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No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 293 - ver ahora
Transcripción completa

El primer asesinato se produjo al llegar

Leticia a Madrid. ¿Entiende mis prisas por contárselo?

-Yo prefiero las fiestas más convencionales,

como la última que dio la embajada alemana.

En esa fiesta, conocí a una amiga de su familia,

Inés Villamagna, ¿se acuerda? Sí.

A la que me gustaría frecuentar más.

¿Quieres frecuentar a esa descarriada?

Parece ser que tuvo algo que ver

con un hombre casado de origen argelino.

-Protegeremos a su hermana, pero no tiene

por qué saberlo. -¿Cómo hará eso?

-Igual que me acompañó a casa de mis padres,

yo seré su acompañante en el bautizo.

Volveré en cuanto acabe la celebración

y felicite a los padres, por favor.

Tengo que estar con mi familia en este día.

¡Te he dicho que no! ¿Cómo quieres que te lo repita?

Está bien. Tú ganas. Ten.

Es lo único que te alivia la jaqueca.

¡¿Dónde está mi mujer?! ¡Me he despertado

y no estaba en nuestro dormitorio!

-Ha ido con el resto de sus hermanas

al bautizo de su sobrina.

-No quiero quedarme fuera. Yo puedo aportar

el capital necesario. Sin el cloro que suministra

Tejidos Silva, no podréis fabricar los cilindros de gas

que tantos beneficios os podrían dar.

Convence a don Ricardo. Es mejor compartir

los beneficios, que perderlos.

-¡Entre ustedes y todas las hermanas

han conseguido poner a Francisca en mi contra!

-¡Suélteme! ¡Me hace daño! -¡Déjela en paz, animal!

-¿Cómo te atreves? -Inténtelo y no respondo de mí.

Carolina, cálmate, por favor. ¡Ojalá te quedas sola

y sufras lo mismo que estoy sufriendo yo!

-Ya está bien. -¡Suélteme! ¡No me toque!

-Por favor, es mi hija. -¡Que me suelte!

-Madre, ayúdeme. -Yo la sacaré de aquí.

-Quiero que me informe de todo lo que pasa en esta fábrica.

-¿Por qué no se lo pregunta a don Salvador?

-No acabo de fiarme de él.

En cambio, usted es un hombre honesto.

-Por eso mismo, debería suponer

que jamás traicionaría a mis patrones.

¿Dónde va Germán? Salvador.

Ha ido a casa a por los puros. Se le han olvidado.

¡Germán! ¡Germán!

¡No! ¡No!

¡No!

Telefonista. Una ambulancia, por favor.

Han apuñalado a un hombre en la calle Recoletos número 3.

Sí. Dense prisa, por favor. Está muy malherido.

(Sintonía)

Menos mal que ya se han ido todos.

Creí que no íbamos a estar solos.

Que no íbamos a tener nuestro último momento.

Tú y yo.

Yo no sé por qué extraña razón siempre pensé

que yo moriría primero.

Siempre me imaginé mi vida entera a tu lado.

(LLORA)

No es justo, Germán.

No es justo que te hayan arrancado así de nuestras vidas,

que no vayas a ver crecer a nuestra hija.

Que me hayas dejado sola.

¿Cómo voy a olvidar el momento en el que vi ahí tendido?

Con toda tu sangre derramada por el suelo.

(SUSPIRA)

Yo me habría muerto en ese instante.

Me habría abierto las venas

y habría dejado que mi sangre se mezclara con la tuya.

Y ya está.

Pero no temas, que no lo voy a hacer.

No.

A mí me educaron en una vida cómoda

y llena de felicidad.

Me enseñaron a ser una buena persona,

a ser justa, a ser piadosa.

Pero no me enseñaron cómo soportar

la ausencia que deja la muerte.

Cómo aguantar el vacío que dejan los que se van.

El dolor por la pérdida.

Germán.

Si estuvieras aquí para consolarme.

Adela, tienes que descansar.

No tiene ningún sentido que sigas velando.

Ya has estado mucho en el hospital.

Tienes que recuperar fuerzas para lo que queda,

que el día será muy largo.

Aquí estarás más tranquila. Mi cuarto será más silencioso.

Si queréis, puedo quedarme con ella,

por si necesita cualquier cosa. Puedo quedarme yo.

Esta criatura necesita descansar como sea.

¿Por qué no le prepara una infusión?

Yo creo que una tila le vendría bien.

Claro. No. No quiero nada que me atonte.

Pero, señora, una tila le vendrá bien.

La tranquilizará, únicamente. Necesita usted calmarse.

No quiero calmarme.

Quiero sentir el dolor.

Es lo único que me ha dejado Germán y no quiero que me lo quiten.

Nadie te arrebatará su recuerdo.

Llora. Llora todo lo que necesites.

Adela, tienes que ser fuerte.

Pero no por nosotros ni por ti. Por vuestra hija.

¿Dónde está Eugenia? Está bien, tranquila.

Está con tu cuñada.

Antonia la adora y la está cuidando.

Qué va a ser de nosotras ahora, Dios mío.

¿Qué va a hacer mi hija sin su padre?

Adela, ya. Creo que será mejor

que la refresquemos un poco. Sí, sí.

Vamos a mojarte la cara. Vamos.

Vamos. Haga un pequeño esfuerzo, señora.

No hace ni mediodía que Germán

estaba feliz y lleno de vida con su hija.

Solo quería verla crecer.

Y ahora... (SUSPIRA)

Pobre Adela. -Chis.

No quiero parecer un insensible,

pero deje que Germán nos hable.

-¿Y cómo nos va a hablar?

-A través de estas manchas de sangre que tanto le afectan.

Mire.

-¿Qué? -Aquí.

Sí. Una huella parcial, de un dedo. Fíjese.

-¿Y podría ser del asesino? ¿O de Germán?

-A ver. Esta es la marca del cuerpo de la víctima.

Ese es el contorno.

Podría ser de Germán. Pero yo me inclino más a pensar,

que podría ser de alguien que se apoyó para levantarse

antes de huir.

De todas formas, tomaré las huellas de Germán para descartarlo.

Hay que analizar esto en comisaría.

-¿Cómo? -Usaremos polvos de grafito.

Se adhieren perfectamente a la huella

y así podemos recoger el dibujo con un papel encolado.

