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No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 445 - ver ahora
Transcripción completa

Dime quién fue. -Si hablo, volverá...

volverá a por mí. -No. Eso no pasará,

porque yo le detendré antes.

Salvador Montaner.

Esta mañana temprano, he solicitado el indulto.

¿Y cree que se lo van a conceder?

Si hubiera considerado lo contrario,

ni me habría molestado en pedirlo.

Benito ha recibido una paliza.

Salvador sería incapaz de hacerlo.

Lo único que sé, es que tiene varias lesiones,

una de ellas, podría dejarle

sordo de un oído. -Dios mío.

Blanca y yo estamos organizando un almuerzo.

Bueno, yo me estoy encargando de los preparativos.

Pero no me gustaría que tu hermano supiera que ella me está ayudando.

Descuida, Amalia. No le diré nada.

Blanca es la mejor anfitriona que conozco.

Una experta en protocolo, apariencias, ese tipo de cosas.

Si lo intento con Cata, debería olvidarme de Aurora

para siempre y no sé si quiero.

Aurora es el amor de mi vida.

Digamos que fue tu primer gran amor.

El matrimonio debería ser tu prioridad.

Si Sofía no se va de esta casa,

me voy yo. -Pues vete.

Quiero que sepas que siento mucho mis prisas y mis maneras.

También quiero que sepas que ha sido una noche maravillosa.

Tu lealtad hacia Carlos es muy loable.

Pero recuerda que Elisa es tu esposa.

-¿Crees que debo ceder? -Yo que tú, evitaría

que se fuera de casa. Eso traería consecuencias

catastróficas para vuestro matrimonio.

Antonia. Tiene una enfermedad muy grave del corazón

y esta mañana, la ingresaron para operarla,

pero la operación no ha ido bien

y puede que no sobreviva. -¿Cómo?

Mi familia me ha rechazado.

Cuando les conté que iba a convertirme

al catolicismo para poder estar contigo,

me dieron la espalda.

Vaya susto nos ha dado, madre.

Tengo el corazón achacoso. Pero estoy fuerte.

Se ve que lo está. Cómo la quiero, madre.

Benito dice que usted le persiguió hasta un callejón

al salir del Continental y que allí le propinó la paliza.

¿Tiene usted alguna coartada para ese momento?

Porque, quizás, esa sea su única salvación.

(Sintonía)

Doña Diana. -Benito.

No sabía si vendrías. -Me ha costado hacerlo.

Pero usted no tiene la culpa de lo que me pasó.

-Siéntate, por favor. -¿Perdón?

-Que puedes sentarte. -Ah.

Se lo agradezco. No puedo estar de pié mucho tiempo.

Me duelen las costillas.

-¡Dios santo! -No se preocupe.

Yo también pongo esa cara cuando me miro en el espejo.

Pero la hinchazón bajará. O eso me dicen.

El inspector Velasco me contó que te habían dado una paliza,

pero no me imaginé que fuese tan grave.

Perdone, pero no la oigo bien.

Que pensé que tendrías alguna magulladura,

pero no tantas.

¿Cómo estás? -Pues me duele todo el cuerpo,

como podrá imaginarse. Pero lo peor,

es ese zumbido en el oído. Ya le digo que no oigo bien.

Seguro que se pasa pronto.

El doctor Loygorri no piensa lo mismo.

Al parecer, tengo el tímpano dañado

y dice que podría quedarme así para siempre.

No te imaginas cuánto lo siento.

Le repito que no es culpa suya.

Yo, a usted siempre la he respetado.

Diría que nos tenemos aprecio, ¿no? -Claro.

Benito, no quiero hacerte pasar un mal momento,

pero necesito hacerte una pregunta y que me digas la verdad.

¿Qué quiere saber?

¿Salvador te ha hecho eso?

Si ha hablado con el inspector Velasco, ya conocerá la respuesta.

Pero necesito oírlo de tus labios. ¿Ha sido él?

Sí.

Me cuesta tanto creerlo. Salvador no es un hombre violento.

¿Qué ha pasado para que llegarais a ese extremo?

¿Cree que la culpa ha sido mía?

No, no. Yo no he dicho eso. Pero me cuesta entenderlo.

Su marido me pilló a traición.

Me pegó una bofetada en esta terraza

y, después, me golpeó hasta dejarme inconsciente.

-¿Y tú qué hiciste? -Intentar huir.

Pero don Salvador no me dio opción.

Me tomó por un saco de boxeo.

-Dios. -Yo solo pude cerrar los ojos

y rezar para que todo acabara pronto.

-De verdad, lo siento mucho. -Se lo agradezco.

Pero eso no arregla el estado en el que me ha dejado.

Ya sé que esto no tiene justificación,

pero hay que saber perdonar.

-¿Me ha citado para esto? -No.

No. No me malinterpretes.

Pero lo único que quiero... -Sé perfectamente lo que quiere.

Estaré medio sordo, pero no soy tonto.

Dígale a su marido que no pienso parar,

hasta que se haga justicia.

Gabriel.

Gabriel.

¿Qué pasa? ¿Qué pasa, madre?

¿Qué tiene? -Nada, nada.

¿Has pasado ahí la noche?

(SUSPIRA)

Sí.

Pasaré todo el tiempo que haga falta,

hasta que usted se recupere.

Fíjese. Ya tiene mejor cara.

¿Qué pasa? ¿Que antes estaba hecha un asco?

Ya sabe lo que quiero decir.

¿Por qué no te vas a casa a descansar?

¿Y dejarla sola? Ni hablar.

No quiero que me vuelva a ocultar nada.

Si es que yo no quería preocuparte, hijo.

Pues no lo ha conseguido. Me ha dado un susto de muerte.

Madre, usted y Úrsula son lo único que tengo.

Creo que tengo derecho a saber si le pasa algo.

Yo intenté decírtelo, pero luego discutimos

y ya no encontré el momento.

Imagínese cómo me habría sentido,

si llega a pasar una desgracia en quirófano.

Bueno, le dejé una carta a Elpidia para ti, por si acaso.

Por suerte, ya no tendré que leerla.

Pero eso no sirve de excusa para justificar su comportamiento.

Tienes razón. Perdóname.

