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No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 447 - ver ahora
Transcripción completa

¿Has visto esto? O acaba de suceder un milagro

o llevamos tiempo siendo víctimas de un embuste.

¿Me has estado engañando?

Conseguí su indulto.

Cariño, ¿has oído? Muchísimas gracias, Tristán.

Quién de verdad le salvó la vida es el hijo que espera.

De no estar embarazada no habría conseguido el indulto.

Cuando me dijisteis que podía pasar unos días aquí,

una de las razones por las que acepté fue por ti,

Elisa, porque pensé que te gustaría criar a mi hijo conmigo.

Está mintiendo, Ciro, ¿no lo ves?

Cállate ya, que bastante sufrimiento has provocado.

Si hay algo claro, es que en un enfrentamiento

con él, llevo las de perder.

La única forma que se me ocurrió de evitar eso

fue que lo metieran en la cárcel.

No puede estar a menos de 200 metros de Benito Serrano.

¿Se puede saber quién ha hecho eso,

quién ha tenido una idea tan ridícula?

Diana.

Te doy la opción de elegir, Cata,

la cárcel o yo.

Hoy mismo se lo cuento a Merceditas, sin falta.

Qué me tienes que contar.

Vaya.

Preguntaste si me incomodaba

que Blanca tuviera una nueva pareja,

yo te dije que no, mentí.

Cristóbal, lucha por ella,

si no, te vas a arrepentir toda tu vida.

Llega justo a tiempo para celebrarlo, mire,

ya soy católico.

Enhorabuena. Gracias.

Yo hago lo que usted me pida, pero, entienda que es por su bien,

necesite que se aseguren...

Cata, nadie, debe saber que he perdido al niño,

si eso ocurriera, Dios no lo quiera,

el juez no me concedería el indulto

y me ejecutarían.

Júrame que no vas a decir nada.

Está bien, se lo juro.

¿Pero, qué es todo esto?, no me diga que se puso a cocinar.

Hijo, es una tortillita de nada.

Madre, tiene que hacer reposo,

¿cómo se le ocurre trastear en la cocina?

Ay, no es trastear, es que no sé estar

todo el día sin hacer nada, me voy a volver loca.

Bueno, no exagere, ande, siéntese.

Haga el favor.

Siento que te esté causando tantas molestias

en lugar de que estés pendiente de Úrsula.

Madre, Úrsula no está convaleciente, usted sí.

Bueno, esta noche se levantó mucho al baño, ¿está bien?

Habrá sido una indisposición, es normal en un embarazo.

No, normal no es, yo no tuve ninguna indisposición

y el embarazo es algo muy delicado,

deberías preocuparte más por ella que por mí.

Usted lo que quiere es que la deje a sus anchas, la conozco.

¿Estabais hablando de mí?

Estamos hablando de la noche toledana

que has pasado, ¿estás bien?

Está visto que en esta casa todo se sabe.

Hija, siento que tengáis que cargar conmigo.

Calma, por favor.

Madre, estamos encantados de tenerla aquí, en casa.

¿Tú, te encuentras mejor?

Sí, Gabriel, no os preocupéis.

Le sentaría mal algo de la cena.

¿Qué cena?, si no cenó nada. No lo sé, pero, ya estoy mejor.

¿Estás segura de que no necesitas que te vea el médico?

Gabriel, me quedan meses de embarazo,

si cada vez que me encuentre un poco mal llamamos al médico,

podemos montar una clínica.

Tú verás, pero, no pasaría nada porque te viera Cristóbal.

Antonia, estoy, perfectamente,

y para demostrarlo iré a la tienda.

Ah, no, eso sí que no, cariño,

tú, te quedas descansando, por favor.

Haz caso a Gabriel, que tiene razón, anda.

Cariño, hazlo por mí.

Me voy a quedar en casa solo por no escucharos.

Está bien, gracias.

Yo me tengo que ir, tengo una reunión,

pero, me quedo más tranquilo

sabiendo que estaréis aquí las dos juntas.

Claro que sí, nos cuidaremos la una a la otra, ¿eh?

Eso es, eso es.

Hija, ¿de verdad que te encuentras bien?

Antonia, por favor, déjeme en paz.

Mira, te voy a preparar una tisana y no acepto un "no" por respuesta.

Hace muy buen día, podríamos ir

a desayunar antes de que vayas a la tienda.

No tengo mucho tiempo, mejor será otro día.

¿Estás cansada?

No he dormido muy bien.

Pensé que te haría algo más de ilusión que viniera a buscarte.

Y me ha gustado mucho, pero, no hace falta

que te molestes, de verdad.

No, solo que como no podemos vernos en tu residencia y no te gusta

que te moleste en la tienda, pues, este es el único momento

del día que tenemos para vernos.

Celia, hay muchos días, ya tendremos tiempo.

Sólo pensé que te haría un poco de ilusión, eso es todo.

No me lo tengas en cuenta, por favor, es que ayer

fue un día muy complicado.

¿Haciendo inventario?

Pues, está claro que necesitas una buena noticia.

¿Te apetece una? Claro.

Ayer, mi hermana Blanca veía revistas de moda

para encontrar algún vestido para su fiesta

de compromiso con Tristán,

no le gustó ningún diseño así que le enseñé

el boceto que me regalaste.

¿Y le gustó? Le gustó muchísimo.

Es solo que es un poco inapropiado para una fiesta de compromiso.

¿Y si no le gusta mi diseño, cuál es la buena noticia?

Que tú tienes muchos más bocetos

y seguro que alguno es adecuado para ella.

No sé, Celia, quizá, a tu hermana no le agradó tanto

y te dijo que sí por educación.

Está bien, pues, lo comprobaremos esta tarde.

¿Esta tarde, por qué? Porque quedamos con Blanca

en el club social para ver tus bocetos.

¿De verdad? Sí.

¿Es una buena noticia o no lo es?

Si al final me pide uno, sí.

