.

Así que yo haré con ellos lo que me dé la gana,

sin darte explicaciones. -¿Cómo puedes ser tan cínico?

Diana, la oferta que me han hecho, es muy buena.

Demasiado buena. Y yo no soy una monjita.

Soy un hombre de negocios. -¡Eres un canalla!

Por lo que cuenta Blanca, pensaba que eras mejor persona.

Pero sigues siendo el mismo hombre mezquino

que arruinó la vida de mi hermana.

Ahora que hablas de tu hermana, Blanca ha rehecho su vida

y ahora es feliz. ¿Por qué no haces lo mismo?

¿Por qué no vas a los viñedos y disfrutas con Salvador?

Esta fábrica es mía y haré con ella lo que me dé la gana.

Me asombra tu falta de escrúpulos.

Tú tampoco tuviste muchos cuando cogiste todo el dinero

que te di por tu parte, ¿verdad?

¡Me prometiste que mantendrías los puestos de trabajo!

¡Las cosas han cambiado, Diana! Las cosas han cambiado.

Y yo también tengo derecho a vivir mi vida como considere.

No como tú consideras que debo vivirla.

Mira. Eres libre de pensar lo que quieras.

Pero ahora te voy a pedir que no vuelvas a este negocio

como si fuera tuyo, porque ya no lo es.

Y menos, con esta actitud.

Me voy.

Prefiero no decirte todo lo que pienso de ti.

No. Si ya me lo has dejado claro.

¡Ten un poco de cuidado, hombre!

Oh, Dios.

Gracias.

Si esto es casualidad, no me hace gracia.

No lo es. Te buscaba. -¿Para qué?

-Quería disculparme. -¿Disculparte?

Es lo primero que quise hacer al salir de la cárcel.

Entenderás que esté sorprendido.

Sé que es prácticamente imposible que me perdones, pero...

aun así, quería decirte que siento haber hecho

las cosas tan mal. Siento poner tu vida en peligro

y siento haber urdido ese plan horrible

para culparte de la muerte de Benito.

Estuviste a punto de arruinar mi vida y la de ese muchacho.

Sé que no tengo perdón, pero necesitaban presentarme

ante ti y reconocer lo ruin que fui. Lo siento.

¿Se puede saber a qué viene ahora tanto arrepentimiento?

He tocado fondo.

He visto el ser horrible en el que me había convertido.

Por eso, me entregué a la policía.

Me dejé manipular por Marina. Ella sacó lo peor de mí.

Si quieres mi perdón, lo tendrás, pero con una condición.

-Tú dirás. -No vuelvas a acercarte a mí

ni a mi familia. De lo contrario,

no tendré tanta paciencia como ahora. ¿Queda claro?

Sí. No me acercaré a vosotros.

En ese caso...

estás perdonado.

Gracias, Salvador. Muchas gracias.

Hola. ¿Te gusta?

Sí.

Ojalá todo el mundo hable del vestido y de mí

y se pueda revitalizar un poco la tienda.

Así, quizás Antonia se olvide de esa idea de vender el negocio.

Ojalá.

¿Te encuentras bien?

Perdona.

Es que vengo de reunirme con el editor

y todavía estoy un poco aturdida.

¿Pero qué ha pasado?

Gracias a la publicación del folletín,

las ventas de periódico se han disparado.

Incluso, van a sacar otra tirada esta tarde.

-Pero eso es sensacional. -Sí.

Y por ello, me han pedido que amplíe mi novela

y que escriba muchos más capítulos.

Pues felicidades, Celia.

Jamás pensé que mi novela estropeada,

como está hasta ahora, fuera un imán para los lectores.

Pero eso son buenas noticias.

Podrás dedicarte a escribir.

De hecho, tendrás que ir ahora, ¿no?

Sí. Pero con los condicionantes del folletín

y con lo que quiere el editor.

Es eso, ¿no? Que no es lo que más te gusta escribir.

Cata, no es solo que no me guste. Es que no sé hacerlo.

Si ya tuve ese problema con la primera entrega,

ahora va a ser peor. -Ya lo hiciste una vez.

Sí. Preguntando a lectores de folletines y con mucho esfuerzo.

Y si va a ser así en cada folletín, no sé si quiero hacerlo.