No. No quiero que me pida perdón.

Quiero que me dé su palabra de que no volverá a hacerlo.

-La tienes. -Bien.

En ese caso, yo le prometo que no volveremos a discutir nunca.

Ya, ya lo sé. Será difícil, pero...

Estar a punto de perderla,

me ha hecho darme cuenta de cuánto la necesito.

Llévele esto al doctor Rivelles. (LLAMA A LA PUERTA)

Perdón por la interrupción. Doctor.

Traigo buenas noticias. Las pruebas que le hemos hecho,

han dado el mejor resultado. ¿Y eso qué significa?

Eso significa que la operación ha sido un éxito.

Ay.

Pero, bueno, ¿y eso es que... ya estoy curada?

¿No se me va a llevar la parca?

¿Pero cómo quiere que se lo diga el doctor, madre?

Parece que se ha curado. Así es.

De hecho, puede irse a casa. Hoy mismo, si lo desea.

Huy, si lo deseo, dice. ¡Madre mía!

Con lo que he echado de menos mi casa, mis cosas, mi almohada.

Ay, hijo, que voy a poder conocer a mi nieto.

Muchas gracias, doctor. Nada. Ha sido un placer.

Antonia, no haga esfuerzos. Al menos, de momento.

Sí. Lo que usted diga. Le estoy hablando en serio.

Trate de tomarse la vida con calma. Que sí.

Madre.

No se preocupe, doctor. Yo mismo me encargaré

de que siga sus instrucciones al pié de la letra.

Perdona. No quería despertarte.

Así que es verdad.

Tú y yo estamos juntas.

Eso parece.

¿Te arrepientes? -No. No me arrepiento.

Solo que no me hago a la idea.

Pensé que lo de anoche era un sueño, pero ya veo que es real.

Es muy tarde. Tengo que irme.

No hagas ruido, por favor. La casera nos oirá.

Cerramos con llave, ¿no? No podrá entrar.

Es muy cotilla. Mejor, no tentemos a la suerte.

¿Y a qué hora se levanta? Lo digo porque me da miedo salir

y que me vea, o que empiece a hacer preguntas o suposiciones.

Con ella, nunca se sabe. Siempre está atenta

a cuándo entramos y salimos.

Dice que es para vigilar a la gente que no le paga el alquiler,

pero yo creo que es porque le gusta controlarnos a todos.

Vaya.

Me echaría de inmediato, si nos viera.

Por no hablar de que lo contaría a los cuatro vientos.

No tienes que preocuparte de eso.

-¿Cómo estás tan segura? -Porque he tenido una idea.

¿Cuál?

Vamos a quedarnos aquí escondidas todo el día.

-¿No tenías mucha prisa? -Sí, tenía.

Pero acabo de decidir que ya no.

Todo lo que tenía hoy, lo puedo dejar para mañana.

¿No te parece una buena idea quedarte conmigo

todo el día debajo de las sábanas?

-¿Todo el día? -Ajá.

Pues sí. Sería maravilloso.

Ya. La tienda.

Ahora que doña Úrsula no está, soy yo quien tiene que atender

a los clientes, abrir la tienda, cuadrar la caja.

Soy la responsable de la Villa de París.

Pero todavía no tienes que abrir.

Sí. Pero debo ir ya.

Tengo que hacer un listado de lo que falta

y revisar las telas todavía. -Está bien.

Pero disfrutemos de estos momentos juntas.

Por fin te encuentro.

No me apetecía desayunar solo en mi casa.

¿Ya llamas tu casa a ese apartamento?

Diana, no quiero discutir. -Pues tenemos que hablar.

¿Cómo has podido hacer algo así?

No sé de qué hablas. -¡Por favor, Salvador! ¡Por favor!

Mejor, vuelvo más tarde.

¿Quieres bajar el tono, que estás armando un escándalo?

¿Cómo voy a bajarlo? He estado con Benito

y he visto sus magulladuras.

Está medio sordo. -Y por supuesto, le crees a él.

¿Podrías darme, al menos, el beneficio de la duda?

Difícil, después de ver el estado en el que está.

-Yo no le toqué. -¿Que no? ¿Cómo puedes decir eso?

¿Te has planteado, al menos, que el chico puede mentir?

He visto sus heridas con mis propios ojos

y Rodolfo vio cómo discutíais. -Te repito que yo no le toqué.

Nunca te gustó. Nunca quisiste que viviera con nosotros.

Te sacaba de tus casillas.

Ese no es motivo para destrozarle la cara a nadie.

Yo puedo entender que te pusieras nervioso y que le empujaras y...

Te voy a decir solo una vez más lo que pasó.

No le hice nada.

No me mientas.

No sigas por ahí, porque estás cruzando una línea sin retorno.

Tú la cruzaste con él.

Da la cara. No hagas lo que haces siempre.

¿Y qué se supone que es lo que hago siempre?

Cuando hay algún conflicto, prefieres marcharte.

Porque no quiero decir algo de lo que arrepentirme.

Esta mañana, estaba desayunando solo. Te echaba de menos.

Pero ya no. Me ha bastado hablar contigo.

¿Te vas? Huyes.

¿Sabes?

Cuando te des cuenta de que soy inocente

y vengas suplicándome que te perdone,

olvídate, porque no lo voy a hacer.

-¿Quiere tomar algo, señora? -No. No quiero tomar nada.

(SUSPIRA)

Rosalía.

Venancio me ha dicho que me esperabas.

¿Pasa algo? (RÍE) No.

¿Es que no puedo hacerle una visita a mi marido, sin que pase algo?

No. Como siempre andas atareada.

Bueno, ahora, con Merceditas, hay mucho menos trabajo.

De modo, que he aprovechado para traerte la comida.

¡Oh! Judías con chorizo, con lo que me gustan.

Las ha hecho la propia Merceditas.

Les ha echado tocino que ha traído de su pueblo.

Están de rechupete. -Cómo me cuidas.

¿Cómo he podido vivir antes sin ti?

-Que nos van a ver. -¿Y qué? Hay que aprovechar.

Estás contenta, ¿no? -Sí.

Porque ha vuelto Merceditas.

Quién me iba a mí a decir que podría echarla tanto de menos.

¿No estabas satisfecha con el trabajo de Elpidia?

