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No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 460 - ver ahora
Transcripción completa

Por motivos personales, he vendido la fábrica

a don Rodolfo Loygorri.

Él será el nuevo propietario y director de la fábrica.

Quiero casarme contigo, Cristóbal.

Aquí, para que mis hermanas puedan asistir a la boda. ¿Sí?

Claro. Pero no podemos demorar tanto nuestra partida a Francia.

No tenemos que demorar la boda. Sí quiero.

Yo no puedo atender a la tienda y el Ambigú a la vez.

-¿Entonces, puedo volver? -Vamos, ahora mismo, si quieres.

El trabajo te durará lo que tarde

en vender la tienda. -¿Va a deshacerse

de la Villa de París. -Sí.

Merceditas, habíamos pensado llevar únicamente a Isidra.

¿De verdad que no pueden llevarme con ustedes a las bodegas?

Solo quiero una vida tranquila y sencilla contigo.

Y yo.

Pues si publicas la novela, olvídate.

No habrá paz ni un solo día.

Salvo que no sea yo quien publica la novela.

Pero si la has escrito tú.

Pero podría publicarla bajo un seudónimo.

No solo he negado que quisiéramos matar a Benito.

También he declarado que tú no fuiste quien me asaltó.

-¿Por qué? -Porque si nos unimos

y buscamos un buen abogado, podremos salir en libertad.

Se va a morir, ¿no?

Sí.

¿Cuánto le queda? Eso no lo sé.

¿Una noche con esto?

Aquí cobramos por horas.

¿Cuántas horas hay aquí?

Las suficientes para que pueda ver el amanecer

con quien usted desee.

Si me da la libertad, además de mi testimonio,

puedo aportar pruebas.

-¿Qué pruebas? -Notas, cartas.

Con eso, podría meter a Marina en la cárcel de por vida.

No llores, por favor. No llores.

No me pongas las cosas más difíciles.

Padre, yo le quiero.

Y le voy a echar mucho de menos.

(Sintonía)

Soy inocente. No tuve nada que ver con el intento de asesinato

de Benito. ¿Cuántas veces tengo que decírselo?

Las que haga falta hasta que deje de mentir.

Comprendo. Así que su estrategia es interrogarme

mil veces hasta que me harte

y le diga lo que quiere oír, por puro hastío.

Es usted un sádico. Y me encargaré de que lo inhabiliten de por vida.

¿Se ve capacitada de hacer eso desde su celda?

Pronto saldré de aquí y usted lo sabe.

Lo que usted no sabe, es que hay novedades.

¿Qué novedades?

Don Luis no la apoya

y se reafirma en su anterior declaración.

O sea, que sigue mintiendo.

Le aconsejo que abandone ese tono impertinente

y que se empiece a tomar esto en serio.

¿Qué le ha contado Luis? ¿Cuál fue su última ocurrencia?

Ese hombre no está bien de la cabeza.

Si yo le contara alguna

de sus extravagancias, no le prestaría oídos.

Me ha parecido la declaración de un hombre arrepentido,

que tiene que aliviar una carga muy grande.

¿Qué le ha contado? Tengo derecho a saberlo.

No. Usted tiene el derecho y la obligación

de decir la verdad y no lo está haciendo.

Ya veo. Esto es una trampa.

Usted me hace creer que Luis ha dicho algo contra mí,

para que yo entre en su juego y le acuse a él.

Debe divertirse mucho urdiendo estos planes tan burdos.

No va a colaborar, ¿verdad?

Quiero que me lleven de vuelta a mi celda.

Está bien. Como quiera.

Solo le diré que la declaración de Luis, la acusa directamente

y que nos va a proporcionar pruebas.

-¿Qué pruebas? -Será un milagro

si se libra del garrote. Enseguida vienen a por usted.

Espere.

¿Quiere oír mi versión de los hechos?

Muy bien. Se lo contaré todo.

¿Cómo está el enfermo?

He tenido días mejores, sinceramente.

Te he traído yemas de Almazán, que sé que te gustan.

Seguro que me van a sentar mejor

que ese consomé insípido que me dan aquí,

que le llaman sopa y no es más que un aguachirri con tropezones.

A saber de qué son. Ni en la cárcel se comía tan mal.

Ten paciencia. Dentro de poco,

estarás tomándote un buen Oporto conmigo.

¿Tú crees?

Los médicos dicen que no debo

y mi cuerpo no me responde.

Me parece un detalle de ingratitud,

con lo bien que lo he tratado siempre.

Le he dado las mejores viandas, los mejores vinos.

Pero es tu cuerpo y no puedes despedirle

como si fuera un empleado que te ha traicionado.

No puedo.

Te noto desanimado y no me gusta, eh.

El Ricardo que yo conozco, es un luchador infatigable.

Ahora me he convertido en un fardo, una especie de bulto en esta cama

al que hay que visitar de vez en cuando,

como quien va a misa los domingos.

No lo digas por mí, eh. Que yo estoy encantada de venir.

Además, sabes que hago lo que me da la gana.

No soporto más estar en este hospital

que huele a enfermedad y a muerte. No quiero. Quiero irme.

Yo te ofrezco una cama en la casa de tolerancia.

Ya te vendí mi parte. Y no quiero tener

nada que ver con ese lugar.

Pero tienes que ver conmigo.

Y te dije que serías mi invitado de honor.

Don Ricardo. Adelante.

¿Qué se encuentra? ¿Cómo ha pasado la noche?

Pues, doctor, la noche y el día se me mezclan.

El día entero es como una continua espesura.

Ya ve que no está muy animado, doctor.

Y eso que le he traído yemas. ¿Yemas?

Fuera esas yemas ahora mismo. En su estado, eso es una bomba.

Pero si es la receta de una santa.

Estoy hablando en serio. Su cuerpo no puede digerirlas.

Doctor, ¿cuándo me va a dar el alta?

Yo no soy una persona para estar en un lugar como este.

Permítame que le diga que la enfermedad no es igual a todos.

Este lugar es el idóneo para usted en este momento.

Yo también creo que estaría mejor

en una casa, doctor. ¿En qué casa?

Le he ofrecido la mía. Conozco bien su casa

y creo que don Ricardo necesita cuidados diferentes

a los que se ofrecen allí.

Algo más tranquilo, más maternal.

¿Y cree que yo no se los puedo dar?

No lo sé. Ni pretendo meterme ahí.

A mí no me parece mal que se vaya a casa.

Sé que para algunos pacientes, la convalecencia

fuera de estas paredes es bastante más agradable.

Puedo hablar con mi hija Elisa. ¿De acuerdo?

Quizás, ella me pueda ofrecer

esos cuidados maternales de los que habla.

Cándida.