No sé. Quizás, deberías verlo

con un poco de distancia.

-¿Qué quieres decir? -Piensa en todos los escritores

que nunca han publicado. Con una oportunidad como la tuya,

estarían dando saltos de alegría.

Sí. Eso no quita que me cueste desvirtuar mi novela.

Pero tienes lectores. Y por lo que se ve,

lectores entusiasmados. No todos pueden decir eso.

Es que no sé si estoy muy cómoda con esto.

Celia, ¿qué malo hay en dar al público lo que quiere?

Yo sé que puede sonar vanidoso, quizás.

Pero a mí me gustaría escribir algo trascendente y de calidad.

Bueno, pues tendrás que esperar.

Y mientras tanto, podrás ganar un buen dinero

y conseguir popularidad.

Y así, luego tendrás tiempo para escribir tu gran novela.

Sí. Supongo que tienes razón.

Pero me está costando Dios y ayuda.

Fíjate en mí.

Años remendando y zurciendo calcetines.

Y al fin tengo mi oportunidad. A ti te pasará igual.

Supongo que tendré que remendar y zurcir folletines.

No es mala idea.

Bueno, vamos ahí. -¡Ay!

-Ahí está. -Creía que estaba más fuerte.

Siento causaros tantas molestias. Perdonadme.

-No es una molestia, padre. -Es mi trabajo, señor.

Ya verá lo a gusto que está aquí.

Gracias, hija. Pero no me gusta haberme convertido

en una especie de rémora.

-¿Quiere dejar de decir tonterías? -Es la verdad.

Sé el trabajo que te habrá costado convencer

a tus hermanas para instalarme aquí.

Y es natural, con lo mal que me he portado con ellas.

Pues no se crea. Ha costado menos trabajo de lo que piensa.

Pero escúchame, Elisa.

Tengo tu cariño, que es lo que quería.

Ahora que tengo la muerte a la vuelta de la esquina,

me gustaría irme sin ser una carga para nadie.

Compréndeme.

Padre, no me gusta que hable así.

No sabemos el tiempo que le queda. Puede ser mucho.

Y está usted apesadumbrado, triste.

Es que esa no es su forma de ser.

Ya lo sé. Ya lo sé. Pero nunca me he encontrado

en estas circunstancias.

Tienes que entenderlo.

Bueno, ahora, descanse.

A ver si así recupera el humor habitual.

(TOSE)

Elpidia, te dejo los preparados que tiene que tomar mi padre.

En el reverso de cada frasco, está escrito las gotas

que tiene que tomar de cada uno.

Y en el sobre, las horas a las que tiene que tomarlos.

Por Dios, no te equivoques.

Elpidia, ¿me estás escuchando?

¿Eh? Sí, señora. Esto. Sí.

Mira, mejor, déjalo.

Yo me ocuparé personalmente de lo que tiene que tomar,

no vaya a ser que provoques una desgracia.

-No. Ya haré yo lo que me diga. -Elpidia.

Dios no lo quiera, pero estas pueden ser

las últimas semanas de vida de mi padre.

-Lo siento mucho, señora. -Tenemos que tratarle bien.

Que se sienta a gusto y muy querido. ¿De acuerdo?

Claro que sí. Yo lo cuidaré como si fuera el mío propio.

Y ahora, ¿por qué no se va a dar

un paseo y a tomar el aire? -No.

Ya habrá tiempo de dar paseos.

Ahora tengo que estar con él.

Muy bien. Pues ya sabe dónde encontrarme.

Raimundo. -Sí.

Me tienes el almacén sucio y desordenado.

Así no hay forma de encontrar nada.

Lo siento. Me ocupo ahora mismo.

Sé que no estás pasando por tu mejor momento,

pero es la quinta vez que te lo digo.

Ya. Ya le digo que lo siento, pero se me va la cabeza y no...

¿Cuánto hace que no le pasas una escoba?

Poco, poco.

Dos o tres... semanas.

Mira. Esto no puede seguir así.

Te pasas el día en la barra contándoles tus penas

a los clientes. -Ya. Pero ya sabe

que a la gente le entretienen

las penas de los demás. -No. Te equivocas.

Beber y desahogarse es cosa

de la clientela. No de los camareros.