Claro que lo hará, ya lo verás.

Blanca es muy elegante,

tendría que buscar un diseño a la altura,

muy sencillo, sin adornos que llamen la atención.

Pues, esta tarde te recojo y vamos a ver a Blanca, ¿te parece?

De acuerdo, llevaré mis bocetos.

De aquí a poco, tus diseños serán

la comidilla de Madrid, ya verás.

¿Qué tal, Benito, están ricas las pastas, no?

Sí, sí, ¿tan difícil era?

¿El qué? Fingir una sordera.

¿Es algo tan difícil como para que te descubran a la primera?

¿Me deja comer tranquilo? No, no volverás a comer aquí,

hasta que no cumplas con las órdenes que te dan.

¿Y qué hará, pegarme otra vez?

Tenía que haberte dejado sordo.

Pues, venga, pégueme, aquí estoy.

Al final te comerás las pastas, pero, con el plato.

Suéltale, Luis.

Por el amor de Dios, es un niño.

Solo le aleccionaba, ¿verdad que sí, Benito, eh?

El plan salió mal, pero, no fue mi culpa.

¿No, y de quién fue? Suya, el plan era malísimo.

Pides a gritos otra paliza. Venga.

Ya está bien, ya está bien, Luis.

Tenemos que dejar de lamentarnos

de una vez y pensar en otras formas de perjudicar a Salvador.

Pues, les dejo con sus planes y me largo.

¿Dónde te crees que vas?, esto no es una pensión.

Tampoco una cárcel, que yo sepa, así que me voy si quiero.

Anoche no te oí llegar, ¿dónde estuviste?

No tengo que darle explicaciones,

estoy en edad de divertirme, ¿no?, pues, ya está.

Responde con educación cuando se te pregunta.

Caballeros, si me disculpan, gustaría de ir a dar un garbeo.

Nunca vi a nadie más insolente en mi vida, ni desagradecido,

con cama y mantel y mira cómo nos trata.

Déjale que disfrute, no le queda mucho.

Sí, sí, tú siempre... ¿qué, cómo que no le queda mucho?,

dime, por favor, que se irá pronto de esta casa.

Sí.

Aunque no de la forma que tú crees.

Explícate.

Diana Silva nos hizo un favor al pedir una orden de alejamiento,

ahora, la justicia sabe que Salvador quiere hacer daño

a Benito. Sí, ya lo dijiste, ¿y?

Pues, si le pasara una desgracia a Benito, todos sospecharían

de Salvador, y al decir desgracia, me refiero a algo irreparable.

Me parece una idea muy arriesgada,

Marina, no quiero volver a la cárcel.

Ni yo, por eso planearemos todo muy bien sin cometer errores.

No lo sé, Marina, no lo sé. ¿Se pueden saber por qué

esas dudas?, no es la primera vez que te manchas las manos.

Ya lo sé, no hace falta que me lo recuerdes,

pero, esto es muy arriesgado.

No, es perfecto.

Piénsalo, nos hemos quedado cortos con esa paliza,

Salvador sigue libre y las Silva tan felices

sin pagar por todo lo que nos hicieron.

A ver, Marina, Benito es muy joven, es un inútil, cierto,

es insoportable, me dan ganas de estamparlo contra la pared,

pero, ¿no te da pena matarlo?

No sufrirá, míralo desde ese punto de vista.

No llegué a tiempo, corrí como un loco, pero,

Tristán ya se había convertido.

Pero, qué me dices. No sabes lo peor,

acabé brindando por ellos por su futura felicidad.

Pero, ¿no hablaste con Blanca? ¿Cómo iba a hacerlo?

La coges, la llevas a una parte y le dices lo que sientes por ella.

No podía hacerlo, estaban los dos allí.

Además, pensándolo bien, Tristán renunció a algo

muy valioso por ella, se merece ser feliz.

Tú, también, te mereces ser feliz. No lo sé, no lo sé.

Puede que mi momento haya pasado.

Oye, Cristóbal, los Loygorri no nos rendimos, ¿estamos?

Aún estás a tiempo, no se celebró la fiesta de compromiso.

Lo intenté, pero, tarde y mal en todos los sentidos.

No sé, a lo mejor llegó la hora de retirarse.

¿De retirar...?

Cristóbal, que las guerras son largas.

Mira lo que pasa en Europa, los aliados pensaron

que ganarían desde la primera batalla

y vieron que no iba a ser así

y, ahora, son pacientes y terminarán ganando, ya lo verás.

Nosotros llevamos unas cuantas perdidas, te recuerdo.

Mira, ya no sé cómo decirte que luches por Blanca

hasta el final, hasta el día de la boda, si es necesario.

No tengo ese empuje, estoy agotado.

Lo mejor sería dejar que Blanca

siga su vida y yo seguir con mi camino.

Claro, como eres tan feliz con tu vida de ahora.

Tampoco hace falta que metas el dedo en la llaga.

Me tengo que ir, quedé con los de la Casa de Alba

para un tema de contrato.

Tú, quédate el tiempo que quieras.

¿No te importa? ¿Qué me va a importar?

Con una condición, eso sí, que te quedes pensando

en una estrategia para ganar esta guerra

como si fueras un general en la batalla.

Podría escribirle una nota.

Aunque no descarto que me salga un escrito de rendición.

Mira, no quiero volver a repetírtelo,

los Loygorri no nos rendimos, ¿estamos?

¿Estamos? Estamos.

Veré lo que puedo hacer.

(PIENSA) "Mira, Blanca, voy a escribirte en esta carta

lo que ayer no me atreví a decirte en tu casa".

Pareces muy emocionada, ¿qué estás leyendo?

Pues, una carta preciosa.

¿De amor?

Sí.

¿Y se puede saber quién es el incauto

a quien enamoraste de ese modo? ¿Y tú qué crees?

Muchas gracias por esta carta, Tristán.

Me has emocionado, de verdad. ¿De verdad te gusta?