-¿Y así puede saber más detalles sobre el atacante?

¿Pero eso no es como la quiromancia?

¿Pura superstición? -No. Para nada.

Se descubrió que cada persona tiene un dibujo particular

en las yemas de los dedos. Si encontramos a alguien

cuya huella coincida con esta, tendremos al asesino.

-¿Y eso funciona? -Sí, sí.

Se ha usado en muchos lugares con éxito.

-Vaya.

-Sí. Lo malo es que es muy parcial.

Necesitaríamos una más amplia, de toda la yema,

para tener la certeza total.

Algo es algo. Esta es la pista más sólida

hasta ahora que tenemos del Asesino del Talión.

-¿Y cómo sabe que es él y no un vulgar ladrón?

-La puerta está forzada, lo que significa

que el ladrón ya estaba dentro cuando Germán entró.

-¿Y no pudo verse sorprendido?

-No falta nada en la casa. No hay nada revuelto.

Pero sí. Supongamos por un momento

que no le dio tiempo a robar y que el dueño de la casa entró.

¿Para qué asesinarle? Y sobre todo, ¿por qué

con tal ensañamiento? Hubiera bastado con huir

y pegarle una simple cuchillada.

-A menos que Germán le viera la cara

y pretendiera delatarle.

-Sí. Pero, entonces, habría más señales de forcejeo

y apenas hay. El asesino debió sorprender a Germán.

El asesino esperaba a su víctima.

Le oyó entrar.

Y se sorprendió al encontrarse a un hombre, en vez de a una mujer.

-¿Y cómo puede saber eso?

-Por lo que nos contó el doctor Loygorri en el hospital,

al asesino le costó mucho acabar con la vida de Germán.

Por el número de puñaladas y la escasa profundidad,

el arma homicida debió ser una navaja o un cuchillo pequeño.

-Entonces, el asesino se sorprendió de ver

a alguien tan corpulento como mi cuñado.

-Exacto.

El asesino estaba preparado para matar a alguien más frágil.

-¿A mi hermana Adela? -Usted lo ha dicho.

El objetivo era su hermana.

-Entonces, mi hermana sigue estando en peligro.

-Las ganas de matar del asesino no han acabado.

Si su hermana es el objetivo, y yo estoy casi convencido,

esto es solo el principio.

-¿Y qué podemos hacer?

-Estar preparados.

Germán.

¿Te acuerdas de este libro de cuentos?

Me decía que te ibas a aprender unos cuantos

para leérselos a nuestra hija.

(SUSPIRA)

Todo en esta casa me va a recordar a ti.

(LEE MENTALMENTE) Querida hija, no sé por qué

te escribo. Quizás porque hoy es el día

más feliz de mi vida. Has venido a este mundo.

El amor que profeso por tu madre,

ha tenido este maravilloso fruto.

Eugenia, eres afortunada, porque, desde hoy,

nuestras vidas no tendrán más sentido

que buscar tu felicidad. Sin duda, tu madre y yo

pondremos todo nuestro empeño en que así sea.

Estoy deseando que crezcas para poder compartir contigo

más y más tiempo y poder enseñarte todo lo que sé.

Es lo que hizo mi padre conmigo

y lo que yo pretendo hacer contigo, si tú me dejas, claro.

Te quiere, tu padre.

Te prometo que tu hija va a saber quién era su padre.

Le diré que fuiste el hombre más maravilloso

y más generoso del mundo.

Todavía ahora se extiende tu bondad.

Gracias al cariño que has sembrado,

muchos de nuestros familiares han hecho las paces.

Y seré ese el sentido de tu muerte, Germán.

Tocar el corazón de los que nos quedamos aquí.

Todo esto lo sabrá Eugenia. Todo.

Pobrecita mi niña. Acabas de llegar a este mundo

y ya ha caído la desgracia en tu casa.

Pero tú no te preocupes por nada.

Yo me encargaré de que a ti no te falte de nada.

Es una pena que no hayas podido conocer a tu padre.

Era tan bueno.

Pero siempre estará aquí contigo.

Será tu ángel de la guarda. Ya verás.

Y si no, aquí estoy yo.

Para que a ti no te falte de nada, mi niña.

-¿Es cierto?

¿Por qué nadie me lo dijo?

¡¿Por qué nadie me avisó de que mi tío ha muerto?!

-¡Chis! -¿Le parece normal?

Me lo dijeron unos borrachos.

-Baja la voz, que despertarás a la niña.

¿No te parece que ya has bebido suficiente?

-Déjeme en paz, madre.

Si no te he comunicado la muerte de tu tío, es porque

no sabía en qué taberna buscarte. -Muy bonito.

¿Ahora también me va a echar los perros?

-Ah, ¿acaso miento? ¿No andas bebiendo

de taberna en taberna como un vulgar vagabundo?

-Tenía derecho a saberlo. -Si hubieras estado

donde tenías que estar...

-¿Qué se cree? ¿Que no me importaba?

Era mi tío también. -Si quieres honrar su memoria,

empieza por dejar de beber. -Claro.

Igual revive si dejo de beber.

-¡Gabriel, basta de decir sandeces!

-También era mi familia, madre.

-Pues era mi hermano.

Y si no me respetas a mí, al menos, respeta mi dolor.

-Ya sé que estaba muy unida a él, ¿pero no entiende que yo también?

-Claro que te entiendo, hijo.

Pero tú entiéndeme a mí.

En pocas semanas, me he arruinado,

he ingresado a mi marido en un sanatorio,

he perdido a mi único hermano y ahora no quiero perder

a mi único hijo, porque no me cabe

más dolor en el cuerpo. ¿Lo entiendes?

Así que deja esa botella ahora mismo,

o sal de aquí y piérdete de mi vista,

porque vas a dejar de ser mi hijo para siempre.

-¿Cómo fue?

¿Es cierto que lo han asesinado? -¿Y qué más da?

Si ya está muerto.

Qué lástima.

Ahora que empezaba a ser feliz por fin.

-¿Sabe qué fue lo último que me dijo?

Aquí mismo, en esa barra.

Lo mismo que usted me ha dicho tantas veces, que dejara de beber.

Y que fuera al bautizo, que usted me necesitaba.

Pero yo no le hice caso. No.