Sí. Ahora que la tengo enseñada, no tengo queja ninguna.

Pero no es lo mismo. Merceditas tiene más experiencia

y conoce a las hermanas igual que yo.

Bueno, entonces, todos contentos.

Bueno, todos, menos Elpidia. La pobre está de uñas.

Ella y Merceditas están todo el día a la greña.

Parece que detrás de eso,

hay un problema de celos. -No, no.

Lo que hubo entre Elpidia y Raimundo,

fue un capricho pasajero.

Ella hace tiempo que lo ha olvidado.

-Si tú lo dices... -Lo que pasa,

es que piensa que con el regreso de Merceditas,

ella va a perder el trabajo.

Por mucho que insisto en que no es así,

no hay modo de que se le meta en la sesera.

-¿Y tú qué piensas hacer? -Pues nada.

En cuanto vea que su trabajo no corre peligro, se la pasará.

-¿Y si no se le pasa? -¿Por qué no se le va a pasar?

Las hermanas están muy contentas con ella.

Y, además, las pequeñas Eugenia y Elisa dan mucho que hacer.

¿Por qué no dices nada, Benjamín? ¿Qué ocurre?

Benjamín. -Raimundo y Elpidia están juntos.

Han retomado lo suyo.

Mira. No me gusta que hagas bromas con según qué cosas.

Que no bromeo. Me lo ha confesado el propio Raimundo.

¡Virgen santa!

Cuando Merceditas se entere, se va a armar un 2 de mayo.

Ella no lo sabe, ¿no? -No.

Por el bien de Raimundo, le he aconsejado que se olvide

del asunto antes de que sea demasiado tarde.

Pero no creo que me vaya a hacer caso.

Dice que está enamorado de Elpidia.

Pues espero que no tenga la desvergüenza de abandonar

a Merceditas y a su hija.

Pero está claro que así no puede continuar,

sin afrontar esta situación.

De eso, tiene que darse cuenta él.

Nosotros no tenemos nada que ver en eso.

Eso lo dirás tú. Si él no hace algo para remediar la situación,

lo haré yo misma. -Que no te metas,

que no es nuestro problema. -Claro que lo es.

Elpidia y Merceditas trabajan en casa Silva.

Y no voy a consentir que los caprichos

de ese Don Juan del tres al cuarto provoquen un lío

que afecte al trabajo en la casa.

Eso es. -Gracias, hijo.

Antonia, me alegra verla tan recuperada.

Ay, Úrsula, a mí también me alegro mucho

de que estés fuera de la cárcel.

He sufrido mucho por ti.

Pero ya no tendrá que hacerlo, porque Tristán va a conseguir

un indulto. -Ojalá.

¿Qué tal está el niño?

Bien. Bueno, tengo alguna que otra molestia de vez en cuando.

-¿Un tentempié? -Yo no. Gracias.

Tengo el estómago cerrado. -¿Seguro?

¿Prefiere esperar a comer? Úrsula se lo prepara sin problemas.

Gabriel, no agobies a tu madre.

Lo mismo, quiere irse a su casa a descansar.

Seguro que allí está más cómoda. -Sí.

Debería irme a mi casa. -No. Eso, ni hablar.

Ya ha oído al doctor. Tiene que descansar y hacer reposo.

Sí, pero yo no quisiera molestar.

Madre, usted aquí no molesta. Esta también es su casa, ¿verdad?

Claro. Pero si ella no se siente cómoda aquí,

deja que haga lo que le parezca.

No se trata de hacer lo que quiera, sino lo que debe.

Tiene que descansar y no hacer esfuerzos.

Órdenes del doctor. -Ya, hijo.

Pero eso puedo hacerlo en mi casa.

Eso no hay quien se lo crea.

Así que deje de protestar y obedezca.

Está bien, lo que tú digas.

Si me disculpáis voy a ir a mi habitación a descansar.

No me encuentro muy bien.

Ay, hijo, qué bien.

(BESOS)

Ya verá qué bien la cuido y qué pronto se recupera.

No esperaba que quisieras verme

después de lo sucedido con León.

Cándida vino a hablar conmigo a casa.

Me pidió que le diera un oportunidad.

Y tú has decidido hacerlo.

He recapacitado.

Me he dado cuenta de que no puedo perderle.

¿Y qué vas a pedirme a cambio esta vez?

¿Dinero? ¿Algún favor?

¿Es que me ve incapaz de tener

sentimientos sinceros con usted?

No me hagas contestar a esa pregunta, Elisa.

Pues se equivoca, padre.

Después de la muerte de Carlos me he dado cuenta

de que no puedo perder a otro ser querido.

Lo siento, perdóname, te he juzgado mal.

Perdóname, Elisa.

Bueno, ahora cambiemos de asunto.

No, no, quiero saber cómo te encuentras

después de lo de Carlos.

¿Pues cómo me voy a encontrar?

Mal.

He perdido a mi mejor amigo. -Ya.

Nos conocíamos desde que éramos muy pequeños, padre.

Para mí también ha sido un golpe inesperado.

Le apreciaba de verdad.

Han sido muchos golpes seguidos.

Pero yo ahora sólo puedo pensar

en que Sofía y su hijo se vayan de mi casa.

¿Pero cómo es que están viviendo contigo?

¿No tienen casa propia?

Hombre, por fin alguien sensato.

Padre, he hablado de esto con Diana, con Blanca,

por supuesto con Ciro, y todos me dicen lo mismo,

que pobre Sofía, que tienes que cuidarla,

que tienes que acogerla, bla bla bla...

¿Pero le has explicado a tu marido cómo te encuentras?

Claro que sí. -¿Y qué te ha dicho?

Pues se niega a decirle que se vaya.

Él le hizo una promesa a Carlos antes de que se fuera al frente

de que cuidaría de su mujer y de su hijo si le pasaba algo.

Y por supuesto no quiere faltar a su palabra.

Por supuesto.

Pero yo ya no puedo más, padre.

Yo soy una invitada en mi propia casa.

Y he decidido que como Sofía no se va, me voy yo.

Lo entiendo.

Y como no tienes donde vivir has hecho un esfuerzo

y has decidido reconciliarte conmigo. ¿Es eso?