Es lo mejor para todos.

Fue Luis. Él intentó matar a Benito

para cargarle el muerto a Salvador. -¿A quién se le ocurrió

ese plan tan retorcido? -A Luis, por supuesto.

Estaba enfebrecido por el odio hacia Diana y Salvador

por arrebatarle a su hijo.

Intenté quitarle la idea de la cabeza, pero no fue posible.

De modo que conocía sus intenciones.

¿Por qué no le denunció a la policía?

Porque no le creí capaz. Pensé que era

una de sus fanfarronadas.

Pero cuando supe que Benito estaba malherido...

Y tampoco, en ese instante, se le ocurrió denunciarlo.

Quise denunciarle, inspector.

Pero, entonces, Luis se dio cuenta.

Y fue cuando intentó matarme para eliminar al único testigo

que podía incriminarle. -Ya.

Ayer negó que don Luis le atacara. ¿Por qué?

-Es difícil de explicar. -Inténtelo.

(SUSPIRA) Luis y yo tenemos

una relación venenosa.

Es un hombre que me atrae, pero, al mismo tiempo, me da miedo.

¿No será que tiene tanto que ocultar como él?

No tengo nada que ocultar. Le digo que fue Luis

el que intentó matar a Benito e intentó matarme a mí.

La creería, si me hubiera contado esto en su momento.

Pero no. Decidió aferrarse a la mentira.

No he tenido una buena relación con la justicia.

Es normal que desconfíe. -La desconfianza es mutua.

No me creo sus palabras. -¿Y cree las de Luis,

que es un asesino? -Sus palabras están motivadas

por la desesperación. Tiene que desmontar

la declaración de don Luis.

Ni sé si es cierto que Luis me ha acusado.

No me ha enseñado su declaración. Puede estar jugando conmigo.

Y ahora me acusa de manipular la investigación.

Creo que es capaz de cualquier cosa,

por verme encerrada para siempre.

No va mal encaminada. Cualquier estrategia es buena

si protejo a la sociedad de gente

como usted y don Luis. Hemos terminado. Vámonos.

Soy inocente.

Y jamás podrá demostrar lo contrario. Jamás.

-Eso lo veremos. -Esto no va a quedar así.

Se va a acordar de mí para toda la vida.

Hola. No te esperaba tan temprano.

Te imaginaba escribiendo la primera entrega de tu folletín.

Más que escribir, reescribir. Y eso ya lo hice anoche.

Más bien, lo que hice anoche, fue darme cabezazos una y otra vez.

¿Por qué? ¿Qué te pasa?

Es que no sé hacerlo, Cata.

No sé convertir mi novela en un folletín.

Todo lo que invento, me parece previsible y facilón.

Y los personajes son o buenos, o malos.

Ya no te hablo de las emociones, que son básicas.

Amor, odio, envidia, celos.

Bueno, la vida es así a veces, ¿no?

Y eso es lo que tiene que mostrar un folletín.

Lo sé. Pero me gustaría escribir algo más elevado.

Dentro de las normas del folletín, está bien.

Pero con una entidad literaria, como hicieron Dickens o Galdós.

Has estado así toda la noche, dudando.

No. Empecé bien. Estuve escribiendo una hora

y, luego, lo leí todo y lo tiré.

No deberías haber hecho eso. Eres demasiado severa contigo.

Perdí de vista lo que de verdad quería hacer.

Quería explicar unas vivencias personales

para ayudar a las mujeres que pasan por lo mismo.

Pero no puedo hacer eso, si convierto mis sentimientos

en algo superficial. -El lector de folletines

no quiere reflexionar sobre la vida

o sobre las complicidades del alma.

Lo que quiere, es distraerse, olvidarse de sus problemas un rato.

Alguien lo leerá que no tenga problemas.

No. Los condes y las princesas no son tu público,

ni siquiera, los universitarios.

Lo son las personas que llevan su vida a cuestas,

que se desloman por un jornal miserable.

Lo que quieren, es ver en el folletín a una persona

mucho más miserable que ellos.

Sí. Puede que tengas razón.

Un escritor debería saber retratar cualquier mundo.

Supongo que debería dejar de acudir a las tertulias literarias,

por mucho que me guste la poesía moderna.

Y centrarme en qué es lo que le gusta a la gente normal.

-Normal como yo. -No. Tú no eres normal.

Tú eres especial.

Eso lo dices tú. Y me encanta.

Pero no, Celia. Yo solo soy una costurera

que se quedará sin empleo cuando doña Antonia venda esto.

Lo siento.

Yo hablándote de mis bloqueos literarios,

cuando tú tienes problemas de verdad.

No te preocupes. No pasa nada.

Y ahora, corre a escribir, que tienes que entregar

el folletín esta tarde. -Sí. Supongo que tienes razón.

Gracias por mantenerme con los pies en la tierra.

No sé qué haría sin ti. -Yo tampoco.

Ayer estuve con tu prometido

y se le veía un poco preocupado.

¿Por qué? ¿Qué le pasa? No, tranquila.

No tiene nada que ver con la boda.

Se trata de mi padre, Blanca. Todas sabemos que está muy grave.

Pero en el hospital está muy bien atendido.

Cuando nos vayamos a París,

Cristóbal dejará encargado que no le falte de nada.

Es que Cristóbal piensa que estaría mejor en casa.

¿Cristóbal cree eso? Sí.

Bueno, tú, por tu experiencia, ya lo sabes.

Bueno, sí. Es cierto que yo empecé a mejorar

justo cuando llegué a casa. Pero tendrías que acomodar

su habitación para las necesidades de un enfermo.

Además, hacer que su casa sea un poco más acogedora.

No estoy pensando en llevarle a su casa.

¿Y, entonces, dónde? Aquí.

Elisa, ¿cómo que aquí? No, tranquila.

Ya he hablado con Diana y con Celia y están conformes.

Blanca, aquí estaría mucho más atendido.

Rosalía, Elpidia y Merceditas podrían hacerse cargo de él

y no les supondría mucho trabajo.

Además, Blanca, yo... yo quiero que mi padre esté

con sus seres queridos sus últimos días.

Claro. Sus seres queridos. Por favor, Elisa, no me hagas reír.

Una cosa eres tú, que eres su hija.

Pero a nosotras nunca nos quiso. Eso no es verdad.

A la familia siempre se la quiere.

¿Quieres que te recuerde el daño que nos ha hecho?

Nos quiso quitar la fábrica. Hizo que encarcelaran a Salvador.

Y que los Loygorri huyeran del país.

Y hasta por su culpa, te secuestraron a ti.

Sí. Y también trajo la máquina que te salvó la vida.

Para ganarse la amistad de Rodolfo y manipularle.