No fui, así que no pude ver esa felicidad de la que me habla.

Tendría que haber ido. A lo mejor, entonces, no habría ido

solo a casa y, ahora mismo, estaría vivo.

-No, hijo. No te eches la culpa,

porque no sirve de nada. Ya está.

Ahora tenemos que centrarnos en Eugenia.

Pobrecita, que no le falte de nada,

que no le falte nuestro cariño.

Yo sé que nos va a costar, pero tenemos que intentar

volver a ser felices. Por la niña y por Adela.

-Tiene razón, madre.

Tiene razón.

Tenemos que estar juntos y ser fuertes.

Le juro que todo va a cambiar, madre.

Se lo juro. Voy a dejar de beber.

-Así me gusta, hijo. Así me gusta.

Tu tío estaría muy orgulloso de ti.

(SUSPIRA)

Me ha dicho Raimundo que querías hablar conmigo.

Sé rápido, porque no tengo ganas de hablar con nadie.

-He venido a daros el pésame, a tus hermanas y a ti.

-Muy bien. Muchas gracias. -No. Elisa, por favor, espera

-¿Qué quieres? ¿Que me quede mirando

cómo, el que pensaba que era mi mejor amigo,

se hace el apenado? -Soy cliente de la Villa de París

desde hace muchos años. A Germán lo apreciaba.

-Sí. Germán era un buen hombre.

No como otros. -Entiendo que estés enfadada

conmigo, Elisa, pero déjame que me explique.

-¿Y qué tienes que explicar?

-Por qué no debí haber dudado de ti cuando me dijiste

que no había enviado esas cartas.

-Hubiera sido un detalle que tu mejor amigo confiara en ti.

-Y te doy la razón. -No me la tienes que dar,

porque la tengo. -Que sí, que la tienes.

-Si hubiera pasado así,

si me hubieras hecho caso, tanto tú como los demás,

igual no se hubieran pensado que lo de las amenazas era broma

y hubiera hecho algo para que Germán siguiera vivo.

-Que no, Elisa. Ni tú ni tus hermanas ni yo

tenemos culpa de la muerte de Germán.

Ni podemos nada para que esté de vuelta.

-¿Para qué has venido, Carlos? -Para pedirte perdón.

Y para decirte que jamás voy a volver a dudar de ti.

Incluso si me quieres mentir, creeré tus mentiras

y las voy a defender ante quien sea.

-No digas tonterías. -No son tonterías.

Tú eres una de las personas que más me importa en este mundo.

Eres mi mejor amigo. Y estoy dispuesto a hacer

cualquier cosa para recuperar tu afecto.

-Es que mi afecto nunca lo has perdido.

Por eso estoy tan enfadada.

Porque no sabes lo sola

que me he sentido, Carlos. -Ya me imagino.

-No. No te lo puedes imaginar.

No sabes qué ha sido que mis hermanas no confíen en mí

y que tampoco pueda tener el apoyo de mi mejor amigo.

-He sido un estúpido. Elisa, lo siento.

Siento el daño que te he causado. -Ay.

Es que me he sentido tan sola...

Nunca más vas a volver a estar sola.

Eso no lo puedes saber.

Sí, porque yo voy a estar a tu lado toda la vida.

¿Toda la vida?

Lo que me quede de ella.

Pase, aquí no nos oirá nadie.

Hemos cerrado la fábrica por la defunción de mi cuñado.

Sí, me he enterado.

Les doy mi más sincero pésame.

Muchas gracias, señor Green.

Verá, hay algo que me está atormentando

desde la muerte de Germán.

¿Este asesinato no tendrá nada que ver

con nuestra labor como espías?

No, no, en absoluto.

Manejamos información muy peligrosa.

Y es posible que los alemanes están dispuestos

a acabar con quien sea si ese alguien supone una traba.

Diana, yo no creo que sea así.

Señor Green, haga el favor de calmar a mi esposa.

Tengo la absoluta certeza que el "terriblo" muerte

de su cuñado no está relacionado

a ustedes y a nuestros asuntos.

¿Cómo está tan seguro?

Los alemanes son fríos, implacables, pragmáticos.

Si sospechasen de usted les matarían enseguida.

Pero jamás harían daño a su familia.

Y su cuñado no tenía nada que ver con esto.

Él fue el que hizo el primer encargo de cloro.

De hecho todavía estaba convaleciente

por una intoxicación con ese gas.

Sí, pero sólo es un empleado más de la fábrica.

Nada que ver con esto.

Créame, estamos haciendo un buen trabajo.

¿Y cómo sabe usted eso?

Están ustedes vivos, ¿no?

Antes les habrían matado a ustedes que a don Germán.

Por favor, no se "preocupa" más de esto.

Y lamento "de sacar" un tema como esto este día,

¿pero han averiguado algo más sobre su tío?

Sí, hemos hecho

unas averiguaciones muy interesantes.

Interesantes y preocupantes.

Mi tío es socio de una fábrica de municiones en Núremberg

propiedad de Carlos Terán.

Y los alemanes utilizan esta fábrica para enviar

el cloro a la factoría de Núremberg.

Por eso don Ricardo sabía del envío.

Y por eso está tan interesado en él.

Lo necesita para fabricar esas armas.

Le dije a don Ricardo que quería participar

y se mostró muy nervioso

por lo que pudiera decir su socio.

Carlos Terán es un muchacho con buenas intenciones,

pero también con poca personalidad

ante los manejos de un rufián como mi tío.

Ha sido una buena jugada de su parte, don Salvador.

Y hay que conseguir que dejen entrar

en este negocio, así tenemos información de primera mano.

También le amenacé con...

con impedir que saliera cloro de nuestra fábrica.

Les agradezco a los dos lo que hacen.

Pero no soluciona el inminente envío de este cloro.

¿Y qué ocurrirá si no encontramos una solución?

No, tendríamos que interceptar este cloro.

Pero supondrá sospechas para los alemanes.

Y una enorme pérdida económica para nosotros.

Pero tenemos que arriesgarnos "llegando" el caso.

No, necesitamos más tiempo.

Hemos avanzado mucho pese a todo lo ocurrido estos días.

Se ha perdido una vida, pero hay mucho más en juego.

No podemos quedarnos en casa llorando.

Siento ser tan cruel, pero es así.

Sólo le estoy pidiendo unos días.

