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No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 297 - ver ahora
Transcripción completa

Ahora que Carolina va a iniciar su tratamiento con un buen médico,

necesitará que alguien esté pendiente de ella.

Trabajarás en la tienda aunque, de momento,

a prueba, sin sueldo. -¿Qué?

-Tendrás que esmerarte para cobrar por tu trabajo.

-Ayer te advertí que, cuando se probase mi inocencia,

me dedicaría a hacerte la vida imposible.

Soy una mujer de palabra, así que aquí estoy.

¿Y qué vas a hacerme?

Por lo pronto, me pagarás el doble de lo acordado.

-Todas las víctimas contrataron en algún momento

los servicios del mismo cochero.

-¿Cuál es el nexo entre el cochero y Germán?

-¡Eso es lo que aún no sé! Pero lo voy a averiguar pronto.

-Ese policía que ha entrado

me ha explicado que han venido para detenerla a usted.

¿Cómo has podido? Te dije que Inés estaba arrepentida.

¿Crees que el encarcelamiento y el escándalo

la ayudarán a salir de donde está? Hay que hacer justicia.

No es eso lo que te ha movido a hacerlo.

Lo has hecho por celos.

Lo mejor es ir a la cena de los Loygorri

y coger la agenda de Rodolfo.

-No traicionaré la amistad con mi amigo.

Ya te he dicho que tengo otra forma de conseguir

la información, intentémoslo. -No tenemos tiempo, te lo he dicho.

¡Buenas noches! ¡Blanca!

(RÍE) ¿Qué tal?

-Muy bien. -¡Diana, Salvador!

Habéis venido pronto, sois los primeros.

-¿Se encuentra usted bien? Trae mala cara.

-Sí, estoy bien. Tráigame una copa de anís.

Entierra su hacha de guerra y hará como si pasara pasado nada.

No sé si se atendrá a lo que dice.

Ante su primera palabra destemplada yo me encargo de hacer las maletas.

Y nos vamos las dos. Pero, señora...

¿Entonces qué dices?

¡Pues nos quedamos, claro!

-¿Qué te pasa, Salvador? Te noto un poco tenso con esto.

-No. Vamos, Rodolfo, parece que no me conoces.

-Bueno...

-Señorita, ¿qué le pasa? ¡Marina!

¡Haga el favor! ¡Ay, se me ha matado aquí!

-¡Señorita, señorita! -¡Ay!

-No encuentro ninguna explicación posible para esto.

Pero estoy segura de que tú sí tienes alguna, ¿no?

(Sintonía)

Te lo voy a preguntar por última vez, Diana:

¿Qué hacías en el despacho de mi hijo Rodolfo

y con su agenda personal en las manos?

-Estaba buscando a Salvador

para avisarle de que la cena ya estaba lista.

Vi la agenda en el suelo y la estaba recogiendo

para ponerla sobre la mesa.

-Ya, ¿y por qué la escondías entonces?

¿Y a qué viene tanto nerviosismo?

-Supongo que sus miradas y sus suspicacia me pone nerviosa.

(RÍE) Comprenderás que me extrañe

que tuvieras esta agenda en tus manos, ¿no?

No sé, su lugar es en uno de estos cajones, bajo llave.

-Y estoy de acuerdo con usted. Pero su lugar,

cuando entré en el despacho, era en el suelo,

por eso la colocaba en la mesa cuando entró.

-Muy oportunamente, por cierto.

-Pero, doña Dolores,

¿para qué querría la agenda de Rodolfo?

Hacemos negocios juntos,

si necesitase saber algo se lo habría preguntado.

Somos cuñados, esa es la ventaja que tengo,

¿no le parece? -Tu marido y mi hijo

están con el resto de los invitados en el comedor,

eres la que falta. -Mejor no les hagamos esperar.

-No, no tan deprisa, querida.

No tan deprisa.

-¿No querrá hacer esperar a sus invitados?

-Me horroriza hacer esperar a mis invitados,

es de muy mal gusto;

pero resulta que no me convence tu explicación.

-No sé qué más puedo decir para tranquilizarla.

Le aseguro que entré en el despacho,

vi la agenda en el suelo y la colocaba en la mesa.

Siento que mi explicación sea tan inocente,

pero es lo que ha pasado. -Así que eres una mujer inocente.

Entonces eso lo aclara todo.

-Y usted es muy suspicaz.

-Sí, soy suspicaz y, además, no estoy ciega.

Y tú estabas husmeando en esta agenda.

-¿Husmeando? -Bueno, basta de estupideces,

Diana, estás hablando conmigo y no se me puede engañar.

¿Qué hacías curioseando en la agenda de mi hijo?

-¡No estaba curioseando! -Ah..

Está bien, no nos vamos a mover de aquí

hasta que me digas la verdad. -¡Por favor!

-¡Estoy esperando!

-Ah... Está bien.

Usted gana.

Tiene razón, estaba mirando la agenda de su hijo.

-¿Y puedo saber por qué? -Porque buscaba

una información concreta que me interesa mucho,

los datos de un contacto alemán mayorista.

-No te creo, si fuera cierto, nada más fácil que pedírselo a él,

como me dijiste hace un momento. -Rodolfo es amigo de Salvador.

-¡Pues con más razón! -No quiero que lo sepa Salvador,

porque él no es muy germanófilo que digamos.

-Y tú te has vuelto germanófila de la noche a la mañana.

-Bueno, yo soy realista y quiero que mi fábrica salga adelante.

Ahora entiendo que lo mejor es abrirse a hacer negocios

con los alemanes, porque ahí está el futuro,

pero él no lo ve así y no quiere.

-Pues un hombre inteligente debería entender eso.

-Sí, pero un hombre obstinado tarda en verlo.

Es mi marido y yo soy una mujer haciendo negocios a sus espaldas.

Comprenderá que mi situación es delicada.

-Ajá. -El tiempo juega en nuestra contra.

Alguien se nos podría adelantar.

-¿Y no sería más sencillo que le pidieses esa información

a Rodolfo cuando tu marido no esté presente?

-¿Y pedirle que traicione la confianza de su amigo? No...

No quiero ponerle en ese brete. -Para eso me tienes a mí.

-Sí, y quizá habría acabado recurriendo a usted,

pero vi la oportunidad y me pareció la ocasión perfecta

para resolver todo esto por mi cuenta,

sin que Salvador ni Rodolfo se enterasen.

-Ya veo. -Y habría sido así

de no ser por su sigilo. (RÍE)

-Doña Dolores, es usted una centinela formidable.

-Y tú pronto empiezas a ocultarle cositas a tu marido.

-Bueno, era por un bien mayor... -Ajá.

Claro, Diana, claro...

-¿Puedo contar con su discreción?

-Anda, volvamos con el resto de los invitados.

-Por supuesto.

-Ve, ahora te alcanzo.

Mira, Luis, da igual, es mi culpa, ¿estás contento?

No voy a discutir más, no merece la pena.

¡No! ¡No me dejes con la conversación a medias!

¿Y qué hago? Si me disculpo no te vale.