Nunca ha salido nada bueno de él, nunca.

Está cambiando. Ya no es el mismo hombre que era antes.

Además, pensé que lo habías perdonado.

Eso fue una circunstancia muy concreta

porque Francisca estaba en casa. Pero jamás le he perdonado.

Además, acabaría por enfrentarnos a todas.

¿Te das cuenta de cómo eres?

Te desvives por ayudar a los más necesitados

en la parroquia de San Antonio.

Pero cuando se trata de tu familia, les das la espalda.

Deberías ser un poco más compasiva, ¿no crees?

Lo siento, pero no me fío de él. Eres una hipócrita.

Mira, Elisa, no estoy para estas cosas ahora.

Blanca, yo he sabido perdonar a mi padre.

Y de verdad, ¿tú qué has hecho?

Elisa, tú eres su hija. Deberías intentar entenderme.

Lo siento, pero no puedo hacerlo.

¿Ni siquiera ahora, Blanca? Se está muriendo.

Mi padre se está muriendo.

Lo siento, Elisa, pero no puedo hacerlo.

Si me disculpas, tengo que seguir desayunando.

Tengo muchas cosas que hacer. Sí.

Ocúpate de tu boda, que es lo único que te importa.

Si es que no ha dormido en casa.

No ha pasado por aquí. Estoy preocupada.

A ver si le va a haber pasado algo.

¿Qué le va a pasar? Déjele que viva la vida, que es buen mozo

y sabe lo que se hace. -Buen mozo.

Para mí, siempre será mi niño. Y no soporto verle sufrir.

Desde luego, esa mujer le hace mal hasta cuando no está.

Ya. Si es normal que esté tan mustio.

Doña Úrsula no era santo de su devoción,

pero era buena jaca. Eso también se lo digo.

Mira que eres ordinario. No sé ni para qué te cuento nada.

Ya. Si quiere olvidarla, lo mejor es salir, divertirse.

Si sale con otras mujeres, mejor.

Un clavo quita a otro clavo. Siempre fue así.

No te creas que me consuela imaginarme a mi hijo

todas las noches de picos pardos.

Tiene buena planta y tiene posibles.

No tardará nada en encontrar a una mujer nueva.

Esas cosas no hay que correr.

Pero si es feliz, yo encantada.

Buenos días.

¿Se puede saber dónde has dormido para venir con esa facha?

Pues la verdad es que todavía no ha dormido.

¿Y por qué no has dormido? ¿Dónde has estado?

Por ahí, madre. Oiga, me llevo esto.

A ver. Espérate un momento. ¿Adónde vas?

Pues a la casa, a descansar un poco.

A descansar, con una botella.

No tienes suficiente con lo que has bebido

toda la noche, ¿no? -Se ve que no.

¿Y con quién has estado, si puede saberse?

Pues con unos amigos. Hemos estado de aquí para allá,

hasta que se nos ha echado el día encima.

-¿Con qué amigos? -¿Quiere dejar de interrogarme?

No soy un crío. -Lo pareces.

Un hombre encaja los golpes de otra forma.

No como tú, que no haces más que beber.

¿No ves que te estás arruinando la vida?

Madre, mi vida está arruinada desde que Úrsula se marchó.

Puede que esa frase no le parezca de un hombre, pero es la verdad.

Tienes que olvidarla. Si no lo haces por ti,

hazlo por mí. ¿No ves que sufro?

Pues no sufra, madre. Yo estoy bien. De verdad.

Solo le pido que respete mi forma de llevar el duelo.

¿O prefiere que me pase el día en casa,

llorando como un niño pequeño?

Anda.

-¿Cómo lo ves? -Peor de lo que yo pensaba.

¿Ya te vas? ¿Tan pronto?

A la hora de siempre. Te veo esta noche.

La niña está dormida.

¿Por qué no te quedas un poquito más?

¿Qué te pasa que estás tan cariñosa?

Pues que me aburro.

Y que cada vez que dices "te veo esta noche"

se me cae la casa encima.

¿Por qué no quedas con una amiga?

Pues porque las pocas amigas que tengo no tienen niños.

Y son más de salir de noche.

De día hibernan.

Animales nocturnos.

Tienes que cambiar de amistades.

Bueno, pero eso es muy difícil.

Anda, quédate un poquito más conmigo.

No puedo.

Pero mira, ¿por qué comemos juntos?

Así la espera no se te hace tan larga.

Muy bien, qué buena idea.

Si quieres podemos comer cerca de la fábrica,

así no pierdes tanto tiempo.

Oye, el tiempo que paso contigo nunca es perdido.

Pero me parece bien. Yo me encargo de reservar.

Espera, te arreglo la corbata.

Don Salvador, qué sorpresa.

Pase, pase, por favor. Adelante, siéntese.

¿Qué le trae por aquí?

Tengo amigos en el juzgado que me han comentado

un rumor que me ha dejado bastante intranquilo.

¿Alguna novedad en el caso de Benito?

¿Sobre qué es ese rumor?

Sobre un trato que van a ofrecerle a don Luis.

Vaya, veo que las noticias vuelan.

Sí, en efecto, don Luis ha venido a colaborar

con la policía y ha señalado a Marina

como la verdadera instigadora del plan.

¿Qué van a ofrecerle a cambio?

Bueno, la justicia contempla en estos casos

un trato de favor hacia el preso que colabora.

No me diga que va a ser la libertad.

El tercer grado.

El tercer grado es la libertad, inspector.

Llamemos a las cosas por su nombre.

Es una libertad relativa.

El preso está totalmente controlado.

Y técnicamente tiene que cumplir toda la condena.

¿Técnicamente?

Realmente va a estar en la calle.

¿Por qué está tan disgustado? Debería alegrarle saber

que la mujer que ha urdido el plan para incriminarle

se va a pasar el resto de sus días en una cárcel,

o en un sanatorio mental del que nunca saldrá.

El hombre que me odia a mí, y toda mi familia

va a estar en la calle para actuar cuando le parezca.

Sólo es mi opinión, pero creo que don Luis

realmente está arrepentido de todo lo que les ha hecho.

Pues permítame dudarlo.

De todos modos no tendrá libertad de movimientos.

Quiero a Luis encerrado y lejos de mi familia.

¿Lo entiende?

Sí, yo también lo preferiría.

Pero a veces uno con consigue lo que desea.

¿Por qué cierra este acuerdo con Luis cuando sabe

que es tan culpable como Marina?

Porque prefiero un mal acuerdo que un mal juicio.

Seamos sinceros, Salvador,

no tenemos pruebas sólidas contra ellos.

En un juicio corremos el riesgo

de que ambos queden en libertad y totalmente absueltos.