Tiene razón. Tiene razón.

No se preocupe. Se acabaron las lamentaciones, las caras largas

y le prometo que antes de que acabe la semana,

le dejo el almacén limpio. -Bien.

A ver si es verdad. Empieza hoy.

-¿Hoy ya? -Sí. Ahora mismo.

Tira para el almacén.

Hola, inspector. Gracias por venir.

Buenas tardes. Dígame por qué me ha llamado.

Estoy muy preocupada por Gabriel.

A decir verdad, hace días que no le veo.

Ni yo. No duerme en casa y no sé en qué emplea su tiempo.

-¿No duerme en casa? -No.

Solo viene a cambiarse de ropa y no me cuenta

de dónde viene ni adónde va.

Usted sabe que Gabriel y yo siempre hemos estado muy unidos.

Ahora no entiendo su silencio.

Su hijo está pasando por un mal momento.

Quizás no quiera darle explicaciones.

Pues, precisamente, por eso.

Yo creo que le haré bien tenerme cerca. Así le puedo ayudar.

Creo que si él prefiere estar solo, es por algo.

Cuando nos necesite, nos buscará.

Y yo lo respeto, pero no sé, temo que pierda la cabeza

y le dé por emborracharse o meterse en timbas ilegales,

en peleas. ¿Qué sé yo?

Incluso, haciendo todo eso, sabe cuidarse perfectamente.

¿Y si no es así? ¿Y si ya se ha metido en algún lío

y nosotros no nos hemos enterado?

Yo no sé usted, pero no me lo perdonaría jamás.

-No. Yo tampoco. -¿Por qué no intenta hablar con él?

Al menos, averiguar dónde va, qué hace.

Está bien. Lo intentaré.

Muchas gracias.

Buenos días, señorita.

¿Se puede saber qué hace?

¿Quiere tomarse una copa conmigo?

No. Lo que creo es que, a partir de ahora,

tendrá que pagar por adelantado.

¿Y a qué viene esta súbita desconfianza?

Porque al ritmo que derrocha el dinero,

me imagino que estará arruinado o a punto.

Pues por ahora...

parece que no.

Mis finanzas son sólidas.

No es que me interesen. Yo velo por mi negocio. Nada más.

Tenga. Para la noche, por adelantado.

Y espero que también sirva para acallar sus reproches.

Con una madre, tengo suficiente. Y ahora...

si necesita algo más de mí,

me encontrará en la habitación de Julieta.

¿Se puede saber qué hace aquí?

Quiero hablar con don Ricardo,

por favor. -¿Para qué?

Ahora que solucioné mis problemas con la justicia,

me gustaría recuperar mi antiguo trabajo.

Veo que las noticias no llegan a los calabozos.

-¿Qué noticias? -Ricardo ya no trabaja aquí.

¿Ah, no? Supongo que seguirá siendo el dueño.

No. Ni siquiera.

Ahora la única propietaria soy yo.

-¿Quiere decir que él no volverá? -No.

Y como la única jefa soy yo,

no piense que va a trabajar aquí.

Tal vez, usted y yo no comenzamos nuestra relación con buen pié.

Qué manera tan poco afortunada de decir

que me ha despreciado y mentido desde el primer día.

Pero ya le avisé. Conmigo no se juega.

Lo sé. Y le pido disculpas, de corazón.

Estoy seguro de que también pudo comprobar

que soy un trabajador eficaz y responsable.

Eso no me basta, porque quiero gente de confianza.

Deme una oportunidad y se lo demostraré.

Si yo quisiera ayuda, buscaría a un hombre con coraje.

No al pelele de una manipuladora.

Eso forma parte del pasado. He aprendido la lección con sangre.

Me da igual lo que haya aprendido. Es usted un pusilánime.

Y no me interesa verle por aquí,

ni como trabajador ni como cliente.

Así que coja la puerta y márchese.

-Se equivoca conmigo. -No.

El que se equivocó conmigo, fue usted. Y ahora lo está pagando.

Váyase.

(Llaman a la puerta)

Señorita, aquí le traigo la merienda.

Así no tiene que interrumpir su trabajo.

Gracias, Merceditas. Estás en todo.