Me encanta que seas tan romántico.

Bueno, en ese caso, te escribiré

una carta como esa cada día de mi vida.

No hagas esas promesas.

¿Por qué no?

¿No quieres más cartas?

Claro que sí, pero, me da miedo que llegue

el día en el que ya no reciba más cartas porque eso pasará

y eso significará que ya no me amas.

No.

Yo te amaré siempre, Blanca, lo sé.

¿Estás seguro?, porque al recibir esta carta pensé

que te arrepentiste de todo.

Eso es imposible, no he pegado ojo,

me pasé toda la noche pensando cómo sería

mi futuro a tu lado.

Por cierto, todavía no pensamos en dónde vamos a vivir.

Sí, bueno, eso es algo

que debería haber hablado contigo antes, pero,

la verdad, es que me entristece decírtelo

pero, es la realidad,

yo no te puedo asegurar una gran casa

ni una vida llena de riquezas.

Eso me da igual, Tristán.

Pero, en tu anterior matrimonio con Rodolfo...

Rodolfo está más que olvidado,

¿tú me puedes asegurar una vida llena de amor?

¿Tú qué crees?

Que sí.

¿Y esa cara tan fea?

¿Qué haces aquí?, por favor, márchate, estoy muy ocupada.

Pero, qué ocupada, si dibujas tonterías.

No son tonterías, es mi trabajo. Si estás tan aburrida

como para dibujar, es porque tienes tiempo para que esta tarde

la pasemos juntos en tu habitación.

Esta tarde no puedo.

¿Por qué?, no hay excusas.

Esta tarde tengo una reunión muy importante y no puedo faltar.

¿Y qué es eso tan importante?

La hermana de Celia se casa y le prometí que le enseñaría

algunos diseños de su vestido.

Otra vez las Silva, ¿pretendes dejarme plantado

para irte a una reunión con ellas?

No te enfades, Benito, es una gran oportunidad

para enseñar mis bocetos.

Tus bo... Mira, lo que hago yo con tus bocetos.

¿Por qué haces esto?

Estoy harto de las Silva, de que se metan en mi vida.

Ellas no se meten, Benito.

Te prohíbo que vuelvas a ver a Celia Silva.

Está bien, está bien.

La llamo ahora y le digo que dejamos la reunión

para otro momento. No, no me has entendido bien,

te prohíbo que vuelvas a ver a Celia Silva en toda tu vida.

No me pidas eso, por favor, es mi amiga.

No lo es, es una degenerada que te lleva por camino

de la perdición, Cata.

Por favor, te lo suplico. Déjate de súplicas.

Esto es muy sencillo, o me obedeces o voy a tener

que llamar a tus padres para hablarles de la clase

de amistades que tienes en Madrid.

No.

¿Por qué eres tan cruel conmigo? -Pero si esto lo hago por ti, ¡eh!

¿Quieres humillar a tus padres?

¿Quieres llevar la vida de una mujer descarriada?

No, no, Cata, no.

No, no vamos a permitir eso.

Esta tarde voy a ir a tu habitación.

Y, si no estás, sabré lo que has elegido.

Y tendré que llamar a tus padres para hablarles

de las costumbres que tienes. ¿Está claro?

Que si está claro.

Bien.

(SUSPIRA) -Merceditas.

-Déjame, por favor. -No, no, no te dejo.

Ayer no quisiste hablarme. Me tienes que escuchar,

ya no aguanto más.

Bien. Debe ser muy importante para que no estés en el Ambigú que,

como sigas así, te echarán del trabajo.

En estos momentos, no me preocupa eso,

solo me preocupas tú. -¿Solo en estos momentos?

¡Venga, Raimundo! Di qué quieres decir,

no tengo toda la mañana.

-Ah... -¿Qué haces? Levántate del suelo.

¡Que te vas a poner el pantalón perdido!

Me arrodillo ante ti para pedirte perdón.

Me he equivocado, no volverá a pasar.

Si nos ve Rosalía, me pone de patitas en la calle.

¡A mí me importa mi trabajo! -Me da igual lo que diga.

Solo me preocupa lo que pienses tú

Será mejor que no te diga lo que pienso

Merceditas, quiero que nos reconciliemos.

Ah... ¿Quién lo diría cuando te vi con... con la fresca?

Ah... Elpidia no es más que un desliz.

¿Y sabes por qué? Porque estoy desesperado

por no tenerte cerca.

Pero si casi no viniste a vernos al pueblo

ni a mí ni a la niña. -Mi felicidad eres tú, Merceditas.

Lo mejor que me ha pasado en la vida ha sido casarme contigo

y tener a Raimundita.

¿Y por qué no viniste a vernos?

Estaba atado de pies y manos por el trabajo.

Pero ahora mi sueño es ahorrar para irnos al pueblo

los tres e instalarnos allí, sin echarnos de menos.

Y sin pasar el sufrimiento de las noches en soledad sin ti

y sin nuestra hija, lo más bonito del mundo.

-¿Y la fresca qué? -Ella no es nadie.

Ella no es nadie comprado contigo.

Ella es una brizna de hierba y tú eres...

tú eres la pradera entera.

Es que no es fácil olvidar todo el daño que me has hecho.

Dame otra oportunidad, Merceditas.

Te lo he pedido de rodillas.

Me arrodillo otra vez si hace falta.

No hace falta. Compórtate como el hombre

hecho y derecho que eres, aunque a veces no lo parezca.

Entonces qué dices, ¿me das esa oportunidad?

Seguiremos hablando esta noche en casa.

-¿Eso es un "sí"? -Es un "no lo sé".

Ahora, vete al Ambigú y déjame seguir con mis faenas.

O no sé cómo ahorraremos para volvernos al pueblo.

Hubiera preferido quedar en otro lugar.

Ya, pero necesito consejo urgentemente.

Ya.

Usted lo que quiere es retener a su marido, ¿no?

Ajá. Supongo que sí.