Pensé que esta vez sí había pruebas.

Hay indicios, y si se tratara de un ratero cualquiera...

sí, seguramente bastaría.

Pero nos enfrentamos a un buen abogado.

Necesitamos pruebas irrefutables

y testimonios sólidos.

Y sin la colaboración de don Luis

no sé si los tenemos.

Pero así Marina irá a la cárcel.

Si le soy sincero yo preferiría que fuera al revés.

No, Marina es mucho peor.

Don Luis sólo es peligroso si se junta a ella.

Pero en solitario es un alma en pena.

Con el debido respeto, inspector,

su forma de hacer las cosas no es justa.

La justicia como palabra en sí no es nada.

Créame, lo he comprobado miles de veces.

Sólo significa algo según el uso que le demos.

Y eso es lo que estoy haciendo.

Sé que no suena limpio, pero es práctico y eficaz.

Un servidor público que desconfía de la justicia

no es muy halagüeño.

Sé que suena paradójico, pero en el momento

que empiezas a desconfiar de la justicia

es cuando puedes conseguir algo de justicia.

Eso suena bastante cínico.

Pero es práctico.

Y creo que es la única manera

de que alguien pague por estos crímenes.

¿Hola?

Enseguida voy.

Doña Blanca, no sabía que era usted.

Estos diseños son muy bonitos.

Bueno, yo no los llamaría diseños.

Más bien esbozos, ideas que se me ocurren.

Pues tiene usted muy buenas ideas.

(RÍEN)

Es muy generosa, pero ninguna irá a más...

más allá de estas cuartillas.

Siento mucho que al final

no pudiera hacerme mi vestido de compromiso.

Bueno, se juntaron varias cosas y al final no pudo ser.

Bueno, a lo mejor ahora sí que puede ser.

Me gustaría que me diseñara mi vestido de novia.

(RÍEN)

¿Está hablando en serio?

Le aseguro que ninguna mujer bromea con su vestido de novia.

(RÍEN)

¡Muchas gracias, doña Blanca!

No me las dé, tendrá que estar listo en tres días.

Ya sé que es muy poco tiempo.

Pero confío en que será capaz de hacerlo.

¿Tres días?

Amalia, ¿qué estás haciendo aquí?

Hola, mi amor. Sé que vengo antes,

pero es que se me estaba cayendo la casa encima.

Dame un beso.

No, no, aquí no. -¿Pero por qué no?

Estoy trabajando, entiéndelo.

¿Cuándo vamos a comer?

Te iba a avisar, pero te has adelantado.

¿Por qué? ¿Qué pasa? -No puedo comer contigo.

Me ha surgido un imprevisto y me tengo que ocupar.

¿Y qué hago yo ahora?

Pues vete a casa.

Intento llegar lo antes posible y salimos a cenar. ¿Te parece?

De acuerdo en lo de la cena.

Pero no quiero volver a casa, me aburro muchísimo.

Amalia, sé razonable, por favor.

Quédate un ratito conmigo.

Benjamín, por favor.

¿Sí, Sr. Loygorri? Señora.

Me esperas en el despacho. Benjamín te acompaña.

¿Y qué hago yo en el despacho?

Aburrirme como una ostra. Yo preferiría quedarme aquí

viendo cómo trabajan las máquinas y los trabajadores.

Bueno, esto tampoco es muy interesante que digamos.

Bueno, porque usted está acostumbrado a verlo a diario.

Pero para mí es todo una novedad.

Me parece una maravilla.

¿No puedo quedarme un ratito viendo todo cómo funciona?

Hágalo, Benjamín, una visita por la fábrica

y luego la lleva a mi despacho.

Como usted ordene. -Pórtate bien.

Luego te veo.

Bueno, ¿por dónde quiere que empecemos?

Ay, pues yo creo que por eso azul.

¿Cómo puede ser que de estos hilos salgan telas tan bonitas?

Si es que parece cosa de magia.

-Un poco de magia, un poco de sudor de los obreros.

¿Y si toco aquí qué pasa? -¡No, no, deje eso!

No lo toque, por favor.

Mejor vamos hacia adentro, que aquí hay un poco de peligro.

Sí.

Cándida.

Entre.

¿Quiere un té?

Sí, gracias.

No sabía que aquí se servía té.

A esta hora siempre acostumbraba a tomarme un oporto o un jerez.

Pero ahora he decidido cuidarme.

La enfermedad de su padre me ha hecho pensar.

Precisamente vengo a hablarle de él.

Tengo entendido que...

que le ofrecido pasar aquí sus últimos días.

Así es.

Aunque creo que al Dr. Loygorri no le ha hecho ninguna gracia.

A mí tampoco me parece una buena idea.

No es por nada, es que este lugar no es...

no es un buen sitio para un enfermo.

Pero aquí tendría una habitación para él solo

y estaría muy bien atendido.

Comprendo que quiera tenerlo cerca de usted

y rodeado de toda su familia.

Si es que ese es el problema.

Su familia le ha dado la espalda.

Bueno, su familia no, mi hermana Blanca.

Se niega a que entre en casa, Cándida.

Se pasa la vida haciendo obras de caridad...

Es una hipócrita.

Ese es un comportamiento muy propio de las damas de la alta sociedad.

Se desviven por los pobres,

se conmueven por un perro abandonado.

Y sin embargo a un hermano o incluso a un hijo,

si se descarría un poco, ni agua.

Es horrible.

Y por eso es mucho mejor tener amigos que parientes.

Porque a los amigos los elige uno.

Y los parientes te tocan en un sorteo

y no siempre te gustan.

Es que si mi padre tuviera amigos podría acudir a ellos.

Pero es que tampoco tiene, Cándida.

Aparte de usted, claro.

Nosotros somos algo más que amigos.

Es cierto que su padre nunca cultivó la amistad.

Lo único que le ha interesado de las personas

es lo que podía obtener de ellos.

Y me apena pensar que usted

haya podido heredar ese comportamiento.

¿Yo?

No entiendo por qué dice eso. Yo sí que tengo amigos.

¿Usted tiene amigas de verdad?

Y no digo las que le acompañan a un baile

o a tomar una horchata.

No, me refiero a las que escuchan

sus problemas más íntimos

sin hacer juicio moral ni poner mala cara.

Tenía una así.

Pero la perdí.

Me da mucha pena oír eso.

Porque tener un amigo así es un tesoro.

Ahora me doy cuenta.

Y si no fíjese en el ejemplo de su padre.

Si tuviera un amigo de verdad

no tendría que estar ingresado en un hospital,

ni mendigando la ayuda de la familia.

Es que la ayuda de la familia no se mendiga,

se pide y se obtiene.