Si es por usted, ni come. Que ya me la conozco

y sé que cuando está enfrascada

en sus historias, no se acuerda de nada más.

No. La verdad es que no.

Merceditas, ¿qué haces? (RÍE)

Perdón.

Ya lo leerás cuando sea una obra terminada.

Ahora mismo, esa actitud me pone nerviosa.

Es que esta mañana, en el mercado, no se hablaba de otra cosa.

-¿Cómo? -Que todo el mundo comentaba

el folletín del periódico.

Pero decían que es de una tal Cruz Galván, no de usted.

Supongo que habrá sido un error del periódico.

¿No le habrás dicho a nadie que soy yo?

No. No, porque tenía mucha prisa.

Menos mal, Merceditas.

No. No hay ningún error. Yo firmo como Cruz Galván.

¿De verdad?

Ah, pues, entonces, la señora o señorita Galván

estará encantada de que pongan su nombre

en un folletín de tanto éxito.

No. La señora Galván no existe. Soy yo.

Pero no quiero que sepan que soy yo, ¿entiendes?

Pues yo lo sé y Elpidia lo sabe y...

Sí. Vosotras y mi familia. Y mis amigos

y el editor del periódico, pero nadie más.

Y quiero que siga siendo así, Merceditas. ¿Lo entiendes?

Nadie puede saber que yo soy Cruz Galván.

Por mí, no se preocupe, señorita.

Bueno.

Merceditas.

¿De verdad todo el mundo hablaba de lo que yo escribo?

¡Huy! Ni se lo imagina.

Estábamos todos embobados escuchando.

Vaya. Pues no está mal.

¿Y por qué no me cuenta algo de lo que va a pasar

en próximas entregas? -Porque no puedo.

Si yo no se lo cuento a nadie.

No puedo porque yo tampoco sé lo que va a pasar.

¿Pero cómo no va a saber lo que va a pasar, si es su historia?

Ya. Si escribiera libremente, avanzaría a buen ritmo.

El problema es que tengo que adaptar mi novela

a los tópicos del folletín y eso no se me da bien.

No me diga que se ha quedado sin ideas.

De las que les gusta a los lectores del folletín, sí.

¡Ah! ¿Y por qué no habla con Elpidia?

-¿Elpidia? -Sí, sí.

Esta mañana, se ha pasado un buen rato aventurando

sobre lo que podía pasar a partir de ahora.

-¿Y tenía alguna buena idea? -¡Huy! Ya lo creo que sí.

Y a mí no se me ocurre ninguna.

Pero Elpidia no es una escritora como usted

y no sabe expresarse. Eso sí, imaginación no le falta.

Merceditas, ¿tú te acuerdas de alguna de esas ideas?

Sí. Ella se preguntaba qué pasaría si apareciese

una hermana gemela de la protagonista.

¿Hermana gemela? No está mal. Es interesante.

Muy del género.

¿Te acuerdas de algo más?

Pues sí. Hablaba también de un encuentro clandestino

de la protagonista en el que se olvidaría un pañuelo

con sus iniciales. Y, entonces, la criada flaca,

la mala, aprovecharía ese pañuelo para hacerles ver

a sus enemigos que ella había estado allí.

Sofía.

Qué alegría verte.

-Me has mandado flores. -Sí.

Quería dártelas en persona, pero he estado todo el día

cuidando de mi padre y me ha sido imposible.

(LEE) Espero que estas flores sirvan

para tender puentes entre tú y yo.

Y así, poder recuperar la amistad que nunca debió marchitarse.

Me he puesto un poco sentimental.

Pero es la verdad.

¿De verdad pensabas que con un ramo y una nota que ni me has traído tú,

voy a olvidar lo que me has hecho?

-Sofía... -Así no se arreglan las cosas.

Sofía, me siento muy mal por todo lo que te he hecho.

Pero me arrepiento.

Es que sólo necesito que me perdones.

Ya te dije lo que pensaba.

Es tarde para buenas palabras.

Bueno,...

es que tú tampoco has sido una amiga ejemplar.

Huy, si nos ponemos a anotar todas las ofensas

que nos hemos hecho la una a la otra

yo creo que tú eres la ganadora.

Está bien, tranquila.

Tienes razón, no quería ofenderte.