Podría irme a casa de mis hermanas.

Sí, pero ellas no te dan tantos caprichos como yo.

Voy a ser sincero contigo, Elisa.

Escúchame, me encantaría tenerte a mi lado.

Pero en esta ocasión no pienso acogerte en casa.

¿Soy su única hija y me va a abandonar?

Ya lo sé, pero quiero evitar

que cometas el mayor error de tu vida.

¿Qué error? -Si vienes lo único

que conseguirás es empeorar las cosas con tu marido.

¿Os es que quieres romper tu matrimonio con Ciro?

No, lo único que quiero es darle una lección.

¿Poniéndole contra la espada y la pared?

Si me quiere tendrá que echar a Sofía y a Leandro de casa.

Te gusta jugar fuerte, ¿eh?

No te lo reprocho, yo soy igual.

Pero esto es muy arriesgado.

Si no ganas lo pierdes todo.

Así que será mejor que vuelvas con tu marido

y luches por tu matrimonio.

Eso es lo más importante, Elisa.

Y tragar con todo. -No, no digo eso.

Siempre hay soluciones menos arriesgadas.

¿Pero y qué solución es esa, padre?

Hablar con la parte contraria. Habla con Sofía.

Quizá puedas convencerla

de que sea ella misma la que decida marcharse.

¿Me entiendes?

Buenas.

¿Interrumpo?

¿Tú? Nunca. Siéntate, por favor.

No, vamos a comer. Te invito, tenemos mucho que celebrar.

Hum... ¿y a qué se debe ese entusiasmo?

Las cosas van bien.

Estoy escribiendo la novela que me recomendaste

sobre Aurora y parece funcionar.

Me siento un poco mejor.

Y puedo estar con Cata con menos remordimientos.

Me alegro mucho.

Entonces coge la chaqueta y vámonos.

Me encantaría, pero no puedo. Tengo muchísimo trabajo.

No seas aguafiestas. Seguro que pueden vivir sin ti.

Yo ya he cancelado todos los planes que tenía

y me siento muchísimo mejor.

Así que vámonos, seguro que pueden

estar sin ti un rato. ¿Qué es esto?

¿Benito Serrán?

¿Qué ocurre?

Le han dado una paliza.

¿Y está bien?

Tiene la cara destrozada, alguna costilla rota.

Mira que le advertí

que no frecuentara esas compañías.

Y me temo que el causante de sus lesiones

es alguien que conoces bien.

¿Quién?

¿Recuerdas que ayer estaba buscando a tu cuñado?

¿Salvador?

No, no puede ser, tiene que haber un error.

El sostiene lo mismo,

pero el propio Benito le ha denunciado.

Y hay varios testigos que presenciaron

una discusión entre ellos.

Federico, es culpa mía.

Yo le pedí que hablara con él.

¿Qué quieres decir?

Benito estaba molestando a Cata.

La había rondado un par de veces.

Salieron, ella le rechazó y Benito se lo tomó muy mal.

Incluso llegó a amenazarla.

Y le dijiste a tu cuñado que le diera un escarmiento.

No, sólo que le advirtiera

de que no volviera a molestar a Cata.

Bueno, entonces no tienes por qué culparte de nada.

No sé, quizá Benito se le enfrentó

y Salvador perdió los nervios.

Ya, pero eso no es una excusa para dejarle como lo ha hecho.

Te aseguro que está grave.

Si Benito sigue adelante con la denuncia

puede que tu cuñado acabe en la cárcel.

¿Y todavía crees que no debería sentirme culpable?

Elpidia.

Raimundo.

¿Cómo estás?

¿Qué quieres que te diga? Muy bien. ¿Y usted?

Te echo mucho de menos.

¿Y qué? No nos podemos ver.

Tú tienes tus obligaciones y yo las mías.

A lo mejor podríamos vernos esta tarde.

A la hora de la siesta, ¿te parece?

Tengo que ver a mi prima, está en casa de su hijo.

Sí, ha salido del hospital. Me alegro mucho.

Dile que no hace falta

que me llame cada hora al Ambigú. Dale recuerdos.

De tu parte. Todavía no se encuentra del todo bien.

Ha estado muy mala.

Ya, pero lo importante es que el peligro ya ha pasado.

No te entretengo más. No creo que hayas venido

a hablar de mi prima, ni mucho menos a verme a mí.

Elpidia, por favor. -¿Me equivoco?

¿No has venido a ver a tu mujer?

Me ha llamado para que viniera a buscar la comida.

Como siempre me han gustado sus guisos pues...

Pues bien que te comías los míos, ¿eh?

Porque me gustan más, ella cocina soso.

¿Qué quieres que haga? No puedo hacer otra cosa.

Suéltame, que no aguanto más esta situación.

Elpidia, mujer, por favor, ten paciencia.

¡No, no me da la gana!

Te he dado suficiente tiempo.

Quiero que hables con ella y le digas la verdad.

¿Y cómo quieres que se lo diga? -Diciéndoselo.

Así se va al pueblo y nos deja en paz.

Tú no conoces a Merceditas, que parece delicada,

pero es de armas tomar. -Yo también. Así que tú verás.

Porque no soporto verla un minuto más.

¡Ni ver su cara, ni oírla hablar de ti,

ni de tu hijo, ni del pueblo,

ni lo que le gustan las Silva, ni nada!

Cálmate, mujer, hablaré con ella.

¿Cuándo? -Pues ahora.

Ahora... ahora no, porque si cuando vuelvas a Casa Silva

te encuentras con ella pues no es apropiado.

Pero a la noche.

A la noche tampoco que yo ya voy tarde

y ella estará dormida. Mañana. O pasado.

O al otro, y así llegamos a 1923

y todavía no le has dicho nada.

Tampoco quiero hacerla sufrir.

Tengo que encontrar el momento. Es difícil.

Difícil para mí, que estoy

trabajando con ella todos los días.

De verdad, cálmate, confía en mí.

Te prometo que lo resolveré.

Tienes que elegir, Raimundo, o ella o yo.

Tú.

Tú. -Pues entonces ya sabes

lo que tienes que hacer.

(SUSPIRA)

Buenas.

¿Tomando el aperitivo antes de la comida?

Así es.

