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No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 296 - ver ahora
Transcripción completa

A pesar de mis deseos, no puedo despedirte.

Pero sí que puedo hacer otra cosa.

Tanto vas a padecer, que llegará un momento

en el que tú misma querrás salir de esta casa.

-Luis tiene mucho poder en esa casa.

No podrías hacer mucho por ella.

-Merceditas tendrá que buscarse un empleo.

-Podría venir a servir a mi casa.

-Tenemos que descubrir con quién se reúne Rodolfo.

Nos llevará a quién presiona

al gobierno y al rey para que España

no sea neutral y entre en guerra.

Mañana tengo que ir a una cena que se organiza

en casa de los Loygorri. ¿Ah, sí?

¿Y qué se celebra? Ya ni siquiera lo pregunto,

si todos los eventos germanófilos y maurista son igual de aburridos.

Mañana estoy libre. Si quieres, te puedo acompañar.

Si estás aquí encerrada, es porque la policía

cree que eres culpable. Soy inocente.

Tú mataste a Germán y vas a pagar por eso.

Y esa es la única verdad. La verdad saldrá a la luz

antes o después. Y te aseguro que cuando eso pase,

seré yo la que me encargue de hacerte la vida imposible.

-Si somos como hermanos.

-Yo ahora podría darte un beso y no sentir nada.

Blanca ha estado empezando a hacer suposiciones

acerca de nuestra relación, que nada tienen que ver

con la realidad. Contarle la verdad,

no ha servido de mucho. Estaba muy furiosa.

Ha amenazado con delatarme. Espero que la convenza.

Porque tanto ella como usted, se verían implicados.

Ella por el escándalo y usted por haber atendido

a una anarquista y no dar parte.

-Tienes que denunciarla ya.

Esa mujer es peligrosa. Y cuanto antes pague

por sus delitos, mucho mejor.

Luis es un obseso, un demente, es un monstruo.

Eso no es verdad. Despierte de una vez.

No pararé hasta recuperarle. Luis y yo acabaremos juntos.

-Soy inocente. -El juez será implacable.

La condenará a morir por garrote vil.

-¡Estuve con un caballero!

¿Se imagina cuáles serían los comentarios?

Le daré el nombre de ese caballero.

Hablé con él y me pondrá en libertad.

-El opio no es una cura. Es una enfermedad.

Escúchame. Buscaré a un médico, el mejor de Madrid.

Y harás un tratamiento y te curarás, cueste lo que cueste.

¡Chis! -Lo siento.

(Sintonía)

Merceditas, los vestidos que dejo en el cuarto,

son para la modista, para que les amplíe la cintura.

Y recuerda que el vestido verde tiene el ojal roto.

Sí, sí, señora.

¿Has oído lo que te he dicho? Sí, claro.

¿Sí? ¿Y qué es lo que te he dicho?

Que tiene un ojal roto.

¿Qué es lo que escondes ahí detrás?

¿Yo? ¿Qué voy a esconder? Nada. Merceditas...

¿Qué? ¿Vas a hacer que me agache

en mi estado? ¿Qué tienes ahí detrás?

No. No hará falta, señora.

Huy. ¿Una maleta?

Mi maleta.

¿Y qué hay dentro? Pues mis cosas.

¿Tus cosas? Qué tontería. Venga, ábrela.

No es lo que cree, señora. Yo no creo nada.

Ábrela. ¿Qué hay dentro?

Está bien. Lo que usted diga.

Oh. Pues sí que son tus cosas. Sí.

En fin. ¿Qué quieres que te diga?

Los masones dicen muchas cosas.

-Cuando el río suena... -Eso valdría en París.

No en España, que es el foro de la difamación.

-¿Te has hecho masón nada más llegar?

-Pues mira. No tuve la oportunidad.

Pero en esta reunión, nada fue como esperaba.

-¿Sacrificaron a algún animal? ¿Invocaron a los dioses paganos?

-Esperaba más de ti. Ya me advirtieron

de este tipo de burlas. -¿No hicieron nada de eso?

-Pues no. Era gente interesante

compartiendo opiniones y conocimientos.

Emilio no mentía. -Gente interesante.

-Más de lo que tú puedas imaginar.

En esa reunión, estaba representada

la excelencia en todos los campos. Banqueros, filósofos,

artistas, científicos... -Tú.

-Cariño, ¿me vas a tomar en serio?

-Qué susceptible te han puesto esos masones.

Venga. Continúa. A ver. -Era buena gente.

Con sentido del humor. Y la oportunidad perfecta

para hacer buenas amistades.

-Buenas amistades. -Sí.

Para nuestro trabajo. -¿En el textil?

-Como espías.

-¿De quién hablas, en concreto?

-Del Secretario del Ministerio de la Guerra.

Le caí en gracia y si cultivamos su amistad,

podremos conseguir la información

sobre quién presiona al rey y al gobierno

para que España abandone la neutralidad

y se alíe con los alemanes. -Ya sé lo que quieres hacer,

pero me temo que es imposible.

-¿Imposible por qué? Me parece un buen plan.

-Es muy buen plan. Me parece estupendo

que cultives tus amistades,

pero ese plan tiene un inconveniente.

-Pues ya me dirás cuál es. -El tiempo. Y no lo tenemos.

El señor Green lo dejó bien claro.

Lo mejor es ir a la cena de los Loygorri

y hacernos con la agenda de Rodolfo.

-No traicionaré mi amistad con él.

Tengo otra forma de conseguir

la información. ¿Por qué no lo intentamos?

-Porque no tenemos tiempo. Te lo he dicho.

Tenemos que hacernos con esa agenda.

Tienes que acompañarme a esa cena.

No puedo ir yo sola. Sería rarísimo.

-No voy a traicionar a Rodolfo.

-No quiero volver a discutir contigo de este tema.

Además, tú no vas a hacer nada que ponga en peligro

tu amistad con Rodolfo. Me encargaré de robar la agenda.

Tú, simplemente, haz lo que mejor saber hacer.

-¿Qué? ¿Mentir y traicionar a un amigo?

Perdona, pero yo no soy así. -No.

Ser divertido y simpático.

Entretenerlos.

-No sé.

-Salvador, pensé que estábamos de acuerdo en todo esto.

¿Para ti qué es más importante? ¿La amistad de Rodolfo

o salvar la vida de miles y miles de personas.

¿Y qué esperaba? ¿Que fueran suyas o de sus hermanas?

Yo no soy una ladrona, señora. Nunca lo he sido.

Yo no creo eso, mujer. Ya.

Pero me ha hecho abrir la maleta.

La escondías con tanto secreto, que no imaginaba

qué podía haber dentro. No quería que se supiera nada,

hasta que lo tuviera todo listo.

Esta tarde me voy de casa.

¿Pero qué estás diciendo?

Don Gabriel nos ha ofrecido trabajo en su casa a Raimundo y a mí.

¿Gabriel? Sí.

Y no intente quitarme la idea de la cabeza, señora,

porque ya está decidido. ¿Por qué va a hacer eso Gabriel?