La conversación ha terminado. ¡No!

¡Que me sueltes! ¡Ay! ¡Francisca!

(RECUERDA) "¡Francisca!".

(GRITA)

Francisca, ¿estás bien? Ah...

¿Qué ha pasado? ¿Es el bebé?

No, no, no, no, no...

No, he tenido una pesadilla.

Acabo de soñar...

Con el accidente del primer embarazo.

Cuando...

Cuando me caía por la escalera

y perdía al bebé. Tranquila, ya pasó.

Es normal que estés asustada con un sueño así.

Ya, pero es que era muy real,

como si me volviese a ocurrir.

Y, de verdad, que no lo podría soportar.

No quiero que menciones si quiera esa posibilidad.

Yo tampoco lo podría soportar.

¿De verdad?

Solo con pensar en ese día se me encoge el corazón.

Tú rodando por las escaleras y el embarazo malogrado.

Mi vida o, al menos, mis posibilidades de ser feliz

se acabaron ese día.

Y jamás seré digno de que me perdones por aquello.

Yo ya te perdoné por eso, Luis.

Ya, pero yo no.

Sabes que sentía ese niño como propio.

Pero tengo la esperanza de poder compensarte

con este que esperamos.

Porque quiero cambiar, Francisca.

Quiero ser el mejor padre del mundo para él.

Y quiero que tú estés orgullosa de mí.

Te juro que haré todo lo posible para que así sea, te lo juro.

Eso que dices es muy bonito, pero...

Cómo sé que no son solo palabras.

Yo no hablo por hablar.

No soy un charlatán

y, cuando digo algo, es porque lo siento

y porque estoy dispuesto a cumplirlo.

Me gustaría creerte,

pero tu actitud hacia mí en estos últimos meses...

¿Hacia ti? Te quedas corta, Francisca, no solo hacia ti.

(SUSPIRA) Hacia todos.

Mira con qué desprecio he tratado a Merceditas,

y a Beatriz, y a Salvador, y a Rosalía. A todos.

Me temo que el accidente y estos dolores

me han arruinado el carácter.

Yo entiendo que lo del accidente fue muy desagradable, pero...

Eso no justifica cualquier comportamiento.

Tienes toda la razón, es verdad,

no hay justificación para este comportamiento.

Yo soy el responsable de haberme dejado caer en este abismo.

Ayer, cuando te vi defender de esa manera a Merceditas,

me di cuenta de que te estaba perdiendo definitivamente

con mi intransigencia y mi terrible mal humor.

Luis, a mí me gustaría que el padre de mi hijo

fuese una persona un poco más equilibrada,

si me permites que te lo diga. Te lo permito, claro.

Y soy consciente

de que aún podrías reprocharme cosas peores.

Pero te aseguro que así va a ser,

voy a cambiar, voy a ser un hombre nuevo,

tolerante, paciente, comprensivo.

Yo sé que ahora no me quieres, voy a ser el hombre que era antes.

Más aún, voy a ser...

Voy a ser mejor que el hombre que era antes.

Ojalá sea así.

¿No me crees? ¿Cuántas veces la vida

se lleva volando los propósitos más nobles?

Ahora son solo palabras, pero te demostraré con actos

lo que te estoy diciendo, Francisca, estarás orgullosa de mí.

Y un buen día, sin saber cómo,

te notarás enamorada.

-Qué espanto lo de la pobre chica, la institutriz.

-Beatriz. -Eso.

¿Por qué habrá querido matarse? -Y precisamente en nuestro local.

-Eso es lo de menos, no seas insensible.

-Muy buena publicidad no nos hace.

-Razón de más para tener la boca cerrada,

no quiero comentarios morbosos sobre el café,

ni sobre la pobre Beatriz, que estará arrepentida

y no querrá ser la comidilla del barrio.

Así que... -Entendido.

-¡Eh! Absolutamente a nadie. -Ajá.

¡Ah! ¡Buenos días!

¡Ay, mi niña!

Hola, siento mucho llegar tarde, pero me ha fallado Leonor,

la vecina que cuida a Eugenia. ¿Qué le ha pasado?

Encontró un trabajo de mañana

y no tuve tiempo a buscar sustituta.

Ah... ¿Te importa si la dejo ahí detrás?

Está dormidita, no va a molestar. No, qué va.

-Yo no es que quiera meterme... -Pero te vas a meter.

-No me parece que el café sea lugar para una niña tan pequeña.

Aquí hay mucho ruido y ya ni le cuento

el humo de los puros, los gritos... -Bueno, Raimundo, a ver...

¿No la podía dejar con alguna de sus hermanas?

Estoy harta de pedirles favores.

La voy a tener que criar yo sola, mejor me acostumbro.

¿Cómo que sola? ¿Cómo que sola? ¡De eso nada!

Para eso está aquí su tía Antonia, ¡anda, anda!

Me la llevo ahí atrás y estamos las dos pendientes de ella, ¿eh?

Mi niña, que tu madre tiene unas cosas...

¿Cómo vas a estar solita estando yo aquí?

Sabía que podía contar contigo.

¿Nos turnamos para echarle un ojo?

¡Claro! -¿Pero dónde la van a llevar?

Es que... Es que el almacén está acabado de fregar

con agua de Labarraque, eso echa unos efluvios que marean.

Llamaré a mis hermanas, pero quería evitar eso.

¿Y por qué no me la deja a mí?

Tengo que salir ahora a hacer encargos del Ambigú,

me la puedo llevar de paseo, así se airea el almacén.

-¿Te vas a llevar a la niña a ver a los proveedores?

-Ella toma el aire y así practico las lecciones

que me da Merceditas de cómo se trata a un niño.

Es verdad que Raimundo tiene buena mano con los niños.

A Germancito le encantaba cuando lo cogías tú.

Sí, criaturilla...

-¡Bueno, que nos ponemos tristes!

Llévatela, pero que no le pase nada.

-¿Qué le va a pasar? No le pasará nada.

A la criatura no le pasará nada.

Venga, conmigo... -No hagas el loco con el carrito,

Raimundo, que te conozco. -Que no...

-Tranquilito, ¿eh? -Sí...

A ver... ¡Ay...!

Verá lo bien que lo pasa. (RÍE)

¿Por dónde quieres que empiece? ¿Por la barra?

Ahora nos ponemos, pero siéntese, antes quiero comentarle algo.

¿Qué ha pasado? Pues es que no se lo va a creer.

¿Se acuerda usted de Beatriz,

la institutriz que trabajó en casa de sus hermanas?

Sí.

Sabía que me llamaría para darme la razón.

-¿En qué? -Por descartar a Leticia

tan a la ligera como sospechosa.

¿O no es eso? ¿Para qué me ha llamado, inspector?

-No hago nada a la ligera, nunca lo he hecho.

-Reconózcalo, se arrepiente de haberla soltado.

-Traigo novedades, pero no tiene que ver con Leticia.

Se trata del cochero.

-¿Le ha tomado declaración? -No, y no será nada fácil.

-¿Por qué? ¿Qué ha pasado?