¿Quieres unirte a nosotros?

¿Qué es?

Está rico. -Esa es mi copa.

Es jerez, querido.

¿Qué tal tu día?

Pues los he tenido mejores.

Me sigue doliendo todo el cuerpo.

Si me disculpan me voy a mi habitación.

Benito.

¿Sí?

Veo que escuchas perfectamente.

¿Ya no notas ese zumbido del que te venías quejando?

No, me he despertado esta mañana y no lo tenía.

A ver, diga algo.

¡Benito!

¡Es verdad, oigo bien!

No me voy a quedar sordo.

¿Ves como la paliza

no te iba a traer consecuencias graves?

¿Te lo dije o no te lo dije? Te lo dije.

Mañana mismo me pasaré por el hospital

para decírselo al Dr. Loygorri y que me haga una revisión.

Ya, ¿estás seguro de que quieres eso?

Sí, quiero asegurarme de que todo está bien.

Verás, la pena que recibirá Salvador Montaner

dependerá de la gravedad de tus lesiones, querido.

Exactamente.

Las magulladuras se irán pronto y no te quedará ninguna marca.

Y sin embargo darías tanta lástima a todos

si te quedaras sordo.

Tan joven y cándido y sordo como una tapia.

Y todo por culpa de ese desaprensivo

de Salvador Montaner.

Yo me curo y ustedes lo ven como algo malo.

Por favor, Benito, piensa con la cabeza.

¿No quieres ver a Salvador en la cárcel?

Sí, pero no estoy dispuesto a sacrificar mi salud.

¿O hubiesen preferido que me quedara sordo?

Vamos, Benito, no exageres. No hemos dicho eso.

Simplemente es un inconveniente para nuestros planes.

Pues no se preocupen,

doña Diana se ha creído toda la historia.

Esto creará problemas entre ellos.

Eso no sirve para nada. Acabará perdonándole.

Al fin y al cabo es su marido.

Y tú eres un don nadie.

Si por esa cabecita "sujetaparches" ronda la idea

de volver a pegarme que sepa que no se lo voy a consentir.

Tú sigue, Benito, sigue.

Aquí nadie va a pegar a nadie.

Siéntate.

Además, no va a ser necesario.

Conque finjas que sigues sin oír será suficiente.

¿Estamos, Benito?

Sí.

Bien.

Doña Úrsula, qué alegría verla de nuevo.

No más que yo al volver.

¿Qué tal todo por aquí?

No debe preocuparse por nada.

Las cuentas están al día.

Bueno, he tenido que hacer un par de pedidos

para reponer el almacén.

Eso es que las ventas han ido bien.

Mejor que bien.

Cuando tenga un poco de tiempo podrá comprobarlo.

No he venido de visita, cata. He venido a trabajar.

¿Embarazada y con todo lo que está pasando?

Necesito volver a la normalidad.

Bueno, ya tendrá tiempo para eso.

Ahora lo importante es que esté tranquila

y se concentre en conseguir el indulto.

El indulto no depende de mí.

Así que prefiero mantenerme ocupada y no pensar demasiado.

Aproveche el tiempo perdido con don Gabriel.

Déjese animar por él. -Ya me gustaría.

Pero tengo una responsabilidad con la tienda

y no puedo abandonarla.

Yo me he ocupado de ella hasta ahora sin problemas.

Puedo seguir haciéndolo.

A no ser que tenga alguna duda de cómo lo he llevado,

que si quiere puede repasar las cuentas o el material.

No se trata de eso, Cata.

¿Entonces de qué?

De supervivencia.

Necesito salir de esa casa.

Gabriel ha traído a su madre hasta que se recupere.

Y conociendo a Antonia seguro que alarga su enfermedad

para poder estar con su hijo.

Ya sabe el carácter que tiene.

Le gusta meterse en todo.

Bueno, es una mujer enferma.

Tal vez debería tener un poco de compasión.

Ya.

¡Por Tejidos Silva!

-¡Por Tejidos Silva! ¡Por Tejidos Silva!

Estoy nerviosa todavía.

Ya te puedes relajar, Amalia, que ya tenemos el contrato.

Es que he estado tan nerviosa toda la comida

que todavía no me hago a la idea.

¿De verdad van a firmar el contrato?

¿Han quedado contentos? -Seguro, Amalia.

Vamos a fabricar la telas

para redecorar el Palacio de Liria.

¡Cuánto me alegro!

Pues en parte es mérito tuyo, por lo bien que ha salido todo.

Sí, Rodolfo tiene razón. Has estado impecable.

El menú, la conversación...

Ha creado el ambiente propicio.

Qué bien. La verdad es que me he esforzado mucho

para conseguirlo, pero ha merecido la pena.

Por el esfuerzo recompensado.

Y porque este contrato nos traiga mucho prestigio.

Bueno, y ahora si me disculpáis he de irme.

Tengo un compromiso.

Te veo en la fábrica.

Adiós, Diana. -Hasta pronto.

(SUSPIRA)

¡Pero qué haces, loco, bájame!

Es que estoy tan orgulloso de ti.

¿De verdad? ¿No me engañas?

¿Pero no veías la cara de los duques?

Si estaban encantados.

Yo pensaba que sonreían por educación.

Me encanta ver el esfuerzo que has puesto

para que todo saliera bien.

Yo por ti haría lo que fuera.

Te quiero.

Oye, si lo llego a saber

hago un almuerzo de estos todas las semanas.

¿Estará libre la duquesa de Medinaceli?

(RÍE)

Mira, estoy feliz no sólo

porque seas la anfitriona perfecta,

sino por lo que me has demostrado estos días.

No te entiendo.

No importa.

Entiéndame, es su suegra.

No le queda otra que aguantarla hasta que s recupere.

¿O va a quedarse aquí hasta entonces?

Ese es el problema, que no se irá nunca.

Seguro que encuentra una excusa para quedarse.

¿No exagera un poco?

Sólo lleva unas horas en su casa.

Nunca le gusté. Nunca quiso que me casara con su hijo.

Debería enfrentarse al problema.

No puede seguir escondida aquí.

¿A qué viene ese empeño en que me marche?

Cualquiera diría que no quieres que esté en la tienda.

Pues algo de eso hay.