Si es que yo lo único que quiero

es que volvamos a ser amigas, como antes.

No, eso no es posible.

¿Pero por qué?

Sofía, somos amigas desde niñas.

Elisa, yo sé que estás pasando

por un momento triste con lo de tu padre.

Pero yo también lo estoy pasando mal por lo de Carlos.

Pues confortémonos la una a la otra.

Lo siento, pero no puedo.

¿No hay ninguna posibilidad por pequeña que sea?

Elisa, la amistad es como una delicada porcelana.

Una vez se rompe ya no hay manera de juntar las piezas.

¿Tú pondrías un jarrón roto en tu salón lleno de grietas?

No, ¿verdad?

Pues lo mismo pasa con nuestra amistad.

Está rota.

No tiene arreglo.

(LEE) Sabía que su marido le estaba tendiendo una trampa.

Así que sin pensárselo dos veces abrió la ventana,

se deslizó como una gata por la cornisa

mientras el viento agitaba sus delicadas vestiduras

y saltó a la calle por la entrada casera,

burlando así a aquellos que buscaban darle caza.

Pero sin que ella reparase en su fatal despiste

el pañuelo con las iniciales bordadas

quedó bajo la almohada

como testigo silencioso

de la apasionada noche que habían vivido.

Continuará.

Oh, ¿ya se acaba?

Sí.

¿Te gusta?

Es fascinante, señorita.

Y ahora podré presumir de que sé cómo sigue.

No, Merceditas, entonces tendrías que revelar

cómo lo has averiguado.

Claro, es verdad.

Muchas gracias, me has sido de mucha ayuda.

Lo malo es que ahora tendré que esperar dos días enteros

para saber cómo sigue.

Vaya, me he comido toda su merienda.

Ahora mismo le traigo otra bandeja.

No, no te preocupes, Merceditas.

Ya bajaré luego.

Ahora me apetece seguir escribiendo.

Como quiera. Pero me avisa, ¿eh?

Que me tiene muy intrigada.

(RÍE)

Elpidia, que yo entiendo que no quieras venir al Ambigú

por no encontrarte con Raimundo.

Pero yo no puedo dejar el bar

cada vez que necesitas hablar conmigo.

No vuelvas a decir ese nombre, que me pongo mala.

A ver, ¿qué te ha hecho esta vez?

Algo muy gordo.

Ahora sí que es un problema del que no sé salir.

¿Pero no habíais terminado ya?

Si no lo había visto desde entonces, pero...

me traje algo conmigo.

¿Cómo que te...?

Ay, no.

Ay, Dios mío, no.

Ay, no me...

A ver, dime que es fruto de mi imaginación

y que no estás esperando un crío de ese sinvergüenza.

¡Por Dios bendito, Elpidia!

¡Embarazada de Raimundo!

¿Pero cómo puedes ser tan tonta?

¡Ay, no necesito reproches, prima!

Necesito ayuda.

Tienes razón, perdóname.

A ver, ¿y qué vas a hacer?

Deshacerme de esto antes de que crezca

y todo el mundo se dé cuenta. -Pero, mujer...

Sí, pero necesito dinero

para pagar a una curandera que se ocupe.

Tú me lo vas a prestar. ¿A que sí?

Pero es que lo que estás planeando es horrible.

Y no sólo es pecado, es un delito.

¿Y quieres que tenga un hijo con un hombre que no me quiere?

¿Que me arruine la vida?

Que yo sé que es muy complicado, prima.

Pero no te va a quedar otra que apechugar con tus actos.

Que no, que no puedo ser madre soltera.

¿Quién se va a querer casar conmigo?

Pero es que lo que estás pensando hacer

es una aberración.

O sea, ¿que sólo por encontrar novio vas a matar a tu hijo?

No sé qué otra cosa hacer.

Pues cualquier cosa menos esa.

Yo te ayudo a sacar adelante a esa criatura.

Tú no te preocupes por nada.

Además, ahora puede que no lo veas,

pero esto puede suponer un cambio en tu vida para bien.

¡Que no me gustan los niños!

¡Y bastante trabajo en Casa Silva

como para partirme el espinazo por un mocoso!

Dime que me vas a dejar ese dinero, prima.