Si no conseguimos más información

entonces podrá interceptar el envío.

Unos días, nada más.

(Abren la puerta)

¿Es que el servicio no puede trabajar en silencio?

Oh, perdón, he procurado hacer el menor ruido posible, señor.

Siento haberle despertado. -¿Qué haces tú aquí?

Le he traído algo para desayunar.

Y ya que subía pues quería pedirle disculpas

por mi comportamiento de ayer.

No sé qué me pasó, de verdad, pero le prometo

que no volverá a suceder, señor,

No tendrá ninguna queja de mí.

Por supuesto que no volverá a ocurrir.

No volverás a tratarme como a uno de tus cacharros.

Pero porque te quedan

pocas horas de trabajo en esta casa.

Pero ya le digo que lo siento mucho.

Sí, sí, sí. Yo ya te he escuchado.

Pero me da igual,

tus palabras sólo me producen dolor de cabeza.

Deberías haberlo pensado mejor antes de hacer lo que hiciste.

Es que fue un momento de...

no sé qué se me pasó por la cabeza.

Yo ya sé que usted es mi jefe y que yo no mando nada.

Exactamente, por eso puedo hacer que te echen

por haberme empujado.

Y lo haré.

Lo haré con mucho gusto.

No tienes ni idea de la alegría que me voy a llevar

en cuanto te vea salir por la puerta de esta casa.

Ah, y no esperes referencias.

Pero por favor, don Luis, apiádese de mí.

Yo no tengo a dónde ir.

Y yo me alegro, Merceditas.

Me alegro mucho.

Porque eso es lo que te mereces.

Pero es que esta casa ha sido mi vida.

Tú lo has dicho, ha sido.

Porque a partir de mañana ya no lo será.

Tienes que entenderlo, no puedo permitir que una criada

me trate como tú me trataste y seguir cruzándome con ella

por los pasillos como si nada. ¡No quiero volver a verte aquí!

¿Te ha quedado claro?

¿Y no puedo hacer nada

para que usted cambie de opinión?

No sé, castígueme, o bájeme el sueldo.

O quíteme los días libres.

Yo haré todo lo que usted me pida, don Luis.

¿Es que no te queda ni siquiera un mínimo de dignidad?

¡Fuera de aquí!

Tú y yo no tenemos nada más de qué hablar.

Por favor, don Luis...

Disculpe, ¿pero no podría usted bajar un poco la voz?

Doña Adela se ha quedado por fin dormida.

Llévese a esta criada de aquí.

No quiero volver a verla

y se niega a salir de mi cuarto.

No quisiera molestarle,

¿pero no podría usted perdonar lo ocurrido?

No.

Muchas de las cosas

que hemos hecho o dicho últimamente

no han sido intencionadas. Sería mejor olvidarlas.

Entienda que hemos estado todos muy nerviosos.

¿Usted me ve a mí nervioso?

No. No, señor.

Eso es porque no lo estoy.

De hecho estoy de lo más sereno.

Y con toda la tranquilidad le pido por favor

que se lleve a esta criada fuera de mi vista.

¡Y fuera de esta casa!

Menos lágrimas y más vergüenza.

¡Pero por favor, don Luis...! -Calla, calla.

Merceditas, no disgustes más a don Luis.

Muy bien, doña Rosalía. Muy bien.

Tenga cuidado, ¿eh?

Usted podría ser la próxima.

Vámonos, Merceditas. -Sí.

Le avisaré cuando las hermanas se preparen para ir

a la misa funeral en memoria de don Germán.

Siento mucho lo que le ha ocurrido a ese hombre.

Pero aún siento más mi dolor de cabeza.

No podré ir.

Le subiré ahora mismo algo para aliviarle.

En cuanto Francisca vuelva de misa que suba a verme.

Está muy afectada por la muerte de su cuñado.

Más importante será su marido. Vamos, digo yo.

Además, ya le he dejado

suficiente tiempo para el duelo.

Ahora tiene que rendir cuentas ante mí por su engaño.

Sí, señor.

Adela, ya te dicho que no es necesario

que el inspector hable contigo tan pronto.

Puedo esperar hasta que se encuentre mejor.

Deberías descansar.

No voy a descansar

mientras el asesino de Germán siga libre.

Todo esto no se va a pasar

porque yo me encierre en mi habitación a llorar.

Pregúnteme lo que quiera.

Está bien.

¿Quién cree que podría querer hacerles daño

a usted o a su marido?

Para mí hay dos sospechosas clarísimas:

Carolina y Leticia.

Tiene que investigarlas.

¿Y por qué cree que podrían ser culpables?

Carolina está loca.

Ya estuvo encerrada en otra ocasión

porque desvariaba y casi mata a Germán.

O sea, que intentó matarlo antes.

Nos odia desde que Germán

consiguió la nulidad y perdieron al niño.

¿Verdad, Celia?

Así es.

Ya sabe que Carolina está desquiciada y...

tiene un pavor inmenso al abandono.

Ya lo vio en el bautizo. -Sí, con mis propios ojos.

Yo creo que ese horror viene porque su madre,

doña Rosalía, la abandonó de muy pequeña.

Pero es que la mujer no tuvo otro remedio.

No importa el motivo, sino el hecho en sí mismo.

Yo tenía que haberme dado cuenta en el bautizo cuando...

cuando la echamos.

Ahí es cuando ella debió de pensar que...

Entonces, según usted,

ella sería la primera sospechosa.

Pero no la única.

Bien, esta investigación ya está abierta.

Ahora necesito que me hable de la otra,

de doña Leticia Sáez, ¿verdad?

Es la hermana de mi primer marido.

Me odia y me culpa de todos sus males.

Tuvo la desfachatez de decírmelo a la cara.

No me extrañaría nada que ella tuviera algo que ver.

Como ya le conté a su hermana según mis investigaciones

doña Leticia estaba en Madrid antes de que se produjera

el primer asesinato del Talión.

Por eso el inspector vino al bautizo,

para protegerte.

¿Pero entonces por qué ha matado a otras mujeres?

Podría ser una maniobra de despiste

para que este asesinato pase desapercibido.

¿Y entonces el objetivo era yo y Germán se cruzó en su camino?

Bueno, no es seguro.

Esta investigación todavía está abierta

y no he llegado a ninguna conclusión.