Yo le puedo dar mil consejos para satisfacer a un hombre.

Pero todos se resumen en uno:

complacerle.

¿Complacerle... en la cama?

No solo en la cama. Complacerle en todo.

Darle todo lo que quiere.

Cándida, es que mi marido es militar.

Él toma una decisión y no cede.

Y a mí hay decisiones que no...

que no me gustan. -Ya.

No le conozco mucho, pero tiene pinta de ser

uno de esos hombres a los que siempre le gusta llevar la razón.

Es un poco cabezota, sí.

Pues lo que tiene que hacer es fingir que está de acuerdo con él.

Interpretar el papel de esposa sumisa.

Es que a mí ese papel nunca se me ha dado bien.

Pues ya es hora de que empiece a ensayarlo.

(SUSPIRA) A ver...

Es que Sofía y Ciro cada vez congenian más.

Es que debería verles, Cándida, se pasan el día juntos.

Es que le va a robar a su marido.

Esperemos que su descaro no llegue a tanto.

¿Ve estas llaves, querida?

Pertenecen a cada una de las habitaciones de esta casa.

En esas habitaciones, los hombres buscan

lo que no encuentran en sus matrimonios.

Pero es que Ciro no hace falta ni que salga de casa,

porque ya encuentra bajo su mismo techo

lo que su esposa no le da.

-¿Y qué es? -Dedicación.

Entrega incondicional.

¿Usted le está dando todo eso a su marido?

No, pero es que no se lo quiero dar.

Pero es que no hace falta que se lo dé,

solo tiene que fingir que se lo da. Ahí está la clave.

Mis chicas son expertas en eso, en fingir.

Tiene que reaccionar porque, si no, su amiga le quitará a su marido

y, además, lo va a hacer delante de sus narices.

Eso es cierto. Cada vez es más descarada.

Y debería fingir delante de Sofía también.

¿Pretende que finja que seguimos siendo amigas?

No. Lo que pretendo es que le siga el juego.

Ahí está la clave para ser más lista que ella.

Tiene que representar el papel de...

esposa perfecta,

de amiga muy atenta.

¿Eh? -Creo que la entiendo.

Ah, gracias, Cándida. Seguiré sus consejos.

(RÍE) (SUSPIRA)

Qué difícil es hacer feliz a un hombre.

Afortunadamente, porque yo vivo de ese descontento.

(RÍEN)

-¿Quieres más? -Ajá.

(Llaman al timbre)

(Llaman al timbre)

(Se oyen pasos)

(Se oye la puerta abriéndose)

¡Benito! Pasa.

Me alegro mucho de verte.

No sé para qué me ha llamado, señora.

Bueno, ahora que hemos recuperado la relación,

me pareció una buena idea invitarte a comer.

Espero que no tengas mucha prisa. -No, no, prisa no.

Pero esta casa no me trae muy buenos recuerdos.

Siéntate, por favor.

Bueno, les traigo un aperitivo mientras terminan la comida.

Gracias, Elpidia.

Bueno, cuéntame. ¿Dónde estás viviendo ahora?

-En una pensión. -Ah.

¿Y estás haciendo algo para ganarte la vida?

Bueno, sí, pero no hace falta que se preocupe tanto por mí.

Yo soy un chico espabilado, nunca me faltara un cacho de pan

Lo sé, lo sé, pero quiero que sepas que,

si tienes algún problema, solo tienes que pedir mi ayuda.

Usted me trata bien, doña Diana. Se lo agradezco.

Yo, Benito, quería pedirte perdón por todos los inconvenientes...

(SALVADOR) ¡Elpidia, sería ridículo que no se me dejase entrar!

¿Has dado tú la orden de que no se me deje entrar?

Salvador, espera fuera, por favor.

¿Recibes a Benito pero a mí no?

-¿Ha venido a pegarme otra vez? -No.

No, pero es un buen momento para que digas la verdad.

-¿La verdad? -Salvador, por favor, ¡vete!

¡Solo quiero que este niñato confiese que no le di una paliza!

-Será mejor que me vaya. -No, tú te quedas.

Quien se va es Salvador.

No me lo puedo creer.

Doña Diana, por favor, llame a la Policía, me da miedo.

-Tranquilo. -¡Bravo!

(SALVADOR APLAUDE CON PARSIMONIA) ¡Bra-vo!

Un teatro admirable, no sabía que tenías tanto talento.

¡Salvador, por favor, márchate! ¡Insisto!

¿Recibes a Benito cuando yo tenía que visitar a las niñas?

¿Casualidad o mala intención?

Benito, espera en el comedor, por favor. Voy enseguida, ¿vale?

Ve.

¡Vete ahora mismo!

Yo de aquí... no me voy a mover.

Voy a tomar el té. Te pido, por favor,

que observes y, si cometo algún error,

no dudes en decírmelo. Por supuesto.

(CARRASPEA)

Muy bien. La verdad es que aprendes muy rápido, Amalia.

Tengo buena maestra. (RÍE)

Quiero aprenderlo todo. Me objetivo es pasar

por una gran señora de la sociedad

y que piensen que estudié protocolo en un colegio suizo.

Apuntas muy alto, Amalia.

Bueno, después del éxito con la comida de los duques de Alba,

mi fama tiene que seguir creciendo. Por supuesto.

¿Puedo preguntarte algo personal?

Claro que sí. Además, tenemos confianza.

¿Qué tal fue la ceremonia de conversión al catolicismo?

Pues la verdad es que muy bien,

fue algo pequeñito, pero... también muy emotivo.

Además, es un paso muy importante para Tristán.

¿Y fue en intimidad o hubo algún invitado?

En la más estricta intimidad.

A excepción de Cristóbal, que apareció en el último momento

para brindar por nosotros. Vaya momento más embarazoso.

¿Pero por qué? Cristóbal y yo somos amigos.

¿Está segura? Amalia, ¿por qué me lo preguntas?