Su caso está en boca de todos.

Me han puesto en libertad, Cata.

Y la prensa ya no habla tanto de mí.

Pero la declararon culpable.

Y eso todo el mundo lo sabe.

¿Tienes miedo de que las clientas dejen de entrar

al verme detrás del mostrador?

Sí.

¿Y te crees que para mí

es fácil ser la comidilla de la ciudad?

Por eso lo mejor es que se quede en casa un tiempo

hasta que se les olvide el asunto

o se resuelva el indulto.

Me arriesgaré.

No soporto estar en esa casa.

Y si la ventas bajan no es mi problema.

Pero sí de doña Antonia.

Ella es la dueña de la Villa de París.

Y si las ventas bajan al final...

¿Te estás poniendo de su lado?

Sólo intento proteger mi puesto de trabajo.

Si la tienda se hunde yo me quedo sin él.

¿Lo ves?

Esa mujer ya ha conseguido ponerte en mi contra.

¡Ah, Merceditas!

Ay, hijo, qué cara de susto. ¿No te alegras de verme?

Sí. Sí, claro, es que todavía

me estoy haciendo a la idea de que has vuelto.

Es eso, no es otra cosa. -Ya.

Nunca debimos estar tanto tiempo separados.

Por eso he venido a buscarte,

para recuperar el tiempo perdido.

¿Porque ya has acabado de trabajar?

Sí. Doña Rosalía ha sido muy amable

y me ha dicho que me fuera.

Ya.

¿Te apetece que demos un paseo antes de irnos a casa?

Pues...

sí.

Sí, porque además tengo que...

tengo que contarte una cosa. -Ah, y yo.

Me han pasado tantas cosas en este tiempo

que hemos estado separados que tengo la necesidad

de contártelas todas juntas.

Ay, Dios mío, como si no tuviéramos

todo el tiempo del mundo. -Merceditas, por favor.

Sí, lo sé, hablo demasiado y sin sentido.

Bueno, pronto te acostumbrarás otra vez a mis defectos.

Aunque contigo esto no es un defecto, es una virtud.

Porque a veces hay que sacarte las palabras

con sacacorchos, Raimundo.

Oye, ¿sabes que el tío Bernardo ya no tiene vacas?

Merceditas, que es que así no hay manera de decirte nada.

Por favor, por Dios.

¿Y por qué no tiene vacas?

Porque una se le puso enferma.

Y detrás fueron el resto, claro.

Menos mal que al pobre le quedan los cerdos

para ir tirando, que si no...

Vaya, me pongo a hablar y no paro.

¿Qué querías decirme tú?

¿Ah, yo? Pues...

Vamos, Raimundo.

Que... lo que quería...

A ver, tú has estado

mucho tiempo lejos de aquí.

Y yo he estado mucho tiempo solo aquí.

Y...

Bueno, el... un alma caritativa que te ofrece un poco de charla,

que te pone un plato de comida delante, que...

¿Me entiendes? -No, ni una palabra.

Pues, si no me entiendes, ¿yo cómo te lo explico?

¿Pero qué pasa con la comida?

¿No te han gustado las judías que te preparé ayer?

No, las judías están muy bien, las judías... no hay...

tienes muy buena mano para la comida, la cocina,

las judías, no es... Mira, las judías.

Es como si fueran las judías. A ver...

No es que tus judías no estén buenas,

es que a mí ahora me gustan otras.

Pero no pasa nada con tus judías, no tiene nada malo.

Es solo que yo, ¿sabes? Eh, mis gustos han cambiado.

-Ya, entiendo. -Ah, ¿entiendes?

Sí, lo has dicho de una manera un poco enrevesada,

pero te comprendo, Raimundo. -¿Sí?

Hemos estado mucho tiempo separados

y ahora tendremos que adaptarnos otra vez el uno al otro.

-¿Cómo? -Eso es cosa de la convivencia.

Pero, mira, yo he venido decidida a recuperarte.

Para eso eres mi marido, que nos hemos casado

ante los ojos de Dios para lo bueno y para lo malo.

-Ya, pero es que en este tiempo... -Han cambiado muchas cosas.

Tú tienes otros horarios... mira, si llegas siempre

tardísimo a casa, que nunca nos vemos.

Pero todo eso irá cambiando poco a poco.

Ya, pero es que... y si las judías no te gustan

de la forma que yo te las preparaba,

pues te las preparo de otra manera. ¡Será un problema!

-No, las judías no. (RÍE)

Qué susto me has dado, Raimundo,

por un momento, he pensado que me ibas a contar algo gordo.

(RÍE)

(Se oyen unos pasos)

Disculpe, la tienda está cerrada.

Tranquila, no vengo a comprar nada.

¿Qué haces aquí?

Dios santo, ¿qué te ha pasado?

Deberías saberlo, tú eres la responsable.

-¿De qué hablas? -Salvador me pegó una paliza.

Vino a verme por encargo de tu amiga la desviada

para exigirme que te dejara en paz. Y después me hizo esto.

Siento mucho lo que te ha pasado,

pero yo no tengo nada que ver en ese asunto, te lo juro.

¿Cómo tienes la santa desvergüenza de decirme esto?

Si has venido a insultarme, será mejor que te vayas.

No pienso irme hasta que no te cante las verdades.

Si no lo haces por las buenas, por las malas. Llamo a la Policía.

Tú no vas a ningún sitio.

-Actúas como un loco, cálmate. -¿Para qué?

¿Para que puedas irte a la casa de huéspedes

con tu amiguita la degenerada?

¿De dónde sacas eso?

No hagas como si no supieras de qué te hablo.

Os vi salir bien temprano el otro día.

¿No decías que la casera no te dejaba recibir visitas

en tu habitación? Con ella no has tenido miramientos.

¿Ahora también me espías?

No tendría que hacerlo si no te comportaras como lo haces.

Lo que yo haga con mi vida no te importa, ¡fuera de aquí!

Te recomiendo que me trates con un poco más de respeto.

Si no, seré yo quien acabe llamando a la Policía.

-¿Para decirles qué? -Lo que haces con tu amante

en la casa de huéspedes. Tengo entendido que es un delito.

-¿Qué quieres de mí? -Lo sabes de sobra.