Ya entiendo.

Pero le aseguro que no pararé hasta dar con el culpable.

Se hará justicia a su marido.

Siento interrumpir.

Sólo quería presentar mis condolencias.

Si hay algo que pueda hacer para ayudar.

Ayudará si te marchas.

Perdona, Adela, yo sólo... A las personas se las respeta

en vida, no cuando están muertos.

Marina, será mejor que se marche.

Esto es lo último que necesita mi hermana.

Sólo quería decir que lamento la muerte de Germán, nada más.

Ah, ¿lamentas su muerte?

¿Y su dolor en vida no?

Porque todavía me acuerdo cómo lo trataste en el hospital

mientras se retorcía de dolor.

No sé a qué viene ahora esto.

Lo... lo siento.

Adela, insisto en que será mejor que te vayas a descansar.

El inspector ya ha terminado, ¿verdad?

Sí, sí, por mí sí.

Ya tengo claro a quién hay que investigar.

¿Pero y si viene a por mí?

¿Y si le pasa algo a la niña?

No va a pasar nada porque va a haber un policía

vigilándolas en todo momento.

Hasta que el asesino de Germán esté en la cárcel

tomaremos todas las medidas necesarias

para que estén a salvo.

No dejen de protegerlas, por favor.

Y así será.

Necesitaba salir de esa casa.

Mis hermanas y yo hemos pasado una noche terrible.

Dios mío, pobre Adela.

Tiene que estar destrozada

a pesar de que intenta mantener la compostura.

¿Por qué nos ocurren tantas desgracias, Cristóbal?

Me recupero yo y ahora matan a Germán.

¿Por qué nos ocurre esto?

La vida tiene estas cosas.

Puede ser conmovedora y cruel a la vez.

No hay explicación para algo así, Blanca.

Estoy muy cansada.

Escúchame, siento mucho no haber podido estar contigo

cuando recibiste la noticia.

Tenías mucho trabajo en el hospital, ¿no?

Blanca, sé que últimamente

ha habido tensión entre nosotros.

Pero yo de pensar que podías

haber sido el objetivo de ese asesino...

Basta. Basta ya.

Basta de lamentaciones.

Lo importante es que tú y yo estemos juntos. ¿Me oyes?

Lo sé.

Y quiero que vuelva la felicidad

que tú y yo hemos conocido.

No sabes cuánto.

Necesito preguntarte una cosa, Cristóbal.

Sí, claro. ¿Qué te preocupa?

No sé si estarás dispuesto a ser sincero conmigo.

¿Por qué dices eso?

Porque son mis temores.

Y tengo mucho miedo de compartirlos.

Blanca, habla. Por Dios, di lo que sea.

¿Por qué me mentiste?

Sí, Cristóbal, ¿por qué me mentiste?

Me dijiste que no conocías a Inés Villamagna

y te vi hablando con ella en el hospital.

Y muy cómodos, por cierto.

Habrá sido un malentendido, Blanca.

Lo cierto es que vino a la consulta a verme,

como paciente.

¿Y qué pasa con la medalla?

Me dijiste que era de tu madre.

Y coincidí con ella en un acto social

y la llevaba puesta.

¿Marina estaba en lo cierto?

¿Tienes una relación con esa mujer?

Te he dicho que sólo es una paciente.

El otro día vino a visitarme.

Eso es todo. ¿Y por qué?

Por una otitis. Ah, por una otitis.

Sí, sabes que me gusta ser afable con mis pacientes.

Con todos, no hago distinciones.

¿Y qué pasa con la medalla?

No sé, la medalla...

Será igual que la que tiene mi madre.

Te dije que era de mi madre porque lo pensaba de verdad.

¿De quién iba a ser, Blanca?

Te juro que entre Inés y yo no hay nada.

Te lo juro.

Está bien, si me dices que no tenéis nada, te creo.

No, no.

No pareces muy convencida.

No puedes dejar que Marina juegue contigo.

Sólo quiere enfrentarnos, Blanca.

Pues lo ha conseguido. Ya no sé qué creer.

¿Tienes dudas?

¿Podemos seguir paseando, por favor?

Señor Montaner, quiero presentarle mis condolencias.

Siento lo del señor Rivera. -Gracias, Benjamín.

La verdad es que ha sido

una pérdida tremenda e inesperada.

Sí, estuvo poco tiempo en la fábrica,

pero yo sé que hubiéramos sido amigos.

Era una buena persona.

Primero Miguel y luego Germán.

La verdad es que la vida no da tregua.

No. Si puedo ayudarles en alguna cosa,

a su disposición.

Gracias. Vaya a casa, Benjamín, a descansar.

Señor Montaner, por cierto, yo quería comentarle otra cosa.

Dígame.

Verá, ayer estuve hablando con don Ricardo.

¿Y qué le dijo?

Me propuso que fuera el nuevo informador de la fábrica.

Por supuesto le dije que no,

que yo no quiero que usted piense...

Yo jamás le traicionaría.

Tenga cuidado, don Ricardo

no suele aceptar un no por respuesta.

Me amenazó con hacerme la vida imposible

si usted vendía la fábrica.

¿Le hace gracia? -No.

No, es sólo que...

creo que nos puede venir bien.

No lo entiendo.

Usted debe aceptar la oferta de don Ricardo.

¿Quiere que les traicione?

No, le estoy pidiendo que sea nuestro espía.

¿Espía? Pero si yo no sé nada de eso.

No, no será muy difícil. Lo único que tendrá que hacer

es darle la información que nosotros le facilitemos.

¿Y si me descubre?

Eso es lo que tenemos que evitar.

Habré de andar con cuidado

con lo que le cuente y con lo que no.

Sin darse cuenta don Ricardo nos va a facilitar el medio

para saber en qué se andará en el futuro.

¿Qué me dice, se atreve?

Si es para ayudarle por supuesto.

Encantado, aunque parezca que le traicione.

Muchas gracias.

Otra cosa, me gustaría que todos los obreros

estuviesen presentes en el velatorio de Germán.

El periódico habla de ti,

de tu muerte.

(SUSPIRA)

Nunca imaginé ver tu nombre

en el periódico si no era para...

para anunciar un logro con la fábrica,...

o el compromiso de nuestra hija.