-Se cursó una orden de detención contra el cochero

y enseguida le localizamos.

Por alguna razón, estaba prevenido.

Cuando llegó la Policía se ha resistido,

ha intentado huir, ha habido un tiroteo.

-¿Ha muerto? -No, pero está malherido

en el hospital, totalmente inconsciente

y no he podido hablar con él todavía.

-Así que no sabemos si ha sido o no ha sido él.

Y si tiene coartada. -Pero tiene un móvil.

Muy buena debe ser la coartada cuando el móvil

ya ha sido establecido. -Leticia lo tenía.

-Sí, pero solo para el asesinato de don Germán.

-Está bien. ¿Y cuál es el móvil del cochero?

-El cochero, que se llama Juan Morandeira,

trabajó de joven para una familia acomodada

y se enamoró de la señorita.

-Ah, ya veo por dónde va:

La señorita le rechaza y él actúa por despecho

matando a jóvenes de alta sociedad.

-Se equivoca.

Ella le corresponde y tienen un amor secreto,

hasta que los padres se enteran y tiene lugar el escándalo.

-Me lo imagino, lo despedirían inmediatamente.

-No solo al cochero, la madre de él

había trabajado en esa casa toda la vida y también la despiden.

Acaban los dos en la calle viviendo en la indigencia.

A los pocos meses, la madre muere de una pulmonía.

-Y de ahí el rencor que desarrolla

contra las familia de buena posición.

-¡Exacto! El cochero conseguía trabajo en diferentes casas

de la alta sociedad y asesinaba a una de las señoritas

de cada familia. -Ah...

Y los anónimos con la página del Talión

son una forma retorcida de justificarse.

Él creía que hacía justicia a esas por su madre

y por su amor perdido. -Algo así, sí.

Pero, dígame, inspector, ¿entonces dónde entramos nosotras?

-Ese es el cabo suelto que no he conseguido cerrar.

¿Está segura de que ese hombre no trabajó para usted?

-No. -Piénselo bien, no conteste rápido.

Juan Morandeira. -No, no me suena ese nombre.

-Para cerrar el caso necesito encontrar

la relación entre ese hombre y su familia.

-Hagamos un trato: Yo pienso en eso,

por si lo tengo en mi memoria, pero desde el hospital.

-¿Desde el hospital? -Debe estar ahí cuando despierte.

-No sabemos cuándo será. -Debe estar ahí para interrogarle

y cerrar este caso de una vez por todas.

No me puedo creer que Beatriz haya llegado a tanto.

Pues ha estado a un tris de irse para el otro barrio.

Si no es por Marina, no lo cuenta.

¿Pero qué habrá podido pasar para que esté tan desesperada?

Pues nada bueno, seguro. Eso sí, Adela,

le pido discreción, no queremos que se corra el rumor

de ninguna de las maneras. No, descuida.

Pobre chica. Pero qué barbaridad.

¡Huy!

Qué pronto has vuelto, Raimundo.

Sí, un pequeño accidente, pero la niña está muy bien,

duerme como una bendita. -¿Cómo llevas el chaleco tan sucio?

Te ha vomitado. Un buchito solo.

La he tenido en el hombro hasta que soltase el eructo.

Muy bien estás muy enterado. Sí, hasta que no eructa

no se tumba, me lo dice Merceditas cada día.

-Que sí, pero esa mancha es muy grande para ser de un regüeldo.

-Era más pequeña antes de intentar limpiarla

con el pañuelo, la he extendido más de la cuenta.

-"Un poco" dice... ¿Así puedes atender a los clientes?

-Aquí no vienen marqueses, solo un conde y es su hijo.

-¡No seas guarro y ve a cambiarte! -Sabía que tendría algo que decir.

-A ver... -Le queda la niña dormidita.

Es un amor de niña, doña Adela.

Gracias, Raimundo. Anda, y corre.

-No lo recuerdo, ¿cómo quiere que se lo diga?

No recuerdo si dejé olvidada la agenda en la mesa.

-Pues haz memoria, es muy importante.

Diana la tenía en las manos y la estaba curioseando.

-Puede que se me cayera al suelo -Eso no es estar seguro.

-Más descabellado es pensar que Diana me espía.

-Pero ella me reconoció que la estaba hojeando.

-Porque la encontraría en el suelo, pero de ahí a que me espía

hay un trecho, ¿no le parece? -Eres muy cuidadoso con tu agenda,

tienes ahí información confidencial y siempre la pones a buen recaudo.

-La habría olvidado, ayer fue un día muy complicado,

estaría distraído. -¿No es mucha casualidad

que justo el día que se te olvida guardar la agenda

termine en manos de Diana? -Afortunadamente cayó en sus manos

y no en las de otra persona.

-¿Y si fuera Diana la única persona que no tendría que tenerla?

-Madre, no sé dónde quiere llegar con tanta sospecha.

-Ah, Rodolfo, hijo, tú eres muy confiado

y Madrid está lleno de espías.

Los alemanes te han pedido que tomes más partido,

quieren que presiones en el entorno del rey

para que ponga a España de su lado. -Tendré un papel más activo

y guardaré la agenda a buen recaudo.

Ya está, ¿contenta? ¿Puedo seguir leyendo el periódico?

-Sí, anda, sí...

Sí...

"Anarquista en la alta sociedad...".

Hijo, ¿qué es esa noticia?

(LEE) Inés Villamagna detenida por el atentado anarquista

en la fábrica Tejidos Silva.

-¿Inés de los Pimentel?

-Pues eso dicen aquí, sí.

Pero, madre, esto es inaudito. -¡Santo Dios!

Siempre fue la oveja negra de la familia,

no me extraña que la mandaran al extranjero.

-No lo suficiente por lo que parece.

-A lo mejor ha sido por eso: Tanto libro pernicioso,

tanto estudiar fuera... Deberían condenarla a muerte.

-No se precipite, antes tendrán que juzgarla.

-No consigo entenderte: Primero defiendes a Diana,

cuando la pillé husmeando en tu agenda...

-No vuelva con eso. -Y ahora defiendes a una asesina

que puso en peligro nuestras vidas. -Deje que siga leyendo.

-Rodolfo, hijo, más vale que te concentres

en la petición de los alemanes hasta que el rey apoye su causa

o, si no, serás tú el que acabe en los periódicos:

Rodolfo Loygorri condenado a muerte

por traición a la patria. Por Dios.

-Madre, por favor, va a conseguir

que se me quiten las ganas de desayunar.

-Sí, ¿pero a que no es tan descabellado el titular?

Por favor, hijo, concéntrate. No podemos permitirnos

el más mínimo fallo ni ninguna distracción.

-Ya está prácticamente preparado el próximo lote

con el cloro para los alemanes.

-Perfecto. Comuníqueselo a don Ricardo,

como si fuera información confidencial.

-Me preocupa que espere algo más jugoso.

-¿Algo de qué tipo? -Ir a decirle que está

prácticamente preparado el próximo lote,

para ese viaje, no necesitábamos alforjas.