Pues porque, antes de dar un paso tan importante

como comprometerte con otro hombre,

quizás deberías explorar tus sentimientos hacia Cristóbal.

Ya te lo dije en una ocasión y no sé por qué preguntas.

No sé por qué pones en duda mi palabra.

Solo quiero aconsejarte. Y yo te voy a dar

una norma de etiqueta muy importante:

nunca se pregunta en sociedad por los sentimientos de una dama.

Si, por algún casual, esa dama te los cuenta,

nunca tienes que ponerlos en duda.

Lo que te dice que siente es lo que siente, y ya está.

Tienes razón, Blanca. Disculpa mi torpeza.

(AMALIA SORBE EL TÉ) Amalia.

Ah...

¿Te vas a quedar ahí sentado toda la tarde?

Hasta que me traigan a mis hijas.

¿Por qué no te vas y vuelves en una hora

y yo te las traigo? -Esta es mi hora de visita.

El que se tiene que ir es Benito. -¡Dios!

Está bien, lo siento, me equivoqué.

Ahora no puedo echar a Benito.

Antepones los intereses de ese malcriado antes que los míos.

¡Por el amor de Dios, soy tu marido!

Solo te pido que vuelvas dentro de una hora, no es tan grave.

De aquí no me voy a mover.

Así que tú eliges lo que viene a continuación.

Muy bien. Estás quebrantando la orden de alejamiento.

Diana, no eres capaz.

Operadora, póngame con la Policía, por favor.

-Pierdes el juicio. -No me dejas opción.

Tú deberías tener una orden de alejamiento.

Cuando te juntas con Benito, desaparece la mujer inteligente

y te conviertes en una incauta. -¿Policía?

Quiero denunciar la... (SALVADOR CORTA LA LLAMADA)

Está bien, tú ganas.

Pero que sea la última vez que me impides ver a mis hijas.

Si continúas con esta actitud, te las voy a tener que quitar.

Esta vez te estoy hablando en serio.

(Se oye un fuerte portazo)

¡Ah, buenas tardes!

Ya, ya sé que llego pronto,

pero es que me moría de la impaciencia.

Habíamos quedado más tarde.

Lo sé, pero tenía muchas ganas de verte.

Como tú no tienes jefes a los que dar cuentas,

estas travesuras te parecen muy divertidas.

Alegra esa cara. Vamos a ver a mi hermana

y la dejarás maravillada con tus bocetos.

Solo te pido unos minutos contigo antes de la reunión.

¿Qué es lo que ha ocurrido aquí?

-Pues que no me gustaban. -¿Por qué?

-Porque son malos. -No, Cata, no lo son.

Celia, ya sé que intentas convencerme,

pero no valgo para esto.

No, eso no es verdad.

Tú tienes mucho talento para diseñar vestidos, Cata.

Lo que te ocurre son las dudas de cualquier artista.

Yo no soy una artista, yo solo dibujo vestidos.

Tendrías que ver la cantidad de artículos que yo he tirado.

No voy a ir a la reunión con Blanca.

¿Pero por qué?

Porque no quiero, no me apetece, Celia.

Me siento como si me fueran a llevar a un tribunal

Cata, es una reunión distendida con mi hermana.

Pero, inevitablemente, me va a juzgar y no quiero y...

tampoco quiero que té me juzgues. -No, yo no te juzgo.

Yo te digo lo que pienso.

Y pienso que tus bocetos son maravillosos.

Celia, no quiero tus opiniones.

Y tampoco quiero tus palabras de ánimo

Está bien, ¿entonces qué quieres, Cata?

Quiero que te vayas, Celia.

No quiero que nos veamos nunca más.

¿Se puede saber qué tripa se te ha roto? Esto no puede seguir.

-Es urgente que hablemos. -¿Y eso de llamar a casa Silva?

¿Y si no lo cojo yo y colgar? ¿Eso qué es?

-Es la necesidad de oír tu voz. -Las cosas en casa están tensas.

Esas llamadas lo empeoran todo. ¿Por qué me haces venir?

Esta mañana me arrodillé ante Merceditas

para decirle que la quiero a ella. -¿Y lo dices así?

¡Te parto la cabeza! -¡Espera, por favor!

Que no me entiendes. Solo quiero decirte

que te quiero a ti. -A muchas quieres tú.

Que no, yo te quiero a ti, de verdad.

Pero tengo que tener engañada a Merceditas para ganar tiempo.

Levántate, anda.

Por mí te puedes ir con Merceditas al... pueblo ese.

Yo quiero irme contigo, Elpidia.

Pero necesito ahorrar un poco más de dinero,

por eso es importante que Merceditas crea que tú y yo

hemos acabado para siempre. -Eres un sinvergüenza.

(SUSPIRA)

-Yo soy un pobre enamorado

Esta mañana declarándote a Merceditas y ahora a mí.

¿Cómo sé que me dices la verdad?

A Merceditas le di un beso en la mejilla.

-Y a ti... -¿Y a mí qué?

-¡Ay! -A ti te beso de verdad.

-¿Y a ella no le has besado así? -No.

Bueno, te creo.

Pero déjate de patochadas, esta es la última que te perdono.

Elpidia, mi amor...

Quiero vivir una vida normal

y, por mucho que te empeñes, esto no es normal.

Yo sé que los demás pueden no entenderlo,

pero lo que tú y yo sentimos es normal

Y, lo más importante, esto es real.

Siempre dices que hay que buscar la felicidad, ¿no?

Pues una vida de... de mentiras y de secretos no es vida.

Yo no quiero seguir escondiéndome, Celia.

Yo también tengo miedo.

Por favor, no intentes convencerme.

Cata, yo pensé que no volverías a sentir algo así.

Así que, sí, tengo mucho miedo, de verdad, créeme.

Y, a veces, tengo dudas. Estás de acuerdo conmigo

en que lo mejor es que no nos veamos.

-No, los miedos hay que vencerlos. -Por favor, no me toques.