Nuestra hija no va a tener

un padre que la acompañe al altar, Germán.

Pienso en todos los momentos

en los que tu ausencia va a ser insoportable.

Pero la vida sigue.

La vida sigue...

aunque tú te hayas muerto.

Aunque mi corazón se haya muerto contigo.

Pero yo te prometo que voy a hacer todo lo posible

por llevarte siempre vivo en mi pensamiento

y en el de nuestra hija.

Siempre vivo, Germán.

No entiendo qué estoy haciendo aquí.

¿Se me acusa de algo?

De momento sólo quiero hacerle unas preguntas.

Ahora vendrá mi ayudante

y si coopera podrá irse enseguida.

Siéntese, por favor. Haga pasar a mi ayudante.

(Se oyen pasos acercándose)

Puede retirarse, gracias.

-¿Qué significa esto?

-¿El qué? ¿A qué se refiere?

-Sé quién es usted.

La hermana pequeña de Adela. Celsa o... Elisa.

-Celia.

-¿Qué hace aquí una Silva? ¿Es Policía o qué?

-Ya le he dicho que es mi ayudante, así que cállese.

Las preguntas las hago yo. Quítese los guantes.

-¿Por qué me tengo que quitar los guantes?

-Porque se lo pide un inspector de Policía,

porque está usted en una comisaría

y así demostrará que no tiene nada que ocultar.

-¿Qué es esto?

-Deme su índice, por favor.

Esto son sus huellas digitales.

Y ahora las vamos a tener aquí marcadas perfectamente.

-¿Y para qué sirven? Además de para mancharme los dedos.

-Por si no lo sabe, cada persona tiene

una huella diferente y yo quiero comparar las suyas

con una que encontramos donde mataron a don Germán.

-¿No pensará que soy una asesina?

-¿Lo es? -¡Claro que no!

-¿Y puede demostrarlo?

-¿Y puede usted demostrar que sí?

Yo no he matado a nadie, ni se me pasó por la cabeza.

-Tranquilícese, quiero estas huella para saber

si usted estuvo o no en el lugar del crimen.

De momento, dígame, ¿dónde estuvo ayer por la tarde?

-Ya le dije, estaba indispuesta.

No recibí a nadie, dudo que haya testigos.

-¿Y a qué ha vuelto a Madrid?

-No sabía que estuviese prohibido hacer visitas.

-Y no lo está, pero quizá pueda decirnos

por qué su regreso coincide con los asesinatos.

-¿Qué asesinatos? -Ah...

Si quiere jugar a hacerse la ignorante, juguemos.

-¿Puede decirle a su ayudante que se explique?

-No, quizá entienda mejor esta pregunta:

¿Por qué ha seguido a Adela Silva

incluso hasta el punto de amenazarla?

-Puede contestarme a mí.

-Está bien, es verdad, he seguido a Adela.

-No, no le pregunto si la ha seguido,

le pregunto por qué. -¿Por qué?

-Pues porque me arruinó.

Rechazó la herencia de mi hermano, su marido,

sabía que estaba llena de deudas.

-No, Adela no sabía eso. -¡Bobadas!

Por su culpa me hice cargo de las deudas de mi hermano.

Y no solo le perdí a él sino todo mi dinero.

-¿Y qué tiene que ver Adela?

-Adela es la responsable de la ruina de mi hermano,

de mis padres y de la mía, por eso quiero vengarme.

-¿Matando a su marido? -El mal que me hizo

no tiene que ver con la sangre, sino con el dinero.

Así pienso vengarme de ella.

-¿Y en qué consiste esa venganza?

-Ah...

El difunto marido de Adela, ese al que tanto lloran hoy,

había hipotecado la casa.

Yo he comprado esa hipoteca. -¿Qué?

-Así que ahora Adela tendrá que pagarme a mí todos los meses.

Sí, a mí, con mis condiciones.

Que quiera hacerle pasar penurias económicas

no me convierte en asesina. -¡Lo que es usted es...!

-¿Una mujer sincera que aprovecha una circunstancia del destino?

-Lo que nos está contando no la excluye de los asesinatos.

-¿Pero por qué querría yo matar a Germán?

La única persona que llevaba dinero a esa casa,

no tiene ningún sentido.

Si razonan con lógica, estarán de acuerdo conmigo.

Denme un pañuelo, por favor, necesito limpiarme las manos.

Que esta angustia que siento al separarme de ti

solo tiene un consuelo, Germán,

recordar todo lo que nos amamos,

todo lo que luchamos por estar juntos.

Perdóname si alguna vez hice algo mal.

Yo sé que tú sientes lo que no me contaste,

y te perdono, Germán,

te lo perdono todo.

(Se oye un portazo)

Ya que eres incapaz de ser puntual, podrías no hacer tanto ruido.

No tengo el cuerpo para sarcasmos.

Llevo todo el día esperando a que llegues de misa,

¿el cura dio a una homilía excesiva o te perdiste yendo al altar?

Mira, Luis, puede que este sea el peor día de mi vida,

te ruego, por favor, que me dejes en paz.

Eres mi esposa y yo un pobre marido abandonado

a la soledad de su dormitorio.

No te han abandonado cuando has tenido tiempo

de amenazar a Merceditas con despedirla.

Ah... Suerte que no lo consentiré.

¿Que tú no piensas consentir qué?

(RÍE) Perdona que me ría.

Esa criada es parte de la familia.

Demasiadas confianzas se le dan,

porque ella se lo acaba creyendo.

No pienso consentir que una criada me empuje y quede sin castigo.

¿Vas a despedirla por un pequeño empujón?

Un pequeño empujón, sí, pero una gran falta de respeto.

Pues algo harías, porque no es para nada agresiva.

Sí, estaba nervioso y le grité a ella y a doña Rosalía.

Tengo derecho a tratar al servicio como quiera,

que soy el señor de la casa. Si estaba de mal humor

es porque mi esposa se escapó de mi alcoba.

Para ir al bautizo de mi sobrina.

Ya...

Como no te puedo despedir a ti, la despido a ella.

Pobre Merceditas, si no te hubieras escapado,

nada de esto estaría pasando. Por ti estaría siempre en la cama.

¿Cómo te atreves a hablarme así tras dejarme todo el día solo?

Ayer y hoy. No, ayer no.

Cuando vine no estabas.