-Tiene razón. Dígale que...

Dígale que Diana y yo hemos discutido.

Que yo quería aceptar un encargo de un cliente de Segovia

y que Diana quería seguir con el encargo de los alemanes.

-Si usted me lo autoriza...

-Sí. Será como darle un trozo de carne a una bestia

para que siga entretenida. Así don Ricardo no sabrá

lo que se cuece realmente. -Esperemos que la bestia

no tenga demasiado apetito. -Esperemos.

Que sepas que tú y yo hemos discutido.

-¿De qué estás hablando? -Cosas mías y de Benjamín.

¿Qué tal todo? -Hablé con Rodolfo por teléfono.

He quedado con él esta tarde.

Espero tener la oportunidad de rematar la faena.

-Tras lo de anoche, no se fiarán de ti.

¿No es momento de abandonar este asunto?

-No dejaré esta misión a medias.

-Deja que consiga esa información en las reuniones masónicas.

-No puedo echarme atrás. Hablé con doña Dolores

y le dije que buscaba un dato

en la agenda de Rodolfo. Si no le pregunto

por ese dato, pensará que le mentía.

-Aun así, te van a vigilar. No me gusta.

Y yo tengo a mano al Secretario del Ministerio de la Guerra.

Es masón. Va a las reuniones. Lo único que tengo que hacer,

es ganarme su confianza. -No es esa la estrategia

acordada con Green. -Le decimos

que la estrategia inicial falló y que tenemos otra.

Así no traicionamos a Rodolfo.

Esto es peligroso. -No puedo hacer eso.

Ya quedé con él. Y hoy no es un mal día.

-¿Te acaban de pillar con las manos en la masa

y tú vuelves a meterte en la boca del lobo?

Es un día pésimo. -¿No has leído los periódicos?

Han detenido a Inés Villamagna por el atentado anarquista.

Doña Dolores estará muy entretenida destripando

a esa familia con sus amigas. Es un escándalo.

-Puede que a doña Dolores esa información le dé

para un buen chismorreo, pero me da

por pensar en otra cosa. -¿En qué?

-Una señorita de buena familia que se mete

en asuntos que no le corresponden, acaba en el patíbulo.

¿No te suena de algo? -Esa comparación es siniestra.

Yo no voy poniendo bombas ni matando a nadie.

-Pero lo que haces, puede considerarse traición.

Diana, estás a tiempo de echarte atrás.

No quiero que a este cuello

tan precioso que tienes le pase algo.

-Este cuello tiene que sostener mi cabeza bien alta.

Sobre todo, si quiero ayudar a que España no entre

en esta guerra que está causando tantas muertes.

-¿Y los huevos? ¿Dónde están? -Están al fondo, doña Rosalía.

Que no me los he olvidado. -Ah.

Muy bien pensado. Al fondo, para que se aplasten.

-Que no se aplastan, doña Rosalía.

-¿Se puede saber por qué han retirado ya el desayuno?

-Pues porque en esta casa hay unos horarios.

Y la hora del desayuno hace rato que ha pasado.

-Sí. Más cerca está ya la de la comida.

-Entonces, si un día no quiero madrugar, ¿tampoco desayuno?

-Usted tiene que madrugar todos los días.

Especialmente, hoy, que empieza a trabajar.

-No me hable de trabajar y madrugar,

que lo que me faltaba ya. Eso no lo veo de señorita.

-¿Y por qué no se puso algo más adecuado para trabajar?

-Ya que tengo que pasar por la humillación

de que mis amigas me vean trabajando,

al menos, que envidien mi elegancia.

-Ah. Ahora comprendo por qué se la ha pasado

la hora del desayuno.

-Solo quiero que las clientas de la Villa de París

sepan con quién están tratando. -Ah.

No es por malmeter, señorita, pero esta ropa

y esos pendientes no son propios de una tendera.

-¿Me estás llamando tendera? -¿Cómo quiere que la llame,

si va a trabajar en una tienda? Pues tendera.

-A las buenas.

Espero no interrumpir nada.

-¿Y tú qué haces aquí? ¿Es que hoy no trabaja nadie?

-Es que la niña de doña Adela me ha echado la papilla encima

y venía a cambiarme. -¿Y se puede saber

qué hacía Eugenia en el café?

-Doña Adela no tenía con quién dejarla

y la trajo al Ambigú. -Cada vez que lo pienso...

Adela de camarera. Yo de tendera.

Esta familia se desmorona, eh.

-Yo ni le quito ni le pongo razón, señorita.

Yo me voy a cambiar. Ah, permiso.

-Pues yo a trabajar. Qué remedio.

-No lo entiendo, doña Rosalía.

¿Por qué doña Adela no nos ha traído a la niña,

si no tenía con quién dejarla?

-Tienes razón, Merceditas. Es difícil de entender.

Pero creo que sé cuáles son los motivos de doña Adela.

La verdad es que me encanta este sitio.

Aunque a la gente le encanta cuchichear.

Sí. El tema de hoy es la detención

de Inés Villamagna.

Sí. Ya puedo imaginármelo.

No quiero ser mala, pero me alegro

de que el escándalo recaiga sobre otra familia.

Aunque no sé cuándo saldrán de casa,

porque yo no iría ni a misa.

¿Qué te ocurre, Blanca? Mira.

Será mejor que tú también lo sepas.

Diana también lo sabe. Así que...

Fui yo quien denunció a Inés Villamagna.

¿Qué? ¿Que tú has hecho qué? Por favor, Francisca.

Que esto está lleno de cotillas. Perdona.

Me has dejado helada, Blanca.

Es una historia muy larga de contar.

El caso es que Cristóbal estuvo ayudando a esa mujer.

¿Ayudando a una anarquista? Ya conoces a Cristóbal.

Tiene un sentido del deber que le hace hacer cosas

que para mí son inexplicables. Para mí también.

Ayudar a una anarquista, es pasarse.

Sí. A no ser que él también lo sea.

No, no, no. Él no lo es.

Pero se estaba arrimando a esa mujer

de una forma excesiva, a mi modo de ver.

Ya. Y tú estabas celosa, claro.

Puede ser que sí. Y no sé si con razón o sin ella.

Pero cuando le pedí que fuese absolutamente sincero conmigo,

me puso un montón de excusas.

Que se fueron cayendo una tras otra.

Hasta que me dijo que Inés había participado

en el atentado de la fábrica. ¿Te lo contó él?

Sí. Y me contó que no le dijera nada a nadie.

¿Y cómo iba a esconder algo así?

Miguel murió en ese atentado.

Diana y Rodolfo estuvieron a punto de hacerlo.

Cristóbal sabe que fuiste tú quien denunció.

Sí. Se ha molestado mucho.

Esta mañana hemos tenido una discusión terrible.

Y no ha venido a dormir a casa.

Yo creo que le he perdido. No digas eso, Blanca.

Se ha ido porque estaba enfadado, pero volverá, seguro.

Le he llamado varias veces al hospital

y no me ha devuelto ninguna de mis llamadas.