Claro, eso pasa en una familia normal,

no en una como la mía.

No se rinda, ni con su amiga ni con su familia.

Y no lo digo sólo por usted. Lo digo por Ricardo,

porque aunque él no lo reconozca

necesita a su familia más que nunca.

Bueno, es que cuando me lo dijeron no me lo podía creer.

¿Pero cómo les ha dado por venderle la fábrica a Rodolfo Loygorri?

Le aseguro que no ha sido una decisión fácil de tomar.

Con lo que le ha costado sacar adelante esa fábrica.

Era el negocio de su padre.

Sí, le tengo mucho cariño a esa fábrica.

Pero bueno, a veces hay que ser práctica

y no dejarse llevar por los sentimientos.

Sobre todo cuando estos no te hacen bien.

La fábrica me estaba separando de mi marido.

Así que lo mejor ha sido cortar por lo sano.

Espero que mi padre me perdone.

Yo sólo espero que don Rodolfo no hunda el negocio,

porque entonces su padre

sí que se revolverá en su tumba el pobre.

No diga eso, doña Antonia,

que don Rodolfo es un hombre de negocios.

Lo sabrá hacer bien. -Eso mismo pienso yo.

Me consuela saber que he dejado la fábrica en buenas manos.

¿Y qué van a hacer ahora con su vida?

Vamos a vivir al campo. Hemos comprado unos viñedos,

que era el sueño de Salvador y también el mío.

¿Se van a vivir al campo con las niñas?

Sí, así es. Seguro que allí están mejor que en la ciudad.

Diga usted que sí, como el campo no hay ningún sitio.

Pues estoy de acuerdo contigo.

Ya me hubiera gustado a mí criar a mi Gabriel en el campo.

Bueno, en el campo el niño no se le habría hecho rico.

Para lo que le ha servido...

Al menos allí no tendría tantas tentaciones como aquí,

que se me está descarriando.

¿Por qué dice eso, Antonia?

Pues porque desde que Úrsula se fue está pasando por un mal momento.

Malo es poco.

Peor lo pasó con Francisca, y ya ve.

No, no, no, no. Hágame caso, esto es mucho peor.

Bebe muchísimo, no duerme,

sale de juerga noche sí, noche también.

Se me está perdiendo

y yo no puedo hacer nada por evitarlo.

Bueno, no se preocupe. Seguro que pronto se pone bien.

No sé yo.

Bueno, si me disculpan...

Sí.

No sabía que Gabriel estaba tan mal.

Si yo le contara...

Pobre Antonia.

Bueno.

Si me disculpa, doña Diana...

Ay, se me olvidaba pagar, lo siento.

No, no, no es por eso. No, no, no.

Es que me gustaría pedirle un favor enorme.

¿Tan mal me ha salido el guiso que ni siquiera lo has probado?

Es que estoy "desganá".

Pues lo he hecho siguiendo tu receta paso a paso.

Y bien de pimentón, como a ti te gusta.

Luego lo pruebo, Merceditas, que ahora no me apetece.

Pues tú te lo pierdes.

Elpidia, Merceditas,

¿puedo hablar con vosotras un momento?

Sí, señorita, ahora mismo le sirvo la comida.

No, no, no se trata de eso.

Es que me gustaría saber si vosotras leéis los folletines

que publican en los periódicos.

Pues yo de vez en cuando.

Pero Elpidia no, porque no sabe leer.

No me pierdo uno. -Pero si no sabes leer.

Que sí, que me enseñó la señorita.

Y me alegra ver que le das buen uso a mis clases.

Ah, mira. -¿Y qué es lo que te gusta

de los folletines?

Pues que son historias de amor.

Pero si no se hacen más que perrerías.

Pues como en la vida. Qué te voy a contar.

Oye, que lo nuestro tampoco fue para tanto, ¿eh?

Y además, ¿dónde has visto tú una historia de amor

tan enrevesada como en los folletines?

Merceditas, por favor, deja hablar a Elpidia.

¿Y por qué te gustan los folletines?

Pues no sé, porque entiendo las historias.

Porque no me siento tonta al leerlas.

Porque los buenos son buenos y los malos son malos.

Pero la gente a veces es buena y mala a la vez.

No, en los folletines no. Por muy mal que se pongan las cosas

la chica siempre acaba con el chico que le gusta.

¿Y no te gustaría más que hubiera algún giro en la historia?

Algo tan previsible podría aburrir.

No, aburrirme no. Para eso está el día a día.

Quiero que en los folletines las cosas salgan bien.

Pero salen bien al final.

Porque el medio mira tú que no hay desgracias y contratiempos.

Claro, porque si no se acabaría en 3 entregas. Y tiene que durar.

Por eso hay muchos líos de por medio.

¿Y qué clase de líos te gustan?

Pues eso, traiciones, secretos...

Los envenenamientos me encantan.

Y las herencias.

O sea, que ella sea pobre y él rico. O al revés.

¿Y qué pasaría si...

si el amor no triunfa y el folletín acaba mal?

No, eso no puede ser.

¿Por qué?

Porque los folletines tienen que acabar bien.

Porque el amor siempre está por encima de todo.

El amor está por encima de todo...

¿Pero tú te estás escuchando, Elpidia?

Merceditas, por favor, no te burles.

Es su opinión. -Pues sí.

Yo creo que el amor es lo más importante.

De verdad, lo creo.

¡Aunque yo no lo tenga!

¿Pero no te vas a poner a llorar ahora o qué?

Mira lo que has hecho.

Yo tampoco he dicho nada. Está muy sensible.

La has estado pinchando todo el rato.

Bueno, es una excusa para no recoger la mesa, se lo digo yo.

Y como mi tío siempre tuvo viñas pues yo desde pequeñito

aprendí a cuidar las uvas, las cepas, todo.

No sabía que tenías esas habilidades.

Sí, y varias más, varias más.

Bueno, ¿y qué tiene que ver esto con el favor que querías pedirme?

Pues que...

que me gustaría que me llevasen con ustedes al campo.

¿Y eso? ¿No estás bien aquí en Madrid?

Ya sabe lo que me ha pasado con Merceditas y con Elpidia.

Ah. -Y me vendría bien

un cambio de aires. Entonces cuando le he oído a usted

hablar del campo pues pensé dejar Madrid.

Pero eso sería un cambio de vida radical.

Menos del que van a hacer ustedes.

Y yo la vida del campo la conozco.

Y permítame que le diga, es muy dura.

Van a necesitar alguien como yo.

Salvador ha estado estudiando todo sobre el mundo del vino.

Pero es que no es sólo el mundo del vino.

Yo sé levantar una cerca, sé arreglar un tejado,

sé cuidar el ganado: vacas, ovejas, gallinas...