Si sabe que tú y yo somos como hermanas.

Es porque le he rechazado, ¿no? Por eso nos separa.

No tiene nada que ver con eso. Entonces, ¿por qué hace esto?

Pues don Gabriel no ha hecho nada. Bueno, al menos, nada malo.

Señora, yo soy una persona muy leal

y no me hubiera ido de esta casa, ni aunque me doblaran el salario.

Ya. Pero, sin embargo, te vas con él.

Don Gabriel nos ofrece vivienda y trabajo

a Raimundo y a mí.

Merceditas, lo siento, pero no entiendo nada.

¿Qué está pasando?

Es que no puedo más y esto solo iba a ir a peor.

¿Qué es lo que ha ocurrido?

Señora, su esposo... Luis no puede echarte, Merceditas.

Salvador se lo ha impedido.

Pero no puede impedirle que me haga la vida imposible.

Esas fueron las palabras de don Luis,

que me iba a hacer pasar las de Caín,

hasta que yo decidiera marcharme de esta casa.

Tendría que habérmelo imaginado.

Y como ya ha empezado a hacer de las suyas,

¿para qué alargarlo más? Entiendo.

Y, además, Raimundo ya estaba empezando a ponerse nervioso

con esta situación. Ya me entiende.

Mire, señora. Yo he sido muy feliz en esta casa

todos estos años, pero... Así que todo esto es por Luis.

Pues sí, la verdad. ¿Para qué negarlo?

Pero usted no se haga mala sangre.

Yo voy a estar muy bien con don Gabriel.

Y ya está. No está. No está.

¿Cómo va a estar, Merceditas?

Mira, mi marido está en una reunión en el conservatorio.

Cuando venga, hablaré con él. ¿Qué va a hacer usted?

¿Qué va a decirle? Si no es mucho preguntar.

No le voy a decir nada. Le voy a exigir que te pida perdón

y que deje de humillarte.

¡Ay, por Dios, señora! Es lo que voy a hacer.

Pero él es el señor de la casa y yo solo soy una criada.

Eres parte de esta familia y no voy a consentir

que te marches por una injusticia. Ya está decidido.

Prométeme que esperarás, por favor.

Don Luis lo dejó bien claro. O él, o yo.

Pues entonces, tendrá que ser o él, o nosotras.

Así que ya puedes deshacer la maleta. Caramba.

Ya estoy lista, padre.

Podemos irnos cuando quiera. -Enseguida.

Antes, quiero que escuches a alguien

que tiene que decirte algo.

-¿Alguien?

No quiero ver a esta niñata.

-Carolina. -¿Así quiere que arreglemos

las cosas? ¿Enfrentándome a esta miserable?

-Cállate. Solo pretendo que escuches

lo que ha venido a decirte, por el amor de Dios.

Adelante.

-He venido a pedirte perdón.

-Bueno, eso ha estado muy bien. ¿No te parece?

-Si usted lo dice...

-Después de hablar con tu madre, me he dado cuenta

de que fui algo injusta contigo.

No debería haber insinuado que fueras una asesina.

No lo volveré a hacer.

Padre me ha contado que tienen que tratarte.

Sé que te va a costar.

Pero estoy segura que, con el tiempo,

aprenderás a controlar

tus impulsos... asesinos.

-¡Ya está bien! ¡Ya está bien! ¡He dicho que ya está bien!

Ya está bien, Carolina. ¡No me lo puedo creer!

¡Se supone que sois dos mujeres adultas!

No dos mocosas incapaces de comportaros con educación.

-Yo no he empezado esto. -¡Me tiene sin cuidado

quién ha empezado! Las dos sois hijas mías.

Y vais a llevaros bien, me cueste lo que me cuesta.

-No creo que eso sea posible. -Lo es.

De entrada, ya os estáis dando la mano. Vamos.

Haced las paces. Por favor, haced las paces.

No pretendo que os queráis, como debería ser.

Pero, por lo menos, ¿prometéis trataros

con respeto y amabilidad,

como hermanas de padre que sois?

-Ni que estuviera dando misa, padre.

-¿Lo prometéis?

-Sí.

-Sí.

-Eso está muy bien.

-Está bien. ¿Me puedo ir? -No. No te puedes ir. No.

Ha sido un primer paso necesario, pero insuficiente.

A estas alturas, tampoco me fío de vuestras promesas.

Pero creo que he tenido una idea que puede ayudaros a cumplirlas.

Ahora que Carolina va a iniciar su tratamiento

con un buen médico, va a necesitar que alguien

esté pendiente de ella, que vigile que se encuentra bien.

-No, padre. Yo... -Cállate, cállate.

Bueno, es evidente que necesitará ayuda en la tienda.

Esas dos serán tus funciones, Elisa.

-¿Qué?

¿De verdad pretende que trabaje? -En efecto.

-¿Vas a ser mi ayudante? -Nunca.

-Elisa... ¡Chis! No te rías.

Elisa, recuerda que si estás aquí y no en un internado,

es porque yo lo evité.

No me costaría ningún trabajo volver a hablar con Diana

y hacer que termines el año en una de esas instituciones.

Una bien lejos, en mitad del campo,

retirada de bailes y festejos.

¿Es lo que quieres?

-No.

-Muy bien. Entonces, trabajarás en la tienda.

De momento, estarás a prueba, sin sueldo.

-¿Qué? -Tendrás que esmerarte para cobrar.

-Padre, ¿no se da cuenta que yo tengo una posición

que no puedo dejar que la gente me vea así?

-Lo siento por tu posición. A ver si alguien niña

de tu posición toma ejemplo.

No hay nada más que hablar.

(Llaman a la puerta)

Hola. -Hola.

Tendrá que disculpar el desorden.

Entre unas cosas y otras, se me acumula el trabajo.

-Tengo algo importante que contarle,

pero no quiero que se preocupe más allá de lo razonable.

-Es lo peor que me puede decir. -Siéntese, por favor.

-¿Tan importante es? -Sí.

-Está bien. Ya ha conseguido preocuparme.

-Ayer pude comprobar la coartada de doña Leticia

para la hora de la muerte de Germán.

-¿No se supone que estaba en el hotel

y que nadie la vio entrar?

-La vieron salir, una doncella. -Más a nuestro favor.

Pudo ir a casa de Germán y matarle.

-No, no. Confesó que había mentido y, finalmente, me dijo la verdad.

-¿Así? ¿Sin más? -No, no. Me las ingenié

para que confesara. Y no fue nada fácil.

-¿Y qué le dijo? -Que había estado con alguien.

-¿Lo ha comprobado? -Sí. Decía la verdad.

-¿Y por qué mentía antes? -Porque se trataba de un hombre.

Había quedado con él y no para jugar a la baraja.

Por eso callaba, para salvaguardar su honra.

-¿Prefería quedar como una asesina que como una fresca?

-He comprobado su historia con ese hombre

y con otros testigos y no he tenido

más remedio que liberarla.

-¿Quiere decir que Leticia ya no está en la cárcel?