Porque había salido a buscarte.

Nos habremos cruzado entonces.

Pues sí, sí, seguramente sí. Sí, será eso, sí.

Ya hablaremos de esto.

Ahora me tengo que ir. ¡Espera!

¿Adónde vas? ¡Al velatorio!

Y, si tan educado te crees,

ve a darle el pésame a Adela, por favor.

Ah...

Uf...

Gracias por traerme un tiempo aquí.

Gracias.

El dolor puede resultar asfixiante

con toda esa gente metida en casa de Adela y...

Ese silencio.

Sí, cuando alguien sufre

el dolor se expande hasta llenar todo el espacio,

se convierte en algo casi tangible.

Es que no podía respirar, me estaba faltando el aliento.

No he venido solo a expresar mis condolencias,

también las de su majestad.

¿De su majestad? Sí.

Así se lo he transmitido a su hermana Adela.

La verdad es que también me pidió que insistiera a las autoridades

para que investiguen y averigüen cuanto antes qué sucedió.

Su majestad siempre tan amable conmigo.

No creo que merezca tanta gratitud.

¿Por qué dice eso?

No, no, usted merece todo lo bueno.

Y su majestad sabe agradecer los favores que se le hacen.

Favores dice... Si para mí es todo un honor.

Tiene usted los ojos más tristes que haya visto en mi vida.

Si necesita hablar con alguien...

No quiero robarle más tiempo, seguro que le esperan.

No, por favor, no. Ya que estoy aquí con usted,

cuénteme, si le inspiro confianza, claro.

Sí, por supuesto que sí,

si usted es una persona seria y discreta.

Pero es que no quiero abrumarle con mis problemas personales.

Por favor, usted necesita compartir lo que le pasa.

Y ahora yo estoy aquí y estoy a su lado.

¿Qué clase de hermana soy

si no solo lloro por las desgracias de ella

sino por las mías propias?

¿Sus desgracias?

Creo que Cristóbal me engaña con otra mujer.

¿Lo cree o está segura?

El otro día lo vi con una joven en su consulta

y no parecían médico y paciente precisamente.

Una imagen vista en la distancia

puede alterar completamente el sentido de la realidad.

Le he pillado engañándome muchas veces.

Y esta mañana, cuando hemos hablado,

me lo ha negado todo.

Y, encima, dándome explicaciones estúpidas.

¿Quiere mi opinión?

Sí, por favor, necesito una visión externa.

Usted ha pasado muy mala noche y el cansancio y el dolor

le hacen ver cosas donde no las hay.

Deje pasar un poco de tiempo,

hable otra vez con él y, luego, desde la serenidad, decida.

Usted no merece que le mientan, ni que la hagan infeliz.

Alegre esos ojos tan tristes, por favor.

Gracias.

Es que me siento mal preocupándome solo por mí

cuando mi hermana tiene a su marido de cuerpo presente.

Por favor, tengo razón, es que usted está agotada,

dice cosas que no debería, por favor.

Gracias por escucharme.

¿Le importaría agradecerle a su majestad

las flores que nos ha mandado?

Bueno, de hecho, las flores las he mandado yo.

¿De verdad? Ajá.

Gracias. No, por favor.

Es usted un verdadero amigo.

Pues eso es lo que me dijo Salvador,

que si el cloro de Tejidos Silva daba beneficios, quería participar.

-¿Y si te niegas, qué?

-Pues iba a dejar de enviar el cloro a Alemania.

-Ese hombre siempre metiendo las narices donde no le llaman.

Entiendo que quiera ganar dinero, ¡pero no el nuestro!

-Sabía que me traería problemas.

Ahora se enfrentarán y yo en medio con mi fábrica.

-Eso no va a pasar.

¿Cómo es posible que se haya enterado Salvador?

¿Se lo has contado tú? -No, yo no le he contado nada.

-¿Seguro?

-¿Cómo no voy a sabes las cosas que digo?

(Se oyen pasos acercándose)

-Buenas tardes, padre. Carlos. -Buenas tardes.

-¿Les molesto? -No, no, claro que no.

-¿Qué quieres, Elisa?

-Eh, quiero...

Quiero darle las gracias por haber mandado

al difunto Germán esa corona.

Era la más grande y la más bonita de todas.

-¿Has venido sola por la calle a estas horas?

-Eh, ¿y por dónde quiere que vaya? ¿Por los tejados?

-Se refiere que es muy peligroso

que andes sola por la calle a estas horas,

hasta acompañada es peligroso. -Yo no tengo miedo.

-Que no tengas miedo no significa que estés libre

de ser agredida. -Pues prometo caminar con miedo.

-Ay... Elisa, te estás tomando a broma una cosa muy seria.

-Padre, le prometo que andaré con cuidado.

De hecho, Carlos me acompañará a casa, ¿verdad?

-Sí, claro. -Bien, mejor que os marchéis.

Y tú, Carlos, asegúrate de que ese cloro llega a Alemania.

-¿Y qué hacemos con...? -Si hay que poner otro socio,

lo haremos. Ya veremos más adelante

cómo volvemos a ser dos, ¿eh? -Ah...

Muy bien. Pues, nada, entonces me voy.

Elisa, vamos.

-Eh, no, espera un momento fuera, quiero hablar con mi padre.

-Bien, te espero fuera.

-¿Qué quieres, Elisa?

-Solo avisarle de lo que voy a hacer.

Voy a denunciar a Carolina.

-Sé que fue ella quien mató a Germán.

-¡Pero ni se te ocurra volver a decir una cosa así!

-Padre, ¿por qué? Estoy segura de que fue así.

-Carolina es inocente, el odio hacia tu hermana

está llegando demasiado lejos. -Tendría que haber visto

el espectáculo que montó en el bautizo.

Es capaz de eso y mucho más, ¡hasta amenazó a Germán!

-No pararé hasta verla en la cárcel o en el sanatorio

del que no debió salir. -¡Eres una niña del diablo!

Atente a las consecuencias si lo haces.

Deja en paz a tu hermana.

-Será mi hermana, pero es la culpable

y lo voy a demostrar.

(LLORA)

(Se oyen pasos acercándose)

-¿Buenas tardes?

-Está cerrado.

-Ah, lo siento, sé que no es buen momento,

pero tengo que hablar con usted.