No creo que tengamos ganado.

Lo van a necesitar, allí no hay mercado como aquí.

Y van a necesitar también el abono.

Y otra cosa, la gente del pueblo mira muy mal a la gente de ciudad.

Entonces si me ven a mí que soy pues rústico como ellos, ¿no?

Pues a ustedes les van a respetar más.

Bueno, ¿qué va a pensar Antonia si te vas?

Eres su único empleado.

Sí, pero doña Antonia está deseando perderme de vista.

Y me sustituirá en un santiamén.

¿No ve que está llegando mucha gente de los pueblos

a Madrid a sacarse los garbanzos?

Sí, y nosotros estamos haciendo justo lo contrario.

Y lo están haciendo muy bien. -Sí.

Sólo que van a necesitar a alguien como yo,

un trabajador dispuesto a cualquier mandado,

a todo lo que haga falta.

Pues me has convencido.

No se me ocurre mejor capataz.

Muchas gracias, doña Diana.

Con su permiso brindamos para celebrarlo.

Muy bien.

Gracias.

Invita la casa.

Por el campo y por el vino.

Y por el futuro.

Amalia.

Amalia.

Rodolfo.

Ay, ¿qué hora es?

Tarde.

Me he quedado dormida.

Pues ve despertando que te voy a llevar

al mejor restaurante de la ciudad.

Tenemos algo que celebrar.

Espero que sea algo bueno

para compensar el plantón que me has dado.

Lo es, van a demoler el hipódromo por las obras del ensanche.

¿Y eso es una buena noticia? A mí me gusta el hipódromo.

Y te seguirá gustando cuando lo monten en otro sitio.

¿Dónde?

Aquí mismo.

¿Cómo que aquí mismo? ¿En la fábrica?

Ajá. En los terrenos que ahora mismo ocupa Tejidos Silva.

Es la ubicación favorita del ayuntamiento.

-¿Pero y la fábrica? -Tendrán que tirarla abajo.

Pero, para ello, antes me la tienen que comprar a mí.

Y están dispuestos a pagar un precio desorbitado.

-¿Vas a vender la fábrica? -Y los terrenos.

Amalia, sobra decir que esto es un secreto.

-¿No se lo puedo decir a nadie? -A nadie.

Si la gente se entera, se inflarán los precios

de los otros terrenos y la operación se iría al traste.

Yo no sabía nada cuando le compré a Diana la fábrica.

¿pero y si vendes la fábrica qué vamos a hacer nosotros?

¿No trabajar en la vida y vivir de las rentas?

(RÍE) Y pasarías más tiempo en casa

y ya no estaría sola y aburrida. -Eso es.

Me encanta esta noticia.

(Risa)

¿Qué tal tu día? Bien.

Cansado, pero bien. ¿Y a ti qué tal te ha ido?

Pues ya he encontrado iglesia y también ya tengo vestido de novia.

Me lo hará Cata, y en tres días, además.

¿En tres días? La pobre ya puede trabajar mucho

para llegar a tiempo. Está entusiasmada.

Dice que es una gran oportunidad.

Y yo estoy segura de que lo hará muy bien.

Vas a ser la novia más guapa que jamás haya visto.

(RÍE) Tú, que me ves con muy buenos ojos.

Pero mi día no ha sido perfecto. Esta mañana discutí con Elisa.

¿Ah, sí? Y, en parte, por tu culpa.

¿Por mi culpa? Tú le dijiste que su padre

estaría mejor atendido en nuestra casa que en el hospital.

Bueno, no dije aquí, Blanca.

Dije en su casa, rodeado de su familia, es cierto.

Ahora está dispuesta a traerlo a casa

y no voy a consentirlo, ya sabes el daño que nos hizo ese hombre.

Me parece raro que tu tío quiera venir aquí.

Pues me alegra mucho que lo veas así,

mis hermanas no opinan lo mismo. Me parece raro que quiera venir,

pero también que te niegues. Ah, ¿cómo?

¿Quieres que te recuerde el daño que hizo a nuestra familia

y también a los Loygorri? No hace falta.

Sé que tienes motivos de sobra para odiarle,

pero me sorprende, porque esa falta de compasión

no encaja con tu carácter. Perdona, no es falta de compasión,

es ser justa y coherente. Blanca, está muy enfermo.

Sabe que le queda poco de vida.

Además, ya no es la persona arrogante y maquiavélica

que todos conocimos. Ah, no, claro.

Ahora es un viejecito que está deseando abrazar a sus sobrinas.

Pobre de mí, que no tengo la sensibilidad

como para darme cuenta. Entiendo tu hostilidad,

pero deberías reconsiderar tu postura.

¿Qué? Necesita cuidados.

Esta casa es grande y confortable,

tenéis servicio de sobra para ocuparos de él.

Mi tío tiene el dinero suficiente como para contratar a 40 cuidadoras

si le da la gana. Tu tío tiene dinero, sí,

pero no puede comprar vuestro afecto.

El mío desde luego que no. ¿Y no puede lograr algo tan simple

como su compasión? ¿Y qué quieres que hagamos?

¿Que le recibamos con los brazos abiertos?

Sería de buenas personas, le daríais una lección.

Claro. Yo no soy una buena persona entonces.

Blanca, eres la mejor persona que conozco,

por eso creo que te equivocas.

Es que no doy crédito a lo que estoy oyendo.

Creo que deberías parar y escuchar.

Escucharte a ti, a tu corazón, no a tu cabeza llena

de recuerdos negativos y prejuicios.

Lo siento mucho, yo soy así.

Y, piénsatelo bien, porque vas a casarte

con una persona rencorosa y llena de prejuicios.

Escúchame, te quiero hagas lo que hagas.

Pero lo digo antes de que sea demasiado tarde,

de que pase el tiempo y te arrepientas

cuando ya no tenga solución.

Sofía, no estaba segura de si vendrías.

¿Qué quieres?

-Bueno, sentémonos y hablemos. -No, no quiero sentarme.

He venido porque mis padres se han puesto muy pesados.

Tus padres siempre han sido muy amables conmigo.

Dale las gracias por su mediación.

Elisa, ve al grano, tengo muchas cosas que hacer.

Yo quería pedirte que retomáramos nuestra amistad,

que volviéramos a ser amigas. Nada más que eso

Nada menos que eso, diría yo.

Sofía, creo que hay que luchar por la amistad.

Es una de las cosas más preciadas de la vida, estoy segura.

Eso lo dices ahora porque te has quedado sola.

Me has perdido a mí, has perdido a Ciro y,

siento la crudeza, pero...

puede que también pierdas a tu padre.

Es cierto, me he quedado sola.