-No había modo legal de retenerla.

-Tengo que avisar a mi hermana Adela cuanto antes.

Huy, qué sueño tiene mi chiquitina.

Que se le cierran los ojitos.

Y ahora va a venir una vecina muy guapa,

que se llama Leonor, y te va a cuidar

mientras mamá va a trabajar. ¿Eh?

(Suena el teléfono)

Chis. Ya está. Ya está. Ya pasó.

Ya está, chiquitina. Ya está.

Ya pasó.

Qué estampa tan conmovedora.

¿Cómo no has echado la llave?

¿Es que no sabes que hay un asesino suelto?

-Qué extraño. Por un segundo, parecía que alguien

había cogido el teléfono. Pero no contestan.

-No pierda la calma. Su hermana no está en peligro.

He verificado la coartada de doña Leticia

y esa mujer no es el asesino.

-¿Y con quién estaba? -No puedo decírselo.

He jurado discreción a esa persona.

-Me temo que ese hombre y Leticia le engañan.

Si algo se le da bien a Leticia,

es engañar. Lo ha demostrado.

¿O no se basaba en eso su beneficioso matrimonio?

-Sí. Pero este no es el caso.

-Aunque tuviera razón. Demuestra que no mató a Germán.

pero no que no sea la Asesina del Talión.

-Me cuesta creer que a don Germán le matara alguien diferente.

-¿No dijo que la huella junto al cadáver era de Leticia?

-Sí. Era una huella parcial.

Los resultados no son fiables.

El juez jamás me permitiría mantener encerrada

a esa mujer con esas pruebas.

-Si mi hermana no contesta, iré a Madrid a verla.

-Si le hace sentir mejor, yo la llevará.

Pero le aseguro que su hermana no está en peligro.

Esa mujer no es la asesina.

No te acerques a mi hija.

Lo que tengas que hacer, me lo haces a mí.

Trato hecho.

Claro que... ¿cómo podrías estar segura

de que cumpliese con mi parte del trato?

¿Qué me impediría hacerle daño a la niña,

una vez haya terminado contigo? Por favor.

Nunca fuiste muy espabilada, Adela.

Leticia, te lo pido por favor.

Tendrías que verte la cara.

¿De verdad crees que te haría daño?

¿Con qué iba a matarte? ¿Con las uñas?

Hay que ver qué poderoso es el miedo.

¿Qué haces aquí?

No me he escapado de la cárcel. Me han soltado.

¿Y sabes por qué? Porque soy inocente.

No he matado a Germán. Y no tengo intención

de matarte ni a ti ni a tu hija.

¿Y a qué has venido? Te acuerdo que ahora

la dueña de esta hipoteca soy yo.

Ayer te advertí que en el momento en que se probase

mi inocencia, me dedicaría a hacerte la vida imposible.

Soy una mujer de palabra. Así que aquí estoy.

¿Y qué vas a hacerme?

Por lo pronto, me vas a pagar el doble

de lo que habíamos acordado.

Un solo retraso en un pago

y tu hija y tú os iréis a la calle.

¿Me has entendido? Sí.

Espero que, a partir de ahora, seas menos negligente.

Te recuerdo que nada de esto es tuyo todavía.

Ya volveré. ¿Cuándo?

En cualquier momento. Cualquier otro día.

Así que ten preparado el dinero.

(SUSPIRA)

(Suena el teléfono)

¿Sí? Celia.

No, no. Estoy bien. Estoy bien.

Sí, ya sé que la han soltado. Sí.

No te preocupes Estaré pendiente. Gracias.

¿Qué haces? -No pienso seguir paseando

hasta que no me digas dónde estuviste ayer hasta tan tarde.

-¿Estás otra vez con eso? -Llamé a tu oficina

y me dijeron que te habías ido, a la hora de siempre.

¿Dónde estabas? -Está visto que contigo

no hay manera. Este no era el plan,

pero no me dejas otra opción.

-¿De qué estás hablando?

-Esta es la razón de mi tardanza de ayer.

-Ay. Es precioso.

-Me alegra que te guste. Me hubiese gustado entregártelo

en un ambiente un poquito más romántico

y no en medio de una discusión.

-Hay algo que aún no entiendo.

-¿Qué no entiendes, Sofía?

-No sé. ¿Para esto tuviste que tardar tanto?

-¡Por Dios! ¿Qué tengo que hacer para que confíes?

Es una pieza única. Jamás encontrarás uno igual.

Está especialmente creado para ti.

Estuve con el joyero hasta que lo terminó.

-Ay. Seré tonta.

Tú mimándome y yo desconfiando de ti.

-No pasa nada.

-Ay, Elisa.

Huy, qué cara traes. ¿Qué ha ocurrido?

-La peor de las desgracias.

Mi padre me quiere poner a trabajar. ¿Os lo podéis creer?

-Vaya.

-Todos los días y en el peor sitio posible.

En la Villa de París. Con esa desequilibrada.

Bueno, ¿qué? ¿No vais a decir nada?

-Ay, es que a mí me parece una idea magnífica.

-Sofía, teniendo amigas como tú, mejor no tener enemigas.

-Así me podrás aconsejar con las telas y los vestidos.

Seguro que tienes mejor gusto que Carolina.

Y me podrás decir con qué puedo combinar esta preciosidad

que me ha regalado mi esposo.

-Anda. -Estuvo media tarde

y parte de la noche en el taller del joyero

para terminarlo a tiempo.

Debió terminar exhausto.

-Pues imagínate el joyero. -Y yo desconfiando de él.

-Ay, si es que es... -¿Te gusta?

-Muchísimo. Entonces, Carlos, ¿no llegaste a casa

hasta las tantas? -No. Sí...

O sea, llegué tarde.

Tarde llegué. -Ah, bueno.

Menos mal que mereció la pena.

-Claro que sí. Para cosas como estas,

puedes tardar lo que quieras. -Ya has oído.

-Ya, bueno. Pero cosas así no se pueden hacer

todos los días. -Ay. ¿Y por qué no?

-Yo estaría encantada. -Ya lo ves.

-¿Continuamos con el paseo?

-Sí. Sí, porque hoy va a ser uno de los últimos días libres

que tenga hasta saber cuándo.

-Me cuesta creer que te pongas a trabajar.

-Se me abren las carnes solo de pensarlo.

-Es precioso, mi amor.

Hacía mucho tiempo que no te veía

tan impaciente por recibirme.

Es muy halagador. Llevo horas esperando por ti.

Pero por razones muy diferentes.

Raimundo y Merceditas se van de esta casa

para trabajar a otro sitio.

Una noticia excelente. No me parece tan excelente.

Aunque si van a ir a trabajar a otra casa,

tendrán que encontrar una casa

en la que les quieran. Ya la tienen.

La de Gabriel.

¿De verdad? Entonces, es una noticia doblemente buena.

¿No crees? Nos libramos de ese par de ineptos

y quien tendrá que pechar con ellos,

no es otro que el señor conde.