-¿Tiene que ser ahora?

-Eh, sí, de hecho, necesito que me acompañe a comisaría.

-Le prometo que iré mañana.

Pero, si no le importa,

me gustaría llorar a solas, hoy.

Váyase, por favor.

-No puedo, lo siento, pero tengo que tomarle

las huellas de los dedos. -¿Para qué?

-Es un método de investigación que nos permitirá saber

si estaba en el lugar donde asesinaron a Germán.

(RÍE)

-Yo lo sabía.

-¿Qué sabía?

-Que me acusarían de su muerte. -No, nadie la ha acusado,

pero ahora que saca el tema, ¿lo hizo?

-¿Cómo voy a matar al hombre

con el que compartí tantos años de mi vida?

Al hombre al que he amado tanto.

-No sería la primera vez que usted le atacaba

y discutieron brutalmente en el bautizo.

-Claro, y todas las discusiones acaban en asesinato.

-¿Dónde estuvo después de esa discusión?

-Con mi madre,

doña Rosalía, todos me vieron salir con ella.

-¿Y estuvo en todo momento con ella?

-Sí. Me acompañó a casa y se quedó conmigo

hasta que me calmé.

-Ya. ¿Y tardó mucho en calmarse?

-Ah, usted no me cree, ¿verdad?

-Mi obligación es preguntar, la suya responder.

Las conclusiones se sacan al final.

(LLORA) -¿Y ahora qué le ocurre?

-Me acabo de dar cuenta

de que las últimas palabras de Germán hacia mí fueron

de odio y reproches.

-Bueno, se presentó usted sin ser invitada.

-Pero yo le seguía queriendo.

Haría cualquier cosa

por poder despedirme de él.

Con el amor que tuvimos en el pasado...

-Me temo que llega tarde para eso.

-Le diría lo importante que fue para mí

y lo importante que seguirá siendo hasta el fin de mis días.

Él me acogió, ¿sabe?

Cuando yo solo era una niña abandonada y sin futuro.

-Señorita, debería calmarse. -¿Es que ni siquiera

me va a permitir expresar mi desconsuelo?

-Sí, claro que sí, discúlpeme.

-Si pudiera besarle una vez más...

Si pudiera besar su ataúd.

-Dadas las circunstancias, creo que eso va a ser imposible.

-Usted no lo entiende.

Él ha sido el hombre de mi vida.

-Lo entienda o no, sigo necesitando que me acompañe a comisaría.

-Lléveme donde quiera.

Me da igual.

Se acerca la hora de irte para siempre.

¿Con quién voy a hablar yo ahora, eh?

¿A quién le voy a contar lo que me suceda cada día?

(Llaman al timbre)

Nada llenará tu ausencia, Germán.

Vivirás en nuestra hija y en mi corazón.

Te quiero mucho.

Te voy a querer siempre.

(LLORA)

Adiós, Germán.

Hasta pronto.

El Partido Maurista va a celebrar un acto en el Club Social

y el principal invitado va a ser Rodolfo.

Ni que decir tiene que va a asistir la prensa nacional y extranjera.

Y, como es lógico, tú tienes que estar presente.

Como comprenderá, no me resulta sencillo salir en estos días,

mi hermana Adela está de luto, sería una falta de respeto.

Supongo que ya sabías que tu marido

había hipotecado la casa. Sí.

Y que yo compré ese préstamo al banco.

Esa deuda ahora la tienes conmigo.

Me gusta encargarme personalmente de mis negocios.

-Carolina, la Policía no tardará

en descubrir quién fue el asesino de Germán.

Y entonces le condenarán a muerte

y arderá en el infierno, es lo que merece.

-Mi hija no ha asesinado a nadie. No digo que lo haya hecho,

pero considere que es normal que sea nuestra principal sospechosa.

-Solo queremos comprobar que lo que dice ella es verdad.

-Ayer mismo fui a visitarla. -¿Ah, sí?

-Ajá. -¿Y qué le dijo?

-Bueno, insistió en su inocencia. -¡Claro, porque es inocente!

-Y me dijo que, al salir del Club Social,

había pasado el resto de la tarde con usted, doña Rosalía.

Antes de responder, piénselo bien,

porque puede estarle proporcionando

una coartada a un asesino.

-Qué casualidad encontrarnos aquí.

Yo he acompañado a mi marido. (RÍE)

¿Y a usted qué le trae por aquí? He venido con mi padre.

Espero que se encuentre mejor de sus dolencias en el oído.

¿A qué se refiere? ¿No tiene otitis?

No, jamás he padecido de eso, afortunadamente.

Ah... Disculpe, me habré confundido.

Esta misma tarde recojo mis cosas y me marcho.

Se me partirá el corazón, pero es lo que debo hacer.

Tú no te va a ningún sitio.

Quizá no consiga que Luis no te eche de casa,

pero creo que sé quién puede hacerlo

¿Y de quién se trata?

-Antes era mucho más cariñoso y, cuando estábamos solos,

siempre me acariciaba, me besaba...

-Ya, ya, lo he entendido. -Y ahora es que no me busca.

Hasta diría que intenta evitarme.

-¿Y no serán imaginaciones tuyas?

-No sé, cada vez estoy más convencida de que algo le pasa.

-¿Y qué crees que le pasa?

-Solo tenemos dos opciones:

Lo que propone Green o enviar ese cloro.

-No será fácil, pero tenemos que encontrar una solución.

-¡Don Salvador!

¿Puedo hablar con usted?

-Dígame.

-He ido a visitar a don Ricardo para decirle que lo haría.

Le he pasado la información de la fábrica como dijo que hiciera.

-¿Y qué le dijo? -Que aceptaba encantado.

Me ha encargado la primera misión. -¿Cuál?

-Que haga salir el cargamento de cloro

con o sin su permiso, y que me las apañe con usted.

-Ya veo. -Y no sé qué hacer.

  • Capítulo 293

Seis Hermanas - Capítulo 293

22 jun 2016

La muerte de Germán ha conmocionado a la familia. Interrogada por Velasco, Adela, en plena conmoción, solo tiene dos sospechosas, Leticia y Carolina. El inspector y Celia investigan. En Blanca, el dolor por la muerte de su cuñado se suma al que le produce la sospecha de la infidelidad de Cristóbal.

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