No sé si tendría que haber presentado

la denuncia. Has hecho lo correcto.

Si crees que una persona ha cometido un delito,

tu obligación es denunciar. ¿Y si la matan?

Puede ser que la maten. El juicio no ha tenido lugar aún.

Si así fuese, tú no las ha empujado a ser una asesina.

Todo el mundo comete errores.

Por lo que parece, ella está muy arrepentida.

Deja de pensar en Inés y céntrate en Cristóbal

y en que vuelva a casa. ¿Y si no vuelve?

Claro que volverá. Cristóbal y tú os queréis.

Habéis muchos obstáculos para llegar hasta aquí.

Nunca había discutido así.

Estoy hecha un lío, de verdad.

Yo creo que en el poder de la palabra y en el perdón.

Mira. Esta mañana he tenido una conversación con mi marido

para intentar arreglar nuestro matrimonio.

Y creo que ha funcionado. Si lo consigo yo con Luis,

que es intratable, ¿no lo vas a conseguir

tú con Cristóbal, que es un amor?

Confiaré en el poder de la palabra,

como dices tú. Sí.

No sé.

Inés. Cristóbal.

Cristóbal.

Pensé que usted también me dejaría de lado.

¿Por qué iba a hacer eso?

Los periódicos no son muy amables conmigo.

Vengo a verla porque quería saber cómo está.

Y, en parte, porque me siento responsable.

No. Usted no es el responsable.

No debería haberle contado nada a Blanca.

Pero no pensé que fuera capaz de denunciarla.

Esto no se lo voy a perdonar jamás.

Cristóbal, tampoco podemos ser injustos con Blanca.

Ella actuó en relación a sus principios.

La única responsable soy yo. Sabía a qué me exponía

al unirme a un grupo anarquista.

Esos errores ya no tienen solución. ¿Errores?

Yo no los considero errores.

Son los pasos naturales de una joven

que quiere un mundo más justo.

Es mejor que, por ahora, deje a un lado sus ideales.

Los ideales no se pueden dejar a un lado.

Los ideales se tienen o no.

Cuando se tienen, son un bien preciado.

Le conviene aparecer como una persona arrepentida

de sus errores de juventud.

¿Serviría de algo montar ese teatro?

Yo creo que solamente serviría para perder la dignidad

y morir como una cobarde. No diga eso.

Aún hay esperanza. He hablado con un abogado.

Dice que el caso es complicado,

pero aceptó defenderla. Es buena señal.

Y aparte de estar un poco loco por querer defenderme,

imagino que será muy caro. No se preocupe

porque yo correré con los gastos.

Tendría más lógica que la minuta de mi abogado

corriese de parte de mis padres.

No quieren verme, ¿verdad? No he conseguido hablar con ellos.

No han hecho declaraciones a la prensa

ni quieren recibir a nadie.

Doctor, necesito pedirle un favor enorme.

Inténtelo como sea, pero, por favor, hable con ellos.

Necesito que les cuente todo lo que le he contado.

No sé si serán capaces de entenderlo.

Usted fue capaz de entenderme y ayudarme sin esperar nada.

¿Por qué ellos no? Entiendo que estén conmocionados

por lo que está diciendo la prensa. Pero... no sé.

Soy su hija. Deberían intentar hacer un esfuerzo por entenderme.

Está bien. Claro que sí. Hablaré con ellos.

Elija muy bien sus palabras. Necesito que les cuente

exactamente cómo me sentía el día del atentado,

mis contradicciones y mis dudas.

Inés, lo haré lo mejor que pueda. Se lo aseguro.

Ya ve qué clase de anarquista soy.

Quiero acabar con el sistema y, de pronto,

nada me importa más que el apoyo de mis padres.

No veo contradicción en eso.

No hay nada en la vida, ningún problema

que solo tenga una cara.

Es que les necesito más que nunca, Cristóbal

Voy a ayudarla. Pero usted prométame

que hablará con el abogado y que buscarán

el mejor argumento para su defensa.

Si es que hay alguno. Siempre hay alguno.

Pero es importante que deje a un lado sus ideales.

No es momento de proclamas, Inés.

Prométame que va a ser cauta, que va a luchar por su libertad.

Míreme. Lo que ahora hay en juego,

no es un mundo más justo.

Es su vida.

¿De acuerdo?

Pasen. Siento haberles hecho esperar.

-Creía que nos atendería el doctor Loygorri.

-Imposible. Tiene un día de locos y estamos cortos de personal.

Pueden hablar conmigo. Si les puedo ayudar.

-Queremos información sobre Juan Morandeira,

el herido de bala que ingresó hoy.

-Está muy grave. Perdió mucha sangre.

El doctor prefirió ponerle sedación.

-¿Cuándo cree que despertará? Necesito hablar con él.

-Puede tardar días. -¿Días?

Marina, necesitamos hablar con él urgentemente.

-Perdone mi curiosidad, pero no entiendo

por qué querría usted hablar con él.

-Soy yo el que necesita hablar con él.

-Tendrá que esperar. Está muy grave

y no se le puede despertar ahora mismo.

-¿Ni siquiera si se trata del Asesino del Talión?

-¿El Asesino del Talión? -Créame que no le pediríamos

algo así, si no fuera tan grave.

-¿Me están diciendo que Juan Morandeira

es el hombre que asesina a mujeres de la alta sociedad?

-Podría serlo. -Por eso, necesitamos hablarle.

-Si es así, ¿por qué no tiene custodia?

-Aún no hemos podido interrogarlo.

Técnicamente, a ese hombre no se le acusó de nada.

El protocolo policial... -No hable de protocolos.

Si atiendo a un asesino, tengo derecho a saberlo.

-No se sulfure, se lo ruego. -¿No le importa poner en peligro

al personal del hospital? -Ese hombre no está en condiciones

de hacerle daño a nadie. -Aun así,

deberían habérmelo comunicado. -En un caso como este,

es muy clara la discreción.

-Entonces, no les importará si le cuento esto

al doctor Loygorri, sus sospechas.

-Si eso nos ayuda a que le retire la sedación cuanto antes,

debe y puede hacerlo. -La sedación de un paciente grave

no se puede retirar por capricho.

-Si el inspector pudiera hablar con el paciente

y resolver el caso, todos respiraríamos aliviados.

-Lo único que puedo hacer, es intentar mantenerlo con vida.

Y avisarles de cualquier mejoría. -Sí.

Eso sería de gran ayuda.

-Qué ironía, ¿verdad? Mantener con vida a alguien

que acaba con tantas. -El mundo está lleno

de tristes ironías, pero es mejor no desentrañarlas.

-Lo importante es que esté de nuestro lado,

por respeto a las víctimas. Y por justicia.

El Asesino del Talión podría estar en este hospital, a su cargo.

Qué bien viven algunos. Champán bien fresquito.

-Hombre, Salvador. Te invitamos al brindis.

-¿Celebráis algo? -¿Por qué no nos acompaña

y se lo contamos? Son buenas nuevas.

-Está bien. Está bien. Habéis conseguido

captar mi atención. ¿De qué se trata?