Creo que voy a brindar por ello.

No vas a brindar por nada.

¿Por qué no? Esto hay que celebrarlo.

Si Merceditas se va, es porque has hecho

lo imposible por amargarle la vida.

Mis buenas razones tenía. No tan buenas razones.

Si se van de esta casa, Luis, yo me iré con ellos.

Sería abandono del hogar y sabes perfectamente

que no pienso permitirlo. Soy yo la que no permitirá esto.

Estar en una casa en la que se toman

decisiones injustas solo porque el señor así las quiere.

No se tomó ninguna decisión injusta.

Luis, por favor. Conozco hace muchísimo tiempo

a Merceditas y jamás ha obrado con mala intención.

Me da igual si fue sin mala intención.

Es una criada y me agredió. Claro.

Y tú eres el señor de esta casa.

Así es. Sí. Poco importa si la maltrataste

o si ella obedeció a los impulsos más nobles,

porque tú eres el señor de esta casa.

Exacto. Y deja de adoptar esa pose de indignada.

No soy el que ha compuesto las reglas del trato social.

Por supuesto que no, pero te encantan

y ayudas a perpetuarlas. ¿Tú piensas cambiarlas?

Claro que no. Por fin dices algo sensato.

Mira. Voy a subir a la habitación y voy a hacer la maleta.

Y en tu mano está el que me quede o me vaya de esta casa.

Mandaré a la policía a buscarte. Me escaparé otra vez.

Y si me meten en la cárcel, será Gabriel quien me saque.

Francisca... No voy a repetírtelo, Luis.

Te prohíbo... Deja de prohibir

y ocúpate de ser mejor persona.

Perdona a Merceditas y haz como si no hubiese pasado nada.

Así que tú eliges. O una criada más o menos eficiente

y, sobre todo, un cambio de actitud por tu parte,

o la soledad más absoluta.

No podía dar crédito. Esa enfermera, Marina,

fue tan grosera.

-Sí. La verdad, no sé qué le pasa,

pero no parece la misma persona que conocí en Marruecos.

-Hay gente que cambia de golpe. -En la guerra,

se desvivía por los heridos. Su conducta era ejemplar.

Podías contar con ella para cualquier cosa.

Pero el otro día, me crucé con ella

y ni siquiera me saludó. -Me pasó lo mismo.

-¿Sí? Pues ahí lo tienes.

-Bueno, parece que Elisa se retrasa. ¿Vamos pidiendo?

Raimundo.

-¿Qué les sirvo? -Té para todos.

-Té.

-Mira. ¿Has visto qué broche más precioso

me ha regalado mi marido?

-Muy bonito. -Me mima demasiado.

Pero puedo resignarme.

A la que no miman tanto, es a la pobre Elisa.

Elisa Silva. -¿Por qué lo dices?

-Su padre la ha puesto a trabajar.

Y mira que no tiene necesidad ninguna.

Es una familia muy bien acomodada.

-Si hace nada les has dicho que te parecía bien.

-A ella le vendrá bien, pero me parece mal.

Una señorita de buena familia, despachando en una tienda,

pues no sé. ¿Dónde vamos a parar?

Mira. Ahora seguro que se está retrasando

porque habrá ido a que el doctor Loygorri

le certifique que no es apta para el trabajo.

-¿Y no lo es? -Sí que lo es. Claro que lo es.

-A ver. Lo es... No lo sé si lo es.

Elisa siempre ha sido una señorita de muy buena familia.

Siempre ha estado entre algodones.

Y que ahora se ponga a despachar en una tienda, pues no sé.

Lo más parecido a un trabajo físico que ha hecho Elisa,

ha sido cepillarse los dientes.

-Pues a mí me parece bien que una señorita trabaje

alguna vez en su vida. Así no pierde el contacto

con la realidad. -Inés, ¿qué realidad?

De toda la vida, hay quienes sirven y quienes tienen

a gente sirviendo. Esa es la realidad.

-Sofía, ¿tú serías capaz de defender

el sistema de castas de la India, verdad?

-Difícilmente, porque no sé lo que es.

-Tienen que disculpar que el servicio vaya lento,

pero es que me quedé solo para atender.

-¿Qué ha pasado, Raimundo? -Pues nada.

La camarera no se ha presentado. Y para colmo,

doña Antonia ha ido a buscarla. Y aquí me quedé.

-¿Desde cuándo tienen una camarera en el Ambigú?

-Pues sí. Es doña Adela, la hermana de su amiga,

la señorita Elisa. -¿Qué les pasa

a todas las Silva, que ahora se ponen a trabajar?

¿Lo hará por dinero o por explorar la realidad?

Inés. ¿Te encuentras bien?

-Inés, ¿te pido un vaso de agua? -No, no.

-Disculpe. Es que no sé muy bien cómo decir esto.

Eh... Ese policía que ha entrado, me ha explicado

que han venido para detenerla a usted.

-¿Pero qué bobada es esa?

-Si quisieran detenerla, ya la hubieran detenido.

-Claro que sí. ¿Cómo van a querer hacer eso?

-Por favor, callaos. -El caso es que le quieren evitar

el escándalo. Entonces, le proponen

que salga usted por su propio pié

del Ambigú y que se entregue fuera.

-Pero, Inés, ¿qué haces? -Inés, espérate un momento.

Yo tengo conocimientos en abogacía

y puedo hablar con él. -No hagáis nada.

-¿Por qué se ha entregado? -No sé, Sofía. Algo habrá hecho.

Qué dignidad le da a este local recibir la visita

del insigne Conde de Barnos.

-Don Emilio, qué agradable

sorpresa. ¿Cómo está? -Muy bien.

-¿Por qué no me acompaña? -Ah. Muy amable.

-Dígame. ¿Qué quiere tomar? ¿Un café o, tal vez, un Jerez?

-Tomaré un té. -Sí. Miguel, un té, por favor.

Bueno, y cuénteme. ¿En qué anda ocupado últimamente?

-Pues Su Majestad el Rey, me ha pedido

que supervise su último proyecto.

-Entiendo. Un secreto de estado. -No, no.

En absoluto. Digamos que son tiempos difíciles

y el rey abogo por ayudar al necesitado

mediante la Oficina Pro Cautivos.

-La Oficina Pro Cautivos. Parece interesante.

-Muchas gracias. -Y dígame, ¿en qué consiste?

-Todo se remonta a hacer tiempo, cuando recibió la carta

de una lavandera francesa pidiéndole que le ayudase

a averiguar el paradero de su marido desaparecido,

cautivo de los alemanes.

-Ajá. ¿Y le ayudó? -Don Alfonso tiene

un corazón sensible como no he visto otro.

La verdad es que el asunto le conmovió al extremo.

Y el caso se resolvió con bien, a palacio no han parado de llegar

más y más cartas al mismo tenor.

Más de un centenar en apenas un mes.

-¿Me dice que Su Majestad se hizo cargo

de esos casos? -Lo que el rey hizo,

fue abrir la Oficina Pro Cautivos de la que le hablaba,

que es un modesto departamento encargado de ayudar

a las familias a encontrar a los soldados desaparecidos.