Tú y yo, mañana a mediodía en tu habitación.

¿Sí?

Bien.

Bueno, pues si no se le ofrece nada más, me marcharé a casa.

Mi Benjamín me estará esperando.

Antes de que se marche, me gustaría pedirle un favor.

¿Mañana podría venir un poco antes? Oh, claro que sí.

¿Qué necesita, señora?

Pues la ceremonia de conversión de Tristán será aquí mismo.

Y tendría que estar todo listo a media mañana.

Descuide, lo estará.

Pedí a Merceditas y a Elpidia que cocinen algo especial.

Me gustaría que lo supervisara.

Ah, por supuesto, señora.

Buenas noches. Rosalía...

Una cosa más.

Diga, señora.

¿Podría usted disimular ante todos lo que realmente piensa de esto?

Sé cuál es mi lugar, siempre lo he sabido.

Puede usted estar tranquila.

Nunca le ha gustado Tristán. Pues va a hacer por mí

el mayor gesto de amor que nadie ha tenido.

Va a renunciar a su religión para convertirse al cristianismo.

¿No cree que merece una oportunidad?

¿Lo dice por mí o por usted? ¿Cómo?

Yo no tengo nada contra su pretendiente, señora.

Es más, creo que es una buena persona.

¿Y por qué frunce el ceño cada vez que alguien menciona su nombre?

No lo hago por él, sino... por usted.

¿Por mí? ¿Por qué?

¿Usted le quiere?

¿Pero qué pregunta es esa?

Le he presentado oficialmente en casa y... estamos juntos.

No es eso lo que le he preguntado.

Sea sincera, señora, ¿le quiere usted?

¿Sería capaz de un acto de amor

como el que va a hacer él por usted?

Ay, estoy agotada.

No conseguía que el niño se durmiera.

Ya lo he oído, menudos pulmones tiene Leandro.

Ah, lo siento.

En casa conciliaba muy bien el sueño,

pero parece que aquí, con el cambio,

se le ha alterado un poco.

No es al único.

Y, además, como ahora se ha acostumbrado

a que Ciro le lea un cuento y él no está,

pues aún le ha costado más.

¿Tú sabes cuándo volverá?

No.

Pues, nada, me quedaré aquí esperando contigo.

Así podemos charlar tranquilamente.

-Ajá. -¿Hay algún diseño bonito de París?

Me parece muy buena idea lo de charlar.

Porque había algo que quería comentarte.

Y, aprovechando que estamos a solas...

Tú dirás.

Sofía, sabes que Ciro y yo no pasamos por un buen momento.

Y lo cierto es que tener invitados en casa

no nos ayuda a solucionar nuestros problemas.

¿Me estás pidiendo que me vaya?

Ay, yo sé que tú lo estás pasando muy mal.

Pero si te pones en mi lugar aunque sea por un momento...

¿Y quién se pone en mi lugar?

Sofía, puedes irte a casa de tus padres o de tus suegros.

-No es lo mismo. -Ah, yo iré a visitarte cada día.

Te juro que no te dejaré sola y...

es que yo creo que es momento de que te marches, de verdad.

(SUSPIRA) Lo siento.

Pero me voy a quedar aquí.

-¿Cómo? -Sí, que no pienso moverme.

No sé cómo se atreve a preguntarme esto.

No es necesario que me responda si no quiere,

por mucho que esconda su rostro, la conozco, señora.

Y sé que no está enamorada de ese joven.

¿Y, entonces, por qué estoy con él?

Por afecto, cariño, tal vez, inseguridad ante la vida,

miedo a la soledad, no lo sé con certeza.

Lo que sí veo claramente es que no debería usted permitir

que ese joven renuncie a todo por usted.

Cuando me comprometí con Rodolfo, yo estaba muy enamorada de él.

Y fíjese cómo ha terminado. El amor no es garantía de nada.

¿Entonces admite que no le ama? Ah, yo no he dicho tal cosa.

Solo estoy diciendo que hay cosas mucho más importantes que el amor.

El respeto, por ejemplo,

cosa que Rodolfo jamás ha tenido conmigo.

De modo que ha confeccionado usted una lista con las virtudes

que un hombre debe tener y, como don Tristán las reúne todas,

le ha elegido a él. Tristán me respeta, me cuida.

Y es capaz de hacer cualquier cosa por mí.

¿No le parece suficiente?

Me apena mucho oírla hablar así, señora.

Es como si estuviera usted renunciando al amor,

como si se estuviera conformando.

Si le digo la verdad, esperaba tener esta conversación,

pero con mis hermanas, no con usted.

Siempre nos enseñó que teníamos que pensar con la cabeza.

Y yo he aprendido, ahora estoy pensando con la cabeza.

Habla usted de lo desgraciada que fue con don Rodolfo, pero...

¿y don Cristóbal?

(MURMURA) ¿Por qué habla de Cristóbal?

Con él las cosas eran distintas, ¿verdad? Ya lo creo que sí.

Entonces, sus ojos brillaban y ahora no lo hacen.

Es cierto que Cristóbal siempre fue el amor de mi vida,

pero también ha provocado el mayor de mis sufrimientos.

No quiero volver a pasar por lo mismo.

Solo se sufre así cuando se ama a alguien de verdad,

cuando esa persona es capaz de turbar,

de conmover nuestro espíritu.

Si le digo la verdad, prefiero vivir con paz y tranquilidad.

Y, teniendo en cuenta que Tristán es capaz de todo por mí,

yo ya soy feliz. Oh.

¿De modo que prefiere tener tranquilidad para ser feliz?

Está siendo usted muy egoísta aceptando el sacrificio

de alguien a quien no ama. No la reconozco, señora.

(MURMURA) Ya somos dos.

¿Qué ocurrirá cuando don Tristán descubra la verdad?

Le partirá el corazón como un día se lo partieron a usted.

¿Va a consentir eso?

Es mejor que se marche, ya se le ha hecho muy tarde.

Sí, eso parece.

Buenas noches, señora, que descanse.

Espero que pueda usted dormir con tranquilidad.

Sofía, no me lo pongas difícil. Esta es mi casa, mía.

Y también es la de Ciro y fue él quien me invitó aquí.