-Finalmente, arranca una de las iniciativas más queridas

de Su Majestad el Rey, la Oficina Pro Cautivos.

Con las instalaciones en el mismísimo Palacio Real.

-¿Y en qué consiste esa iniciativa?

-Verá. Es una oficina que pretende localizar

a los soldados desaparecidos en combate

y ponerlos en contacto con sus familias.

-Un propósito muy loable. ¿Pero el rey se mete

por alguna razón en especial?

-Qué tiempos tan tristes, si hay que justificar

una iniciativa tan noble. -¿Así que lo hace solo

por razones humanitarias? -Así es.

Y le paralizaban solamente razones económicas.

Pero gracias a la generosa aportación de don Gabriel,

el proyecto ya es una realidad.

-No solo mía. Hay otros mecenas.

-Ninguno tan generoso como usted. Se lo puedo asegurar.

-Bueno, sea como sea, mi aportación no es

del todo desinteresada. Hay un caso que me gustaría

que investigara. -¿Tienes algún familiar

en la guerra? -Yo no. Pero conocí

a una familia francesa en Filipinas

que se portaron bien conmigo cuando no era nadie.

La familia Lombarda. Resulta que su hijo ha desparecido

en el frente. -¿Sin dejar rastro?

-Sospechan que lo capturaron los alemanes,

pero ignoran su paradero.

Ni siquiera saben si está vivo o muerto.

-Eso debe ser muy angustioso, la falta de noticias.

-Sí. Sin duda. Y en el caso de ellos, diría que más.

Es el único hijo que les queda.

Los demás fallecieron en la Guerra de África.

-Escuchando estos relatos, valoro más

la neutralidad de España en la guerra.

-La Oficina Pro Cautivos, precisamente,

pretende demostrar al mundo, que una cosa es la neutralidad

y otra muy distinta, la indiferencia.

-Bien dicho. -¿Creen que podrán ayudar

a esa familia? -Puede contar con ello.

Después de su generosa aportación,

su caso será prioritario -Gracias.

-No conozco personalmente a Su Majestad,

pero transmítele mi admiración por un empeño tan noble.

-¿Le puedo transmitir también que tu admiración se traduce

en una aportación económica? -¿Cómo?

-Creo que el rey no entenderá que te quedes

solo en palabras de aliento. -Sí.

Valoraré la posibilidad de hacer una aportación.

-La mayoría de las personas que conocimos el otro día

en la reunión, han aportado dinero.

Sin ir más lejos, el Secretario del Ministerio de Guerra,

con el que pareciste entenderte tan bien.

-¿El señor secretario también aporta dinero?

-Sí, sí. Ha mostrado su apoyo al proyecto.

-Muy bien.

-Veo que le han convencido.

Hay que tener cuidado con don Emilio.

Es probado que tiene un pico de oro.

-Es una causa noble.

Con lo divertido que es ir de compras

y lo aburrido que es atender a la gente.

-No te quejes, que hoy es un día muy tranquilo.

-Oye, Carolina. ¿Me puedes enseñar esas telas de ahí?

-Mira, guapa. No estoy aquí para servirte.

Si las quieres ver, te subes a una escalera.

-Hombre, por fin caras conocidas.

-¿Qué tal tu primer día de trabajo?

Huy, ¿no vas muy elegante para trabajar aquí?

-De lo más inadecuado, diría yo, para ser una simple ayudante.

-Pues yo no veo por qué una sirvienta

tiene que ir de forma vulgar. -Claro que sí.

Vas muy elegante. Como siempre. -Gracias.

¿Os puedo ayudar en algo? -No. No quiero nada.

Vengo para liberarte de esta pesadilla.

-Muy bien. A padre le encantará saber que piensas eso

de su idea de ponerte a trabajar. -Esto no es una pesadilla.

Esto es un trabajo espectacular.

No sé por qué no me he puesto a trabajar antes.

-Elisa, no hace falta que disimules.

-No estoy disimulando. -¿Me acompañas a Lourdes?

-¿A Lourdes? ¿En Francia? -Sí. Ahí mismo.

-¿Qué se te ha perdido allí?

-Mi madre llevará a mi abuela

para tratarse el reuma y quiere que las acompañe.

Ah... Carlos, ¿tú vas a ir?

No, yo me tengo que quedar aquí en Madrid por trabajo.

Ya...

Sofía, es que Francia está en guerra

y puede ser peligroso.

No seas cobarde y acompaña a tu amiga,

que te lo está pidiendo como un favor.

¿Llevo un día en la tienda y ya me quieres echar?

Ya me gustaría.

Pero España está al lado de Francia

y la frontera está abierta.

Además, en esa zona no hay ningún peligro.

Ya.

Y entre tú y yo te diré que creo que mi madre

quiere poner distancia con todo este escándalo

de Inés Villamagna, como era tan amiga nuestra.

Ya. Tuya, no mía.

Bueno, Elisa, pero nos lo pasaríamos muy bien.

Y le podríamos pedir algún milagro a la Virgen.

Oh, monjas y agua bendita.

Menudo tostón de viaje, Sofía.

Elisa, por favor, no seas así. Acompáñame.

Es que me aburro mucho con mi madre y mi abuela.

Sofía, es que tengo que atender mis obligaciones en la tienda.

Lo siento, no me queda otra.

Por mí no te preocupes, me apaño solita divinamente.

Te puedes ir a Lourdes sin ningún problema.

Y más lejos si quieres.

Vaya, veo el ambiente un poquito enrarecido, ¿no?

Me da igual lo que diga,

mi padre me ha dicho que tengo que vigilarla.

Ya sabéis que no es una mujer que esté muy equilibrada.

Lo siento, Sofía, pero no voy a poder ir.

Sofía, ¿le gustaría ver estos paños

que me han llegado ayer?

Serían ideales para hacerse una capa

para el viaje a Lourdes. -Ay, sí, buena idea. Vamos.

¿Y tú por qué no ibas a ir?

Ya te he dicho que me tengo que quedar aquí por trabajo.

¿Entonces estaremos solos?

Parece que la Virgen de Lourdes

ya ha hecho el primero de sus milagros.

Qué guapa está la niña.

La verdad es que hoy está más sonriente que nunca.

A ver si le van a gustar los cafés.

Me hace mucha ilusión que hayas venido a verme.

¿Te pongo algo? No, no te preocupes por eso.

La verdad, me gustaría haber venido antes,

pero me he entretenido en el hospital.

¿En el hospital?

¿Pero tú qué hacías en el hospital?

Antonia, venga, por favor.

Hay algo que deberíais saber.

Ay, señorita Celia, otra mala noticia no, por favor.

No, no es una mala noticia.

De hecho es una buena noticia.

Van a detener al asesino del Talión.

Está en el hospital inconsciente.

Sólo están esperando

a que se despierte para que confiese.

¿Al asesino de m...? ¿De mi marido?

Es posible.

Pasa, Diana, por favor.

Siéntate. -Gracias.

Oye, lamento mucho el incidente de anoche con mi madre.