Ese crío no tiene la culpa

de los desmanes que has cometido.

Pero que no quiero tener ese niño porque...

porque lo odio antes de nacer

como a su padre. ¿No lo entiendes?

Es un alma inocente, Elpidia, por Dios.

¿Cómo puedes hablar así? -Me da igual cómo te pongas.

Yo sólo quiero saber si me vas a dejar ese dinero

o lo voy a tener que encontrar en otro sitio.

Porque esto lo voy a hacer, contigo o sin ti.

Bueno, yo no las tenía todas conmigo, la verdad.

Ni yo tampoco.

Pero el padre Dimas ha sido muy amable.

Sí, es cierto que es un hombre encantador.

Sí.

Todavía me cuesta creer que vayamos a casarnos, Blanca.

No sé, he soñado tantas veces con este día

y han pasado tantas cosas...

que aún me cuesta creer que esto vaya a ocurrir.

La verdad es que a mí también me pasa.

Escucha, sé que los regalos se suelen dar

después de la boda, pero toma, me he adelantado.

¿Pero por qué, si todavía no te he regalado nada?

En realidad no es un regalo. Esto es para los dos.

Para los dos. ¿Pero para los dos qué es?

Los billetes para París.

Ah, claro, París. Sí, muchos matrimonios

se van allí a hacer su viaje de novios.

Nosotros iremos para quedarnos.

Blanca, sé que un país en guerra

no es el mejor destino para unos recién casados.

Pero también sé que tú eres

todo lo que necesito para ser feliz.

Y quiero que tú también lo seas.

Estoy segura de que así será.

Además, la guerra acabará más pronto que tarde.

Y entonces viviremos

en el lugar más bonito del mundo.

Blanca, ¿qué ocurre?

¿No te ilusiona lo que nos espera?

Claro que sí.

No, te conozco y te estás arrepintiendo.

¿Es... es por la guerra?

No, Cristóbal, no me preocupa la guerra.

Me da igual la ciudad en la que estemos.

Yo lo que quiero es estar contigo.

¿Entonces qué te pasa?

La idea de alejarme de mis hermanas

es lo que más me entristece, esa es la verdad.

Pero, mujer, vamos a París, no a la estepa rusa.

Podrán venir a visitarte, y tú a ellas.

Sí, pero las comunicaciones están restringidas.

Y hay muchos controles en la frontera. No será fácil.

La guerra no puede tardar mucho más en acabar.

Tienes razón, mi amor.

Pero tú estarás muy ocupado con tu nuevo trabajo

mientras yo estoy sola, porque no conoceré a nadie,

echando de menos a todas mis hermanas.

Está bien, estamos a tiempo de echarnos atrás, Blanca.

Rechazaré el trabajo y nos quedamos aquí.

No, Cristóbal. Sí, piénsatelo.

Para mí eres más importante que cualquier trabajo.

Yo no quiero que rechaces ese trabajo.

Es el sueño de tu vida. No quiero que renuncies a él.

¿Seguro? Seguro.

Echaré de menos a mis hermanas, es cierto.

Pero te tendré a ti.

Y eso es lo único que necesito.

Blanca, ¿estás segura?

Tengo claro lo que quiero hacer,

y es irme contigo a París.

Ya podía traerme algo de comida decente.

Parece que quieran matarme de hambre

con ese rancho repugnante.

¿No le gusta esta comida?

Pues tengo una buena noticia para usted.

Sí, seguro que sí.

Se va de esta cárcel.

¿Me ponen en libertad?

¿Tendría yo esta cara

si la fuesen a poner en libertad?

¿Entonces de qué se trata?

Ha llegado un mensaje del juez.

Ha decretado el ingreso en el sanatorio

en el que ya estuvo recluida.

No, eso no puede ser.

Aquel del que consiguió salir con artimañas.

Esta vez no le van a servir de nada.

Ya les he advertido de su grave recaída

y de que no veo remisión alguna.

Ellos están totalmente de acuerdo.

Mañana mismo será enviada allí.

Le digo que eso no puede ser.

Ni siquiera se ha celebrado el juicio.

Al parecer el juez piensa

que dados sus antecedentes de desequilibrio mental

el juicio sería una pérdida de tiempo.

Esto es un atropello.