Cata, estoy segura de que sientes lo mismo por mí.

Si no, dime que no lo sientes y yo me voy, lo prometo.

No vuelvas a ponerme la mano encima nunca más.

Ah...

No, lo que estás diciendo no puede ser verdad.

Es que solo de imaginar que una clienta

podría habernos visto...

Pues cierra la puerta y hablemos tranquilamente.

Adiós, Celia.

Entonces, ¿todo lo que has dicho, era mentira?

Sí. Sí. Todo era mentira.

Me dejé llevar y me equivoqué.

Pero se acabó. Por favor, vete.

Muy bien.

Hasta siempre.

¿Cómo se va encontrando, Antonia?

¿Todavía sigue sintiendo fatiga? Pues un poco, la verdad.

¿Un poco? Sí.

Yo le veo mejor cara. Bueno, eso es

porque me he puesto rubor en las mejillas.

Me levanto por las mañanas, me miro al espejo

y digo: "¡Ay, Antonia! Píntate un poco".

Está usted estupenda. ¡Ay, doctor! Que me voy a sonrojar.

¿Y ese sobre? ¿No será el resultado

de alguna prueba que me hicieron? No. Es un sobre personal.

No me ha dado tiempo a pasar por Correos y ponerlo allí.

Ah, bien. Perdone. Ya me quedo más tranquila.

No viene a darme una mala noticia.

Solo vine a comprobar que estaba todo bien.

Aunque hay algo que sí que me preocupa.

Que tengo la tensión muy alta. Un poco.

Pero es normal en una mujer que está recién operada.

Lo que me preocupa, es que esté sola en casa.

Ah, bueno, pero Gabriel viene ahora enseguida.

Ha ido a acompañar a Úrsula a la tienda.

Es que no ha pasado muy buena noche.

Veo que sigue preocupándose más por los demás,

que por su salud, que es lo que tiene que hacer.

No. Verá. Es que... Yo creo que Úrsula no está bien.

Se ha levantado al baño no sé la de veces

y está muy pálida. Un embarazo tiene

sus complicaciones. Lo sabe.

Yo no tuve ninguna. Lo mío fue como la seda.

En cambio, a ella, yo la noto que tiene dolores,

que se resiente cada vez que se levanta o se sienta.

¿Desde cuándo nota esos síntomas? Desde ayer.

Me da que tiene complicación en el embarazo

y no nos lo quiere decir.

Si la tuviera, ella sería

la primera en preocuparse. ¿No cree? Que yo sepa,

no vino al hospital a verme. Tiene razón.

Quizás, sea yo, que estoy obsesionada

y veo enfermedades por todas partes.

Para que se quede más tranquila, pasaré a ver a Úrsula.

A cambio, prométame que se cuidará

y que se preocupará por usted.

Sí.

Bueno, no. Yo no puedo prometerlo eso.

Qué cabezota es, Antonia. ¿No se da cuenta

que está convaleciente? Ya lo sé.

Pero sabe que la mayor ilusión de mi vida,

es llegar a conocer a mi nieto.

Y no sé. Se me ha metido aquí una idea horrible.

Si se cuida y me hace caso, llegará a conocer a su nieto,

incluso, a verlo casar. Ya.

¿Y si es mi nieto quien no llega a conocerme a mí?

Examinaré a Úrsula, ¿de acuerdo?

Sí.

¿Dónde estabas, Cata? ¿Por qué estaba la tienda cerrada?

He tenido que salir a hacer un recado.

Creí haber dejado claro que no habría más horas libres.

Si quieres seguir trabajando aquí, tendrás que ser más formal.

Lo siento. No quiero abrumarle con mis problemas,

pero me he visto obligada a salir.

Se ve que no puedo confiar en ti.

Doña Úrsula, ¿se encuentra bien?

Sí. Son... son solo unos pinchazos.

Estoy bien. Es solo cuando me dan.

Le tiene que atender un médico.

Si quiere, le acompaño al hospital. -No puedo ver a un médico.

Al menos, déjeme avisar a don Gabriel.

Ni se te ocurra. Gabriel no puede saber nada de esto.

Pero yo no le puedo dejar así, doña Úrsula.

Cata, como digas algo a Gabriel, estás despedida. ¿Me oyes?

Bueno, me iba a despedir, de todas formas.

Porque te tomas demasiadas libertades.

Pero no voy a despedirte, si no te vas de la lengua.

Ayer prometiste guardar el secreto.

No me lo pone fácil, doña Úrsula.

No debería venir a trabajar.

Debería quedarse en casa, descansando.

Tú no sabes lo que es estar en esa casa

con Gabriel y Antonia preocupados por cada paso que doy.

Si toso, quieren llevarme al hospital.

Si me cuesta levantarme del sofá, me amenazan con llamar al médico.

Se preocupan por usted. Es normal.

Es como una cárcel, Cata. Te aseguro que me agoto aquí

mucho menos, que intentando disimular los dolores.

Pero no está en condiciones de recibir a un cliente.

Estoy en perfectas condiciones.

De hecho, me voy a poner a...

Doña Úrsula, por favor,

deje que lo haga yo. -¡Ay!

Lo siento. Voy a llamar a un médico.

Cata. No vas a llamar a nadie.

-Pero, doña Úrsula... -Estos pinchazos son normales

después de un aborto natural. ¿Me oyes?

Irán remitiendo. -¿Y si no remiten?

Pues si no remiten, es mi problema.

Pero nadie puede enterarse de eso, me negarían el indulto.

Pero... no puede estar fingiendo mucho tiempo el embarazo.

Todo el mundo se dará cuenta en pocas semanas

que ha perdido el niño. -Para entonces,

me habrán dado el indulto y diré la verdad. Te lo prometo.

-Me parte el alma verla así. -Pues te aguantas.

Pero para el resto del mundo, sigo embarazada. ¿Me oyes?

¿Pero qué está haciendo, señora?

Estoy preparando el baño de las niñas.