Así que no insistas más,

me quedaré el tiempo que sea necesario.

¿Necesario para qué?

¿Para que termines tu luto? ¿Para que Leandro haga la comunión?

Dame una fecha a la que me pueda agarrar.

¿No puedes ser generosa ni una vez en tu vida?

Está bien, seré generosa:

una semana. (SOFÍA RÍE IRÓNICAMENTE)

-¿Qué te parece una semana? -Mira que te conozco,

pero siempre me sorprendes.

Sofía, besaste a mi marido.

Y te presentas aquí, en mi casa, con un hijo

que yo nunca jamás podré darle, ¿y me pides que sea generosa?

Elisa, no quiero quitarte a tu marido, ni tu casa, ni tu sitio.

Entonces vete, demuestra que eres una buena amiga.

¿Y tú? ¿Tú cuándo vas a demostrar que eres una buena amiga?

Yo ya lo he demostrado muchas veces.

No le conté a Carlos tus escarceos con Ciro.

Ah, ¡qué injusta eres!

Eso lo dices ahora para que me sienta culpable.

Es que deberías sentirte culpable.

Engañaste a Carlos y, al poco, se murió.

Yo me sentiría muy mal.

¿Tú te sentirías muy mal? ¿Cuánto te has sentido tú muy mal?

¿Cuando te metiste a novicia quizá? ¿Y qué duró? ¿Una semana? ¿Dos?

-¿Qué tiene que ver eso? -Que yo sí me siento culpable.

Tú, en cambio, has proclamado tu amor por León,

has engañado a Ciro, que no se lo merece.

Y, mírate, ni rastro de remordimientos.

Sofía, estoy intentando arreglar mi matrimonio

y tú no me lo estás poniendo nada fácil.

No, tranquila, no le voy a decir a Ciro que fuiste infiel con León

¿Entonces?

Si sigues insistiendo en que me vaya,

si sigues con ese comportamiento,

no me quedará otra que devolverte el golpe.

Te quitaré a tu marido.

Y no, no me hará falta contarle de la infidelidad,

está ya tan harto de ti...

-No serás capaz. -Ponme a prueba.

Elisa, estoy muy mal, estoy sola, viuda

y un niño a cargo que me necesita.

Así que no me provoques porque te juro que esta vez estallaré.

Ciro me quiere, soy su esposa.

Ya.

¿Tú sabes dónde está Ciro?

No. ¿Tú sí?

En una reunión de heridos de guerra.

Parece que sé más cosas yo de tu marido que tú.

No te mereces a una persona tan buena a tu lado.

-No te soporto más, Sofía. -Pues coge las maletas y vete.

Porque yo...

yo me pienso quedar aquí.

Discúlpame.

¿Me voy a quedar sordo para siempre?

Es una posibilidad.

Benito, no te preocupes, encontraremos una solución.

(Golpe metálico en el suelo) ¿Vale?

Todavía tenemos que escuchar la opinión del otorrino.

Es posible que él conozca un nuevo tratamiento, ¿no crees?

Es posible.

(Fuerte golpe contra el suelo) ¿Has visto esto?

¿Me has estado engañando?

Me da apuro haberme quedado dormida.

-A ti te pasa algo más. -No, de verdad.

Ya se me ha pasado el disgusto, no te preocupes.

con lo que me has dicho ya estoy más tranquila.

¿No me lo vas a contar?

No es fácil lo que tengo que decir.

Estoy harto de tener la misma discusión.

Ya lo hemos hablado mil veces,

Sofía y su hijo ahora forman parte de esta casa y tú te adaptas.

Tomas partido por la persona equivocada.

Te estás equivocando con ella, Ciro.

A mí casi me engaña, pero ayer se mostró tal y como es.

-¿Discutisteis? -Más que eso.

Sofía es un lobo con piel de cordero y ayer se descubrió.

No hay periodo más bonito en la vida de una mujer

que estando embarazada, deberías disfrutarlo.

No sé si el embarazo es el periodo más bonito,

lo que sé es que es el único que me queda.

Nunca le pondría una mano encima, lo dije una y mil veces.

Ese muchacho es casi un niño, ¿por quién me toma?

No lo haga, no vaya a verle.

Valoro su consejo, inspector, pero debo aclarar por qué me acusó.

Tengo que decirle que las cosas no se solucionan con mentiras.

Hágame caso, no vaya a verlo, déjele tranquilo.

Si la dueña te ve entrar en mi habitación,

montará un escándalo y... y a mí me echará de aquí.

Pues le diré que me he confundido de habitación.

Ahora soy huésped de la casa.

Me he venido para tenerte bien controlada.

Raimundo tiene una mujer y una hija de las que cuidar,

le guste o no. -¿Y yo qué?

-Tú no eres nada de él. -Tiene usted razón.

Hoy mismo voy a poner remedio a todo esto.

Siempre pensé que eras tú la que manejaba a Sofía,

pero se ha evidenciado que es justo lo contrario.

-Bueno, no siempre. -Al final, se sale con la suya.

Si no, haz memoria: se llevó a Carlos y,

al paso que va, acabará llevándose a Ciro.

No, eso no lo pienso consentir. Es mi marido, padre.

Lo sé, yo te voy a ayudar porque no quiero que sufras.

¿Y qué puedo hacer, padre?

-¿Se encuentra bien? -Sí, perfectamente.

Y no hará falta que te quedes,

no... no es necesario terminar hoy el inventario.

-No me importa, de verdad. -Te digo que no.

Y, después de lo tarde que has llegado hoy,

no te daré más horas libres. -Lo comprendo.

Tristán, ¿estás bien? Sí.

También estoy algo nervioso.

¿No crees que se retrasa el párroco?

Tristán, me gustaría preguntarte esto por última vez.

¿Estás seguro del paso que vamos a dar?

El otro día te mentí en el funeral de Carlos.

Vamos, que no te dije toda la verdad.

¿Sobre qué?

Me preguntaste si... si me incomodaba que Blanca

tuviera una nueva pareja y yo te dije que no.

Mentí.

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Seis Hermanas - Capítulo 445

17 feb 2017

Las hermanas Silva son el alma de las principales fiestas de la alta sociedad madrileña de la época, en el Madrid de 1920.

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