Supongo que fue muy desagradable.

Bueno, no la culpes.

Lo cierto es que me sorprendió con tu agenda en las manos.

Es normal que se activara su suspicacia.

Pero con ella no hace falta mucho para que se active

su suspicacia, es la mujer más desconfiada que conozco.

A veces hay que serlo; de la confianza excesiva

a la ingenuidad sólo hay un paso.

Lo que me cuesta entender es la resistencia de Salvador

para negociar con los alemanes.

En una persona tan inteligente me cuesta entender su postura.

Salvador es un hombre de negocios moderno.

Pero en su interior hay un romántico.

Y ese romántico simpatiza con los ingleses.

Ya, pero es que resulta tan evidente

que nos conviene estar cerca de los alemanes.

No sabes la de veces que he intentado convencerle.

Pero no hay nada que hacer, es una cuestión sentimental.

En cualquier caso celebro que tú si estés a mi lado

en algo tan importante como esto.

Lo estoy. Y lamento que tengamos que hacer esto

en secreto para no contrariar a Salvador.

Sí, espero que esto no afecte a nuestra amistad,

ni la ponga en peligro. -No. No, no.

Para Salvador vuestra amistad es una tradición.

Sí, sí que lo es.

Bueno, vamos a ver si te encuentro los datos

del mayorista alemán.

A ver...

Es este, ¿no?

Sí. Sí, este es.

Ahí...

Bueno, pues... aquí está.

Gracias. -Si pregunta Salvador

mis labios están sellados. Espero que los tuyos también.

Oh, descuida, no quiero hacer peligrar

ni vuestra amistad ni mi matrimonio.

¿Qué te parece si brindamos por nuestro futuro negocio?

Brindar con alcohol por un negocio

siempre da buena suerte.

Además, tengo un whisky que no te lo vas a creer.

¿Y qué tal si brindamos con ese licor

que guarda tu madre en el salón?

¿Cuál, el de endrinas? -Sí.

Te advierto, Diana, que es un alcohol muy fuerte.

Es que siempre que veo a tu madre con una copa

de ese licor se me hace la boca agua.

Bueno, pues no se hable más.

Voy a por él, ahora que nadie nos ve.

Desgraciadamente esas copas

no son las más indicadas para un licor como este.

Bueno, no nos vamos a andar con chiquitas.

Se trata de brindar.

Tienes toda la razón.

Bueno, pues... ¿por Alemania?

Por Alemania.

(RÍE)

¿Te lo dije o no te lo dije? -Sí.

(SUSPIRA)

¿Un cochero despechado?

No, no me lo habría imaginado nunca.

Se resistió a la detención,

por eso la policía tuvo que abrir fuego.

Pues me voy al hospital

a arrancarle los ojos a ese hombre.

Antonia, tranquila.

No ganas nada yendo al hospital.

Ne te van a dejar entrar. -No pensaba pedir permiso.

Antonia, ya has oído a Celia, es mejor esperar.

¿Esperar a qué? ¿A que se despierte?

¿Y por qué le tienen que tener dormido, para que no sufra?

¿Es que él fue tan considerado con las víctimas con mi Germán?

Antonia, yo sólo espero que se despierte

y que firme la confesión.

¿Por qué un cochero querría matarnos a nosotras?

Es que no lo entiendo.

Eso es lo que tiene más preocupado al inspector.

Parece no haber relación entre el cochero y nosotras.

Porque está loco y mata todo lo que se le pone por delante,

como al pobre de Germán.

No sépor qué le buscan explicación.

No, incluso en la locura hay una lógica.

Y ese cochero conocía a todas las familias

de las mujeres a las que mató.

¿Y cómo se llama? Juan Morandeira.

No me suena de nada. Pues anda que a mí...

Pues el inspector nos pide que hagamos memoria.

Está convencido de que le conocemos.

Así que piensa, Adela. Juan Morandeira.

Aquí estamos, de niñera por la mañana,

de camarero por la tarde, de criado por la noche.

No te quejes tanto, Raimundo,

que yo con el embarazo ya no puedo.

Si no me quejo, Merceditas, si yo por ti hago lo que sea.

Además, mejor estar aquí recogiendo la mesa

que no en el Ambigú haciendo de enfermero.

¿Cómo de enfermero? ¿Pero qué ha pasado?

Eh...

A ver, esto no se lo cuentes a nadie porque es cosa grave.

Pero es que ayer en el Ambigú...

Mira, yo me pongo negro sólo de pensarlo.

¿Pero qué ha pasado, Raimundo?

Dime algo, hombre, no me tengas en ascuas.

Ayer la señorita Vinuesa, la institutriz,

la que estuvo aquí. -Sí.

Quiso quitarse de en medio y se tomó no sé qué

para eso, para matarse.

¿Que la señorita Beatriz ha intentado suicidarse?

Merceditas, bajito, que me dijo doña Antonia

que no se lo dijese a nadie.

Ejem.

Buenas, doña Francisca.

Aquí estamos ayudando a Merceditas a recoger la mesa.

Es que yo ya me fatigo mucho con el embarazo.

¿Qué le voy a contar a usted?

Lo he oído todo, Merceditas. ¿Todo todo?

¿Que Beatriz ha intentado suicidarse?

Pues me temo que sí.

Dios mío, ¿pero cómo se encuentra?

Ah, eso yo no lo sé, está en el hospital.

Qué horror, ¿eh? No salimos de una

y ya estamos metidos en otra.

Francisca, estoy muy cansado. ¿Subimos a la habitación?

Cuéntale a él lo que me acabas de contar a mí, por favor.

¿Otro más? Pero que me han pedido que sea discreto.

Raimundo, por favor.

Pues que la señorita Vinuesa

ha hecho una tontería y ahora está en el hospital.

Ha intentado quitarse la vida. Y menos mal que doña Antonia

y doña Marina la auxiliaron a tiempo;

que si no, no sé qué habría pasado.

Muy bien. Gracias, Raimundo,

pero no quiero saber nada de esa mujer.

Podéis retiraros.

¿De verdad no te importa lo que le ha pasado a Beatriz?

(SUSPIRA)

Esa mujer ya nos ha causado suficientes problemas.

He sido muy dura con ella y quizá por mi culpa...

No merece la pena que perdamos ni un minuto más

hablando sobre ella. Y mucho menos preocupándonos.

Pues yo creo que debes ir al hospital...

a interesarte por su estado.

Francisca, soy el menos indicado para ir al hospital.

Luis, por favor, es cuestión de humanidad.

Debes hacerle ver que lo que ocurre

no es tan importante como para quitarse la vida.

No te entiendo, un día me pides que rompa

todo trato con Beatriz y otro me suplicas

que corra a los pies de su cama.

¿Recuerdas lo que me prometiste esta mañana?

Que querías cambiar y ser un hombre nuevo.

Pues quiero ver a ese hombre.

Quiero ver a un hombre compasivo

y con capacidad de perdón.

¿Dónde has estado?

Ayer por la noche no volviste a casa.