-Entiendo. ¿Aunque de cuál de los dos bandos

se está refiriendo? -De los dos.

Por sorprendente que pueda parecer.

-Sorprendente y admirable, sin duda.

Y se lo dice alguien que ha estado desaparecido

durante mucho tiempo y conoce de buena mano

el tormento que sufren las familias.

-Se me acaba de ocurrir una idea brillante.

Está mal que lo diga, siendo mía. -Por favor.

-No se me ocurre mejor valedor de la iniciativa real,

que usted, señor conde. -Es usted muy amable.

-¿Estaría dispuesto a ayudarnos?

-Desde luego que sí. -Le advierto que no recibiría

ningún tipo de remuneración por su servicio.

Pero entiendo que a alguien como usted,

en su posición, no lo mueve el dinero.

-No. Más bien, soy más partidario de moverlo yo a él.

-Tiene usted un pico de oro.

Mire lo que le voy a decir. Si termina haciendo carrera

en el Parlamento, acuérdese de este encuentro.

Sí, sí. Acuérdese, que yo se lo predije.

-No, don Emilio. Creo que prefiero al corte a las Cortes.

Me gusta saber a qué cartas jugar.

-Esmuy ingenioso. Sería capaz de convencer

a quien fuera. -Al igual que a usted.

Creo que fue usted quien me convenció.

¡Ay, Merceditas! Nunca imaginé

que llegaría a ver este día.

La verdad es que siempre creí que las dos

continuaríamos juntas hasta el final.

Y yo contaba con salir con los pies por delante.

-Y qué le vamos a hacer, doña Rosalía,

si a nosotras las cosas siempre nos vienen dadas.

Nos marcharemos en cuanto Raimundo termine su turno.

El señorita Gabriel... -¡Chis! El señor conde.

-Sí. El señor conde Gabriel nos esperaba

en la terraza del Continental.

-Merceditas, antes de que te marches,

hay una cosa que quiero decirte.

-Si hay algo que no he dejado a su gusto,

todavía estoy a tiempo de repasarlo.

-Precisamente, de eso se trata. -Vaya. Ya lo sabía yo.

-No. Que digo, que de eso es lo que te quiero hablar.

-Pues no la entiendo, doña Rosalía.

-Verás.

Es que son tantas las veces que ando tras de ti,

corrigiéndote esto y afeándote lo otro,

que, por el camino, se me ha olvidado decirte

lo más importante.

-Ah. ¿Y qué puede ser eso?

-Pues que aparte de ser mi compañera de fatigas,

te has convertido en mi mejor amiga, Merceditas.

-¡Ay! Por Dios, doña Rosalía, me va a hacer llorar.

-Quería que lo supieras, antes de irte por esa puerta.

-Pero si vamos a seguir viéndonos.

-¿Tú crees? -Y tanto.

En el mercado, un día sí y otro también.

-Vaya. Pues tienes razón.

-Ahora sí, una cosa le voy a decir.

Por muy amigas que seamos, la vez habrá que respetarla.

Y el mejor género se lo llevará la que llegue primero.

-¡Pero, señora!

¿Qué hace cargando peso en su estado?

Que si ella se marcha, yo también.

Es lo que he prometido, Rosalía.

¿Y su esposo? Parece que repliega velas.

Dice que dejará en paz a Merceditas,

a cambio de que yo no me vaya de casa.

Vaya. Señora, creo que no he conocido

en mi vida a nadie con un carácter como el suyo.

Hay hombres que no atienden a razones,

sino, más bien, a amenazas, Rosalía.

Dice que entierra su hacha de guerra

y que hará como si no hubiera pasado nada.

Y, entonces, esas maletas...

La decisión ahora es de Merceditas, claro.

Pero si yo, más feliz que en esta casa,

no he sido en ningún sitio, señora.

Pero no sé si don Luis se atendrá a lo que dice.

No te preocupes. Ante la primera palabra

destemplada que diga, yo me encargo de hacer

las maletas y nos vamos las dos.

Pero, señora... Entonces, ¿qué dices?

¿Nos vamos o nos quedamos?

Pues nos quedamos, claro. (RÍEN)

¿Qué sucede? Vienes muy alterado.

No es para menos.

Un grupo de anarquistas indignados han venido a pedirme

explicaciones al hospital.

¿Explicaciones? Sí, explicaciones.

Daban por hecho que la denuncia contra su compañera Inés,

había sido cosa mía. Y venían dispuestos a todo.

Todavía no sé cómo los convencí para dejarles claro

que no tuve nada que ver con esa denuncia.

No les he dicho nada de ti.

¿Pero qué has hecho? ¿Qué has hecho?

¿Cómo pudiste? Inés estaba arrepentida,

no tenía nada que ver con lo que ocurrió en la fábrica.

¿Crees que el encarcelamiento y el escándalo

le ayudará a salir de donde está?

Se trata de hacer justicia.

Ella y sus compañeros tienen muertes a sus espaldas.

Diana y tu hermano se salvaron de milagro.

Lo que la policía haya decidido hacer con mi información,

no es responsabilidad mía.

En cuanto al escándalo social,

es algo que podría haber evitado fácilmente,

no participando en actos violentos.

Parece mentira que digas eso.

El escándalo solo te importa

cuando eres tú la que está en boca.

No es cierto. ¿Cuántas veces esgrimiste

la excusa de habladurías, escándalo, del qué dirán,

para que no hagamos pública nuestra relación?

Para proteger a la familia y a la reina.

¿Crees que el encarcelamiento de Inés no hace daño

a la familia Villamagna y Pimentel?

Es distinto. ¿Distinto por qué?

Ella es una terrorista y nosotros no.

Blanca, no es eso lo que te ha movido a hacerlo.

Y lo sabemos los dos. ¿Qué insinúas?

Celos. Lo has hecho por celos.

Unos celos estúpidos, absurdos y sin fundamento.

No es verdad. Marina te los metió en la cabeza

y está pagándolo Inés. No es verdad.

Blanca, atrévete a decirme otra vez que no es verdad.

Cálmate, porque no estás siendo justo conmigo.

Y suficiente nerviosa estoy ya con la cena en casa de tu madre.

Otra vez a fingir que soy la esposa perfecta.

¿De qué te quejas? Fingir se te da muy bien.

Tan bien, que, últimamente, no sé ni quién eres.

Lo siento mucho, Antonia, Que no, Adela.

Pero no se preocupe.

¿Qué tiene de raro que llore, con todo

lo que nos ha tocado vivir estos días?

(SUSPIRA)

Si soy yo y...

y cada mañana, cuando abro el café,

pienso que no voy a poder seguir, que no tengo fuerzas.

Germán muerto, Enrique enfermo y mi hijo...

y mi hijo por ahí.

Pero me digo: "No, Antonia. Un pasito más. Vamos.

Arriba. Hay que mantenerse en pié".

Y si hoy tienes ganas de llorar, a llorar se ha dicho.