Debo acostarlas cuanto antes.

¿Y por qué no nos ha dicho a Isidra o a mí que lo hagamos?

Usted tiene que descansar. -No estoy cansada.

Puedo encargarme de mis hijas perfectamente.

Quiero estar con ellas el máximo tiempo posible.

Tal vez, sea usted la que necesite un baño,

un baño relajante.

¿Por qué lo dice?

Los gritos de don Salvador se han oído por toda la casa.

Lo siento.

¿Y no va a contarme qué ha pasado?

Salvador ha venido a ver a las niñas

y se ha encontrado con Benito. Simplemente, eso.

Y no vea cómo se ha puesto.

Para él, es muy importante el horario de visita de sus hijas.

¿Se está poniendo de su parte, Rosalía?

No, no. Solo le digo que intente ponerse en su lugar.

Reconozco que me equivoqué citando a Benito a esa hora.

Pero lo hice sin darme cuenta. Fue un simple despiste.

¿Y don Salvador no cree que haya sido un despiste?

No. Él insinúa que lo he hecho a propósito.

No sé en qué momento ha empezado a verme así,

en una persona que solo quiere hacerle daño.

Cuando surgen los problemas, siempre vemos las cosas

desde el lado más oscuro

y sacamos lo peor de nosotros. -Sí. Doy fe de eso.

¿Sabe qué me ha dicho Salvador?

Que si vuelvo a cometer un error así,

se lleva a las niñas y no las vuelvo a ver.

¿Qué le parece?

Por eso quiere bañarlas usted misma,

porque tiene miedo de perderlas.

Ante la justicia, los hombres son

los que tienen derechos sobre los hijos.

Si quiere quitármelas, puede hacerlo.

Eso es cierto.

¿Y ya está? ¿No va a decir nada más?

Salvador me ha amenazado. -Ya lo veo.

Reconozco ese silencio.

Cuando usted se calla, es porque no está de acuerdo conmigo.

O porque creo que no le va a gustar lo que tengo que decirle.

Ya no soy una niña. Puede decirme lo que está pensando.

Aunque crea que no me va a gustar. -Está bien.

¿Está segura de que quiere oír mi parecer?

No soporto que ponga a Benito por delante de mis intereses.

Se inventó que le pegué una paliza para perjudicarme.

No puedes perder los nervios delante de ese muchacho. Lo sabes.

¿Y qué debo ser? ¿Frío y cortés?

Por el amor de Dios, me acusa de un delito que no cometí.

Tienes una orden de alejamiento en tu contra.

Si la quebrantas, te meterás en un buen lío.

Y esta vez, no se solucionará con el pago de una multa.

Está bien.

Está bien. Voy a intentar calmarme un poco.

Pero antes, dime una cosa, tú que conoces tan bien a Diana.

¿Por qué distingue a Benito con su afecto?

Contéstame a eso.

-No lo sé. -No lo sabes porque

no tiene explicación. Es un sinvergüenza

y lo ve cualquiera con dos dedos de frente, pero Diana no.

Siempre se sintió responsable con él. Ya lo sabes.

Lo peor no es que lo proteja.

Lo peor es que le cree a él y no a mí.

Esa no es la mujer con la que me casé.

Confiaba en mí plenamente.

No conseguirás nada amenazándola con llevarte a las niñas.

-No me deja opción. -Tengo cuidado con esas amenazas.

Yo las utilicé con Amalia y no sabes lo que me arrepiento.

¿Crees que es mejor dejar a las niñas

con una mujer que ha perdido el norte?

Lo mejor que puedes hacer, es intentar luchar

por mantener a tu familia unida.

Parece que estás hablando por boca de Diana.

No, Salvador. Soy tu amigo y te aconsejo lo mejor que sé.

Tú ya has dado un paso muy importante yéndote de casa.

Entonces, según tú, yo he actuado

de forma demasiado impulsiva. -Bueno, es algo que ya está hecho.

No hay marcha atrás. Pero ahora, hazte esta pregunta.

¿De verdad quieres alejar a las niñas de Diana?

No, no. Yo no quiero vivir sin mis hijas.

Pero tampoco quiero vivir con un hombre que cada día

se parece menos al hombre con el que me casé.

Señora, su esposo tiene que vivir en esta casa.

No puede vivir en un apartamento de un amigo,

haciendo vida de soltero.

Yo no le eché. Se fue él.

Bueno, pues, tal vez, tenga que ser usted

la que le haga regresar. Tiene que renunciar a su orgullo

y conseguir que vuelva a su hogar.

¿A costa de mi dignidad y a costa de todo?

Lo más importante, es mantener unida a su familia.

No, doña Rosalía. La mujer ya no tiene que someterse

a los deseos de su marido. Los tiempos han cambiado.

Habrán cambiado mucho, pero lo evidente es

que don Salvador está molesto.

No tenía que haber invitado a Benito a casa.

¿Por qué? ¿Por no contrariar a mi marido?

Sea como sea, lo evidente es que él está enfadado

y puede arrebatarle a sus hijas.

-¿Y a usted le parece bien? -No me parece bien, pero...

pero le comprendo.

Rosalía, tenía usted razón.

No tenía que haberme dicho lo que pensaba.

Y ahora, por favor, le ruego que se marche.

Como quiera.

Pero quiero advertirle de que tiene usted

un problema muy importante: su propia familia.

Piense si quiere vivir en soledad y alejada de sus hijas,

porque es lo más probable que ocurra.

Y esa es la experiencia más dolorosa

que puede vivir una madre.

Y sé de lo que hablo, señora.

¿Qué ha pasado, Federico?

No lo sé. Puede que a Cata le haya entrado miedo.

Yo pensé que eso ya lo habíamos superado.

Para ti, es más fácil. Pero Cata es joven.

Es su primer amor. Que eso, de por sí, ya da vértigo.

Además, hablamos de un amor, digamos, diferente.

No sé.

Ha sido tan dura, tan... tan tajante.