Sí. Sí, lo sé, pero a mí no me lo diga.

Yo sólo sé que se va a pasar en ese sanatorio

el resto de sus días.

Quiero hablar con mi abogado.

El juez y ha dado la orden.

No va a poder hacer nada para evitarlo.

Y si abogado tampoco.

Eso tendrá que decirlo él.

Así que avísele cuanto antes.

No hay tiempo para consultas, mañana vendrán a por usted.

Su abogado podrá visitarla allí.

Tengo derecho a un juicio justo.

Sus víctimas tienen derecho a justicia.

Hasta el peor criminal merece ser juzgado con garantías.

No se da cuenta de que quizá

eso es lo mejor que le pueda pasar.

No sé a qué se refiere. ¿Tengo que alegrarme

porque me encierren en ese sitio infame para siempre?

Si fuera a juicio

seguramente sería condenada a la pena capital.

O saldría libre, o con una pena reducida.

En ese sanatorio seguirá viva,

que es mejor que estar en una tumba.

Es una muerte en vida, y usted lo sabe.

Eso haberlo pensado antes de hacerle

semejante daño a tanta gente.

No pienso volver a ese lugar, ¿me oye?

¡No pienso volver nunca!

Elisa.

No, Elisa se ha quedado dormida.

He preferido no despertarla.

Has hecho bien.

Se desvive por mí y apenas duerme.

Déjale descansar.

Antes de marcharme a casa he querido traerle esta tisana

y el remedio que le toca tomar antes de dormir.

Gracias.

Ah...

me abandonan las fuerzas, Rosalía.

Y me apena que mi hija tenga que verme en este estado.

Pues entonces tome sus medicamentos y cuídese.

Y así su hija podrá verle

con mucho mejor aspecto bien pronto.

Agradezco mucho tus buenos deseos.

Pero tengo que ser realista,

y sé que no me queda mucho tiempo.

Como usted quiera, pero yo siempre he sido

de la opinión de que un poco de esperanza

no le hace daño a nadie.

Supongo que no.

Pero no te creas que me siento afligido.

La certeza de que el final se acerca

me ha dado una clarividencia

que nunca había sentido hasta ahora.

Bueno, por lo menos algo bueno le ha traído esta enfermedad.

Rosalía, ahora...

que estás aquí me gustaría hablar contigo.

Acerca esa silla, por favor.

Está bien.

¿De qué quiere usted hablar, don Ricardo?

Estos días me he dado cuenta de que no quiero irme

de este mundo sin conseguir el perdón de la gente

a la que he hecho daño,

las personas que verdaderamente me importan como tú,

que me has dado a mi hija Carolina.

Por favor, don Ricardo. -Déjame seguir.

Sé que yo soy culpable

de la mayor parte de tus desgracias

y que te he hecho sufrir mucho.

Es cierto que por su culpa

he pasado momentos muy amargos.

Pero todo eso pertenece ya al pasado.

Rosalía, en unos días me reuniré con nuestra hija.

Y no quiero volver a verla

sin estar en paz con su madre.

Entiendo que quiera usted estar en paz, don Ricardo.

Pero no creo que sea necesario

revivir ahora aquellos momentos.

Fueron momentos muy dolorosos, Rosalía.

Fui muy cruel contigo.

Si hubiera sido mejor persona quizá...

tu vida hubiera sido mejor. Y la mía también.

Y la de nuestra hija.

Reconozco que durante algún tiempo llegué a odiarle

por todo el mal que me había hecho.

¿Odiarme?

Me parece poco para todo el mal que hice en aquella época.

Sin embargo también me dio usted

la cosa más bonita de mi vida,

una hija.

De modo que no hay que perdonar,

estamos en paz.

Carolina era una mujer preciosa, ¿verdad?

Sí.

Sí que lo era.

No me apetece morir.

Pero sí reunirme con ella.

Con el tiempo también yo lo haré.

No, por fin tienes una buena vida

junto a Benjamín.

No tengas prisa y vive.

Bueno, sus quejas han hecho mella en mí.

Como va a ser la última noche que pase en este calabozo

le he traído una cena en condiciones.

Marina.

Marina, despierte, no es hora de dormir todavía.

Le traigo la cena.

Está bien, como quiera.