Pero mañana no. Mañana la quiero ver fuerte.

Por su hija, tiene que seguir luchando y tirar para adelante.

(SUSPIRA)

Pero es que no es solo eso, Antonia.

Ya decía yo.

Esta mañana han soltado a Leticia.

Y adivina dónde ha ido nada más salir de la cárcel.

¿Ha venido aquí? Se ha presentado por sorpresa

y me ha dado un susto de muerte. ¿Y qué quería?

Anunciarme que me va a hacer la vida imposible.

De momento, me exige el doble de lo acordado

para la hipoteca. ¿Cómo el doble?

¿200 pesetas? Sí.

Pero ni que esto fuera un palacio.

Pues, si no pago, se queda con la casa

y yo pierdo todo lo que habíamos pagado por ella.

¿Pero cómo se pueden hacer esas cosas?

Eso tendría que estar prohibido. Pues no lo está, Antonia.

Tendrá que hablar con Salvador y pedirle más dinero.

No, estoy harta de pedir favores a todo el mundo.

Tengo que salir adelante yo sola.

¿Y qué va a hacer?

Pues tienes razón,

es que no puedo permitir que me arrinconen,

tengo que enfrentarme a lo que me pongan delante.

Eso está muy bien, ¿pero de dónde sacará el dinero?

Pues voy a pagar la hipoteca con lo que gane trabajando,

tarde lo que tarde. Le va a costar.

Ya.

Pasaré estrecheces y

pues ya no podré ser la...

La chica acomodada que era antes, pero...

Pero tampoco lo soy, yo he cambiado.

No, la vida la ha cambiado, Adela.

Supongo que sí.

Pero no es la primera vez que me arruino

y siempre salí adelante. Ay, me acuerdo cuando la conocí,

que me pareció que era una muñequita que había crecido

entre algodones y nunca sabría ser nada más.

Qué equivocada estaba.

Mírese ahora. No hay mucho que ver, Antonia.

No, no, de muñequita ya usted no tiene nada,

es una leona dispuesta a defender lo suyo y a los suyos.

Qué bien hizo mi hermano al elegirla.

(RÍE) Si la viera ahora...

Estoy tan orgullosa de usted.

Gracias, Antonia.

Pero quiero seguir estándolo, así que mañana nada de llorar, ¿eh?

La quiero a mi lado en el Ambigú. Allí voy a estar, te lo prometo.

Venga aquí.

(LLORA)

Lo pienso y no me lo puedo creer. -Créetelo, ocurrió delante de ti.

-Tuvo que hacer algo muy gordo Inés

para que la Policía la detenga delante de todos.

-La Policía fue muy discreta. -Yo he preguntado

y me han dicho que Inés es anarquista.

Imagínate, rica y anarquista.

-Ah... -¿Quién es rica y anarquista?

-Pues no lo sé, yo no soy ninguna de las dos cosas.

-A mí me asombra que llevara dos vidas a la vez,

una doble vida y que nadie sospechara.

Yo sería incapaz.

¿Os lo podéis creer? Yo creo que no sería capaz,

aunque me vendría bien un poco de misterio.

No sé, todo el mundo tiene secretos,

algunos son horribles,

otro espeluznantes como los de Inés...

Pero yo tengo una vida tan sencilla

y yo, además, que lo cuento todo. -Ah...

-Y tú, Elisa, ¿tienes algún secreto?

-Ah... ¿Yo?

Yo nada, nada.

-A ti ni te pregunto.

Tendrías tú algún secreto sin saberlo tu mujer...

(CARLOS RÍE) -¡Ah!

¿Qué hora es?

¡Ay, llegamos tarde a casa de los Iriarte!

-¿Dónde? -Sí, para hablar de lo de Inés.

-Yo lo siento, Sofía, pero no voy a poder ir, porque...

Me tengo que acercar a la oficina. -Ya.

-Yo tampoco voy a poder ir, Sofía,

es que... es que mañana trabajo y me gustaría descansar.

-Ah, qué aburridos sois los dos.

Pues, nada, me marcho.

-Que te diviertas. -Igualmente.

Y tú también. Te amo.

Adiós.

-Carlos, esto hay que cortarlo de raíz.

-¿Por qué?

-¿Es que no has oído a Sofía?

Vive en un mundo ingenuo y bueno.

Es... es sincera, no tiene secretos.

Es que engañarla así sería como... Como romperle el corazón.

-Pues entonces no se trata de cortar nada,

sino de evitar que Sofía se entere.

-Ah, Carlos, yo me siento muy culpable.

Estoy empezando a tener remordimientos.

-¿Remordimientos tú? -Sí.

-Pues ayer no se notaban, ¿eh?

-No, porque ahora...

Ahora estoy empezando a pensar cómo me sentiría si fuese ella.

-Ah, ¿y esto no lo habías pensado antes?

-Mira, no me hables así, tú empezaste todo esto.

-Y tú lo estabas deseando.

-Jamás hubiera dado el primer paso.

No me hubiera atrevido.

-Mira, ya es tarde para remordimientos, ¿eh, Elisa?

-Los remordimientos vienen cuando vienen.

-Y los deseos también.

-¿Estás loco? Podrían vernos mis hermanas.

-Elisa, no he visto a ninguna. -Ah...

¡Carlos! -Mira...

-¡Ya! -Vamos a ir al Excelsior, ¿eh?

Allí no podrá verte ni oírte nadie,

y va a ser lo mejor, ¿sabes por qué?

Porque te voy a hacer cosas que te van a hacer gritar.

-Con las leyes en la mano, no podía mantenerla encerrada,

espero que lo entienda de una vez.

¿Hasta cuándo va a castigarme por algo que no es culpa mía?

-¡Hasta siempre!

Tras hablar por teléfono con Adela me quedé algo intranquila

porque noté algo extraño en su voz,

como que no me decía toda la verdad.

-Tiene una imaginación desbocada. -¿Usted cree?

Porque la llamé al cabo de un rato e insistí hasta que me lo confesó.

¿Sabe qué es lo primero que hizo Leticia al salir de la cárcel?

Ir a su casa y amenazarla otra vez.

¡Sígame si eso no es una actitud sospechosa!

-No lo es, lo que hizo no está bien,

pero no tiene nada de sospechoso y, desde luego,

no es nada incriminatorio. -¡Pues nada!

Esperamos a que haga algo, como matar a mi hermana,

así vamos sobre seguro. -¿Quiere calmarse de una vez?

Y así le podré contar mis nuevas averiguaciones.

Sus nuevas averiguaciones.

-Tengo un nuevo nexo entre las víctimas del asesino.

-¿Además de lo del Palacio de Cristal?

-Sí, un segundo nexo, y yo creo que es muy prometedor.

Todas las víctimas contrataron

en algún momento los servicios del mismo cochero.

Ya he pedido orden para que lo busquen y lo arresten,

creo que la solución del caso está muy cerca, Celia.

creo que la solución del caso está muy cerca, Celia.

-Pues sigo pensando que la culpable es Leticia.