Igual también es cierto que por eso me he dado cuenta

de... de que he dejado atrás las cosas más importantes para mí.

Entre ellas estás tú.

-¿Qué estás tramando? -No estoy tramando nada.

Solo quiero que retomemos nuestra amistad, Sofía.

¿Tú crees que la amistad es algo que se deja y se retoma a capricho

No, pero creo que todavía estamos a tiempo de recuperarla.

No veo cómo, sinceramente. Siempre me has utilizado.

Nunca me has tratado con respeto ni consideración.

Me has mentido, traicionado, intentado quitarme a mi marido.

Si quisiera, te podría hacer unos cuantos reproches,

pero no nos llevaría a ningún lado.

Solo quiero pedirte perdón por todo el daño que te he hecho.

Lo siento, pero no es posible.

Son demasiadas las ofensas que he tenido que aguantar.

Es cierto, pero también es cierto que siempre he sido tu mejor amiga.

Sofía, y puedo cambiar, voy a cambiar.

-No vas a cambiar, no te engañes. -Al menos, déjame intentarlo.

Inténtalo con quien quieras, pero no conmigo.

Yo no quiero ser tu amiga.

Adiós, Elisa.

(SUSPIRA)

¿Ya estás de vuelta?

¿Cómo te ha ido en tu paseíto triunfal por comisaría?

He venido a despedirme, soy libre.

Así que al final has conseguido que te suelten.

Me van a reducir la pena, llegué a un acuerdo con la Policía.

Es bueno para ellos y bueno para mí.

-Y malo para mí, claro. -Para ti también es bueno.

El mejor sitio para ti es un sanatorio.

Saldré de allí como ya hice antes, entonces me las pagarás.

Afortunadamente, esta vez, si te dan el alta, volverás aquí

Parece que Velasco lo quiere dejar todo bien atado.

¿De verdad crees que te vas a poder librar de mí fácilmente?

Demostraré que tú estás tan implicado en esto como yo.

-Tú me arrastraste a ello. -Te dejaste arrastrar encantado.

-No, Marina, no. Yo era un buen hombre.

Era un pianista que se enamoró de una mujer que no le correspondía.

Una desgracia que podía pasarle a cualquiera,

a mí me supuso un dolor desmedido.

Te aprovechaste de mi dolor para convertirme en un demonio.

Vaya, yo tengo la culpa de todo.

He llevado a la perdición a un ser puro y angelical como tú.

Me dan ganas de escupirte a la cara.

Estoy harto de amenazas, he cambiado, Marina.

Yo no quiero venganza, no quiero buscar la redención

a través del dolor ajeno, no. Ni siquiera del tuyo.

Así que el Señor ha aparecido para mostrarte el buen camino.

Ah...

Simplemente, me he librado de tu influencia.

Y, si Velasco cumple con su parte, jamás volverás a ser libre.

Eso es lo que tú te has creído.

Volveremos a encontrarnos, Luis, te lo aseguro.

Te arrepentirás de esto.

Tú y yo solo nos encontraremos una sola vez más,

en las puertas del infierno.

Nunca vas a escapar de mí, Luis, eres un estúpido.

Me llevas dentro de tu cabeza y no me podrás sacar jamás,

aunque no me veas. Me llevas dentro de ti.

Escucharás mi voz por las noches.

No, ya no.

Adiós, Marina.

¡No te librarás de mí! ¿Me oyes?

¡Me llevas pegada a tu piel, a tus pensamientos!

¡Para siempre! Ah...

¿Elpidia? Ven inmediatamente.

Sí, señora.

Prueba este guiso, hazme el favor.

¿Qué te parece?

Pues no sé, es que no tengo gusto, se me ha ido.

¿Cómo no vas a tener gusto?

Todo el mundo lo tiene, qué tonterías dices.

Está un poco... ¿soso? -¿Soso

Está dulce. Le has echado azúcar en lugar de sal.

Y tiene vino de más. ¡Has estropeado el guiso de mañana!

Sí, ahora que lo dice, sabe un poco raro.

Raro... tú no puedes seguir así,

peleando continuamente con Merceditas.

Andando como un fantasma por la casa.

¿Pero se puede saber qué te ocurre?

No lo sé, señora, lo siento.

No, no me basta con que digas "lo siento".

Quiero que me digas que vas a cambiar de actitud,

que te centrarás en el trabajo y que vas a ser de ayuda

en la cocina, en lugar de ser un trasto más, ¿me oyes?

¡Elpidia, por favor, estoy hablando contigo!

Mírame a los ojos. ¡Elpidia!

Pero, bueno, ¿te vas a poner a llorar?

Ni que fuera la primera vez que te grito un poco.

¿Pero qué tienes, mujer?

Es que me pasa una cosa muy grave, no se la quiero contar, señora.

Ah, no, no, no, de eso nada. Me la vas a contar ahora mismo,

porque así no podemos seguir. (LLORA) ¡No puedo, no puedo!

Elpidia.

Hoy le conté a Antonia que nos vamos a vivir al campo.

No sabes cómo se ha emocionado.

Espero que le dijeras que la vendremos a ver a veces.

Se ha emocionado por su hijo,

Gabriel lo pasa muy mal por lo de Úrsula.

Esa mujer ha demostrado ser devastadora para todos.

No será el primero ni el último que sufre pena de amor.

Pero estas cosas pasan. -Raimundo también estaba

y a él le ha encantado la idea. -Normal, él es de campo.

Incluso se ha ofrecido a venir con nosotros.

-Espero que le hayas dicho que no. -Le dije que sí.

¿Cómo que le has dicho que sí? ¿Cómo se te ocurre hacer eso?

Bueno, necesitamos un capataz y Raimundo es perfecto.

Él tiene experiencia, conoce bien el campo,

es de confianza. -Merceditas me propuso

venirse con nosotros para llevar el servicio de la casa.

Y yo le he dicho que sí.

¿Me cómo no me lo dijiste antes?

Se me ha olvidado con todo el lío de la mudanza.

Ah, pues no podemos llevarnos a los dos,

son como el perro y el gato.

Si quería ir al campo era para tener un poco de paz,

con ellos es imposible. -¿Y ahora qué hacemos?

Está claro que... que no se lo podemos negar a Merceditas.

Pero nos viene mejor Raimundo, porque él sabe tratar

con la gente del pueblo, sabe arreglar las cosas de casa,

poner vallas, e incluso sabe llevar el ganado.

Quizá tengas razón, pero no puedo decirle que no a Merceditas,

se lo he prometido. -Y yo también a Raimundo.

El compromiso que tenemos que Merceditas es mayor.

Aunque solo sea por el lado sentimental,

lleva mucho tiempo viviendo con vosotras.