Luego no diga que se le queda fría. Aquí se la dejo.

Es de la taberna de al lado.

Marina.

¡Marina!

¡Marina!

¡Marina!

Por Dios, ¿qué ha hecho? ¡Marina! ¡Marina!

¡Avisad a un médico!

¡Avisad a un médico!

¡Marina!

¡Marina! ¡Marina, despierte!

¡Un médico, por Dios!

¡Marina!

Me he enterado por mi hermana

que Rodolfo quiere vender la fábrica.

¿Te puedo pedir un favor?

Claro, lo que quieras.

Me gustaría hablaras con Rodolfo

para que cambiara de idea.

Lo que Rodolfo haga con la fábrica

es cosa suya, no nuestra.

Porque...

tú quieres hacerte cargo de esos viñedos, ¿verdad?

¿Qué es esto? -Son cartas de mis seguidoras.

Y son sólo unas pocas. La redacción está llena.

¿Y son quejas o felicitaciones?

No, no, están entusiasmadas.

De hecho gracias al folletín

el periódico ha triplicado sus ventas y el director

quiere nuevas entregas y nuevas historias.

Sabía que ibas a ser una escritora de éxito.

Pero pasa algo.

Sé que doña Diana te ha ofrecido

irte con ellos a los viñedos.

Sí, se lo he pedido yo. Y sí, estoy deseando ir.

Ya, pues no va a poder ser. -¿Por qué?

Porque a mí también me lo han ofrecido.

Don Salvador me lo ha dicho a mí antes.

Tú y yo allí seríamos la pareja perfecta, Merceditas.

Somos de campo y nos gusta, sabemos de él.

Tú encargándote de la casa, de las niñas,

yo encargándome de las vides...

Sofía no quiere volver a saber nada más de mí.

No se rinda.

Ustedes han discutido ya infinidad de veces.

Sí, pero nunca como esta.

Estoy convencida de que el día menos pensado

doña Sofía querrá reanudar

la relación que hubo entre ustedes.

No pienso moverme de aquí

hasta que no hable con don Rodolfo.

¡Don Rodolfo! -¡Bueno, se acabó!

Acompáñeme a la puerta. -Sólo necesito un minuto.

¿Pero cómo es posible que me pida un favor?

¿Qué está pasando aquí? -Me alegro mucho de verle.

Quería hablar con usted

Benjamín me lo está impidiendo.

No tenía cita. Y además lo pide de muy malos modos.

Déjanos a solas, Benjamín.

No quiero escándalos en la fábrica.

Examinaba las posibilidades de la Villa de París.

¿De qué posibilidades habla?

Bueno, me he enterado de que la tienda está en venta

y estoy interesada en comprarla.

Pues será mejor que regrese cuando esté doña Antonia.

No sé, Gabriel anda un poco perdido

desde la marcha de Úrsula.

No quiero que se junte con malas compañías.

Yo también estaría preocupada.

Verás, cuando Francisca dejó a Gabriel

él se dio a la bebida y a la mala vida.

Así que búscale, habla con él.

Gabriel es una persona

que no lleva muy bien la soledad.

Elpidia, ¿tú sabes dónde están las cucharillas de plata?

No, señora.

Pues no es que falte una, es que han desaparecido todas.

Ay, Dios, a ver cómo

se lo digo yo ahora a las señoras.

Esa cubertería la compró su madre.

Pues no sé qué decirle, la verdad.

Bueno, yo ya me voy, que he terminado.

Si no me necesita para otra cosa.

No, vete, vete.

Elpidia, ¿qué llevas ahí?

Tiene una visita.

¡Elisa, ya sé que no me lo merezco,

pero tienes que ayudarme!

Sofía, ¿qué pasa?

Es Carlos...

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  • Capítulo 461

Seis Hermanas - Capítulo 461

13 mar 2017

Diana y Salvador descubren los planes de Rodolfo. Elisa recibe la visita de Blanca. Marina continúa en calabozo y Don Luís busca el perdón de todos a los que perjudicó. Gabriel pasa sus días, en la casa de tolerancia y Celia intenta seguir escribiendo su folletín.

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  1. Emilia

    Por qué lo suspendieron en Houston Texas USA?

    26 abr 2017