Tiene un nexo con nosotras, y el cochero no.

-Sigue pensando las cartas que recibieron

usted y sus hermanas las envió el asesino.

-La asesina. -Yo creo que es improbable.

-¿Ah, sí? -Sí.

-Entonces, cuénteme, ¿cuál es el nexo

entre el cochero y Germán? -Eso es lo que aún no sé,

pero lo voy a averiguar pronto.

-¿Por qué eliges un vestido de mañana para una velada?

Por favor, doña Dolores, no empiece otra vez con lo mismo.

Cuestión de criterios. -¡Buenas noches!

¡Blanca! (RÍE)

¿Qué tal? -Muy bien.

-¡Diana, Salvador!

Qué pronto habéis venido, sois los primeros.

-Querido, las formalidades nunca están de más,

y a mí la que más me gusta, la más importante,

es la puntualidad. Claro, que estoy hablando

de la puntualidad en su sentido más estricto.

Tan feo es llegar tarde como llegar demasiado pronto.

-Eh, Blanca, por favor, ¿serías tan amable

de servirles un licor a nuestros invitados?

Sí, claro. Gracias.

No sabes lo mucho que me alegro de que vinieras a la cena.

No sé si hubiese podido soportarlo yo sola.

¿Te encuentras bien? He tenido una discusión terrible

con Cristóbal. Oh...

Da igual, ya te lo contaré después.

Ah, espero que no estéis

compartiendo secretitos toda la velada,

para eso tenéis ya el teléfono, ¿eh?

Vamos, vuestros maridos esperan los licores.

Por mí no os preocupéis, de momento no quiero nada.

Vamos. Vamos. Sí.

-Gracias, querida.

Salvador, ¿has escuchado las últimas noticias de la guerra?

-Eh, cuéntame, seguro que tú sabes más que yo.

-Lo suficiente como para admirar más a los alemanes.

Es difícil imaginarse una máquina bélica más perfecta.

Ya están en el Marne, de ahí a París es un paseo.

Fijaos que creo que ganarán la guerra en cuestión de semanas.

-Y, mientras, España empeñada en esa absurda neutralidad.

-Desde luego. Pero esperemos que por poco tiempo.

-No lo comprendo, sería muy beneficioso

para todos nosotros. -Hablando de beneficios,

¿te importa acompañarme al despacho?

Quiero hablar contigo de negocios. -Claro.

-Si las mujeres tienen a bien disculparnos.

-Claro. Por supuesto. -Acompáñame.

-Ay, qué lento pasa el tiempo.

Ya veréis,

los mauristas llegarán tarde como de costumbre,

en cambio, los alemanes llegarán a la hora exacta

y todos a la vez.

Ah, son demasiado rígidos para mi gusto.

-Justo como a usted le gusta, ni pronto ni tarde.

-Muchas gracias por venir hasta aquí, Marina.

¿Quiere usted tomar algo? Corre de mi cuenta.

-No quiero nada. Quiero acabar cuanto antes,

quiero ir a casa, salgo agotada del hospital.

-Es que no me extraña, menudo trabajo el suyo...

-Antonia, ¿de qué quería hablarme?

-Bueno, pues verá, como usted sabrá, eh,

Enrique, mi marido, está tísico

y le tengo ingresado en un sanatorio,

ahí en la sierra hace ya un tiempo.

Fíjese, con lo que le gustó siempre la montaña

y me dice que aborrecerá... -¿Me va a contar toda su vida?

-No. -Bien.

-El caso es que no hay día que yo no llame al sanatorio

para interesarme por su salud y algunas de las veces

hablo también con el doctor que lleva su caso,

el Dr. Irbarren, no sé si le conoce usted.

-No. -Bueno, la cosa es que,

con la jerigonza esa que utilizan los médicos,

yo la mayoría de las veces no sé de lo que me hablan.

Utilizan palabras que no he escuchado en mi vida.

-Sí, y le da vergüenza preguntarle al médico por esas palabras, ¿no?

-Verá, es que son tantas que me da apuro.

-Ya, pero quiere saber cómo se encuentra su marido.

-Eso es. Mire, yo tengo una pequeña lista hecha,

si usted fuera tan amable de explicarme un poquito,

más o menos, qué significa cada cosa,

yo se lo agradecería mucho.

(SUSPIRA) En fin, acabemos cuanto antes

y así podré irme a casa. -Muchas gracias,

es usted muy amable. ¿No quiere tomar nada?

-No, de verdad, estoy bien.

-Sabía que me ayudaría, es muy buena.

¿Algo calentito no quiere?

-No, de verdad que no. Vamos a ver...

Le explico... -Discúlpeme,

que atiendo a esta clienta.

Buenas noches, señorita.

¡Huy! ¿Se encuentra usted bien? Trae mala cara.

-Sí, estoy bien.

Tráigame una copa de anís, por favor.

-Ahora mismo se la traigo.

Ahora mismo estoy con usted, ¿eh? Es que...

-Vamos a empezar pronto, que tengo prisa.

-Sí, discúlpeme, atiendo a esta clienta

y ahora mismo estoy con usted.

Disculpe. -Bien, bien.

-Aquí tiene, señorita.

A ver si le entona el cuerpo. -Gracias.

-Bueno, pues dígame. -Mire...

-¡Por el futuro de Tejidos Silva!

¿O debería decir Tejidos Montaner teniendo en cuenta

quién es el dueño? -No, Tejidos Silva está bien.

-Un futuro más que halagüeño, ¿eh?

Ahora más que nunca, que los alemanes han decidido

apostar fuerte por la fábrica. -Sí

-¡Uhm! Hubo un momento en que temí que se echaran para atrás,

no te voy a engañar, pero es que tomaste

la mejor de las decisiones cuando rompiste con franceses e ingleses.

-Solo espero que no nos hayamos equivocado.

-¡Que no, Salvador, habéis subido al carro ganador!

Habrás podido comprobar que trabajar con ellos es otra cosa.

Son muy exigentes pero cumplen con creces.

-Sí, sí, lo sé. -¿Y quién los quiere de enemigos?

Si esta guerra demuestra algo es que son implacables.

Ya me encargaré de mediar con ellos

para que hagáis negocios con otras empresas de allí.

-Te lo agradezco, Rodolfo.

-Cuando la guerra haya terminado,

Tejidos Silva se habrá posicionado

como la empresa líder del sector, ya lo verás.

-Sí, sí...

¿Qué te parece si volvemos al salón?

¿No querrás quedar mal con los alemanes

a los que pones por las nubes?

-Lo dices con un poco de retintín.

¿Qué te pasa, Salvador?

Te noto un poco tenso con todo esto.

-No, vamos, Rodolfo, parece que no me conoces.

-Bueno...

-Pues fíjese, yo convencida

de que la pleura y el esputo eran lo mismo,

como para entenderle.

-Pues ya ve que no.

En fin, me voy a casa que estoy que me caigo de sueño.

-Muchas gracias otra vez, ha sido usted de gran ayuda.