Y llevo todo el día sin saber de ti.

Estaba muy preocupada.

¿Por qué? Has conseguido

que la mujer que te preocupaba termine en la cárcel.

Deberías estar de lo más tranquila.

Estoy muy arrepentida, Cristóbal.

Me dejé llevar por un arrebato.

Estoy dispuesta a retirar la denuncia.

¿Pero tú crees que la justicia funciona a tu antojo?

No sé si estás fingiendo o eres así de ingenua.

Si retiro la denuncia no habrá cargos contra ella.

La acusan de un delito de terrorismo.

Ya no hay vuelta atrás. Inés está en manos

de la justicia y lo que le espera no es nada bueno.

Pena de muerte o cadena perpetua según su abogado.

¿Y todo por qué? Por unos celos estúpidos.

¿Has hablado con el abogado de Inés?

No voy a aguantar otra escena de celos.

No, por favor, espérate.

Cristóbal, por favor.

No podría soportar otro día como el de hoy,

sin saber dónde estás, sin tener noticias tuyas.

Por favor, tenemos que hablar.

Y yo necesito asearme, ha sido un día muy duro.

Está bien, te aseas primero.

Y tómate el tiempo que necesites.

Pero luego hablamos, por favor.

De acuerdo, pero elige bien las palabras...

porque va a ser la última vez que hablemos de este asunto.

Vamos, Adela, que ya es hora

de que se vaya a casa con su hija.

Recojo esto y ya voy.

Bien, voy preparando a Eugenia, ¿eh?

De modo que es cierto lo que decían tus vecinas,

estás trabajando de fregona en este antro.

Claro que bien mirado no te mereces otra cosa.

¿Querías algo? El café está cerrado ya.

No creo que puedas pagarme la hipoteca

con tu sueldo de camarera.

A partir de ahora los pagos serán semanales.

No me fío de ti.

¿Qué tienes miedo, a que me escape?

Pagos semanales, Adela, o te quedas sin casa.

Buenas noches. Muy buenas.

Buenas noches.

Doña Rosalía, ¿pero qué está haciendo aquí a estas horas?

Tengo que hablar con usted, señora.

Si no, no voy a poder pegar ojo.

¿Qué ha pasado?

Pasa que no entiendo por qué no quiere dejar

a Eugenia a mi cuidado, por qué prefiere tenerla aquí

en lugar de que esté en casa conmigo,

más cómoda y mejor atendida.

¿Para eso ha venido hasta aquí?

¿Es por lo que ocurrió con Germancito?

¿Sigue usted culpándome de esa muerte?

No, doña Rosalía, no tiene nada que ver con eso.

¿Entonces, señora?

Pues simple orgullo.

Para demostrarle a todo el mundo

que puedo criar a mi hija sola y sin pedir favores.

Pues déjese de orgullos y tráigamela mañana.

Que también yo tengo mi orgullo.

Y me alegra tanto servirle de ayuda, señora.

Mañana a primera hora se la llevo.

¡Oh!

Gracias.

(RÍEN CONTENTAS)

Mira, Eugenia, tú aún no lo sabes

pero ahora mismo aquí tienes a las tres mujeres

más importantes de tu vida:

tu madre, tu tía y tu tata.

Cristóbal, ya he pensado lo que quería decirte.

Voy a ir a visitar a Inés a la cárcel

y le voy a pedir disculpas.

Y después iré a ver al juez.

¿Y esa maleta?

Me alegro de que hayas comprendido

que te has equivocado, pero es tarde.

Me voy.

¿Pero no íbamos a hablar, Cristóbal?

No puedo, Blanca.

Me he dado cuenta de que no te he perdonado.

No puedo, siento rabia, rencor.

Y así es mejor que no hablemos.

Ni que decir tiene que tampoco puedo compartir cama.

¿Y a dónde vas a ir?

De momento al despacho del hospital unos días.

Dormiré allí.

¿Esta noche?

Unas cuantas, de momento.

¿De momento? Adiós, Blanca.

(LLORA)

Quieren matarme, pero ha sido usted quien ha acabado

con mi vida y le ha hecho un daño terrible a mi familia.

Cuando uno toma una decisión tiene sus consecuencias.

Las mías y también las suyas.

¡Yo no he matado a nadie!

Viene la tía Adolfina.

Nos llamó anoche para avisarnos de que viene a la capital

para hacer unas gestiones. ¡Mi trabajo!

Si la tía Adolfina se entera se muere de vergüenza.

Como ya sabes me voy unos días fuera

y será la primera vez que Carlos se quede solo

después de nuestro casamiento.

Y quería pedirte que cuidases de él.

¿Yo? -Sí.

He estado a punto de convertir esta casa en un erial.

Sólo quiero que me perdonéis todos.

Y quiero vivir en paz conmigo mismo y con vosotros.

Ah, y también haré lo que me sugeriste ayer,

visitar a Beatriz en el hospital.

Bien, pues tienes una conversación pendiente.

Quitarse la vida nunca es una solución.

Me dejé llevar por la angustia del momento.

Se me nubló el entendimiento.

Pero yo no soy así, se lo juro.

A veces el sufrimiento puede hacernos desvariar.

Lo bueno es reconocerlo y afrontarlo.

Tiene razón, doctor. Y más en su estado.

Pudimos ver el contenido de la agenda.

¿Y puede recordar algunas de esas citas?

Helmut Braun; con él quedará mañana.

Helmut Braun...

¿Sabe quién es?

Sí, y no es buena noticia.

Busque la forma de enterarse

adónde fueron con tanta prisa y con quién se vieron.

Y cuando lo sepa me llama. -Sí, señor.

Quiero que me informe de todo lo que hace

y deja de hacer la parejita. -Lo haré.

Don Ricardo, le recuerdo que me prometió

que compensaría generosamente mi colaboración.

Y así será, cuando me dé algo de peso.

Entonces descuide, que lo tendrá.

Ah, pero yo pensé que íbamos

a comer en un sitio más elegante.

No, aquí podemos estar más tranquilos.

¿Se puede saber qué haces?

Pero aquí no hay nadie. -Nos podría ver cualquiera.

¿No ves que esto es una tienda?

Dentro de un par de días el pretendiente

de mi hermana Elena va a pedir su mano.

Felicidades.

Una boda en la familia es un gran acontecimiento.

Como se trata de un gran acontecimiento familiar

mi madre se ha encargado de decir a todo el mundo

que iré con mi encantadora novia.

¿Yo?

Lamento mucho meterla en este embrollo.

Me ha costado entenderlo, pero ahora sé que el amor

consiste en respetar la libertad del otro

y en anteponer su felicidad a la propia.

Luego dices que la buena soy yo.

Te excusaré ante los Medinaceli.

He hablado con su abogado. ¿Y bien?

La fiscalía le ha dicho que van a pedir la pena máxima.

¿Van a matarme? Lo siento.

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Seis Hermanas - Capítulo 297

28 jun 2016

Las hermanas Silva son el alma de las principales fiestas de la alta sociedad madrileña de la época, en el Madrid de 1920.

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