Dale tiempo. Está claro que Cata lo necesita.

Seguro que dentro de unos días,

cambia de opinión. -No lo creo.

Estaba muy decidida. -Seguro que en el libro

que estás escribiendo, cuentas la confusión

que sentiste al enamorarte de Aurora.

Esa misma confusión es la que siente Cata ahora.

Yo no sé si ese libro me está sirviendo de mucho.

¿Por qué no? Me dijiste que te estaba ayudando, ¿no?,

a olvidar a Aurora. -Sí. Pero también hace

que repase mis últimos años y...

y veo que, para mí, el amor siempre ha sido un poco complicado.

-¿Siempre? -Sí, siempre.

Unos pocos momentos buenos y de euforia,

en medio de mucho sufrimiento y mucho dolor.

Complicado.

Celia, ten paciencia.

No voy a permitir que pierdas la fe en el amor.

Quiero que brindemos, por los tres,

por la familia que formamos juntos en esta casa.

Y quiero pedirte perdón, Sofía.

He sido injusta contigo.

Pero también a ti, Ciro, porque me he dado cuenta

de que eres un hombre maravilloso por acoger

a Sofía y a Leandro en esta casa.

-Me alegra que pienses así. -Sí.

También me alegraría, si pudiera creer en tus palabras.

A partir de ahora, quiero que todos seamos felices.

Que en esta casa, solo reine el amor, la armonía y la paz.

Voy a abrir una botella de vino para la cena,

como Dios manda. -Muy bien.

Elisa, a mí no me engañas. ¿A qué viene todo esto?

Sofía, relájate. Disfruta de la partida.

No. Es que aquí no hay ninguna partida.

Pero si la has empezado tú.

Mira. Reconozco que, al principio, el juego no me gustaba.

Pero, después, lo he visto divertido.

-No sé de qué juego estás hablando. -De la guerra.

Estoy hablando de que ha empezado una guerra entre nosotras.

Cata se me declaró y me dijo que me quería.

Y ahora que por fin yo he dado el paso, me ha rechazado.

Los sentimientos no cambian así, de la noche a la mañana.

Tiene que haber pasado algo.

Te mereces una explicación. Tienes que hablar con ella.

¡Leandro! ¿Has visto a Leandro? -¿Qué pasa?

No sé dónde está. Lo he buscado por todas partes.

Fui a la cuna y no estaba. -Tranquilízate.

¡Por favor, mi hijo! Ayúdame.

¿Y si se lo han llevado? -¿Se lo han llevado, adónde?

-Voy a llamar a la policía. -Espérate.

Pensemos, antes de ponernos en lo peor.

Que no quiero pensar. Voy a llamar. ¡Cállate!

Últimamente, no han sido días buenos.

No. Al menos, no para nosotros.

Por eso te envié flores, para pedirte disculpas

por cómo me había comportado con Benito.

Estaba nervioso y lo pagué con él y eso no está bien.

Puedo entenderlo. Yo también estaba muy irascible.

Por una vez, estamos de acuerdo en algo.

Quizás, eso quiere decir

que las cosas están cambiando, para mejor.

Te comportas como si fuéramos novios y quisiera estar contigo,

pero solo estoy contigo porque me obligas,

porque me amenazas. -Aprenderás a quererme.

No. Con amenazas y violencia, ¿es la clase de hombre que eres?

-La clase de... -Pégame. Vamos.

Pégame aquí, en la calle.

Si estoy de mal humor,

es porque usted no deja de insistir

en decirme que me encuentro mal.

¿Usted cree que esa es razón suficiente

para que esté tan pálida?

Úrsula, permítame un momento. Míreme.

Mira a quién tenemos aquí. -¿Quién?

Federico Sotomayor, un compañero de partido.

Con un amigo suyo, un plumilla de "El Heraldo".

-¿Un buen periodista? -Qué va.

Es un cretino. Venga, vamos a saludar.

No sé si puedes hacerlo, pero te aseguro

que para mí, sería muy importante.

Si no me dices de qué favor estamos hablando,

no puedo responderte. Pero si está en mi mano,

haré todo lo que pueda.

No se trata de mí, sino de Úrsula.

(HABLA EN HEBREO)

No soy persona que acostumbre a escuchar

las conversaciones ajenas, pero no he podido evitar oírle.

Y me ha parecido que hablaba un idioma que no era cristiano.

Pienso que estás jugando con fuego.

Tienes que tomar una decisión y hablar con ellas,

antes de que sea tarde. -Y me queme.

No estaría mal que te quemaras, a ver si aprendes.

Si seguimos ahorrando a este paso, para verano,

o, incluso, antes, estaremos en el pueblo.

¿Y sabes lo mejor de volverse al pueblo?

Que no voy a tener que cruzarme nunca más con gente como tú,

que no ha puesto ni el menor reparo en meterse en medio

de un matrimonio, que es lo más sagrado.

Las cosas son muy difíciles. Tienes que entenderlo.

No puedo entenderlo, si no me lo cuentas.

-No hay nada que contar. -Mírame a los ojos.

Vaya. Qué casualidad. Celia Silva.

Yo que tú, me andaría con ojo.

Que otro hombre te robe la novia, ya es humillante.

Pero que lo haga una mujer... (LUIS RÍE)

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  • Capítulo 447

Seis Hermanas - Capítulo 447

21 feb 2017

Las hermanas Silva son el alma de las principales fiestas de la alta sociedad madrileña de la época, en el Madrid de 1920.

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  1. Concepció Linares Socias

    A mi tambien me gusta mucho pero veo que ya esta decidido que no continue

    12 mar 2017
  2. S Mart

    Porque no se puede ver el capitulo ? Hay restricciones? Siempre es igual , cuando no puede ver el episodio en hora, trato de verlo despues en mi tableta , y , no se puede, porque?

    22 feb 2017
  3. Ileana jimenez castillo

    Me encanta esta novela

    22 feb 2017