Sí, pero nos vamos a vivir al campo

y, para eso, es mejor Raimundo si somos prácticos.

Cariño, solo podemos llevarnos a uno.

Pues ya me dirás qué hacemos.

¿Somos sentimentales o somos prácticos?

Somos... las dos cosas, la mezcla perfecta,

por eso nos queremos tanto.

Oh, sí, una frase muy bonita que no soluciona nada.

¿Qué hacemos, Salvador? -¿Qué hacemos?

En estos casos, solo se puede decidir de una manera.

-¿Al azar? -Sí. ¿Se te ocurre algo mejor?

-Lanza. -Bien.

Cara, Merceditas. -Cruz, Raimundo.

Bien.

¡Chis!

Creo que estoy embarazada.

¿Cómo que crees? ¿O lo estás o no lo estás?

No sé, llevo un mes de retraso, tengo náuseas y no paro de llorar.

¿Usted qué cree?

Pues creo que ahora mismo lo que más me preocupa

es saber quién es el padre. -¿Pues quién va a ser, señora?

Raimundo, no puede ser otro hombre.

¡Pero por Dios! ¿Cómo no tomaste precauciones?

-¿Qué? -Precauciones:

vigilar el calendario, hacer las cosas con cuidado

y, sobre todo, la abstinencia, ¡es la que deberías haber tomado!

No me regañe, señora, que lo estoy pasando muy mal.

El que juega con fuego, se quema, ¿no te enseñaron eso?

¿Qué voy a hacer yo ahora, soltera y con un niño para siempre?

-¿Y Raimundo lo sabe ya? -No, ni quiero que lo sepa.

¿Para qué? -¿Cómo que para qué?

Él es el padre, este niño es tan tuyo como de él.

Es un problema que tenéis los dos y debéis solucionarlo.

Él ya tiene una familia, señora,

Yo voy a tener que cargar con esto toda mi vida.

Ah...

Ven aquí, mi niña.

No te voy a dejar sola, ¿me oyes? Te ayudaré en lo que pueda.

-¿Sí? ¿De verdad me va a ayudar? -Claro que sí.

Tengo experiencia en esto que te ocurre.

Por desgracia, tengo experiencia.

Sé que tendría que haber sido más compasiva con lo de tu padre.

No necesito tu compasión, Blanca.

Elisa, por favor, sé que me he equivocado,

no me lo pongas más difícil. Difícil me lo pones tú a mí.

¿O crees que va a ser fácil cuidar a mi padre aquí sin servicio?

Tu padre tiene mucho dinero, puede contratar servicio si quiere.

Quien tiene que cuidarle soy yo, que soy su hija,

y la única de la familia que le quiere.

Ayer escuché una conversación entre Rodolfo y su mujer.

-Doña Amalia. -Y, por lo que se decían, deduje

que Rodolfo ha mentido a doña Diana.

-¿Y en qué le ha mentido? -Pues en todo.

Que no quieren continuar con la fábrica,

se va a deshacer de ella, venderá en solar donde estamos.

-¿Y ya tienen un comprador? -Sí. Por lo visto, van a tirar

el hipódromo de La Castellana y quieren construir el nuevo aquí.

Tienes que contárselo, pondrá el grito en el cielo

cuando se entere de esos planes.

-Hay algo que deberías saber. -Ah, no se preocupe, señora,

yo me amoldo a cualquier cosa.

Merceditas, Raimundo también quiere venir con nosotros.

¿Qué? Oh... ¡Pero será sinvergüenza!

Blanca, esto es para los dos. Es para los dos.

¿Pero para los dos? ¿Qué es?

Unos billetes para París.

Ah, claro, París. Sí, muchos matrimonios

van allí a hacer su viaje de novios.

Nosotros iremos para quedarnos.

Blanca, ¿qué ocurre? ¿No te ilusiona lo que nos espera?

Claro que sí. No, te conozco.

Te estás arrepintiendo.

Me da mucha vergüenza leerlo cómo está ahora,

me da pone enferma. ¿Pero qué haces?

¿Quieres que me enfade? -Ya que empecé a leerlo,

quiero saber cómo acaba. -¡Si no vale nada!

He leído folletines mucho peores.

Yo había escrito una novela romántica, sutil, contenida.

Hombre, romántica es, ahora, sutil y contenida...

Han hecho un pastiche de tópicos y de grandes estallidos amorosos.

Es ridículo. -He tocado fondo.

He visto el ser horrible en el que me había convertido.

Por eso me entregué a la Policía.

Me dejé manipular por Marina y ella sacó lo peor de mí.

Por eso te quiero pedir disculpas

de la parte de la que soy responsable.

Pensaba que eras un hombre de palabra.

Mira, no sé qué insinúas, pero te recuerdo que este

ya no es tu despacho, así que vigila tus modales.

¿Vender los terrenos para que destruyan la fábrica?

-Merceditas, ¿qué haces? -Eh...

Perdón.

Ya lo leerás cuando sea una obra terminada.

Esta mañana en el mercado no se hablaba de otra cosa.

-¿Cómo? -Que todo el mundo comentaba

el folletín del periódico.

Pero decían que era de una tal Cruz Galván, no de usted.

Habrá sido un error del periódico.

Merceditas, no le habrás dicho a nadie... que soy yo.

Espero que estas flores sirvan para tender puentes entre tú y yo.

Y así poder recuperar la amistad que nunca debió marchitarse.

Me he puesto un poco sentimental, pero es la verdad.

Ha llegado un mensaje del juez, ha decretado su ingreso

en el sanatorio en el que ya estuvo recluida.

-Eso no puede ser. -Aquel del que salió con artimañas.

Esta vez no le servirán de nada.

Ya les he advertido de su grave recaída

y de que no veo remisión alguna, ellos están de acuerdo.

Mañana mismo será enviada allí.

-¿Qué vas a hacer? -Deshacerme de esto

antes de que crezca y todos se den cuenta.

Es muy complicado, prima, pero tendrás que apechugar

con las consecuencias de tus actos. -Que no.

Que no puedo ser madre soltera, ¿quién se querrá casar conmigo?

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  • Capítulo 460

Seis Hermanas - Capítulo 460

10 mar 2017

Velasco ofrece un trato a Don Luis. Elisa quiere llevar a su padre a casa. Celia pide consejo a las criadas para escribir un folletín. Diana y Salvador tienen un problema con Raimundo y Merceditas. Gabriel sigue dado al alcohol y autodestrucción. Rodolfo tiene planes inesperados para la fábrica.

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  1. Claudia Urrutia.

    Hola. Soy de Guatemala. Y me gusta la novela seis hermanas. Sigala trasmitiendo por favor me encsnta.

    15 mar 2017
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