Yo también me voy a ir porque, total, no queda nadie.

-Eh, queda esa clienta, no se la vaya a dejar dentro.

-Se me olvidó que estaba esa chica.

Esta juventud se emborrachan con nada.

A su edad me podía beber media botella de anís,

atarme la saya y subirme a la cucaña. Y mírela.

-Me encanta irme con esa imagen en la cabeza.

-Vamos, señorita, a dormir la mona a su casa.

Vamos, que aquí no queda nadie ya. Vamos, señorita...

¡Señorita! ¿Qué le pasa?

¡Marina, haga el favor! ¡Ay, que se me ha matado aquí!

-¡Señorita, señorita! -¡Ay!

-¡La cena ya está lista! ¡Ah! Estabas aquí.

-Sí. -La cocinera

se ha retrasado bastante y tenía miedo

que a los invitados se os hubiera hecho

muy larga la espera.

Aunque veo que ya has encontrado cómo entretenerte.

-Eh, sí, no conocía bien esta parte de la casa

y me encanta. -Bueno...

Quizá demasiado masculina,

pero está tal y como la dejó mi difunto marido.

Eh, ¿me ayudarías a retirar todo esto?

El servicio está desbordado.

Toma.

Sí, los licores están fuera, puedes llevarlos.

-Estupendo. -¡Espera!

Toma, llévate esta copa también.

¿No la coges?

No encuentro ninguna explicación posible para esto,

pero estoy segura de que tú sí tienes alguna, ¿verdad?

-El cochero, que se llama Juan Morandeira,

trabajó de joven para una familia acomodada

y se enamoró de la señorita.

-Ya veo por dónde va.

La señorita le rechaza y él actúa por despecho

matando a jóvenes de alta sociedad.

-Se equivoca. Ella le corresponde y tienen un amor secreto,

hasta que sus padres se enteran y tiene lugar el escándalo.

-Hablas conmigo y no se me puede engañar,

¿qué hacías curioseando en la agenda de mi hijo?

-No curioseaba. -No nos vamos a mover de aquí

hasta que me digas la verdad.

-¡Por favor! -Estoy esperando.

-La niña de Adela me echó la papilla y venía a cambiarme.

-¿Se puede saber qué hacía Eugenia en el café?

-Doña Adela no tenía con quién dejarla y la trajo al Ambigú.

Permiso.

-Pues yo a trabajar, qué remedio.

-No lo entiendo, ¿por qué Adela no trajo a la niña

si no tenía con quién dejarla?

-Tienes razón, Merceditas, es difícil de entender

pero creo que sé cuáles son los motivos de doña Adela.

-Rodolfo, tú eres sumamente cuidadoso con tu agenda,

tienes información confidencial

y siempre la pones a buen recaudo.

-La habría olvidado, ayer fue un día muy complicado,

estaría distraído. -¿No te parece mucha casualidad

que justo el día que se te olvida

guardar la agenda termine en manos de Diana?

-Afortunadamente cayó en manos de Diana

y no en las de otra persona. -¿Y si fuera Diana

la única que no tendría que haber tenido esa agenda?

-Han detenido a Inés Villamagna por el atentado anarquista.

Doña Dolores estará muy entretenida destripando a esa familia,

¡es un escándalo! -Puede que a doña Dolores

esa noticia le dé para un buen chismorreo,

pero a mí me da por pensar en otra cosa.

-¿En qué? -Una señorita de buena familia

que se mete en asuntos que no le corresponden

acaba en el patíbulo, ¿no te suena?

-Esa comparación es un poco siniestra, ¿no?

-Inés Villamagna detenida por el atentado anarquista

en la fábrica Tejidos Silva.

-¿Inés de los Pimentel?

-Eso dicen aquí, sí.

Madre, ¡esto es inaudito!

-¡Santo Dios! ¿Qué te ocurre, Blanca?

Mira, será mejor que tú también lo sepas.

Diana también lo sabe, así que...

Fui yo quien denunció a Inés Villamagna.

Le conviene aparecer como una persona

arrepentida de sus errores de juventud.

¿Serviría de algo montar ese teatro?

Solo serviría para perder la dignidad

y morir como una cobarde. No diga eso.

Aún hay esperanza.

Hablé con un abogado, el caso es complicado,

pero aceptó defenderla, es buena señal.

Queremos información sobre Juan Morandeira,

el herido de bala ingresado. -El paciente está grave,

perdió mucha sangre, el doctor le puso sedación.

-¿Cuándo cree que se despertará? Necesito hablar con él.

-Tendrá que esperar. Está muy grave

y no se le puede despertar ahora.

-¿Ni siquiera si se trata del Asesino del Talión?

-¿El Asesino del Talión?

-No se lo pediríamos si no fuera algo tan grave.

-Acompáñame a Lourdes. -¿A Lourdes? ¿En Francia?

-Sí, ahí mismo.

-¿Para qué? -Mi madre quiere llevar a mi abuela

para tratarse el reúma, me pidió que las acompañase.

-Ah... Carlos, ¿tú vas a ir?

-No, no, yo me tengo que quedar

en Madrid por trabajo. -Ya...

-Van a detener al Asesino del Talión,

está en el hospital inconsciente.

Están esperando a que se despierte para que confiese.

-¿Al asesino de...? De mi marido.

Ayer, la Srta. Vinuesa, la institutriz.

-Sí. -Quiso quitarse de en medio

y se tomó algo para eso, para matarse.

-¿La Srta. Beatriz ha intentado suicidarse?

-¡Merceditas, bajito!

  • Capítulo 296

Seis Hermanas - Capítulo 296

27 jun 2016

Velasco tiene que soltar a Leticia y Celia teme por Adela. Diana decide registrar el despacho de Rodolfo. Inés es detenida por la policía. Cristóbal discute con Blanca. D. Ricardo pide a Elisa que ayude a Carolina en la tienda. Merceditas decide irse a casa de Gabriel.

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  1. Mirta

    Estoy mirando el capítulo 296 de la telenovela, y hay cosas que me parecen más que incongruentes, y sus personajes y situaciones muy poco creíbles, además de exageradamente dramáticos. Por ejemplo, no se entiende cómo seis señoritas criadas y educadas en los mejores colegios, tienen que ir a ganarse la vida trabajando como camareras u obreras en una fábrica. ¿Qué clase de educación recibían, que no les permitía ganarse la vida en trabajos más rentables? Tampoco imagino cómo el esposo de una de las hermanas, Luis, puede considerarse dueño de la casa familiar, heredada por las Silva, e instalarse allí como si pudiera disponer de todo y de todos. En fin, que no creo que llegue al capítulo 400. Eso sí, los actores me parecen excepcionales.

    19 may 2017
  2. Luisa

    Quisiera conocer las razones por las cuales no se emite "Seis hermanas" desde el pasado viernes.

    10 ago 2016
  3. luisa

    Cual es la razón por la cual no se emite Seis hermanas" desde el pasado viernes? Desde Argentina. Luisa De Monte

    10 ago 2016